ALGO PARECIDO AL AMOR


Cuentan que el placer y el dolor llegan de la mano, que no podemos sentir el uno sin haber vivido el otro. Que nuestra alma está amoldada a los fríos aceros de la vergüenza, que nuestro corazón dejo de crecer a los doce años. Que solo envejecemos de rostro y mente, mas no de esencia.

Miro atrás con incredulidad, creyéndose maldito. Apoyo su brazo en el barandal de las escaleras de mármol falso, los mosquitos marchaban en tropas de su cabeza a sus brazos. La luz del sol bailaba como ondas que cortaban la realidad en dos, en tres, en cuatro. Goku se despidió aquella tarde diáfana, de sus padres y su hermano, y desde la bruma de su melancolía comprendió que debía dejarlos ir.

Se recostó en el asiento 21-060. Tiro su cabeza hacía atrás y con los ojos cerrados intentó comprender la realidad de sus actos. Se buscó en el fondo, entre el terciopelo de aquella cabina, en el frío de las paredes, en el latir irregular de su corazón. Uranai Baba estremeció su verdad a recostarse en el asiento de al lado, donde la ventana. Iba a ser otro viaje largo, otro ocaso que alcanzar, si tan solo tuviera en sus manos el poder de tele-transportarse, lo haría. Pero los dioses por encima del todo se lo prohibían, le cortaban las alas y lo encerraban en la infinidad.

Encerrados en sus mundos, en cada cuadrante que el dios guardián había brindado para ellos. Encerrados en su propio delirio de grandeza, soñando dentro de sus límites. Siendo ellos sin ser nadie. Una cárcel sin barrotes, una cárcel para el alma.

Paoz era su cárcel, no podía escapar de esos límites, todo lo ligaba a esas montañas, a esa casa, a esa familia. A ese momento. El pescado tiene un sabor asqueroso, no se sabe si es amargo o dulce, no tiene ninguno de los dos sabores, ni el uno ni el otro, como si quedara flotando entre ambos. Bueno, la azafata le había traído una enorme pieza de pescado a la cruz bajo pedido del Gran Kaio. Dejo que se pudriera casi todo el viaje, hasta la última media hora cuando devoro hasta los huesos del mismo.

"Fui a pescar ese día" solo quería pescar. Nunca pretendió que ese día iniciara su epopeya, que ese día el pescado fuera compartido entre él y Bulma. Abandonó Paoz ese día y el polvo y las arañas se nombraron reyes y reinas de la vieja casa. Escapó de ese lugar bajo la excusa de salir a conocer el mundo, solo para regresar con esposa y un hijo. Y sin importar su larga travesía por el espacio, de todas formas siguió regresando a Paoz. Eran las cadenas de su alma.

Una suerte de línea moral a la que debía adoctrinarse, a la que debía ceñirse o si no ya no era un héroe. Qué razón tenían todos de juzgarlo, con que palabras consideras que un hombre es o no es un héroe. Te apropias de su mente, de su libertad y deja vacía su alma, sin sangre, sin sudor, sin linfa, sin lágrimas, sin esencia.

Y Goku tenía el temor de perder todo lo que es, mientras su mente es adoctrinada en seguir la falsa idea de "héroe". Así Kakarotto aún mantenía su presencia, aun se apoderaba de la luz en su corazón. Un saiyajin no puede ser un héroe.

La oscuridad había aparecido en la ventana desde que había llegado el pescado frente a él. Penetró el avión, envolvió en su niebla densa a Uranai Baba y finalmente fue inhalado por Goku. Por el falso Goku, ese que llaman Kakarotto. No movió el cuerpo ni siquiera para pestañear. Dejo su dedos congelarse, a su codos contraerse, a su aliento escapar por sus labios. La oscuridad tenía una forma, con el cabello a siete puntas, con la sonrisa tierna y malvada en su rostro hermoso.

Y entonces despertó gritando un chillido sordomudo. Tartamudeando rezos espesos llenos de tristeza. Despertó sin haber dormido, llorando débiles líneas de melancolía. Y es que, de repente, una lección aterradora irrumpió dentro de sus oídos.

"Seguirá siendo el mismo con o sin Paoz, el abuelo Gohan seguirá siendo él mismo lejos o cerca de Paoz"

Extraño a sus padres durante todo el viaje, los extraño incluso al despedirse de Enma Daioh. Los extraño en el torneo, y extraño especialmente a su padre cuando cargó a Goten por primera vez.

Sus padres y su hermano se quedaron en el palacio del Gran Kaio, según Bardock era mucho mejor que Kakarotto arreglara las cosas en la tierra para que ellos no terminarán estorbando recuerdos nostálgicos. Para todos fue una decisión lógica, casi obligados a pensar como él, se despidieron con los más fuertes abrazos alguna vez sentidos por un muerto.

Fueron los días en los que Buu sumió al mundo bajo su flagelo, cuando Goku y Kakarotto se encontraban cada vez más seguido rondando por encima de la luna. Desde que se encontró con Goten en el torneo, Kakarotto acarreaba deseos de destrucción y perdición. Mas fue el mismo Goten y su hermoso rostro de niño tierno lo que mantuvo con vida a Goku, todavía luchando contra Kakarotto con la misma fuerza que combatió a Buu.

La cabeza le empezaba a doler durante las batallas, y ni siquiera el gran abrazo que le dio Milk cuando todo estuvo terminado, pudo curarlo. La maldición se había apoderado de él. Kid Buu estaba muerto, él estaba vivo; tal como hubo de relatar, encerrado con su lápiz y papel, Toriyama.

Pese a que el autor haya escogido, conscientemente, no ser redundante con los acontecimientos de la saga de Buu; aún está predispuesto a relatar un corto pasaje que hubo de ocurrirle al mayor de pelo largo.

El Gran Kaio corrió hasta con Bardock una vez la noticia del despertar de Maji Buu se escurría por todo el otro mundo. Gine se espantó tanto que paso largos minutos aferrada al pecho de Bardock. Raditz se encolerizó, tentó a los dioses en el cielo que debían interceder en la tierra. La fuerza de sus reclamos penetraban los escombros del palacio de la antigua generación de Kaios. Estremeció su ira incluso a la piedra sobre la que, incrustada, estaba la espada Z.

