DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS
PARTE II
De ser Goku el héroe, Kakarotto vendría a ser esa figura maligna antítesis del héroe. Ciertamente Kakarotto nació en los barrios suburbanos de la ciudad de Black Fada, la capital del Imperio Saiyajin, donde el humor de la rabia penetraba cada casa y cada habitación. Como se quiera considerar, como un ser marginado, desamparado y roto que ha sembrado un odio irracional en su cabeza desde pequeño, ese es Kakarotto.
A las 20 horas con 06 minutos las candelas de la ciudad, tan lejana resplandecían entre la turbación de autos y sonidos estruendosos. Pero era una visión muy diferente de la podredumbre donde Kakarotto se encontraba. Era un barrio estrepito, abrumado, donde ni un cuerpo rondaba por entre la nieve estancada. El olor de la alcantarilla evocaba nubes de niebla cuando la luz incandescente de los faroles les golpeaba. Kakarotto, figura inerte, se deslizaba solitario entre esa realidad.
¿Qué clase de persona ha de vivir en tal miseria? Estando ellos tan cerca de la urbe, tan cerca del presunto "progreso". Sin embargo vivían ahí abandonados, y sus tristes rostros se adherían a las ventanas de sus casa, lo observaban pasar y apoyaban su mano en el cristal cuando el giraba a verlos. Se tocó la lengua y comprobó que ya había sanado. Era una realidad que Goku nunca conoció, que el mundo donde él nació no era tan diferente al mundo donde nació su hijo. Que la crueldad y el cinismo existen en cada páramo del universo.
Pero ¿qué podía hacer? Tenía acaso algún poder para cambiar algo tan atávico en la herencia genética de las personas. Que ser cruel y malvado es algo tan común, tan fundamental que nadie podría cambiarlo. Las nutrias matan y violan a sus crías, los delfines asesinan a su propia especie. La violencia esta aferrada a nuestra consciencia, ese deseo de sobrevivir nos lleva a ser violentos. La sangre se debe derramar sobre la nieve para que estas personas en este barrio tan lejano de la Capital del Norte tengan por fin libertad.
Pero, al doblar la esquina, una respuesta.
Era un bar silencioso, donde las gentes tenían rostros partidos y melancólicos, era un bar donde la violencia no reinaba, sino más bien esa sensación de cinismo y conformismo que arrastraban los borrachos en sus miles de botellas sin abrir. Kakarotto entro y con su rostro de niño llamo la atención. A él sin embargo, le entro un malestar estomacal ¿por qué entro a este lugar para empezar? Quizá fuese ese olor que le llegó cuando doblo la esquina, ese olor que le recordó aquel tragó invitado por los padre de Yamcha allá en el paraíso.
Se sentó en la barra, el señor que atendía el lugar se le acercó con una cara escuálida y le pregunto qué demonios quería. Kakarotto respondió que solo buscaba un brandy y antes de que aquel sujeto le brindara una copa, pregunto si tenía dinero. Kakarotto registró en sus bolsillos y sin embargo lo único que encontró fue la capsula dorada que su hijo le había dado.
–Si –respondió y el dinero del regalo para su esposa se gastó en brandy.
Y Kakarotto observó a su alrededor, a los rostros melancólicos, a los ojos marchitos. Esos rostros violentos y violentados, pero sin ningún rastro de maldad en ellos. Entonces noto que todos esos ojitos tiernos pero maltratados observaban fijamente el televisor sobre la barra. En la televisión se pasaba una película a blanco y negro y donde salía un hombre alto con el rostro alargado que siempre usaba traje. Le pregunto al barman cómo se llamaba la película y el barman le sonrió.
–¿Acaso no la has visto, muchacho?
Negó con la cabeza.
–Esta es uno de los grandes clásicos del cine. ¡It´s a wonderful life!
¿Qué bello es vivir?
Que afirmación más extraña, vivir de manera bella, vivir en la belleza. Vivir buscando la belleza. Jugo con el brazo sobre la barra y sus dedos débilmente rozaban el trago de brandy. Su cabeza deliro un instante, pero antes de que cayera rendido, sus ojos hicieron un mayor esfuerzo en concentrarse en aquella película que pasaban por la televisión. Sus manos se enfriaron, sus músculos se entumecieron, más él sin embargo nunca dejo de observar tan hermoso filme. Pues la magia del cine lo atrapo entre su propia idiosincrasia y lo zambulló en la felicidad del arte puro que la humanidad se ha creado para consigo misma. Que el mayor logro de la humanidad, ha sido, es y será: el arte. El arte del cine, el arte de la pintura, el arte de la música, el arte de dar besos, el arte de la pelea.
En sus ojos pasaban reflejadas aquellas imágenes en blanco y negro, y en su sonrisa se expresaba la felicidad melancólica por George Bailey. Ese hombre, ese títere humano que se dejaba arrastrar por la empatía hacía sus compañeros. Ese reflejo ingenuo de su alma, ese tal George que desde la pantalla parecía observarlo a él, a Goku, a su alma pura y decirle, contarle que incluso en la tempestad de la vida, un hombre sonriendo valdrá más que mil armados.
Y río cuando George y Mary cayeron en la piscina, y rio aún más cuando las demás parejas también brincaron. El corazón le latió como un enamorado cuando George y Mary se besaron sin importarles la conversación que tuvieran al otro lado del teléfono. Se enfadó con rabia cuando George perdió su luna de Miel para ayudar a un tumulto de gentes ingratas. Y créanme, créanme en verdad, que sintió que el mundo se venía abajo y el peso de la frustración rompía su espalda cuando el tío Billy perdió el dinero que le causo a George el deseo de la muerte. El mismo que persiguió a Kakarotto todo este día.
Y vio a George brincar del puente, para salvar a aquel Ángel y así salvar su alma. A Goku le sorprendió mucho pensar en la importancia de un solo hombre, de un hombre que sonríe, en la sociedad. El hombre cursi y enamorado varado en mitad de un mundo que no es el suyo, el mundo de los cínicos. Nada lo sacaba de su concentración y hubiera terminado de ver la película de no ser por aquella voz familiar que entró de repente en el bar.
–¡¿Quién de ustedes, patanes, dejo su auto aparcado en frente del hospital?!
Esa voz familiar, ese sabor trastornado de espumosa serenidad, ese sabor amargo. Una nube amarilla, un caluroso solsticio, siete esferas para conquistar el mundo. Lunch. Se dio la vuelta inmediatamente, la miro y la rubia lo miro a él. Se sonrieron, sintieron sus piernas ceder y el mundo lucía más pequeño entonces. Lunch se le acercó, sentándose en el taburete que tenía más cerca, charlaron como dos pares de conocidos en el límite de la frialdad y la amistad.
–Mira nada más a quien se viene a encontrar una por aquí –dijo Lunch.
–Hola Lunch –respondió Goku.
–¿Qué haces aquí? Este no es el tipo de lugar donde iría el salvador del universo.
–Yo… solo –sujeto con fuerza su quinta copa de brandy.
–¿Qué sucedió? ¿Te echaron de tu casa? ¿Te peleaste con tu esposa?
–¡No!
–¡Ah! ya sé… escuchaste que había un tipo muy fuerte por acá y viniste a medirte con él. Mira –se le acercó un poco más– conozco a Bob, sé que es muy fuerte pero no creo que sea un rival para ti.
Llevó su mano derecha hasta detrás de su nuca y rio inocentemente.
–Nada de eso –levantó la cabeza un momento seguía dando la película y George Bailey huía de la policía.
–Entonces ¿qué haces aquí?
–Viendo la película.
Lunch también se puso a ver la televisión y observo junto a él al pobre George Bailey apenas recuperando la cordura, correteando bajo la nieve, deseándole una feliz navidad a todo al que se cruzaba.
"Feliz navidad, sala de cine" "Feliz navidad, emporium" "Feliz navidad, maravillosa y vieja empresa de préstamos".
La primavera blanca fue un fenómeno que azotó las regiones del norte aquellos tres años. La intervención de Majin Buu había desbocado en grandes nevadas en el norte y el calor sofocante en el sur. El clima del mundo fue un caos que Dende no se molestó en solucionar, pues los sureños disfrutaban de ir a la playa y los norteños de hacer un hombre nieve en Mayo. Con su cierto toque de melancolía, los ciudadanos de la Capital del Norte bromearon aquel mayo con la nieve blanca sobre sus cabezas y los bares vieron la oportunidad de desempolvar sus viejos VHS de It's a wonderful life.
Como un regalo que le dio el KamiSama Dende a Goku, quien apreciaría esa película y ese final tan conmovedor hasta día de su muerte, cuando la cinta fue exhibida una última vez en celuloide, en el viejo cine de la Capital del Este. Pues su corazón recupero su grandeza al mismo tiempo que Clarence obtuvo sus alas. Que las campanas de la navidad prematura de aquel mayo fueron el aliento de vida que Goku necesitaba para continuar. La película finalizo, Kakarotto se puso de pie y se marchó apresurado del bar, seguido muy de cerca por la rubia. Abrió la puerta de golpe, se mareo con el frío chocándole la sien, el brandy le subió a la cabeza.
–¿A dónde vas? Lunch llegó para ayudarle a bajar la vereda, el mundo daba vueltas, la banalidad de las copas de brandy irrumpían en su visión.
–Tengo que irme ¿qué tan lejos está la Torre de Karin? –la miró con los ojos de niño con la que la conoció alguna vez. Le observó las arrugas en su piel, las canas que salían de su rubia corona. Y ella lo cuidó como a un hermano.
–¿Quieres ir hasta allá? Yo te llevó, no te encuentras bien, cabeza de pollo.
