DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS
PARTE III
Vegeta ha sido vencido, ese pensamiento fue fugaz por la cabeza de Raditz. De repente, con el Namek de anfitrión había cruzado el umbral de la muerte y traspasado la frontera más lejana de la humanidad. Ante él se presentaron los restos del Templo Sagrado de Kamisama, sus ruinas flotaban en el aire creando orbitas en declive. El Namek se marchó ni bien vio aquella pintura endemoniada y Raditz, no supo que hacer, ni que decir, ni que sentir. Era un vacío eterno en su corazón, un frío enfermo ¿es acaso esto lo que siente un muerto en el mundo de los vivos?
La materia misma, el viento, rasguñaba su piel. Por un momento supo que el viento estuvo más vivo que él, era la materia chocando contra su falso cuerpo de errante, cruzo los dedos entre la lanza y se acercó hasta el Templo en ruinas. Ahí, un Namek más pequeño que Piccolo se le acercó tosiendo restos de cal.
–Señor Raditz, –dijo– que alegría que allá traído el arma.
Raditz levantó el brazo y posó la lanza sobre su pecho para que el pequeño Namek pudiera verla mejor.
Y entonces, giro su mirada al fondo de aquella habitación deslucida. De donde saltaban ramas tostadas y largas y gruesas columnas colgaban del techo. Se acercó al fondo, hacía aquella silueta deformada sobre el altar. Cerró los ojos, la presencia de Goten se hizo más fuerte. Su habilidad para detectar el Ki aún no estaba perfeccionada y aunque no podía detectar a Kakarotto, podía usar la presencia de Goten para encontrarlo. Se acercó flotando hasta aquel viejo amigo moribundo sobre el altar y le dijo, sin compasión en la voz.
–Vegeta.
–¿Raditz? ¿Qué demonios haces aquí?
–Te iba a preguntar lo mismo.
El Ki de Goten se intensificó, seguro el niño tenía una pesadilla. Miro el guante de su amigo en otros tiempos y observó la sangre escurriendo entre sus dedos.
–Vegeta, tienes que salir de aquí –le dijo sin rodeos. Al levantar la cabeza esa figura de siete flecos se ocultaba donde la luz escasamente llegaba a sus ojos y a su sonrisa de falsa alegría.
–¡Ni lo sueñes! –Vegeta apenas si pudo sentarse, Raditz tuvo que ayudarlo para que sus costillas no terminaran brincando fuera de su pecho. Vegeta lo empujó.
–Esta no es tu pelea… –dijo Raditz– no habrá gloria, no habrá venganza –Kakarotto aún permanecía quieto observándolos, quizá esperando su turno– yo ya no sangró, Vegeta. Yo ya estoy muerto, tú en cambio tienes razones para seguir con vida.
Vegeta miró la lanza que sostenía Raditz. Luego lo miró a él.
–Si vas a usar esa arma no dudes ni un segundo. Si lo haces, yo mismo la usare con ambos.
Y Vegeta se marchó, llevándose al pequeño Namek cargado de un brazo, dejando sólo a Raditz frente a Kakarotto. Y entonces, el viento dejo de soplar, las mareas se detuvieron y la luna perdió su órbita.
…
Piccolo llegó volando hasta donde se hallaba Karin, en las playas de cristal del lago rosado. Cuando tuvo de frente al gato, le pregunto gritándole:
–¡¿Dónde está Dende?!
–Atrapado en el templo, no te preocupes, Vegeta lo defendió bien.
¿Vegeta? La situación solo lograba tornarse más extraña, hilos de títeres destinados a la causa final. Miro debajo de él, ahí los aldeanos del pueblo de Upa, colocando mantas en el suelo y arrancado hierbas del suelo para su líder, inconsciente prostrado sobre una cama de remaches multicolor. Por un costado entre los arboles de cedro rojos, Lunch, con el cabello azul sucio de sangre y lodo curaba a Tien. Piccolo entrecerró los ojos, sacó la botella de debajo de su capa y supo entonces que el plan de los Shin comenzaba a fallar.
Karin ya lo esperaba con una copa de madera en su pata de gato, Piccolo sirvió un poco de la bebida en su copa y Karin, ni bien la olió con su olfato de felino, se apresuró a verter un poco en la boca de Yajirobe, quien despertó al instante gritando por una pesadilla que nunca fue en este mundo. Piccolo subió la botella hasta su quijada, el olor le llegó a su nariz de Namek, era dulce, como un beso de lluvia al despertar una mañana de desasosiego.
–Muy bien, –dijo Karin cuando su copa estuvo llena y hubo de montar su nube dorada– ya que parece que funciona, mejor nos dividimos. Yo iré con Krilin, su familia, Yamcha y a la Corporación Capsula. Tú ve a Paoz y a Ciudad Satan –y dicho esto soltó una risita de criminal.
–¿Qué es tan divertido? –preguntó el Namek.
–Pues… retar a los dioses de esta forma.
Y así Karin se marchó volando en su nube dorada hasta Kame House. Tenía razón, retar a los dioses siempre fue emocionante. Entonces Piccolo levantó su capa del suelo de cristal y ascendió tan alto como la luna y desde ahí pudo ver las montañas y los valles, y entre aquella deformación, Paoz pronunciaba su cordillera. Voló hasta allá sosteniendo la botella que curaría este mal.
…
Raditz levantó la frente de venas sin sangre y enfrentó a su mirada a ver de frente a los ojos del ingobernable. Kakarotto rugió entre dientes al pararse de frente a su hermano. Se reconocieron por el olor dominguero de solados sin uniforme. Raditz levantó la lanza y ese solo brillo entre verde y rojo, se escapó de las pupilas de su hermano. Kakarotto lo golpeo en la frente. Le dio otros tres golpes más, Raditz retrocede soportando el ataque. Kakarotto retrocede e intenta golpear con el antebrazo a Raditz. Sin embargo el de cabello largo fue más rápido, esquivo el último y dejo que Kakarotto siguiera su embestida contra la pared.
Se paró sobre el altar de mármol labrado y dejo la lanza clavada en ella. Cerró los ojos mientras la luz dorada le irradiaba el cuerpo y entonces, el supersaiyajin despertó en él. Se da la vuelta rápido, su cabello rubio ondula con tosquedad, Kakarotto lo ataca por la espalda pero Raditz reacciona e intenta golpearlo en la cara. Kakarotto logró esquivarlo dando un brinco hacía atrás. Raditz lo persigue repartiendo puñetazos que, a falta de valor, nunca conectaron en la piel de su hermano, el que se arrastraba por el aire denso con agilidad. Kakarotto lo golpea en el pecho provocando una explosión amarilla como el Ki de un supersaiyajin que desmorona completamente la habitación y el altar. Y las piedras se desmoronaban alrededor de ellos, la lanza cayó sin gloria hasta la tierra Sagrada de Karin, mientras los escombros cubrían sus cuerpos flotantes en un yugo de solemnidad perpetua.
