Parte II

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Silencio, la habitación quedó súbditamente en silencio. Algo predecible, sin embargo no perdurable. Sabía lo que venía a continuación, lo había visto muchas veces cuando se habla de estos temas, los impactantes, palabras que no esperabas escuchar o que no deseas saber. Los pasos eran simples a partir de ahí. Primero sorpresa, sus ojos y los casi imperceptibles gestos de su rostro se lo habían mostrado en el instante en que las palabras fueron escuchadas, ese era el primer golpe, el que no veías venir.

El segundo, es la negación inmediata; es curioso lo que la mente de las personas hace cuando ve, siente o escucha algo que no es de su agrado, tiene la costumbre de no aceptarlo, de creer que es una mentira o falso, curiosamente es la misma reacción cuando algo bueno pasa; tal vez es un mecanismo de defensa que poseemos para evitar el daño, la decepción o el dolor, tenemos la costumbre de negarlo como verdadero.

Observó como la sonrisa se formó en sus labios dejando salir un pequeño bufido que se puede interpretar como un gesto de burla e incredulidad juzgando que se trata de una broma; una parte de ella tal vez lo veía así, por eso la sonrisa se creó fácilmente e increíblemente de manera dulce y tranquilizadora, algo tan característico de su nieta cuando estaba de muy buen humor, pero estando en la etapa de negación que era natural que reaccionara de esa forma. En este segundo paso depende mucho de la persona que te ha dado la noticia o te ha contado tal hecho impactante si permanecer en la negación o aceptarla, y precisamente, siendo ellos quienes estaban ahí en ese momento, pudo apostar con seguridad que por unos escasos segundos la maestra agua dudó si sus palabras eran falsas.

Alzó la mirada, cuando sus ojos azules se encontraron de manera silenciosa sus dudas se disiparon rápidamente. Ella lo había entendido, no había escuchado mal y ahora sabía que hablaban con seriedad.

En ese momento cuando medianamente es aceptado lo dicho es cuando entra el tercer paso, la explicación, esto sirve para afianzar las palabras dichas bajo un contexto real; de esta manera es que se crean las bases, los antecedentes de la primera noticia y que finalmente se demuestra la autenticidad de lo que se acaba de hablar. Es ahí cuando la persona realmente se convence y acepta que todo es real, no una mentira, o en este caso una tomadura de pelo.

El té en sus tazas comenzó a congelarse y el cambio de temperatura se hiso evidente. Ella no hiso ningún movimiento físico, lo que indicaba que no lo hacía conscientemente, pero su elemento delataba de manera silenciosa el cambio de humor que estaba experimentando. Ésta reacción lo tomó por sorpresa. Pakku sabía que su nieta no era alguien fácil de tratar cuando se debatía un tema en el cual no estaba de acuerdo, sin embargo y pese a sus predicciones echas antes de llevar acabo esta conversación, le parecía increíble que el enojo, y tal vez indignación, eran las emociones dominantes en la joven maestra agua. Ella no lo demostraba abiertamente, pero resultaba perceptible a sus ojos y sentidos.

No era una buena señal.

Miró a Iroh rápidamente, era momento de pasar al paso tres, tendrían que explicarle. El hombre del té entendió rápidamente. La atención de su nieta se dirigió a él, sabía que iba a hablar nuevamente, pero el semblante que mantenía era extrañamente en guardia, como si estuviera lista para atacar al mínimo movimiento. Estaba a la defensiva y se preguntaba por qué.

En el momento en que Iroh abrió la boca las puertas del salón privado se abrieron de repente, el Señor del Fuego hiso acto de presencia silenciando a todos al instante.

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–¿Qué están haciendo?

Katara no tuvo que adivinar que el maestro fuego estaba de mal humor. Había conocido a la perfección esa faceta de él que le resultaba fácil reconocerlo aun cuando trataba de contenerse y fingir lo contrario. Los orbes dorados que parecían brasas ardientes se fijaron en ella. Casi podía sentir que le transmitía calor con su mirada.

–¿Qué estas haciendo aquí Katara?

No era la manera correcta de dirigirse a ella, especialmente después de no haberse visto en mucho tiempo. Era grosero y en definitiva su pregunta y el tono severo en que lo dijo no era el adecuado para un recuentro entre amigos. Pero en ese momento los buenos modales quedaron en segundo lugar. Ella tampoco estaba feliz.

–¿Tu sabías de esto?– le preguntó suavemente, casi se sorprendió que no le gritara en reclamo o demostrara tanto enojo como él aparentemente tenía.

La forma en que su viejo amigo tensó la mandíbula y el nuevo brillo en sus ojos fue suficiente respuesta para ella.

–¿Crees que dejaría que planearan un compromiso a mis espaldas?– las palabras dirigidas a su tío, su molestia mas que evidente – Pero ahora veo que incluso la persona en quien mas confío es capaz de tomar decisiones que me incluyen sin mi consentimiento actuando bajo sus propios fines egoístas.

El maestro fuego apenas y podía calmarse, el propio enojo de Katara pasó a segundo lugar por las palabras escuchadas. Había visto a Zuko molesto muchas veces, e incluso furioso, ella misma había sido blanco de ese estado de ánimo así como él del suyo, pero nunca lo había visto de esta manera, existía algo mas allá de su evidente enfado; estaba herido, traicionado. Por la reacción en el rostro de su tío entendió que resintió sus palabras fuertemente, lo notó, pero no pudo sentir ni lo mínimo de compasión hacia el hombre del té, se sentía igual que su sobrino.

– Acompáñame Katara.

No dudó en levantarse e ir a su lado, Iroh inmediatamente quiso decir algo, pero la severa mirada que le propició Zuko fue suficiente para callarlo. En el momento en que la puerta se cerró a sus espaldas una pequeña escolta los rodeó mientras avanzaban por el amplio pasillo. Ambos caminaban en silencio a paso firme, como una manera en que sus cuerpos demostraba el enojo compartido.

Ni en los mas remotos sueños pensó que cuando Iroh la invitó a la Nación del Fuego sería para decirle que se casara con Zuko – Vaya asunto importante del que tenía que hablar – pensó con disgusto. Porque fue una total ofensa y desfachatez que la llamaran solo para eso. Lo único rescatable es que aparentemente Zuko tampoco estaba de acuerdo con dicho arreglo, solamente por la manera en que le respondió a su tío y su conducta de hace unos momentos daba por sentada su opinión al respecto.

Pero sinceramente ¿En que diablos estaban pensando en tramar algo tan estúpido como un matrimonio arreglado entre ellos? En verdad debían de estar locos. Además, la manera en que se lo habían dicho, daban por echo su unión y solo la habían llamado para notificarle quien sería su próximo marido; el echo de que su abuelo estuviera ahí confirmaba que estaba de acuerdo.

Varias preguntas se formaron en su cabeza ¿Desde cuando habían planeado esto? ¿Su padre lo sabía? ¿Contaba con su aprobación? Cada vez le resultaba difícil respirar y sus uñas se clavaban en la carne suave del interior de sus manos por la fuerza que ejercía en el puño cerrado. Las posibles respuestas a esas preguntas solo incrementó su enojo.

Solo hasta que el sol le causó molestia en su rostro fue consiente de su entorno. Caminaban por los pasillos laterales del patio privado. Dejó que su mirada paseara sobre el lugar, casi se dispuso a disfrutar de la vista de no ser por el apresurado andar de su amigo que le incitaba a seguirlo, no sabía a donde la estaba llevando y siendo honesta no le importaba, solo quería dejar atrás la conversación que acababa de suceder.

Sus manos se abrieron y la tensión de su propio agarre la abandonó. Observó de nuevo el paisaje tratando de que su mente se distrajera. Había partes que no recordaba en absoluto ¿Siempre fue tan grande? El muro de piedra que se dejaba ver a lo lejos apenas era perceptible por las copas de los árboles frondosos, esomas bien parecía un bosque y no un simple patio trasero. El sol moría en el horizonte y los últimos rayos de luz creaban la ilusión de que todo estaba en calma. Recordó que los atardeceres en la Nación del Fuego eran hermosos.

Su vista se posó en la persona que la acompañaba. Observó de reojo a su viejo amigo. Habían pasado casi cinco años desde la última vez que se vieron, hubiese sido menos de no ser por su ausencia durante la boda de Sokka el año pasado.

Su enojo se esfumó casi por completo al prestarle atención al ahora Señor del Fuego. Ella había sido la única de sus amigos que no había podido verlo en todo este tiempo. La restauración del mundo durante los primeros meses al final de la gran guerra fue tediosa y cansada, una tarea aun en proceso; pero tanto Zuko como Aang se estaban encargando de todo, el maestro fuego en su nación y el maestro aire en el resto del mundo. Sokka y Toph acompañaron al monje los primeros años mientras que ella se quedó en su tribu, al lado de su padre y sus abuelos tratando de devolverle la gloria perdida a la antigua ciudadela de hielo. De vez en cuando viajaba al Reino Tierra ayudando con algún problema o prestando sus servicios de curandera, que era para lo que mas la solicitaban, pero nunca volvió a pisar la tierra del fuego después de la coronación de su amigo al final de la guerra.

Zuko es un gran hombre. Él ama mucho su nación.

Esas habían sido las palabras de su hermano después de la última vez que lo había visto. Le hiso una visita para invitarlo personalmente a su boda, aunque no asistió, Sokka no se ofendió al respecto, sabía que no estaría presente; comprendía el gran trabajo que estaba llevando acabo, pequeñas salidas fuera de su país eran lujos que su amigo aun no se permitía.

Nunca pensó que Sokka lo describiría con tales palabras, pero siendo honestos su hermano había cambiado bastante, aun seguía siendo un poco idiota, pero la madurez lo había alcanzado y su forma de pensar y actuar dejaba en claro en el hombre en que se estaba convirtiendo, en el próximo líder de la tribu.

Él ama mucho su nación.

Se sintió identificada con esas palabras, ella también amaba su tribu, por eso le había dedicado tantos años a su restauración, engrandecerla y fortalecerla, en convertirla en un mejor hogar para su gente. Sonrió por unos momentos, un recuerdo que llegó a su mente.

"Ambos nos dedicamos a la reconstrucción de nuestras naciones. Espero que construyas una fortaleza fuerte, la última la destruí fácilmente con mi barco"

Le había escrito una vez. Tal vez sus cartas no eran muy a menudas, pero en ellas ambos lograban mantenerse en contacto pese a la distancia. Resulta increíble como siendo enemigos llegaron a formar una amistad. Atrás en el pasado quedó el príncipe que los perseguía y la maestra agua que se negaba a aceptarlo.

Y ahora es el Señor del Fuego.

Lo observó de nuevo, su porte, su andar, la majestuosidad que su persona dejaba ver de manera natural, imponente ante todos. A quien veía era alguien completamente diferente a la persona a la que recordaba.

Físicamente había cambiado demasiado, era tan alto, tal vez igual que Sokka, pero en definitiva mas que Aang. La cortina de cabello negro caía suelta por su espalda, una parte de él estaba acomodado de manera que la corona descansaba en un sencillo recogido en lo alto de su cabeza. Se veía fornido aunque sospechaba que se debía a su elegante vestimenta. Trató de recordar cuando usaba colores verdes, como un refugiado del Reino Tierra, o cuando estuvo con ellos entrenando a Aang, pero le fue casi imposible compararlo con los viejos recuerdos de su persona antes del final de la guerra con su imagen actual.

Sus ojos azules recorrieron de nuevo su rostro, era más cuadrado y varonil, sin lugar a dudas el maestro fuego había cambiado bastante, sin embargo, y en ese momento se dio cuenta de cierto detalle en particular.

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Zuko estaba tan furioso que con seguridad tarde o temprano terminaría incendiando algo, o así mismo. Desde el momento en que le informaron que cierta maestra agua estaba en el palacio y reunida con esas dos personas en especial, sintió que el alma salía de su cuerpo solo para ser suplantada por una sombra de enfado. Desde el instante en que la vio dando por echo su presencia su enojo se disparó aun mas, muy en el fondo esperaba que ella le dijera algo como –"Hola, he venido de visita, ¡Ha pasado tanto tiempo!"–Pero su deseo no sería cumplido, la pregunta que le hiso solamente confirmaba sus sospechas.

No podía creer la osadía de su tío. Cuando todo este asunto del compromiso salió a la luz él simplemente se opuso rotundamente. Jamás permitiría que tremendo plan se llevara acabo, era simplemente absurdo y estúpido; pero ni en lo mas profundo de su mente creyó que el hombre desvergonzado que tenía como tío tuviese la gran idea de traer a la maestra agua a la Nación del Fuego a sus espaldas, y lo peor de todo es que Pakku lo estaba apoyando. Lo único a su favor es que al parecer intervino a tiempo, ella estaba molesta, demasiado perceptible a la vista, lo cual era bueno…

Una sucesión de risas lo hiso despabilar, volteó a ver a su acompañante, se había quedado unos pasos atrás. Contrariado por su inesperada acción detuvo su andar.

–¿Qué?– simplemente preguntó, no encontraba donde estaba la gracia o que la estaba haciendo reír de esa manera.

– Es que…– comenzó a hablar entre sus risas –¡No has cambiado en nada Zuko!– para ese momento ya tenía ambas manos sobre su boca tratando de mitigar inútilmente sus carcajadas – Desde que te conocí siempre tenías esa expresión en tu cara, molesto y serio – trató de imitarlo, aunque solo duró unos segundos antes de cambiar su expresión a una risueña – ¡Y no ha cambiado para nada! – terminó de decir mientras continuaba riendo – A este paso tendrás arrugas más rápido que yo.

Por un momento su rostro fue de total asombro que después pasó a uno de calma y ligera alegría. Una sonrisa se situó en sus labios, cuando ella dejó de reír ambos se miraron por un momento; sin esperarlo la maestra agua se acercó a él y lo abrazó, se quedó tenso por unos segundos, pero sin importar que su guardia lo viera realizar tal acto íntimo correspondió a su abrazo rodeando su figura y descansando el rostro a lado de su cabeza. Se separó de ella después de haber dejado su aroma impregnado en su nariz.

– Es un gusto volver a verte Zuko – la hermosa sonrisa que le dio al decir esas palabras le hicieron sentir una placentera calidez en su pecho.

– Igualmente Katara.

La guardia contemplaba con asombro callado una de las expresiones de mas sincero afecto que su señor alguna vez llegó a mostrar.

– ¿Cómo has estado?