Lo tuvo que guiar del brazo hasta su coche, y Goku se dejaba llevar, llorando en silencio copos de nieve. Dichoso hombre, George Bailey, que sin fuerza tenía en su hogar todo lo que Kakarotto había perdido. Dolor en el corazón, nunca vuelvas, el paraíso terrenal, la tentación de la experiencia etérea, la duda, la inclemente duda que acarrea su corazón.
Se recostó sobre ese asiento acolchonado, remachado con cintas grises, colgado frente a él un árbol de cartón con olor a lima. Lunch se sentó al otro lado, se colocó un par de guantes y arrancó el coche. Observó desde la ventana la nieve pudrirse y el sabor amargo de la resaca le subía por toda la garganta. Ebrio de amor, le pidió a Lunch que llegara lo más rápido posible. Ella siguió sin protestar, pues ella comprendió su necesidad. Que cuando lo miro a los ojos encontró el reflejo de ella, del mismo modo en que Goku lo encontró en George Bailey. Pues en el fondo de abismo todos nos hemos encontrado en la discordia del corazón, la eterna pelea del bien y el mal que se libra en nuestra alma y que solo terminara el día de nuestra presurosa muerte. Lunch lo miraba de vez en cuando, le tendía la mano, le acariciaba el cabello, le ofreció golosinas y, en resumen, lo trato como a su hermano menor. Goku solo pudo sonreír, sabiendo que en el mundo quedaban personas que lo entendían, que se solidarizaban con él.
Y seguía riendo mientras buscaba la respuesta ¿quién es Lunch? ¿La rubia o la morena? Quizá era ambas, y eso estaba bien, ambas lo estaban cuidando aunque solo pudiera ver a una. Y eso estaba bien, ella era así y así la quería. Era dos partes, ambas, en una sola unidad. Y eso estaba bien, así es el amor.
…
Es el día, cuando los gallinazos irrumpen en las ventanas de las casa, cuando las vacas le mugen a la luna. Y la realidad se deforma, convexa sobre la realización de tan anticipado encuentro. Que los hilos del destino han de converger y han de traer consigo los vientos de la tempestad, de la somnolencia y la pesadilla eterna, y la mágica tundra escabulle sus tinieblas entre la sórdida noche de mayo que han augurado las pitonisas desde hace siete años.
En el Otro Mundo, tan alejados de la pobre realidad humana, los vientos de cambio soplan con fuerza en el castillo del Gran Kaio. Y las camelias se secaron, sus pétalos muertos vuelan con el viento y una mirada intransigente las observa rondando la lastima. Raditz se acarició los brazos para calentarse el alma, temblaba más del miedo que de las ventiscas y su cabello ondeaba sin ritmo sobre un tránsito de malas vibras y buenos amores.
Recordaba a su hermano, a su sobrino mayor y a su sobrino menor; de repente, la sensación melancólica lo atacó y por su cuerpo recorrió una vez más la ciencia premonitoria de la nostalgia. Esa sensación tan lúcida en sus recuerdos, pues la nostalgia fue la última sensación que cruzo por sus brazos y cola antes de morir indignado con el pecho abierto hace ya tantos años a manos de aquel Namek.
Kibito-Shin, serio como una piedra, lo llamó con la fría mirada y la inclinación de su cabeza. Se acercó a él y cada paso fue tormentoso, cada vez más cercano a la muerte, no a la propia, sino a la muerte de la última persona a la que quiso en verdad. Bardock ya estaba con ellos, recostado sobre un árbol con los parpados cerrados, fingiendo no tener miedo.
…
El Palacio de Uranai Baba fue construido siglos atrás por las fuerzas sobre humanas de Akkuman o "el diablo" demonio exiliado de su reino, que trabajo como mercenario hasta encontrarse con la poderosa bruja. Roshi registro las viejas paredes y los vientos de la catástrofe le golpearon en la cara. Cogió con fuerza su bastón y sus facciones se tornaron serias. Su hermana frotaba frente a él en su bola de cristal y no se habían dicho nada desde que Uranai fue a buscarlo a Kame House. Y sin despertar a nadie se levantó tan solemne el Maestro, sabiendo en su corazón que las horas de Goku estaban contadas y que haría lo imposible por hacer que se alarguen un poco más.
Uranai Baba se detuvo, y con la voz seca dijo:
–Majon, querida ¿dónde está tu hermano?
–No lo busquen –respondió aquel demonio invisible–, él no tienen la culpa de lo que está pasando.
–Lo sabemos –intervino Roshi– pero tal vez él pueda darnos una solución.
Majon, los guio hasta donde estaba su hermano: Akkuman.
…
La noche se hacía larga, con su gusto amargo de palpitaciones salvajes, Vegeta esperaba una señal de la luna, escondida entre mantos de nubes, una señal que confirmase su intervención. Su pelea, su revancha, esa piedra estancada en su estómago que tarde o temprano necesitaba vomitar.
Apoyo la frente en el cristal de la ventana, vio sus ojos reflejados, sus gestos duplicados, sus arrugas llenas de ira. La luz de la ciudad, amarilla le chocaba en la quijada y levitaba las sombras de sus pómulos, cubriendo sus ojos de rey destronado. Los brazos de Bulma no tardaron en rodearlo, como una flecha que jamás llegaba pero aun dolía, eligiendo bien sus versos ella apoyo su cabeza en la espalda del saiyajin y dijo:
–¿Qué es lo que tienes, Vegeta?
–Algo anda mal –le costaba decir ese nombre, ya no tenía el mismo sentido al decirlo Ka-ka-ro-to.
Bulma respiró un viento helado en su columna, y su abrazo se hizo más fuerte. No había seguridad en su brazos, eran certeros lo momentos cuando incluso Bulma sentía miedo a lo indescifrable.
…
A las 19 con 32, los pensamientos lo acorralaban en su propia duda, en esa sensación barroca donde miles de dualidades danzaban al fulgor de su pánico. Abrazó con fuerza el cinturón de seguridad del auto de Lunch y en su cabeza ebria de brandy correteaba un ente traslucido como el humo, con el cabello negro como el hollín, que a la luz de la luna resaltaba sus siete flecos secuestrados. Y la oscuridad pobló su cabeza, los malos pensamientos, los malos augurios, ese otro sujeto había finalmente escapado del abismo.
–Lunch –dijo apenas sosteniendo el timbre de su voz que ya no era la suya–, enciende la luz, no veo nada.
–Goku, –respondió ella con la voz rota– todas las luces del auto están encendidas.
Entonces él no contestó, más por el miedo que por la vergüenza. Lunch lo tomo de la mano y le dijo.
–No te preocupes, ya casi llegamos.
…
–Ten, Raditz –dijeron las voces de Kibito-shin–, a ti te confiamos esta lanza para que puedas dar fin al problema que está a punto de desatarse en la tierra.
Raditz tomo entre sus manos aquella lanza, tan parecida a la de sus suyos que le dio asco solo tocarla. Observo su punta verdosa, que resplandecía cuando lo sentía cerca y un intenso dolor.
–Tenga cuidado, está hecha de magia antigua y del mismo material que la espada zeta, mataría incluso a los dioses si cayera en las manos incorrectas.
Raditz levantó la mirada al Shin mutado, a su padre idiota y en sus manos sintió el tallado inscrito en el mango de la lanza. La levanto con el cuidado de no tenerla cerca y grito:
–¿Por qué tengo que hacer esto? ¿No hay otra solución?
–Señor Raditz.
–¡¿Qué demonios pasa con Kakarotto?! ¿Por qué actúa de esa forma?
–Es lo que es, Raditz –intervino Bardock– y no podemos cambiar su naturaleza.
–¡No es cierto! Yo lo conozco, sé que no sería capaz de nada de lo que dicen que hará.
–Raditz –su padre, esa mirada severa– nunca olvides de dónde vienes. Para lo bueno y para lo malo.
Y era verdad, la cruel verdad con la que todo saiyajin debe cargar en su solitaria vida de mercenario.
–Señor, Raditz –dijo KibitoShin– si una explicación le sirve de consuelo. Todos los seres en este basto universo fueron creados con un gen, un gen en particular que los hacía más violentos ante el mundo hostil que tenían que poblar.
Raditz lo escuchó, a través de magia antigua, KibitoShin le permitió ver con claridad aquel relato que le conto. Lo hizo tan pequeño que pudo entrar y navegar por la estructura del ADN y pudo ser grande y omnipresente para ver a los seres primitivos naciendo de la tierra como papas.
–Todos nacen con violencia y ese es el primer recuerdo que tienen grabado. Los habitantes del planeta Dugo, arrojaban a los ancianos por un acantilado, los dijamant crearon el comercio de animales para verlos pelear hasta la muerte y los monos del planeta Tierra descuartizan a las crías de su propia especie. La violencia les permitió sobrevivir hasta crear las maravillas de las que son capaces hoy en día, pero también es la posible causa de su propia autodestrucción.
La idiosincrasia de existir. Raditz bajo la cabeza, una débil lágrima irrumpió con violencia en su mejilla y cayó sobre la mano que sostenía la lanza. La verdad golpeaba su cabeza, la violencia saiyajin, la razón de su prosperidad y la razón de su decadencia. Era algo aferrado a su ser, a su alma y no se desprendería por nada del mundo. Raditz entonces, sintió que no conocía a su hermano, que al que había conocido era una mentira elaborada a lo largo de treinta años de vida en la tierra.
No lo conocía y eso le dolía en el alma. Una sensación diferente a la violencia.
–Del mismo modo su hermano, señor Raditz. Es un hombre muy bueno, pero la violencia en sus genes no va a desaparecer.
Miro sus puños, miro a su padre, pensó en su madre y en su hermano. Al carajo, pensó en su cuñada y en sus sobrinos. Y sintió lastima de sí mismo y de todos los hombres, condenados a perecer por la misma razón por la que pudieron nacer. Kakarotto nació con violencia, provocándole el llanto a su madre, en un mundo violento de una familia violenta. Ahora debía morir en los mismos términos.