…
Piccolo llegó a la montaña Paoz, el viento se había calmado y los árboles se reclinaban en paz sobre sí mismos. Su capa colgó suave de sus hombros pero aun así, el frío no se iba, no, el frío le nacía de él, de un sitio en su pecho que no encontraba lugar. Cuando llegó a Paoz encontró un coche compacto rojo con embellecedores plata mal aparcada sobre el pasto a unos metros de la casa de Goku. Piccolo se acercó a la ventana fría del piloto, miro adentro y dijo al conductor:
–Roshi…
Roshi levantó la cabeza del asiento y observo a Piccolo con los ojos medio dormidos.
»¿Qué haces aquí? –le preguntó el Namek.
–Supongo que ambos venimos aquí por la misma razón.
Piccolo entendió, asintió con la cabeza y regresó su camino hacia la casa de los Son, solo entonces se dio cuenta que la presencia de Gohan no estaba en la casa. Se detuvo, buscó a él Ki de Gohan y lo halló kilómetros lejos de allí, en Ciudad Satán.
–No lo harás –le dijo Roshi, lamió sus labios secos en la amargura de su sabiduría.
–¿Por qué crees que no lo hare? –respondió el Namek.
–Ya lo hubieras hecho, Piccolo. Pero no lo harás –tenía su cabeza todavía recostada en su asiento–, ninguno de los dos tiene el valor para hacerlo.
Piccolo miró a la casa y la vio más indefensa que nunca, ante la intemperie del frío esas maderas viejas se desmoronarían sobre la esposa y el hijo durmiendo dentro de ese hogar. Y no pudo moverse por un largo instante de melancolía, las noches son largas en Paoz.
…
Raditz descendió hasta apoyar sus botas en el techo de un palacio flotando debajo del Templo. Desde ahí arriba buscó donde pudo haber caído la lanza, pero era demasiado alto, el mundo a sus pies no reconocía formas, solo colores. Un rayo destripo las nubes y voló a toda prisa contra Raditz. Kakarotto dio un rodillazo en la nuca a su hermano, el techo del palacio donde se encontraban se derrumbó y algunas columnas reventaron. Raditz levantó la cabeza, un ligero olor de mamífero mojado le llegó a la nariz. Un pedazo de yeso le cayó del techo, Raditz lo esquivo girando por el piso, el pedazo de techo explotó al caer en el piso de placas.
Miro arriba y de los escombros de la azotea que aun caían, la silueta de Kakarotto de cabello rubio brincó sobre él. Raditz se escapó una vez más, despertó su Ki de supersaiyajin y cuando Kakarotto pasó frente a él lo arrojó contra uno de los jarrones de la esquina. El agua en los jarrones le quemó a Kakarotto, evaporaba su piel y levantaba vapores chamuscados mientras se retorcía de dolor en el piso. Gritaba de agonía, aullándole a la luna mientras aquellas gotas recorrían su cabellera rubia. Sus gritos fueron tales que incluso las columnas tambalearon de miedo.
Paso un instante hasta que el agua se había secado, Kakarotto se puso de pie al instante, se acerca flotando a toda velocidad hacía Raditz pero este lo detiene con una patada en la cara. Levanta otro jarrón y lo destroza sobre la espalda de Kakarotto, el agua, nuevamente quema a Kakarotto y levanta una nube de vapor de su piel, Kakarotto rugía de dolor hasta que el agua finalmente se secaba.
–¡Ahhhhh! ¡Jahhhhhh! –gritaba su hermano, Raditz solo podía observar sin entender aquel poder del agua.
Cuando paso su dolor, Kakarotto se puso de pie llenó de rabia. Choreando todavía pedazos de piel quemadas, Raditz lo detiene tomándolo de la garganta y lo orilla hasta otro jarrón verde de aguas turbias, arroja su rostro contra el agua mientras las gotas salpicaban en el dolor mundano de la sangre. Kakarotto gritaba, de pronto, una gota de aquella agua cayó sóbrela palma de Raditz, entonces le quemo la piel igual que a su hermano y por su pupila penetro una luz amarga de verdes sabores.
De repente, recordó esa noche, todo era gris metal, cuando la vio por última vez a la eratista de sus amores. En su juventud, años antes de su muerte, ella le gritaba desde su celda de plomo y él, no podía oírla. El recuerdo paso de golpe, tan fugaz como llego. La gota en su palma se evaporo y Kakarotto seguía sumergido en su dolor entre los glaciares de aquella mística agua. Se arrastró lejos de aquel reflejo en el jarrón, lejos de su miseria y de su pasado, esa agua quemaba, quemaba con el dolor del pasado.
Kakarotto se intentaba levantar apoyado en la pared, Raditz se acercó y lo patea hasta reducirlo de regreso al piso y lo patea tantas veces, con tanta velocidad y fuerza, que la pared no resistió más y destapo un agujero en sus cimientos. El pecho y la cabeza de Kakarotto colgaban de ese espacio en la pared, Raditz lo arrastró del Gi naranja manchado de barro y sangre y lo devolvió adentro, su hermano aún tenía gotas en la piel quemada que parecían ya no dolerle. Su mirada lucía muerta, apagada, desconectada del mundo, y en sus pupilas los colores se invirtieron y el celeste dominó el ojo derecho y el negro dominó el ojo izquierdo. Un fresco de ojos cortados por un hilo de sangre.
…
De pie junto a un árbol sereno sus pensamientos. Sus botas se clavaban entre el paso con estacas en la madera, como faros en la arena. Vigilaba, de ojos cerrados, la presencia de sus dos hijos que peleaban en la tierra, Bardock agitó la cabeza, la cinta roja en su cabeza apretaba con fuerza. Y abrió los ojos, una ventiscas chocó su espalda.
–¿Bardock?
Gine apenas si podía caminar, pisaba chueco el suelo deforme y casi cayó más de una vez. Se acercó a ella, Gine se arrojó sobre él y se aferró a su espalda.
–¿Qué ocurre? –preguntó la voz rota de mujer.
Bardock no sabía que responderle, ella ni siquiera debería estar despierta. Ella debería olvidar, ella debía dejar ir el pasado. Kibito Shin se acercó a ellos, en su rostro estupefacto su mirada no pudo quitarle ni un momento a ambos. Gine levantó el rostro hacía Bardock y a sus ojos no pudo mentirle.