–Hay que ayudarlos –decía Raditz, mordiéndose la lengua.

–¡No! –Detuvo Bardock– esto no debe ser así. Tu hermano puede solo.

Un ruido de trompetas inundó los cielos macizos, color celeste, atiborrados de un espeso estupor de muerte.

–Por favor, muchachos –dijo el Gran Kaio – no es momento para discutir.

El Gran Kaio se acercó al hombro de Gine que aun temblaba apoyada en el frío pecho de Bardock. Le acarició los cabellos y ella dejo de temblar, le alcanzó un dulce que ella tragó sin siquiera saborear.

Raditz se dio la espalda, y con los ojos cerrados buscó alguna señal de su hermano. Se frotaba con impaciencia el torso de sus manos, raspaba su lengua entre sus dientes y por dentro gritaba el nombre de Kakarotto. Con rabia y con temor, en su corazón guardaba celosamente un halo de esperanza, que vago sin rumbo por la inmensidad hasta encontrarse de repente con un pequeño niño en la tierra.

"Goten"-

Era igual a su hermano, era el mismo Ki. Raditz buscó aprender a detectar el Ki, encontrar a Goten, y que Goten lo encontrara a él fue lo que marcó una relación entre el sobrino y el tío, irrompible. Más allá del tiempo y del espacio.

Fue la marca que quedaría en la angustiante existencia de ambos.

Una vez su madre dejo de llorar y se quedó dormida sobre los brazos de su padre, vio el momento indicado para huir. Con el último suspiró de su llanto, tomo vuelo hasta lo alto de los cielos y despareció en el horizonte deslumbrado. Llegó hasta las afueras del palacio, hasta la plaza donde acostumbraba pelar Oly. Muy lejos de los campos de telas impermeables que eran las viviendas de aquellos guerreros en busca del favor del Gran Kaio.

Antes de partir, cubrió su largo cabello de saiyajin con una manta gris. Escondiendo sus cicatrices se acercó por algún pasillo decrepito, levantó las cejas mientras unos paracitos se subían por su pantorrilla. Tres enormes obeliscos se alzaban contra el cielo rosa de esa tarde, alzando su punta de oro contra el Rey sol. De repente uno de los obeliscos se desmoronaba sin piedad sobre la cabeza aireada de fuertes peleadores. Ante la incredulidad de todos, un ente rosa se materializo cargando con un solo brazo el obelisco destruido. Ese era, el sujeto que había dolido los muchos sueños premonitorios de su padre, ese era Majin Buu.

El enorme pedazo de piedra cayó levantando una espesa niebla de tierra gris. Buu descendió hasta estar de frente a la multitud enardecida de aureolas que eran los guerreros. Cuando Oly y Paikuhan se le acercaron, Raditz prefirió mantenerse recostado en las piedras de aquel pasillo. Desde ahí se tapó los oídos cuando Buu estremeció los cimientos de la plaza con su poderoso rugido.

Levantando su cabeza, encubierta aun por la manta gris, escuchó la fácil derrota que sufrieron los guerreros, analizando, conjeturando. Preparándose para pelear.

–¡Kienzan!

Entonces dirigió su mirada hasta Krilin, ese enano al que conocía tan bien como un viejo amigo, gracias a las historias de su hermano. Krilin fue devorado por la rosa onda de ki que le arrojo Buu. Y aunque salió semi-inconsciente, su amigo, posiblemente Yamcha, se acercó a defenderlo con el poco coraje que aparentaba tener.

Entonces Raditz intercedió.

Con valor se encaró a ese pequeño ser rosa que cargaba electricidad en sus manos. Con un ademan veloz se quitó la manta de encima y descubrió a todos sus largos cabellos rubios. Buu le ofreció sus dientes molidos y sus largos incisivos, Raditz respondió con una sonrisa de labio partido. Y la pelea comenzó.

No fue un momento de gloria, como los que buscaba Kakarotto, fue un momento de redención. Cuando los principios morales y éticos de un héroe se desmoronaban tan lentamente como los obeliscos detrás de él. Los golpes esquivados de Raditz, obligaron a retroceder al pequeño Buu hasta el borde de la plataforma, mas sin embargo, fue un gancho suyo el que derribó al saiyajin. Raditz se levantó con el mismo ímpetu que antes y casi golpea en la nuca al ser rosa. Buu se agacho y le revirtió el ataque con solo una patada fina.

Leves espasmos le atraparon los ojos cuando recibió ese último golpe. A su cabeza se formaron como un desfile mortuorio, los rostros de Kakarotto y de Vegeta, que se apilaban uno sobre el otro mientras el ruido de sus voces se apoderaba del cielo.

No era una ilusión, era justamente el pedazo de esta larga batalla que en su momento se le apareció a Bardock en sueños. Era el momento final, la guerra decisiva, el cielo máximo resplandeció y las largas batallas de mayo al fin terminarían.

Gine fue de las primeras en estirar sus brazos al cielo, cuando escuchó a su hijo pedir ayuda. Estiro los dedos y los codos tan a lo alto que el Rey sol le acariciaba la palma de su mano con un amor de ciego. Exhorto a Bardock a estirar sus brazos hasta el cielo rosa, y el saiyajin comprendió la moral de su acción lánguida. Cuando se levantaron junto a él miles de estelas luminiscentes tan blancas como las estrellas, coronaban el cielo. Espectáculo de magos y de guerreros, de reyes y de esclavos.

Bardock le contó con la euforia brotando por sus poros, mientras aun brindaban su energía para la Genkidama, que podía sentir un calor humano en aquellas ráfagas de Ki. Venían acompañadas de pensamientos, de dolor y de placer, con un nombre inscrito en su aurora. Gohan, Piccolo, Krilin, era la energía de todos ellos, tan familiar para él como el de su propio hijo mayor, que fue el primero en llegar a la Genkidama. Le contó que en ese instante comprendió la verdad de las estrellas en el cuadrante donde vivieron, pues esas luces brillando en el cielo era un pedazo de energía que sus amigos le brindaban a Kakarotto para hacerle saber que no lo olvidarían.

Que jamás lo olvidaron.