Cuestionó Zuko, una pegunta simple, de cortesía tal vez, pero muy diferente a la manera en que se había dirigido hace unos momentos a ella. Esta era la forma correcta en que debían de hablar después de no haberse visto por tanto tiempo.

– Acalorada.

Sonrió ligeramente por su respuesta. No era precisamente verano, que era cuando el verdadero calor comenzaba. En unas de sus cartas ella le escribió quejándose por el clima de Omashu, él le respondió que si en verdad quería conocer lo que era calor, debía de visitar la Nación del Fuego en pleno verano, y ahí, con seguridad, sabría la diferencia entre el cálido clima del Reino Tierra y el infierno de ardor que azotaba las islas del este.

En ese momento notó como bajaba un poco la temperatura de su despacho privado, el cambio fue mas que evidente. Observó que cerraba las grandes ventanas que permitían la entrada del viento a la habitación, manteniéndose aislados ella podía hacer perdurable la frescura que estaba creando.

Las últimas luces del día desaparecieron en el horizonte, su tío había sido muy listo en traerla a esa hora, cuando terminaba su jornada laboral oficial se encerraba justamente en ese despacho sin permitir interrupciones hasta la cena. Supuso que solo en ese momento se daría por enterado de la presencia de Katara. Sospechaba que sus conversaciones serían muy diferentes si hubiese dejado a su tío salirse con la suya. Apretó ligeramente sus puños. Tenía que hablar seriamente con el hombre barrigón.

Cuando terminó de cerrar todas las ventanas la invitó a seguirlo a la pequeña sala al otro extremo de la habitación. Un vaso con licor de fuego en sus manos y en las de ella, no sabía si era una gran bebedora, pero le aceptó el trago, él lo necesitaba, vaya que sí, tampoco es que bebiera mucho, pero logró encontrar algo favorecedor el entumecimiento que su cuerpo adquiere por la embriagante bebida, lo relajaba.

Ambos tomaron lugar, deliberadamente en el mismo sillón donde tres personas podían sentarse de manera cómoda, pero a dos les permitía una distancia prudente sin invasión de espacio personal.

– Lamento mucho lo que pasó. No tenía idea de que estabas aquí.

Ella solo le sonrió mientras llevaba a sus labios el vaso de cristal dándole un trago al licor, si fue fuerte para ella no lo mostró – No puedo creer que hayan pensado en hacer algo como eso – Zuko guardó silencio por un momento prefiriendo ahogar su opinión en el alcohol –. En verdad ¿Tan malo eres en conseguirte una novia que en su desesperación ellos decidieron por ti?

Escupió todo el licor hacia un lado evitando en el último segundo que cayera sobre ella.

– ¿Qué?

Sonrió satisfecha – No puedes culparlos si esos fueron sus motivos.

– Sus motivos no tienen nada que ver con mi desempeño en conseguir una novia – aclaró seriamente –, o una esposa – enfatizo sus ultimas palabras –. Si lo miras del lado político una alianza atreves del matrimonio entre la Tribu Agua y la Nación del Fuego puede ser mas que beneficiosa, incluso si me casara con alguien del Reino Tierra ayudaría mucho en los avances de la restauración y en la imagen de la nación. La boda entre Sokka y Suki es la prueba de ello.

Escuchó como dejó salir un quejido de disgusto – Sí que lo es.

Observó como bebía de un solo trago e inmediatamente llenó su vaso de nuevo. La miró detenidamente y de alguna manera supo que su cambio de actitud era por sus recientes palabras; lo que lo dejó confundido.

Katara amaba a Suki, no era capaz de imaginar un escenario donde ella se molestara por la boda de su hermano, especialmente porque le escribió sobre ello, y en ningún momento confesaba sentirse abatida o disgustada por tal unión. Y tal como él señalaba, había sido uno de los mejores matrimonios después de la guerra que se habían llevado acabo. Fue por amor por supuesto, pero los beneficios entre la isla y la tribu se notaron enormemente. Entonces, si todo iba tan bien, por qué Katara… la idea le llegó como una iluminación.

–¿Cuántos?– preguntó divertido mientras se relajaba en el sillón quedando en una postura muy informal, ella lo miró sin entender –¿Cuántos te han propuesto matrimonio?

Apreció detenidamente como apretó sus labios no queriendo responder y bebió un trago largo, fue mas que consiente cuando pasó por su garganta, después lo miró con evidente disgusto. En ese momento algo hiso click en su mente llegando a un solo resultado.

– No puede ser – comentó incrédulo –, supongo que la que necesita ayuda en conseguir marido es otra.

Si su mirada congelara, lo cual casi puso en duda en ese momento pues sintió claramente que la temperatura descendió unos grados, él ya estaría mas que convertido en un cubo de hielo y debido a eso no pudo evitar reír aun más.

–¡No quiero casarme! – se defendió, aunque su voz sonaba algo rara, el licor estaba haciendo su claro efecto – Estoy muy bien como estoy, y si no tengo novio es porque así lo quiero.

–¡Oh cierto!– de pronto a su mente llegó un recuerdo –¡La princesa Katara, la joya incansable del sur!– su borrachera le hiso repetir el nombre con el que ahora era conocida la maestra agua y que había llegado a sus oídos, o mejor dicho, que cierta maestra tierra se encargó de comunicarle – Por voluntad propia aparentemente – y estalló en carcajadas.

Recordó que Sokka le dijo algo sobre eso el año pasado cuando lo visitó. Al parecer un joven del Reino Tierra, el hijo de un comerciante para ser exacto, había solicitado una audiencia privada con su padre y él, su intención era pedir la mano de su hermana en matrimonio justificando el gran beneficio que traería su unión. Sobra decir que cual fue la respuesta de Sokka y su padre al respecto. Aunque para molestia de su amigo aquel aventurado chico no había sido el único en poner los ojos en su querida hermana bajo las mismas condiciones que el anterior. Sospechaba que no tenía idea de que su padre y su hermano la estaban negando en matrimonio, aunque también resultaba demasiado obvio que a ella no le gustaría la idea de ser tratada como moneda de cambio.

Katara no formaba parte de la nobleza, ya que la Tribu del Sur no contaba con ese tipo de jerarquías, sin embargo era la hija del jefe de una de las naciones que después de la guerra se convirtió en una de las mas florecientes y en constante crecimiento del mundo, a la par de su tribu hermana, agregando también que es nieta política del gran maestro Pakku del norte, fue la maestra agua del avatar, sin duda alguna una de las maestras más fuertes que existe, y sin olvidar que ayudó a terminar la gran guerra…

Bueno, la suma de todas esas cualidades la convertían en alguien realmente codiciado, un matrimonio muy conveniente del que muchos desearían beneficiarse, especialmente por las personas que conocía: El Rey Tierra, el rey Bumi de Omashu, el jefe Arnook del Norte, el mismo avatar y un sin fin de personas que se ganaron su confianza y aprecio mientras estuvo en su cruzada para terminar la guerra. Si, en definitiva era un trato muy conveniente.

Sin embargo eso también podría ser contraproducente, sin querer ella misma había dejado la vara demasiado alta para cualquier aventurado que se creería merecedor de ella. Algo en su interior le decía que si llegase a existir alguien que en verdad se enamorase de la maestra agua se lo pensaría dos veces antes de profesar su amor ¿Realmente sería digno de la joya del sur? Toph en una ocasión se había encargado de informarle de la suerte que sufrieron algunos idiotas que se creyeron demasiado confiados o demasiado estúpidos en creer que si, e intentaron conquistarla.

– Y que me dices de ti, don popular ¿Tienes tantas pretendientes que no sabes de donde escoger y por eso tu tío escogió por ti? – le reclamó.

– La verdad si.

Lo miró con ojos abiertos de sorpresa para después pasar a una de total indignación – No se que me ofende mas, que me eches en cara que tienes mujeres de sobra, o que me pongan en el mismo saco que ellas.

Su amargura trató de ahogarla en alcohol.

– Ya te lo dije – habló un Zuko mas calmado mientras llenaba su vaso de la embriagante bebida, llenó también el de ella –, si me caso tiene que ser con alguien que beneficie a la nación, no con cualquier chiquilla que me pongan enfrente.

Al darse cuenta de lo que acababa de decir deseó no haberlo echo, definitivamente se enojaría por ese último comentario. Le acababa de llamar chiquilla.

– ¿Estarías dispuesto a casarte con alguien que no amas solo por el bien de tu nación?

Su pregunta lo tomó por sorpresa. Un cambio de humor evidente, no estaba enojada, su rostro se veía sereno con un ligero rubor en sus mejillas, si no estaba del todo ebria pronto lo estaría. Pensó un poco antes de dar su respuesta.

– Esas son las consecuencias de ser un gobernante – observó el líquido ámbar atrapado en el cristal entre sus manos –. Todo lo que haga tiene que ser por el bien de mi gente. No puedo permitirme ser egoísta.

Se quedaron en silencio, cada quien encerrado en lo profundo de sus pensamientos, Zuko ya no se sintió tan cómodo con el cambio de ambiente.

–¿De verdad lo harías?– susurro Katara después de un momento –¿Estar con alguien solo por que te lo dicen? ¿Por que es tu deber?

Existía cierta melancolía en sus palabras, pero mas que nada, la manera en que formuló la última pregunta no paso desapercibido para él –¿Por que es tu deber? –Supo entonces que algo andaba mal y no le gustó en absoluto.

–¿Qué sucede Katara?

La maestra agua desvió la mirada, fijó sus ojos en los grandes ventanales perdiéndose en la obscuridad que ahora reinaba afuera. Zuko sintió un escalofrió recorriendo su cuerpo, estaba un poco mas helado que hace unos momentos, pero este nuevo cambio de temperatura no tenía nada que ver con tratar de hacer mas agradable el clima dentro de la habitación o que ella estuviese enojada, sobrevenía cierta tristeza y soledad que lo cubrió por completo. No deseaba presionarla. Aun así quería saber.

– Ellos… – habló después de un momento – Quieren que me case con Aang.

Sintió que la borrachera se le iba del cuerpo, se había puesto sobrio de golpe ¿Había escuchado bien o fue producto de su imaginación?

– ¿Quienes? – preguntó por impulso.

La sintió dudar un momento antes de responderle – La Orden del Loto Blanco.

– Qué..? – mas que confundido estaba sorprendido.

Katara se recargó sobre el sillón, su cabeza dejándola caer sobre el respaldo cómodamente fijando su vista al techo – Hace unas semanas me encontraba en Mapaku cuando llegaron y me hicieron la propuesta. Expresaron que era mi deber y responsabilidad traer de vuelta a los maestros aire y que yo era mas que adecuada para tal honor. Si ya había ayudado a Aang a terminar una guerra también debía de ayudarlo en lo demás.

El vaso estalló en su mano.

Se levantó rápidamente caminando a grandes zancadas hacia su escritorio por un pañuelo y hacer presión sobre la herida. Fue un impulso que no pudo controlar. El calor se había incrementado tan rápido que le fue imposible notarlo hasta que había reventado el cristal.

Miró la herida, sangraba demasiado para su gusto.

Notó las morenas manos sobre las de él, pequeñas en comparación a las suyas, no le dijo nada y simplemente la dejó retirar los cristales de la herida abierta. Dolía como el infierno pero no se quejó, su molestia pasó a segundo plano por su estado de ánimo.

Estaba furioso, era increíble como las personas pueden ser capaces de pensar que pueden manipular a otros solo de manera egoísta para lograr sus objetivos. Era consiente del aumento que estaba teniendo su temperatura corporal, la forma en que sabía que se estaba saliendo de control con su temperamento, debía de calmarse pronto o seguramente terminaría incendiándose así mismo, ya había pasado antes.

El resplandor azulino llamó su atención, fijó su vista hacia sus manos. Lo estaba sanando, comenzó a sentir alivio en el dolor punzante de las cortadas. No podía apartar de su mente lo que acababa de escuchar, sin embargo, la nueva cercanía le hiso desviar su línea de pensamiento, especialmente después de aspirar su aroma nuevamente.

Mientras lo sanaba pudo ver cuan pequeña realmente era, lo notó cuando la abrazó hace unos momentos, pero en ese instante era aun mas perceptible. Sus pestañas se habían convertido en un abanico negro que acariciaba sus mejillas, el largo vestido de tela ligera y vaporosa se ajustaba a su cuerpo en los lugares adecuados, marcando la estrecha cintura, y otras partes que se desarrollan sólo con la edad, el cambio evidente de niña a mujer. En ese momento notó la brecha de cinco años que tenía sin verla, definitivamente ella ya no era la maestra agua que recordaba, al menos no físicamente – ¡No has cambiado en nada Zuko! – Eso le había dicho, pero en comparación con ella…

Y habían planeado que se convirtiera en su esposa.

La idea lo abrumó y sintió su corazón latir con fuerza en su pecho acompañado de una sensación extraña en su estómago. Un recuerdo en particular ancló en su memoria, uno donde se encontraban en cámaras subterráneas con él encima de ella ¿Cuánto habrá cambiado desde entonces? ¿Qué tan diferente sería su cuerpo ahora? Una parte de su anatomía se endureció al instante ¡Maldición! ¡No pienses en eso! Su respiración se volvió agitada, un nuevo calor se estaba expandiendo por su cuerpo, trató de serenarse. Aquellos recuerdos habían permanecido en lo profundo de su cerebro que evocarlos de repente no le estaba causando nada bueno a su cordura. Trató de pensar en otras cosas, en algo diferente, en el motivo que lo llevó a que ella lo estuviese sanando en ese momento.

Sabía que el evidente desarrollo físico de la maestra agua nada tenía que ver con los planes de su tío, de eso estaba seguro, pues el hombre del té no había visto a la chica el mismo tiempo que tenía él, pero al parecer otras personas, como los miembros de la orden, si habían notado aquello, su maduración física para cumplir con la tarea de traer a la próxima generación de maestros aire. Una incomodidad lo cubrió en ese momento acompañado del disgusto. Podía entender la estrategia de aquella acción, era adecuada para ese trabajo, sobre todo si agregabas la amistad que existía entre ella y el avatar.

Sus ojos se abrieron en descubrimiento, una nueva duda formulándose en mente.

–¿Aang lo sabe?

– No lo se… – respondió suavemente sin apartar la mirada de su mano y la curación que estaba llevando acabo.

–¿Y mi tío?– apretó los dientes. Intento inútil de ocultar su enfado.

