Rascumparare Dulce

Ch. 2

La gitana se desplomó extasiada en el pecho del actor. A Terry le pareció ver lágrimas en sus ojos. Justo ahí fue donde los reconoció de su visión.

-¡Eras tú! ¡Eres tú!- pensó al tiempo que la rodeaba con sus brazos y la acomodaba para acurrucarla su lado.

La somnolienta Luna moría por quedarse ahí entre sus brazos tiernamente contenida por este hombre, que le despertaba tantos sentimientos a la vez, pero había demasiado en juego. Cerró los ojos por breves instantes para disfrutar el agradable calor que emanaba naturalmente por los poros de la piel de Terry como para tomar fuerzas de él. Su trabajo apenas había comenzado.

Quiso levantarse, pero él no se lo permitió.

-¿A dónde vas?- le preguntó algo molesto que no le permitiera reposar un momento con ella. Tenía muchas cosas que decirle, muchas preguntas que hacer.

¿Que había sido ese grito entre las llamas? Sabía que debía sentirse más alterado por todo lo experimentado, pero por algún motivo era todo lo contrario, se sentía completamente relajado y en paz. Para nada cansado. Estaba lleno de vida y esperanzas. Aunque desconcertado ante la actitud evasiva de Marcela. Hace apenas unos momentos había sido toda entrega y pasión absoluta, y ahora parecía que no podía esperar el momento para apartarse de él.

-Debo sellar, no os preocupéis, podéis descansar- Le dijo acariciando suavemente su quijada con el dorso de su mano. Él estuvo a punto de jalarla nuevamente a su lado, pero ella fue más rápida de movimientos y se escabulló de entre sus brazos. Tomó algo de su cómoda de frascos y le sopló unos polvos a la cara. Terry se hundió en el más profundo sueño que jamás hubiera experimentado.

En este tenía distintas visiones, de la niña en un país Europeo, caminando sola entre lo que parecían bodegas gigantes llenas de barracas con literas. Apenas y había espacio para acomodar todas las estructuras. El olor a cenizas y muerte llenaba el ambiente.

Trataba de regresar a la consciencia, y por momentos le parecía sentir el vaivén de la carreta que se movía incesante a su alrededor. Pero nuevamente la oscuridad lo envolvía y sus visiones regresaban.

En esta ocasión se vio a sí mismo en las callejuelas lodosas del antiguo Londres, la gente vestía diferente. Vio su reflejo en un aparador y no era él. Aunque su rostro le pareció familiar.

Era alguien que había visto en su niñez en alguna pintura del castillo Ducal.

El hombre iba acompañado de una elegante mujer embarazada a la cual llevaba del brazo. La pareja estaba a punto de subir al carruaje cuando fueron alcanzados por una exuberante mujer de vestimenta colorida. El no entendió lo que sucedía, la mujer evidentemente una Gitana le reclamaba a gritos mudos algo que Terry no alcanzaba a comprender, ya que era como si el audio del sueño estuviera apagado. Manoteaba furiosa señalando al vientre de la dama de alcurnia la cual intentaba refugiarse dentro del carruaje, pero antes de poder hacer nada más, la vio escupirle primero a él y luego a la asustada dama.

En ese momento se despertó se sentía desorientado. El intoxicante aroma de aceites aromáticos impregnaba el ambiente, pero más que nada la fragancia del jazmín. Todavía podía sentir la horrible sensación de tremendo dolor y vergüenza que se había filtrado del personaje en su sueño.

Se sentó despacio moviendo su cuello a ambos lados para soltar un poco de la tensión acumulada en sus músculos. Sentía todo el cuerpo entumecido, tenía mucha sed y su cuerpo protestaba como si hubiera durado un buen rato inmóvil. Se puso de pie estirándose cuan largo era. Se despabiló por completo y empezó a percibir un exquisito aroma que venía de afuera. El ambiente se sentía más fresco, pero no tanto como debía indicar la temporada de otoño en Nueva York. Se sentía agradable.

Se puso su pantalón el cual encontró sobre un pesado baúl tallado a mano que servía de pie de cama. La suave tela se deslizó confortablemente sobre su piel desnuda abrazándose a sus firmes caderas. Lentamente abotonó su prenda rosando con sus dedos los músculos de su abdomen. No sintió la necesidad de ponerse zapatos ni camisa. Pasando sus manos a manera de peine, se acomodó su chocolata cabellera antes de asomarse en busca de su tremenda gitanilla.

