EL AMOR Y LA FEALDAD ESTÁN EN GUERRA


Gine nuca sabría que, junto al abuelo Gohan, ella fue la única que le había deseado un feliz cumpleaños en toda su vida. Goku nuca sopló las velas de una torta, nunca fue sorprendido por los colores pastel adornando su casa. Nunca recibió un abrazo de sus mejores amigos junto de un regalo barato o caro, eso no importaba. Y no es que sus amigos de la tierra no les haya importado, Bulma fue en su momento la única en preguntarle eso y él no supo que responder. Eventualmente las idas y venidas de Goku terminaron por enterrar en el olvido esa fiesta de cumpleaños que Yamcha, Krilin y Bulma habían planeado con tanto cariño.

Años después se enteró que Bulma aun guardaba todas las cosas para su cumpleaños en el séptimo sótano de la Corporación.

Luego de haberse casado, Milk sugirió celebrar su cumpleaños en la misma fecha en que Goku fue encontrado por su abuelo Gohan en el bosque. Más ese dato se había chamuscado por la flama del tiempo y al final también fue olvidado, más por la propia indiferencia de Goku ante esa fecha que hasta ese momento no significaba nada.

Pero aquella noche, cuando su madre finalmente le abrazo y le dijo lo feliz que era por haberlo visto nacer; fue un momento especial que Goku habría de sentir espasmos eléctricos en su espalda como pocas veces había sentido. Ocho de abril, a partir de ese momento, fue la ocasión perfecta para celebrar el hecho tan simple y burdo de existir.

Durmió más de la cuenta aquella noche. Ni los estruendoso carcajeos del Gran Kaio ni la mórbida tranquilidad con que su hermano le hacía la ley del Hielo fueron capaces de despertar el heraldo vagabundo que había acabado de cumplir los diecinueve años. Cuando el sol se acercaba peligrosamente al mediodía, se levantó corriendo y lo primero que hizo fue buscar el ki de su madre para tele-transportarse junto a ella.

La venda que cubría sus heridas se cayó en su carrera y las marcas verdosas le ardieron el resto del día.

Sin embargo, resultó todavía peor la reprimenda verbal que su padre le proporciono cuando lo vio llegar. Se encogió en su propio pecho y miro hacía el suelo al escuchar sus regaños sin atreverse a renegar. Bardock le tomo con fuerzas de las heridas en sus brazos y pidió explicaciones con su voz reseca y áspera. Kakarotto no dijo nada entonces, solo se calló, asustado pues había esperado antes un abrazo de cumpleaños que un regalo.

Y entonces su madre intervino con delicadeza.

–Espera, Bardock.

–¿Qué quieres, Gine?

–Antes que lo sigas regañando, déjame mostrarte algo.

Ella se le acercó y le levanto la mirada con su suave tacto sobre su quijada. Le sonrió con su sonrisa de madre y le pidió con el corazón en la garganta:

–Recuérdalos, hijo. A tu esposa y tus hijos, recuerda por quien te sacrificaste ese día.

–Ellos… –pero su madre le cayó ese instante.

–No nos lo digas, solo recuérdalo en tu cabeza. Vamos, inténtalo, déjate llevar por el pasado.

Esas palabras fueron de mucho peso en un momento en el que Kakarotto deseaba huir del mar de confusión que era su pasado. Y entonces, temblándole los labios en total frivolidad, Goku recordó entonces el último abrazo, el último beso, el último apretón de manos y la última charla cual si fueran las únicas que habían recibido en su vida. "Estoy orgulloso de ti, Gohan" le dijo al momento de atraparlo en un abrazo, allá en lo alto del mundo, donde moraba KamiSama. "Llegare para cenar" fue tanto el último beso como la última mentira que Milk recibió de él. "¿estás listo Krilin?" ciertamente ese no fue él último apretón de manos que se dieron, más sin embargo era el que más recordaba. Eran recuerdos mundanos, nada comparado a la gloria de las batallas. Pero en aquella simplicidad se encontraba la fe de sus acciones. La fe de su humanidad perdida.

No era tan vano como la gloria, sino tan noble como el amor.

Y Goku renació desde aquel instante. Kakarotto quedó sepultado por los escombros de su paraíso creado en medio del caos de un alma perdida. Goku levanto la mirada hacía su padre y su madre y en ellos hallo el asombro. Volteó hacia su hermano y este le dijo con su gesto de admiración.