Suspiró – Pensé que lo sabía, pero después de lo que pasó esta tarde no estoy segura. Planeaba escribirle para exigir una explicación, pero antes de eso recibí una carta de su parte mencionando que tenía algo importante de que hablar – se tensó por unos momentos, ella no lo notó – Por eso vine. Creí que hablaríamos al respecto, el ver a mi abuelo aquí me hiso confirmarlo. Vaya mi sorpresa cuando me dijo que me casara contigo – terminó de sanarlo, inspeccionó su mano palpando suavemente la piel donde antes estaban las cortaduras examinando su propio trabajo, Zuko trató de ignorar el cosquilleo que se extendía desde su palma hasta su entrepierna con cada toque – Eso me hace pensar que no sabe nada. No creo que tu tío planeara comprometerme con dos personas al mismo tiempo.

–No tiene ningún derecho a hacerlo.

Katara aun sostenía su mano, sus ojos azules se fijaron en él – No, no lo tiene – por raro que pareciera no la veía molesta, había algo extraño en su mirada – Sin embargo…

Aflojó el suave toque para soltarlo. En ese instante algo en él reaccionó.

– No – atrapó sus manos evitando que se alejara –. No lo harás.

– ¿No quieres que sea tu esposa? – preguntó con una pequeña sonrisa en sus labios.

– No es a mí a quien le estas diciendo que si – respondió con seriedad tratando de ignorar a su precipitado corazón cuando dijo esas palabras.

La sonrisa en el rostro de la morena desapareció por completo regresando a esa extraña prudencia mezclada con melancolía en su rostro. Podía apostar lo que estaba pasando por su mente en esos momentos, la conocía al menos lo suficiente para saber como reaccionaba ante ciertas circunstancias. Se convertía en una gran fiera cuando la hacían enfadar y defendía sus ideales hasta el cansancio, solo los espíritus saben cuanto la odió cada vez que soltaba uno de sus discursos en aquellos momentos en que se enfrentaron y se vieron como enemigos, mas sin embargo también poseía un corazón noble y sincero, capaz de perdonar... y de dar todo por el bien de los demás, por lo correcto. Casi sospechaba cual habría sido su respuesta si al reunirse con su tío esta tarde hubiese sido para hablar sobre ese deber hacia los maestros airey no del futuro matrimonio entre ellos.

Afianzó mas su agarre en sus manos.

– Katara, no puedes aceptar casarte con Aang solo porque un estúpido te dijo que era tu deber hacerlo – habló finalmente –. Entiendo su responsabilidad de traer de vuelta a los maestros aire, pero que te utilicen como yegua de cría no es correcto. Eres libre de elegir con quien deseas compartir tu vida. No puedes hacerte esto.

Las gemas azules brillaron por la humedad de las lagrimas que estaban próximas a salir. Por instinto la atrajo a su pecho y la abrazó, ella se aferró a sus ropas. Sintió su sollozos. Una de sus manos estaba en su cabeza, acariciando el cabello que hasta ese momento se percató de lo suave que era, su otra mano subía y bajaba por la espalda, tratando de darle confort.

Estaba ebria, de eso estaba seguro, la carga sentimental que estaba experimentando en esos momentos fue la prueba de ello, aunque nunca la había visto en ese estado comprendió que era capaz de tomar decisiones de las cuales, a sus ojos, no eran correctas, Katara no debía martirizarse por el bien de los demás a costa de su felicidad, él no lo iba a permitir.

– Y si… – la escuchó desde su pecho – ¿Y si nadie me quiere? ¿Y si me quedo soltera toda mi vida?

No pudo evitar sonreír. Se preguntaba como reaccionaría si se enteraba que Sokka estaba detrás de su actual soltería.

– Eso no pasará – frotaba su espalda para calmarla –, además, no es suficiente motivo para que quieras casarte con el primer idiota que te lo pida.

– Tu me lo propusiste.

– No fui yo quien lo hiso – le dijo con reproche. Sintió su risa en su pecho.

– Me molesté mucho por la forma en que esos hombres me dijeron que tenía que casarme con Aang, mas bien parecía una orden, aun así todo el camino hasta aquí estuve pensando en ello, de que tal vez... – se quedó callada por un momento – Pero cuando Iroh me hiso exactamente la misma propuesta solo que contigo estallé, me molesté tanto. El echo de que mi abuelo estuviera aquí me hiso pensar que creían que no sería capaz de encontrar a alguien por mi cuenta y se creyeron con el derecho de elegir por mi, tengo incluso la sospecha de que mi padre está enterado de esto.

Eso tomó por sorpresa a Zuko, maldijo entre dientes a su tío, ese hombre no parecía tener límites cuando se trataba de llevar a cabo sus planes y solo le hiso pensar ¿Quién diablos mas estaba involucrado? ¿Quién mas sabía? Dejó que se desahogara mientras que él trataba de calmarse de igual manera. Después de unos momentos la chica en sus brazos alzó su rostro para mirarlo.

– Gracias – le sonrió –, y perdón por todo esto, después de escucharte hablar sobre las responsabilidades y el deber por un momento creí…

– Lo se – la interrumpió. Acercando las manos a su rostro limpió un rastro de lagrimas –, pero yo soy un gobernante Katara, y tu eres solo una campesina de la Tribu del Sur.

Sus ojos se abrieron con sorpresa e indignación, pero rápidamente vio el brillo de diversión y una ligera sonrisa en sus labios, y fue, en ese preciso instante en que se dio cuenta, Katara se había convertido en una mujer muy bella, su corazón se agitó en su pecho, algo cálido se fijó ahí y ardía suavemente

–Tu único deber – continuó – es hacia tu tribu y nada mas.

Sus manos seguían acunando su rostro, las de ella las cubrieron sujetando suavemente. Sus ojos eran hermosos océanos brillando a la luz, aunque un poco irritados por las lagrimas no menguaban su belleza. Su vista fue a sus labios, estaban entreabiertos dejando salir el cálido aliento, una prueba muy grande estaba frente a él, los recuerdos abordándolo sin piedad. Con una gran fuerza de voluntad apartó sus manos, le ardían de alguna manera y sabía que si no medía su distancia algo muy imprudente podría pasar. Y por los espíritus, se acababa de dar cuenta que no tendría la fuerza para resistirse.

– ¿Le dijiste a mi tío sobre lo que esta haciendo la Orden? – simplemente preguntó, desviar su mente a algo que le produjera irritación era mejor.

– No tuve oportunidad. Me sacaste de ahí ¿Recuerdas?

– Lamento de nuevo todo eso.

– No te preocupes – sonrió en respuesta –, pero la próxima persona que mencione un compromiso lo voy a congelar.

No pudo evitar reír al igual que ella, recordó de pronto algo muy importante –¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

–¿Te molesta mi presencia? – le reclamó.

–¡No! ¡Claro que no!– dijo rápidamente – Pero sospecho que si te quedas, ellos podían seguir insistiendo.

– Creo que cuando salí contigo fue mas que clara mi respuesta.

– Me temó que deberé de insistir – su tono cambió a uno de seriedad –, si fueron capaces de traerte aquí a pesar de que yo me negué a esto, no quiero pensar en la cantidad de cosas que podrían decir para persuadirte.

Ella parecía dudar por un momento – Aun tengo que hablar con tu tío respecto a la Orden…

– Yo me encargaré de eso. Haré que mañana mismo preparen un barco para que puedas regresar a la Tribu del Sur – ella frunció el ceño, no le gustaba que el planeara todo para su regreso, o mas bien, que al parecer le diera ordenes –. No lo malinterpretes, ha sido un gusto verte, pero me temo que si te quedas tu estancia no será agradable si mi tío aun no se quita de la cabeza que nos quiere comprometer. Además – agregó – planeo ir al polo sur cuando nazca el hijo de Sokka.

Sus ojos se abrieron con asombro y su semblante cambió de inmediato –¿Te lo dijo?

– Me escribió una larga carta al respecto – le sonrió –, y creo que siendo tu la curandera con mayor habilidad de toda la tribu deberías de estar ahí, al pendiente de tu futuro sobrino o sobrina.

Eso pareció convencerla.

– De acuerdo – dijo finalmente valiéndole un suspiro de tranquilidad –, pero no lo hago porque tu me lo estés pidiendo – amenazó con su dedo índice –, yo ya iba hacia la tribu de todas maneras.

Para él fue suficiente.

.

.

Katara se sentía exhausta, ya era muy entrada la noche y ese día había sido tan largo y lleno de todas las emociones que pudieran existir que realmente se sentía agotada. Agradecía que una grande y muy, muy cómoda cama le estaba esperando; las ventajas de ser una invitada del Señor del Fuego eran mas que bienvenidas y aceptadas en esos momentos.

Observó el espacioso lugar, elegante y con buen gusto, aunque el rojo era el predominante, la madera también resultaba agradable a la vista. Vagamente recordó cuando se hospedaron en el palacio los primeros días después de la coronación, la decoración le pareció diferente. Un bostezo y su cuerpo le recordó que no podía soportar mas tiempo despierta. Hasta hace apenas unos minutos que estuvo hablando con Zuko, habían cenado en privado y continuaron bebiendo un poco mas mientras compartían anécdotas de todo lo que habían echo en estos años sin verse hasta muy entrada la noche, y si le sumabas a eso su viaje desde el Reino Tierra, bueno, definitivamente tenía que entrar en esa cama.

Apenas había sentido la seda del camisón vistiendo su piel cuando algo llamó su atención, curiosa se acercó a la ventana. La obscuridad y la luz de la luna le decía que todo se encontraba en paz, los jardines privados estaban en calma, solo un ligero movimiento en las ramas de los árboles provocado por el viento, suspiró resignada a descansar, su mente cansada le estaba jugando bromas.

En el momento en que se giró la ventana explotó en una lluvia de cristales y astillas. Apenas y pudo reaccionar, terminó de rodillas en el suelo por el impacto cubierta de fragmentos cortantes.

Al mirar de nuevo el lugar donde estuvo parada hace unos segundos se quedó asombrada, la ventana ya no existía al igual que la mitad de aquella pared, en su lugar había una enorme hueco que abarcaba del piso al techo con una horrible forma de boca negra con llamas alrededor. No sabía lo que estaba pasando, se mantuvo en el suelo estoica aun cuando vio a la extraña figura pasar atreves de aquel espacio creado por la pólvora y el fuego. Aquella boca parecía haber escupido frente a ella algo horrible, un ser que podía lastimarla. Todo cubierto de negro con excepción de sus ojos, ojos siniestros que la observaron. El intruso movió su cuerpo en lo que era un evidente ataque, y ahí fue cuando reaccionó, como un instinto que estuvo durmiendo dentro salió en forma de látigo de agua, los jarrones con flores dentro de la habitación le brindaban el alcance de su elemento. La maestra agua guerrera despertó.

¿Qué clase de idiota se atrevía a atacarla?

Cuando las cuchillas fueron lanzadas hacia ella dejó de lado las divagaciones y se concentró en su defensa, ya habría tiempo de preguntar después.

Un fuerte estruendo sacudió el suelo, el olor a humo que no solo provenía de su habitación y gritos lejanos le indicó que posiblemente habían mas personas afuera peleando; no entendía lo que estaba pasando ¿Por qué la atacaban a ella? ¿Porqué estaban atacando el palacio? Sus ojos se abrieron con asombro ¡IBAN TRAS ZUKO! Tal revelación la impactó, y al mismo tiempo la hiso enfadar, sin dudar atacó al hombre vestido de negro hasta dejarlo inconsciente y congelado en la pared. Con odio miró su hombro, una cuchilla se había clavado ahí. La extirpó con fuerza.

Al abrir la puerta fuego y humo la recibieron, casi se ahoga por la humareda que se adentró a sus pulmones, esa parte del palacio estaba en llamas. Sin perder tiempo condujo sus piernas hasta la habitación de su amigo, no sabía exactamente donde estaba pero el ruido de su lucha la guiaba.

Trató de ignorar los cuerpos de los guardias que había en los pasillos o las otras peleas. Hace apenas unos minutos que había pasado por esas áreas en completa calma y silencio, ahora parecían arenas de batalla, en mas de una ocasión tuvo que esquivar algún ataque de fuego o contraatacar con furia a un hombre vestido de negro, no dudaba que se trataban de los intrusos que atacaban el palacio en esos momentos.

Al llegar a la que supuso sería la habitación de Zuko encontró un completo caos, todo estaba destrozado o quemado, había un fuerte olor a humo y el ambiente muy caldeado, se quedó en shock al observar a la persona que se encontraba en el suelo.

El Señor del Fuego estaba retorciéndose de dolor mientras vomitaba sangre.

Corrió hacia él, el cuerpo del maestro fuego se dejó caer en ella, tenía múltiples heridas en todo su cuerpo, tomó su rostro entre sus manos, él trató de decirle algo pero en su lugar tosió sangre. Se asustó horriblemente.

– Zuko…

No podía creer lo que estaba viendo, apenas y lo escuchó susurrar su nombre antes de cerrar sus ojos dejando una expresión de dolor en su semblante. Ajena era a la figura que estaba al fondo de la habitación mirando hacia ella. El hombre vestido de negro alzó su brazo con toda la intensión de terminar de una vez por todas su misión.

El sonido de un golpe en acero la hiso alzar su mirada, lo primero que vio fue la espalda de una armadura roja.

– ¿Cómo se encuentra? – su mente no parecía procesar nada, estaba inmóvil sin entender lo que estaba pasando – ¡Lord Zuko! – repitió con fuerza el que estaba de espaldas parado frente a ella, giró levemente su rostro para mirarla – ¿Cómo se encuentra? – repitió.

– El…

La carcajada la hiso detenerse, guió su vista hasta donde provenía, el hombre vestido de negro al final de la habitación ¿Desde cuando estaba ahí?

– Ya es muy tarde, el Señor del Fuego morirá esta noche.

Katara inmediatamente miró de nuevo a Zuko– ¡No, imposible! – Observó con mas detenimiento a su amigo, vestía solo un pantalón obscuro dejando su torso desnudo cubierto de sangre y heridas, le habían atacado mientras se preparaba para dormir,tenía múltiples cortaduras pero ninguna letal que ameritara su muerte – ¡Él no puede morir solo por esto! - De pronto un terrible dolor la recorrió, su pecho se contrajo y la garganta ardió, sin poder evitarlo tosió escupiendo sangre, había tratado cubrir su boca con una de sus manos pero le fue imposible, el líquido rojo cubría su palma y ahora también a Zuko.

– Al igual que ella – completó el intruso.

