No, no soy rubia tampoco inglesa y mucho menos millonaria, por lo tanto no soy J. K. Rowling y ninguno de estos personajes me pertenece.


CAPÍTULO TRES.


—¿La tesis?

Pregunta tu mejor amigo, mientras pone una taza de café frente a ti. Niegas con la cabeza, mientras tomas la taza con ambas manos y das un sorbo. Está hirviendo. Te quema la lengua, la garganta, la boca del estómago… al igual que la aventura que estás teniendo. Quieres decírselo todo, quieres tener alguien con quién desahogarte. No puedes hacerlo. Harry no es sólo tu mejor amigo, también es el amigo de tu novio.

—¿Por qué terminaste con Ginny? —preguntas.

—Queríamos cosas diferentes —responde encogiéndose de hombros —Estás pensando en terminar con él, ¿verdad?

Cada día, cada hora, cada minuto. Él era el amor de tu vida cuando tenías diecisiete. De verdad lo era. Ahora que tienes casi veintiuno, tienes otra vida. ¿Necesitas otro amor?

—Ha pasado por mi mente, sí.

—¿Y qué te impide hacerlo?

Esa pregunta no la esperabas. Creíste que Harry trataría de convencerte de que no lo hicieras, que te haría ver la fabulosa pareja que aún son, que te haría saber que él aún cree en ustedes dos. Qué él todavía es un gran creyente del futuro perfecto que les espera, de la imagen perfecta que serán todos juntos dentro de cincuenta años. De la gran familia que serán hasta que mueran.

—Lo quiero.

—¿Y eso es suficiente?

Miras fijamente a Harry. Entonces, te das cuenta de que él es tu amigo. No forma parte del combo que han creado Ron y tú a lo largo de estos años. Harry es tuyo. Y sabes que puedes decirle la verdad.

—No, no lo es...

—Eso está bien. Podrías hablar con él y decirle como te sientes. Podrían intentar arreglar las cosas.

—... Hay alguien más.

oOo

Es sábado. Una vez más, estás en la estación de trenes. Esperando por él, Ronald, tu todavía novio. Hablaste con Harry el miércoles y ahora sabes lo que tienes que hacer. Lo que es correcto. Lo que hará que dejes de sentir ese fuego que está acabando contigo. A lo lejos, divisas el distintivo color de cabello de tu novio. Lo vez acercarse, con una flor en la mano. Nunca te regala flores.

—Hola —te saluda con su característico beso en la frente.

—Hola —respondes sonriente, pensando que está será la última vez que lo hagas.

Toma tu mano y comienzan a caminar. Recorren todas las calles, todos los lugares que son habituales para ustedes. Por momentos, vuelves a ser la enamorada chica de diecisiete años. Es una tarde divertida. Ahora encuentras a la tienda de música fascinante, disfrutas más del café a media tarde. La llovizna constante los obliga a regresar a tu casa antes de lo planeado. Está vez, lo diriges directamente a tu habitación. Tu determinación he mermado y tu resolución cambió. No quieres terminar con él, le quieres hacer el amor.

Lo besas, lo desnudas, tú misma te quitas la ropa. Lo guías hacia tu entrada y cuando te penetra un frágil pensamiento se cuela en tu mente: nunca has estado con otro hombre. ¿Y si el cabello rojo, por una ocasión fuera rubio? ¿Y si en vez de pecas, tuviera una tez lisa? ¿Qué tal unos ojos grises, en vez de azules? Continúas moviéndote, acelerando el ritmo, mientras el cuerpo que está debajo pasa a ser el de tu amante. ¿Y si sólo, por una vez...?

Cuando logras la culminación, sabes que ha sido el orgasmo más intenso de toda tu vida.

oOo

—¿Lo hiciste? —te pregunta Harry, mientras bebe su café.

Es lunes. Viste a Ron el sábado. A Draco el domingo. No sabes que te está preguntado Harry. ¿Cortaste con Ronald? ¿Rompiste tu regla, cediste y te acostaste con Draco? No importa, porque en cualquier caso, la respuesta a ambas es la misma.

—No.