–¿Dónde están Kakarotto y Raditz, Bardock? ¿Dónde están mis hijos?
Bardock no confesó, esa fue su respuesta. Gine se apartó de él, apenas soportaba el terrible sueño del viento. Pero así pudo proseguir, los miro a ambos y camino tambaleándose lejos de ellos. Bardock la siguió la abrazó por la cintura acariciándole el vientre y entonces la cargó para salir volando hasta el camino de la serpiente, KibitoShin no se movió, tal vez sabía al igual que él, lo inútil de su escape.
…
Vegeta se tiró de pecho debajo de un árbol y descansó ahí con la cabeza apoyada sobre una raíz sobresaliendo de la roca. En el cielo, destellos se pronunciaron de repente, desde la Torre de Karin derribaron las estrellas, esa pelea, ese dolor y ese encuentro de realidad que poco a poco se fue saliendo de control. Raditz ¿Cómo había regresado? ¿Por qué fue que regreso? Pensaba quizá que esta pelea sería el amargo destino confesado a los dioses años atrás, las viejas leyendas de su padre, sobre esos hermanos que se mataron el uno al otro y de cuya sangre derramada en el lino descendía su familia.
Un ruido de carcajeada se escuchó en la tierra, algunas pequeñas esporas brincaban hacía sus ojos. Al apoyar su oído en el suelo, los gritos fueron tenues, los estallidos de la tierra sin embargo, rugían con más fuerza. Un poco entre los árboles, bajo la luz de la luna un auto rojo aparcó tambaleando por las piedras. Se reclino con el capo pegado a un árbol y un grito de mujer se pudo escuchar desde ese asiento hasta en las piedras del bosque.
–¡Goku!
Vegeta levantó la cabeza, se irguió lentamente. Sin perder la mirada de ese coche, la esposa de Kakarotto salió corriendo del auto se aferró al más alto árbol y siguió gritando "Goku". Vegeta se puso de pie, sus costillas crujieron. Los hijos de Kakarotto, Gohan y Goten, llegaron volando a abrazar a su madre, uno por las rodillas y el otro por los hombros. Se quedaron ahí, con la luz de la luna encendiendo su desdicha. Un bodrio de falsedad, un incordio en la tristona noche y aun, pese a todo aquello, la pena fue, en su mente, un recuerdo constante de su mortalidad.
¿Y si Bulma estuviese en el mismo lugar que la esposa de Kakarotto? ¿Si no fuera Kakarotto, sino él mismo quien hubiese muerto esta noche? Antes no sintió aquello, quizá era que antes, no había visto los ojos muertos que le recordaron a su estirpe. Que le recordaron la muerte no solo la propia sino la de su casta entera. La mortalidad de una familia que vive y muere bajo la misma luna.
–No puedo seguir viendo esto –gritaba Gohan, ese niño. Despertó su Ki y se levantó unos metros del suelo.
Pero Vegeta lo detuvo, se quedó frente a él en su vuelo, no lo dejó pasar.
–Señor Vegeta ¡¿Qué es lo que sucede?! ¡Déjeme ir! –gritaba con miedo, no con furia.
–No lo harás.
–¡Por favor, necesito hablar con mi padre! –el muchacho trato de empujarlo.
–¡Quédate quieto!
Finalmente aquel mocoso termino por desobedecerle y seguir de largo hacía donde se llevaba la pelea. Le empujo chocando con una de sus costillas rotas. Vegeta no soporto más, asestó un golpe en la nuca a Gohan y lo regresó al suelo antes de que la situación empeorase.
–¡Gohan, no! –era la mujer de Kakarotto. Ella corrió hasta estar con su hijo, los miró ahí, como puntos débiles en la fortaleza de su poder. Débiles e insensatos, por debajo él los miro. Se acercó a la esposa de Kakarotto, ella lo miro enfadada, arrugando los ojos, con los puños cargados de una fuerza que ella no tenía. Gohan se volvió a incorporar.
–Tu hijo –dijo Vegeta– ¿dónde está?
–¿Eh?
–El menor ¿Dónde está?
Goten no estaba, no fue volando con su padre, sentiría su Ki, de hecho fue como si el niño hubiera escapado para esconderse entre los árboles. Su madre y su hermano se detuvieron a buscarlo, bien, eso los mantendría lejos. Mientras tanto, Vegeta, firmemente parado en la tundra, aún seguía la pelea entre Raditz y Kakarotto.
…
Raditz Y Kakarotto, supersaiyajin de corazón puro en su abrasión de hierro, habían sobrepasado su pelea a los límites de su sangre, derribaron las columnas de la torre de Karin y un pedazo entero cayó hasta el suelo. Ahora la pelea continúa en el aire, luego de que Kakarotto revirtiera los ataques de su hermano a costa de golpes con el antebrazo y ondas de ki lanzadas por los pies. Raditz flotaba un poco mareado cerca del suelo, Kakarotto se le acerca volando para darle un golpe en el rostro que cruje y relampaguea por un largo minuto. Raditz se ve a sí mismo expulsado metros hacia atrás y a su alma jalando su cuerpo de heraldo.
Kakarotto lo observaba desde lejos, no se le atrevía a atacar, gotas de aquellos jarrones seguían en su cabello ¿ya no le dolían acaso? ¿Acaso esa bestia dudaba? Raditz prefirió no pensar, no dejaría que el miedo le quitase la fuerza de las manos. Regresa volando para intentar atacar a Kakarotto, este lo recibe con un par de golpes, Raditz los bloquea con su antebrazo, pero no puede soportar el último que le quitó el aliento de la boca del estómago. Kakarotto se aleja de él, extiende sus brazos hacia delante y concentra todo su Ki en las palmas de sus manos. Y cuando la esfera de Ki estuvo bastante grande, Raditz fue veloz y se acercó volando a Kakarotto para detenerlo de un golpe en la quijada.
Kakarotto sale expulsado con la cabeza rebotando hacía atrás desde la quijada. Durante su caída, Raditz carga su pierna derecha con el Ki dorado del supersaiyajin y patea la espalda de su hermano. Kakarotto es arrojado hacía el cielo con fuerza, Raditz lo sigue, con su pierna todavía cargada. Pero Kakarotto mimetiza su ataque con solo verlo, lo detiene antes de que pudiera conectar su ataque y le devuelve la patada en la misma zona de la espalda con su pierna izquierda. El golpe le da de tal forma que Raditz no cae al suelo sino que choca con la torre de Karin, dejando en su escándalo esculturas de reptiles decapitadas. Raditz apoya sus brazos en la torre, Kakarotto se le acerca con el puño listo para golpearlo, Raditz lo esquiva y el puño de su hermano dejo una grieta firme en la torre.
