DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS
PARTE I


El corazón le latía sin ritmo, se agolpaba contra su cavidad torácica mientras sus manos temblaban recorriendo su cuerpo. Debajo de las sábanas, en la discreción de la tela pedregosa, en la solemnidad de su cuarto invadido por la oscuridad cómplice.

Goku quieto se quedaba en los labios moribundos de ella, acariciando sus dedos carnosos, los restos de aquellos abriles llenos de lágrimas, su piel dolorosa. Su sabor a dulces caramelos, su aroma hecho de camelias. Milk. Belleza divina, llévate la absurda verdad de la soledad embriagadora. Has del universo más pequeño, cubiertos los amantes por la sabana con fragancias de sueños. Juntos contemplándose mutuamente la oscuridad en sus ojos carbón, en el pequeño brillo de felicidad rebotando en sus pupilas.

–Milk… –dijo él.

–¿Si, Goku? –responde ella.

–¿Quieres entrenar conmigo mañana?

–Yo… –pareció dudar un momento– acepto, Goku.

–¿Quieres volar conmigo y ver quien llega más rápido al cielo?

–Sólo si tú me enseñas.

Y rieron inocentemente. A través de su aliento, escaparon aquellos niños que alguna vez jugaron a ser amantes. Cerraron los ojos, no se sintieron hasta el día siguiente. Y apenas pasando una hora de la media noche, cobijados por las nubes espumosas y por la luna endemoniada, hicieron el amor sin mirar atrás, borrando todo lo que fueron, estrechos bajo la íntima luz de sus cuerpos danzando uno sobre el otro. Siendo ellos sin ser nadie, aceptando su condición de delirio. Abandonando la unidad de su ser y aceptando ser ambos el uno con el otro.

El sol rasgó sus ojos cuando salió aquella mañana, lo despertó de golpe y le dio consciencia de su nuevo estado de prisionero. La luz lo consumía todo aquella mañana, atrapaba con su idiosincrasia a cada árbol, a cada piedra, a cada ser en aquella montaña. Se froto los ojos, no pudiendo tolerar más esa visión ¿es que acaso, nada puede existir sin la luz? Y de ser tan dependientes lo objetos a ella ¿son libres en verdad?

Habiendo abandonado su singularidad, la esencia de su ser, para fundirlo con el amor de su vida. Que por hacer el amor con Milk haya negado su libertad y aceptado la desaparición de sus deseos. ¿Qué le quedaba ahora? Aceptarse como un humano corriente, abrigado por la rutina propia de la especie. O dejarse sumergir en la rebeldía saiyajin, donde cumpliría sus alegatos de soberbia, pero a cambio debía abandonar una vez más a su esposa e hijos. La luz lo guiaba por los caminos turbulentos de las depresiones de la zona, por donde la lluvia y el fuego habían destruido los antiguos senderos.

Escuchaba sus pasos crujiéndose sobre las ramas partidas, escuchaba el bramido de las fieras y el canto de los pájaros. Escuchaba la verdad de su pensamiento y escuchaba el respirar sin ritmo de la oscuridad sobre su hombro. Camino, arranco una rama de aquellos árboles largos y la puso entre sus dientes. Camino, acaricio su pelo para limpiarse el sudor de aquella mañana infernal. Camino y se detuvo, ahí donde una cola de dragón se enredaba por la raíz de los árboles como una anaconda muerta.

Siguió la cola, hasta encontrarlo majestuoso y enorme, con las alas gigantescas y los cuernos firmes. Dejo caer la rama de sus labios.

–Gran Dragón –lo saludo y la bestia se dio la vuelta hacía él. Con su gran hocico aspiro su aroma de montañés y con sus bellos ojos registraba cada gramo de su rostro saiyajin.

»¿No me reconoces? –y el Gran Dragon agacho la cabeza, tenso los músculos de sus patas y retrocedió alerta. Dos pares de cuernos le habían crecido a cada lado de su mentón purpura, y gruesas espinas ahora recorrían su columna vertebral donde sus majestuosas alas se extendían casi tres metros.

»Soy tu amigo, soy Goku. Tienes que reconocerme, era yo quien siempre te traía la comida cuando tú aun no podías hacerlo.

Y el Gran Dragón se inclinó sobre los ojos del Saiyajin, sobre su alma pútrida y deforme. Donde de aquel buen hombre que alguna vez le trajo alimento, solo quedaba un remedo mal vestido, un bufón mal hablado. Un alma vagabunda sin pasado ni futuro.

Y Goku levanto su mano entre la espesa luz de mayo, sobre los aires montañosos, sobre el interminable recuerdo de la vida de un hombre al que él jamás conoció. El Gran Dragon apoyo su cabeza sobre el pasto húmedo, mantuvo su mirada fija sobre la mano que se acercaba lentamente hacía su frente escamosa. Mostraba sus colmillos, la lengua azul que se escapaba de su boca seca. La mano de Goku finalmente se apoyó sobre sus escamas temblorosas y sobre sus parpados suaves.

»Ahora si me reconoces ¿verdad, muchacho?

