Castigo inesperado
Estaba tenso. Quería levantarme, pero la fuerza de su agarre no me lo permitía. Permanecimos así por un rato, hasta que Zed quitó una de sus manos y agarró mi mentón, haciéndome sentir cierto deja'vú. Levantó mi rostro obligándome a verle a los ojos.
-Siempre me miras a la cara con firmeza. ¿Por qué ahora no? – comenzó con sus preguntas. – Pareces débil desviando la mirada de esa manera. – dijo con autoridad en su tono. Eso no, mi mayor pesadilla era defraudar a Zed. Pues mi única razón de existir era para servirle, ya que le debo mi vida.
-¡Acepta mis más sinceras disculpas, Maestro! – le contesté con agitación tras haber escuchado sus palabras, un par de tonos más altos de lo que en realidad quería usar. Después, llevé una mano sobre mi pecho. – Es porque… mi pulso va más rápido de lo habitual. Además, no estaba seguro de cómo debería mirarte… - le confesé regulando el tono de mi voz, sin dejar de mirarle a los ojos, aunque me costaba. Tampoco tenía más opción, pues seguía sujetando mi mentón.
-Te sientes así por lo que has visto antes, ¿no? – su agarré se aflojó un poco repentinamente. Hasta podía sentir que sus manos temblaban de manera casi imperceptible. - ¿Ha cambiado tu opinión sobre mí después de haber visto aquello, Kayn? – tal vez su temblor no era tan fuerte, pero resonaba hasta en su voz.
-Siempre serás mi ejemplo a seguir, Maestro. – Parece que Zed se relajó tras escuchar lo que dije, aunque no acababa de entender por qué me preguntó algo como eso. En primer lugar, porque cualquier alumno que traicionara a Zed, solo le esperaría la muerte. – Pero tienes razón, tal vez esta reacción sea debida a haber visto… eso. Nunca antes lo había visto. – sonreí de medio lado con cierta vergüenza al pensar en mi nula experiencia sobre el tema.
Escuché como Zed soltaba un suspiro de alivio. Tal vez le preocupaba que perdiese mi fe en él tras haberle visto haciendo algo tan… humano.
-¿Qué sentiste mientras lo veías? – fruncí el ceño tras escuchar esa pregunta. ¿Por qué le interesaría saber eso? Ni en broma le diré que estaba imaginando como se debía de sentir ser besado, y mucho menos la reacción que tuve por debajo de la cintura mientras miraba, que gracias a dios había desaparecido antes de que Zed llegase.
-Maestro, será mejor que vaya a entrenar. El sol ha salido ya. – traté de esquivar la pregunta y que me dejase ir. Intenté levantarme, pero me empujó con fuerza para que me sentara de nuevo.
-Contesta. – dijo secamente. Sonaba incluso más serio que cuando daba lecciones. Más bien como una orden.
-Pues… yo… - mi cara enrojeció al mientras trataba de darle un orden más coherente a los hechos, para que no sonara tan descabellado. Aunque mis pensamientos se cortaron cuando sentí la mano de Zed posarse sobre mi pecho.
-Tu pulso, se ha disparado una vez más.
-No puedo controlarlo… - dije con dificultad. Estaba avergonzado de tener así a Zed, sintiendo como mi corazón se descontrolaba. – Maestro… ¿puedo decirte una cosa más? – dije mientras agarraba su mano y la alejaba con suavidad. Sentía que si seguía ahí mucho tiempo más algo explotaría dentro de mí. Zed guardó silencio, dándome a entender que esperaba que siguiese hablando. Por suerte conseguí su atención y no insistió con su anterior pregunta, aunque puede que lo entendió solo con ver mi reacción – Sé que tu rostro es algo que nadie debe conocer por el bien de la Orden pero… ¿Por qué Syndra, que es tan reservada y llena de misterios puede verlo, y yo siendo tu más leal alumno no?
-¿Acaso estas celoso?
-¡No es eso! – me apresuré en desmentir y escuché una pequeña risa saliendo detrás del yelmo. Me molestó un poco que se tomara con gracia algo que a mí me quitaba el sueño.
-Si bien es cierto que mi confianza en ti es mayor que en ella, nunca te lo mostré porque nunca tuve la necesidad de hacerlo. - dijo ahora más serio. – Y como entenderás, con Syndra sí la tenía.
-Tienes razón Maestro. – y la verdad es que la tenía. No había razón alguna para que me lo mostrase más que por capricho propio. Aun así, sentía cierta rabia de que Syndra lo haya visto y yo todavía no.
-Kayn. – dijo mi nombre sacándome de mis pensamientos. Esta vez él agarró mi mano llevándola a su rostro. – ¿Quieres que te dé una razón para verlo? – tardé unos segundos en asimilar lo que dijo. ¿Una razón? ¿Qué tipo de razón? – Se acabó el tiempo. Lo tomaré como un sí.
