CAPITULO 17

REENCUENTRO CON ANELISSE

Law regresó al Polar Tang. En ese momento se encontraban todos en la cocina, sentados alrededor de la mesa o recargados en las paredes. Hace horas que había amanecido. Después de la tragedia de la noche anterior, el día parecía prometedor. Sin embargo, todos estaban deprimidos. Nadie decía nada. Sólo estaban ahí, mirándose los unos a los otros.

-Ni siquiera nos despedimos de ella –Bepo rompió el silencio y volvió a sollozar.

-No podemos aparecernos todos en una base de la marina –habló Shachi-. Sólo le causaríamos problemas.

Law se puso de pie. A él también le dolía no haber visto a Anelisse, pero no podía darse el lujo de deprimirse. Tenían un objetivo y el viaje debía continuar.

-Nos vamos –dio la orden-. Bepo, regresa a la sala de control y revisa el rumbo.

-Pero… capitán… -se quejó Bepo.

-Es suficiente –los reprendió Law-. Era nuestro objetivo desde un principio entregar a Anelisse-ya, ahora ella está en el lugar que le corresponde. Muy pronto regresará con sus padres y se olvidará de nosotros.

-Yo no quiero que Anelisse-chan se olvide de mí –protestó Bepo.

-Si lo pensamos bien, eso es lo mejor –intervino Hiro-. El capitán tiene razón. Anelisse-chan pasó días muy difíciles con nosotros. No debemos ser egoístas, tenemos que pensar en lo mejor para ella.

-Pero no se llevó sus cosas –comentó Nino-. Y pensar que compramos muchos vestidos para ella…

-Ustedes tienen la culpa por gastar todo su dinero en eso… -observó Law.

-Tú también le compraste muchas cosas, capitán –exclamó Penguin.

Uno que otro no pudo contener la risa. Law no tardó en recuperar la compostura y se dirigió a la puerta.

-Espero que partamos esta misma tarde –indicó.

-Un momento, capitán –habló Bart poniéndose de pie-. ¿Estás seguro de que Anelisse está en la base de la marina? Sé que es la información que te dieron, pero yo tengo mis dudas.

Law pudo notar la preocupación en el rostro de Bart. Y no es que él estuviera seguro de la condición en la que se encontraba Anelisse, sino que no podía con la idea de que ella estuviera muerta. Prefería pensar que ella estaba sana y salva en manos de la marina, y no perdida en medio de los escombros del pueblo.

Law se quedó ahí parado, inmóvil, sin saber qué contestar. No quería confesar delante de su tripulación lo asustado que estaba.

-¿Y… si fueras a echar un vistazo? –sugirió Bepo. Law volteó a verlo con duda-. Lo siento, capitán.

-Podrías llevarle su ropa –agregó Penguin mirando hacia otro lado.

Law miró la ansiedad en los miembros de su tripulación y no pudo contener más tiempo su propia angustia. Estaba consciente de que podrían haberla confundido, y lo raro que era que un marino le hubiera dado la información. Su primer impulso fue correr a la base y comprobar que Anelisse estaba a salvo, pero se contuvo. Cuando las dudas lo invadieron decidió regresar al Polar Tang, continuar con su viaje y olvidar todo lo sucedido hasta el momento. Sin embargo, la presión que tenía en el pecho no desaparecía. Sus nakamas tenían razón, necesitaba verla con sus propios ojos.

-De acuerdo –accedió por fin-. Preparen las cosas, iré a despedirme de Anelisse-ya.

Antes de salir del Polar Tang, pasó a su habitación. Guardó cuidadosamente el dibujo que Anelisse había hecho en un cajón del escritorio y volvió a salir.

Hiro no tardó en entregarle una mochila con las pertenencias de Anelisse: ropa, libros y un pequeño almuerzo que empacó para el camino. Law se preguntó si, ahora que estaba rodeada de la marina nuevamente, ella recibiría con el mismo gusto la comida que prepararon con tanto cariño.

Después de muchas palabras que la tripulación quería transmitirle a la chica por medio de él, Law partió hacia el lado contrario de la isla.

Lantana era una isla muy pequeña y no tardó mucho tiempo en acercarse a la base de la marina. Era un edificio blanco no muy grande. Law recordó entonces que esa no era una base oficial y que sólo estaban ahí por un tiempo, para protegerla de los ataques constantes que habían tenido después de la guerra en Marineford.

Había un barco en la costa con aspecto de estar a punto de partir. Law caminó por la orilla hasta la entrada del edificio.

Dos marinos muy jóvenes se encontraban apostados en la puerta, tan concentrados hablando entre ellos, que no lo vieron llegar.

-¿Y el capitán Zazil está seguro de que Trafalgar Law no va a venir a buscar a su nakama? –preguntaba uno de ellos-. No quisiera encontrármelo. ¿Has oído los rumores sobre él?