La lengua azul del Gran Dragón se estiro por fuera de su boca hasta lamerle todo el rostro al joven saiyajin de diecinueve años. Que aun recordaba la vida de un sujeto al que nunca conoció ni deseo conocer, aprovechándose de sus amigos, de sus recuerdos empolvados. Ahí, en ese límite, donde la realidad roza el sueño y Kakarotto ni Goku pertenecen a un mismo plano.

El Gran Dragón lo notó, se apartó de él como quien huye del mal clima. Se dio la vuelta, mostrándole una vez más su esplendorosa cola y sus alas enormes. Y se marchó, hasta esconderse entre la maleza de la montaña, entre su hogar, lejos de aquel sujeto al que nunca conoció ni nunca deseo conocer.

Goku (o Kakarotto) se quedó parado observando cómo se alejaba aquel Dragón. Y acepto, en aquella marcha fúnebre su destino de prisionero solitario. Sin anhelo por la libertad, ni redención en el heroísmo.

–¡Papá! –la voz de Gohan, allá a sus espaldas, detrás de los árboles, detrás de la inmensa oscuridad cargada a sus espaldas.

–Gohan… –respondió Kakarotto (o Goku).

–Papá, al fin te encontré –dijo y se puso frente a sus ojos perdidos en la maleza donde escapó el Gran Dragón.

»Quería decirte que hoy iría a verme con Videl en la Ciudad del Oeste.

–Ajam –dijo el rostro de Goku con la voz de Kakarotto.

–¿No me dirás algo?

–Que tengas suerte y que… seas feliz.

–Gracias papá.

Tal vez Gohan no se sentía contento con aquel consejo. Tal vez por eso se marchó tan rápido. Pero ¿podía acaso Goku dar consejos de amor, sin ni siquiera entender el mismo su propio corazón?

El sol de la tarde era sofocante, escalaba su humor agobiante por los largos troncos vetustos de los bosques. Kakarotto (quizá Goku) apareció de entre aquellos juncos castaños que se erguían firmemente a través de la maleza. Y ahí la encontró, en mitad de aquel claro del bosque tan esbelto y puro, dándole la espalda, acariciada por los rayos que el sol brindaba a su deleite.

Milk se dio la vuelta y la mirada intensa tan suya conectó con sus pobrecitos ojos de saiyajin. Se conocieron para enseñarse, encenderse y apagarse el uno al otro, buscándolo el dolor que solo el amor les podía causar. Y ella sonrió, en la complicidad de sus actos. Conociendo sin conocerse en verdad, fingiendo amor, engañándose a sí mismos. Creyendo que sus manos fueron hechas para encajar la una con la otra.

Entonces tomados de la mano, caminaron hasta el centro de aquel claro, trascendiendo el uno por el otro. Y de pie junto a tronco caído que tres generaciones habían usado de asientos. Ella se sentó, le acarició sus dedos cubiertos de callos y las uñas rotas cubiertas de tierra. Él (Kakarotto o Goku) le dictaba lecciones de amor y de guerra, contándole mil técnicas de combate. Mil maneras de sobrevivir en la batalla bajo el abrasante calor de las tardes de mayo.

A Milk no le tomo mucho recuperar el ritmo perdido. Ya habiendo pasado los años su cuerpo, más que atrofiarse por la falta de entrenamiento continuo. Asimilo el movimiento de su cadera y de sus piernas en la técnica que ella misma se había perfeccionado. Elevando sus piernas siguiendo las débiles corrientes de las ventiscas. Su cadera bailaba al compás de un ritmo innato, conectado con el del otro danzante.

Goku en cambio, dejaba a Milk marcar el ritmo. Kakarotto la dejaba guiar la pelea, establecer la forma de ataque y la intensidad de los golpes que se daban el uno al otro. Dos personas entrenaban sobre las hojas caídas de tantos árboles moribundos, amparados ante el cielo celeste.

(Goku, puede que haya sido él) Sus manos eran frías, su aliento era gélido. Abandonando de la sensibilidad, muerto en la vida de su amada, atrapado por aquel constante baile de golpes y patadas sincronizadas con armonía. Dejando atrás la realidad de su inmensa melancolía, los árboles flotaron hacia el cielo y las grandes ciudades fueron devoradas por la nada. Los mares se evaporaron al instante y las bestias congeladas en el estado más puro de su consciencia.

Se dejó devorar por la armonía perfecta, por el arte de su vida.

Siguieron su entrenamiento hasta que el calor dejo de asfixiarlos. Cuando el sol se acercaba coquetamente al horizonte, cuando el minutero del reloj acariciaba el número seis. Goku se detuvo torpemente levantando pequeños guijarros al aire, Milk cayó exhausta sobre sus brazos y rodillas frente a él.

Kakarotto corrió hasta donde estaba ella, la tomó de los hombros y con los ojos partidos pregunto si estaba bien. Ella lo miro a los ojos, con las pupilas pequeñas, con el aliento húmedo escapándosele por debajo de su garganta. Se desconoció entonces a sí mismo, atrapado bajo la mirada de sus senos firmes, bajo su semblante de inocencia. La oscuridad se esparció desde sus dedos corroídos, desde las amorfas formas de los guijarros y la intentó devorar.

