Lugar equivocado en el momento equivocado.

Era de noche. Yo estaba asustado y sólo, sentado en el suelo abrazando mis rodillas con fuerza. La luz que la Luna llena proporcionaba me dejaba ver un par de metros de distancia a mi alrededor. Sangre, miembros mutilados, cadáveres y un olor a putrefacción que se hacía cada vez más potente en aquel lugar.

Yo había causado eso. Me obligaron a hacerlo, y ahora me han abandonado aquí. Sólo, rodeado de muerte. Pero lo que realmente me asustaba, no era que ya no tenía un lugar al que volver o que haría de ahora en adelante, sino lo fácil que resultó acabar con la vida de tantas personas y las ganas que tenía de volver a hacerlo.

¿Acaso la maldad se había apoderado de mi cuerpo, o ya estaba ahí desde el principio? La adrenalina y el miedo acumulado hacían temblar mi cuerpo como si estuviera a punto de morir de frío, a pesar de sentir mi piel arder con fuerza. Quería más, quería seguir robando vidas. Las lágrimas comenzaron a caer de mis ojos inconscientemente al sentir tales deseos propios de un asesino. No es algo que un niño de diez años debería experimentar.

Escuché unos pasos acercándose lentamente a mis espaldas, podía oír como sonaban los charcos de sangre bajo sus pies con cada pisada. Estaba cerca. Una sonrisa sádica se hizo presente en mi rostro sin darme cuenta. Con un rápido movimiento agarré el cuchillo que había tirado a mi lado y con un veloz reflejo me levanté y acuchillé a aquella persona directamente en el corazón.

O eso pensé. La figura humana rápidamente se dispersó como si se tratara de humo. O más bien como una sombra.

De nuevo, estaba detrás de mí. ¿Cuándo demonios llegó ahí? Traté de girarme lo antes posible y atacarle de nuevo, pero el sujeto agarró mi mano antes de que consiguiera hacerlo. Intenté soltarme pero su agarre era demasiado fuerte como para que pudiera hacerlo.

-¿Qué hace un crío entre tantos cadáveres?.- su voz imponía autoridad. Era grave y firme, me daba miedo. Mientras decía aquello, giró mi muñeca sacando un gemido de dolor por mi boca haciendo que el cuchillo cayera al suelo, y de una patada lo mandó lejos de ahí. -Habla.- insistió, haciendo que se me cortara el aliento, pero le contesté.

-Yo los maté.- traté de que el miedo no se reflejara en mis palabras, pero el temblor de mi cuerpo me delataba. Voy a morir. Él debe de ser Jonio también, vengará a sus compañeros matándome. Pero después de haber disfrutado algo como el asesinato, merezco morir.

El hombre me agarró el mentón con su mano libre y me acercó a él. Me miraba a los ojos a través del yelmo que cubría su cara. Mi corazón comenzó a acelerarse por los…¿nervios?

-Kayn…-¿cómo sabía mi nombre? su voz sonaba mucho más suave y gentil que antes. Claro, era Zed, ahora era capaz de reconocerle. El miedo se estaba desvaneciendo mientras que Zed me acercaba cada vez más a él. Ahora lo recuerdo, yo ya no era un niño llorón, sino uno de los mejores alumnos de Zed.

Zed… ¿Qué expresión tendrá en este momento? Quería verla. Con mi otra mano levantaba lentamente aquel yelmo tras el que siempre se ocultaba. Alcancé a ver sus labios. Tenía la boca entre abierta y al estar tan cerca de él, podía sentir su calmada respiración.

-Maestro…¿me permites ver más?- Me atreví a preguntar, la curiosidad estaba invadiendo mis ganas de matar.

-Serás idiota.- me detuve. ¿Por qué dijo eso? –Con lo bien que había empezado esto.- su voz sonaba diferente, mucho más grave que antes, lo miré con el ceño fruncido sin entender.

-¿Qué estás..?

-¡Déjate de estupideces y mátale!-su grito me hizo cerrar los ojos por la sorpresa. Al volver a abrirlos sólo pude ver un techo de madera.

Estaba sudando y sentía mi pulso acelerado. No fue más que un sueño.

-Menuda manera de estropear una pesadilla. Me avergüenzas. –Dijo Rhaast que se encontraba apoyado en una de las paredes de la pequeña habitación. Ahora entendía que el final del sueño fue obra suya. Probablemente todo el miedo del principio también, pues no era así como recordaba el suceso de hace diez años.