-Eso le comenté al capitán –respondió el otro marino-. Pero él cree que sólo son exageraciones del cuartel. Además, está convencido de que Trafalgar soltará a la chica sin ningún problema.

-Espero que nos vayamos pronto –exclamó el primero-. No quiero enfrentarme a ese sujeto.

La conversación le provocó un mal presentimiento a Law. Anelisse no era en realidad su nakama, así que no se explicaba por qué hablaban de ella como si lo fuera. Anelisse odiaba a los piratas más que nada en el mundo, no la imaginaba relacionada a ellos. ¿Sería por el Jolly Roger que bordó en su vestido? Por lo menos ya sabía que Anelisse sí estaba en ese lugar.

-Voy a entrar –informó Law pasando de largo. Los dos marinos dieron un respingo, perdieron el color de sus rostros y se apartaron de inmediato. Law sonrió al ver el impacto que tenía sobre otros.

Entró tranquilamente y empezó a recorrer los pasillos. No veía a ningún marino por ninguna parte, así que tenía que mantenerse muy atento por si algo se salía de su control. Sabía que el título de Shichibukai no le daba derecho a invadir una base de la marina, pero esperaba salir bien librado de ahí, sólo debía controlarse y no causar ningún disturbio.

Después de un rato por fin escuchó voces al final de un pasillo. Se acercó a la puerta para escuchar mejor.

-¿Te duele menos? –oyó una voz masculina. No hubo respuesta-. Todo va a estar bien, ya verás.

Law miró por el pasillo antes de asomarse por la rendija de la puerta. Anelisse estaba en el fondo de la habitación sentada en un sillón. Llevaba puesto un vestido nuevo en color negro y el cabello húmedo, como si acabara de tomar un baño. Sobre una mesita había un botiquín de primeros auxilios que obviamente acababan de utilizar. Anelisse tenía raspones por todas partes. A un lado había un plato vacío. Un marino se encontraba sentado a su lado tomándole la mano.

Law sintió alivio. Anelisse estaba viva, bien cuidada, bien alimentada y hasta habían tratado sus heridas. Sin embargo, al fijarse bien en su rostro, se dio cuenta de lo triste que parecía. Atribuyéndoselo a la despedida que no se dieron, abrió la puerta y entró como si nada.

El marino palideció en cuanto lo vio. Anelisse levantó brevemente la cabeza y la bajó nuevamente, parecía aterrada.

-¡Hola, Anelisse-ya! –saludó Law con una leve sonrisa. Anelisse mantuvo la mirada en el suelo sin atreverse a mirarlo. Law no lograba comprenderlo, ya eran amigos, ¿por qué se comportaba de esa manera con él?-. Te traje las cosas que compramos para ti en el festival –Law se acercó y depositó la mochila cerca de los pies de la chica, tomándolo como excusa para agacharse y mirarla más de cerca. Anelisse tenía raspones por todas partes, seguramente había caído en medio del tumulto cuando la perdió, y un golpe en la mejilla que era claramente un bofetón. Alguien se había atrevido a pegarle. ¿Por eso estaba tan asustada?-. También vine a despedirme. ¿No vas a darme un último abrazo?

Law se levantó sin despegar la mirada. Anelisse volteó a verlo. Sus hermosos ojos brillaban con la luz que entraba por la ventana. No había lágrimas, pero Law se daba cuenta de que ella no se sentía bien.

El marino que estaba a su lado la agarraba con tanta ansia que empezó a molestarle.

La puerta se abrió repentinamente y dos hombres entraron.

-¿Qué es eso de que Trafalgar Law está aquí? Es una locura –decía uno de ellos. Tenía un espejo en la mano y estaba demasiado ocupado mirándose. Ese era el capitán Zazil.

El otro marino se quedó estático cerca de la puerta. Era el hombre que había estado tocando el violín en la plaza del pueblo.

-Capitán –balbuceó.

Anelisse los miró con miedo antes de agachar nuevamente la cabeza. Law observó a los dos hombres que se quedaron sin habla al notar su presencia. Si uno de esos había golpeado a la chica, olvidaría sus intenciones de no causar ningún disturbio.

-Lo siento, Trafalgar –sonrió el capitán-. No se te permite entrar aquí. Retírate.

-Sólo vengo a ver a mi nakama –aclaró Law sin perder la calma-. Luce un poco triste.

-¿Tu nakama? –repitió el otro marino antes de estallar en una carcajada-. ¿Esa chica es realmente tu nakama? No parece algo propio de ti.

-Escucha, Trafalgar –dijo Zazil-. Comprendo que la chica te guste, es bonita por todos lados. Estoy seguro de que ustedes los piratas no conquistan señoritas como ella muy seguido, pero debes despedirte de ella. Estará mejor en nuestras manos. Es una mujercita demasiado fina como para relacionarse con piratas. Suéltala antes de que esta historia se sepa y le arruines la vida.

Ese hombre tenía razón. Si alguien llegaba a enterarse de que Anelisse había viajado en una tripulación pirata, era muy probable que la rechazaran de ahora en adelante. Los piratas no eran bien recibidos en ninguna parte. No podía hacer nada, desde un principio él prometió llevarla a la marina, por fin estaba cumpliendo su promesa. Lo que no entendía era, si Anelisse regresaría con sus padres, ¿por qué parecía tan triste? El día anterior se había despedido con una sonrisa en los labios. Algo no estaba bien ahí, pero Anelisse no decía ni una palabra.

Suspiró resignado, caminó hacia ella, se agachó para verla nuevamente a los ojos, apartó al otro marino que no la soltaba y tomó sus dos manos.

-Me voy, Anelisse-ya –le informó buscando algún rastro de felicidad en la chica-. Nosotros cumplimos nuestra promesa, ahora regresarás con tus padres. También volverás a ver a Seiichi-ya…

Anelisse sólo lo miraba sin decir nada. Law quería escuchar su voz por última vez, pero se conformó con ver esos ojos violetas. Acarició su mejilla nuevamente y respiró profundo para impregnarse de su aroma. Por fin la soltó, se levantó y se dio la vuelta.

Los dos marinos lo miraban con sonrisas burlonas en el rostro.

-¿Quién se iba a imaginar que Trafalgar Law pudiera ser tan cursi? –se burló el marino.

-Realmente no entiendo qué es lo que esta chica vio en ti, Trafalgar –comentó el capitán Zazil-. Además tienes un gusto muy raro, porque ella es algo infantil. Debes haberte emocionado por ser su primer amor –Law se estaba poniendo de mal humor-. Bueno, no voy a preguntar hasta qué punto llegaste con ella, sólo vete de una buena vez.

-¿Era tu mujer, Trafalgar? –siguió burlándose el otro.

Law perdió la paciencia y se lanzó contra el marino que reía fuertemente.

-¡Cállate! –ordenó con rudeza-. Tienen prohibido hablar mal de Anelisse-ya. No voy a permitir que la anden difamando.

-Ya vete, Trafalgar –soltó Zazil-. Si peleas aquí, tu bella princesa podría salir herida.

Law soltó al marino recobrando la compostura y se dirigió a la puerta.

-¡Capitán Law!

Anelisse lo llamó justo cuando estaba por salir. La emoción que sintió por escuchar nuevamente su voz era indescriptible. Volteó para mirarla, se había levantado y en sus ojos podía observarse determinación.

-¿Qué ocurre, Anelisse-ya? –preguntó Law con una sonrisa.

-Esos sujetos querían obligarme a jugar a los "besos y abrazos" con ellos –soltó Anelisse señalando a los marinos. Law no esperaba esa acusación. ¿Realmente le habían hecho "eso"?-. Como me negué me dieron mil latigazos.

¿Mil latigazos? Eso era claramente una exageración, porque el frágil cuerpo de Anelisse no soportaría ni uno. Anelisse estaba mintiendo, acusando a esos dos hombres de algo tan terrible que Law no podría perdonar. ¿Qué había pasado para que Anelisse decidiera volver con un grupo de piratas y alejarse de la marina y su posibilidad de volver a su hogar? Law se dio cuenta desde el principio de que alguien le había pegado, pero no esperaba que Anelisse contara un cuento tan exagerado.

-¿Qué es ese juego de "besos y abrazos", Kisho? –preguntó Zazil.

-No tengo idea, capitán –respondió el marino.

El tercer marino, ese que estaba ceca de Anelisse, sólo miraba la escena con los ojos muy abiertos.

-¿Es verdad lo que me estás diciendo, Anelisse-ya? –preguntó Law.

-Sí, es verdad –respondió la chica con una seguridad impropia en ella-. Si me dejas con ellos volverán a intentarlo… Capitán, llévame contigo…

Y esas eran las palabras que Law había deseado escuchar desde el momento en que cruzó la puerta de la habitación.

-Siéntate nuevamente y cierra los ojos, Anelisse-ya –le ordenó a la chica-. No los abras hasta que yo te diga.

Anelisse lo obedeció sin rechistar. Una vez que Law se aseguró de que sus ojos estaban cubiertos, se dirigió al marino más joven.

-Sal de aquí.

El joven no dudó ni un instante en levantarse y salir corriendo. Entonces Law miró a los dos hombres que se quedaron.

-¿Nos vas a atacar, Trafalgar?

Ninguno de los dos dejó de reír cuando Law desenvainó su espada y se preparó para atacar.