Pero Milk reaccionó como lo solía hacer desde niña, velozmente lo abrazo y con una fuerza que Goku nunca se logró explicar, ella terminaba sentada sobre su vientre anunciándose triunfante. Con la belleza de miles de guerreras saiyajin, cuyo recuerdo estuvo grabado en la sangre de Kakarotto desde que su madre lo cargó por primera vez.

–Gane –dijo Milk y le sonrió de medio lado, en un lapsus temporal que no perteneció a ninguna época ni ningún espacio.

–Siempre haces lo mismo… y yo siempre caigo.

Milk levantó la cabeza, su semblante abandono su sonrisa y recupero esa mueca siempre inscrita sobre su rostro. Se puso de pie, se limpió el polvo de su viejo traje azul y volvió a mirar al cielo. Angustiado Kakarotto se irguió, sentado en la hierba que le picaba la piel de sus brazos.

-–¿Qué paso? –preguntó Goku.

–Ya es tarde –dijo ella, acomodo las cebras fugitivas de su perfecto moño y continuo– hay que preparar la cena, Gohan va a llegar y seguro estará con hambre.

Goku se puso de pie y, mientras ella colocaba en su lugar el último mechón que se escapaba de su cabello, la abrazo sutilmente por la cintura.

–No te preocupes –dijo Goku.

–Yo cocinare –Dijo Kakarotto.

Milk se dio la vuelta todavía atrapada por su abrazo –que Kakarotto hacía cada vez más fuerte– y lo miro con más indignación que sorpresa, asustada por la mirada inerte escapaba de los ojos de Goku. Susurro algo inentendible hasta para ella misma y Kakarotto le dijo antes que ella articulara bien sus palabras.

–Preparare un asado, te apuesto que me quedaran muy bien.

–Pero… ¡Goku!

Y de pronto la cargó entre sus brazos, ese cuerpo que le quemaba, ese milagro hecho humana. Y la contempló, abstracta, sin forma, un recuerdo. Goku rio frente a sus ojos mientras ella se sujetaba de su cuello, él despego de la tierra y en más tiempo del esperado –Pues Goku y Kakarotto se confundieron más de una vez– llegaron a casa.

Y el delicioso asado fue servido sobre un mantel nuevo, sobre una mesa vieja. En una cocina acogedora, en medio de unas montañas frías. Cuatro personas jugaron a adivinar que es el amor, dos esposos y sus dos hijos, sufriendo en la espera de ver llegar al amor cruzando por aquella puerta.

Milk sujetada de la mano de Goku y de Kakarotto, esa mano desdoblada, fría en la palma y caliente en los dedos. El amor toco la puerta.

(10 de mayo del 774)

–¿Cómo te fue con Videl? –preguntó Goku.

–Eh… bien, supongo que bien… –esa noche Gohan comió más rápido su asado.

–¡Tus mejillas están rojas, hermano! –dijo Goten, riendo.

–¿Qué fue lo que hicieron? –preguntó Milk.

(11 de mayo de 774)

–Nada –contestó, Gohan–, en realidad, solo fuimos a pasear por la ciudad.

–Hicieron lo mismo ayer –le respondió Kakarotto.

–¡Sí! Pero tampoco sé qué más podemos hacer.

–Puedes… puedes entrenar con ella.

(12 de mayo del 774)

–¡Fue genial! –decía Gohan, sonriente como nunca lo había estado– fuimos a entrenar al bosque y luego estábamos tan cansados que nos quedamos recostados en el pasto hasta que se hizo de noche.

–¿Qué más fue lo que hicieron?

(13 de mayo del 774)

–Nos fuimos al río… –Gohan estaba rojo, avergonzado de sus recuerdos– ambos nos metimos a nadar.

Milk río con su dulzura de madre.

–Eres igual que tu padre –luego se levantó para servirle más comida a Goten.

(14 de mayo del 774)

Cuando vio que su madre se levantó para servirle a Goten su segundo plato, Gohan le dijo a su padre en un susurro.

–Papá… tengo que contarte algo.

–¿Qué me ditas? –Respondió Goku– ¿qué se dieron un beso?

Gohan se avergonzó y bajo la cabeza, completamente rojo.

(15 de mayo del 774)

¡Mamá! –Gritó, Goten, con la boca repleta de comida– ¡Gohan se puso rojo como un tomate!

–Gohan –Milk regresó a su asiéntenlo–, ¿hay algo que nos tengas que contar?

Gohan y Kakarotto, rieron cómplices.

(16 de mayo del 774)

–Gohan, –repitió, Milk– ¿Paso algo?

–Nada –refunfuño el muchacho–, todo está bien… supongo.

Arrojo sus cubiertos sobre su plato y se levantó de la mesa.

(17 de mayo del 774)

–¿Qué le estará sucediendo? –Milk, indignada.

–Debe estar enfermo –Respondió, Goku. Sabiendo que Gohan llevaba dos días sin hablar con Videl.

