Crisantemo

Tema: dependencia

Crisantemo: eternidad

Ahí estaban otra vez, mirándose como si un paso erróneo o una palabra fuera de lugar fuera a agitar su rencor, en el caso de Polonia—que a pesar de su transparente forma de ser, aún guardaba las heridas de la guerra—, y en el caso de Gilbert aquella agresividad inherente de los viejos imperios para ocultar su remordimiento.

Prusia demostró todas esas emociones que le carcomían, y que podrían ganar el odio del país que lo vio nacer en las costas Bálticas. Pero desde que Polonia no solo mostró que no le importara aliarse con un pagano, sino que ignorar sus esfuerzos de lidiar con los levantamientos germanos de cuando eran jóvenes, al final albergo desprecio, rencor, y celos.

Era muy curioso que su historia común estuviera manchada de tastas muertes, de que él fue responsable de que desapareciera, en cierta forma, el nombre de Polonia del mapa. Para aumentar su enojo, Feliks no solo se sacudió la derrota, sino que lo destrozó uniéndose nuevamente con Lituania.

Lo odiaba,

Lo odiaba.

No estaba seguro, ¿Qué más podría ser?

Cuando llegó la segunda guerra mundial, vio complacido la impotencia de Lituania cuando atacaron a Polonia, y el horror de Feliks cuando vio a una de las personas que más estimaba ser espectador en primera fila de cómo lo estaban reduciendo a cenizas. Entonces esa nación que conoció cuando apenas era una asociación sin propósito de caballeros, cayó en sus manos; en otras palabras le perteneció.

La tortura se volvió cotidiana, como el desahogar todo lo que reprimía, al final se convirtió en una venganza personal llena de culpa. Pero en ese momento eran las bestias, los monstruos de Europa, no había tiempo para piedad. Feliks lloró más por el dolor, que por el miedo que pudiera infringirle.

Pero la táctica que más rompió el espíritu de Polonia—como el de él—, fue el aislamiento, la más absoluta soledad en al que pudieran confinar a las naciones que tenían prisioneras, y método usado con frecuencia en Feliks. La desesperación y el sentir que nadie vendría en su ayuda resultó ser el golpe de gracia.

Recargado contra la pared, y con sus cabellos rubios sucios cubriéndole el rostro, Polonia lo recibió una mañana después de su confinamiento.

—Polen, comida —dijo cortante, no queriendo pasar más tiempo ahí, porque era doloroso. ¿O quizás a causa de Feliks ya no deseaba ni mirarlo?

Para su sorpresa, ese día fue diferente. Los ojos verdes, como los bosques que recordaba de su niñez, lo miraron ansiosos, suplicantes. Tan lacerado estaba el espíritu de esa nación por lo que pasaba con su gente, por el pasó de la guerra, y el efecto de la soledad, que ansiaba cualquier consuelo, se aferraría a lo que fuera para sosegar un poco de su desesperación.

Al final Polonia se aferró a la única persona que rompía el silencio—y su espíritu—se hizo ávido de Prusia; se estaría hundiendo en su dolor, pero cuando no tienes nada, ese poco que te ofrecen se convierte en un todo: así fue la presencia de Gilbert para Feliks.

—Has venido —murmuró Polonia sentado en la dura colcha que tenía para dormir, las cadenas de sus brazos y piernas tintinearon cuando alzó la cabeza anhelante de que Prusia se quedara con él un poco, que le dijera algo, cualquier cosa.

Gilbert dejó la bandeja de comida en silencio cerca del prisionero; cuando estuvo lo suficientemente cerca, se agachó para ver la lividez y tristeza reflejada en el daño que se podía ver en el cuerpo de Polonia. Hacía mucho, después de los primeros años de la guerra, que perdieron interés en la tortura física con las naciones ocupadas.

Se atrevió a intentar tocarlo, a obedecer ese impulso que surgía cuando Feliks fijaba sus ojos en él. Puso su mano con cuidado en la mejilla de Polonia, que no sabía decidirse entre miedo o sorpresa.

—Estas sucio —dijo algo que quizás sonaba ridículo, poco relevante, pero Polonia no ocultó la emoción de que alguien, de que la única persona con la que tenía contacto en ese mundo de cárcel y concreto le hablara.

La dinámica cambió muy sutilmente, a veces Gilbert comentaba nimiedades que ocurrían en el eje, evitando a toda costa recordarle la guerra. A veces le llevaba un poco de agua y jabón para que pudiera asearse como pudiera.

—Gracias, Gilbert —eran las palabras con que recibía la comida y cosas para cuidado personal, a veces, llegó a creer Prusia, que ese agradecimiento era por esos minutos en que lo acompañaba.

Cuando acabó la guerra, y Prusia quedó bajo el dominio de Iván, le sorprendió encontrarse también con Polonia. Pensó como lo más lógico, que Feliks estaría furioso con él, que lo evitaría de cualquier forma.

Pero Polonia estaba cansado, aún enfermo de la guerra y recuperándose lentamente. Por eso a Gilbert en el fondo no le sorprendió que cuando les asignaron un cuarto que tenían que compartir, Feliks terminó en su cama varias noches, con pesadillas de lo sucedido.

Podía ver que el daño en esos ojos verdes perduraría, pero no pudo alejarlo.

Esas heridas serían como ellos: un doloroso tiempo sin fin.