Su hombro ardió, supo entonces lo que pasaba – Con que eso era… – Las cuchillas estaban envenenadas, y un veneno muy potente al parecer si ya estaba surtiendo efecto a solo escasos minutos de haber entrado a su cuerpo.

– Maldito bastardo – renegó el hombre de la armadura.

Lo siguiente que escuchó fue un forcejeó seguido de una estocada, el acero hundiéndose en la carne acompañado de un grito ahogado y un cuerpo cayendo al suelo.

Sin importarle el resultado de la pelea, Katara no quitó en ningún segundo su vista del rostro de Zuko, el dolor ya no marcaba sus rasgos y en su lugar la calma y tranquilidad parecía haberlo abordado. Con sus ojos cerrados pareciera que estuviese durmiendo, la palidez que tomó su piel contrastaba con el color rojo que escurría de su boca. Por dentro ella temblaba, el aliento le hacía falta y se sintió terriblemente fría, como si todo su calor escapara de su cuerpo al igual que la vida del maestro fuego en sus brazos.

Acarició su rostro con suavidad tratando de limpiar la sangre de su barbilla y labios ignorando su propio dolor. Con gran fuerza de voluntad reprimió una arcada, sabía que no sería la cena lo que su estómago escupiría en ese momento. No pudo contener las lagrimas mas, cayeron desbordadas por su rostro mientras su cuerpo temblaba sin control. No podía ser verdad, hace apenas unos minutos que estuvieron conversando, sonriendo, le dijo buenas noches, descansa…Y ahora él había...

- ¡ZUKO!

La voz de Iroh le hiso levantar su mirada, estaba agachado frente a ella mirando al que descansaba en sus brazos. Su rostro mostraba tanto miedo y preocupación que no parecían encajar en la forma de ser del hombre del té. Su expresión lo decía todo. Por su parte ella lloraba y lloraba, no podía detener las lagrimas, como un rio que corre desbocado bañando su rostro mientras sujetaba con fuerza a su amigo.

– Lo han envenenado – el guardia que se había echo cargo del intruso se acercó a ellos–¡Tenemos que hacer algo pronto!

Iroh fijó sus ojos en ella, la petición silenciosa de ayuda, pero Katara era un desastre de lagrimas y llanto, para ella solo existía la persona en sus brazos inerte y un epitafio que se alzaba diciendo: Aquí yace el Señor del Fuego Zuko… él había muerto, se había ido.

– ¡Katara!

El ex general la sujetó de los brazos aplicando mas fuerza de la que sería apropiada, moretones aparecerían sin duda, pero lastimar a la maestra agua era la última de sus preocupaciones, estaba en estado de shock y no podía permitir que la única persona con la capacidad para ayudar a su sobrino se derrumbara.

– ¡Katara escúchame! ¡Reacciona! – la bofetada hiso eco en la habitación.

Los ojos azules finalmente se fijaron en él, parpadeó las lagrimas y entre la bruma de su dolor hubo un ligero brillo que le indicaba su regreso, pareció de pronto volver en si e inmediatamente llevó su mano al cuello de su sobrino, palpó suavemente, cuando sus miradas se cruzaron vio la esperanza en ellos, supo que no todo estaba perdido.

.

.

Después de terminar de leer el documento en sus manos lo firmó, su joven asistente felizmente lo tomó depositándolo junto al resto del papeleo de ese día.

–Es todo por hoy mi señor – declaró mientras se hacía cargo del pulcro acomodo de los pergaminos –. Los preparativos para su viaje están listos.

Inclinó ligeramente la cabeza a manera de afirmación – Gracias Shin.

Una reverencia de despedida antes de salir de la habitación, cuando escuchó la puerta cerrarse supo que estaba completamente solo. El ligero viento acarició su rostro y no pudo evitar mirar hacia la ventana, los últimos rayos del día iluminaban su despacho, el eco de una sonrisa, cristal rompiéndose y un sollozo llegaron suavemente a su oído. Aun podía verse sentado al lado de ella conversando y riendo.

Había pasado una semana desde esa noche.

Despertó en una habitación ajena a la suya, las vendas cubrían su torso y brazos, pero no sentía dolor, la persona que velaba su sueño era su tío, como siempre lo había echo. Observó hacia la ventana, la obscuridad le indicó que aun no amanecía. Su último recuerdo fue Katara, sus ojos azules mirándolo con miedo y preocupación.

Su tío le explicó como ella lo había salvado de la muerte segura, y no solo a él, los guardias heridos también fueron atendidos por su mano, aunque hubo pérdidas, ella no parecía querer rendirse incluso con los mas graves, para ese momento aun no terminaba su labor.

Tío...

No le hemos dicho nada – se anticipó –. Pero pensar que esto se quedará así es estar equivocados, ella no lo dejará pasar, y con seguridad ya lo dedujo por si misma.

Sus puños apretaron las sábanas – No puedo permitirlo.

La decisión es de ella y solo de ella...

¡NO ES VERDAD! – estalló – ¡Solo estas abusando de su buen corazón y lo sabes! Por eso la trajiste aquí a escondidas, para proponerle tu estúpido plan sabiendo con seguridad que al explicarle los motivos ella aceptaría – se impresionó de su respiración agitada y el rápido mareo, le estaba tomando mucho esfuerzo hablar –. No le estas dando la opción de elegir – agregó un poco mas calmado –. La estas obligando a que acepte con la consecuencia de que el peso de mi muerte caerá sobre ella si se niega.

Todo su cuerpo dolía ahora, la tensión de los músculos lastimados. Podía sentir la pulsación de un dolor de cabeza. ¡Maldición! Si solo esos estúpidos hombres no le hubiesen atacado nada de esto estaría pasando, no se encontraría en esta situación. Lidiar con Katara y persuadirla no iba a ser fácil ahora que ya sabía la verdad. Lo que había logrado hace unas horas se había ido a la basura por completo. Ya veía venir la gran discusión que tendrían mas adelante, ella gritándole por explicaciones y él respondiéndole que no era su maldito problema. De cualquier manera, las cosas no iban a terminar bien, aun así, sin importar como acabara no iba a permitir que la ridícula idea de su tío se lleve acabo. Hacer que Katara se case con él solo para que pueda sanarlo de cualquier ataque que llegase a sufrir a futuro era impensable.

Tienes razón – habló el hombre del té, Zuko ni siquiera se dignó en mirarlo –, soy un mal hombre, un egoísta que no quiere perder a la única familia que le queda – la voz se había quebrado – ¿Es mucho pedir que vivas Zuko? ¿Es tan malo desearlo?

Giró su rostro para responderle pero las palabras se quedaron encerradas en su boca, no pudo evitar la sorpresa ante lo que sus ojos contemplaban. Las lagrimas bajaban por las mejillas de su tío, Zuko se quedó impactado, nunca lo había visto de esa manera.

Ya enterré a un hijo, no me obligues a enterrar otro.

Después de esa noche el tema del compromiso no se volvió a tocar. No había visto a Katara ni al maestro Pakku después de su ataque, el viejo maestro también había intervenido durante el asalto al palacio, le informaron que habían partido a la isla Ember por sugerencia de su tío para que ambos descansaran apropiadamente, además de que ahí se encontrarían seguros. No era la primera vez que lo atacaban en sus aposentos, y con seguridad no sería la última, y ahora que ellos estaban ahí también los convertían en un blanco, pero atacar a dos de los mejores maestros agua rodeados por su elemento sería un suicidio para cualquier grupo de rebeldes, su tío no pudo tener una mejor opción que enviarlos allá, se hospedaban en la antigua casa de verano, a donde él se dirigía en ese momento.

La pequeña embarcación arribó, desde el muelle pudo ver la mansión iluminada por las farolas. Hace dos años que su tío había tomado como proyecto personal remodelar la vieja casona, esta sería la primera vez que pondría un pie en ella después del final de la guerra. Una silueta conocida por él le esperaba.

– Bienvenido Lord Zuko.

– Pensé que estaría descansando Yan Ming.

– Si mi señor viene es mi deber esperarlo – la mujer de mediana edad le sonrió. Caminaron juntos subiendo las escaleras de piedra.

– ¿Cómo se encuentra? – se atrevió a preguntar.

Una parte de él estaba extremadamente nervioso por la respuesta que obtendría de una de sus consejeras de mas confianza, ya esperaba escucharla decir: "Oh, no ha dejado de maldecirlo" "Casi logra que una ola inunde la isla" "No deja de gritar ¡Zuko eres un imbécil!" Si, esa era la respuesta que se esperaba. Recordaba con tanta claridad sus arranques de cólera y euforia especialmente si iban dirigidas a él. Solo esperaba no destruir demasiadola casa de verano que su tío con esmero se había encargado de remodelar, porque era una apuesta segura que sería el blanco de su próxima discusión si no lograban aclarar las cosas de manera civilizada, si es que eso alguna vez lograba pasar.

– Feliz – fue la respuesta de la mujer, Zuko se quedó en shock. Los ojos miel lo miraron sonriente, como disfrutando de la confusión que seguramente pintaba su rostro –. Los dos primeros días desde que llegamos permaneció dormida – explicó fijando su vista en los escalones –, al tercer día despertó, su abuelo partió al día siguiente.

– ¿El maestro Pakku se marchó?

– Así es, dijo que debía regresar a la tribu, tenía asuntos que atender.

Apartó la mirada, el echo de que se hubiese ido solo confirmaba sus sospechas – ¿Le ha comentado algo?

– Me hiso una petición – Zuko guardó silencio, tratando de lucir calmado esperando lo que le diría –, me pidió que le mostrara la isla – le dijo sonriendo –. Al parecer ya había estado aquí antes, pero mencionó que no había podido conocer la isla en su totalidad y ahora deseaba hacerlo.

Se quedó sin palabras. Realmente no se esperaba aquella respuesta.

– Me he tomado la libertad, con su permiso, de adquirir lo adecuado para su estadía – continuó hablando su consejera –. La mayoría de su equipaje se perdió esa noche.

Aun permanecía incrédulo. Yan Ming lo observaba esperando una respuesta de su parte – Por supuesto – atinó a decir rápidamente. Ella le sonrió a cambio.

Continuaron su camino por la escaleras de piedra, faltaba poco para llegar.

– La señorita Katara es... una joven encantadora – Zuko observó con atención a su consejera –. Es muy madura para su edad, pero – sonrió –, aun conserva ciertos rasgos infantiles. Algo admirable tomando en cuenta que siendo tan joven decidió emprender una contienda para poner fin a la gran guerra – no supo que responder a eso –. Me alegra haberla conocido durante estos días.

No tuvo que pensarlo dos veces para adivinar que le había tomado aprecio y cariño a la maestra agua, pero siendo como es no le impresionó demasiado.

Desde el comienzo de lo que se podría llamar relación entre ellos, no hubo mas que discusiones y enfrentamientos, tomando en cuenta que él los perseguía era mas que entendible, pero desde que se unió a su grupo y después de que ella enfrentó sus demonios pudo observar su lado amable, poseía un gran corazón, bondadoso y sincero, cualquiera quedaría encantado con la chica del sur.

– Me preguntó al respecto – agregó después. Su cuerpo se tensó al instante, sabía a lo que se refería –. Espero y me disculpe por haber sido sincera con ella.

Su consejera lo miró tratando de ver su desaprobación, pero en su lugar le sonrió, siendo honesto le gustaba mas la idea de que fuera ella quien le contara sobre su situación, que mejor que una mujer para entender la posición en que Katara se encontraría en esos momentos, confiaba mucho en que Yan Ming le hablaría adecuadamente al respecto y no insistiría en convencerla como seguramente su tío lo haría.

– Usted sabe que estuve de su lado cuando esta idea surgió – continuó hablando –, comparto su opinión de que no es correcto persuadirla de tomar el lugar que su tío desea para ella, aun si los motivos son válidos, y siendo sincera después de lo que pasó es como si nos echara en cara que es la mejor solución – por desgracia no pudo contrariarla –. Pero creo que debería de darle una oportunidad – eso lo tomó por sorpresa –, ella forma parte de un plan del que no se le notificó, creo que su opinión al respecto es mas que merecida de ser escuchada.

Habían llegado a la entrada de la mansión. Zuko abrió una de las grandes puertas permitiendo que su consejera entrara primero, un gesto de caballerosidad que solo en muy escasas ocasiones se permitía realizar y que Yan Ming se había acostumbrado a ello.

La primera vez que lo hiso la había sorprendido de sobre manera. En esa ocasión habían estado conversando en un pasillo sobre ciertos eventos venideros, al llegar al despacho privado no esperó a que los guardias le abriesen las puertas como es costumbre, lo hiso el mismo y cedió el paso a ella primero.

Se detuvo al instante impresionada por sus acciones, siendo el Señor del Fuego el jamás tenía que abrir una puerta con sus propias manos ni mucho menos ceder su paso a otra persona, era inaceptable. Se sintió en un terrible debate, sería una gran falta de respeto que ella entrara primero a la habitación, pero en su interior sospechaba que lo ofendería si rechazaba aquella delibera acción. ¿A que estaba jugando? ¿La estaba poniendo a prueba? Había sido testigo del comportamiento de su padre, el destituido Lord Ozai, que no dudaba en castigar a aquellos que le faltaban el respeto de la manera mínima posible, elevar la voz, mirarlo a la cara, no bajar lo suficiente el rostro en una reverencia, incluso beber el té antes de que él diera el primer trago, hablar fuera de lugar…

Observó al joven con la cicatriz en su rostro, los ojos dorados la miraban pero al mismo tiempo no, como si solo estuviera fija en ella pero su mente estuviese en otro lugar, estaba pensando. Ahí se dio cuenta que su acción no era mas que un reflejo, una costumbre arraigada que simplemente salió de él de manera automática mientras su mente se perdía en lo que seguramente estaban conversando. Cuando sus ojos parecieron estar consientes de su entorno la vieron con atención, y en ese instante Yan Ming supo que él sería muy diferente a cualquier otro Señor del Fuego que jamás hubiese tenido la nación. Sonrió ligeramente y saltándose el estricto protocolo ingresó a la habitación seguida de su señor.

Aquella acción no fue la última y pequeños gestos similares a aquel le siguieron, como levantarse de la mesa cuando ella se excusaba, ofrecerle asiento primero, y sobretodo, era muy educado y respetuoso. Por supuesto que tales acciones solo las llevaba a acabo cuando se encontraban solos o en compañía del ex general, sospechaba que tal conducta provenía de él, de su influenciada educación, y ella no podía mas que sentirse alagada de tales gestos por parte de ambos hombres, pues era la prueba de que se sentían en confianza con ella, por ese motivo Yan Ming deseaba lo mejor para su señor, y la situación en la que se encontraba era una delicada, y estaba segura que las decisiones que se tomaran durante su estadía en la isla cambiarían por completo la vida del Señor del Fuego.