Subió a su habitación aquella noche, y halló a su hijo enfermo de amor. Sujetándose el estomago con dolor, mordiendo sus dientes con rabia. Vencido en los besos que nunca se dieron, arrastrándose por la sábana, asfixiándose contra la almohada. Goku se deslizo por entre el impecable orden de su habitación hasta poder sentarse junto a él en aquella vieja cama.

–No sé qué haya sucedido, pero así no lo vas a solucionar –le dijo sin saber que más hacer.

–No pasó nada –respondió el muchacho, encajando su boca dentro de su rabia, con los ojos muy cerrados para que no escaparan lágrimas de frustración.

–Tiene que haber pasado algo.

–En serio… no pasó nada… –cada pausa incrementaba el dolor de sus palabras– ella… ya no me habla.

Incierto, como lo es el amor. Que te llevara al más alto cielo para soltarte sin piedad hacía el averno más desalmado. Kakarotto, ser deshumanizado incapaz de sentir cariño, no pudo responder por las injurias de su supuesto hijo. Así que asomó su rostro saiyajin por la ventana donde la luz de la luna penetraba cortando la oscuridad en dos, mientras que su hijo tiritaba sobre la sábana.

–¿Tienes todo para mañana? –preguntó Gohan, encerrado en su delirio.

–¿Qué hay mañana?

Gohan le respondió con la voz seca y muecas de fatiga sobre su frente.

–Mañana es tu aniversario de bodas, papá.

Para sorpresa de nadie, Goku lo había olvidado un año más. Solo le quedaba seguir mirando por la ventana, a esas tres estrellas que vagaban apartadas en el firmamento. Estrellas que parecían corresponderle la mirada y veían dentro de él. El manojo de dudas en que se había convertido. ¿Qué le puede decir un ser que nunca ha amado a un amante?

Gohan estiró el brazo crudo a través de la frivolidad de la luz de la luna. De la segunda gaveta, de la mesita a lado izquierdo de su cama, retiro una pequeña capsula dorada, y con el mismo movimiento crudo se lo entrego a Kakarotto.

–Suponía que lo olvidarías, así que tenía listo este dinero para que puedas comprarle algo lindo a mamá –levantó la cabeza, y entre padre e hijo conectaron su idiosincrasia, afrontando ambos los desperfectos del amor que aterrorizo a cuatros distintas generaciones de su familia.

–Gohan, –le dijo Goku– pero este es tu dinero.

–Ahora no crep que me sirva –se acomodó en la almohada, expulsando un aliento rancio poco antes de caer rendido en el sueño. Kakarotto sujeto con fuerza el dinero de su hijo antes de cubrirlo con mantas para que pudiera dormir en paz. Le cerró la puerta y lo observó dormir empapado de sudor, retorciéndose como lo hacen las almas desgraciadas en noches de pesadilla.

Salió de su hogar esa misma medianoche, cuando Milk dormía tranquila en la habitación que era solo suya. Y Goten descansaba tieso, encerrado en la fantasía de su joven imaginación. A las 2 de la madrugada con 23 minutos, con solo una capsula dorada en el bolsillo, escapó de su hogar y no regresó hasta tener el regalo perfecto para su esposa.

Fue una tragedia, la de aquel 18 de mayo. Se intuyó por las aves desde el momento en que un denso manto de nubes cubrió al cielo con su velo de novia. La calma fue perpetua esa noche, las copas de los árboles apenas si se movían por el débil bailar del viento que era empujado por Kakarotto mientras este volaba sin un rumbo claro. Alejado de la realidad absurda de la montaña, que impávida veía al mundo pasar sin reparar en su voluntad de cambiar. Porque la montaña solo podía mutar, deformarse en su propio caudal. Los arboles crecen, la maleza se muere, los animales se reproducen, el rio se seca. Pero sigue siendo el mismo Paoz. Del que fue desde niño, hallado a la orilla del río por un anciano que nunca encontró el amor.

Protegido por las tres estrellas vagantes en el firmamento, deambulo hasta la orilla de la colina, arrastrando sus pasos vagabundos por el abismo de la temeridad. Camino sin prisa y solo se detuvo cuando sintió la presencia de su hijo mayor despertándose en mitad de la noche.

Gohan emergió entre los cielos con rumbo a la ciudad del Oeste. Todavía débil por la fiebre que le había dado hace unas horas, Gohan irrumpió en la noche, con el aroma del amor escapando por sus pómulos. Mientras Kakarotto no podía dejar de verlo, de hallarlo hermoso, débil y hermosos, recorriendo un mar de soledad azul.

Gohan desapareció en el horizonte próximo dejando tras de sí un rastro semejante al de las estrella fugaces en el firmamento. A Goku, con un frío gélido correteando por su piel, se le cerró la garganta; pues su pobre instinto de padre, no perdió la vista jamás de las auroras de su hijo. Si perderle el rastro y sin que Gohan supiera que lo perseguía, Goku voló hasta la ciudad del oeste, hasta la ciudad de concreto, hasta al paraíso de metal y vidrio tan distinto del paisaje de la montaña.