Raditz hace un puño entrelazando sus manos, golpea a Kakarotto en la nuca cuando este está distraído. Kakarotto cae al suelo, kilómetros lejos de la Torre, levantando murallas de tierra cuando impactó con el suelo. Y aun así, lejos de sufrir daños, aquella bestia se seguía levantando, Raditz continúa su ataque a costa de patadas en el pecho y en la cabeza tratando de reducirlo entre la espesa tierra. Sin embargo, Kakarotto detiene su última patada con una sonrisa y los dedos manchados de sangre enlodada, formó una honda de Ki que le dio en el pecho al saiyajin de pelo largo.
Raditz gira horizontalmente antes de caer al suelo, se levanta apoyándose en sus rodillas y cuando miró, Kakarotto ya no estaba. Cerró los ojos, dejo que las nubes de polvo le chocaran la cara, buscó a Goten. Estaba más cerca, despierto y asustado, su ki era inestable, a veces bajo, a veces no existía. Encontró a Kakarotto, pero no a tiempo, estaba detrás de él, acechándolo con su respiración de fiera y cuando Raditz lo vio, Kakarotto sujetaba con fuerza su cola, arrebatándole su poder.
Cae de rodillas, recuerdos de una mañana y una pelea en un valle verde. Un día lejano, una muerte sin gloria, y está vez no suplicó clemencia, está vez soportó el dolor y dejo que Kakarotto creyera tener la ventaja. Apretaba con fuerza Raditz seguía de rodillas, con las manos apretando su cabeza ardiendo en mil taladros, perforando sus recuerdos, destripando su cerebelo de grises colores.
Goten… otra vez su presencia, pero esta vez no fue Raditz quien lo buscó. Fue el niño el que lo encontró, le dio fuerza, le dio clemencia, le dio el amor de una familia a la que el renuncio… Goten… pequeño bastardo.
Con las fuerzas recuperadas, Raditz le da un cabezazo a Kakarotto provocando que este le suelte la cola. Raditz se gira inmediatamente y le conecta tres esferas de Ki directo en los ojos. Se acerca a él y lo golpea con rabia, con desdicha, sin honor, recordando el dolor que sintió en su cola y en toda su espalda. Lo golpea, lo deja sangrando, Raditz sigue golpeando concentrándose en la cabeza y en la espalda. Para cuando Kakarotto cayó inerte lejos de él, cerca de un lago rosado. Raditz cerró los ojos y trato de conectarse con Goten.
…
Era una noche fría, la luna y su luz blanca rompían las copas de los árboles y caían al suelo como un pedazo de seda rota. Los árboles eran grises y sin vida, se reflejaba en ellos un fuego interno en sus ojos, un dolor sanguinolento un deseo de aferrarse a la tierra donde nacieron. Cuando Gohan halló a Goten de pie frente a un enorme árbol, fue corriendo a cargarlo, el niño no dejaba de ver la copa de los árboles.
–Goten, no debiste escapar así. Mamá está asustada.
Y aun así Goten no dejo atrás ese árbol, se agitó entre sus brazos para intentar escapar pero Gohan lo sostuvo con más fuerza.
–¿Qué te sucede? –le preguntó.
–Hay algo allá arriba, hermano.
Gohan miro a donde su hermanito miraba, muros de luz atravesaban tenuemente la copa de aquel árbol, hacía el fondo, clavado en una rama: una lanza de resplandor verde irrumpía el frío.
–Necesito llevársela –dijo Goten.
…
Gine interrumpió el palacio de Enma Daioh, varios ogros le agarraron de las muñecas para que no cruzara pero Bardock le abrió paso a su mujer. Gine corrió hasta el gran escritorio del dios, detrás de ella, haciendo una larga fila varios terrícolas cuya piel parecía de barro y vestían plumas y piel de animal. Gine sujeto con fuerza su vientre, el último rasgo de su vida como madre, era pues, entender que ella pudo dar vida entregando la propia.
–Déjame ir –le suplicó con las lágrimas escapando.
–Gine –respondió Enma Daioh– aunque los dejara ir, no hay nadie que pueda llevarlos de regreso. Uranai Baba no está…
–Te equivocas –dijo una voz vieja al fondo, era Urania Baba montada en su esfera de cristal, Gine la había conocido cuando escapo esos días de lluvia– Karin pensó que algo así podría suceder, así que me mando acá. Veo que tenía razón –la miró, le sonrió con cariño– así que ¿los dejaras ir?
–No –dijo Enma Daioh– no los dejare ir.
Gine lo miró con sorpresa, las lágrimas finalmente estallaron como cascada de sus ojos. De esos ojos de niña. Bardock seguía dejando atrás a los ogros, Uranai Baba se le acercó y le tocó la mano. "Por favor" susurró la pobre niña mientras sentía que su cola enrollarse con más fuerza a su cadera.
–Deberías saber Baba –dijo Enma Daioh– que ir en contra de los Shin es algo muy peligroso.
–Lo sé, pero él es nuestro amigo, no merece morir así –respondió la bruja y le tomo con más fuerza la mano– ¡Bardock, corre!
Finalmente cuando Bardock le sujeto la otra mano a la bruja los tres desaparecieron del templo. Cuando Gine dejo que las lágrimas se secaran se encontró en una tundra de árboles caídos y una batalla en los cielos que no tenía ritmo. De repente la niña, grito de dolor sujetando su vientre.
…
Kakarotto le regresaba los ataques, se hacía más fuerte mientras más se alargaba la pelea. Dolía, eran los golpes de su hermano, era la rabia de su hermano. Lo acorralaba contra el suelo, lo arrojaba a los cielo y pesé a todo Raditz no sentía los golpes, era lógico, estaba muerto y no había salido del Otro Mundo por los medios convencionales. Y aun así, la propia rabia con la que su hermano menor trataba de destruirlo era lo bastante doloroso. Lo arrastraba por la piedra, le arrojaba ondas de Ki y le gritaba rugidos convulsionados. Raditz lo esquivaba, hacía un rato tuvo que despertar el máximo potencial del supersaiyajin y pese a eso, Kakarotto siempre lo superó.
–¡Señor! –esa voz, como un viento nostálgico fue directo a su corazón. Goten…
Debajo de él, en la cima de algún pedazo de piedra que se levantaba del suelo, Goten, con los cabellos de robados a su padre, robados a Bardock. Levantaba en ambas manos la lanza de resplandor verde, Gohan, su hermano, tan alto como el propio Raditz. No le quitaba la mirada, entre asustado y dolido.