-Espe… - mi voz se quedó atascada en mi garganta al sentir como Zed apretaba mi mano contra su yelmo, haciendo que sea yo mismo el que lo levante. Quería verlo, y tal vez esta sea mi única oportunidad para hacerlo, asique esta vez me dejaré llevar. Aceptaré las consecuencias que eso conlleve.
Cuando levanté su yelmo por completo, quedé inmóvil ante lo que estaba viendo. Un cabello blanco tan puro como la nieve se deslizó sobre su frente. Algo puro era lo último que pensé que vería en él. El color de sus ojos eran igual de rojos que mi ojo corrupto y me miraban con calma. El rojo sangre de sus ojos contrarrestaban la pureza de su cabello, que se veía mucho más cuidado de lo que jamás pensé que estaría. Vi más cicatrices decorando su rostro. Una sobre el parpado inferior de su ojo derecho, y otra sobre su nariz. Eran pequeñas pero debieron de doler una barbaridad en el momento que se las hizo. Y lo más sorprendente era que, a pesar de que me doblaba en edad, no lo aparentaba en absoluto. No pude encontrar ni una sola arruga que lo delatara.
-No es… como esperaba que fuera. – dije tras terminar mi análisis y recobrar las fuerzas para hablar. Zed reaccionó con una diminuta sonrisa, que parecía decir que le agradó mi comentario, a pesar de que pensaba que podría haberle dicho algo mucho más apropiado. – Deberías volver a ponértelo antes de que alguien más lo vea, Maestro. – dije mientras ponía el yelmo entre manos, aunque quería seguir viéndole por horas. Zed agarró el casco pero lo dejó sobre la fuente a mi lado.
-¿Crees que no me daría cuenta si alguien más se acerca? – su voz sonaba diferente sin el casco. Más… agradable. – Además, he dicho que no te enseñaría mi rostro sin ninguna razón. – dijo mientras que echó el yelmo a un lado y se sentaba en su lugar.
-Es verdad, no puedes darme tal capricho sin un precio a pagar. – no sé qué clase de castigo tendré que cumplir a cambio de haber visto su rostro, pero sea el que sea, lo tendré merecido por conocer el mayor secreto del maestro.
-Me alegra que lo tengas claro Kayn. – dijo, poniéndose más serio. Estaba realmente contento de ser capaz de ver sus expresiones. Aunque no estaba realmente seguro del porqué eso me alegraba.
-Entonces, ¿qué debo hacer, Maestro? – dije a la espera de órdenes.
-Sólo… - acarició mi pelo con suavidad hasta mi nuca, donde paró e hizo fuerza hacia delante, atrayéndome tan cerca de él como lo estaba hacía apenas un par de horas en mi sueño. Sus labios entre abiertos, dejaban paso a su aliento que acariciaba mi rostro. Estaba cerca, demasiado cerca. - …no te resistas.
Fue lo último que escuché antes de que sus labios se juntasen con los míos.
Quería que eso también se tratase de una pesadilla. Instintivamente llevé mis manos a sus hombros. Quería alejarle, pero eso significaría oponer fuerza y, por tanto, desobedecer una orden. No tenía más remedio que dejarme hacer.
Zed humedecía mis labios con los suyos, me sorprendía lo suaves y calientes que eran. Se trataba de un beso lento, aunque me costaba seguir el ritmo. Solo imitaba el movimiento que él hacía lo mejor que podía. Era extraño, a pesar de ser un beso tan torpe comparándolo al de Syndra, se sentía bien. Jodidamente bien. Estaba avergonzado de que el maestro me haga sentir de esa manera. Quería que parase, no era posible que esté haciendo algo como eso con él. Por lo contrario, conforme Zed notaba que me iba acostumbrando aumentaba el ritmo, haciendo que mi cuerpo se calentara irremediablemente.
-Ah… Ma..Maes…- intenté pedirle que se detuviera durante las milésimas de segundo en las que me permitió respirar. Pero en lugar de eso, me asombró ver que solo gemidos salieron de mi boca. ¿Qué diablos era esta sensación que me hacía perder el control de mi voz?
Otro gemino salió sin que pueda detenerlo al sentir que Zed mordió mi labio con fuerza. Momento que aprovechó para introducir su lengua dentro de mi boca en busca de la mía. Mi cuerpo no dejaba de estremecerse con cada acción por parte de Zed. Se notaba su experiencia, pues cada movimiento me transmitía un placer demasiado intenso.
Su lengua jugueteaba libremente con la mía, que solo se dejaba llevar. El aire se me estaba agotando, cosa que provocó que la saliva comenzara a caer mientras que Zed no parecía tener intención de alejarse. Estaba yendo demasiado lejos.