Se detuvo en un pequeño parque, todavía dormido en la penumbra agobiante de la ciudad, se sentó en uno de las bancas frías y desde ahí aun mantuvo su atención centrada en la presencia de Gohan, cada vez más lejana entre el mar de almas que era la ciudad. Froto sus manos frías la una con la otra, soltó el aliento podrido dentro de sus pulmones y, entonces, el Ki de Gohan dejo de moverse.

Había llegado a su destino, a miles de kilómetros más lejos de la ciudad. En la ciudad Satan, si es que era obvio, cuando el Ki de Gohan y el de Videl se hallaron el uno con el otro y dejaron de existir. Desaparecieron de la faz terrenal, como absorbidos el uno por el otro, devorados en su propio amor. Elevándose hasta los cielos y luego descendiendo hasta el más profundo hueco del mar. Siendo ellos sin ser nadie, fundidos en su pasión desbordante, mientras Kakarotto vigilaba los espasmos de sus ki.

Y rio, no sabiendo si era felicidad o dolor. Goku se abrazó cubriéndose del viento, mientras el frío ascendía por sus pantorrillas. Gohan dejo de ser un niño aquel día, y Goku observó sus manos llenas de arrugas. Derritiéndose en el tiempo, su rostro envejeció y su sangre se secó, sus siete flecos, llenos de canas habían terminado. Convertido en piedra, congelado por el frío de la ciudad, fue más viejo que nunca. Las nuevas generaciones han nacido, han crecido, han amado; y ahora él ¿dónde quedaba?

El mundo prosiguió con su rutina mortal sin reparar por el saiyajin que pasaba de ser un viejo desgastado a un joven de diecinueve años apenas conociendo lo que es el dolor. Hasta las 12 con 13 del medio día apenas si había levantado la cabeza, cuando un grupo de niños salieron corriendo de sus hogares. Uno de ellos arrojo un balón y todos se lanzaron en su búsqueda. Kakarotto, simplemente se levantó de aquella banca, se abrió paso entre el gentío hasta desaparecer en alguno de esos callejones vacíos.

Fue a visitar a Bulma. No tenía más que hacer, con la tele transportación, apareció de repente en mitad del laboratorio pálido de su amiga del pelo azul. Piezas de metal arrojadas por todo el piso se arrastraban en el frío somnoliento del lugar. Destellos de luz brincaban por entre el espeso olor oxido y un ruido aberrante devoraba el verde de las paredes.

–¡Goku! –le gritaron y los destellos desaparecieron, antes de que Kakarotto se viera atrapado por un par de brazos cubiertos por aceite –que alegría verte.

–Hola, Bulma –contestó apartando los cabellos negros que caían dentro de su boca y nariz.

Bulma le soltó el abrazo y aun sosteniendo sus manos sobre sus hombros le dijo:

–Pero ¿qué haces por acá?

–Pasaba por aquí y…

Bulma le miró extrañada, buscando quizá, en sus ojos esos recuerdos de la infancia que en Kakarotto, ya no existían.

–Es raro verte por aquí así sin más ¿no trajiste a Goten?

Ella dio un par de pasos hacia atrás, todavía clavándole la mirada azul sobre sus siete flecos. Penetrando con sus pupilas en su propio abismo, donde moraban sus recuerdos, devorados por el fuego del infierno que es el olvido.

–No, en realidad… –¿por qué no confesarle a ella su mayor temor? Eran amigos al final del día, eran cómplices, eran hermanos sin tener la misma sangre. Quizás ella podía salvarlo de su melancolía.

Pero el teléfono irrumpió de repente entre sus miradas, Bulma dejo de verlo y se enfocó –posiblemente aliviada– en lo que le decía el interlocutor al otro lado del mundo.

–Un momento… –dijo Bulma, cambio la bocina de mano y mirando a Goku le dijo– estaré contigo en un minuto, solo déjame atender esto.

Kakarotto endureció sus labios y asintió con la cabeza. Luego de eso se retiró, con los pasos apretados contra el piso, marchó mortalmente por toda la corporación, mientras en su nuca se precipitaba como una pitón, la oscuridad maligna, arrastrándose por todo su cuerpo.

Enfadado doblaba las esquinas sin importarle si alguien se cruzaba en su camino. En efecto Bulma no era su amiga, era ilógico que lo fueran. Nunca compartieron, nunca se confesaron secretos, nunca se soltaron y rieron a carcajadas, y a la vez, nunca pudieron hablar de temas personales. Nunca pudieron pasar de lo más común a lo más turbio con la misma confianza. Solo eran dos personas que se ayudaban cuando el otro lo necesitaba, un par de socios, tal vez, pero nunca un par de amigos.

Y aquel pensamiento mareaba su cabeza, lo arrastraba a la desolación mientras las paredes del mundo se deformaban la una sobre la otra y una sensación de odio crecía en su cuerpo. Quería destruir aquella farsa, aquel edificio, la Corporación completa, quería matarla…

–Muchacho –oyó detrás de él, la avejentada voz del Dr. Brief– que sorpresa verte por acá.