Fue raro regresar a Paoz después de aquel exilió, se paró en el umbral de su antiguo hogar por tanto tiempo que juro haber estado parado un día entero. Atrapados en su garganta aun vivían escondidos las últimas palabras que pronunció en un estado de inconsciencia. Arrastró sus primeros pasos dentro de una cabaña que olía a madera vieja, se deslizó en sepulcral silencio hasta las escaleras. Miro arriba, como mirando al pasado, como olvidando el futuro. Siendo sin ser.

–Goku…

Esa voz le dio tanta calma y calidez cuando la escuchó, ya haya sido por la dulzura que emanaba de ella, o por los vagos recuerdos que llegaron a su mente al oírla.

"Este… tú… ¿tenías una novia?" era la voz de su madre.

Como atrapado en un limbo, condenado a sufrir hasta purgar su alma.

"¿Cómo es tu mujer en la cama?" Su hermano fue su cómplice, su amigo más leal.

–Goku –repitió, Milk con los labios aun hinchados del beso que le encajó– ¿no te quedaras a cenar?

Como si le leyera las facciones, como una divinidad con el completo poder sobre él, sobre su vida y su nombre.

–Iré a descansar, fue un día largo.

Se despidieron con una sonrisa de mariposa, esas que brotan desde el estómago. Goku subió las rechinantes gradas de madera y ya en su habitación se derrumbó sobre los colchones de lana donde durmió más de doce horas. Roncando como una ballena encallada en los aires taciturnos de las playas de la ciudad. Y antes de caer rendido, la última visión en sus ojos fue la de la sonrisa de Milk, tan lúcida y concreta como lo era desde hace treinta años terrestres.

Mas no fue un sueño calmado, no fue en sueño consolador que se anhelaba, no fue el largo descanso que su cuerpo protestaba. Con los ojos de sonámbulo, con los oídos tapados y con la frente empapada de sudor, daba vueltas por toda la almohada, soñando sin dormir, durmiendo sin soñar. Sus ojos se cerraban con fuerza, clamaban con fuerza un adiós taciturno, unas buenas noches que nunca llegaron.

Un suave lino de cabello humano se desparramo sobre su rostro, se esparció por todo su pecho y cuello cual mancha y le acarició los pómulos hasta dejarlo soñar en mitad del paraíso que era su cariño. Levantó levemente los parpados moribundos y Milk se recostó sobre su hombro, con el camisón puesto. Durmieron del mismo modo que hace siete años, durmieron ingenuos, abrazados deseando nunca olvidarse del nombre del otro.

Fue con el calor del medio día que Goku finalmente pudo despertar, cuando la luz mordaz del sol le apasto los ojos. Con la boca seca, pálida, falta del ánimo con el que acostumbraba levantarse casi todos los días. Arrastró la manta cuando se levantó sonámbulo hasta la cocina, se tapó con ella la cabeza mientras devoraba las sobras de comida del desayuno. Reclinado en la vieja silla que alguna vez fue suya, sobrevivió al calor indecente de las montañas en mayo. Acorralado por una luz blanca y furibunda que buscaba sus ojos con insistencia para molestar una cabeza dolida.

Un dolor impronunciable, una prisión a sus sienes devoradas por aquella luz de resaca. Con cada mordida el hartazgo del clima, escribió en su rostro la jeta del desasosiego. Al atragantarse con el enorme pedazo de pan que intentó masticar, vomitó en el baño al final del pasillo la comida intragable atorada en su garganta.

Con la manta protegió su vergüenza, como intentaba protegerse del sol. En el baño se observó miserable frente al espejo de laureles, regalo de Ox-Satan. Miro sus ojos cargados de penumbra, su boca rota, son múltiples moretones ocultados debajo de la manta de lana. Se detuvo, sin desordenar su viaje, a mirar la ducha recta y cruda que se extendía como una serpiente fuera de la pared.

Pero antes de considerar la ducha para curar su mal cuerpo, vago con la frente ardiente por los pasillos de interminables fotografías colgadas en cientos de clavos. Un joven Gohan, una embarazada Milk, un adorable bebe Goten; ilustraban las largas paredes de la casa, con su ojitos de perlas pegadas a su frente. Goku se acercó a ellos, a sus sonrisas, contemplando sus frentes marchitas. "¿En verdad esos eran sus hijos?" Esos de la sonrisa amorosa, esos de rostros suaves, esos de ojos decididos. No se le parecían en nada a él, que tenía el rostro partido, que tenías las heridas en el alma y en la piel.

¿Dónde estaban sus fotos? Por qué parecía haber sido borrado el sesgo de su vida de aquel muro de fotos. Acaso estos supuestos hijos, eran tan ajenos para él como el polvo en el árido desierto. Pues no… nunca tuvo dianas en la frente, ni espada de Damocles sobre su cabeza, pues las pocas fotos que alguna vez robaron de él, estaba más adelante en el mismo muro. Cuidadas por las plantas vigorosas, su rostro perdido navegaba en las cartas de mil noches, en un lugar donde podía llamar hogar.

–¿Goku?

Milk, había llegado, seguida de Goten pintados al fondo del pasillo, en la puerta principal.

–Hola –dijo llevándose la mano derecha detrás de su nuca.

–Estaba preocupada por ti, Goku –decía dejando grandes canastos de manzana en los brazos de Goku– no te levantaste temprano hoy y pensé que podías tener algo… ¿Por qué llevas esa cosa en la cabeza?

–El sol está muy fuerte –dijo quitándose la manta–, igual tenía pensado darme una ducha.

–Bueno, Goku –Milk entró a la cocina arrastrando canastas con el pie–, pero recuerda que ya es hora del almuerzo y debes estar muerto de hambre…

Por culpa de la manta no supo bien porque Milk freno de secó su oración cuando entro en el comedor. Mas sin embargo, instintivamente, le contestó sonámbulo.

–Si es por el desorden que deje en la mesa, perdón tenía mucha hambre.

–Supongo que ya no queras comer tu almuerzo.

–No… en realidad, ya estoy lleno.

Se hablaban con tanto instinto, de manera tan mecánica, tan acostumbrados a la respuesta del otro como el colchón de la cama acostumbrado a la forma de su cuerpo. Escucho las golondrinas huyendo frente a su ventana, eran siete y están perdidas. Con un tirón fuerte se quitó la manta con la delicadeza de las olas rompiendo una playa, quitándose un olor pútrido a comida sin digerir, acusado en la incertidumbre de su vuelo. Una vez libre y solo de la presión y protección de la manta, miro con dejadez debajo de él, un pequeño niño que sostenía manzanas dulzonas en sus cortos deditos.