Al ingresar a la casona un apacible silencio los recibió, solo el choque de las olas contra las rocas de la bahía arrullaban a aquellos que estaban durmiendo en esos momentos, escasas luces iluminaban el gran recibidor.

– Buenas noches Lord Zuko – se despidió con una reverencia, pero en el instante en que dio unos pasos se detuvo girando para mirarlo de nuevo, él esperó a lo que tendría que decir – Lady Katara se hospeda en su habitación.

.

Su tío había echo un trabajo admirable con la remodelación, todo era tan diferente a la última vez que estuvo ahí, tomando en cuenta las condiciones en que se encontraba la casa, totalmente en ruinas, apolillada, llena de polvo y telarañas, definitivamente el cambio era grande y muy perceptible.

Que una mierda le importaba.

¿A quien engañaba? No podía poner atención a los cambios aunque quisiera, para empezar era de noche y la escasa luz interna no le permitía observar con buen detalle. Toda su atención se dirigía a la habitación al final del pasillo, y a quien estaba ahí dentro.

Se quedó de pie frente a la gran puerta, no había guardias cuidando, por un momento cuestionó la negligencia de parte del capitán a cargo de la seguridad, sin embargo, el encontrarse solo le permitió quedarse un buen rato ahí de pie, como idiota, pensando.

¿Debería de entrar o esperar a mañana? Con seguridad que ella dormía en esos momentos, entonces sería mejor dejarla descansar y comenzar su épica disputa frescos al día siguiente. Inevitablemente tenían que hablar, ya había dejado pasar una semana, pero no consideraba correcto que entrase a la habitación de una chica a esas horas, el era un caballero después de todo.

Satisfecho con su decisión dio media vuelta sobre sus talones dispuesto a esperar a la mañana siguiente, se detuvo antes de dar el primer paso ¿Dónde dormiría? Era verdad que la mansión tenía una gran cantidad de habitaciones, o eso recordaba, con la remodelación de su tío ya no estaba tan seguro, y si su habitación ya estaba ocupada él tendría que hospedarse en otro lugar.

En ese mismo pasillo existían dos puertas mas. Al tratar la primera encontró que estaba cerrada, la segunda estaba llena de cosas sin acomodar, largas tablas de madera y otros instrumentos de carpintería. Aun no estaba del todo lista la casa al parecer. Las demás habitaciones se encontraban en el ala este, tendría que ir ahí. De nuevo se detuvo antes de siquiera empezar a andar dándose cuenta de cierto detalle. Yan Ming se estaba hospedando en la planta baja, lo que era extraño, como acompañante de Katara resultaba natural que se quedara cerca de ella, una de las habitaciones del pasillo donde se encontraba era lo mas adecuado, pero... si ella no estaba ahí, evidentemente porque las habitaciones no estaban listas, y tampoco tomó lugar en el ala este, solo le quedó deducir que todas las habitaciones del segundo piso no estaban terminadas, a excepción de...

Se tocó el puente de la nariz, esto se estaba convirtiendo en un problema.

La idea de ir a despertar a un sirviente y que preparan una habitación para él casi la llevó acabo, pero se detuvo al pensar que su llegada no fue anunciada, no deseaba que supieran que se encontraba en camino, su maldita costumbre de no querer que se enteren de sus salidas por protección, y aun siendo el Señor del Fuego algo en su interior le recriminaba que no debía de ser tan impertinente y privar a las personas de sus sueños solo debido a sus hábitos.

Sin embargo Yan Ming sabía, seguramente por parte de su tío, que él iba en camino. Ella debió de haber dado la orden a los sirvientes de preparar un lugar para él si Katara ya había tomado su habitación, en lugar de eso solo le dijo que ella estaba durmiendo ahí.

Se quedó pasmado por una idea que cruzo por su cabeza, acaso ella..? No, de ninguna manera, si le dijo del lugar que estaba ocupando la maestra agua fue simplemente por cortesía, para saber donde debía de buscarla, e incluso tal vez pudo haber sido idea de Katara de notificarle su posición en caso de que él arribara a la isla y quisiera aclarar las cosas de una vez por todas. Si, tenía que ser eso y no la estupidez que se formo en su cabeza, no había forma de que su consejera arreglara que ambos durmieran juntos.

Aun así…

El no mencionar donde se quedaría a dormir en caso de que no deseara hablar con ella en ese momento le dejó aun con la duda. Pareciera que no tenía otra opción que compartir cama con la chica que se había apoderado de la habitación principal.

Por otro lado...

Esa era su habitación, el lugar destinado a él, que le correspondía por derecho, el que su tío, aparentemente, con tanto esmero se tomó la molestia en redecorar y tener listo antes que cualquier otra parte de la casa, y que Katara cómodamente estaba disfrutando. Una ligera punzada de celos lo embargó, el Señor del Fuego desplazado de su propia recamara por una simple maestra agua. Con una resolución completamente diferente caminó a paso decidido.

Bien, si a ella no le gustaba la idea de compartir sería su problema, encantado la echaría de ahí, ya escucharía sus reclamaciones después.

En el instante en que abrió la puerta contempló callado lo grande que era la habitación principal, pese a la penumbra fue capaz de notar como la decoración era tan diferente a cuando ellos estuvieron ahí hace algunos años. Vislumbró la gran cama, cercana al gran ventanal que daba salida a un balcón privado. Avanzó con paso deicidio, si bien no tenía ganas de hablar en ese momento si tenía toda la disposición de dormir. Al quedar frente a ella toda su determinación se fue al diablo.

El mosquitero blanco cubría por completo el lecho, atreves de la transparente tela la observó dormir en un nido de sábanas blancas. La luz de la luna y el viento que entraba por el balcón entre abría el capullo de tela permitiéndole observarla detenidamente. El obscuro cabello esparcido en la almohada de manera desordenada, su rostro lucía tan sereno y tranquilo, la respiración pausada dejando en claro lo profundo de su sueño. Nunca la había contemplado dormir, solo había sido victima de su mal humor cuando la despertaban a deshoras, y aun así, se quedó ahí, de pie, como un vigilante nocturno custodiando de su sueño.

O un pervertido...

Suspiró en derrota, no había posibilidad de que la despertara, o tomar lugar a su lado, aunque la cama era lo suficientemente grande para albergarlos a ambos sin necesidad de contacto desechó por completo la idea. El piso sería su lugar de descanso esa noche, no es como si fuera la primera vez que el duro suelo lo recibiera al sueño, su traje era una molestia sin embargo.

Se despojó de la mayoría de su vestimenta, no estaba seguro si había ropa para él o no en el gran armario adjunto, y tampoco quería hacer ruido tratando de buscar, dormiría solo con sus pantalones, por otro lado un par de mantas y una almohada serían bienvenidos, vio sus objetivos en los sillones al fondo de la habitación. Reconsideró su idea de dormir en el suelo para hacerlo en los cómodos y largos muebles.

– ¿Zuko?

Se detuvo en seco, su corazón casi salió de su pecho y el fuerte pum pum de sus latidos le sorprendió. Estaba despierta. Lentamente dio la vuelta, ella estaba contra luz pero su silueta era fácilmente visible. Los ojos azules brillaban en la obscuridad como dos lunas encendidas fijas en él; quedó sentada en la cama, la mitad de su cuerpo cubierto por las sábanas y lo que estaba visible dejaba ver su elección de ropa de dormir de esa noche.

– ¿Eres tu?

– Si, perdón si te he despertado.

– ¿Cómo te sientes?

Quedó en silencio por un momento, recordó la manera en que lo había encontrado esa noche, la forma en que lo había visto era algo que no podía borrar de su mente.

– Estoy bien, gracias – desvió la mirada, sabía lo que vendría, le gustase o no había llegado el momento de las explicaciones.

– Es un gusto escucharlo.

Ante tal respuesta fijó su vista en ella solo para observar como tomó lugar entre las sábanas dispuesta a retomar el sueño perdido. Casi se sorprendió de su acción, es decir ¿No había gritos ni reclamos? ¿O al menos la exigencia de una explicación? No entendía su comportamiento, pero sabía que esto no se quedaría así. Tal vez estaba esperando otro momento para hablar, sin embargo él ya no quería prolongarlo mas, ya había esperado bastante, lo justo sería que aclararan las cosas en ese instante, para eso estaba ahí en primer lugar.

Con determinación avanzó hacia ella, tomó lugar en el lado libre de la cama, sentándose en el suave colchón y recargando su espalda en la cabecera de madera. La maestra agua le daba la espalda.

– Katara... – comenzó – Se que debes estar molesta por haberte ocultado esto, pero quiero que entiendas que tampoco es de mi intención dar informe sobre los problemas que tengo. Como amigo no deseo preocuparte a ti o a ninguno de los otros y mucho menos que se vean involucrados – guardó silencio por un momento, la observó; la falta de respuesta de su parte le hiso continuar –. Supongo que ahora entiendes el verdadero objetivo de mi tío detrás del compromiso, y también la razón de porque estoy en contra de ello. Quiero que entiendas que esto no es tu responsabilidad y no estas obligada de ninguna manera a corresponder los deseos egoístas de mi tío. Tu...

– Soy libre de elegir con quien deseo compartir mi vida ¿No es así?

Completó sus palabras, se dio la vuelta para mirarlo. Con su cabeza aun permaneciendo en la almohada lo observó, su voz fue suave y tranquila, no elevó el tono. Para él resultaba extraño que le respondiera de esa manera, especialmente por el tema que se estaba hablando, no era como lo había imaginado, aunque algo en su interior deseaba que se mantuviera así.

– Te amo y he decidido casarme contigo.

Zuko sintió que se le iba el aliento, su corazón dejó de latir y por un segundo fue como si su alma abandonara su cuerpo mortal ¿Hablaba en serio? Por la forma en que lo miraba no lo dejó en duda. Trató de decir algo pero las palabras no salían, su cerebro pareció haber salido volando también pues no era capaz de pensar en nada. La sangre subió a su cabeza y cuando su corazón recordó que tenía que latir se convirtió en un maldito tambor desbocado dentro de su pecho. Hasta que la escuchó reírse.

– ¡No es gracioso! – le reclamó recobrando su voz.

– Debiste de haber visto tu cara – apenas y pudo hablar entre sus carcajadas.

– Si sigues riéndote de esa manera despertaras a todos.

Poco a poco comenzó a tranquilizarse. Lo miró divertida, después desvió su ojos hacia al mosquitero que colgaba del techo.

– Entiendo tu opinión – habló después –. Si estuviera en tu lugar reaccionaria igual. Me sentiría ofendida de que creyeran que no soy capaz de protegerme a mi misma, que tengo que depender de alguien más para mi cuidado. Que piensen de esa manera de uno mismo te hace sentir... débil. Además de que estarían involucrando a alguien inocente en un problema que no le corresponde. Ponerlo en peligro no es aceptable.

Sintió un gran alivio escuchar sus palabras, realmente no se lo esperaba, pero le gustaba mucho la idea de que estuviera de su lado, al menos que lo entendiera. Ella lo miró con una sonrisa y él no pudo evitar corresponderle. En un algún momento el brazo de la maestra agua se alargó y su pequeña mano tomó la de él. Era la misma mano que ella sanó, se dejó hacer por su toque.

– Sin embargo... esto no es solo acerca de ti Zuko – notó un brillo diferente en sus ojos azules –. No se trata de estar ahí como tu curandera personal, se trata de evitar tu muerte y las consecuencias que traería – el toque en su mano se volvió en un agarre firme –. Te lo repito Zuko, esto no se trata solo de ti, nos involucra a todos si la paz por la que peleamos esta en peligro, estoy segura que incluso tu mismo has pensado en eso. El único objetivo del porque van tras de ti y tu tío es mas que obvio.

– Y también irán tras de ti si aceptas esto – él ahora apretó su mano, su tono de voz se volvió serio.

– ¿Crees que tengo miedo de morir?

No. Fue la respuesta que llegó inmediatamente a su mente, sabía que ella no tenía miedo, era muy fuerte, y si a los catorce años no lo tuvo de terminar una guerra contra una nación, y posiblemente morir en el intento, sabía que ahora en su forma adulta mucho menos lo tendría contra unos rebeldes. Sin embargo, no estaba bien. El que ella fuera capaz de cuidarse por si misma no significaba que deliberadamente la expusiera al peligro.

La observó incorporarse para quedar sentada, su cuerpo mas cerca del suyo, el agarre en su mano no menguó.

– Escúchame bien Zuko, tu mas que nadie fuiste testigo de que nunca me di por vencida sin importar cuan peligroso fuera, creo que mi valor y determinación han sido mas que probados – él aun se negaba a aceptarlo, su mirada se lo dejaba en claro –. Déjame estar a tu lado Zuko – susurró –, no tienes que hacer esto solo.

Las cosas no estaba saliendo como él esperaba y eso lo estaba molestando, la decisión que había tomado la maestra agua era mas que clara, pero aun después de escuchar sus palabras seguía firme en su juicio de que no era lo correcto. Persuadirla iba a ser aun mas difícil ahora, pero no desistiría de ello. Antes de que pudiera decirle algo ella lo abrazó ocultando su rostro en su cuello, tal acción lo tomó desprevenido, se quedó inmóvil, pero lo que pasó después lo confundió. Su cuerpo temblaba, la humedad contra su piel desnuda fue mas que perceptible. Estaba Llorando.

– No quiero perderte – habló entre sollozos –. Cuando te vi de esa manera... fue igual que esa vez...

Le tomó un par de segundos comprender a lo que se refería, hasta que recordó el instante en que recibió el rayo de Azula, aquel que iba dirigido a ella. Por un instante pareció entenderlo, el miedo que sintió en ese momento se volvía a repetir, no pudo evitar sentirse culpable por ello. Cuando lo sanó del fatal golpe no dejaba de preguntarle por qué lo había echo mientras las lagrimas corrían de sus mejillas, además de gritarle que había sido un tonto.

Decirle que no necesitaba de su ayuda ni mucho menos que arriesgara su vida por él lo convertía en un gran hipócrita, especialmente cuando él ni siquiera tuvo el menor arrepentimiento de arriesgarse por ella en ese instante, y con seguridad que lo haría de nuevo y sin dudarlo si volviera a estar en peligro. Estaba seguro que ella haría lo mismo por él de ser necesario, pero era precisamente esa idea lo que lo estaba volviendo loco.