Estar aquí, atrapado en lo laberintos de los pasillos de la corporación Capsula, le aterraba el corazón. No por la duda, no por el dolor, sino por la nostalgia que era recorrer las paredes y recordar al niño que alguna vez fue, visitando por primera vez este lugar. Atrapado en el tiempo, el recuerdo de aquel niño, nunca regresaría.

–Vine a visitar a Bulma –respondió mirando su infantil reflejo en las paredes– pero ella está ocupada.

–Siempre está ocupada, muchacho, no te preocupes –el Dr. Brief se acercó a una de las puertas de metal en las paredes– por qué no me acompañas mientras esperas a que se desocupe.

Abrió la puerta, y lo invitó a pasar. Goku –y su contraparte infantil– aceptaron sin decir nada. Callados como un espíritu escapado del paraíso.

Aquella sala era una pequeña cafetería para los trabajadores de la Corporación, su cafetera roja, sus tazas blancas y su polvo café amargo, Su perfecta sincronía, donde todo cuadraba en su propio orden. Las sillas grises, la mesa metálica, ese aroma de lima que le recordaba más bien al olor del metal. Ese orden, esa frialdad. El Dr. Brief se sirvió una taza de café con dos cucharadas de azúcar, la batió sin ritmo y se desplomó sobre una de las sillas.

–Siéntate, muchacho.

Goku obedeció, el frío le acarició la serenidad de su ira. Crujían su estómago, sus dientes se chocaban el uno contra el otro. Las cucharillas de metal plateado, los platos blancos y amarillos, el cactus verde postrado junto a la ventana. Abrumado cerró los ojos y permito por una vez a la oscuridad invadir su corazón, las palabras del Dr. Brief huían de sus oídos. Se le escurrían por los tímpanos sin provocar en él alguna reacción. Hasta que el Dr. Brief menciono aquel recuerdo.

–¿Recuerdas cuando tú y Bulma fueron al parque de diversiones?

–Algo…

–No te culpo, –El Dr. Se puso de pie y mientas dejaba su taza sobre el mesón decía– eso paso hace tanto, yo lo recuerdo más pero porque soy un viejo nostálgico.

Kakarotto mordió su lengua.

–Dr. Brief –dijo Goku– le puedo hacer una pregunta.

El Dr. regresó a su silla, le miro con esa sonrisa de viejo nostálgico y le dio a Goku el permiso para seguir.

–¿Cuánto he cambiado? Me refiero, desde aquella vez que fui al parque de diversiones con Bulma.

El Dr. Brief observo la mesa un momento, sordo y ciego, quizás recordando toda una vida, esos veinte años que habían pasado. Esos veinte años cubiertos por los polvos de la memoria.

–Mucho, un día llegaste aquí siendo todo un hombre, con una esposa e hijos, mucho más grande y fuerte. Has madurado desde aquella vez.

–¿Y eso es bueno o malo?

–Depende de ti.

–… Hay veces en que… desearía volver a ese día en el que fuimos al parque de diversiones. O incluso antes.

–Es normal, hijo. Todos alguna vez deseamos volver a nuestra infancia. Es lo que llamamos nostalgia.

–No, no es lo mismo. Desearía que todo volviera a ese momento, y empezar a hacer las cosas bien y dar lo mejor de mí.

–¡Pero, muchacho! Has salvado la tierra varias veces, yo no estaría vivo con mi familia de no ser por ti. ¿Aun así crees que no hiciste las cosas bien?

–Soy bueno en las peleas, pero no soy bueno en todo.

Gris, sin colores, esa vida definida solo en un verbo: pelear.

–Es bueno que pienses así, de algún modo –dijo el Dr. después de un largo silencio–, es muy importante que te conozcas a ti mismo, tus errores y aciertos, para que cada día intentes ser mejor. Mira a Bulma, por ejemplo, cuando ella descubre que no sabe algo al cien por ciento, pasa noches encerrada investigando en libros sobre ese tema.

–Eso la hace una gran mujer… –dijo Goku y a Kakarotto le dolieron esas palabras.

–Sí… claro que tú, y también Vegeta, hacen lo mismo para volverse más fuertes. Entrenan hasta cubrir su debilidad. Si sientes que algo no está bien en tu vida tal vez deberías aplicar esa técnica… dime, muchacho ¿qué es lo que te molesta de tu vida?

–Quizá sea eso… que quiero volver a ser un niño… porque –"siento como que todo lo demás está vacío", pensó– ¿dónde está Vegeta?

–Entrenando, seguramente. Deberías ir con él, tal vez un entrenamiento te ayudaría.

–Tal vez –o tal vez huya de ese lugar, antes que su ira lo destruya. Goku se puso de pie, agradeció en voz baja y poco antes de irse regreso a darle un abrazo al Dr. un abrazo que sabía a nostalgia, a familia. Una dualidad entre el amor que sentía por le viejo, y los deseos de matarlo ahí mismo.

Los recuerdos le quemaban el hombro derecho, le mordían la carne con la fiereza de las hienas en la sabana o de los osos en la taiga. Correteaba por los pasillos, huyendo del pasado que cada vez se hacía más presente y le destrozaba la cabeza con dolores pronunciados sobre sus sienes. Salió de la corporación, se sujetó la cabeza, los dedos temblaban con cada latir de su corazón. El color dejo de lado su estructura lumínica y se disolvió en el abstracto espectro de la belleza. Y al pasar el tiempo, tratando de huir, Vegeta se presentó de frente a él con sus brazos cruzados.