Me sujetaba cada vez con más fuerza a sus hombros, hasta que, sin darme cuenta, las garras de mi mano corrompida se clavaron, provocando que Zed se alejara de golpe para soltar un quejido de dolor, mientras que yo le solté y comencé a jadear buscando llenar mis pulmones con aire.
-Lo siento, Kayn.- dijo mientras sobaba su hombro dañado. – Tal vez me dejé llevar.
-Ma…Maestro…-dije entre jadeos todavía. -¿Por qué lo has hecho? No quería que mi primer beso fuese así… – trataba de calmar el calor de mi cuerpo mientras limpiaba la saliva que había dejado caer con el dorso de mi mano.
-Y yo no quería que otra persona sea la que te lo quite. – dijo mientras me miraba.
-¿Por qué no? – le miré confuso. Sinceramente, siempre pensé que mi primer beso se lo daría a alguna maldita noxiana asesina mientras la violaría, para después matarla. O al menos es lo que Rhaast me metía en la cabeza cada vez que me mandaban misiones a Noxus. En cambio yo fui el besado, encima por mi propio maestro.
-Te mereces saber la respuesta, y te la contaré. – giró su rostro y miró al cielo pensativo, mientras que yo le veía tratando de grabar esa expresión en mi mente. Posiblemente jamás volvería a verla. –Pero ahora no es el momento. – terminó diciendo tras pasar unos segundos en silencio.
-Confío plenamente en ti, Maestro. – suspiré. – Pero esto no te lo perdonaré hasta escuchar tu explicación.
Él seguía mirando al cielo y una pequeña sonrisa se formó en su rostro, tal vez sin darse cuenta. Más bien parecía una sonrisa triste y llena de dolor, como si un recuerdo doloroso hubiese vuelto a su mente. Me quedé mirándole curioso, pero sabía que no iba a recibir la explicación de aquella extraña sonrisa, aunque la pidiese.
Apenas unos segundos más tarde, Zed recogió su casco volviendo a colocárselo, mientras se levantaba.
-Será mejor que te pongas a entrenar ya si no quieres recibir un castigo. – dijo recuperando aquel siniestro tono de voz tras el yelmo, mientras comenzaba a caminar de vuelta al templo. Parece que no quería hablar más sobre el tema.
-Sí, Maestro. – Me quedé observando cómo se adentraba de vuelta en el templo. Tras eso, me levanté y suspiré una vez más, de alguna manera había conseguido relajarme tras darme cuenta que ya podía irme e intentar olvidar el asunto.
Comencé a caminar en dirección opuesta a la que él se fue, de vuelta a mi cuarto, encontrándome con algún compañero de camino, quienes me saludaban más por miedo que por amabilidad.
Antes solía compartir habitación con otros tres alumnos, pero tras haber conseguido a Rhaast y matado a Naruki, nadie más quiso estar tan cerca de mí. Tampoco es que me importase, no es como si necesitara llevarme bien con esos debiluchos.
Llegué a mi cuarto cerrando la puerta y me quedé apoyado en esta, aliviado de que ya todo había terminado, y eso que el día acababa de comenzar.
-¿Para que has vuelto? Me lo estaba pasando genial yo solo.- dijo Rhaast, casi me había olvidado de él.
-Como si pudieras hacer algo tu sólo. – me burlé de él mientras me acerqué para sujetarlo del mango con mi mano no corrupta, notando como inmediatamente trató de poseerme. Pero obviamente no mi hizo ni cosquillas. – Vámonos a entrenar.
-"Vas" a entrenar. Yo ya soy perfecto, y lo seré aún más en cuanto tenga tu cuerpo. – comenzó a presumir, pero en cuanto lo sujeté con la mano izquierda para levantarle, su ojo se abrió más de golpe. – Oh…¿Qué es este dulce olor a sangre fresca? ¿Has estado matando sin mí? – me sorprendió su buen olfato a pesar de que ni estaba seguro de donde se encontraba su nariz. Apenas había atravesado la piel de Zed. Ni siquiera había visto sangre en mis dedos después de eso, y aun así Rhaast lo ha notado.
-¿De qué estás hablando? Tan solo estuve meditando. – Mentí. Realmente no tenía ganas de hablar del tema, y menos con Rhaast.
-No creas que puedes engañarme…- dijo mientras su ojo volvía a la normalidad. Si es que su ojo podía considerarse normal.
Le ignoré para que así se callara y no siguiera con el tema. Simplemente me lo llevé fura del cuarto, con ganas tremendas de empezar a entrenar ya. Con suerte eso me despejaría para que este extraño calor se vaya por completo.
