Tan solo era una niña cuando te conocí, a pesar de ser mayor que tú, la diferencia de edad no representó un obstáculo para nosotras, al contrario eso incrementaba la cantidad de juegos qué podíamos compartir, nuestros padres eran felices de que al fin tuviésemos con quien divertirnos, te juro que amé con el alma la mudanza...
Cerca de casa había un pequeño bosquecillo, con un riachuelo, en los días de verano era nuestro patio de juegos, donde yo era la sirena y tu un marinero.
Sin embargo, un día nuestros padres estaban demasiado ocupados preparando la parrillada para notar qué nos escabullimos...
Con aire resuelto te lanzaste al agua, ahora querías ser tu quien nadara, para salvarme del naufragio y en el proceso intercambiar besos inexpertos como llevábamos haciendo desde hace poco tiempo...
Me sorprendí, era un giro refrescante en la rutina, no le vi el problema, sabía que te movías con facilidad en el río... Aunque las cosas cambiaron de pronto, el cielo se oscureció y comenzó a llover a cántaros, te pedí que nos fuéramos, pero te negaste alegando que era el escenario perfecto...
Un relámpago me cegó y te perdí de vista, mi desesperación salió a flote, me lancé al agua desde la roca en que estaba, te vislumbré a algunos metros luchando contra la corriente...
Logré tomar tu mano y estrecharte contra mi pecho, reímos nerviosas por la conmoción.
Nos relajamos a pesar del clima...
El río se desbordó, mi agarre fue débil, un tronco arrastrado por el agua revuelta te llevó consigo...
Si tan solo hubiera sabido que había comenzado la temporada de huracanes no estaría hoy en tu funeral, mi querida Anna.