–Kakarotto.

–¿Qué quieres, Vegeta?

–Yo debería hacer esa pregunta, insecto.

Pero a Kakarotto no le importaban sus idioteces y siguió avanzando empujando al príncipe en el acto. Vegeta se calló un instante hasta que dijo:

–¿A dónde crees que vas?

–No te importa.

Vegeta se volvió a callar, los mareos de Kakarotto se tranquilizaron un poco más, trato de llevar sus dedos a su frente. Pero a tiempo el príncipe dijo:

–Tal vez es que eres tan inútil como tu hermano.

¿Por qué Vegeta dijo eso? Nunca lo supo, pero esa pequeña discusión fue el origen del quiebre de la relación entre los dos saiyajin. Pues algo que nunca permitiría Kakarotto, es que se metieran con las únicas personas verdaderas en su vida, su familia.

–¡Pues ve y dile lo mismo a Tarble! –respondió con ira mirando a los incrédulos ojos de Vegeta. A quien deseo matar ese instante, como al Dr. Brief, como a Bulma.

Perseguido por la oscuridad volvió a refugiarse en Paoz, donde el mundo dejaba atrás la imposición de los relojes de metal y solo seguía su ritmo mortal. Se refugió cerca las grandes piedras del norte, donde los buitres hacían sus nidos a la espera de los animales que iban hasta allí a morir.

Se recostó en una de esas piedras, cerca al cadáver devorado de un viejo alce, observado por los hambrientos ojos de un buitre. Sus alas extendidas, su cuello encorvado, esa ave vieja que le provocaba en él la sensación insensata de la deshonra irrespetando su espacio.

Cerró los ojos, trauilizo sus deseos de matar. De matar a Vegeta, a Bulma, a Milk, a Goten, a Gohan o a Videl. Pues el amor de Goku tenía su contraparte en el odio de Kakarotto. Dos personas, cada cual a una orilla diferente del río, que debían de compartir el mismo cuerpo mundano.

Frente a él flotaron en su letargo esas imágenes partidas, esos aires frescos, esas ondulantes figuras abstraídas en su propia idiosincrasia. Inhalo el viento celeste. Siempre, siempre. Rompiendo la estética de sus principios, Milk, recostada en su hermosura de mujer montañera, recogiendo los platos del almuerzo, Goten jugando con dragones de goma, Gohan acostándose con Videl. Las piedras bajo sus palmas se hicieron arena. Carraspeo entre sus amígdalas calientes un pedazo de carne sin forma. Nunca, nunca. Milk, recogiendo los platos del almuerzo, preguntándose donde estaba él, Goten, recargado en su felicidad, jugando con dragones de goma, Gohan acostándose con Videl.

Las imágenes saltaban sobre su rostro, le acariciaba la nostalgia abrumadora, como las proyecciones en las salas de cine. Un montaje de besos, un recuento de amor enclaustrado en su adiós eterno, en su hasta luego efímero. Se había mordido la lengua, se había arrancado un pedazo y se lo había tragado.

Milk, recogiendo los platos del almuerzo, Goten, jugando con dragones de goma, mirando por la ventana esperando que él regrese. Gohan, con la piel cubierta de sudor bestial, acostándose con Videl.

Entonces se levantó y sin rumbo arrastro su lenta caminante hasta el norte. Perdido en sus siete años de melancolía el alma de Kakarotto y Goku se acercó cada vez más hacía un destino macabro: la fría y reconfortante muerte.

Propongo, como autor de esta obra, mis postulados sobre el héroe que Goku es, mancillado y difamado por las malas lenguas de los falsos profetas. Sugiero que incluso en su melancolía, los criminales tengan derecho a sentir en al amor. Porque incluso el mayor demonio de los abismos del infierno tiene derecho a sentir las sábanas de alguien más sobre su piel desnuda. Porque todo saiyajin merece su princesa.

Kakarotto relamió sus labios secos, el paisaje lentamente abandonaba su verde vivacidad y se trastornaba en un pálido amarillo. Acosado por la fuerte luz del sol de las montañas, siguió caminando hacia el norte, relamiéndose la boca.

Sugiero que las religiones del mundo bendigan a aquel que ama sin esperar nada a cambio, a esa mujer que espera paciente en las montañas a que su marido de traje naranja regrese a casa. A esa boca que lo recibe con dulces de amaranto y no con el sabor metálico de las putas de cada esquina de la ciudad Satan.

Sugiero que los jóvenes vírgenes tengan el derecho de hacer el amor con la mente. Amarse a sí mismos sin pudor y entregarse al amor a los diecinueve, a los catorce, a los cincuenta, a los ochenta, a la edad que se les plazca y que nadie intervenga en su declaración.