–¡Ya la tengo, señor!
Se acercó volando a toda velocidad, pues si no llegaba antes. Kakarotto los atraparía y su hambre de poder terminaría por acabar con ellos. Ninguno de los dos se dio cuenta de la maldad en su padre hasta que este arribó la piedra donde ambos estaban de pie, y la pulverizo dejando caer pedazos de obsidiana y hierro molido, los cráteres se hicieron más grandes, aun así la torre de Karin, permaneció de pie. Raditz se lanzó contra Kakarotto para evitar que hiciera más daño, la lanza brincó de las manos de Goten cuando todos cayeron directo al suelo. La punta de la lanza, verde en su idiosincrasia, rasgo el hombro de Gohan.
Raditz notó la pequeña herida cuando se le acercó para comprobar si sus dos sobrinos estaban bien. No le iba a fallar a su madre. Encontró a Gohan cerca a la lanza, la herida tenía un borde de todos verdes quemados en su piel. Sintió que por ahí, se le escapaba la fuerza. Gohan crujió sus dientes y lo empujó, Raditz no dijo nada. Prefirió no hacerlo. Kakarotto los acechaba, podía escuchar su respiración de fiera.
Pero se movía rápido y Raditz no pudo buscarlo con claridad por tener la cabeza preocupada de encontrar a Goten. Así fue, sin que ni él ni Gohan se dieran cuenta, que Kakarotto se armó con la lanza. La tomó entres sus manos llenas de cicatrices y los observó con una mirada impropia. Gohan trato de hablar con él, le dijo algo a lo que Raditz no hizo caso ¿dónde estaba Goten? ¿Estaba bien? Ya no sentía su Ki. Miró a su izquierda, algo sucedió, algo. "mamá" pensó.
Gohan salió expulsado por el Ki de Kakarotto contra una enorme grieta. Se equivocaba, ese ya no era su padre, no podía platicar con él. Kakarotto toma la lanza con ambas manos y se arroja contra Gohan. La luz verde destelló como un espectáculo. Raditz se sacrificó, de todas formas él ya estaba muerto. Se interpuso entre la lanza y su sobrino, la punta verde le perforo la espalda baja y le arrancó la cola. Gohan tenía en su rostro la expresión de la incredulidad… y del amor…
–Lárgate –le dijo, Raditz, soportando el inmenso dolor del ataque de su hermano.
–Explícame… –respondió el niño.
–Ve a buscar a tu hermano y madre… lárguense de aquí.
–Perdón –dijo Gohan y se marchó sosteniéndose la herida de su hombro.
Raditz levanta la mano y carga una electricidad morada y naranja en sus palmas y dedos. Y de esos destellos surge una gran esfera de energía. Se da la vuelta con rapidez golpea al oponente con esa misma esfera que estalló directamente en su rostro cuando le impactó arrojándolo metros lejos de él. Se agito, la mano todavía le hacía cosquillas y finalmente se derrumbó. Raditz está a punto de ser vencido, el dolor, el ardor esa sensación de vació que nacía desde su espalda. Era insoportable, era una forma de agonía dibujada en sus oídos, los ruidos del mundo eran más agudos que rompieron sus tímpanos.
Se arrastró, se siguió arrastrando y el lodo le manchó la armadura, el destello amarillo de la transformación era cada vez más débil. En sus dedos halló rastros de sangre, no era la suya, era evidente, está sangre era verdosa, se le adhería a los dedos. Miro la lanza que cayó de las manos de Kakarotto sobre un pedazo de piedra rojiza. Miro la punta, sangre verde y amorfa, pero no era su sangre, no, era la de Gohan, esa bestia estuvo a punto de matar a su propio hijo. Entones Raditz se pone de pie con las piernas temblando de dolor y frío, con la quijada alta intento no mirar el suelo donde había quedado su cola rebanada.
Pero incluso en su dolor supo afrontar su amor, esa sensación que nació en él cuando su madre lo cargó. Pero que fue enterrando entre la desilusión de un mundo obligado a ser cínico. No ya no más, el amor, endemoniado de alas rotas, le obligó a mirar a su cola, a tomarla entre sus manos y, con una onda de Ki, a pulverizarla.
Ya no más, ya no más debilidad.
Y regresó a la batalla, atacando a Kakarotto en la espalda alta. Empujándolo de rodillas contra una alta pared de piedras blancas y rosadas. Lo arrincona y con quince, treinta, cincuenta golpes lo dejan moribundo a sus pies y la pared blanca y rosa, despedazada. Da un brinco hacía atrás, de pie dejo que sus manos se cubrieran de un resplandor amarillo, pequeñas centellas estallaron de sus dedos. Una lluvia de rayos condensada en sus manos, levantó la quijada, su pose de héroe, el triunfo de su orgullo. No, esa mirada clavada en los ojos de su hermano, no podía hacerlo, era su familia después de todo. Lo dejo huir, no podía seguir torturándose a sí mismo de esa forma. Matar, siempre fue el punto débil de Raditz, un amante encerrado en la armadura de un guerrero. No se consideraba un héroe, el héroe no hubiera dejado escapar a la bestia.
Goten… otra vez. Le pedía que no deje de pelear. Goten ¿cómo ese niño podía comunicarse así con él? Ojala dejara de hacerlo, ojala lo dejaran ser, sin obligarlo cambiar. No era un superhéroe, era un simple saiyajin. De una familia simple, con una vida simple, con una muerte simple. Y así Goten, lo siguió llamando, hasta que no pudo y crujieron sus dientes y cogió la lanza con su mano izquierda para regresar a atacar a Kakarotto. Este lo esperaba, Raditz se vio de pronto, atrapado por rayos morados que recorrieron su cuerpo y le molieron los huesos hasta el punto más fino de sus cabellos.
Kakarotto lo aleja hacía atrás con una patada en el pecho, con su velocidad, la bestia se apareció detrás de él y lo golpea en la espalda. Luego, se apareció frente a él y lo recibió con otra patada en el pecho. Luego, otra vez en la espalda, otra vez en el pecho. Jugo así con él hasta que se aburrió y lo arrojo contra el piso con un golpe con el talón. Kakarotto abrió sus palmas. Raditz había dejado una marca profunda en el suelo, con la boca tragando sedimento. Kakarotto, lo mirada, ya no eran los mismos ojos de antes. Kakarotto siguió con las palmas abiertas, quizá burlándose de él. Discos de Ki nacieron de los dedos de aquella bestia que sin piedad acercó a la herida de su cola.