—Joder... pues no sé a qué esperas, Hermione.

Levantas la vista para verlo fijamente. Quieres leer su mente. Quieres saber qué opina, quieres que esté de tú lado, que te dé la razón. Que te justifique ante ti misma. No que te juzgue. Pero es tu mejor amigo, y es su deber decirte lo que ya sabes, pero no te atreves a decir en voz alta.

—Lo que estás haciendo está mal —dice con mirada seria —Si ya no lo quieres, termina con él. Si deseas estar con alguien más está bien, es tu derecho. Pero primera termina esto. Deja de estar jugando con ambos.

Esas palabras te ayudan a tomar tu decisión. Le envías un mensaje a Ronald, pidiéndole verlo lo más pronto posible. Hoy. Te dice que estos días no puede, tiene ensayo con el nuevo integrante de su banda. Tienes que esperar hasta el sábado. Pero no quieres esperar, por lo que tu siguiente mensaje sale directo para Draco. Tu amante. Estás decida a por fin darle significado a la palabra.

Al otro día, tiemblas de emoción, afuera de una estación de tren cualquiera, en la que probablemente nunca habías reparado. Cuando lo vez llegar en su carro, una sonrisa estúpida aparece en tus labios. Te ríes mentalmente de ti misma. Sólo él logra que tengas esa mueca en tu cara. Te acercas corriendo y el beso con que se saludan hace suba tu temperatura. Una humedad aparece entre tus piernas y te tienes que recordar que aún estás en el asiento del copiloto.

Si embargo, eso te da una idea. Mientras Draco enciende el motor, tú te aseguras de que los cristales polarizados de las ventanas estén arriba. Reclinas la cabeza en el asiento, echándola un poco hacia atrás. Cierras los ojos y comienzas a acariciarte las piernas, muy suavemente. Lento, muy lento, tus manos ascienden desde las rodillas hasta los muslos, de los muslos hasta las caderas. Hacia tu centro. Un gemido escapa de tu garganta.

—Vas a hacer que nos estrellemos.

Están en un hotel. Pensaste que tus mejillas no podrían estar más rojas que cuando se registraron. Te equivocabas. Ahora que lo tienes frente a ti, en todo su esplendor, mientras te quita la última prenda y sus ojos recorren tus pechos, sientes como el rojo te llega hasta los hombros. De pronto, eres una novata. No sabes qué hacer con tus manos, tus besos son torpes e incluso sientes miedo. Por el dolor. Por ese horrible dolor que sentiste cada segundo de tu primera vez. Tu auténtica primera vez.

Él no lo nota. Recorre tu cuello a besos, después le da un especial tratamiento a tus pechos. Usa la lengua en tus pezones y eso hace que comiences a relajarte. Cuando te lleva a la cama y sus intenciones de bajar aún más son claras, tú no opones resistencia. Al contrario, alzas la cadera y abres bien las piernas. Entonces, cuando sus labios por fin entran en contacto con los tuyos, decides que el sentimiento que va a prevalecer en ti esta vez es el placer.

Horas más tarde, aún te sientes embriagada de placer. La estúpida sonrisa sigue en tu rostro, más grande que nunca. Van camino a la estación, porque rechazaste la oferta de que te llevara hasta tu casa. Es peligroso, piensas. Para esta hora tus padres ya deben estar en ella y, ¿qué pasaría si te vieran bajar de un auto extraño, acompañada por alguien que no es tu novio? Prefieres evitar las explicaciones.

—Hasta siempre, Hermosa.

Se despide, bajando el cristal. Antes de que arranque, te acercas y le das un último beso. Uno profundo, enamorado. Uno que dice que volverás, que espere por ti. Uno que demuestra pasión, que los hace recordar la reciente actividad. Cuando por fin arranca te quedas sin moverte de tu lugar, viéndolo irse hasta que el auto desaparece en la distancia. Satisfecha, suspiras y por fin caminas hacia la puerta de la puerta de la estación, dispuesta a entrar. Entonces descubres que las explicaciones no van a ser suficientes para aquellos ojos azules que te están viendo, con la mirada más triste que hayan dado jamás.