–Mira tu cabello.

–¿Qué? ¿Qué pasa con mi cabello? –levantó sus dedos hasta los cabellos detrás de su oreja y estos le picaron la piel como espinas. Tomo un mechón lo paso junto a su mejilla y, largo y amarillo, se extendía cual alfombra rubia desde su nuca hasta sus pantorrillas.

–Fascinante… –susurró sin creer la transformación que su cuerpo había sufrido. Su madre y su hermano le miraban con tanta felicidad. Miro a su padre, estoico con la quijada dura.

–Esto no sirve de nada… –dijo Bardock– no tiene sentido… –les mostró la espalda a todos, agitando su cabeza, soltando un susurró cansino.

–Bardock ¿qué dices..? –dijo su madre.

–¡No sirve de nada! Sigue siendo igual de débil que el supersaiyajin.

Hubo un silencio, Goku agitó su nuevo cabello con inocencia. Acariciando la larga melena meneándose detrás de su espalda. Bonito. Los mechones le hacían cosquillas por toda la espalda y los lumbagos. Era una sensación mágica, espasmos de electricidad y de poder.

–¿Cómo puedes saber? –eso preguntó Raditz, no con curiosidad sino buscando otro motivo para pelear con Bardock. Era algo rutinario, tan arraigado a su día que su madre ya no intervenía. Bardock contestó:

–KaioSama me llamó, dijo que necesitaba saber algo, las últimas noches me enseño a sentir el ki.

–Esto es una gran revelación –dijo Raditz– no deberías comportarte así… sí quieres que tus sueños no se cumplan, si quieres ver con vida a tus nietos ¡Maldita sea! ¡Si quieres vencer a ese monstruo rosa! ¡Aquí está la solución!

–¿Raditz?

–¡Tenemos menos de un mes, Raditz! –Alertó Bardock con un grito estridente que seguía retumbando sobre sus oídos– sino conseguimos nada hasta esa fecha, de nada habrá servido…

–… un momento Bardock.

Dijo una voz vetusta encima de ellos, que provenía desde un pequeño balcón a la izquierda de la entrada principal, donde un enorme ventanal llenaba de luz la habitación. El Gran Kaio levantó sus brazos, colgando las anchas mangas de su pijama.

–Ciertamente lo que tu hijo menor acaba de conseguir es más provechoso de lo que piensas –continuó el Gran Kaio–, está transformación, tan mítica como la vez… desgasta mucha energía en convertirse. Por eso la vez tan débil. Puede o no ser más poderosa si la transformación se diera en un ataque de locura. Pero aquí fue ante la nobleza de un niño, ante la pureza de su corazón legendario.

Goku escuchó atento mientras cerraba la luz en sus ojos con sus parpados bien apretados entre ellos. Nadando por un mar de recuerdos marchitos, quizá tan atormentado como lo estaba Kakarotto, seguro lo estaba Goku. Una carta de un asesino, una espada de Damocles colgando sobre su cordura.

–Me explico, –dijo el Gran Kaio– la transformación de la fase tres es la que las leyendas narran sobre el saiyajin de corazón puro. Puro tal como lo tienen los niños. Pero de nada sirve mientras el poder base aun sea demasiado poco. Necesitáis entrenar como muchas más fuerza, Goku. Hasta que la transformación no demande tanta energía.

Le guiño el ojo y despareció tras el ventanal con la misma locura con la que intentaba despertarlos en la mañana con su tambor de piel de oso viriliano.

Explicar las causas en el corazón de Goku es como explicar el origen mismo de la belleza. ¿En qué momento el ser se haría consiente de lo que es bello y de lo que no? En qué momento nos pararíamos frente a la inmensidad de los ojos negros del ser amado y diríamos. Esto es arte. Patético pensar que todos tengamos la misma idea de belleza, en nuestra recóndita alma, aún en los gemelos más idénticos alguna vez vistos, hay algo que nos distingue de los demás.

Raditz renegaba con los dientes mordiendo sus labios, con las uñas clavadas entre ellas y sus ojos rasgados de desesperación. Apoyado en la corteza húmeda de un árbol, contentaba su existir melancólico con la figura de su hermano y madre riendo en complicidad. Pero en la bruma de sus ojos aun persistía el recuerdo anoréxico de aquel lejano fin de semana en Black Fada.