Porque no le importaba lo esquiva que pudiera portarse, ella era suya. Total y completamente suya. Apenas y podía creer que esa chica a la que seguramente le llevaba un par de años hubiera sido doncella. Con su actitud extrovertida y ademanes al parecer experimentados, jamás lo hubiera imaginado. En la vida se le hubiera acercado siquiera de haberlo sabido. Pero estaba lejos de arrepentirse de haberlo hecho. Con ella había sentido al fin una conexión que no había logrado sentir con nadie más. Mucho menos en compañía femenina de otro tipo.

Esto lo llenaba de placer y hacía crecer en él la semilla de la esperanza, que amenazaba con germinar y extenderse por todo su ser. Sabía que a pesar de este sentimiento, debía actuar con cautela, ya que quedaban muchas dudas por resolver y lo que menos quería era exponer su corazón sin tener alguna certeza de por medio. Su naturaleza desconfiada se lo advertía. Finalmente se dirigió hacia la entrada.

Nada lo preparó para lo que enfrentó al abrir la puerta del carruaje.

Ante él se extendía una verde pradera surcada por un bosque de hojas siempre verdes. Coníferas que con su refrescante aroma a pino de golpe inundaban su ser. La característica peculiar de estas plantas le hacía imposible el adivinar la estación exacta en la que se encontraba. El sol brillaba en lo más alto anunciando el medio día. Sus rayos reflejaban lucecillas de las cristalinas gotas de reciente lluvia que habían quedado atrapadas entre las espesas ramas de los árboles, como si tuvieran collares entretejidos en ellas. El suave murmullo de un río llegaba hasta sus oídos. Cerró los ojos para llenar sus pulmones con el aire puro y al exhalar no pudo evitar sonreír con asombro ante el esplendor de la madre naturaleza.

-Dorothy ya no estás en Kansas- dijo para sí recordando la línea de un libro que había leído en su adolescencia. De repente se llenó de agobio e inquietud, ¿En dónde estaban? ¿Cuánto tiempo habían tardado en llegar ahí? ¿Cuánto era exactamente lo que había estado durmiendo?

-Hey Chaval venid, acercaros que se enfría el potaje- Le dijo alegremente la gitana que se encontraba inclinada meneando los contenidos de un caldero sobre una fogata. El rojizo en sus cabellos se intensificaba bajo la luz del sol. El vaivén del amuleto que colgaba de su cuello sobre la olla atrapó la azúlisima mirada del joven guiándola hacia los pechos femeninos que se asomaban coquetos por la blusa color uva a juego con su amplia falda. Terry se sintió a punto de ser presa nuevamente de los hechiceros encantos de la gitana.

-¿Brebaje? No gracias, suficiente ha sido ya de tus pociones que me duermen y me hacen ver cosas. - Dijo con ademán preocupado.- ¿Quieres decirme en donde estamos y porque me has traído hasta aquí?- De repente lo asaltó un sentimiento de premura y preocupación- ¡La obra! Debo regresar, no puedo dejar colgada la presentación, recién empezamos la temporada. ¿Dime como regresar?- Dijo corriendo dentro del coche por sus ropas y sus zapatos y saliendo enseguida para no perder tiempo. Intentaba meter rápidamente sus brazos en su camisa al tiempo que daba de saltos para tratar de ponerse los zapatos mientras sostenía un calcetín entre sus dientes.

Marcela soltó una divertida carcajada al verlo. Se puso de pie y se acercó a Terry caminando lentamente, le puso la mano sobe su antebrazo, todavía descubierto.

-Rascumparare Dulce- dijo ella con tono tierno y en voz baja.

Al unir piel con piel el joven actor sintió una corriente que había sentido el día anterior primero estremeciéndolo, después al escuchar las palabras de la gitana la energía se fue dispersando como un bálsamo de paz para sus exaltados nervios. De momento ya nada pareció tener la importancia que hasta entonces le había dado. Volteó a ver a la bella mujer frente a él y sus ojos le transmitieron tranquilidad. Esa tranquilidad que te da el hecho de saber que estas justamente donde debes estar.

-Po-ta-je es un guiso, ¿Que acaso no tenéis hambre? Si hubiese sido yo quien durmió sin probar bocado por tres días estaría famélica- le preguntó ella dirigiéndole una bella sonrisa que le llegó hasta los ojos.

-Sí- Le contestó algo sorprendido del bienestar que experimentaba. Asimilando lentamente la información.- ¿Tres días dices?- De repente su estómago le reclamó dando veracidad a las palabras de Marcela. Decidió por el momento darle prioridad a su alimentación. Ya aclararía las cosas después, con renovadas fuerzas.