Sin titubear, sus brazos la rodearon hundiendo su cara en su cuello.

– No puedo permitir que te hagan daño Katara – la abrazó con fuerza, tragó grueso antes de decir sus siguientes palabras –. Prefiero que te cases con Aang antes de dejar que te lastimen por mi culpa – ella se tensó, pudo sentirlo, llevó su mano a su nuca para mantener su cabeza donde estaba –. Es mejor que estés alejada de mi pero a salvo, que a mi lado con el peligro asechando – sintió que quiso moverse para mirarlo de frente pero él no lo permitió afianzando mas su abrazo y el agarre en su cabeza –. Yo tampoco quiero perderte – susurró en su cuello –, moriría si algo te pasara – ella se quedó quieta, dejando finalmente de luchar.

Respiraba su aroma, el embriagador olor que albergaba la suave piel de su cuello y cabello. Su boca rozaba esa parte en particular, la tentación de tocarla con sus labios lo abrumó y el recuerdo de que una vez estuvo así de cerca con ella, piel contra piel, inundó su mente.

Se volvió consiente de la cercanía de ambos. Podía sentir su cálido aliento, el calor que su cuerpo compartía por su abrazo, la suave presión de sus senos contra su pecho desnudo separados por una fina tela que no hacia nada en impedir notar sus duras cumbres.

Resultaba muy confortante tenerla así, no recordaba con claridad que tan suave su piel era o como se sentía al estar de esta forma, había pasado mucho tiempo desde esa ocasión y casi, de manera egoísta o por capricho se permitió mantenerse de este modo solo un momento mas.

Ya no podía luchar contra eso, sentía algo profundo por la maestra agua y negarlo sería lo mas estúpido que podía hacer. Lo estaba comprobando en ese instante, el deseo de tenerla en sus brazos para siempre, tocar su suave piel y fundirse en ella hasta lo mas profundo de su interior solo para sentirse nuevamente su dueño era abrumador. No deseaba dejarla ir, pero al mismo tiempo se negaba a que ella permaneciera a su lado, especialmente si su vida corría peligro por su culpa.

Había dicho la verdad cuando le dijo que preferiría que se quedara con Aang si eso la mantenía sana y salva. Si, era lo correcto, a pesar de que hace una semana le había expresado lo contrario sabía en el fondo que podía convencerla de hacerlo, una parte de él se odiaba por eso, pero se repetía que era lo mejor para ella. Preferiría mil veces verla casada con el monje que con cualquier idiota que solo la veía como un buen trofeo. No dudaba en ningún momento de que Aang la haría feliz, aunque su corazón se rompía al pensar en ello.

Por eso aspiró con profundidad su aroma, su mano vagó sobre su espalda esperando grabar su piel en sus manos. Este sería el único momento en que se permitiría estar así de cerca con ella, sabía que esto no se repetiría, una vez que se separara, que dejara sus brazos, la dejaría ir para siempre.

–Katara…

–¿Y que hay de mi? – su voz en llanto interrumpió el discurso que tan meticulosamente había escrito en su mente – ¿Qué esperas que haga cuando me entere de tu muerte? – sus uñas se clavaron en sus hombros – Cuando me digan que ya no estas aquí, que te has ido para siempre – las lagrimas mojaban su piel y se derramaban por el pecho de ambos, humedeciéndolos –. Cómo esperas que viva tranquila sabiendo que yo pude haber echo algo... que pude haberte salvado – hablar presa del llanto le estaba costando –. No voy a dejar que mueras Zuko – ahora ella lo tomó con fuerza, sus brazos rodearon su cuello acercándolos a ambos aun mas de ser posible –, no si yo puedo evitarlo – dijo con determinación –. Tu morirás de anciano ¿Me escuchas? Después de haber vivido muchos años y tenido un montón de hijos y un montón de nietos.

Eso lo tomó por sorpresa y solo por un instante se dejo seducir por la imagen de ella teniendo varios hijos suyos.

– Tienes prohibido morir antes que yo Zuko.

Por un momento su mente quedó en blanco, solo siendo consiente del llanto de la maestra agua. Pero hubo algo, una sensación que comenzó en su pecho y se extendió como un incendio por todo su cuerpo. Ella era sorprendente, una fuerza imparable así como su elemento, todo su plan, toda su determinación se había derrumbado por sus palabras, palabras que le llegaron en el profundo de su corazón.

Suspiró, era una batalla perdida, besó su cuello sin preocuparse si fue un acto atrevido o no – Creo que moriré en el instante en que tu lo hagas Katara – admitió libremente.

No supo como ella pudo interpretar sus palabras pero a él no le importó, solo sintió la humedad de las nuevas lagrimas y el temblor de su cuerpo.

Zuko sabía, desde la primera vez que la vio, que existía algo que lo ataba a ella, desde el comienzo así fue. El primer lazo que los unió fue el de adversarios, confrontándose por la disputa del avatar. Él nunca había visto ojos como los suyos, una fiereza tan grande, casi igualable a su deseo de captura. Él sabía que el agua y el fuego eran los opuestos naturales, enemigos no declarados, pero cuando la conoció al invadir su pequeña y débil tribu entendió por completo el porque de aquella enemistad de elementos, verla a ella era como ver a un enemigo milenario, volverse fuerte y derrotarla se convirtió en su propósito; una llama de determinación que era avivada por algo tan antiguo como el mundo mismo que se encendía en él con cada encuentro. La captura del avatar era su objetivo, vencerla a ella era su meta.

Pero si los opuestos se atraen es por una razón y a veces esa atracción no siempre es destructiva. Se dio cuenta de eso aquel día en las catacumbas de Ba Sing Se, una batalla diferente, no hubo ganador o vencedor, solo una meta placentera a la cual ambos deseaban alcanzar y llegar juntos. Aquello los marcó a ambos, lo admitieran o no dio un giro de forma inesperada a la precaria relación que poseían en esos momentos, pero a partir de ese encuentro un lazo diferente los unió.

No estaba seguro de los sentimientos de ella hacia él, no se atrevía a sacar conclusiones, pero la manera en que le abrazaba en este momento, en como sentía su corazón palpitar atreves de su pecho y el agradable calor de su cuerpo le gustaba mucho, incluso la preocupación verdadera que mostraba hacia él egoístamente la disfrutaba, le gustaba el echo de que fuera importante para ella, casi en igual medida que al resto de sus amigos, o tal vez mas que ellos.

Estuvieron así por un largo rato. Ella dejó de llorar, su respiración se volvió tranquila y le agradaba mucho que acariciara su nuca así como él tocaba su espalda en un suave roce, el movimiento de sus dedos en el cuero cabelludo resultaba ser muy relajante. No tenía ningún problema en quedarse de esta manera el resto de su vida.

– No... no te enfades con tu tío por esto – le escuchó hablar después –. El estaba muy mal en ese momento, y puedo entenderlo. Quiero creer que estaba tan desesperado en mantenerte a salvo que solo pudo idear esto como única solución. Seguramente sufrió mucho por ti, ver como eras lastimado sin poder hacer nada.

El no respondió pero tuvo que admitir que tenía razón. Quien mas que su tío como testigo de todo lo que había sufrido, pero aunque también fue blanco de muchos ataques, ninguno de ellos llegó a ser tan atroces como los que iban dirigidos a él. Efectivamente, lo único que podía hacer su tío era esperar a su lado a que recobrara la conciencia o se recuperara de cualquier tipo de lesión, o que nunca mas despertara. Después de lo que le dijo hace una semana le quedó mas que claro el profundo dolor que le estaba provocando su propia necedad, la obstinada idea de que no necesitaba ayuda, él se estaba llevando la peor parte, observar como la única familia que le quedaba en el mundo moría frente a él.

Había sido un gran tonto, por evitar que otros resultaran heridos, estaba lastimando a la única persona que no se merecía sufrir. Inhaló nuevamente, disfrutando del aroma de la mujer que estaba en sus brazos. Ella había tomado una decisión, ahora era su turno.

– Lo lamento – su mano seguía acariciando su espalda –, perdón por haberte preocupado a ti y a mi tío – la escuchó suspirar y relajarse en sus brazos – Pero sabes...

– No.

– ¿No?

– Sé lo que dirás y la respuesta es no.

Ahora fue su turno de suspirar pero de frustración – Katara...

– No – se aferró a él con fuerza –. No voy a escucharte decir que existen otras maneras en las que yo puedo ayudarte, que puedo estar a tu lado sin la necesidad de estar unidos en matrimonio.

Su voz era firme, y específicamente ese era el tono por el que estaba esperando desde que comenzaron a conversar. Estaba a punto de enfrentarse a Katara en su versión necia, o decidida como a ella le gustaba referirse.

– ¿Crees que no han pensado en eso? – continuó – ¿Que tu no has pensado en eso? – especificó – Se que cuando tu tío sugirió la idea de que nos casemos pensaste en mil y una maneras de evitarlo, pero al final no podías negar que necesitabas de mi ayuda, y aunque presentantes otras opciones para tenerme en la nación todas fueron rechazadas por el simple echo de que solamente siendo tu esposa tendría acceso a ti todo el tiempo sin manchar mi honor, y como seguías sin gustarte esa idea, la desechaste por completo y mandaste al diablo todo el plan. Pero escúchame muy bien Zuko, voy a casarme contigo te guste o no.

Sentenció finalmente.

El peso de sus palabras lo estaba golpeando hasta el fondo. Le tomó a su cerebro un poco de tiempo para procesar lo que había escuchado. Se separó un poco de ella, dejó el escondite de su cuello para poder mirarla, tenía que verla. Los ojos se notaban irritados, pero el brillo en ellos era lejos a la tristeza, la determinación estaba gravada en los zafiros azules y como cada maldita decisión que tomaba sabía que en ese punto era imposible convencerla de lo contrario, pero él ya no deseaba luchar contra eso, realmente no quería.

Como Señor del Fuego vivía limitado en cuanto a su manera de actuar, tanto hacia su pueblo como para su persona, él no podía hacer nada por decisión propia, todos sus movimientos eran guiados, debatidos y vigilados. Ser un gobernarte es no poder hacer lo que deseas, un reto que había acepado por un bien mayor. Pero en ese momento, lo único que en verdad quería, que no sabía que anhelaba tanto, estaba en sus brazos, literalmente al alcance de sus manos, ofreciéndose voluntariamente a él. Y Zuko se aferraría con fuerza a ella.

La mano abandonó la curva de su cintura dirigiéndose a su rostro, ella inmediatamente se relajó ante su toque, la sintió suspirar de alivio, como sabiendo que él ya no trataría de persuadirla. La contempló por un largo momento, ambos disfrutando del silencio, solo el murmullo de las olas los acompañaban. Acercó su rostro, sus mejillas estaban húmedas por el llanto, pero el disfrutó de la calidez de su piel contra la suya, el aliento cálido acariciándolo.

– ¿Estás segura de esto? – susurró en su piel.

Su voz era diferente. El cambio del ambiente fue tan palpable, algo nuevo estaba surgiendo en ese momento, se sentía cálido y confortante.

Sintió su rostro acariciar el suyo, su nariz moviéndose por el lado de su piel sana – Si no lo estuviera – habló en su oído – no hubiese esperado por ti. Tomé mi decisión en el momento en que te sané.

No deseaba recordar esa noche y lo difícil que pudo haber sido para ella sobrellevar la pesada carga de no solo salvar su vida, si no también la de algunos de sus soldados.

– Un matrimonio es algo serio Katara.

Hubo una ligera punzada en su pecho, una inseguridad que se había adentrado en él como una aguja pequeña pero dolorosa. Ella debía de saber que esto no era un juego, no era algo que simplemente podía deshacerse cuando el peligro hubiese pasado, estaría atada a él para siempre, y aunque ella acababa de declarar que estaba dispuesta, tenía que asegurarse que no se arrepentiría, porque eso le dolería mas que nada en el mundo, sobre todo ahora que él había tomado la decisión de no dejarla ir.

Estaba seguro que escuchó una pequeña risita, su cuerpo se estremeció cuando los labios tocaron su oreja, la erección fue instantánea al sentir los dientes morder suavemente. No supo que poder si humano o divino le impidió gemir ante tal acción.

– Esto no es un matrimonio Zuko.

Habló la causante de tan bajos estremecimientos en su cuerpo, a continuación sintió sus labios vagar por su rostro dejando pequeños rastros de besos.

– No me estoy casando contigo solo porque me lo estén pidiendo – las manos se movían por su espalda, sus uñas acariciaran los músculos que parecían derretirse bajo su toque. No sabía que la estaba impulsando a actuar así, pero por el infierno que no se quejaría –. Lo hago porque a mí me conviene mantenerte con vida.

Besaba su mandíbula, mientras descendía hasta su cuello no pudo evitar el bajo gruñido que salió de su garganta, Katara estaba jugando con fuego, literalmente, porque se sentía arder cada vez mas y mas.

– Míralo como un acuerdo – besó con fuerza la unión de su cuello y hombro succionando con gusto mientras él la apretaba a su cuerpo, escondiendo su rostro en el hueco de su cuello ahogando un gemido –, me necesitas… ¡Aah! – la escuchó cuando mordió su piel, este era un juego que podían jugar dos, y de ninguna manera perdería su turno, las manos calientes comenzaron a vagar por su cuerpo. Su espalda se arqueó haciendo que su pecho se pegara a él, los sonidos que salían desde lo profundo de su garganta fue la mas bella canción que alguna vez escuchó.

Tomándola de la cintura la jaló con fuerza hacia él, las largas piernas lo rodearon y cuando ella descendió a su regazo gimió con placer. Su duro eje estaba justo en su entrepierna, el calor que irradiaba lo llamaba, lo incitaba a hundirse en el y cubrirse por completo. El instinto le decía que lo hiciera, que se introdujera en ella de una vez por todas y satisfacerse con su cuerpo. Pero no lo deseaba de esa manera, enfrió su mente, quería disfrutarla, la primera vez que estuvo con ella estaba drogado, era consiente si, pero todo su cuerpo actuaba sin control, dejándose llevar por sus instintos, en esta ocasión, deseaba disfrutarla plenamente y que ella también lo hiciera.