–¿Qué tengo que hacer? –preguntó.
–Debido al poder de la lanza que lleva, no podemos acompañarlo. Así que el único modo de regresar a la tierra es que cruce el Camino de la Serpiente, en el palacio de Emma Daoih un ogro lo llevara hasta donde este su hermano. –Raditz inhalo fuerte, paro el llanto sereno– Cuando lo encuentre, si cree que debe usar la lanza, úsela.
Se levantó en vuelo y observo el comienzo del camino amarillo. Se acercó flotando, regreso la mirada una vez más, suplicando un consuelo.
–Su hermano es un gran hombre, por esa razón todo el universo conmemorara su partida.
Muere como un héroe o vive lo suficiente para ser un villano. Pero ¿y si desde que nacemos ya somos un villano? Raditz partió su vuelo recorriendo el largo camino que se enredaba sobre sí mismo cual reptil.
…
Akkuman hace mucho tiempo había cometido un terrible error que lo perseguía en las aguas ponzoñosas, en las luces de harina de los graneros donde espantaba las vacas. Incluso debajo de la cama de los dos mil niños a los que se dedicaba a aterrar.
–Akkuman –la voz del Maestro Roshi, vetusta como solo la suya, con la carga indescifrable de empatía y sabiduría.
–Fue un error, no sabía que iba a provocar esto –respondió el demonio, sentado en su poltrona de piedra.
–Akkuman –dijo Uranai Baba– ¿qué fue lo que paso?
–¡Fue un error! ¡Yo no quería despertar esa bestia!
–¡Akkuman! –Gritó Baba– Si no nos dices que fue lo que pasó nunca lograremos solucionarlo.
Akkuman bajo la cabeza, cerro sus ojos y apoyo su manos en sus rodillas. Soltó un largo suspiro con aroma de azufre que ascendió hasta el pequeño foco colgado sobre sus cabezas. Con un estruendo providencial, el foco estallo esparciendo sus cristales molidos por las piedras de la habitación de Akkuman.
–Muchacho, –habló el maestro Roshi– sé que cometiste un error y te sientes culpable de ello, está bien. Pero necesitamos saber cuál fue ese error para tratar de arreglarlo.
Posó su mano sobre su hombro y el azufre escapo nuevamente de la boca de Akkuman. Majon encendió una antorcha de fuego verde.
–Ese día –dijo el demonio–, cuando Goku era niño y vino con sus amigos a pelear acá– señalo con su largo y esquelético dedo la ventana por donde se miraba la fosa donde Goku lo derrotó alguna vez.
»Ese día intente usar mi técnica, el Resplandor del Diablo.
–¡Y no funciono! –Gritó Baba– ahora ve al grano, maldita sea.
–Te equivocas, funciono y funciono demasiado bien. Ese niño poseía maldad en su ser, muy en el fondo, pero era tanta que hacerlo explotar, si quiera su corazón, nos hubiera matado a todos.
Levantó la mirada y vio los lentes oscuros de Roshi, su reflejo mutado en esos cristales, la condena de haber creado un monstruo en el corazón de aquel niño.
–Mi error –continuó– fue haber dejado toda esa maldad condensada. Tarde o temprano iba a explotar, ese niño se convirtió en una bomba de tiempo.
–¿Quieres decir, Akkuman –intervino Baba– que Goku está a punto de estallar?
Y solo los estallidos de fe de la antorcha verde iluminando un bajo fondo fueron oídos en aquella habitación de piedra enrevesada por asquerosas plantas verdosas adheridas a un muro sin lamentos.
–No… –le respondió el Maestro Roshi y se la llevó de la mano de la habitación.
Corrieron hasta salir del Palacio, cuando quedaron resguardados por la luz de la luna; de la mirada de Roshi escapó el miedo que se fue a mezclar en el viento incontenible del presagio. Y la pena le invadió el corazón, la melancolía de los viejos nostálgicos que en la ausencia del sexo, encuentran el orgullo en la virtud de sus pupilos.
–¿Qué te pasa, viejo loco? –le dijo su hermana, él se dio la vuelta y le respondió cargando en su espalda más peso del que alguna vez cargo para entrenar, con el viento acariciándole el bigote blanco, con el viento arrastrando polvo hasta sus entrañas, con el frío viento tocándole el corazón de viejo solitario, arrancándole pedazos de sangre a sus arterias finas como hilo de labrador.
–Goku no va a explotar como una bomba, literalmente.
–¿Entonces?
–Lo que provocó Akkuman fue la creación de otro ser en el corazón de Goku, un ser hecho de maldad, que poco a poco se fue apoderando de su cabeza. ¿Cómo es que no me di cuenta antes? –pasó su índice y su pulgar por el tabique de su nariz.
–Te refieres a…
No respondió nada el viejo hermano, el viejo maestro al que se le desprendió del alma el recuerdo de su joven pupilo algún día volando sobre la Nube Dorada.
–¡Oh, no! ¿Qué haremos?
Roshi sacó de su bolsillo una capsula roja, un regalo antiguó de Bulma.
–Si es tan poderoso como un saiyajin, será mejor avisarle a todos–le dijo a su hermana, dándose la vuelta hacia la luna– tú avísales a Yamcha y a Krilin. Yo iré a Paoz.
Uranai Baba se marchó flotando en su esfera de cristal arrastrando la preocupación como una cola clavada en su corazón. Roshi sostuvo un instante la cápsula en su mano, rodaba por su palma y la luz de la luna reflejaba el número cuatro escrito con litografía de plata. Cerró su puño con fuerza, incluso él no tendría el valor de anunciar la muerte del héroe, del padre, del esposo y del amigo. Porque sabía que pudo haberlo evitado, más nunca nadie reparó en mirar a los ojos a Goku, nadie nunca vio en su alma el dolor.
…
Vegeta se había sentado en su cama, se había quitado los guantes de mercenario, las botas de conquistador, había apagado la luz de su habitación y se dejaba saborear por la oscuridad nocturna de la Capital del Oeste. Bulma se acurrucaba junto a él, tapada de un manto amarillo, resplandeciendo su cabello celeste en su hilera de rio bonachón mal perfumado. Le acarició el muslo por entre la sábana, Bulma se dio la vuelta.
–Ya en serio, Vegeta ¿Qué te preocupa? –ella había conseguido la difícil tarea de traducir sus acciones, sus caricias, ella había conseguido la difícil tarea de que el saiyajin se desvista al hacer el amor que no te siento, mi vida.
–Es Kakarotto, él… actúa raro.
Bulma se sentó en la cama, con un aplauso hizo que las cortinas eléctricas dejaran pasar la luna melancólica.
–Bueno, sí, no es que Goku sea raro, me parece más bien que está madurando, que está creciendo. Ahora que regresó con su familia y sabe de Got…
–… ¿crecer? Bulma, no olvides que Kakarotto es un saiyajin. Sin importar que haya sido criado aquí en la tierra, sin importar que ahora tenga una familia, sin importar que sea tu amigo: él es un saiyajin.
Se quedaron en silencio, devorando la información proveniente de la luna, agitaron sus respiraciones y el miedo invisible de los vientos del norte arribó dentro de la corporación.
–Tienes razón –dijo la princesa del cabello azul–, Goku, o Kakarotto como se llama en realidad, es un saiyajin. Pero eso no lo define como persona –Vegeta levantó la quijada y la miro por el límite del ojo–, no, porque él aprendió y fui testigo de eso. Aprendió a cosechar como un humano, a pescar y construir una casa, aprendió a hacer amigos, aprendió a ser mi mejor amigo… –le acercó lentamente la mano al príncipe y sus dedos se clavaron entre los suyos– y estoy segura de que incluso tú aprendiste a ser su amigo.
-Pero… estás segura de que él aprendió correctamente.
Sus manos se helaron por la ventisca.
»Después de todo crecer es perder ¿no? ¿Crees que después de todos estos años allá conseguido inhibir su herencia saiyajin?
Y ella no supo que contestarle, le había soltado la mano. El silencio se apodero de la Capital del Oeste, aquella trágica noche que sería recordada por todos como la noche de las ventiscas heladas que mató a cuanto vagabundo encontró en su camino.
–Es imposible –dijo ella dejando escapar un vaho de su alma helada– explicar algo tan complejo como el comportamiento humano. Y con humano me refiero a cualquier ser racional, no solo a los terrestres. La mente humana es una maravilla del azar que sin embargo no es perfecta… ni siquiera la del hombre que salvo al universo.
Ella se durmió al cabo de una media hora, Vegeta, en cambio, se mantuvo alerta hasta que las trompetas del juicio final retumbaron desde la torre de Karin. Y se colocó sus guantes de conquistador, se colocó su botas de mercenario, se despidió de ella abrigándola del frío, abandonando sus instintos de saiyajin, para tener un poco más de esa miseria escarabajeada por los seres primitivos a la que ella llamaba humanidad.
…
Piccolo contemplo inerte la botella de cristal sobre la mesa, de forma circular y con un líquido morado en su interior, reflejando en la vidriosa superficie un regordete cuerpo verde. Los pasquines colados en las paredes eran un tapiz blanco y negro sobre los tablones de madera de aquel sótano. Aliento de Dragón, ojo de araña fermentado, somnolencia. Había de todo para el buen postor y las repisas repletas de frasquitos multicolor, Piccolo desvió la mirada al escritorio del hombre del parche que le entrego la botella.