–Hola, papá –dijo sin complicidad, como una orden que su madre insistió en meterle toda la mañana. Y eso lo aterraba. La vida aún seguía después de siete años de muerte, como siguen los sin sentidos, con las puertas del olvido tapizadas siendo vigiladas por ojos miopes.

»¿Quieres una manzana? –la vida aún seguía con o sin él, su lugar ya quedaba atrás, una generación atrás, donde habita todavía el olvido. Olvidado sin ser, recordado mientras no existe, perdido en memorias escayoladas, sin amor, sin gloria.

Se agachó hasta estar a su altura, miro esos ojos suyos que no eran suyos. Miro ese pelo suyo que no era suyo. Miro ese hijo suyo que en realidad era de Milk.

–Claro que sí, Goten –le aceptó la manzana. A ese hijo de Milk, a esa herencia suya, a ese legado olvidado en el cabello de siete flecos de aquel niño – Goten, ¿quieres ir a entrenar conmigo?

Una risita se le escapó a su hijo y antes de que pudiera responder, Milk increpó con una respuesta ya memorizada, con una respuesta añeja. "Espera que Goten termine de almorzar".

Podría jurar que en realidad Milk no dijo "Goten", si no que en realidad dijo "Gohan", pues esa era una conversación tan monótona hace un tiempo atrás. Era una sucesión de diálogos ya aprendida de memoria que sonaba extraño cuando se cambiaba si quiera una palabra. Siete años le costaron esa palabra, de las miles de cosas que habían cambiado, esa oración iba a la cabeza como un ejemplo de la sutileza con la que había seguido el tiempo sin él.

Y el tiempo con él era una necesidad propia, era el horror de morir siendo olvidado, era ser apadrinado por la bendición de dejar en su hijo menor, algo. Algo sencillamente, algo importante, algo insulso, algo…

Una palabra, una lección, un consejo, un recuerdo, unas risas. Goten debían tener algo suyo cuando el ya no estuviera –pues estaba seguro que la muerte ahora caminaba con él– y no bastaba con el cabello ni los ojos, quería dejarle algo en el alma.

Cantar de un tirón canciones de mar, escuchar los relámpagos al norte mientras veías llorar a las grandes montañas. A los iracundos vientos, observar, mientras cantaban canciones de novicia frente a las revoluciones de los girasoles. Con el orgullo presente, con el pudor propio de los ignorantes, con la droga flotando en el cielo. Mentiras que valían la pena. Así fue entrenar con Goten, por primera vez, ahí donde Goku se dio cuenta de que, en esa situación, no podía enseñarle nada nuevo al pequeño.

Ya era tarde para su llegada, ya habían devastado los años, la débil presencia de su paternidad marchita. Era un mal padre, hijo de un mal padre, nieto de otro mal padre. Era una sucesión eterna de desgracia a la que parecía no poder escapar. Porque ante todo, el niño no volvió a sonreír el resto del día como lo había hecho al mediodía. En medio de los arboles recuperándose del frío invierno, aun se podía sentir las ventiscas heladas arrastradas al borde de los ríos.

El cuello de las nubes decapitadas rodaban hacía el oeste, en busca de un desierto donde pudieran morir sin dolor. Goten brincó de un árbol cargando varias manzanas en sus manitas, se las había ganado con todas las honras, cumplió con lo que le había dicho su padre al pie de la letra e incluso llegó más allá. Era un niño fuerte, más de lo que fueron su hermano y padre a su edad. Ese era un problema.

–¿Ya nos vamos, papá? –preguntó el niño, escupiendo las pepas de manzana al borde del rio.

Lo miró un largo instante, había algo ajeno en su mirar, una sensación de dejadez, un cansancio ocupando sus ojitos. Quizás pues no era en el ruido de las pelas y los agotadores entrenamientos que se acaban de derrumbar. Quizás su destino era el don heredado de su padre, esa habilidad de contar sin soñar, cuenta cuentos.

–Goten, ¿tu madre alguna vez te contó de la malvada Patrulla Roja?

De pronto los luceros del niño brillaron reflejando el ocaso lejano, la saga de malos padres tenía aquel don, aquel tumbado sol narrador de cuentos, resplandeciendo dentro de su corazón.

Goten se durmió cuando terminó de contar su historia, la sonrisa clavada en su rostro, los ojitos bien charlados. Ese don de contar historias, esa habilidad para narrar con la voz suelta. Le encanto al niño aquella historia, hasta inspirarle furor en la sangre. Hasta levantarlo de un brinco del regazo de su padre cuando le contó el desenlace final.

Regresaron a su hogar más cansados por la conversación que por el entrenamiento. Tal vez no recuperó los siete años aquella tarde, pero dio un paso adelante entre las malezas, entre las cenizas del melodrama. Goten dormía en sus brazos hasta despertarlo imprudentemente cuando lo dejo en su cama de madera barnizada. Espero unas buenas noches del muchacho, mas recibió un ingrato giro de cabeza donde aún confirmó la falta de nobleza en su paternidad.

En realidad aún era bastante temprano para que el niño se acostara, primer reclamó de Milk. Llegó casi a la hora de cenar, hora a la que había regresado Gohan del palacio de Ox-Satan; segundo reclamó de Milk. De repente así el primer día de su regreso lo había pasado en una monotonía abrumadora, un sinsentido absurdo. La misa de réquiem de un sueño olvidado.

Ni un reencuentro con Milk, ni una buena conversación con Gohan, ni una fiesta con sus amigos. ¿Había valido la pena volver? La varicela del frío rojo corriendo por su espalda. Comer, hablar, comer, hablar ¿decían algo realmente? Se acercaban entre ellos con cada una de esas preguntas vacías y carentes de orden.

Extraño a sus padres como nunca aquella cena apagada, sin luciérnagas. Extraño sus charlas, juegos y risas, extraño el eterno sentir de estar con los suyos. Donde comían sin prisas, donde las miradas eran constantes. Donde no existía la incomodidad de haber vivido alejados siete años.