Se sentaron a comer en el pasto, sosteniendo en sus manos los cuencos que hacían de sus platos y por primera vez, el inglés reparó en que ambos tenían los pies descalzos.

Lo pies de Marcela no eran pequeños y delicados. Eran unos pies fuertes se notaba que le gustaba caminar mucho sin zapatos. Estaban adornados con pulcerillas en los tobillos. Como joyas despedían destellos de colores al ser tocadas por el sol.

Se preguntaba que tanto habían recorrido esos andariegos pies, ya que a pesar de su apariencia joven le parecía que poseía un alma vieja. Recordó sus interacciones previas a su baño y la voz que burlonamente le había hecho referencia a que cuando él llegara a su edad no requeriría de una bola de cristal para leer la energía. De nueva cuenta se había referido a él como si fuera alguien mayor que estuviera lidiando con un pequeñuelo.

Por su parte, Marcela lo observaba a ratos con curiosidad, y a ratos con asombro definitivamente ese hombre estaba resultando ser mucho más interesante de lo que ella hubiese imaginado. Sin hacer de lado lo espectacular de su apariencia.

-Deci ți-a plăcut armasarul?-(¿Así que te ha gustado el garañón?)-

Escucho la burlona voz de la que había adoptado como su abuela. Estaba segura que esa voz le pertenecía a un ancestro suyo, solo que no tenía manera de saber de quien se trataba exactamente, así que había optado por llamarle cariñosamente abuela.

Marcela sonrió algo exasperada pues sabía hacia dónde iba dirigido ese comentario.

- Vrei să mă spui că acest specimen este frumos? Te asigur că dacă ai fi cu el, te-ai fi topit cu siguranță sub ochii acelor ochi mari de culoare marină din Marsilia. (¿No me vais a negar que esta majo el espécimen? os aseguro que de estar con él seguramente os derretiríais bajo la mirada de esos ojazos del color del mar de Marsella)-

Le decía mientras se deleitaba con los músculos de alabastro que en ese momento eran acariciados posesivamente por el sol de una manera tan peculiar, que a Marcela se le vino el tonto pensamiento que el astro era de naturaleza femenina y se agasajaba con la masculina figura.

-Por supuesto que se lo que el encanto de su estirpe es capaz de provocar en nosotros. Por eso mismo chiquilla andaros con cuidao os lo advierto. Haced lo que tenéis que haced y seguid adelante con vuestros planes- Le advertía seriamente.

-Ya sé yo lo que debo hacer. Me gustaría que me dejaraís en paz de una buena vez. ¡Que aquí la viva soy yo!- Le reclamaba exasperada.

-Pues os recuerdo que no durarás mucho más, así que aplicaros que tenéis bien medido el tiempo-

Terry la contemplaba de nueva cuenta, hablando consigo misma en lo que había deducido como rumano. Ahora se arrepentía de no haber elegido a este idioma como una de sus preferencias a estudiar en el colegio. Aunque no necesitaba saber el idioma para entender que La Luna se enfrascaba de nueva cuenta en un debate que al parecer estaba perdiendo, ya que su expresión no era nada felíz.

Ella sintió la mirada del inglés y queriendo hacer a un lado lo que ella llamaba incesante parloteo de muertos, se puso de pie dejando a un lado su cuenco y le extendió la mano a Terry.

-Al baño nene- Felíz de poderse dar un baño, el joven Grandchester se puso de pie y se encaminó hacia el carruaje.

-¿Vos queréis bañaros en el cuartillo ese de nueva cuenta? Está bien haced lo que os plazca- le dijo regalándole una traviesa mirada al tiempo que se colgaba un bolso tejido y echaba a correr dentro del bosque.

-Terry la vio perderse entre los árboles y corrió tras de ella dándole alcance rápidamente con largas zancadas de sus atléticas piernas. El incesante murmullo del rio se volvió más fuerte al irse acercando.

Marcela tiró su bolso en el pasto, y comenzó a despojarse una a una de sus prendas. Excepto por su inseparable talismán y la pañoleta morada que de nueva cuenta cubría su cabeza.

Terry observaba ese bello cuerpo desnudo. Los bien proporcionados pechos con sus aureolas color canela la estrecha cintura que se perdía en la amplitud de las caderas. Se le figuraba a Terry al cuerpo de una guitarra. Seguramente sonaría ruidosa y apasionada esa gitana guitarra al ser tocada correctamente. La vio adentrarse en el rio con paso ligero y seguro. Lo dicho, con esa total desinhibición jamás pensaría que le había robado la virtud apenas unas noches atrás.