No podía irse, no quería. El tipo del parche sujeto una botella con una de sus manos, vertió en ella jugos gástricos de vaca y alquitrán de abedul, con uno de sus cuatro brazos velludos. Sonó una campanilla ahogada, Piccolo sostuvo en su puño el helado cuello de aquella botella clandestina y se marchó, subiendo cuarenta metros hasta el bar donde los ogros del Otro Mundo eran ebrios ignorantes del mundo que se desenvolvía debajo de ellos. Escondió la botella debajo de su capa, se sentó en una mesa para despejar dudas y esperó la llegada del guerrero que los Shin había prometido terminaría con la bestia que despertaría pronto en la Tierra. Así que por quince minutos esperó que Raditz cruzara el camino de la Serpiente, mientras, con la cabeza gacha, sintió lastima de su amigo, aquel niño inmortal de siete flecos.
…
La Torre de Karin retaba incluso los majestuosos templos de los Shin, con su temeridad a la gravedad, con su hilera de serpientes envolviéndose entre sus pilares, con los monstruos disecados a baño María tendidos sobre las barandas como gárgolas. Desde ahí, el gato no pudo dormir los últimos siete años, esperando impaciente la noche perversa de helados vientos que anunció al universo entero la muerte de un héroe.
Donde ni los vehículos más veloces pudieron llegar, Lunch lo logró, cargada sobre los hombros de Kakarotto quien ciego persigue su olfato, aquel olor de mamífero mojado, el olor de los gatos en las noches de luna.
–Maestro Karin –gritaba Lunch antes de que llegaran a la cima de la torre. Karin los esperaba sin reparar en sus ojos trasnochados.
–Maestro –dijo Goku, cuando finalmente se presentó frente a él, dejo a Lunch bajarse de su espalda, agradeciéndole entre dientes.
–¿Qué sucede, muchacho? –Respondió el gato– ¿acaso has bebido?
–Maestro, Karin, por favor –y juntos su palmas cubiertas de cicatrices, rogándole al dios–, lo que sucede es que…
–… no te molestes en explicármelo, muchacho, ya lo sé.
El Maestro Karin avanzó cual sonámbulo hasta regodearse entre sus cosas de gato, Lunch se recostó sobre uno de los pilares, Goku sin ver los pudo seguir cuando podía sentir su gélido Ki sobre la Torre.
–A través de las aguas de estos barriles, puedo ver el pasado y el presente, nada se me escapa, muchacho.
En los parpados de Goku cayeron pequeñas gotitas suaves, con aroma de mamífero mojado, que inmediatamente tocaron su piel lastimada le regresaron la vista. Se frotó los ojos hasta haber comprobado que esto era realidad y no fantasía. El Maestro Karin le sonrió una vez su vista fue nítida.
–Tienes miedo, muchacho, puedo sentirlo. Y no es malo sentir miedo, el miedo es una carga pesada que, a la vez, es la imagen de la más intensa plenitud de la vida.
–¿Eh? ¿Eso qué significa?
El Maestro Karin se apoyó en la baranda de su templo y Goku le siguió haciendo lo mismo.
–Es la respuesta que necesitas, Goku. Quiero decir que no inhibas tu miedo, no es el modo de luchar contra él. Debes dejar que te devore, aprender de él para luego volverlo algo de ti que nunca más vuelva a perturbarte.
–No sé a qué le tengo miedo, no es algo que sencillamente pueda golpear.
–Goku te hare una pregunta ¿Cuál es el mayor miedo… para un niño? ¿Cuál es?
Y en su mente apostaron los recuerdos inversos de días taciturnos, días de relámpagos y lluvias, días sin sol, donde un pequeño niño saiyajin se resguardaba del miedo infernal, cubierto por las sábanas con aroma de viejo, con la textura de las fisuras e hilachas hechas un remango de parches. Aquellos injustos recuerdos de noches donde Son Gohan no regresaba, pues él estaba muerto, lo había enterrado esa misma mañana y en su piel aún quedaba inscrito el temeroso frío de la muerte tan cercana. Que lo marcó desde aquel día, cuando desde niño fue consciente de la muerte y la muerte lo persiguió, su muerte. Cubierta por su túnica gris, con su máscara de conejo pegada al rostro y su armadura de saiyajin destartalada.
–La oscuridad –respondió. Sin percatarse había comenzado a tambalearse atrás y adelante.
–La oscuridad simboliza muerte, Goku –el saiyajin con rostro de terrícola se asomó por encima de la baranda y debajo de él se postro la caverna de sus infiernos, la morada de su muerte. Ese abismo oscuro donde moraba Kakarotto.
»Y ese miedo a la oscuridad… –prosiguió Karin sin la voz de Karin– ese miedo a la muerte, Goku. Es lo que nos hace creer en algo más grande que la existencia misma. Nos da ese tenaz empeño de nuestras almas por elevarnos a un punto donde podamos descubrir la llanura de la verdad– muchas palabras que lo mareaban, que no comprendía tan fácilmente, pero que sin embargo eran arrastradas hacía ese abismo, dándole luz a donde antes hubo oscuridad. Materializándose en antorchas de carbón rojo que se arrimaron a las paredes y un leve resplandor con aroma de viejo con la textura de las fisuras e hilachas hechas un remango de parches, apareció en medio de su oscuridad.
»Porque solo en esta llanura podemos encontrar alimento capaz de nutrir la parte más noble de nosotros: el amor.
Las palabras del maestro Karin, que no era él sino otro, iluminaron su camino hacía el fondo del abismo que era su propia consciencia y ahí lo pudo ver. Robándole su rostro, su cuerpo, su vida, con esa sonrisa sardónica, con esos siete flecos que eran tan suyos como de él. Y lo miró y se miraron a la luz de las palabras del amor, y ya no eran uno, sino dos, y los dos vivían al mismo tiempo, en la misma realidad. Él, el terrícola vagabundo de los treinta años mal vividos, y Kakarotto, el saiyajin de diecinueve años que aún no conoce el amor.
–No puedo ver lo que tu vez, Goku –dijo Karin–, pero sé que te da miedo. Entonces solo respóndeme una cosa más.
–¿Qué? –dos voces que respondieron al mismo tiempo.
–¿Por qué George Bailey quiso brincar del puente?
–Porque todo estaría mejor sin él.
–¿y tú no crees que todo estaría mejor si volviera a ser aquel niño de las montañas Paoz?
–Todo estaría mejor si volviera a los brazos de mi madre y muriera con ella cuando el planeta Vegeta explotó.
–Entonces brinca, Goku. Si decides que te sobra tu existencia: brinca, Goku. Y déjate ahogar por la oscuridad.
Los colores se fundieron el uno con el otro, como un vomito sideral, y un manto espeso de oscuridad postrado a sus pies apareció, como un mar eterno de soledad, de melancolía. Por donde los monstruos de nuestro ser abundan, y la consciencia de no ser tú sino un no-ser se extendía por todo el mundo. Y todas las figuras fueron sombras que se arrastraban hacía él, pidiéndole que salte y muera con ellas. Y por su piel rondaron el recuerdo de todas las sábanas con las que se cubrió del miedo, las sabanas remachadas del viejo, las sábanas de papel con la que lo cargó su madre, la sábana blanca donde no pudo dormir pensando el vigesimotercer torneo de la Artes Marciales, las sábanas de boda con la fragancia de esa princesa de cuyo nombre no se acuerda.
Así que afianzó sus manos sobre el barandal, el alma se le escapó al cuerpo y la lealtad de su ser fue un eco del pasado. Brincó, brincó con la fuerza de los osos, con el valor de los cóndores, con la habilidad de los tigres y todas las fauna del mundo lo vio caer y fueron esas especies tan nobles y viriles los únicos testigos de su fatídica muerte entre el fango y los restos putrefactos de plantas benditas rociadas de lluvia. El miedo tenía un nombre, su grito de guerra antes de morir le había arrancado un rayo al cielo, los lémures, las águilas, las serpientes y los quirquinchos giraron al oír su rugido de perro que nunca ha ladrado. Porque son urgentes las cosas que nunca había gritado, las palabras le habían cortado las venas de la garganta.
Su cuerpo cayó al suelo cuando él ya estuvo muerto y la voluntad de su vida se esfumó en un cerrar de ojos tan corto que ni la luz pudo atravesar por sus parpados cuando sintió al aliento flácido de la vida escapándose de sus pulmones. Su cadáver se estrelló en el suelo roñoso, donde los aldeanos que protegían la torre de Karin venían a dejar sus ofrendas por sus hermanos caídos. Cayó donde los pétalos de rosas muertas, donde el roció apenas si acariciaba los tersos cabellos rubios de los maíces recién cosechados. Fue, por un momento, el ahogado más hermoso del mundo.
El héroe ha muerto y Karin se tragó el corazón que apenas si le latía. Los luceros de Lunch pálidos quedaron en el espectáculo del suicidio. Karin se secó las lágrimas, la observo un instante, ambos corroídos por el miedo y entonces gritó.
–Yajirobe, ¿dónde estás? Ha llegado el momento.
Pero cuando se acercó hasta la escaleras vio entre las gradas de plata al bonachón dormido con la espada entre su pecho.
–¡Maldito haragán!
Lunch salió de su trance, el frío del viento la descolocó de su miedo.
–Explíqueme ¿qué rayos pasó?
–¿Sientes eso? –Le preguntó el gato– ¿sientes ese viento?
–¿Qué demonios? Claro que siento ese viento. Pero eso qué carajos significa.
Un temblor arremetió el suelo de toda la tierra.
–Pues ese viento, muchachita, hace que ninguno de los guerreros Z pueda venir a ayudarnos. No podrán despertar hasta que esto pase, eso es el viento, un somnífero, niñita.
El Maestro Karin corrió de regreso a la baranda por donde Goku saltó, donde dejo la marca de sus dedos sobre el metal. Observo el cráter que dejo su cuerpo y el suelo, una vez más, tembló.
–¡¿Por qué diablos dejo que Goku saltara de esa forma?! –gritó Lucnh.
–Goku está muerto –los ojos de gato la miraron con miedo, el miedo a la verdad tan congruente, tan dolorosa.
»Y si no logramos entretenerlo el ser que ahora vive en su cuerpo nos matara a nosotros también.
–Podemos llamar a Tien –dijo, pensando es voz alta– él puede soportar noches sin dormir, tal vez aun siga despierto.
El suelo tembló una vez más escombros cayeron del techo del palacio, los arboles comenzaron a caer y el viento se hacía más fuerte.
–Entonces llámalo antes de que sea tarde, grita por el barandal. Si él quiere te escuchara incluso desde aquí –dijo el Gato mientras trataba de sostenerse con su bastón.
Lunch corrió hasta el barandal, apoyo con fuerza sus manos en el frio hierro y grito mientras el amor le crujía en el pecho.
–¡Tien!
Su grito resopló por todo el mundo, más fuerte incluso que ese viento nocturno. El suelo tembló otra vez, Lunch se sujetó con fuerza y volvió a gritar.
–¡Tien! ¡Tien Shin Han!
…
Raditz volaba con todo su ímpetu a través de un camino amarillo que parecía tornarse más largo según el tiempo se volvía una tela de seda rota por el viento frío acaecido de los altos templos donde moraban los dioses. Su cabello largo ondulaba con cada curva tomada por su cuerpo aberrante, que arrastraba en las ondas de su pelo un temor intangible. Su rostro crudo, su gesticulación de ocres rapaces y el testimonio endeble de su herencia saiyajin.
Y su poder fue tan grande que llamo la atención incluso de la Princesa Serpiente, quien desde su balcón lo observo pasar como un águila. Y desde ese momento quedo enamorada de él.
…
Ahora volaba por encima de los vientos gélidos, sostenida de una pata del gato blanco que hace poco había brincado de su templo cargándola a ella y a Yajirobe sobre una nube amarilla. Su cabello rubio era arrastrado hacía su rostro por el viento espantoso que corroía los árboles arrancados de raíz por la bestia que antes solía ser su amigo. Sus ojos se llenaron de terror y sus parpados no supieron reaccionar, mechones de su cabello rozaron la punta de su nariz. Kakarotto, ese monstruo descorazonado, retorció sus manos sobre su nuca y de un solo resplandor destruyo la mitad de aquel pueblo que dormía inocentemente, que ya no quedaba fuerzas sobre esos corazones muertos.
Y él lo miro con los ojos llenos de oscuridad, Lunch estornudo cuando uno de sus cabellos tocó la punta de misma de su nariz. Con el cabello azul pudo subirse a la nube dorada y el Maestro Karin tuvo la fuerza necesaria para guiar la nube hacía las lagunas de color rosa, donde se lograron resguardar del saiyajin, hasta que él apareció.
…
Tien Shin Han siempre estuvo dispuesto a oír su voz cuando ella de verdad lo necesitara. Hasta que el cielo azul fuera un cielo rojo, hasta que el frío de esos vientos se convirtiera en fuego. Hasta que llorara el mar y las estrellas cayeran del cielo. Y cual profecía de pitonisas, aquella tarde, en la región del mundo donde todavía era de día y la peste del sueño profundo aún no había desolado las ciudades; Tien Shin Han escuchó esos gritos de lamento que le llamaban por piedad, rogando por su fuerza para lograr detener al monstruo que marcaba su nombre Kakarotto con la sangre del pequeño pueblo de Upa.
Los cadáveres de indígenas quedaron colgando de las copas de los árboles cuando su tercer ojo observó esos siete flecos de crueldad, en una cabeza inclinada sobre una sonrisa deforme. Un cuerpo endeble, frío como el viento que soplaba desde el norte. Y aquella visión lo volvió loco.
–¡Goku! ¡¿Qué diablos sucede?! ¡Ya detente!
Pero la bestia no lo oyó, con su sonrisa amorfa, con su vacilante andar siguió repartiendo golpes al suelo abriendo grietas gigantescas que consumían a su abismo las grandes piedras de labrados sagrados. No se animó a descender, el viento agitaba sus ropas, su malla blanca empapada de sudor frío.
–¡Ahhh! ¡Deja de actuar como un loco! –le gritó con más fuerza y más miedo.
Pero el saiyajin de siete flecos y sonrisa inocentemente diabólica prosiguió con su funesto tamboreo de robles partidos al rugido de su palma y de voces asustadas que huían sin mirar arrastrados por el viento de los dioses. Upa apareció entonces, portando una lanza en la mano y una jabalina en la espalda, se acercó despacio contra su viejo amigo. Tien descendió a los suelos y antes de que pudiera acercarse a Upa, una voz felina le llamó desde las nubes.
–Tien Shin Han, escúchame, ese ya no es Goku. Atácalo y detén esto de una vez.
Y cuando su tercer ojo pudo ver, el saiyajin había tomado con una mano la punta de la lanza de Upa y la había destrozado con solo apretar su palma y entre sus dedos escaparon rastros negros de alquitrán. Tomó a Upa del cuello, con esa sonrisa sardónica, con ese mal escapándose de su aliento. Así que no le quedó más opción. En sus puños cargo esferas de Ki que arrojo una tras de la otra con su ritmo natural contra el saiyajin que fue su amigo.
Upa cayó inconsciente con el rostro hinchado y la marca roja de los dedos de Goku en su cuello. Tien corrió a tocar su fría garganta y sentir con debilidad el paso de su sangre entre su yugular. El barro manchó el cabello negro del indígena y los dedos del tríclope; una aberración creada entre la tierra sagrada y un cúmulo de sangre apenas coagulada. Y la bestia del cabello alborotado se arrastraba en su propia desgracia luego de aquel ataque, débil cual sanguijuela y desvivido de sí mismo. En efecto, no era Goku. Era mucho más débil. Tanto que incluso Tien sospechó tener una ventaja sobre ese ser, suficiente para noquearlo, para sacarlo de este lugar y, quizá, muy lejos de allí supieran que hacer con él.
Goku se arrastró en sus cuatro patas como un sucio animal empapado de su lodo, con la tierra manchada sobre su rostro y una gris capa sedimentando su cabellera. Goku se arrastró hacía ellos, Goku levantó la cabeza y Goku lo miró directamente a los ojos. Con esos fríos ojos llenos de oscuridad que no eran de Goku, con esa sonrisa que no era de Goku. Tien se puso firme y antes de lanzar su ataque, le preguntó.
–¿Quién eres?
Y la bestia, le respondió en un acento extraño. Como un idioma de otros tiempos y otros lugares, con la legua raspando sus dientes molares.
–Kakarotto.
Y la bestia salto a atacarlo, pero Tien fue más veloz, esquivo el ataque y con cierta precisión pudo conectarle un poderoso gancho dirigido a su pecho. Kakarotto salió expulsado con tres costillas resaltando sobre su piel y carne, así se tuvo que arrastrar hasta un árbol donde apoyarse y ponerse de pie en la intempestiva del barro. Tien lo miraba sin perder su largo rastro de podredumbre entre el fango, atónito como una piedra blanca arrastrada por el rio de hechos que llevaba siete años perpetuándose.
La bestia se pone de pie, con esa mirada de maldad que pocas veces han visto los humanos. Se le acercó corriendo para reducirlo de un golpe en las costillas rotas, pero Kakarotto no se movió ni se inmutó ante el ataque, solo lo seguía observando con la mirada de pánico sobre sus tres ojos. Tien lo volvió a golpear con más fuerza pero Kakarotto no temblaba, siendo más fuerte que la última vez. Tien sigue golpeando con más fuerza pero el saiyajin seguía quieto cual viejo sauce.
Y el tríclope desesperado arrojo un puñetazo con tal fuerza al rostro de Kakarotto que este salió impactó su nunca contra un pedazo de la Torre de Karin que cayó desprendido. Entones su tercer ojo se alertó de la nube dorada que flotaba sobre su cabeza, vio al Maestro preocupado, a Yajirobe todavía inconsciente y a Lunch, como una variante azul del frío que ahora le chocaba el pecho.
El Maestro Karin le grito que acabara pronto con Kakarotto, cuanto menos que lo noquee antes de que la bestia busque matar a Dende. Pero Tien no pudo hacerlo con la determinación con la que entrenaba al salir el sol bramante en el árido desierto junto al mar donde vivía, no pudo, porque ese sol era un símbolo un signo rapaz de tiempo. Mas sin embargo no era su amigo, como sí lo era aquel monstruo al cual buscaba enfrentar.
Pero perdió mucho tiempo dudando, que el furioso Kakarotto estalló su ki de un momento a otro y empezó a volar con la mirada muy fija en el cielo donde flotaba el Templo Sagrado. Pero Tien supo reaccionar a tiempo en interponerse en el paso de Kakarotto, apoyo una pierna en la torre y con el puño derecho detuvo el vuelo a la bestia, quien regresó al suelo levantando polvo en su impacto con la roca. Y desde ahí, todavía apoyado en la torre le arrojo a Kakarotto un básico ataque de ondas de Ki.
Desde donde estaba vio a los pocos indígenas que huían cargando a Upa y a su padre en hombro para evitar que fueran asesinados por Kakarotto. Y supo muy bien que Goku no era capaz de nada de eso, supo muy bien que debía hacer, pues debía detener esto sin la duda presente en su cabeza. Así que descendió hasta estar de frente a Kakarotto, quien se levantaba apoyándose en sus rodillas y en su brazo mal doblado. Lo jalo de su ropa, de su viejo gi naranja que lucía café machacado por la tierra y la roca. Y lo miró a los ojos como al mismo niño del vigésimo segundo torneo de las artes marciales, así que balanceo su brazo derecho sobre su hombro a tal velocidad que su brazo fue un molino pegado a su pecho.
Y atacó a Kakarotto con una ráfaga de golpes que lo azotaron contra la torre de Karin y finalmente contra el suelo mismo donde una grieta se empezó a abrir. Pero al último puñetazo que Tien Shin Han apuntó contra su cabeza, Kakarotto fue más ágil y detuvo el ataque con solo su palma, se puso de pie ante un aterrado Tien y sus ojos negros se cubrieron de una cortina roja, su cabello se levantó con un ligero aire y el Kaio Ken resplandeció por todo su cuerpo.
Le conectó a Tien un gancho en el abdomen y el tríclope cayó a sus pies. Le soltó el puño y Kakarotto se apoyó adolorido sobre la torre de Karin, levantó la mirada, viendo quizá más allá de las nubes mientras Tien se revolcaba en el piso sosteniendo la boca de su estómago. Ese resplandor rojo caía sobre su brazo y se siente perdido. Kakarotto despegó del suelo y Tien apenas si tuvo tiempo de darlo alcancé, entre los cielos el tríclope se vio atrapado por los brazos del poderosos saiyajin.
Kakarotto era un ser que aprendía rápido pues esta vez no se dejó sorprender por Tien, con rapidez detuvo su ataque y lo revirtió con uno propio. Kakarotto le dio un puñetazo en la cara a Tien Shin Han enviándolo lejos de la torre, pero la bestia lo persigue y lo agarra de la cabeza y le da un puñetazo con ambas manos juntas lanzándolo hacia abajo. Tien cayó hasta la bruma de los cráteres cercanos a la Torre de Karin.
Kakarotto siguió ascendiendo, pero Tien aún no se había rendido. Se apoyó en sus rodillas y dejo que un aurora color vino le recibiera el cuerpo y las heridas. Despego a toda marcha hasta alcanzar el tobillo de Kakarotto quien lo miro con una cara inmersa en rabia.
–¿Creías que eras el único al que enseñaron el KaioKen? –dijo Tien dominando el aura roja. Tomando con fuerza la pierna de Kakarotto lo arrojo de regreso al suelo y lo puso a su nivel, reto a los poderosos saiyajin como una fiera entrenada persistiendo en la tempestad.
Kakarotto se envolvía en una densa nube de tierra y arena, una silueta oscura tornada de facciones filosas, de puntas acorazadas sobre su cabeza que recibieron la envestida del tríclope. Tien Shin Han apuntó con su dedo índice la nuca del saiyajin, un destello de luz se concentró en la punta de su dedo mientras sentía la energía escapando de la piel de su yema. ¡Neo Dodonpa! Gritó Tien y tan poderoso como mil rayos su ataque fue directo a los siete flecos de Kakarotto.
La bestia moribunda aun resistía en el suelo, como una forma de burla ante el tríclope que no comprendía como el saiyajin resistía sus ataques. ¿Acaso ya era demasiado fuerte? ¿Acaso no podría detenerlo? Era una certeza inquietante el poder de Kakarotto, un poder que incrementaba progresivamente abriéndose paso entre la virtud del tríclope. Como un vicio de sangre que se alimentaba del dolor ajeno y del dolor propio.
Así que a Tien Shin Han no le quedó otra solución, junta ambas manos poniendo sus dedos en punta y abriendo sus palmas para formar un triángulo. Su tercer ojo se dirige a la punta de aquel triangulo, en sus manos se acumula energía y observó al saiyajin a varios metro de la torre de Karin, revolcándose en su propio dolor con tal alegría que esa sonrisa deforme le tocó el corazón a Tien Shin Han. Pero sonrió, sonrió al fin, esa bestia, sonrió como lo hacía Goku, con esa misma felicidad, con esa misma euforia. Pero Tien no se dejó arrastrar por la visión del pasado, entonces observó una vez más a la aldea y comprobó que todos ya habían huido.
Observo esa sonrisa tan honda y al saiyajin tirado en el piso con los brazos abiertos, y le pidió perdón cerrando los ojos como lo hacen los criminales en el confesionario. Grave error. Porque en una fracción de segundos Tien recibió los lastres de un ataque que impactó de lleno contra sus manos y su pecho mientras un grito de guerra resplandecía en la noche cerrada.
–¡Kamehameha!
Tien Shin Han cayó inconsciente hasta el fondo mismo de su derrota, mientras el saiyajin no detenía su risa. El tríclope había sido vencido.
…
Entre los estragos de la misericordia, donde antes hubo paz y ahora solo reinaba un sentido de paranoia; el Templo Sagrado se encubrió de luces destellantes, de un fuego inmundo que devoraba a su paso las estatuas enjoyadas de su familia. Goku corrió por cada rincón, buscándolos… buscando, como una dulce trampa de su propio ser a su autodestructivo modo de pensar. A su "nada" en busca de algo que era un no-ser, nacido en la oscuridad. Goku seguía corriendo esquivando la tormenta de fuego que le cerraba el paso o le caía desde el cielo, mientras buscaba… buscaba los pedazos de su alma destartalada.
Giraba por los pasillos interminables, se quemaba la piel sobre las columnas tan altas y tan pequeñas entre las cuales gritaba "¿Dónde estás?" Porque él, Goku, aún no fue vencido, gracias a su amor, esa fuerza deslumbrante, ese manantial que curaba su sed de desgraciado. Así que entre el fuego siguió corriendo, buscando habitaciones sin registrar, buscando puertas sin abrir. Cuando murió esa noche, su cuerpo abandonó la razón y la fe y se entregó al placer de sus instintos básicos. ¿Qué era lo que sucedió entonces que lo salvó? Que en su muerte lo último que paso por su cabeza fue un poderoso recuerdo de paz, que era ella, Bulma y su cabello azul el día que se conocieron. ¿Qué tenía ese recuerdo? Al que buscaba con esmero Goku en el Templo Sagrado de sus pesadillas.
Sencillo: era un recuerdo y recordar es un acto del alma, de la inteligencia humana, de donde aprendemos y crecemos. Algo que no conoce la escafandra nebulosa del instinto. Ni el hollín de las ropas quemadas entre la hoguera de su desgracia, ni el carbón con el que se alimentaba ese fuego. Donde las manos de Goku intentaban robar algo que le permita encontrar ese recuerdo, que era su salvación, que era el punto de su vida donde Kakarotto dejo de existir, pero que sin embargo dejaba sus dedos abrazados de color carbón.
Y la bestia estaba allí afuera, flotando por encima suyo, con un aura roja rodeando su cuerpo, lo miraba con lastima y sadismo mientras su mundo era destruido. Kakarotto sonrió, sonrió entre el humo amargo, mientras Goku le gritaba:
–¡Detente! ¡Por favor!
Derribo una puerta de bisagras viejas, un aroma de madera carbonizada inundaba el lugar por donde una pequeña ventana dejaba entrar la luz del fuego y rebanaba la habitación entre líneas de densa oscuridad y luces rojas como la sangre. Examinó coda caja y cada jarrón hasta que las uñas se le habían gastado y lo único que pudo encontrar, entre enciclopedias canosas de tanto polvo y báculos medio pintados de rojo, medio pintados de negro: una camelia sin marchitar de sus amores.
…
Kakarotto fue un haz de luz resplandeciendo en el aire tóxico y marchito, en aquella noche de mayo. De pronto se había presentado en la nebulosa oscuridad del Templo Sagrado donde la ausencia de Piccolo consagraba el silbido del viento entre las habitaciones vacías. Kakarotto se detuvo un momento, entre la luna y el Templo, con la cabeza inclinada sobre su hombro derecho buscando aquella presencia sagrada entre tantas columnas y diatribas de asfalto.
Cuando encontró a Dende derribó la pared de la habitación donde KamiSama y Mr. Popo lo habían estado esperando siete años. Con los ojos fieramente tiernos de Namek fue recibido, entre pedazos de mármol chamuscado que sonaban como trompetas al caer en el estragado suelo de azulejos verdes. Kakarotto los observó lentamente, analizando sus ropajes viejos, sus rostros molidos de miedo, el carisma de niño de aquel dios que no soltaba la mirada sobre él. La habitación estaba vacía, vacía desde hace siete años y siguió estando vacía aun cuando Bu la destrozó. Por las esquinas crecían largas ramas en espirales de verdes hojas y pequeñas flores. Kakarotto se detuvo ante una de ellas que se extendía sobre su cabeza aferrada al techo de cal con sus espinas como garras. Fue el tiempo justo, el viento justo y la luz de la luna derribando la pared, Kakarotto los miró una última vez antes de atacarlos con sus colmillos de acero y sus garras de demonio sudando ansiosas por descuartizar.
Vegeta entonces brinco interponiendo su puño al avance de Kakarotto contra el Namek. Con un aura blanca rebuscándose entre sus ojeras de patriarca despatriado, sobre sus labios finos hechos en seriedad. Kakarotto retrocedió mientras Vegeta lo observaba cuál juez, con el poder del rey que nunca fue. Vegeta fue el primero en atacar, reuniendo energía en su puño derecho dio en la frente de Kakarotto, pero el saiyajin de siete flecos fue más fuerte, y aunque el golpe lo alejo unos metros y lo dejo sangrando, no pudo acabar con él.
–Explícame –le dijo Vegeta a Dende sin dejar de observar a Kakarotto– ¿Qué diablos sucede?
Pero Dende entonces cobró una fuerza que nunca antes se vio en él y tuvo el coraje de responderle al saiyajin:
–No necesita saber nada, solo deténgalo.
Vegeta se rio del valor que mostró el dios y le obedeció sin protestar por aquella muestra de autoridad despótica que al príncipe le agradó. Kakarotto entonces se apoyó en el enorme hueco en la pared por donde la luz blanca invadía su ser. Kakarotto lo miró con sus ojos oscuros, observando tan profundo en la aridez del alma del príncipe, y sus sonrisas sardónicas chocaron en la nebulosa gracia de la luna. Kakarotto atacó a Vegeta pero el principie fue hábil y dejo que el puño derecho de su rival fuera a impactar con una de las columnas en medio del gran salón del Altar donde ambos comenzaron su pelea.
La columna resistió la embestida, dejando en su fina piel de yeso blanco apenas una insignificante grieta. Kakarotto no era más débil, era la roca de la columna la que soportó el ataque, Kakarotto siguió atacando mientras Vegeta lo esquivaba aun si su mente se enfocó por una eterna laguna de tiempo en aquella grieta insignificante. Kakarotto se distrajo un momento y Vegeta lo derribo de una patada en la rodilla, así que giró a ver a Mr. Popo, esperando alguna respuesta.
–Es una aleación de concreto y Kacchin, soportara muchos golpes antes de que se destruya.
Suficiente con eso, Vegeta ya tenía su estrategia en marcha. Así que se acercó a Kakarotto, la bestia se sostenía la rodilla, una mancha de sangre era un hilo rojo partiéndole en dos el rostro. Vegeta lo jalo de los cabellos, Kakarotto rugió con furia y el príncipe intento arrojarlo contra una de las columnas de Kacchin, sin embargo, el saiyajin de siete flecos lo soporto interponiendo sus brazos entre su cabeza y el concreto. Un estruendo marcial sacudió el Templo, un agudo temblor de las paredes.
Kakarotto golpeó a Vegeta en el estómago y el príncipe soltó su agarre. Kakarotto lo tomó inmediatamente de los cabellos de la nuca e intentó arrojar a Vegeta contra la misma columna, pero Vegeta fue igual de ágil y ante puso su pierna derecha. Soltó una gota de sudor desde la quijada, crujieron sus dientes Y aparto a Kakarotto de un golpe en la frente. En la frente, otra vez, otro golpe, y otro más, en la frente, en su herida. Y le repitió el ataque dos veces más, hasta que la sangre chorreaba del guante del príncipe y del rostro de Kakarotto.
Vegeta tomo a su adversario del brazo, cogió impulso y trato de arrojarlo hacía la columna más cercana y aun con toda su fuerza no fue suficiente para mover a Kakarotto de su sitio. Y el saiyajin de siete flecos le sonrió, entonces Vegeta recibió una patada en la parte baja de su abdomen, mas sin embargo no es capaz de soltar a Kakarotto, lo tiene muy aferrado a la piel, con los dedos atesados de sangre, dispuesto a concretar su ataque. Kakarotto intenta golpearlo una vez más, pero Vegeta fue rápido, detuvo su patada con una mano y, sujetándolo con ambas manos, arrojó a Kakarotto contra el hormigón reforzado de las columnas. Está vez el estruendo recorrió cada gramo de arena en la tierra, desestabilizo las mareas y levantó muros de roca entre las montañas. Y aun así, ningún mortal despertó, atrapados por el viento de las coníferas heladas. Vegeta tenía a Kakarotto en el piso y una marca de sangre entre las columnas, entonces el príncipe disfruto del viento, de la luz y de la raza. Observándose a sí mismo de igual a igual con Kakarotto, como no lo hubo de hacer antes, como no lo habría de hacerlo después.
Se colocó sobre su pecho, tomo la cabeza de Kakarotto con ambas manos y le dio un cabezazo, la sangre ahora corría tímida sobre sus cejas. Le repartió puñetazos concentrados en su frente, mientras una risa se estabilizaba en sus labios. Y lo golpeó hasta dejar su sangre desperdigada por el suelo, la sangre de un saiyajin clase baja, y lo siguió golpeando aun cuando la sangre ya fue un grueso rio derramado sobre el mundo. Pero Kakarotto no perdía la consciencia, recibía los golpes y se dejaba empapar de su sangre con la misma impavidez en los ojos de rubí, con el temple de aceros oxidados, con la coraza chamuscada de cinabrio.
El príncipe se levantó y contempló la sangre de su rival en sus guantes. A la luz de la luna, la sangre era más roja que nunca, hastiada de amargura y grises coágulos mezclados en cal. Kakarotto se levantó, ante la sorpresa de Vegeta, con una impávida serenidad de muerto, de un hábil movimiento, Kakarotto ya estaba de pie. Vegeta se le acercó entonces, con la energía concentrada en sus nudillos, Kakarotto lo recibió con la mirada sepulcral de los astros, tentado su ataque, con la sangre bordeando su sonrisa. Cuando el príncipe lo golpeo en la quijada, Kakarotto se tuvo que arrastrar hasta alguna pared para soportar el dolor.
Vegeta debía terminar con esto, el encuentro no había sido épico ni honroso como sospechaba, era salvaje, la pelea de dos fieras ansiosas de la sangre del otro. Un popurrí de violencia sin valor, de sordos golpes sin expectación que sólo evocaban el ruido de sus respiraciones marciales deseosas de sangre. Era un encuentro que a Vegeta no le producía placer, ni orgullo, ni venganza, era una deshonra, caer a lo más bajo de sus instintos solo para hacerse daño entre ellos. Así que el príncipe tomo a Kakarotto de los cabellos una vez más, apunta a la columna más cercana y arroja el rostro de Kakarotto contra esta, el estruendo sacudió todo el planeta y cambió el curso de la luna por dos centímetros, Dende y Mr. Popo tuvieron que sujetarse bajo el umbral de la habitación a más de diez columnas lejos de él.
…
Raditz recostó la lanza sobre su armadura antes de que Emma Daioh lo mirara con inquisición mórbida, con esos ojos de juez trastornada, con la mirada de superioridad que no intimidaba al saiyajin por más filosas que fueran sus pupilas. "Tu transporte te espera en el bar de los ogros" dijo el dios. Raditz a su vez no le respondió, afilo la lanza en su mano y corrió su camino hasta estar a la entrada de ese bar altanero, la respiración le pesaba, el alma le dolía. La cola… era una acidez destartalando su corazón.
Al entrar lo vio, con la capa blanca, con la piel verde y el turbante sobre sus antenas. Entonces comprendió lo grave de la situación ¿A qué se debía todo esto? ¿Su hermano era tan peligroso? Se paró frente a el Namek y con la mirada lo saludo, Piccolo se puso de pie y le dijo con la voz muy suave.
–Camina lento, no quiero que se den cuenta lo que llevo conmigo.
Las miradas los acosaron un instante, desde detrás de la barra un troll de cuernos largos no les desprendió los ojos hasta que ambos se habían marchado. Y los ebrios se fueron cantando mientras ambos salían caminando lento, sin tener nada que decir, sin comprender lo que había sucedido hasta ahora y sin saber cómo continuar. Parados al umbral de la guerra, Raditz sospechó que la botella que llevaba Piccolo consigo le podía ser de utilidad.
–¿Qué diablos llevas contigo?
–Casi quince años, Raditz, y aun no dejas de ser un patán. Sólo para que sepas esto evitara que implanten recuerdos falsos en los terrícolas, sólo sentir su olor despertaría a cualquiera.
Caminaron hasta quedar de frente al gran escritorio de Emma Daioh, Piccolo lo miró con la misma indiferencia con la que Raditz siguió de largo su camino. Trago con dureza su orgullo y cuando Piccolo finalmente estuvo junto a él, le dijo.
–Supongo que ninguno de los dioses quiere que se sepa que el hombre que salvo al universo se ha pasado al otro lado.
–Así es –dijo el Namek–, si despiertan al día siguiente creerán que Goku jamás revivió en la pelea con Buu. Sostente de mi capa, ya es hora de que entres en acción.
¿Por qué querían destruir el recuerdo de su hermano? No lo sabía, pero desde el principio de todo esto, Raditz sabía que en Emma Daioh no podía confiar. Así que sostuvo la capa del Namek, afianzó su agarre de la lanza en sus manos. De un momento a otro, Piccolo y él aparecieron flotando entre los vientos grises de la Torre de Karin. Las ventajas con las que contaban los antiguos dioses.
…
Se arrastraba hasta la pared, lento, tortuoso. La sangre dejaba su marca desde la pared de mármol hasta los dedos del saiyajin. Vegeta lo tomo del Gi, lo levanto como un trapo y nunca pudo comprenderse. Esa sensación frígida de cargar así a Kakarotto, como un muerto, como un viejo títere de orfebrería. Pero ese ser, ese monstruo encerrado en esa sonrisa tonta, aun le miraba con profundo rencor. Era un rival, no un enemigo, no un villano, era el rival que Kakarotto debía superar. Era la forma más pura del deseo y el placer; de la gratificación momentánea por superar al rival de turno, del ardor incansable en cada pecho saiyajin por ser más fuerte, del orgullo y de la falsa felicidad.
Vegeta lo tomo de la nunca y calvo su cabeza una vez en otra columna, la columna se resquebrajo y termino rompiéndose produciendo un estruendo seco. Y aun así, Kakarotto se levantaba, con la luz roja del KaioKen irradiando de sus venas. Vegeta tuvo que cargar energía en su puño derecho y golpearlo una vez más en el rostro, pero el marco pintado en los vinilos de sus ojos no cedía, lo miraba aun con profundidad, casi con pena. Entonces Vegeta sujeto del brazo a Kakarotto y tomo toda la fuerza necesaria para arrojarlo a otra columna, pero su rival se mantuvo firme, estoico bajo la taciturna luz de la luna, seco en su sombrío mirar. Desesperado Vegeta le da un puntapié en el vientre, intenta tirarlo una vez más y aun así, Kakarotto ni se perturbaba; sus dedos se sujetaron a Vegeta con una fuerza monstruosa y de repente fue el propio príncipe arrojado contra una de las columnas.