Bardock los había abandonado tres años dacianos. Una cicatriz que en lugar de cerrarse, se iba haciendo peligrosamente más grande. Ardía como sal sobre hielo en la piel, ardía como las yagas de los más fieros encuentros. Ardía como la herida en su pecho el día de su muerte.

Su padre se apareció frente a él, se observaron de reojo y sin decir nada se recargaron sobre árboles, uno en el ébano otro en los sauces. Crudo y llorón. Espasmos lentos, tentación de rugir como leones en pugna; por sus dedos se escapaba la templanza. El tiempo se hacía corto, se sujetaba fuertemente de las copas de hojas amarillas, retrasando lo inevitable.

Las espinas en el corazón se tornaban larguiruchas y rechonchas con cada risa, con cada cuento de Gine o de Kakarotto. El alma ya no daba razones, ya aplastados por el rencor. El rayo que se hubiese arrojado desde las altas nubes hasta el centro de ese enorme planeta fue la señal fúnebre de la inminente discordia entre padre e hijo.

–No deberías tratar así a Kakarotto –dijo Raditz, sereno, guardándose la furia en su garganta.

–¿Qué dices? –respondió Bardock.

–Lo que oíste –frase seca, un saiyajin no debe tener amigos.

Y los truenos relampaguearon a millas a la distancia, más su luz intensa llegaba a pintar sus rostros cicatrizados de una luz blanquecina dejando en ellos una máscara blanda. Estrellas iluminándolos al revés. Desollaba sus fuerzas, la templanza en su estómago hervía y expulsaba alientos fétidos nacidos en sus corazones.

–¡Raditz, no tienes ningún derecho para hablarme así!

–¿Ah si? ¿y por qué?

Chocaron las cienes, retándose como un par de Toros de Brama.

–Soy tu padre y debes tenerme respe…

–… dejaste de ser mi padre el día que te marchaste, perdiste todo el respeto que tenía por ti el día que mamá se enteró que estaba esperando a Kakarotto. ¿Sabes cómo fue ese día? ¡¿Eh?! ¡¿Lo sabes?!

Empujando su cabeza en agitaciones del cuello, lo condujo al hartazgo de la verdad. En el hoyo profundo en el pecho de Raditz, donde el cadáver de un niño descansaba sin paz.

»Te fuiste por siete años, –continuo– regresaste diez miserables días, dejaste a mamá embarazada y te volviste a largar… Yo solo era un niño y no entendía nada, pero no sabes lo que es escuchar a tu propia madre llorando a solas, preguntándose qué fue lo que hiso mal para que el hombre que aseguro amarla la abandonara así.

Bardock bajo la mirada, está noche queda la evidencia de la única batalla perdida por Bardock contra su hijo mayor.

»Y lo que más lastima me da es que mi hermano este cometiendo los mismo errores. No me sacrifique en vano ese día.

El granizo estremeció los cielos y la tierra. Los dioses en discordia vieron al amor caer.

–¿Raditz?

–No eres el único que tuvo visiones de ese día.

Los jóvenes metamoru que habían muerto cobardemente en una de las tantas guerras que enfrento a su especie el uno contra el otro, fueron los responsables de presentar ante la familia saiyajin cierta arma útil y poderosa. Técnica extravagante en todo el rigor mortem de su especie, utilidad puntillista, donde dos guerreros combinarían su alma y su poder en un solo ser.

Para Kakarotto y Raditz fue toda una novedad, se acercaron hacía los recién llegados metamoru con la efusividad de un par de niños disimulados tras sus fornidos cuerpos de saiyajin. Gine los observó apoyando su palma y su quijada en el hombro de Bardock y escuchó atenta, más de lo que estaba Bardock. Desocupado su compañero, desde aquel día de tormenta.

La mitica técnica de la fusión sería lo necesario para que los dos hermanos terminaran de compaginar la alianza entre ellos. Ese escuadrón formado por la perfecta sincronía entre Raditz y Kakarotto. Un sueño convertido en cenizas renaciendo en mitad del espacio perdido.