Raditz pese a todo nunca soltó la lanza, así que cuando los discos de Ki cerca de su herida ya eran insoportables; corto un pedazo de piel en la pantorrilla de su hermano. Lo que derribó a la bestia y lo alejo unos metros de él. Raditz se levantó para quedar flotando en una grumosa sed, sed, simple sed. No lo entendía, de repente, tuvo la necesitada de la carne. Pero cuando pudo ver con claridad, Kakarotto había colocado sus manos a un costado de su cuerpo mientras una esfera de Ki se iba haciendo más grande entré sus palmas. Pero Raditz puso ser más veloz, dejo la lanza clavada en el piso y se acercó volando a Kakarotto. Le tomó del brazo derecho e inmediatamente lo golpea en su codo. Un hueso traqueteó, probablemente le había roto la articulación.
Kakarotto gritó adolorido, Raditz toma el brazo de su hermano otra vez y lo golpea con su rodilla. El brazo se dobló en sentido opuesto al natural. Kakarotto gritó otra vez, escupitajos de sangre cayeron hasta el suelo. Y Raditz toma su otro brazo, carga energía dorada en su pierna y, de un giro le golpea en el antebrazo. Parte de su hueso se rompió y sobresalió como tumor en la piel de su hermano. Kakarotto gritó otra vez, tan fuerte que incluso se levantaron las piedras a sus pies.
Finalmente decidió arrojarlo de regreso al piso, donde tendría la ventaja. Con la cima a su favor y los vientos soplándole en la cara, derribó a Kakarotto quien cayó de frente al suelo corriendo en sus gemidos aturdidos. Intento apoyarse en sus brazos, no podía, Raditz tenía la ventaja sobre la bestia. Y lo pateó en el codo para provocarle una vez más gritos de dolor. Kakarotto otra vez, como animal herido intenta huir, atacarlo, hacer algo de su cuerpo destruido pero no podía. De un tirón la bestia se zafó de su agarre y salió volando lejos de él.
Y pese a eso, Raditz se confió, Kakarotto huyó, con los brazos rotos colgándole de los hombros marchitos. Se alejó en la tempestad de la noche, hasta donde la Torre aún se sostenía sobre sí misma. Y con la fuerza de su corazón y el coraje de un amor sin fin, Raditz fue capaz de tomar la lanza y seguirlo, sentenciando así el destino de ambos. La muerte en violencia de los ingobernables.
Algo débil, Kakarotto, trato de defenderse con su brazo izquierdo cuando Raditz ya lo había alcanzado no muy lejos de la Torre. Raditz simplemente se apartó, dejo que el débil golpe pasara y siguió su marcha. Finalmente ambos llegaron a la cima, a los restos del Templo Sagrado, a ese enorme patio donde apenas si había columnas y jardines pequeños. Kakarotto cayó de rodillas en el centro, apagado bajo la luz intermitente del patrón estelar del cielo. Tan pequeño en un mundo tan grande, de estrellas y figuras infinitas, Kakarotto, Goku, el héroe, era sólo un ser finito.
Raditz lo golpe con el mango de lanza para tenerlo completamente a su merced, Kakarotto aun así nunca se rindió. Luchaba con cada gramo de sudor en su frente y la adrenalina convertida en rabia. Le arrojaba ondas de Ki que Raditz expulsaba con la lanza hacía los jardines o la pequeña entrada al centro del Templo. Y ahí, al tenerlo tan cerca, tomo con fuerza el mango. Nunca supo si fue por accidente o es que acaso se había cortado el mismo, pero la lanza se clavó en la palma de su mano derecha y por primera vez sangro. Y ese espectáculo de aguas rojas que se escurrieron de su mano fue alucinante, lo despegó del suelo y mil bagres se escaparon de su mano. Sangre, nunca había sangrado desde su muerte.
Siguió acechando a Kakarotto, no dejaría que ese rastro rojizo le detuviera. Debía protegerlos, incluso si en el acto, su ser desapareciera enteramente de la faz del universo, sumergido en la nada. Por primera vez en su vida, Kakarotto y Raditz sintieron autentico miedo a la nada. A unos pasos de Kakarotto este lo pateó en las costillas tan fuerte que alguno le perforo el pulmón y Raditz sintió que el aire se le escapaba, que entraba y salía de su cuerpo como no hubo de sentir antes ni después en su muerte. Una onda de Ki explotó en su cara, Kakarotto ahora se puso de pie, Raditz dejaba un símbolo de sangre apenas legible en el piso, en su dolor y en su alma.
Kakarotto toma la lanza, con ella le corta el cuello y el pecho a Raditz. La sangre escapaba cálida de su ser, era felicidad, era vida y era muerte en un solo coctel. Era el beso del amor con sabor a membrillo, era el recuerdo imperfecto de su eratista. Kakarotto levantó la lanza y la apuntó directo al pecho de su hermano. Era el fin, era quizá el final menos poético de los dioses.
–¡Basta, Kakarotto! –dijo una voz ronca.
Bardock intervino, ventaja y desventaja, detuvo con su brazo de supersaiyajin el pasar de la lanza. El leve resplandor de su presencia asustó a Raditz. Bardock se arriesgó por él y aun así no pudo detener a Kakarotto. Pues este era más fuerte y temible, lo cargó estrangulándolo del cuello y luego lo arrojo al otro lado del Templo. Le atacó con patadas en el pecho que Bardock no pudo evitar y una patada en el bajo vientre. Finalmente, cuando su padre estuvo vencido, Kakarotto lo fulminó con un Kamehameha que lo dejo destruido a unos diez metros de Raditz. Y así cayó el guerrero, rápido y sin gloria, no ameritando más de noventa y tres segundos en batalla.
–¡¿Qué demonios haces aquí Bardock?! –le gritó Raditz.
–Solo quería ayudar –dijo en un susurró que Raditz no pudo oír, pero sí entender.
–¡Solo querías hacerte el héroe! –le respondió a gritos– ¡Es lo único que buscas! ¡No te interesa ni Kakarotto, ni yo, ni mamá! –Se puso de pie, no iba a ser derrotado igual que su padre– ¡Pues si de verdad te preocupa ser un héroe! los nietos de tu mujer y la mujer de tu hijo están perdidos en el bosque.
…
Bardock tuvo que marcharse de pena, acosado por una irrealidad que lo consumía. Que devoraba en él el ligero rastro de humano que en algún momento pobló su alma. Se arrojó al piso, al borde un inmenso cráter y escuchó pequeños ruidos persiguiéndolo por la espalda. Se sentó y los ruidos se hacían fuertes y de repente, nada. Era un silencio absoluto, absurdo como lo es escuchar, ver o palpar con los sentidos. No quiso esperar, se puso de pie y al darse la vuelta veinte hombrecitos con la piel roja le apuntaban con lanzas.