¿Podía culparlos? Milk y Gohan estaban tan desconcertados por la situación como él. Entonces ¿de quién dependía actuar? Acaso Milk debería obligarnos a contar algo del día a día, acaso Gohan debía soltar comentarios ajenos a su realidad de adolecente. No. El único que podía cambiar eso era el propio Goku. Pero cuando se dio cuenta de aquello, ya era tarde, la cena había acabado.

"Bla, bla, bla…" eran demasiadas las voces mudas sentadas en la mesa. Era el griterío del tumulto muerto en sus recuerdos trastornados. Ahí en esos momentos, donde Kakarotto reinaba sobre Goku. Al acostarse esa noche, en el lugar que le correspondía sin haber sido jamás suyo, discutió con la espalda de Milk un discurso marchito.

–Han pasado siete años –entre ambos aún existía cierta chispa, cierta atracción corporal que viajaba en ascensores desde su libido a sus labios. Sus lenguas pasaban entre ellas sin ser una, relatando cuentos con la mirada sin verse a los ojos, el deseo mutuo entre ambos. El deseo de existir, la maldición de no poder existir sin el otro.

–Demasiados… –respondió ella, el silencio se posaba sobre el dintel de la puerta– y… ¿qué hiciste todo este tiempo?

–Jeje –río, ella se dio la vuelta y finalmente los dos pares perfectos de ojos, chocaron.

–¿Qué te parece tan gracioso?

–Tu pregunta.

–¿Qué tiene de malo?

–Je, nada… pero extrañaba que me preguntaras eso.

Ella sonrió, sonrió sin lindura. Sonrió con imperfección, sonrió con los dietes ya gastados, con los labios secos. Sonrió con la felicidad de un exiliado, con la tristeza de un jubilado.

Pongamos esta puesta en escena un momento. Una pareja que se ha vuelto a reencontrar después de siete años trata de revivir la llama de su amor la primera noche de su reencuentro. Un niño inocente y una niña precoz tratando de amarse poniendo frente al otro un caramelo. ¿Cuál era la magia en tan pocas acciones? Sencillo. Milk era y sería la persona que con más atención escucharía sus largas e interminables historias de largos combates desde aquel primer Torneo donde desapareció la luna, hasta el guerrero dorado de Namek. "¿Qué hiciste todo este tiempo?" Goku adoraba narrar sus batallas, contar cosas y hablar sin ser callado, Milk adoraba escucharlo.

–Bueno, conocí a gente fantástica. Conocí a un guerrero, con una cicatriz en su rostro serio. Conocí a alguien que cocinó para los reyes. Conocí a un héroe, bueno, antes fue un villano… pero ahora es un gran héroe.

–¿Cómo se llamaban?

No contestó.

–Parecían personas magnificas –dijo ella.

–No estoy seguro de eso, ellos vivían en el infierno.

Y entonces, como una garra envuelta en felpa sedosa, Milk lo atrapo en el último abrazó de la noche, antes de dormir todavía pegados con el corazón. "No puedo creer que ahora seas como ocho años más joven que yo" dijo ella, casi en el sueño de colores que daban nueva vida. "Soy mucho más joven que tú" respondió bromeando. "Tengo diecinueve, nací el ocho de abril".

Ella ya estaba dormida cuando susurró para sí mismo esa frase. Intentando memorizarse esa fecha en los sueños donde algún día escapo, la mujer que ahora dormía escondida en su brazos de saiyajin. Ni Kakarotto, ni Goku podían amarla como él lo hacía.

Aun el sol no había brotado desde el horizonte cuando despertó envuelto en capas de sudor. Aun los pájaros no madrugaban para cantarle al alba. Ciertamente hoy era un día especial, un día sin nubes, un día atrapado por el inclemente calor acumulado en las sierras. El cielo aún estaba oscuro, con una ligera referencial luz atrapada al oriente. Se levantó acumulando lagañas sobre sus dedos impermeables, acariciando su mejilla grasosa.

Este era el día. Goku no se dejaría vencer por la severidad de la rutina, por la situación; se levantaría en contra del viejo paradigma de su vida y demostraría ser diferente. No más llanto, no más soledad, y nunca más quedarse hasta el amanecer porque Goku no regresaría.

Todo aun dormía, hasta los muebles parecían estar en descanso dentro de aquella casa que brillaba más en la oscuridad. Tenía ese sutil olor añejo, ese olor a nostalgia, como un apremió tardío, un abrazo mal dado. Olía a lágrimas de niño. Que doloroso era crecer, los poemas en la piel, ardían, ardían la marca de Milk sobre su cuerpo. Ardían los abrazos de Goten, ardía el adiós de Gohan. ¿Qué hacer cuando el corazón está roto e intenta volver a amar?

¿Qué hacer cuando te siente increíblemente solo?

Bueno, Goku tenía su solución. Abrió la puerta de la casa con el riesgo del oxidado rechinar de las bisagras. Observó el cielo, quiso ser un ángel y recuperar sus alas, quiso ser libre, libre de amigos, libre de familia. Libre de la tribu y ser solamente un individuo, ser él sin nadie más. Pero la libertad era una mentira, te enamoraba con la absurdez de una nueva vida. Cuando en realidad solo era la guía hasta la muerte. Sería libre cuando muriera, en efecto. Por mientras se sentaría en la entrada de su casa, como lo hacía cuando niño a esperar al Abuelo Gohan, hasta que el sol se extendiera por todo el cielo y los pájaros cantaron.

Mucho antes de lo esperado para Goku, leves pasos retumbaron la escalera de madera. Despertaron la casa y las cosas reanimaron su estancia normal. Se dio la vuelta, vio los zapatos celestes de Gohan, su jean azul y su polera amarilla con un número cinco en todo el pecho.

–Buenos días, papá –dijo el muchacho al estar en la base de la escalera.

–¿Qué haces despierto a esta hora, Gohan?

–Tenía pensado ir a Ciudad Satan.

Goku se puso de pie, impidiéndole el paso.

–¿Es por Videl?

–¿Qué? No.

–Ayer estuviste todo el día con ella.

–Papá, ayer fui a ver a mis amigos… después de todo lo de Buu.

–No eres bueno para mentir –se cruzó de brazos y sonrió socarronamente.

Gohan bajo la cabeza y soltó un halo cansado de aire cerrado en sus pulmones. Un aire joven, un aire con sabor a almendros. El aroma del amor.