-No la habéis robado, yo os la entregué de propia convicción. Marcela Luna no hace nada que no se le pegue su reverenda gana. ¿Os vais a quedar ahí parado?- Le gritaba desde adentro del agua.

-¿Pero es que me lees los pensamientos?- preguntó consternado.

-No siempre, digo, no es que los lea pero a veces me entero de fragmentos de lo que pasa por vuestra mente- Le sonrió con suficiencia.

-Ah y ¿Cómo es que "Te enteras"?- Preguntó mientras se arrancaba la única prenda que lo cubría.

A la gitana se le secó la boca cuando lo vio a plena luz del sol. Esta ocasión sí que se sonrojó, casi del color de sus cabellos. Le encantaba juguetear, pero la realidad era que nunca había estado íntimamente con un hombre. De naturaleza candente, muchas veces había imaginado lo que se sentiría al compartir el placer con alguien más. Pero para alguien como ella sabía que el tipo de relaciones pasajeras no eran una opción. No había encontrado a alguien lo suficientemente interesante ni se había enamorado jamás, como para crear ese vínculo mágico de la energía que proviene del sexo sagrado. No se había imaginado que su suerte estaría esperándola en lo que para ella era su pasado aun antes de nacer.

-Ahora sí que te creo la inocencia- pensó al tiempo que le sonreía pícaro de medio lado mientras se introducía en el agua dulce y fresca.

Se dirigió directamente hacia ella con una sola cosa en mente.

-NO majo, ahora no- Le dijo ella interponiendo sus brazos para apartarlo.

-¿Estas negándote?- Le preguntó algo molesto, era la tercera vez desde que la conoció que ella frenaba sus avances. Al principio se le antojaba interesante, pero ahora era francamente desquiciante. No estaba acostumbrado a pedir y mucho menos a rogar por los favores de alguien y aunque su parte racional le pedía que fuera paciente, ganó su parte de macho herido. El rechazo era algo con lo que siempre le costaba trabajo lidiar.

-No me niego, solo que antes..- Marcela se aferraba con uñas y dientes al último rastro de cordura que le quedaba. Qué más daría ella por perderse entre esos brazos por siempre.

El la interrumpió -Debí haber sabido que todo esto estaba ya planeado.

¿Es que no puedes tener algo de espontaneidad?

¿Todo debe ser de acuerdo a tu plan? pensaba que eras un espíritu libre, ya veo que es lo que mejor sabes pretender. No hay alguien más atado que tú. Me voy, quédate con tu falso sentido de libertad.- Le dijo destilando decepción y arrogancia. Zambulléndose completamente en el agua tan solo para salir apresuradamente.

-Ya os dije, podeís hacer lo que os plazca. Os he traido aquí con un firme propósito y eso es lo que voy a hacer así tenga que arrastraros inconsciente por medio bosque. Seguramente al regresar a vuestra dulce realidad os arrepentiréis de no haber hecho algo para enderezar vuestro destino. Disculpadme vuestra señoría Duque de Grandchester que vuestros planes de fiesta se vean frustrados. -La sulfurada gitana le dijo haciendo una ridícula caravana.

Sus palabras ayudaron únicamente para encender aún más el terrible carácter del joven. De nueva cuenta entró al agua y tomándola por la muñeca le reclamó furioso.

-¿Es que acaso te ha mandado mi padre? Contéstame, ¿Eres el último intento de Richard para sabotear mi carrera y retomar el ducado?- Preguntó lleno de rencor y rabia.

-¡Ahhhh! De zeița râurilor mă rog ca amintirile timpului să te ajungă la tine. (Por la diosa del los rios ruego que las memorias del tiempo lleguen a ti)- gritó con coraje mientras las aguas del río parecían contestar sus petición.

Todo pasó muy rápido Terruce revivió la escena de su sueño excepto que esta vez estaba como espectador externo y veía y escuchaba todo claramente.

La gitana le reclamaba al elegante hombre el haberla abandonado.

-¡Eres un cobarde Grandchester! ¡Maldita sea tu estampa! ¡Toda tu semilla será maldita desde hoy hasta el final de los tiempos!

Te condeno al demonio de la soledad, esa que se mete en los huesos y te seca el alma. No habrá lugar donde te encuentres que halles sosiego ni calma. Ni mujer alguna que les entregue el alma. Tu espíritu atribulado vagará para que sientas el tormento de tus descendientes primogénitos y te arranques la cara de dolor al sentir su desconsuelo y descubrir que han sido condenados por tus acciones.

El joven inglés regresó de golpe a su realidad. Aturdido y sin fuerzas, Sentía un frio que le helaba los huesos. Con la ayuda de Marcela salieron juntos del agua y se tiraron sobre la cálida hierba. Terry sentía los rayos del sol bañar su piel tranquilizándolo poco a poco.

Marcela sacó un cobertor ligero de su bolso y lo cubrió para calmar el frio sobándole los brazos para darle calor.

Finalmente entendía parte de lo que Marcela le había estado tratando de explicar.

El ocaso se cernía sobre ellos. Marcela le hizo un gesto con la cabeza para indicarle que era hora de regresar al campamento. El asintió ya un poco más repuesto y ayudado por ella regresaron en silencio.

Ya en el campamento marcela apilaba los troncos para encender una fogata. La temperatura caía rápidamente al ocultarse el sol.

-Bendita seas criatura del fuego- Pronunciaba con reverencia. Las llamas parecían responder a su llamado danzando sensualmente entre los trocos crepitantes. Ninguno de los dos había pronunciado palabra alguna desde que salieron del río. Ataviados con gruesas cobijas se sentaron al pie de la fogata esperando el café que la gitana recién ponía.

Terry no podía apartar de su mente las palabras pronunciadas por la gitana al que ahora recordaba como su tatarabuelo Cuthbert Grandchester. Había sido ella la causante de que un demonio persiguiera a su familia. ¿Cómo podía ser eso cierto si el jamás había creído en esas cosas?

Fue Marcela quien rompió el silencio, al saber por su abuela de los inquietantes pensamientos del joven.

-Habéis de saber que una maldición nunca va de un solo lado. Quien maldice, se maldice por ley del universo a sí mismo y las cadenas se arrastran más allá de los perpetradores originales. Tenéis toda la razón, ha sido una gitana la causante de vuestro tormento de soledad. Solo que la carga no ha sido únicamente llevada por vuestra familia.- Le dijo ella con pesar en el alma. Por primera vez en todo el tiempo juntos vio una infinita tristeza asomarse en sus ojos. Reconoció esa mirada en sí mismo cada vez que había querido compartir algún logro, o desahogar su alma con alguien cercano y descubrirse solo. En ese momento se dio cuenta que ambos estaban atados a la misma soledad. Que ella no solo estaba realizando aquellos complejos rituales por ayudarlo a él, sino por ayudarse a sí misma.

De momento se sintió traicionado. Estaba cansado de la incertidumbre y las incesantes sorpresas. Todo estaba completamente fuera de su control. Ese era un sentimiento al que no estaba acostumbrado. Pero ya estaba más allá de la negación de los hechos. Solo una pregunta inundaba sus pensamientos.

¿De dónde había salido Marcela Luna?

-¿Necesito saber quién eres y de dónde vienes?- Le preguntó cortante y sin rodeos.

Ella bajó su mirada por un momento, llenándose de nostalgia al haber sido sorprendida con la guardia baja.

-Eso no es relevante- Contestó evasiva.

-Claro que lo es. ¿Pretendes que confíe en ti, que te permita entrar en mis sueños, que no diga nada sobre el hecho de que me has raptado y encima de todo esto me arranques quien sabe qué demonios, literal, que dices que traigo sin compartir absolutamente nada de ti, de tu historia? Quiero saberlo, no, corrección exijo, saberlo- Le reclamaba mientras le dirigía una de sus frías miradas cargadas de absoluta determinación a salirse con la suya.

El asombro de la chica se veía reflejado en su cara que de un momento a otro perdió su color. Los ojos plateados por la luz de la luna se tornaron acuosos de momento, pero no derramó lágrima alguna. Un rojizo cairel cubría la mitad de su ojo derecho. Su respiración se tornó agitada y casi bufaba de impotencia y coraje. Los mismos sentimientos que la invadían cada vez que era confrontada con esa simple pregunta.

"Cojones que no lo sé, No sé de dónde vengo, donde he estado ni nada de la madre que me parió"

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Hasta aquí por lo pronto. Espero que les haya gustado y sí así fue me haga merecedora de un review. Ya bien saben que estos son nuestro alimento así como un aliciente para seguir compartiendo nuestras letras.

Nos seguimos leyendo!

Elby8a ;-)