-¿No tienes nada mejor que hacer que espiar mis sueños? –Le piqué mientras secaba el sudor de mi frete con el dorso de mi mano. Otra vez soñé con Zed.

-¿Por qué no matas de una vez a ese insolente que se hace llamar maestro? Le alabas de una manera que no se merece cuando podrías derrotarlo fácilmente usando todo mi poder.- Comenzó como siempre Rhaast a tratar de corromper mis pensamientos, pero obviamente yo no le seguiré el juego.- Pero es que es peor que eso. Tienes una absurda curiosidad por ver su estúpida cara. ¿De que te va a servir eso? Llevo días aguantando lo mismo en tus malditos sueños. ¡No lo entiendo!

-¿Por qué una herramienta debería entender algo como eso?- Le reproché para que callara. La realidad era que ni yo estaba seguro de donde venía esa curiosidad. Tal vez sea porque a pesar de que hace diez años que vivo en este templo como su alumno, jamás he visto su rostro ni una sola vez. Pero hasta hace un par de semanas no me había importado. Debe ser algo más que curiosidad.

Miré por la ventana, todavía no había salido el sol, pero no creo poder volver a dormirme. Necesitaba despejarme y dejar de pensar en Zed, que últimamente pasaba demasiado tiempo metido en mi cabeza.

Salí de la habitación sin Rhaast y caminé por el templo hasta el patio interno, donde lavé mi rostro con el agua de una de las fuentes decorativas del lugar. Me senté en el suelo cerca de esta cruzando las piernas y cerré los ojos. Lo mejor para dejar la mente en blanco ahora mismo será meditar. Sólo se escuchaban los chorros de agua de la fuente, la leve brisa del viento y el canto de los pájaros que ya empezaban a despertarse. El ambiente era de lo más tranquilo, poco rato después conseguí relajarme, perdiendo la loción del tiempo con la melodía de la naturaleza.

Pero mi tranquilidad fue interrumpida por unos pasos que comenzaron a escucharse a lo lejos. Supongo que los demás alumnos estarán despertándose ya. Pero aun así no pude evitar abrir un ojo para ver de quien se trataba.

Era Syndra. Por alguna razón esa mujer siempre me había odiado, a pesar de que es una de las pocas personas a las que jamás le había hecho nada malo, principalmente porque era una aliada muy cercana a Zed. Ella siempre me había mirado con desprecio, pero no es algo que me quitase el sueño.

Aun así, era extraño verla aquí a estas horas de la mañana. Como no era capaz de confiar en ella, decidí seguirla sin que se diera cuenta. Al fin y al cabo, el sigilo era mi punto fuerte. Si se le ocurría traicionar a mi Maestro, lo iba a pagar muy caro.

Después de que me echara su mirada habitual, cruzó una puerta adentrándose nuevamente en el templo. Me acerqué, concentrándome por un momento y, tras eso, di un paso al frente atravesando la pared de piedra fácilmente, pudiendo ver a través de esta, usando una técnica que aprendí gracias a Zed. Dar un paso ahora era como dar un paso en la luna. Era ligero como una pluma y silencioso como un felino. Ni siquiera el agudo sentido del oído de un vastaya sería capaz de escucharme.

Seguía a la mujer de pelo largo y plateado a través de la pared. Se dirigía hacia la habitación en la que Zed solía reunirse con ella o con sus mejores alumnos como yo, para idear nuevas misiones y movimientos que haría la Orden de la Sombra.

Syndra se adentró en la gran habitación de escasa decoración. Lo único que resaltaba era la alargada mesa con sillones, que usábamos para nuestras planificaciones. Zed se encontraba sentado en el sillón al final de la mesa, su sillón más bien parecía un trono, digno del maestro. Tenía los brazos cruzados y miraba a Syndra acercarse. Si Zed estaba en aquella sala, es porque estaba esperándola.

Zed no se levantó de su sillón mientras que Syndra pasó de sentarse y se acercó a él. ¿Cómo se atrevía a mostrar esa falta de respeto delante del maestro? No soportaba lo importante que se creía.

Comenzaron a hablar, pero desde el lugar en el que me encontraba no podía escucharles, y tampoco quería hacerlo. No tenía la intención de espiar planes que no eran de mi incumbencia.