…
Amor… lluvia. Sed. El fuego de su dolor se calmaba con lentitud. Paso a paso, la lluvia apagaba el fuego y le decía "Ya estoy aquí, mi niño".
…
Gine no supo qué hacer cuando se quedó completamente sola, sin fuerza ni energía para ir a buscar a sus hijos. Le dolían las piernas y le temblaba el corazón, un corazón que ya no latía más si respiraba ese aliento espectral que hemos llamado alma. El éter eterno por donde todos somos lo mismo, por donde todos disfrutamos y sufrimos males de amor.
Un pequeño niño se le acercó, le quitó las manos de los ojos y cuando ella lo vio no pudo más que abrazarlo. Tenía esos siete flecos de Bardock, esa sonrisa de Kakarotto, esos ojos de su tío. Lo abrazo hasta que parecía que el niño se deshacía en sus brazos.
–Señora… por favor suélteme –le decía el niño. Ella sólo le lloraba.
–Goten… ¿ese es tu nombre verdad? –lo soltó y lo tuvo de frente, con los ojitos pequeños tan parecidos a los de Raditz que diera la impresión que se los hubiera robado al nacer. Él lo miraba y tal vez hallaron el uno en el otro el éter de su alma, pues Goten le sonrió, le tomo de la mano y la llevó donde su hermano. A él también lo abrazo y no necesitaron explicarse cuando se vieron a los ojos, que la conexión, perdida hace tantos años les regreso al alma.
Los tres fueron volando hasta las playas de cristal de un lago rosado. Donde encontraron a Milk, la esposa de su hijo quien al igual que los dos solo basto con que le mirase a los ojos para que se comprendieran un instante. Y entonces un grupo de indígenas de piel roja trajeron a Bardock hasta donde estaba un pequeño hombrecillo de piel verde.
–Bardock –le dijo Gine– ¡¿Qué demonios…?!
–Estoy muy bien, gracias por preguntar, Gine.
Gohan se acercó a ambos, los observó juntos tratando de no entender. Pues no quería saber o prefería no comprender. Ya luego, tendrían tiempo de explicarse.
Ese poder, ese simple acto. Esa mirada cargada de éter era la clave con la que ni siquiera los dioses contaban para detener esto. El poder sin amor es peligroso y abusivo, el amor sin poder es sentimental y anémico. El mejor poder es el amor que implica la petición de justicia y la mejor justicia es el poder de corregirle todo lo que pone obstáculos al amor.
…
Raditz se pone de pie en ese momento, el viento agitaba su cabello. Kakarotto estaba frente a él, a solo centímetros, lo batía duelo con solo mirarlo y le degolló el rostro con el rugido de su aliento. Raditz consigue esquivar algunos puñetazos que Kakarotto le arroja y luego una serie de ondas de Ki. Kakarotto le intenta dar una patada en el estómago, Raditz toma su pierna con un brazo antes que siquiera lo toque y lo arroja contra el suelo que cayó hecho pedazos hasta la habitación de las columnas colgantes.
Ahí donde el altar, donde la batalla comenzó habría de terminar. Sin sed, sin hambre, sin dolor y sin frío. Kakarotto se puso de pie. Raditz cayó frente a él con la lanza en el puño izquierdo y en la estrepita disonancia nocturna Kakarotto sostuvo su mano derecha frente a Raditz y forma una esfera de energía de color rosa. Saturday Crush… aquella técnica que el propio Raditz le había enseñado a Kakarotto. Pronto Raditz se vio envuelto en aquella luz rosa y no le quedo de otra que juntar sus dos manos a un costado de su cuerpo, dejando caer la lanza al suelo, inclinarse ligeramente con las rodillas flexionadas y decir, decir a sí mismo y a Goten… "Kame… hame…"*
–¡Ha!
Su KameHameHa fue mucho más veloz que el ataque de Kakarotto. Le dio directo en el pecho y aunque Kakarotto trato de resistirlo. No pudo soportar, salió volando del Templo empujado por la poderosa onda de Ki y cayó en medio de cristales molidos en su sed de agonía. Raditz se le acercó rápido, llevaba consigo la lanza, la cicatriz de su cola ardía. Quemada el dolor, de las pitonisas su voz y el aroma de la noche reflejada en ese lago rosado. Fueron en esos débiles segundos, un hermano el héroe incrédulo y el otro, el villano asustado.
Raditz tomó la lanza entre sus dos manos, apuntó al pecho de Kakarotto y le dijo:
–Lo siento, pero tengo que detener esto… te quiero hermano.
–¡Raditz, no!
…
Y las gotas de cielo apagaron el fuego, Kakarotto lo miraba sin saber qué hacer. Un poderoso estallido de luz dominó el cielo entero. Goku levantó la cara, se dejó empapar y le dijo Kakarotto, que era el mismo sin serlo. Que ambos la amaban por igual, a ella, a la primera mujer que los cargó para protegerlos del miedo. A ella, a esa voz que progresando en el cielo les susurraba canciones y detuvo el fuego del olvido con la dulce lluvia con la que toda madre calma el llanto de un hijo.
…
Gine gritó, Raditz no pudo continuar con la intempestiva de la lanza que iba directo a su corazón. Goku reacciono, lanzado su pecho hacía adelante, viniendo hacía él una luz trémula a penas risible. Llegaba ya, con un golpe apasionado de débiles sonatas, como un enjambre de sedientos fotones. Y en sus ojos se dibujó un amanecer en mitad de la noche cerrada, la claridad le invadió el alma, le agitó las piernas y los brazos y no le dejo hablar por un segundo.
–¿Qué…? ¿Qué sucede?
–Feliz navidad, Raditz –le dijo cuándo pudo hablar y Raditz, su hermano, fue el que pudo oír sus primeras palabras.
Por piedad las sombras murieron una a una. Raditz le sonrió, una sonrisa verde que aunque dolía, le llenaba de fulgor, de vitalidad. De resplandor y de libertad. De repente la luz, la claridad ya no eran más un sueño, nunca más. Ya no era un esclavo de su oscuridad crecida en su cabeza. Ya no volvería escapar, ya no. Se puso de pie y su hermano tuvo que ayudarlo y cuando el éter finalmente chocó entre ambos, brincó a darle un abrazo.