En el templo había varias zonas dedicadas para el entrenamiento. Tres para ser concretos. Una especializada para el combate cuerpo a cuerpo, otra para tiro con arco y armas ninjas, y la última para artes marciales con katas y espadas.
A pesar de que aquí cada discípulo se perfecciona en solo una de las tres técnicas, yo había pasado por todas sin mayor dificultad. Aunque desde que obtuve a Rhaast, únicamente entreno con él, pues mi actual meta es poseerle y hacerme con su poder lo antes posible. Ahora practicaba por mi cuenta, porque ninguna de las zonas del templo se adaptaban a mis necesidades.
Salí del templo junto con Rhaast y me adentré en el bosque. El bosque que rodeaba el lugar no rebosaba de demasiada vida. Todo tenía un tono grisáceo y la mayoría de las plantas morían poco después de nacer. Solo los árboles más ancianos conseguían sobrevivir a toda la magia oscura que irradiaba del templo, que hacía su presencia en el bosque en forma de niebla fina, como si el suelo desprendiera vapor.
No me alejé demasiado del templo, para poder acudir por si algo ocurriese dentro, o si me necesitaran para alguna misión. Eché un vistazo hasta observar el árbol más grueso de la zona. Me acerqué a él y empuñando a Rhaast, golpeé el tronco sin demasiada fuerza, clavando solamente la punta de la hoja de la guadaña en él.
-Éste servirá, empieza de una vez. – dijo Rhaast con impaciencia.
-Ya voy, tranquilízate. – le contesté. Después lo dejé en suelo y me acerqué a una de las ramas del árbol, quitándole unas veinte de las hojas más pequeñas que había visto, y las comencé a enganchar a lo largo del tronco aleatoriamente.
Volví a empuñar a Rhaast, me coloqué en posición de combate, suspiré profundamente y cerré los ojos. Acto seguido, golpeé el árbol velozmente exactamente veinte veces en menos de un minuto. Al abrir los ojos sonreí orgulloso al ver que cada hoja tenía un agujero en el centro.
-No tienes mala precisión para ser tan joven, pero preferiría tirar el árbol entero.
-Eso no me ayudaría en nada Rhaast.
Me coloqué en posición repitiendo el ejercicio por aproximadamente una hora, ignorando a Rhaast durante ese rato. Cuando ya me sentía bastante agotado, me senté en el suelo recuperando el aliento.
-Esta vez fallé un golpe. Imperdonable. – dije molesto para mí mismo, llevaba una racha de un par de semanas sin fallar ninguno. Se notaba que algo me distraía.
-Así tu cuerpo no me servirá de nada. – aprovechó Rhaast para quejarse, recibiendo nada más que un chasquido de lengua por mi parte.
Crucé las piernas y cerré los ojos. Pensaba meditar un rato antes de seguir con el entrenamiento. Necesitaba concentrarme mejor. Pero antes de que empezara, escuché unos ruidos provenientes de un arbusto que se encontraba a unos cuantos metros. Seguramente algún desafortunado animal perdido acabó aquí.
Me levanté agarrando a Rhaast con las dos manos, y las alcé por encima de mi cabeza, para después lanzarle con fuerza directamente a aquel matojo e inmediatamente el molesto ruido cesó.
-¿¡Pero quién te crees que eres para arrojarme de esa manera, niño desgraciado!? – gritó Rhaast quejándose. Pues se encontraba clavado en el suelo. Me causaba algo de gracia verle así pero me tragué la risa.
-¿Te has asustado? Pensé que te alegraría acabar con la vida en un pobre animal perdido.
-¿Qué animal? ¡Aquí solo hay arañas asquerosas!
-¿Cómo? – pregunté confuso. Estaba seguro de que escuché un ruido que provenía de ahí, y no he visto nada que saliera corriendo. Iba a recoger a Rhaast pero algo apareció justo en frente mía pegándome un susto que me hizo caer sentado en el suelo.
-¡Fallaste!
-¡Zoe! ¡¿Cuántas veces te dije que no aparezcas de ese modo?! – Le grité alterado a la pequeña niña que no hacía más que sonreír divertida mientras flotaba.
-Lo siento, no pensé que te asustarías. – dijo ahora apenada con una expresión de perrito triste en la cara. Sigo sin entender cómo puede cambiar tanto de actitud de un segundo a otro.
-¿Quién es el asustado ahora? – replicó Rhaast aprovechándose de la situación mientras seguía clavado en el suelo.
Ojalá hayáis disfrutado el capítulo leyéndolo tanto como yo escribiéndolo. Aunque estoy notando que tal vez debería hacerlos más largos, no sé.
En el próximo veremos que busca Zoe ahí y cómo es que estos dos se conocen.
PSD: Review si crees que Zed es un pervertido jajaj v:
