CAPITULO 2
EL TESORO ROBADO
Ser nombrado Shichibukai era sólo el inicio de su verdadero plan. Y esos inútiles marinos no se daban prisa. ¿A cuántos oficiales tenían que llamar antes de aceptar? No era tan difícil sólo decir "sí". Él había trabajado durante meses para que no pudieran rechazarlo, y ahora estaba ahí parado, con espada en mano sin desenvainar, solo, rodeado de marinos que en cualquier momento podrían atacarlo. El resto de su tripulación se encontraba dentro del submarino, a unos metros de distancia, tal y como se los había ordenado. La caja que les había ofrecido estaba delante de él, abierta: cien corazones de piratas, todos buscados por la Marina. Su contenido confirmaba su fama, un pirata cruel y despiadado.
-¿Entonces? –preguntó con una sonrisa. Estaba por perder la paciencia.
Los inútiles marinos que tenía delante no servían para nada. Una vez que abrieron la caja y vieron el contenido habían retrocedido asustados.
-Debes esperar un poco más –respondió el capitán de la Marina que lo había recibido-. No podemos decidir nada por nuestra cuenta. Debemos comunicarnos con el Almirante de la Flota, él es el único que va a tomar la decisión.
-He esperado por mucho tiempo –insistió.
-No estás en posición de amenazarnos. No tienes ninguna posibilidad contra nosotros.
-Trafalgar Law.
Dos Vicealmirantes hicieron su aparición. Él los conocía. Tenían fama en Grand Line porque no era muy común que dos marinos del mismo rango se casaran entre ellos.
-¿Ya tomaron una decisión? –les preguntó haciendo todo lo posible por no perder la calma.
-Vienes aquí ofreciéndote para tomar el puesto de Shichibukai –dijo la mujer-. ¿Qué estás tramando?
-No tengo por qué contestar esa pregunta –respondió él.
-¿Estás consciente de lo que implica ser un Shichibukai? –siguió diciendo la mujer-. Como Shichibukai estarías bajo las órdenes del Gobierno. No vas a poder andar por ahí haciendo tu voluntad.
-Tengo mis propias razones.
Esa mujer empezaba a ponerlo de malas. Si tan sólo se callara y no hiciera tantas preguntas…
-¿Y quieres sólo el puesto de Shichibukai o vas a exigir también las recompensas? –preguntó el hombre.
-Eso sería ridículo –agregó la mujer.
-No necesito las recompensas –contestó-. Sólo quiero el puesto de Shichibukai –respiró hondo para tranquilizar sus nervios. Estaba ansioso por irse. Quería cortar en pedazos a todos los presentes-. Si ya tienen una respuesta, me marcharé de inmediato.
La mujer suspiró resignada. El hombre la miró un momento y luego regresó su atención al pirata que tenía delante.
-Está bien –dijo serio. Su rechazo a los piratas era evidente-. El Cuartel ha aceptado tu oferta. Te llamaremos si necesitamos de ti. Por ahora márchate.
Trafalgar Law sonrió con ironía, hizo un gesto de despedida con la mano y se dirigió al submarino.
Una vez dentro, ordenó a la tripulación que salieran de ahí lo más rápido posible.
Llevaban media hora de viaje cuando Law decidió salir de su habitación en la que se había encerrado. Encontró a su tripulación en la cocina, comiendo tranquilamente.
-¡Capitán! –saludó Shachi-. Come algo. Deberíamos estar festejando tu gran éxito.
Law miró a su alrededor mientras Penguin acercaba una silla y Shachi corría hacia la mesa recolectando en un plato todo tipo de alimentos. Entonces su mirada se detuvo en una caja de madera que no había visto antes.
-¿Qué es eso? –preguntó.
Shachi y Penguin sonrieron con altanería.
-No podíamos irnos sin un botín –respondió Penguin.
-Sólo estábamos esperando que vinieras para abrir la caja –agregó Shachi.
Law observó nuevamente la caja. Él podría jurar que eso azul que se asomaba de un lado era cabello.
-¿De dónde lo sacaron?
-Cuando los marinos estaban decidiendo si les mentías o no, salimos furtivamente del Polar Tang, tomamos la caja y regresamos. Creo que todo lo iban a subir a un buque que estaba por partir.
-Nadie se dio cuenta.
-No podíamos permitir que te fueras de ahí con las manos vacías.
-Capitán, abra la caja y descubramos cuál es nuestro tesoro.
Los muchachos se apartaron de la caja muy orgullosos de su atrevimiento. Law agradecía la amistad que sus nakamas le ofrecían, pero tenían pésimo gusto con los regalos que le daban. Y este en especial le daba muy mala espina.
Suspiró tratando de controlar sus propios nervios y se acercó a la caja. La ansiedad se respiraba en el aire, era obvio que ellos estaban esperando descubrir con exactitud lo que habían robado. Sin embargo, en lugar de agacharse a quitar la tapa, Law pateó la caja volteándola por completo. La tapa salió volando y sus sospechas se confirmaron.
