El tiempo se detuvo. Se congeló. Al igual que mi alma.
Sentía el plasma recorrer todo mi cuerpo, esa sustancia ferrosa mezclada con MDMA. Notaba mi corazón acelerado.
Me daba miedo a mi misma. De lo que estaba haciendo.
Trataba de huir. Estaba encerrada, en mi propia cárcel.
Trataba de matarme, envenenándome.
¿Lo estaría logrando?
De ser así, mi muerte era lenta y dolorosa. Vacía. Como un árbol infestado de carcoma.
¿Porque me lamentaba si la causa de mi desgracia era yo misma?
Era estúpida.
Merecía desparecer, como ya había partido del corazón de él…
Era una basura para la sociedad, o la sociedad era una basura para mi. ¿¡Quién sabe!?
¿Dónde estaba la maldita burújula? Esa que sabe dónde debes encaminarte y te apoya. Siempre.
Ah… es verdad, se desmontó en mil pedazos hacía ya mucho tiempo. Estaban enterrados bajo tierra.
Ni tan solo recordaba como rayos había acabado en ese antro de mierda, lleno de suciedad, butacas de piel roja rasgada, botellas de cristal rotas por el suelo y por doquier... rodeada de suicidas y borrachos.
Y pensar…
Que hacía tan solo un mísero año, iba a cursar la carrera de Bióloga.
Que lástima me daba a mi misma.
No merecía la compasión de nadie, ni la mía propia.
Lo que hacía no era lo correcto, y lo sabía. De sobras.
Pero una fuerza mayor me llamaba a hacerlo… Me transformaba.
"Eso" me hacía sentir otra persona, sentía que tenía otra vida, que era feliz, en ese «lugar» no existía el fracaso… vamos, todo aquello que la sociedad impone para que podamos vivir "humanamente bien".
Al cruzar el arcoíris, eso siempre anunciaba el fin de mi estadía en el "lugar", y al bajar de mi unicornio, al posar mis pies en el suelo y al voltearme a ver mi alrededor... siempre había un paisaje horrendo, oscuro, podrido. Este era: la realidad. Mi realidad.
No trataba de justificarme, ¿o sí?
Al menos lo tenía todo bajo control.
O eso creía...