Y habiendo escuchado y visto la demostración de la técnica, ambos hermanos se dispusieron a reintentar esa técnica lejana. Se los imagino de varias formas, analizando los cabellos de Raditz y los ojos de Kakarotto, viendo más allá de lo evidente. Tratando de combinar sus rostros diferentes y semejantes en uno solo.

Giro la mirada, pues, en esencia, ese era Bardock. El rostro de Raditz, el cabello de Kakarotto, ese era Bardock.

Paso el tiempo, y las horas se volvieron días y los días, semanas. Llegó el cruel mayo que recordaría para siempre la muerte más trágica de un falso héroe en los áridos desiertos donde se celebró el torneo de Cell. Los siete años se cumplieron frívolamente. Y los límites de la falsa fantasía que Goku había creado alrededor de su familia, se apretaban entre sí, la realidad se aferró a las paredes en la forma de una camelia.

Las camelias eran las flores favoritas de Milk.

Uranai Baba le recordó ese detalle, el día en que llegó montada sobre su esfera de cristal. Fue un día soleado desde el principio, Goku despertó tranquilo, despreocupado, sin miedo. Por estos días, el constante entrenamiento había reavivado su corazón podrido de latir. Ciertamente era una suerte de premonición. Como si ese exhaustivo entrenamiento estuviera destinado a ser las piezas claves en el destino de su alma.

Una fusión, un supersaiyajin en fase tres, espada y escudo, aprendiendo más de sí mismo y del peligro que corría.

–¿Un torneo? –preguntaba su madre, notoriamente dubitativa, algo asustada, algo feliz.

–Exactamente –decía Uranai Baba–, pronto se celebrara el torneo de las Artes Marciales en la tierra, supongo que Goku estará encantado de participar y ustedes –dijo mirando a su madre y a Raditz– de conocer al resto de su familia.

–Sí –dijo Goku, agarrándose fuerte el estómago, sin ser consciente de su palabras, aterrado por el paso marchito de la realidad avasallante cada vez más nauseabunda. Y los pilares rotos de sus amigos, las estatuas destruidas de sus antiguos compañeros se deslizaban entre sus dedos.

Bulma y Krilin eran su mayor miedo ahora mismo, era el último retazo de un maldito pasado, donde ni la verdad ni la identidad le eran permitidas. Goku no era él porque quería ser él, era él porque todos le obligaron a ser así, sin preguntarle alguna vez su verdadero nombre.

–Muy bien –dijo el Gran Kaio– todo está decidido, habrá que alistar tus cosas y las de tus familiares. Sera un gran recuentro…

–¡No! –gritó Kakarotto. Miro a su madre, a sus ojos atemorizados, a sus labios partidos de miedo.

»No pienso volver.

–¿Qué dices Kakarotto? –increpó su hermano.

–¿Qué pasa muchacho? –Pregunto Uranai Baba – ¿cómo puedes rechazar algo así?

Miro a su madre y a su hermano y atemorizado dijo embriagando su lengua.

–No hay nada para mí ahí abajo. Están los amigos de Goku, la familia de Goku, la vida y muerte de Goku. Todo lo que soy y quiero ya está aquí.

Se dio la vuelta, inhalo el aire que ahora entraba en sus pulmones hechos bolsas negras de linfa. Riéndose de su situación. Contado los pasos que dio, conto las nubes en el cielo, conto los pedazos de su corazón ahora destruido, suicidado. En su nuca gatearon miles de gotitas grasosas que despertaron corrientes magnéticas en su columna. Caricias ardientes apretaron sobre la cicatriz en su hombro derecho. Esa vieja cicatriz que alguna vez curo Mi… luego de haber derrotado a Pic…

Bardock observó la situación desde lejos, impávido e inmóvil concreto sus pensamientos en la sudoración de sus manos que le provocaba el saber que este día llegaría. Entre sus sueños este día se desarmaba y esparcía sus tripas metafóricas frente a sus ojos. Las recompuso justo a tiempo de la última vez que Raditz osó dirigirle la palabra.

Con una cruz en el corazón se acercó a Gine, le sostuvo de la mano, tiernamente, raspando con sus dedos pieles hurañas. Ella se le entregó al camino de su corazón y se comprendieron el uno al otro, como si hubieran soñado lo mismo desde el día que ambos nacieron. Cerró los ojos, ella apoyo su cabeza sobre su hombro como solía hacerlo en momentos de felicidad.