Seguía sin entender como la situación dio un giro tan inesperado, pero de alguna manera no deseaba profundizar en eso, quería convencerse a si mismo que esto era algo que ambos deseaban. Saber de los sentimientos de Katara hacia él sería algo que dejaría para despues. Si se estaba entregando con tal disponibilidad él no la rechazaría, y por su honor que la haría la mujer mas feliz del mundo.

Desplazó sus labios hasta el hombro, con su boca retiró el delgado tirante de su camisón, la sintió hacerse chinita bajo su lengua.

– ¿Un acuerdo?– repitió sus palabras, el aliento cálido que dejó en su piel la hiso temblar.

Sus manos descendieron por su cuerpo hasta llegar a la orilla de aquel delgado camisón que parecía retarlo. Tocó la piel desnuda de su muslo, ella gimió ganándose un meneo de su cadera, respiró profundo en su pecho cuando ella lo estrechó de los hombros sujetándose firmemente de él.

– Si… – la manera sensual en que lo dijo le robó el aliento – Me necesitas, admítelo.

Claro que la necesitaba, sus caderas se movían endemoniadamente, se masturbaba con su sexo que gritaba ser liberado de sus pantalones y poder sentirla plenamente, no era justo que solo ella lo disfrutase tan bien.

– Solo yo puedo ayudarte.

No lo ponía en duda. El infierno que era su cuerpo solo podía ser apagado por ella. El tirante que había retirado bajó aun más, la parte del camisón que ocultaba uno de sus senos fue desprovisto de su tarea, la fina tela dejó al descubierto una generosa parte de la redondez de su pecho sostenida precariamente por la dura cumbre. Su lengua no tardó en llegar a su encuentro.

Katara gritó en respuesta, arqueó su pecho hacia él ofreciendo mas, sus manos rodearon su cuello y una de ellas tomó su cabello con fuerza. Besaba su pecho deleitándose de su suavidad y aroma. Su lengua encontró el botón oculto, lo acarició de arriba a bajo, divirtiéndose un poco con él, disfrutando de cómo ella temblaba y tiraba de su pelo, demostrando lo mucho que le gustaba. Succionó hasta dejar una marca, se sintió muy orgulloso de ella.

La mano que estaba en el muslo comenzó a ascender, su par lo siguió. Su piel era tan suave y cálida, disfrutaba de su roce, el estremecimiento ligero y la manera en que salían pequeños suspiros de sus labios. Besó el centro de su pecho, sus manos veneraban la delgada figura mientras ella se relajaba en su toque, cedía ante él de una manera encantadora.

– Nunca hemos podido estar de acuerdo en algo Katara – habló mientras la acariciaba con sus labios.

Las manos de la maestra agua se movían en su pelo, su aliento en su sien. Él seguía el recorrido de su cuerpo. Una de sus manos abrazó la cintura, pero la fastidiosa tela de su camisón no estiraba demasiado restringiendo sus movimientos, la yemas de sus dedos ardieron en prenderle fuego a la molesta prenda y quitarla de su camino de una vez por todas. Su otra mano bajó al muslo que no había tocado, palpó lentamente, en un movimiento ascendente, deteniéndose en la cadera, justo en la orilla de su ropa interior, pensó si también debía de quemarla. Mientras tanto, sus labios comenzaron a moverse, uno de sus senos ya había sido marcado, sería injusto dejar el otro sin la misma atención. Mordió la orilla de la molesta tela que ocultaba su objetivo.

– Entonces… una alianza?

Escuchar esas palabras le hiso detenerse, la maestra agua por su parte pareció un poco disgustada por su acción, pero lo que había dicho caló en lo profundo de su mente, evocó los recuerdos la última vez que realizaron un pacto similar. Se separó de su pecho para alzar la mirada. Su rostro era lo mas bello que jamás había visto. El sonrojo, los ojos azules nublados por el deseo y pasión ¿Y tal vez algo mas? Ella brillaba con luz propia, como la luna en las noches mas obscuras. Por los espíritus, cuanto la amaba.

– ¿Una alianza? – repitió.

Por un momento creyó ver un ligero rastro de miedo en la mujer que estaba en sus brazos, su cuerpo pareció tensarse.

.

Katara estaba aterrada. Lo había arruinado todo con sus palabras y ahora Zuko no la tomaría en serio ¡Tanto que le había costado tomar el valor de seguir este plan y todo se estaba hiendo a la basura!

Ella ya había tomado una decisión, se casaría con Zuko y punto. Despues de el caos de esa noche pasó y todo regresó a un ligera calma fue consiente de lo que estaba pasando, de la terrible verdad que su amigo le estuvo ocultando. No podía mentir, la rabia y la furia la invadieron, le era imposible no querer matarlo por haberse expuesto al peligro de esa manera y lo muy tarde que ella fue llamada para intervenir.

La isla Ember y la señora Yang Ming le ayudaron a entender todo el contexto de lo que estaba pasando y a tomarse con calma y sin un arrebato de cólera los motivos del maestro fuego en negarse al plan de su tío. Podía entenderlo, si estuviese en su lugar ella hubiese echo lo mismo. Sin embargo ya había tomado una decisión, y le gustase o no, no cambiaría de opinión. Convencerlo sería otra historia.

Él se negaba rotundamente que estuvieras a su lado a través del matrimonio, y a pesar de que sugirió otras opciones, fueron descartadas porque en algún momento tu honor podría quedar manchado, y eso no era aceptable.

No podía sentirse ofendida de que la rechazara, sabía a la perfección porque lo hacía. Visto desde cualquier ángulo externo, un matrimonio entre ellos era muy conveniente, nadie sospecharía otras intenciones, además de que muchos sabían de su amistad. Pero Zuko estaba preocupado por ella, y exponerla al peligro una vez que tomara su lugar como esposa no era una opción. Además de la conversación que tuvieron esa noche le mostró lo que pensaba al respecto en acciones similares; aun si es por un bien común, él no era capaz de aceptar que alguien fuera utilizado con esos fines, se lo había dejado en claro cuando expresó su opinión respecto al compromiso planteado con Aang, y lo confirmaba con el suyo.

Ahora se enfrentaba a un reto muy grande, si ya tenía muy bien cimentada esa idea ¿Cómo lo convencería de otra manera que no lo hubiesen intentado ya? Refutarle que acababa de comprobar que era lo mejor pues le había salvado la vida quedaba completamente descartada. Yang Ming le había advertido de la necedad de su señor con este tema, simplemente no daría su brazo a torcer tan fácilmente aun si le demostrabas con hechos que esto era lo adecuado.

Los otros no tuvieron éxito en convencerlo, pero creo que tu puedes hacerlo.

¿Y qué otra manera existe además de obligarlo? No creo que sea bien visto que el Señor del Fuego se case amordazado.

Eres su amiga, creo que lo conoces un poco mejor que nosotros y sabes de alguna opción para lograrlo.

Iroh es su tío y lo conoce de toda la vida ¡Aun así no pudo!

El general Iroh no es una hermosa joven que esta enamorado de él sus ojos se abrieron con sorpresa –. Lo amas, y no veo un motivo mas fuerte que el amor para querer estar a su lado y evitar que le pase algo malo.

Katara se avergonzó tanto de ese comentario que no fue capaz de evitar que su rostro se volviera rojo y escondiera su cabeza entre las piernas. Estaban sentadas a la orilla de la playa discutiendo ese tema. Que la consejera supiera de sus sentimientos no debería sorprenderle, de echo, si todo el palacio lo supiera tampoco sería una sorpresa, ella misma lo había gritado enfrente de todos mientras salvaba a su amigo de una muerte segura.

No puedes dejarme Zuko, no puedes…

Exclamaba Katara llorando mientras sanaba al maestro fuego. Habían sido llevados a los baños privados. Las aguas termales resultaron perfectas para llevar acabo la curación en un acto desesperado por salvarle la vida.

Por que si tu mueres yo también moriré ¿Me escuchaste? Yo moriré junto a ti – tomó su rostro inconsciente –. Te amo – y acto seguido lo besó.

Esa había sido su declaración, la confirmación de sus propios sentimientos, una confesión que nacía en medio del caos y la desesperación, entre las lagrimas y el miedo. Por que no podía existir un momento mas oportuno para que el corazón se abriera, ella solo lamentaba lo tarde que sus emociones habían decidido revelarse echándole en cara un verdad innegable.

Estaba enamorada de Zuko. Lo amaba. Y todos los guardias, su abuelo, Iroh y demás personas que no tenía idea de quienes eran fueron testigos de su confesión.

Pero sospechaba que sus sentimientos no serian un motivo suficiente, si no todo lo contrario, si Zuko se enteraba sería algo que usaría en su contra, pues no permitiría que por esa razón se quedara a su lado expuesta al peligro. Era demasiado honorable como para aprovecharse de los sentimientos de una mujer y usarlos a su favor, especialmente si el afecto no era correspondido.

Darse cuenta de todo esto la dejaba en el mismo punto de partida ¿Qué podía hacer para convencerlo? ¿Hablar claro con él? ¿Decirle que la decisión ya estaba tomada y no había vuelta atrás? Por que de echo, su abuelo se había ido precisamente para decirle a su padre sobre su futura boda, cambiar de opinión solo haría que ella quedara muy mal. Si, ese podía ser un buen punto. Amenazarlo con que decirle que su honor estaría manchado si se negaba. Ahora tenía que ver la forma de decírselo sin que ambos terminen en una pelea y destrozando todo a su alrededor. Porque no había manera de que esta conversación no termine en gritos y usando sus elementos.

Zuko era tan necio como ella, y si había sido capaz de rechazar este compromiso aun negándose a ver la verdad frente a sus ojos de que la necesitaba, pues ella se encargaría de abrirlos aunque sea a la fuerza.

Eso había pensado en un comienzo, pero conforme los días pasaban su decisión de ir al palacio y enfrentarlo menguaban. De alguna manera no era capaz de volver, de regresar a un lugar que le causó mucho dolor, porque regresar al palacio significaba recordar todo lo ocurrido esa noche, y lejos de sentir enojo, era el miedo y el temor lo que la abrumaban. Se sentía inmensamente triste de pensar que casi lo perdió para siempre. Las pesadillas que tenía al respecto la atormentaban en las noches, escenarios donde ella no llegaba a tiempo, donde no era capaz de salvarlo. Fue precisamente en una noche como esa que despertó y lo vio ahí, en su habitación.

Le sorprendió mucho el verlo ¿Seguía soñando? Cuando le respondió confirmó que era real, estaba ahí, con ella. Quería gritarle y decirle que era un estúpido, las palabras las había repetido tantas veces en su mente, pero a cambio solo sintió un alivio muy grande al comprobar que estaba sano y salvo, que su pesadilla era solo eso y nada mas. Zuko estaba vivo y se quedaría a si. Con ese pensamiento en mente decidió regresar a dormir. Fue consiente cuando se sentó a su lado, lo escuchó y prefirió dejarlo hablar, oír los motivos que ya había previsto que le diría.

No dudó en interrumpirle y burlarse un poco de él.

Su confesión salió mucho mas fácil de lo que había imaginado, pero su reacción le provocó mucha risa, era tremendamente adorable. Continuó hablando exponiendo su punto de vista, mostrándole otra parte de la que era consiente pero que se negaba a ver, le dejó en claro que estaba dispuesta a tomar este camino con él, aun si era peligroso, ella se mantendría a su lado, quería estar con él, protegerlo, cuidarlo, sanarlo… Pensar en lo que podía pasar si no estuviese ahí la rompió, sus sentimientos la sobrepasaron y sin poder controlarse estalló en lagrimas.

Y despues vinieron sus palabras. Aquellas que le atravesaron su corazón, las mismas que ella había dicho esa noche. Él había estado inconsciente, no existía forma que la hubiese escuchado, pero la coincidencia de sus palabras la afectó mas de lo esperado. Confirmó su decisión, no se alejaría de su lado, no se apartaría de él.

¡Pero era tan necio!

Seguía sin aceptarla, por lo tanto tomó una acción muy osada, aprovecho la situación y decidió jugar otra carta. Lo seduciría. Aunque no tuviera idea de cómo hacerlo lo intentaría, además, si el estaba tan renegado por no querer un matrimonio entre ellos pues se lo plantearía de una manera diferente. Le haría a entender que ella podía ser mas que su curandera personal, podía ser mucho mas. Sus carias y besos se lo demostraría, y con gran sorpresa sintió el resultado de sus acciones.

Nunca pensó que su propio cuerpo reaccionaría a él de esa manera. Por los espíritus que lo deseaba tanto. Pero entre la nebulosa de su placer dijo algo que no debió, su estúpida elección de palabras le hiso reconsiderar lo que estaba haciendo. Incluso Zuko la miró de una manera que no supo descifrar pero sabía a la perfección lo que estaba pensando.

Una alianza, había dicho. La ultima vez que llegaron a esos términos no fue en las mejores situaciones y mucho menos con las mejores intenciones. Ambos se necesitaban y ya, mas allá de eso no hubo nada, bueno si lo hubo, pero no tenía nada que ver la situación actual. Y era precisamente eso lo que la hiso arrepentirse de haberlo mencionado. Esto era mucho mas que una alianza, al menos con un significado mas profundo que en esa ocasión, y no deseaba que Zuko lo malinterpretara.

Cuando vio la sonrisa en sus labios se estremeció. Acto seguido el maestro fuego besó la curvatura de su seno.

– La ultima vez funcionó ¿No es así? – habló Zuko desde su pecho.

Su alentó cálido chocaba en su piel desnuda creando reacciones placenteras. Su cuerpo se relajó al instante, gracias a los espíritus que Zuko no pensó de mal manera.

– Creo que fue la primera vez que trabajamos juntos – agregó Katara.

– Por un bien común.

La mano de Zuko se aferró a su cadera y sintió la presión en ella, comenzó a moverla lentamente, deseando que reanudara el movimiento que ambos disfrutaban.

– También recuerdo como terminó.

Los ojos dorados estaban fijos en ella como brazas ardientes, un profundo deseo que nacía desde el interior del maestro fuego, siendo capaz de trasmitirlo con su mirada. La quemaba y estaba mas que feliz de convertirse en ceniza en sus brazos. Por que era una promesa segura. Zuko la haría arder de pasión.

No lo pensó mas. Lo besó con fuerza y sin restricciones.

.

Su boca fue devorada, sus labios degustados hasta hacerlos arder, y cuando la lengua entró, ambos supieron que nunca tendrían suficiente de esto.

¿Así había sido la primera vez? Honestamente ya no importaba. Estaban creando nuevos recuerdos, redescubriendo sus cuerpos, encontrándose de nuevo. Y disfrutando a conciencia el uno del otro.