La erección de Kakarotto brincaba en su pantalón como una fiera enjaulada entre falsa celdas de tela. Por sus ojos pasó el recuerdo de su primera noche con su esposa, su piel suave y brillante, sus dedos caminando por su cuerpo, sus labios bebiendo de su sudor. Y le hizo el amor una vez más ahí, donde la hojarasca seca del norte trastornaba el paisaje de la tarde y las aves venían a morir de frío.

Sugiero que el héroe no deba ser un mártir y tenga todo el derecho de morir cuando le dé en gana. Que tenga la libertad de no ser un héroe y aun así lo sea, sugiero que, aunque Goku no deba de entregar su vida por seres ingratos, lo haga porque es su decisión. Porque un héroe es libre, no el siervo de otros.

Sugiero que todo artista sea loco, que robemos girasoles de la tienda y escapemos de la policía. Sugiero que todo aquel niño nacido en la plena consciencia de sus facultades sea un artista. Y que pudiendo no serlo, sea un héroe. Sugiero que aquel pintor que ha perdido la oreja tenga un amor nostálgico con el cual bailar vals, mientras llora de alegría.

Sugiero quemar toda hoja cuadriculada y que cada quien tenga derecho de escribir su historia en el orden que le convenga. De atrás para adelante, empezar desde el medio, cruzando los hilos del tiempo y el espacio sin las limitaciones de la cuadricula. Sugiero que cada quien sea libre de vivir su muerte como las aves son libres de caer antes que volar.

Una golondrina muerta cayó frente a él de las ramas de algún árbol sobre su cabeza. Quemada por el frío abismal del norte que a cada paso se hacía más contundente. Y en su marcha rondaban los copos de nieve, que caían como los ángeles de la muerte para llevárselo una vez más al infierno donde nació. Maldito Saiyajin.

Levantó la mirada, ahí, en la gruesa rama de algún pino un nido de barro y hoja seca había quedado vacío. Su dueño había caído muerto de un disparo certero al corazón que eral frío de la noche y de la vejez. Luego bajo la cabeza y observó al pajarito muerto, parecía loco, pero en el pico de aquella ave se dibujaba una sonrisa. Quizás aquella ave murió recordando un momento de su vida que lo hizo feliz.

Aconsejo a toda heroína, vestirse en la pubertad de sus recuerdos, sin el pudor de su consciencia. Y usar escotes una talla más grande o usar zapatillas una talla más pequeña como hace la ojiazul de la Corporación Capsula. Sugiero que no os escondas bajo los mantos de lino, pues ahí escondidas en el diseño egipcio, pueden dejar pasar por la puerta al amor de su vida. Al príncipe caído del cielo.

Sugiero repartir besos incluso a los enfermos. Sugiero que todos dejemos de usar el labial con sabor a chocolate y usemos una infusión de membrillo para poder dar los besos con un sabor agridulce. Que es como sabe el amor. Sugiero que cada adolescente de la Orange Star School tenga una clase solo para aprender a dar besos. De tornillo, francés, con la lengua. Pues el héroe no sabe besar, el héroe pasa toda su vida aprendiendo a amar.

Finalmente encontró un camino que lo conduciría a alguna ciudad, hacía algún pueblo, y lo sacaría del cementerio de nieve por el cual anduvo una tarde entera. Acarició el viento con el olfato y el olor a perfumería barata y humo invadieron sus pulmones, observó adelante, las altas chimeneas de las fabricas se extendía por todo el horizonte y la cruda visión del futuro distópico al que la humanidad siempre pareció condenada apreció frente a sus ojos.

Así que corrió, mientras reía como un loco y siguió corriendo aunque sus piernas ya no dieran más, hasta que la plena oscuridad de la noche cayera sobre su cabeza.

Sugiero que el héroe sea siempre el perdedor, que en su vida no exista nunca el triunfo y que si lo hay este sea amargo. Sugiero que el héroe deba salvar a su hijo matando a su hermano. Sugiero que el héroe sea un poeta sin saber de literatura, que sus poemas, sus versos infantiles, sus letras juguete, no sean más que su forma de moverse al hacer el amor. Sugiero que el héroe nunca pierda su niñez.

Sugiero que el héroe mate solo de cosquillas, que mate la seriedad en el mundo y solo sonría sin más. Sugiero que el héroe no sea un cínico, sino un cursi, un romántico empedernido. Sugiero que el héroe no sepa que es una boda y que lo descubra, quedando maravillado en el camino. Sugiero que el héroe, hasta el día que descanse en el cementerio, muerto de risa, siempre viva asombrado de la vida.

Y Goku pudo jugar, a las 19 con 34 de la noche, correteando desenfrenado por toda la ciudad, aprendiendo a morir y a matar de risa. Escribiendo su historia al revés, soñando con los pies. Bailando un vals invisible, a tempo desfasado, debajo de las candelas de la ciudad, por las calles cubiertas de nieve. Y se revolcó lleno de felicidad, en el frío inmundo de la Capital del Norte.


Eso es todo por mi parte, un gran abrazote para todos los que siguen está serie. Son los mejores, los aprecio mucho a todos ustedes... y no os olvideis de ir al cine.
Hasta otra.
Tu amigo y vecino.
NightaMare.