–Raditz… yo iré –dijo en el momento en que su hijo mayor casi corría detrás de Kakarotto.

Le soltó la mano a su amor y el mundo se tornaba gris. La miro una vez más con los ojos cerrados. Se querían para toda la vida –sin importar engaños y mentiras– y nunca iban a dejar pasar un día sin recordar las razones por las que estaban seguros de que juntos, podían volar...

Fue con Kakarotto, y al encontrarlo arrancando las camelias desde la raíz comprendió el daño que les había hecho a sus hijos.

–Kakarotto… –catarsis, un momento el mundo se detuvo– necesitamos hablar.

–No iré –respondió arrojando la última camelia al fango– y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión.

–No venía a hablarte de eso.

Se sentó junto a él y el joven adolecente de diecinueve años que era Kakarotto se inclinó junto a él.

»Hay algo de lo que debimos hablar hace ya mucho tiempo.

–¿Qué cosa?

–Primero te hare una pregunta ¿por qué crees que me quede con tu madre después de todo este tiempo?

–Mmm… –pensó Kakarotto mirando el cielo catastrófico de los días de mayo, hasta que en su mente se forjo la respuesta incorrecta– porque es bonita.

–No, Kakarotto. Ella no es bonita, tu madre no es bonita. Puede ser muchas cosas, enérgica, caprichosa, cariñosa, enojona, maternal, cuidadosa con los detalles, no con cualquier detalle, sino con los que no podemos ver… ella, sencillamente, está loca. Pero ante todo siempre pensé que jamás fue bonita.

–Entonces ¿mamá es fea?

–No porque algo no sea bonita significa inmediatamente que deba ser feo. Hay un punto medio, todos vivimos en ese punto medio, somos… imperfectos.

»Tu madre es imperfecta, tiene sus manías, la manera tan incómoda en que me toma de la mano. Yo soy imperfecto, te abandone cuando más me necesitaban tú y tu hermano. No estuve cuando naciste, ni cuando te casaste, ni cuando nació mi nieto. Pero nadie es perfecto, nadie es bonito o lindo. Somos… lo que somos.

–¿Por qué me dices todo esto?

–Es algo que debí haberte dicho hace mucho tiempo… debió ser lo primero que debí haberte enseñado.

Cogió un pétalo marchito de las camelias entre sus dedos largos y continuó:

–¿Qué fue lo que te respondí cuando preguntaste si tu mamá era fea?

–Que porque algo no sea bonito no significa que sea feo.

–Y lo mismo aplica para con los héroes. Lo que paso ese día, Kakarotto, no te define. Tal vez actuaste de una forma en la que no lo haría un héroe. Pero eso no te hace alguien malo, para nada Kakarotto… tú naciste imperfecto, de una relación imperfecta. De un mal padre y de una mala madre. Naciste con el corazón roto y te diste cuenta de eso muy tarde.

–Ella no es bonita… –fue un susurró soltado al aire de Kakarotto.

–Y puedes quedarte de brazos cruzados, conforme con tu imperfección, con tu debilidad. O puedes redimirte, como lo hacen los héroes.

Kakarotto se puso de pie, camino unos pasos entre la tierra fangosa y al darse vuelta le dijo:

–Gracias, papá.

Goku era imperfecto, creció con el corazón roto, dolido. Sin un padre que le enseñara lo que es la justicia y sin una madre que le enseñara que es el amor. Y eso, en el más recóndito paraje de su alma, le cobró factura. Cuando no sabía qué hacer con Gohan, cuando no sabía qué responderle a Bulma, cuando no sabía cómo amar a Milk.

Su padre era un sabio y a la vez un maldito ignorante. Pues obvió la mayor virtud de los saiyajin: que en su debilidad, en su imperfección, ellos buscan siempre la fuerza. Y en su delirio, cuando aceptó volver a la tierra por un día, luego de hablar con Gohan con el corazón en la mano pensó en su amor perdido. Y así llegó a una sola conclusión:

Milk no era bonita, pero era lo que buscaba, el amor de un saiyajin que, en su debilidad, siempre buscara la fuerza.


Y hasta otra mis querido lectores, espero sus reviews y todo lo que quieran decirme.
No os olvideis de ir al cine.
Te ha hablado tu amigo y vecino.