Zuko empujó a Katara bajo su cuerpo, haciendo que se recostara en la cama. En ningún momento sus bocas se separaron. Le era imposible, y si solo lo intentaba era la maestra agua la que no lo dejaba ir reteniendo su cabeza para mantenerlo en su lugar.

Bajó besando su cuello mientras apuñaba la tela del camisón subiéndola hasta pasarla por los brazos de Katara para por fin tener acceso a su piel. Besó y lamió, saboreó cada parte de ella sin poder tener suficiente. Mientras sus labios vagaban por su cuerpo una de sus manos amasaba el firme seno.

– Zuko...

Katara temblaba bajo su toque. Vibrando, cantando para él de esa manera que no sabía se estaba volviendo adicto. Escuchó su respiración agitada, su pecho bajando y subiendo de manera errática.

– Cómo pensaba – habló desde su piel fijando sus ojos en ella –. Este clima es demasiado caluroso para ti ¿No es así? Estas sudando mucho.

Lamió un rastro de sudor que se había acumulado en su cadera disfrutando de su reacción.

Katara estaba sonrojada hasta las orejas. No quería decirle que no era exactamente por el clima lo que la tenía en tal situación. ¿Qué acaso Zuko no era consiente del calor que emanaba su cuerpo? Parecía una estufa. Además, lo que estaban haciendo no era precisamente algo como para que no reaccionara de esa manera. Estaba caliente, literal y figuradamente. Y todo por culpa del maestro fuego que estaba encima de ella y su condenada lengua que no quería que se detuviera.

– Estoy bien – pero claro, jamás lo admitiría, se moriría de vergüenza si lo hiciera –. Aun es de noche.

Una sonrisa ladina apareció en sus labios, diversión y seducción pintaron su rostro – No será de noche cuando termine contigo.

Antes de que pudiera pensar en algo mas su ropa interior había desaparecido y Zuko se había perdido entre sus piernas.

Gimió con fuerza, mas alto de lo que jamás vez había imaginado que en su vida haría. Inmediatamente una de sus manos fue a parar a sus labios, evitando así que mas sonidos bochornosos salieran. La otra fue a la cabeza del maestro fuego, aferrándose a sus cabellos negros sin saber si era para detenerlo o para hacerlo continuar.

No era capaz de decir nada, ni si quiera podía pensar, sólo era consiente de la lengua que se movía por una zona donde sólo ella había tocado en muy contadas ocasiones. Y en cada una de ellas se maginaba a Zuko siendo él quien le brindaba aquel placer. Ahora era una realidad, y sus dedos no se comparaban para nada a la lengua del maestro fuego.

Llevó su mano a su boca, estaba cerca, demasiado, y aunque intentó decirle algo a Zuko su propio cuerpo se reusaba a dejar salir advertencia alguna. Lo único que pudo hacer fue aferrar con aun mas fuerza su agarre en los cabellos de quien la estaba llevando al borde del placer para evitar que se detuviera. Por los espíritus si pudiera lo enterraría en ese lugar y no dejaría que se alejara nunca.

Hasta que se desbordó.

Se tensó por largo momento, extasiada, mareada, cada musculo de su cuerpo vibraba en espasmos placenteros. Recordó que tenía que respirar, el fuerte jadeo llenó sus pulmones de aire. Su corazón latía tan rápido como si hubiese estado en una intensa pelea, una que acababa de ganar o perder, honestamente no estaba segura, pero no le importaba.

Tocaron su rostro, sus labios fueron besados. Un cuerpo caliente se sitió sobre ella cubriéndola por completo. Apenas y se volvía consiente de su entorno cuando sintió una intromisión en su cuerpo, en aquella zona que acababa de exceder de placer.

Gritó y se aferró a los hombros del maestro fuego. Al mismo tiempo Zuko la abrazó y se aprensó de su cuerpo sin intención de dejarla ir. Sus golpes eran certeros, profundos y con impulso. Un nuevo goce se esparcía en ella. Lo sentía desde la punta de los dedos de su mano hasta los pies.

– Katara...

Murmuraba en su oído, gruñía incluso. Pero no era capaz de pensar en algo mas, no podía con tremendo embiste dentro de ella. El placer la nublaba, eran tan grande que no podía mantener sus ojos abiertos, los cerraba con fuerza mientras cálidas lagrimas bajaban por sus ojos. Sus brazos pasaron de los hombros a su cuello, lo rodeó ahí mientras su piernas se aferraban a las caderas que se movían implacables. Lo sentía salir y regresar a su interior, sacaba de ella casi toda su dureza para volver con fuerza tocando un lugar que la estaba volviendo loca.

– Más... más profundo – exigió – más... Zuko.

Escuchó un gruñido en su oído acompañado de un fuerte golpe en su interior. Ahora todo se volvió frenético mientras su mente volaba al infinito y mas allá. Zuko le arremetía con tanta fuerza que levantó su cuerpo de la cama mientras la tomaba de su cadera para mantenerla elevada. De alguna manera ella no soltó su agarre de él, no podía. La golpeó duro y sin contemplación hasta que llegó nuevamente. Fue mas fuerte que la ultima vez, no había comparación. Y todo se sintió aun mejor cuando Zuko también se liberó en ella. Las pulsaciones de su erección mientras se descargaba la estremecieron aun mas. Vibraba dentro de ella alargando su propio placer.

Después de eso ya no fue capaz de contar cuantas veces mas terminó de esa manera. Exhausta, complacida y absolutamente feliz de estar en los brazos del maestro fuego. Pero en definitiva Zuko cumplió su palabra. No la dejó descansar hasta que las luces del alba pintaron el cielo.

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Despertar con el sonido de las olas siempre fue muy relajante. Resultaba un despertador efectivo, el océano y su calma, las gaviotas graznando a lo lejos y el eco de sonrisas infantiles llegaban hasta su habitación. Zuko despertó solo en su cama. A esas alturas no le impresionó. Solía ser mucho mas flojo cuando se encontraba en la Isla Ember, era su tiempo de descanso después de todo y agradecía que Katara no le despertara como comúnmente lo hacía.

La brisa marina entró hasta su lecho refrescándolo un poco. El verano todavía no comenzaba, pero este año en particular estaba haciendo mas calor del habitual. Estaba acostumbrado a soportar las altas temperaturas que eran tan comunes en su nación, pero si era honesto ya no era capaz de sobrellevarlo como antes, o al menos no tan fácilmente. Su tío decía que se estaba volviendo viejo; cada vez que lo expresaba no podía evitar gruñirle un poco en respuesta. No era tan viejo como decía, apenas estaba en sus treinta, un adulto en edad media, se sentía lejos de verse como un anciano que se queja del clima y cualquier otra cosa como algunos de sus consejeros o personas mayores con los que llegaba a tratar en su día a día.

Que comenzaran a aparecer rastros blanco en su cabello era otra historia.

Pero lo cierto era que su incapacidad de soportar el abrazador calor de la temporada era debido a Katara, ella lo había echado a perder. Su esposa que en verdad no estaba acostumbrada al clima de su nación se quejaba todo el año del martirio que era soportar tan horroroso tiempo, especialmente en verano. Sin embargo siempre encontraba la solución para no sentirse bochornosa durante esas temporadas. De manera natural su cuerpo bajaba la temperatura a su alrededor. Tomaba la humedad del aire y la enfriaba, manteniéndose fresca a si misma y a los que la rodeaban. Era como un pequeño hielo andante, y siempre tenía a varias personas a su alrededor disfrutando también de la confortante temperatura.

Por supuesto que él, al ser su esposo, las noches de calor sofocante se convirtieron en algo mucho mas placentero y relajante teniendo a su esposa a su lado que lo enfriaba de manera sedativa. Y cada vez que sentía que el clima le afectaba demasiado, tanto físicamente como en su humor, iba con ella para relajarse por unos instantes. Era también esa época del año cuando mas la buscaba y pasaban tiempo juntos.

Aunque ahora ya extrañaba su ausencia. Sin su enfriador personal comenzó a sentirse un poco pegajoso por el sudor. Se levantó de su cama incapaz de seguir ahí. Aunque la brisa del mar refrescaba lo suficiente para no hacer tan incómodo el día, para él no era suficiente.

Las risas de nuevo llegaron a sus oídos. Salió al balcón sabiendo lo que vería. Miró hacia abajo, donde la playa privada se extendía. Tres niños jugaban en la arena, el mayor de ellos arrastraba sobre la orilla una tabla donde el mas pequeño iba sobre ella riendo y gritando. Otro de los niños corría intentando hacer piruetas. Cerca de ellos había una carpa de color rojo, no tenía que ver para adivinar quien se encontraba ahí resguardándose del sol matutino y vigilando a los mas jóvenes.

– Oh, ya estas despierto.

Se giró para mirar a su esposa. La vista fue tan encantadora como la de los niños jugando en la playa.

Vestía de azul claro, un vestido ajustado del busto, sujetado en su cuello dejando los hombros y brazos al descubierto. En la parte inferior y desde el comienzo de sus muslo la tela dejaba de ser sólida para convertirse en una trasparencia que dejaba ver sus piernas, hasta el dobladillo final que volvía a ser normal. Aquello era algo que amaba del verano, la soltura de prendas de su esposa. Aunque en el palacio sus vestimentas tendían a ser un poco mas recatadas, ella encontró la manera de sentirse cómoda en sus atuendos. Y en la Isla Ember donde no tenía que cuidar de un protocolo daba rienda suelta a forma de vestir.

Se veía hermosa y encantadora a sus ojos. Incapaz de cansarse de tal visión.

Se acercó a él con su característico caminar donde meneaba sus caderas de manera insinuante. Zuko siempre pensó que Katara trataba de seducirlo a todas horas, incluso con su forma de caminar.

Aun no llegaba a él y ya podía sentir la frescura que siempre parecía rodearla. La recibió con un beso, aferró su mano en su cintura y se permitió estremecerse por el cambio de temperatura de su cuerpo.

– Se levantaron temprano – susurró cerca de su cabeza, ambos mirando hacia la playa.

– Tu eres quien se despertó tarde, ya es casi medio día.

Sonrió con descaro. No le importaba la hora del día, había tenido un buen descanso.

–Y tu te vez demasiado bien – agregó aferrando mas su toque en su esposa –. Tomando en cuenta lo agotada que te dejé anoche.

El frescor que la rodeaba tambaleó por un momento y en su lugar comenzó a sentir un ligero calor. Katara estaba sonrojada hasta las orejas. Zuko sonrió aun mas complacido.

– De verdad, tienes que aprender a controlarte – le reclamó, pero su tono de molestia se perdía por la vergüenza que cruzaba su rostro –¿Sabes cuanto tiempo me tomó sanar todo lo que me hiciste?

– No escuché que te quejaras – dijo con descaro –. Es una pena que las quitaras, me encanta ver tu piel marcada por mi – agregó de manera seductora mientras besaba su hombro, el mismo que el había mordido la noche anterior. Si Katara no fuera curandera le sería difícil usar atuendos como el que llevaba puesto esa mañana. Estaría condenada a usar cuellos altos y tener los hombros cubiertos.

– Trata de explicarle eso a los niños cuando las vean – señaló las marcas que ahora estaban en él. Su pecho estaba marcado con cardinales morados, marcas de uñas en su espalda y chupetones y adornaban su cuello. Katara no se quedaba atrás tampoco cuando se dejaba llevar. Incluso hasta sus nalgas han sido victimas de la pasión de la maestra agua.

– Tal vez no me importaría decirles que fue su madre la que lo hiso.

– ¡Zuko! No te atrevas a hablar de eso frente a los niños – soltó una carcajada – Esto no estaba en el acuerdo – le acusó.

– Oh... ¿La Señora del Fuego quiere renegociar? – la miró de manera provocadora – Creí que ya habíamos dejado todo en claro anoche, tendrás que esperar hasta el próximo año para cambiar los términos y condiciones de nuestra alianza.

Amaba ese juego que existía entre ambos. La mirada azul fue retadora, igualando la suya – Si así son las cosas, entonces me abstendré a la parte del acuerdo donde las relaciones intimas solo se basaran con el propósito de crear descendencia. Lo cual Lord Zuko, he cumplido a la perfección, ya le he dado tres perfectos herederos para la corona. Creo incluso prudente detenernos en este momento.

– ¿Estas segura? – rodeó con sus brazos su figura, se acercó a su cuello besando dulcemente la piel – Aun no tenemos una niña.

– Tienes que estar bromeando...

Sus manos comenzaron a vagar por su cuerpo, acariciando sobre la delgada tela – Las hijas de Sokka y Suki se ven tan lindas, y Suki disfruta tanto de enseñarles.

– Zuko...

– ¿Te imaginas? – susurraba en su cuello – Una pequeña princesita corriendo en el palacio, una maestra agua igual a su mamá.

Estaba cediendo, sentía su cuerpo entrar poco a poco en calor.

– Aun no sabemos si Kai es un maestro fuego o agua.

El menor de sus hijos aun no demostraba el elemento que dominaría, o si es que tendría algún control. Aun era demasiado joven para saberlo. Sus hermanos mayores eran maestros fuego.

– Pero no es una niña – insistió.

– Zuko...

La besó sin dejarle terminar, devoró sus labios como la noche anterior, con la misma pasión, el mismo deseo, aquel que no había disminuido desde hace diez años cuando ambos formaron una alianza, el mismo que despertaba en el cada noche al llegar a su cama y verla a ella esperando por él.

Bajó sus manos hasta el firme trasero, la levanto con fuerza mientras que ella enredaba sus piernas en la cadera, sin romper el beso la depositó en la lecho matrimonial, aquel que fue testigo de su pasión hace apenas unas horas.

– Ya que insistes en hacer esto solo con el fin de traer vida – comenzó a quitar el amarre en su nuca dejando al descubierto su piel, su otra mano se perdía debajo de su falda –, te haré el amor todos los días hasta que quedes embarazada, te llenaré tan profundo de mi que a principios del siguiente año estaremos recibiendo a nuestra hija.

No habló mas que para insultarlo de vez en cuando mientras gemía de gozo. Al final el deseo de Zuko se cumplió, la princesa de la Nación del Fuego resultó ser una copia exacta de su madre, a acepción de sus ojos que eran dorados como los de su padre. En un par de años ambos se darían cuenta que ella no sería la maestra agua que habían predicho. Aunque eso no detendría al terco padre de querer a una maestra agua en su descendencia.

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Fin de la parte II, continúa con un pequeño epilogo.