–¿No prefieres quedarte? –le preguntó entonces, Gohan lo miró y el fleco de su rostro cubrió su ojo izquierdo– créeme que es mejor olvidar ciertas cosas de vez en cuando.

El muchacho soló le sonrió, levanto la mano derecha hasta detrás de su nuca y aceptó. Era un gran comienzo para este día.

–Muy bien –dijo Goku– entonces vamos por tu hermano. Es un buen día para salir a pasear por el bosque.

Goten en realidad llevaba tanto tiempo despierto como su padre y hermano, habiendo dormido tan temprano la noche anterior. Se revolcaba entre las sábanas tersas buscando un sueño reconfortante, atrapado por la luz del sol que inundaba su habitación azul mar. Reclinado al borde de su cama, le susurró el nombre y el niño descubrió su rostro ante la intermitencia del sol.

–¿Papá?

Fue una escapada bien lograda la de aquella mañana, precedida por los pajaritos cantando en orquesta, augurando la nueva vida del sol sobre la tierra. Goten no supo bien lo que sucedía hasta que su hermano se lo conto en su camino hasta las altas montañas del este. Goku lo había levantado de la cama ni bien el pequeño había mostrado sus ojos brunos. Le pidió que guardara silencio, mientras el hijo mayor sacaba ropa de las gavetas y comida de las vitrinas.

Se escabulleron entre el matorral crecido, entre la densa vegetación criada por las precipitaciones del este y el sol incandescente de los días de julio. Verde lino raspando sus brazos mientras corrían traviesos surcando raíces y piedras, las hojas les impregnaron en la piel ese tono melancólico de las gotas del roció.

El pequeño Goten se sacaba las lagañas cuando llegaron al primer claro en mitad del bosque. Aturdido por la carrera aun no era sensato de la situación de escape que acababa de sufrir. Tierno e inocente no sentía la adrenalina de los mayores que se habían animado a tal osadía. Probablemente Milk no les hubiera dado permiso de salir al bosque así no más, Gohan y Goten estaban hasta la corbata de tareas atrasadas. No importaba que el mundo se hubiera destruido, la esencia de esa mujer era imperdurable.

–Jajaja, eso fue genial –gritó Goku mirando al cielo despejado.

Los mosquitos no tardaron en despertar ante el nuevo sol del día, tentando males desprovistos de cordura, acercándose en la eterna oscuridad de las malezas de Paoz. En esos lugares donde se criaban insectos pálidos y de sangre azul lejanos al calor de sol.

El cielo alzó su poder sobre los saiyajin cuando ellos rondaron un bosque cambiado y estridente buscando las grandes piedras blancas estacionadas junto al tío. Entibiaron sus cabezas pensando en las miles de represalias que podía tomar Milk para con ellos, no solo por la escapada, sin por llevarse sin permiso a Goten con ellos.

Resplandecía los cabellos sucios a Goten y a Goku, embadurnados de grasa emanaban una ligera aura grisácea alrededor de sus cabezas. El cabello de Gohan, en tanto, apagado y envuelto en el sobrio aroma de algún shampoo extraño al olor de los árboles y más cercano al olor de las grandes urbes. Y los cabellos de las montañas, los grandes ríos, reflejaban la flora y fauna de la mística Paoz con su presencia sobrenatural, con su sapiencia de ser ahumado.

Goten y Gohan se sentaron en las piedras blancas ancladas a las tierras enmohecidas de los largos peregrinajes rocosos. Goku los miró comparando sus similitudes y su forma, antes de decirles.

–¿Quién quiere darse un baño en el río?

No tardo el pequeño Goten en brincar mientras levantaba su brazo. Gohan fue más estoico, fiel a una parte de su personalidad, indicó que antes de eso se cambiaría con la ropa robada de sus gavetas. Sin embargo ese no era el Gohan con el que Goku quería pasear en este día. Así que ante la sonrisa pilla del menor, tomo a Gohan de debajo de las axilas, como lo cargaba cuando era niño, y lo arrojo dentro del agua tibia. Goten y Goku rieron del rostro atónito de Gohan, empapado por las aguas tranquilas de aquel centenario rio. Con los cabellos colgándole por detrás de la cabeza chorreando el agua sobre la cortina celeste y las hojas verdes.

–Papá, acabas de estropear mi ropa.

–¿Qué te molesta, Gohan? Esa ropa ni siquiera va contigo.

Y es que aquellos jean arrugados, esa polera de circo, ese aroma a ciudad no era lo que Gohan debía usar. No le quedaba, no entonaba con su paz de montañero, con su tranquilidad de leñador, con su carácter de guerrero.

–Papá tiene razón… no sé porque te pusiste eso, parecías un payaso.

Dijo Goten, reía al ver el rostro de su hermano sobresaliendo con su apariencia de tomate frente al celeste pacifico de las aguas.

–Ustedes que saben.

Goku se empezó a quitar la parte superior de su uniforme naranja, agradeciendo por el abrazo feroz con el que lo recibió Paoz.

–Te conozco de toda la vida, Gohan –dijo entonces lanzando su gi al borde del rio– ni siete años, ni cien años van a cambiar eso. Además creo a que Videl le gustas más con el traje que te regalo Piccolo.

Goku se arrojó entonces contra la cama elástica de las aguas tiernas. Dejando sus botas colgadas en alguna rama enaltecida por encima de alguna piedra blanca y redonda. Goten lo siguió sin siquiera sacarse la ropa, chapuceando altas olas por todo el rio, acompañadas de una risa de perpetua dulzura. Y Gohan rio, como lo hacía aun en la cuna, como lo hacía aun a los dos, cuatro, cinco años. Como lo hizo el último día antes del torneo de Cell. Rio porque en el fondo aun esa esencia recóndita de su alma era hija de Goku, nieto de dos piratas, sobrino de un falso héroe.

Los pasos eran contemplativos, desconocidos navegaban por el inmenso mar de hojarasca venida tras de ellos. Como la marcha eterna de los demonios vagabundos encarnados en el éter. Demonios de fuego, demonios de agua, demonios de aire y demonios de tierra danzaban al ritmo de la hojarasca anunciando la muerte la vida, el dolor y la pasión. La hermosa armonía del amor.