Y la luz se le quedo en las retinas y no volvió escapar. No se iría su sol, quería recordar, recordar buenos o malos momentos, recordarse a sí mismo en la estrepita somnolencia de existir. Como ayer y como hoy fue corriendo por las piedras de cristal a abrazar a su madre. Quien se aferró a su cuello deseándolo nunca perderse el uno al otro. Ven claridad, trágate esa oscuridad.
–¡Feliz día, mamá! –gritaba Geoge Bailley de siete flecos. Gritaba felicidades a todo el mundo, a los indígenas, a Lunch, que le respondió con una sonrisa, a Tien y a Upa quienes a penas se podían reanimar. Felicitó a Karin quien le invitó una de las Semillas que había traído consigo, felicitó a Dende, quien sonrió con dolor. Felicitó al Maetro Roshi y este salió de su auto rojo a darle un abrazo. Felicitó a Vegeta quien se escondía en un rayo de oscuridad. Mientras Goku era feliz, ligeramente, por el simple hecho de ser hoy y de existir.
El soñar lo estuvo por matar y sin embargo, pudo soportar su pesadilla hasta el fin. Hasta que su madre y su hermano lo salvaron. Esperando siempre la misma forma de la oscuridad tenebrosa, que lo tomo como esclavo; pensó, en su felicidad mundana de ser: "Necesito tu luz". Era ella, era el amor propio, la fuente humana con la que combatimos el mundo sediento de gloria y autorrealización. El humano no se conocerá nunca a sí mismo, ni alcanzara la perfección hasta que se haya dejado consumir por el amor. Hasta que sus deseos y su ambición sean disueltas en el coctel del amor, que era ella, las alas que el cielo le había prometido.
Milk al principio tuvo miedo, pero cuando se abrazaron, todos juntos en familia, no supieron que ese mal ya había terminado, que el cielo volvería a ser azul. Goku se sintió un poco mejor, mejor. Ella le llenaba la ventana de luz, la ventana de sus ojos, cristales molidos que siempre la recordarían, tal vez no su nombre, ni su piel, ni su aroma. Pero siempre recordaría su luz.
Raditz se le acercó, su madre y su padre, también. Les miró, les sonrió con tanta dulzura que no cabía en sus dientes.
–Mamá… –dijo, tomo a Milk de la mano– ella es.
Gine no le dejó terminar, simplemente los abrazó a ambos y les dijo al oído que estaba orgullosa de ambos. Dejo de moverse mientras Milk le sostuvo con más fuerza la mano.
–Ella se llama Gine, Milk. Ella es mi mamá.
Gine se apartó de ellos. Dio un paso al costado y Bardock, su padre, apareció detrás de ella. Le sonrió de medio rostro y bajo la cabeza, a Goku le tomarían cinco años entender porque esa nueva actitud.
–Y él es mi padre, chicos –le dijo a sus hijos– Bardock, quizá la persona más estricta que he conocido.
Y finalmente llegó, el turno de Raditz.
–Hola… –dijo su hermano. Su mamá estaba detrás de él dándole ánimos y reproches.
–Papá –dijo Gohan, se notaba claramente su disgusto.
–Gohan, Milk… sé lo que sucedió con Raditz en el pasado. Pero entiendan que también es mi hermano y al final somos hijos de la misma madre… Gohan, nadie tiene el poder para llamarte héroe o villano. Nadie.
Fueron, en su corta vida de diecinueve años, las palabras más sabías que dijo. Milk lo abrazó con fuerza, más fuerte que ayer y menos fuerte que mañana que esos abrazos y esa impresión que dejaba ella en sus sentidos, cada día era más poderosa.
Pero la felicidad, cual impresión etérea, era una pasaje entre la divinidad y la humanidad. Corta, como solo son las gotas del roció. Goku seguía abrazando a Milk cuando vio que su hermano lentamente perdía su cuerpo terrenal, que lentamente se iba de él. Y lo miró con cierta angustia, con los huesos de la mano crujiendo de frío. Luego miro a su madre, a su padre y ambos también se alejaban de él, estiro la mano hacía Gine y ella estiro la suya hacía él.
–Nos escapamos del paraíso, por eso no creo que nos quedemos mucho tiempo –dijo Bardock.
–Pero… eso es imposible.
–Creo que deberías estar seguro Kakarotto que, por la familia, seriamos capaces de romper las reglas de los cielos –le dijo Raditz, le soltó una sonrisa marcada en sus labios que él respondió de la misma forma. Gohan, Goten y Milk se despidieron de su familia con un adiós y Goku, en cambio, se le enternecieron los ojos y un débil suspiro se le escapó de la garganta.
–No es como si no nos volvieras a ver –dice Raditz– somos tu familia después de todo.
Gine fue la última en irse, se acercó a Gohan y a Goten los abrazó y luego se acercó a Milk. "Eres la mujer que siempre soñé para mi hijo" le dijo. Finalmente ella fue consumida por un viento taciturno que levanto la hojarasca hasta sus pies y en su melancolía de ser felices y justos se quisieron el uno al otro, madre e hijo.
–No importa dónde este, tú siempre serás mi madre.
–Y tú vivirás en mi corazón.
Ellos e fueron, pero volverían pronto. Su historia no ha terminado. Raditz ahora es un nuevo y flamante héroe.
…
Se recostó en la base de un árbol a esperar el amanecer. Espero a que el día pasara para ir a la Corporación Capsula, Karin anticipaba una sorpresa para él. No sabía que era pero ese fututo no importaba, no podía esperar nada de él porque no quería, porque lo extraordinario nace en los ojos de un niño que no espera nada de una vida que apenas aprende a conocer. Acarició la raíz del árbol en la que estaba sentada, se frotó del frío y espero a que ella, su luz, regresará con él. Le abrazó de la espalda y le dijo.
–Tienes una gran familia, Kakarotto.
–Para ti, Milk. Sigo siendo Goku, aunque en realidad creo que no importa… –miraron juntos el nacimiento del sol– los voy a extrañar.
–Donde sea que estén, Goku, ellos estarán contigo. Eso es lo que tú me enseñaste. Las personas que nos aman, viven para siempre en nuestro corazón.
Las palabras de Milk cobraron un mayor significado cuando todos llegaron a la Corporación. Donde Bulma, Krilin y Yamcha habían estado organizando, desde la medianoche cuando Karin los despertó con ese veneno verde, la fiesta de cumpleaños de Goku nunca pudo recibir. Que lo festejaban de tenerlo consigo y de simple y burdo hecho de existir.
Esto es todo. Finalmente ha acadado. (si buscan complementar la historia, les recomiendo que lean mi fic: Book of Genesis). Esperen las continuaciones de esta historia. Gracias por estar conmigo en este viaje y... adios.