Sus ojos se cerraron con el golpe pero aun así pedazos de cal se clavaron en su cornea. El mundo era gris por un ciego momento cuando Vegeta empezó a perder la batalla, Kakarotto lo tomo del cuello y lo empujo de espaldas hasta que tres columnas cedieron con un ruido seco. Una lágrima limpio sus ojos, levantó con fuerza su pierna derecha y con una patada había alejado al monstruo. Tomo su garganta con su guante blanco y su sangre empezaba a escurrir de su yugular, lentamente, un rio sanguinolento de ira se hizo paso entre su cuerpo.
Levanto la mirada, rodeado de los serpenteantes ecos de las columnas, en un delirio de sonidos que chocaban con su cabeza y lo mareaban. La luz lo guio entre la sombras, una luz celeste de apaciguaste latir, que era el ataque tan bien conocido por él como por su rival.
–¡…hame Ha! –gritó Kakarotto, Vegeta apenas si tuvo tiempo de cubrir su corazón con sus brazos pero el ataque no iba dirigido allá.
En su cuello se quedó la marca del ataque cuando dejo a Vegeta sin aire, sin aliento, sin el mínimo grito, se arrastraba luego del ataque. Que no fue tanto por su fuerza sino por su precisión al darle en la parte más desprotegida de su cuerpo. Al dejarlo mareado en el piso tosiendo sangre. Los pasos de Kakarotto se le acercaron, de una patada lo derribo y aun Vegeta no conseguía respirar, débil, la fuerza se escapaba de sus pulmones.
Kakarotto se apoyó entonces sobre su pecho dejando caer su peso sobre su esternón y crujió su respiración. Kakarotto levantó su puño rojizo y le dio un golpe directo en el rostro, otro golpe en la nariz y un cabezazo en medio de los ojos. La sangre de Vegeta se escapó de su rosto y mancho su sucia herencia de rey, se escapó por el borde de su cara mal golpeada y se metió entre sus orejas y patillas de patriarca. Y aun así no se rindió, ni en la inclemencia del dolor, su orgullo renunciaría, su armadura oxidada de falso príncipe aun resistió las embestidas de aquel monstruo. Y gritó con fuerza y gritó tan fuerte que Bulma pudo escucharlo en sus sueños.
Un aura dorada le cubría el cuerpo flotante frente a la bestia de siete flecos que seguro trataba de responder al ataque suyo. Pero no lo lograba, era débil, era inferior. Él era un príncipe vestido de azul real, de pulenio maldito, con honor y sangre se levantó convertido en supersaiyajin. Y el fuego en sus ojos fue el último vestigio de su padre muerto en el lodo de las tormentas.
Vegeta atacó con un puñetazo crudo sobre el pecho de Kakarotto, las columnas empezaban a ceder, en el claustro de aquel Templo. Lucharon sin gentileza y morirán de la misma forma, el uno frente al otro, sin guerras, sin sonatas de admiración. Lo golpeo otra vez, Kakarotto rugió en un idioma que a Vegeta le recordó sus años de mercenario. Así que lo atacó con más furia, pero la nostalgia le había ganado al príncipe, algo en él lo obligo a fracasar y a restar segundos a su ataque. Segundos malditos cuando Kakarotto resplandeció con fuerza su aura dorada de estrella vagabunda.
Una batalla que el mundo somnoliento no podría jamás ver, supersaiyajin contra supersaiyajin. Cubiertos por la luz de luna, nada recordaría de ellos su sacrificio el uno por el otro. Kakarotto contra Vegeta, Vegeta contra Kakarotto, Goku contra Kakarotto.
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De pronto todo era gris, cubierto por esos humos densos de acero derritiéndose en las intensas llamas. Goku brinco entre las altas flamas rojas. En su pecho, encerrado en sus ropas viejas de terrícola, la camelia sin nombre que sobrevivió al fuego del olvido. Acostumbrado a esperar el perdón que nunca dijo, fue siempre, en su miseria un desgraciado, Goku, el héroe sin capa, sin desfiles, sin segundo intentos, sin coros que anuncien sus epopeyas. Un héroe cuyo único poder era el amor, porque la fuerza no era de Goku, era de Kakarotto.
La historia siempre fue de Kakarotto.
Y sus lágrimas se evaporaban al tocar su mejilla. Su sudor ardía como un caldo de aceite hirviendo, la sangre se coagulaba en sus venas provocándole dedos entumecidos y cabezas mareadas de delirio. Cayó de rodillas en mitad de un anillo de fuego donde espero la lenta muerte de la soledad. Balanceándose atrás y adelante, atrás y adelante, abrazándose a sí mismo y a la camelia, atrás y adelante. Atrás y adelante.
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Kakarotto y Vegeta se posaron de frente al otro con los ojos decididos a matar al otro. Sin glorias, sin victorias dulces. Solo la idiosincrasia de la muerte del último de su raza. Kakarotto lo golpeo un par de veces en la cabeza, pero Vegeta seguía de pie y retuvo el último golpe para darle tres golpes seguidos entre las cejas.
La voz de Dende seguía escuchándose entre las columnas ¿Por qué seguían ahí? ¿Por qué no huían? Es que acaso no podían ver el peligro al que corrían. Le dio un par de golpes a Kakarotto, este se arrastró metros hacia atrás, pero regreso a atacar con otros dos golpes a su rival. Vegeta lo golpea. Kakarotto lo golpea. Vegeta le da un cabezazo. Kakarotto le da un cabezazo. Kakarotto reacciona y le da una patada en el vientre bajo al príncipe, el príncipe cae de rodillas, está a su merced. Kakarotto se eleva en el aire prepotente, concentra rápidamente su Ki en alguna de sus dos manos, las que Vegeta no podía ver pero sí sentir. Y la bestia lanzó una poderosa onda de energía similar a la del aura de un Supersaiyajin que con rabia impacto en el pecho de Vegeta que vanamente era ayudado por los gritos de Dende.
Su cabeza rebotó en el cemento glorificado, casi inconsciente aun su instinto pudo escuchar gritos ciegos de desesperación. "No puedo continuar con esto" era Mr. Poopo, poco antes que su leve vitalidad tuviera el coraje de lanzarse contra Kakarotto. Ecos resonaban en sus pupilas moribundas y un tosco vibrar de serpiente subía por su el agujero en la armadura de su pecho. "¡Huya, Kamisama! Se nos ha salido de control" ¿Control? ¿Qué era esto? ¿Una prueba? Acaso fue un juguete todo este tiempo, una marioneta que solo debía pelear cuando se lo ordenaban y cuando fallaba era humillado. Humillado como fue tantas veces por ese ser pobre de escaza fuerza, desde su primera batalla hace tantos años; la herida que le provocó Kakarotto a Vegeta en el pecho, nunca había sanado.
Fingió entonces permanecer inconsciente, hasta que la larga herida de serpiente en su pecho y vientre dejara de arder. Lento sentía al mundo estremecerse combinado a los gritos de Mr. Poopo, que recibía golpe, tras golpe, golpes sin rabia, sin cariño, sin odio y sin amor. Golpes vacíos de un desalmado, de una masa de hormonas liberada sobre la tierra que era el saiyajin en su estado más puro. De repente el mundo rugió cuando otra columna fue rota, Mr. Poopó dejo de gritar y en su lugar solo se oyó una risa de falsa inocencia.
Abrió los ojos, frente a él, el pequeño Namek. Frotaba sus manos frentes a él antes de ponerla sobre su pecho y devolverle la energía que había perdido, le sano las heridas, le curo las vértebras rotas pero no pudo curar la llaga en su pecho. Pues todo guerrero ha de morir con la más horrenda de las cicatrices en su piel sin poder borrarse por ningún poder divino. Y cuando todo su Ki fue restaurado se levantó en humillación con centellas escapando de su aura dorada de supersaiyajin en la fase dos. Y regresó a la pelea pero no peleó por su gloria propia, peleo por acabar con Kakarotto porque ese ser asesinaría a todos antes de que él recuperara su trono de pulenio.
Vegeta concentra su Ki, y luego lo libera, generando una gran explosión alrededor de su cuerpo. Como aquella batalla cuando fanfarroneo de su poder mediante esta técnica provocando la sorpresa de Goku y el temor de Krilin, Gohan y Yajirobe. Atacó a Kakarotto y lo derribó con tanta fuerza que casi todo el piso del Templo Sagrado se desmorono. Pero el otro ser era más fuerte, y con solo ese golpe pudo imitar la transformación del supersaiyajin en su segunda fase. Le arrancó varios golpes al aire que Vegeta esquivaba con dificultad. Mr. Poopo apareció de repente y saltó a la espalda de Kakarotto pero la bestia era indetenible, tomo al ser de un brazo y lo arrojó contra Vegeta, quien lo esquivo con rapidez. Pero ya era tarde para el príncipe, aun con toda su fuerza no pudo esquivar un solo golpe de Kakarotto, quien le repitió el ataque con más rabia aún.
Vegeta le devolvió más golpes pero ya era tarde, Kakarotto ya era más fuerte y no sintió ninguno de sus ataques. ¿O es que Vegeta se hizo más débil? Kakarotto le volvió a patear en el vientre bajo y mientras Vegeta soportaba el dolor de su cicatriz, Kakarotto cargó su ataque final. Colocando sus manos a un costado de su cuerpo, gritó:
–¡Kamehameha!
Le dio a Vegeta directo en el pecho y lo arrojo contra un altar en los pedazos que aún quedaban del Templo. Rompiendo el altar con su figura sepulcral de rey en exilio.
Eso es todo por mi parte, esperen la última parte de este capitulo final en breve... Son los mejores, no os olvideis de ir al cine.
Te ha hablado tu amigo y vecino.
NightMare