Así rondaron toda la tarde, perseguidos por estos demonios. Goku y Gohan pronto empezaron un charla eterna, recordando las miles de escapadas que tuvieron de su madre hace ya casi una década, recordando las rabietas, recordando la velocidad con la que su padre robaba comida del refrigerador para compartirla con Gohan, y como su madre actuaba como si no supera nada. Goten se balanceaba solo por las ramas de los árboles altos que provocaban sombra sobre los cuerpos amorfos de la tierra y de la piedra. Sedimentos enclaustrados por la raíces y por los ríos. Concubinos del aire y del fuego.

Gohan se había cambiado de ropa ni bien pudo salir del rio. Vestido con su típico traje azul, ya no parecía ajeno a su padre y su hermano, ahora compartía con ellos ciertas discrepancias, ciertas dudas, cierto recelo.

–La verdad es que a veces no sé cómo hablarle. ¿Nunca te pasó eso con mamá?

–Mmmm… no, nunca. Siempre tuvimos algo de que charlar.

Otra mentira que, sin embargo, prefería contar antes que relatar las cinco ocasiones en que Goku y Milk se quedaron atrapados por un silencio incómodo.

–Sea lo que sea, siempre tuvimos algo de qué hablar.

El muchacho sonrió la debilidad en su rostro. Miro detallando las ramas de los árboles, detallando el vapor áspero liberado de las piedras. Las nubes coronaron el cielo, el sol bastardo cedió su poder sobre la tierra. Las sombras en sus rostros, fundidas entre las sombras de la tierra y la luz eterna del cielo. Goten se detuvo colgado de los árboles, torciendo su cabeza los observaba en su fe de niño.

Gohan levantó la cabeza. Su padre le dijo:

–Sé que no es fácil decir te amo, yo tampoco me lo esperaba, pero así es…

Goten rio de fondo, una risa inocente, un silbido de pasión boreal entre los matinales cantos de los pájaros. Era bella, aquella risa era bella, cantada al sol eterno de los altos cielos. Porque en esa risa había la pureza de los santos, la rebeldía de los vientos. El último gramo de belleza que le quedaba al hijo de una humana y un demonio.

Gohan se llevó la mano a la derecha de su rostro, cubriendo el rojo vergüenza de sus recuerdos. Goku los contempló, guardando esa escena en la posteridad de sus retinas.

–Créeme que si entendiera como es todo esto del amor, Gohan –continuó Goku– no lo estaría buscando.

Porque cada día al despertar, cada noche al descansar y con cada beso contado que le debía su amor, buscaba la belleza que su corazón no tenía. La perfección de dos almas rotas bailando en búsqueda de la armonía perdida.

Amor, perfección, armonía… Amor, belleza, bondad…

Los mares de la antigua Namek, viscosos cual gelatina al sol, con un gusto amargo se le impregnó por las fosas nasales, esa lejana batalla donde los mortales demandaron la gloría de los dioses. Freezer era admirable, un ser malvado, un cruel dictador, un déspota egocéntrico; un gran oponente. Física y moralmente opuesto a Goku, el villano de todo héroe, el infierno encarnado en un mortal.

Fue ni bien que llegaron a la catarata Pech, que Gohan sacó al tema aquel climax. A aquel héroe, nada más que su padre, enfrentado a aquel villano, genocida intergaláctico. Pues Goten no paraba de preguntar cosas, de desear saber de las hazañas de su padre y hermano, saciar esa admiración, saciar su sed con el agua de la catarata.

Detrás de ellos el sol naranja, el cielo atardeciendo, las largas cordilleras que rodeaban Paoz.

–¡Y de repente! –contaba Goku al asombrado de su hijo menor.

»Krilin salió con un disco de Ki y le cortó la cola a Freezer.

–¡Sí! –gritaba el niño, tan metido en la narración que ni siquiera los colores derramados sobre la meseta en que se habían instalado lo desconcertaba,

–Yo todavía estaba recuperándome mientras eso pasaba –continuó Goku–, pero aún podía sentir su Ki, era algo tan increíble. Krilin es alguien muy fuerte, pero sobre todo valiente.

Gohan sonrió entonces, con la mirada quieta sobre el largo horizonte. Con la nariz atenta a los olores salados de la cascada. Posiblemente recordaba su niñez, su vida de infante, esa eterna prisión de inocencia de la que tuvo que escapar con solo doce años.

–El tío Krilin es muy valiente, Goten –dijo Gohan.

¿Tío? ¿Krilin? Se preguntaba Goku abstraído por la imagen disuelta de su mano, buscando en su piel la esencia de su ser, de su sangre. Sin estar a tiempo, caído del cielo, como un demonio expulsado de los cielos. No era hermano, ni hijo, de nadie en la tierra. Era un ser desterrado, una bestia recluida de la sociedad. Un monstruo.

"No…" Le susurraba a la cascada. "El nuestro vuestro tío"… decía tanto su mirada, caminando en fuego, sin ser nadie, más que un padre confundido.

–Papá –Gohan se sentó junto a él, lo miró con los ojos heredados, robados, que antes le pertenecían únicamente a él.

Se detuvo un momento pero pronto volvió a las venas carnosas sobresaliendo de su brazo. Esa sangre, esa vida corriendo por su cuerpo, era tan extraño estar vivo, eran tan distante del vacío en el pecho de la muerte. Era el corazón latiendo dentro de su pecho, era el aliento escapando de su boca. Era el sudor frío, eran las gotas retenidas en sus ojos, era ese nombre atrapado en su garganta.

"Raditz".

–Gohan –dijo entonces– ¿qué harás mañana?

–No lo sé…

–No te creo, siempre tienes algo por hacer.

–Será mejor que vaya con Videl –se enrojeció–… debe estar algo molesta porque hoy le falle.

–De verdad amas a esa chica –dijo sabiendo la verdad en la voz de su hijo, el sabor dulce de su aliento.

–¡No! ¡Bueno, sí! ¡No lo sé!

Se recostaron de espaldas en el arenoso suelo. El viento sopló alejando las hojas y la tierra lejos de ellos. La hojarasca se marchaba hacía el norte. Se transformó la magia, en respiros de alma, padre e hijo se conectaron más allá de la sangre.

–Bulma me dijo que sea yo mismo –menciono Gohan– pero la verdad no sé cómo hacerlo.

–… Tal vez nadie lo sabe.