Suspiré, me sentí un poco mal por haber sospechado de Syndra. Zed no dejaría acercarse tanto a un enemigo, tendré que confiar más en él. Iba a irme, pero por alguna razón no podía dejar de observar a Zed. Llevaba su yelmo como de costumbre. Le miraba como si tratara de perforar ese casco con la vista y ver lo que esconde detrás. Obviamente no lo había conseguido a pesar de que mi vista mejoraba mucho en mi forma de sombra, pero seguía intentándolo.

De repente, la mano de Syndra tapó mi vista. ¿Por qué se atrevía a tocar el preciado yelmo del maestro, y por qué Zed la dejaba? Poco a poco, la mujer ladeaba el casco, hasta que la boca de Zed quedó al descubierto. Era igual que en mi sueño, exceptuando una delgada cicatriz que pasaba desde su labio superior hasta el inferior cerca de su comisura. Además, una mecha de cabello blanco se había resbalado sobre su mejilla. Mis ojos se agrandaron, no esperaba verlo ahora mismo, no estaba preparado para esto. Repentinamente estaba muy nerviosos y no sabía por qué eso me afectaba tanto.

Seguía observando mientras trataba de regular mi respiración. Syndra se acercó aún más y, para empeorar mis nervios que hasta ahora pensaba que eran de acero, besó a Zed. Éste, como respuesta, se levantó del sillón y la abrazó por la cintura, sin separar sus labios de ella. A pesar de la distancia a la que me encontraba, veía perfectamente como sus lenguas peleaban entre ellas. Jamás habría pensado que el maestro tuviera unas necesidades tan primitivas. Yo nunca había presenciado un beso en persona, y mucho menos había tenido siquiera mi primer beso. ¿Tan bien se sentía aquello como para que incluso Zed lo necesitara? Sin darme cuenta comencé a imaginar cómo debía de sentirse aquello mientras los observaba, y algo se estaba apretando en mis pantalones. ¿Pero qué estoy haciendo? No soy un adolescente desesperado y no debería estar viendo eso. Necesito salir de aquí ahora mismo.

Al girarme para salir de aquel lugar lo antes posible, tropecé cayendo al suelo, pero, gracias a la forma de sombra, la caída no provocó ruido alguno. Desee que Zed no lo haya escuchado. Simplemente corrí lo más rápido que pude por el pasillo, hasta acabar de vuelta en el patio interior. Paré un momento para recobrar el aliento, y una sombra apareció justo delante de mí. Era su sombra, podía reconocerla fácilmente después de tantos años de entrenar a su lado. Quería esquivarla y retomar mi huida, pero ni siquiera tuve tiempo de girarme antes de que aquella sombra se transformase en Zed, que rozaba mi cuello con las dos cuchillas que sobresalían de su guante.

-Eras tú.-dijo con su típica voz, que no mostraba ninguna clase de emoción, mientras alejaba las cuchillas.-Escucha Kayn, estoy seguro de que hay un espía en el templo. Hay que encontrarle y matarle. Te encarg…

-¡No!-le corté, él es el único que pudo haberme escuchado al tropezar. Debió de pensar que se trataba de un intruso.

-¿No?- repitió un tanto sorprendido, pues jamás le había interrumpido de aquella manera.

-No… no hay ningún espía, Maestro.-miré hacia otro lado. ¿Qué iba a decirle ahora? No hay nada que pueda inventarme, y seguirle el juego del intruso acabaría trayendo problemas. No me queda otra que admitir mi intromisión en asuntos ajenos y asumir las consecuencias, además, mentir a Zed era el mayor de los pecados de la Orden.-El ruido que escuchaste antes, era yo.

Hubo un silencio por parte de Zed.

-Entonces lo has visto.-la imagen de las lenguas de esos dos volvió a mi mente, haciendo que me sonrojara inevitablemente.

-Sí, lo siento Maestro.-me disculpé sinceramente, pues sabía que lo que hice estaba mal, y seguramente reciba un castigo por mis acciones. Siempre miraba a Zed a los ojos, pero esta vez me sentía incapaz de hacerlo. ¿Cómo se supone que tengo que mirarle después de haber visto eso a escondidas?