-¿ES UNA NIÑA?
La tripulación entera se quedó sin habla.
La chica que estaba en la caja se quedó en el suelo mirando asustada a todos los de su alrededor. Law se limitó a observarla. Su largo cabello estaba esparcido por todas partes, temblaba de pies a cabeza y lucía tan pálida que en cualquier momento podría desmayarse. El tirante izquierdo de su vestido se había deslizado hacia un lado dejando ver claramente el tatuaje de una extraña ave en color rojo.
-¿Quién metería a una niña en una caja de madera? –soltó uno de los muchachos de repente.
-Los marinos son más crueles de lo que pensaba.
Law caminó lentamente hacia el frente, sostuvo con mayor firmeza su inseparable espada y se agachó hasta quedar frente a frente con la desconocida.
-¿Quién eres? –preguntó.
Como respuesta, la chica se armó de valor, le soltó una bofetada que Law apenas sintió y se levantó muy orgullosa.
-Ustedes –exclamó dirigiéndose a los dos miembros más cercanos a la puerta-. Den la vuelta y regresen a Marineford.
Uni y Clione se miraron entre ellos antes de dirigirse al capitán.
-No están pensando en hacerle caso, ¿cierto? –murmuró Law.
-Por supuesto que no –se apresuraron a responder-. El único que puede dar órdenes en este submarino es el capitán.
-Pues se van a meter en grandes problemas si no me regresan con mis padres –insistió la chica cruzándose de brazos-. Deben saber que mis padres… Un momento, ¿dijeron submarino?
Law seguía mirándola desde el suelo. Ella dirigió sus ojos hacia él por un instante, apartándolos de inmediato, aterrada.
Law se relajó al comprobar que la chica no era peligrosa. Se levantó y se dirigió a la silla que sus Nakamas le habían ofrecido antes.
-¿Me vas a decir tu nombre? –volvió a preguntar.
Ella dirigió su mirada al suelo, hacía lo posible por evitar sus ojos.
-Tranquilo, capitán –Penguin comenzó a abogar por ella-. No creo que ella nos cause problemas, no es necesario que te muestres tan aterrador. Mírala, incluso está temblando de miedo.
Penguin se acercó a la chica con una sonrisa amistosa, pero ella le soltó un manotazo cuando él estaba por tomar su hombro.
-No se atrevan a tocarme –gritó-. No tengo por qué decirle mi nombre a un grupo de piratas apestosos. Sólo den la vuelta y regrésenme a Marineford.
El grupo se miró entre ellos con expresión de "pobrecita". Sin embargo, Law se mantuvo impasible, sin apartar los ojos de la chica.
-¿Sabes quién soy yo? –dijo.
Ella por fin dirigió su mirada hacia él. Tal como había dicho Penguin, la chica se encontraba temblando de pies a cabeza. El color que había regresado cuando lo abofeteó volvió a desaparecer en un segundo. En cualquier momento ella se desmayaría.
-¿Sabes quién soy yo? –repitió.
La chica asintió con la cabeza sin despegar la mirada. Para controlar el temblor de sus manos se abrazó a sí misma.
-Eres Trafalgar Law –respondió casi en un susurro-. Tienes una recompensa de 440 000 000 de beries… Te conocen como el "Cirujano de la Muerte"…
Law sonrió satisfecho. Se levantó y caminó hasta quedar delante de ella. Ella no tuvo el valor de moverse, se quedó ahí parada, temblando, mirándolo. Law se agachó para quedar a su altura y percibió el olor de su perfume. Parecía una muñequita. Si la niña tenía un aspecto tan delicado, significaba que la cuidaban mucho, entonces no comprendía qué hacía en una caja que iba a viajar al Nuevo Mundo en un buque de la Marina. Para empezar, ¿qué estaba haciendo una chica como esa en Marineford?
-Ahora me vas a decir quién eres tú –exigió saber. Se aseguró de que sonara como una orden para que ella no tuviera excusa para evitar la pregunta nuevamente.
-M-me, m-me llamo Anelisse –tartamudeó por fin-. Koizumi Anelisse.
-¿Koizumi? –repitió Shachi-. ¿Como "esos" Vicealmirantes?
La chica dirigió sus ojos hacia Shachi.
-E-ellos son mis padres –dijo.
-¿QUÉ?
La tripulación entró en pánico. Habían robado a la hija de dos Vicealmirantes de la Marina, y de esos que tenían fama.
Law comprendió por qué la chica lo conocía tan bien. Ella estaba muy relacionada con la Marina.
-Ahora que ya saben quién soy, den la vuelta y regrésenme a Marineford.
Anelisse volvió a tomar valor y empujó a Law a un lado para dirigirse a la puerta. Sin embargo, Law la sostuvo de un brazo antes de que lograra su objetivo.
-Vuelve a dar una orden en mi submarino y te cortaré en pedazos –le susurró al oído-. Anelisse-ya, siéntate un rato a platicar conmigo.
Haciendo un leve apretón, Law la empujó a una de las sillas.