Oscuridad, maldita oscuridad. Aléjate de la bondad de los padres y de la inocencia de los hijos. Que el maldito nombre de Raditz no los acose en medio del atardecer perfecto.

–¿Qué me dices tú, papá?

–Solo… Gohan. Busca la felicidad, de eso consiste. Si ella te hace feliz y tú a ella, es buena señal.

–Gracias papá.

Susurros devorados por la oscuridad que se acercaba peligrosamente del cielo, mar de estrellas, río de luceros. Noche, noche de veleros, noche de amor, noche de pesadillas. Oscuridad aléjate, oscuridad no rompas lo que le ha costado crear a nuestro héroe. Él, Goku o Kakarotto, solo quiere ser feliz.

Goten siempre fue un niño curioso, era algo de su personalidad robada de su padre, incluso de sus antepasados a los que aún no conocía. Se subía a las copas de los árboles más altos, se dejaba arrastrar por la corriente de los caudales de agua tibia. A los cuatro años fue incluso capaz de escalar las altas montañas nevadas que quedaban de camino a la ciudad del norte, solo porque no confiaba en la versión de su madre sobre las personas peludas que vivían allá.

Fue por eso que cuando desapareció aquella noche detrás de la cascada y termino por accidente metido en un foso oscuro donde el agua se le escurría hasta los tobillos.

–Goten, ¿dónde estás? –La voz de Goku resonaba en toda aquella cueva espectral.

–Sí, papá, estoy muy bien –pero allí la luz y el sonido del agua lo acorralaban, lo mantenían sumergido en una suerte de espasmo lúdico. Una corriente de explorador, una suerte, un tropiezo con la casualidad.

Cuando se golpeó la cabeza con el suelo de piedra, delante de él, como constelaciones en el cielo, antiguo arte rupestre magnificado ante sus ojos. Eran violetas, lánguidos y cabezones, personitas pintadas en el techo de aquellas cavernas, relatando aquella última noche de sus vidas, enfrentados a las bestias de Paoz. Pintadas en el tiempo, que no los olvidaría gracias a aquel niño y sus zapatos rotos.

Con todo, fue una gran noche, de esas que no se permiten olvidar. Que perduran en las vidas y en las pinturas de la piedra hasta el último amanecer de Goku. Este saiyajin, regresó cargando en sus hombros a Goten, riéndose de las anécdotas de Gohan, olfateando esa amargura de las noches sin luna.

Al pie de la colina, sin embargo, el silencio los desbordó, los acuso en la imprudencia de sus acciones y los largos gritos de Milk se escucharon por toda la colina donde estaba su casa.

Gohan se asomó primero desde la ventana, escuchó platos rompiéndose y una voz grave tratando de calmar a su madre. Goten alertó, antes de que su padre se animara a tocar la perilla de la puerta, la presencia del Gran Dragón oculto entre los árboles más cercanos a la casa del Abuelo Gohan. En la penumbra apenas si pudo notar su cresta, sus largos cuernos, y sus robustas alas. Temblando en el reflejo de la luz de la casa, como siempre lo hizo desde hace tantos años cuando solo era una cría.

Una sensación nostálgica, un gusto suave acariciándole la piel. Había extrañado a ese Dragón. Así que le pidió a Gohan que le silbara (en ese idioma tan suyo) que lo esperara la mañana siguiente. Cuando podría ver el tamaño de su escamas y la rigidez de sus colmillos.

Gohan fue con él, casi escapando de la situación, fue entonces cuando Goku entró en la casa sosteniendo de la manita a Goten. Lo primero que vieron al entrar fue la capa blanca del namek amigo suyo.

–Piccolo –lo saludó.

El namek se dio la vuelta de golpe.

–¡¿Dónde demonios se metieron, Goku?! Llevó toda la tarde tratando de calmar a tu mujer.

–Discúlpanos –dijo sobrado, recordando el ensayo que entre ambos, namek y saiyajin, habían quedado–, pero solo fuimos a dar una vuelta.

Piccolo le sonrió de medio rostro, delatando su complicidad del crimen. Que el hecho de que los cubrió con su capa, escondió sus huidas, como lo hacía desde los meses cuando se prepararon para enfrentar a los androides. Cómplice de miles de aventuras, algo tan suyo, tan de Piccolo, que no iba cambiar ni con el paso de siete años.

Algo debía confesarse, lo último que le pedía. Que estaba desesperado, que vivía al borde, que los latidos de su corazón algún día dejarían de latir por ella. No había tiempo a su favor, ahora todo era una caída de regreso a la muerte.

–¡¿Dónde diablos se metieron?! –era la voz de Milk, reproduciendo las líneas de una canción, de una armonía escrita en sus corazones. Y antes de perderse una vez más en su melancolía, en su locura, antes de perder el camino, la observó en silencio, soñando con un destino junto a ella.

Goten se apartó de la escena junto a Piccolo, estoico por la situación acostumbrada. Milk se le acercó, retándole el ego de saiyajin, provocando la euforia de sus venas y arterias en su corazón. Nunca había sentido tanto miedo, en su vida, ese sentir de la falta de control sobre su vida. Ese sentir de que, aun si el luchara, igual iría a perder todo lo que había ganado. El héroe condenado a la soledad.

–¿No me piensas responder? –ojala se pudieran quedar juntos así, así simplemente, sin apariencias. Solo sentí su compañía, sentirla suya.

¿Qué hacer ahora? Pregunta difícil, como responder a un momento así luego de que los años hayan dejado ligeros estragos en la bella armonía de su hogar. Necesitaba una razón para quedarse, nada de misericordias. La presencia de Goten, diferente a la de Gohan, el timbre más grave de la voz de Piccolo, las arrugas en la frente de Milk. Diferencia soñada, mutabilidad desgraciada, esencia perdida ¿qué hacer? ¿Qué haría mi padre? Quería estar con ellos, hasta el momento en que la muerte viniera a reclamar su alma.

Y la abrazó, sosteniendo la mirada sobre sus ojos carbón. La abrazó y sus almas finalmente conectaron el último rasgo perdido de su total armonía. Unidos en un abrazó eterno, algo parecido a la perfección.


Hasta aqui todo lectores, esperen la dos partes finales siguientes. Una gran historia esta por llegar a su fin y espero estemos juntos cuando eso pase.

Te ha hablado tu amigo y vecino.