-¿Y que estabas haciendo en la sala de reuniones sin que yo te haya invitado?-preguntó cruzándose de brazos. Obviamente esperaba una buena explicación a todo eso.

-Sé que no debería haber estado ahí.-agarré mi brazo mirando al suelo. Joder, parecía una niña disculpándose delante de su novio, pero me encontraba demasiado nervioso como para mantenerme firme.-Vi a Syndra mientras estaba meditando. Me pareció sospechoso verla tan temprano en el templo. Así que supuse que tramaba algo en tu contra y la seguí.

-Conque solo tratabas de protegerme.-Zed puso una mano sobre mi hombro, provocando que instintivamente lo mirase a los ojos. Mierda, no quería que viese mi rostro así de sonrojado. No quiero avergonzarle como alumno.-Si es así, esta vez no lo tendré en cuenta. Pero no debes sospechar de Syndra, ella es una gran aliada para la Orden.

-No volverá a suceder Maestro, y juro no mencionar a nadie lo que estabais…-una vez más visualicé el beso sin querer. Sus labios se juntaban y separaban dejando ver el movimiento de sus lenguas. Incluso vi los hilos de saliva que caían cuando despegaban sus bocas. Ese beso transmitía demasiada pasión como para que fuese la primera vez. Desvié mi vista de nuevo.-Maestro… ¿puedo preguntarte algo?

-¿De qué se trata? –preguntó Zed mientras suspiraba. Posiblemente porque no quería tocar el tema.

-¿Por qué lo haces? ¿Qué necesidad hay de hacer eso? ¿Tan solo es por placer?-no iba a dormir bien en semanas si no resolvía mis dudas. Necesitaba saber la utilidad que eso tenía.-No recuerdo que hayas mencionado en ningún entrenamiento que eso tuviera alguna importancia para lograr el éxito. Así que… ¿Por qué?

-Es más complicado que eso, Kayn. No lo entenderías si te lo explicara.-acarició mi pelo esta vez con la mano que antes estaba sobre mi hombro. Nunca había recibido tanto tacto del maestro, mi corazón latía a más velocidad cada vez pero… era por haber presenciado un beso tan de cerca por primera vez, ¿verdad?

-Perdona mi insistencia Maestro, pero quiero saberlo.-algo no dejaba de arder en mi pecho. El ritmo de mi respiración aumentaba y Zed debía de estar notandolo.-No creo que sea porque te hayas enamorado de ella.

-Y no lo estoy.-se apresuró en contestar. De alguna forma eso me había aliviado un poco.

-¿Y entonces por qué?-Zed no dijo nada más. Incluso yo pensé que me estaba poniendo pesado con un tema delicado. Por ahora lo mejor sería quedarse con la duda y seguir como si nada hubiese ocurrido, antes de enfadar al maestro. Debería irme a seguir meditando para calmar mis latidos y dejar de pensar en el tema.-Me disculpo de nuevo por la insistencia. Voy a retirarme, Maestro.

Hice una reverencia para mostrar mi respeto, como era de costumbre, y me giré para marcharme de una vez por todas y olvidar el asunto. Pero apenas di un paso al frente, Zed agarró mi mano con fuerza y me detuvo.

-¿Maestro…?-Me giré para verle sorprendido. No esperaba tal reacción por su parte. Me habría gustado ver la expresión de su cara en un momento como este, pues no tengo ni la más mínima idea de lo que está pensando.

Tiró de mi brazo con fuerza, y me empujó hasta que quedé sentado en el borde de la fuente. ¿Se supone que tenía que resistirme? No iba a forcejear con el maestro. Él debe hacer esto por alguna razón.

-Me toca poner las preguntas, Kayn.-dijo mientras sujetaba mis hombros para que no pudiese marcharme.

-Maestro…¿qué vas a…?-de nuevo miré al suelo. No podía verle a la cara con la expresión que tenía en ese momento. Jamás me había resultado tan complicado hablarle, y en esa situación me era imposible calmarme. Además, mis hombros dolían por la fuerza de su agarre. ¿Qué pasaba por su cabeza en ese momento? La curiosidad me está matando.

En el siguiente capitulo se viene la suculencia 7u7 además, Zoe saldrá en el siguiente y habrá más personajes según avance la historia. Acepto cualquier sugerencia y espero hayan disfrutado el capitulo 3 Esto va para largo.