-¿Por qué tus padres te metieron en una caja? –preguntó Bepo, que se había mantenido apartado desde el descubrimiento de su robo.
-¿ES UN OSO? –se sorprendió Anelisse.
-¿Tus padres no te querían y fue la manera en que decidieron deshacerse de ti? –preguntó alguien.
-¿Qué?
-Pudieron haberlo hecho de una forma menos cruel…
-Pobrecita, debiste pasar mucho miedo.
La tripulación parecía empezar a sentir pena por la chica. Anelisse miraba a su alrededor sin comprender nada. Penguin volvió a acercarse con una sonrisa amistosa.
-No te preocupes, Anelisse-chan. Ahora estarás segura –dijo poniendo una mano sobre su hombro.
Anelisse empujó la mano del pirata y se levantó llena de indignación.
-¿Acaso son estúpidos? Mis padres no me encerrarían en una caja por ningún motivo. ¿No les quedó claro que ellos son marinos?
-S-sí, pero… -comenzó Penguin.
Law volvió a tomar su brazo para obligarla a sentarse.
-Anelisse-ya, ¿qué hacías en esa caja? –preguntó.
Anelisse dirigió una mirada de odio al capitán, pero al ver la expresión de este, no le quedó de otra más que contestar.
-Quería viajar al Nuevo Mundo.
-Pues colarse en un buque de la Marina es la peor forma de hacerlo –habló Shachi acercándose cautelosamente-. No creo que el capitán lo hubiera aprobado.
-Para empezar, era un Comodoro –soltó Anelisse con aires de superioridad-. Y no me hubieran hecho nada porque estamos hablando de "marinos", no piratas como ustedes.
-Estoy de acuerdo contigo en que los piratas podemos llegar a ser terribles –continuó Shachi-. Pero los marinos no son tan diferentes. Si te hubieran descubierto, serías severamente castigada, sin importar quiénes son tus padres.
-Mentira –insistió Anelisse. Shachi retrocedió-. Seiichi iba a ir conmigo.
-¿Quién es ese Seiichi? –preguntó Shachi-. No te ayudó a esconderte muy bien.
-Seiichi es mi mejor amigo. Él es un Cabo de la Marina.
-¿Un Cabo? No creo que eso sirva para protegerte en el Nuevo Mundo.
-Es un marino. Con eso es suficiente.
Law suspiró. La chica no era muy lista o no tenía idea de cómo funcionaba el mundo.
-Anelisse-ya –hizo el intento por razonar con ella-. Si crees que vas a sobrevivir en el Nuevo Mundo acompañada sólo de un Cabo de la Marina estás completamente perdida. Los harán pedazos en segundos. Tu amigo no va a servirte de nada.
Anelisse se levantó enfadada y soltó una segunda bofetada. Nuevamente Law no sintió absolutamente nada, la chica no sabía pelear y no tenía nada de fuerza, pero el detalle acabó con la poca paciencia que tenía.
-¡Hey! Estás haciendo enfadar al capitán –le advirtió Penguin tratando de tranquilizarla.
-¡Cállate! –soltó ella.
-¿Qué es lo que tienes en esa bolsa? –preguntó Law refiriéndose a una pequeña bolsa de color rosa que había salido de la caja junto con ella.
Uno de los muchachos la recogió enseguida y estaba por pasársela cuando Anelisse logró agarrarla.
-No te permito que revises mis cosas.
-Ya te dije que aquí yo soy el capitán y yo doy las órdenes.
Law jaló la bolsa con tanta fuerza que la chica perdió el equilibrio y fue a parar al suelo.
-¡CAPITÁN! –gritó la tripulación.
Sin el más mínimo remordimiento, Law se acercó a la mesa y vació el contenido de la bolsa. Era la prueba del poco conocimiento que la chica tenía del Nuevo Mundo: un cepillo para el cabello, un bote de shampoo con olor a fresas, un frasco de crema para hidratar la piel y unos cuantos caramelos. No había duda de que era una niña mimada y consentida. Si ella hubiera logrado engañar al Comodoro y llegar al Nuevo Mundo, habría muerto a las pocas horas.
Anelisse lo miró desde el suelo con el miedo reflejado en sus ojos nuevamente.
-No nos sirve para nada –habló Law, procurando no despegar su mirada de la de ella-. Échenla al mar.
-¡CAPITÁN!
Las quejas no se hicieron esperar.
-No podemos hacer eso.
-Es muy cruel de tu parte.
-Piénsalo dos veces, ¿sí?
-Es sólo una niña. No va causar ningún problema.
Cansado de escucharlos, se dirigió a la puerta.
-Entonces ustedes se harán cargo. Hagan lo que quieran con ella, no me importa.
Anelisse no se movió de su lugar, seguía temblando, aterrada por lo que pudiera pasarle.
Law salió de la cocina. Iría directo a su habitación y se olvidaría por completo del asunto. Si era el deseo de sus nakamas conservar a la chica como a una mascota, él no iba a entrometerse mientras no lo molestaran.
