Rascumparare Dulce Ch. 3
El joven no podía creer la contestación por parte de la gitana. Sin embargo al reparar en sus facciones, en lo desencajado de su rostro y su semblante de total consternación, en su mirada un tanto perdida. Sabía que la chica decía la verdad. Él era un experto en leer gente, en especial su lenguaje silencioso. Aquel que era revelado de manera involuntaria por sus reacciones y movimientos corporales.
-¿Pero qué dices? ¿En realidad no lo sabes?- Preguntó aún sin entender por completo el trasfondo de su respuesta.
-Ya os lo he dicho no tengo ni una puta idea. Cuantas veces escuché a la tía Amelia repetir el relato de cómo me había salvado de las fauces de quien sabe qué malparida bruma a los cuatro años. Que de no haber sido por ella yo hubiese muerto de hambre. Yo entonces le debía mi vida y mi agradecimiento eterno a ella así que estaba obligada a trabajar para ella por el resto de mi vida.
Oídlo bien a Marcela Luna nadie le impone el agradecimiento. Cuando hacéis algo bueno por alguien lo hacéis y punto. Nadie tiene por qué estar cantando sus buenas acciones a los demás. Lo único que lograréis si os atrevéis a hacerlo, es borrar vuestra bella acción y ya veréis al estar frente a los señores del karma lo que os costará semejante bajeza.- decía destilando enojo por los poros.
-La Tía esa todavía se atrevía a reclamar. Como si el haber limpiado, guisado y acarreado clientes para sus engaños y fraudes desde el primer día que me encontrara no hubieran sido suficiente.- pensaba mientras recordada los malos tratos a los que había sido sometida.- Fue así hasta que cumplí seis años y encontré este amuleto, cuando lo toqué perdí el conocimiento.-Dijo tomando el medallón en su mano derecha y santiguándose con él para después darle un beso. –Desperté a los tres días con la cabeza como si me quisiera explotar de tanto ruido de los muertos a mi alrededor susurrándome cosas al oído.
Comencé a tener visiones de todos aquellos espíritus o personas que se cruzaban en mi camino. Incesantes filas de clientes dispuestos por la tía Amelia para decirles su porvenir.-Una sonrisa sarcástica y cargada de nostalgia se dibujó en sus labios. Os puedo decir fortuna con solo veros, pero en lo que a mí se refiera nada, silencio, como si hubiera salido de la nada. Tan solo tuve una visión. Me vi a mi misma de cuatro años y lo único que traía conmigo era esto.-Sacó de su bolso un hermoso abriguito de lana, azul rey el cual tenía un triángulo cocido en la solapa.
Terry lo reconoció de inmediato. Era el mismo que llevaba la pequeña puesto en su ¿sueño? Después de lo experimentado en el río y en los últimos días desde que la conoció, su sentido de lo que era un sueño y no, se estaba poniendo a prueba constantemente. No era alguien que creyera en esas cosas de espíritus fortuna y de más. Ni siquiera se podía decir que creyera mucho en dios. Al menos no en el dios de las monjas del San Pablo. Jamás se había puesto de rodillas a rezar con fervor. Su idea de Dios era la de un rebelde caprichoso al que le gustaba jugar a placer con los destinos de sus creaciones. Sabía que existía, no era tan cínico como para negarlo, pero simplemente no lo entendía. El entendía lo que podía ver y creía en sí mismo para forjarse su propio destino aunque muchas veces lo había sentido truncado. A sus 25 años ya se consideraba con un largo andar.
Marcela Luna definitivamente había llegado a sacudirle sus creencias hasta la médula. No solo por su manera de actuar, sino por todo lo que junto a ella había experimentado hasta el momento. Había decidido dejar de resistirse, no sabía hacia donde lo iba a llevar ese camino, lo que si sabía era que ya no quería más de lo mismo y no podría vivir con el "hubiera" arrepintiéndose de lo que podría haber hecho y no hizo.
Marcela había tenido razón al decirle que su camino había sido torcido. Muchas veces había pensado que había sido en el fondo del mar durante su atribulada adolescencia donde debía de haber terminado. Sentía que su alma había estado en un constante vagar dando tumbos desde entonces. De repente una punzada de dolor le atravesó el entrecejo y recordó algo importante.
-Lo que encontraste, era algo más ¿Había otras cosas a parte de ese abrigo, cierto?- La gitana lo vio azorada, y por primea vez experimento lo que tantas personas habían sentido al estar en su presencia. Esa sensación de que estaban siendo leídos, expuestos cuando ella les revelaba algo acerca de sus vidas que no tenía explicación ni lógica de cómo podría ella estar enterada.
-Sí- respondió simplemente casi inaudible y como una autómata Terry la vio entrar en su carruaje tan solo para regresar con un bolso de fino tejido bordado con unas flores de relieve que parecían hechas de azúcar. Era una verdadera belleza, una artesanía digna de admirarse. Pero lo que Marcela sacó a continuación de aquél bolso mereció la total y absoluta atención por parte del joven. Se trataba de un violín antiguo tallado de una sola pieza de la más fina madera y de acabados exquisitos.
-¿Puedo?- preguntó al momento que extendía las manos casi conteniendo la respiración ante la expectativa de corroborar sus sospechas.
Marcela asintió, casi estuvo a punto de resistirse, la verdad era que jamás había permitido que nadie más lo tocara. Desde que había descubierto que la tía Amelia lo ocultaba celosamente de ella, lo había robado, más bien recuperado y nunca había permitido que alguien más siquiera se les acercara a los únicos objetos que intuía que habían pertenecido a sus padres.
Ella supo que junto con su talismán -el cual había encontrado cocido por dentro del forro de su abriguito oculto en una bolsa de terciopelo rojo.- Constituían su única herencia y sabía que eran la única pista con la que contaba para averiguar su procedencia.
Vio como el aristócrata lo tomaba entre sus manos con suma delicadeza y lo pesaba observando su constitución poniendo sumo cuidado en observar los detalles y las líneas. Hasta que acercó su mirada por entre las cuerdas y leyó Stradivarius comprobado así sus sospechas.
-Esto es tu herencia. Te vi de niña cuando lo llevabas contigo.-Le confesó- ¿Sabes lo que es, tienes idea de lo que vale?- Le preguntó más fascinado por el descubrimiento de lo que representaba aquella joya al valorarla como pieza única de arte, y no tanto por su valor económico aunque este era cuantioso.
-Yo solo sé que era de mi padre ¿Cómo decís? ¿Me habéis visto? ¿Cuándo, en donde, con quien estaba? decidme de una vez- le preguntaba como aferrándose a esa inesperada fuente de información.
-Después que estuvimos juntos, mm.. Pensándolo bien fue justo cuando tuvimos nuestro orgasmo. Sentí una extraña energía recorrerme y ahí fue cuando te vi. Llevabas puesta esta prenda y cargabas el mismo bolso con el violín. No sé porque te dije que era de tu padre, pero así lo siento.- Dijo con honestidad.- Encogiéndose de hombros.
La gitana empezó a caminar dando vueltas alrededor de la fogata. Pensando, mil y un ideas locas que cruzaron por su mente.-Seguramente el velo de las dimensiones se ha rasgado. Pero si es así entonces ¿Que es lo que significa?, ¿Que es lo que ha podido ver?- Se preguntaba y se contestaba a sí misma incesantemente.
Terry la observaba detenidamente, de nueva cuenta estaba teniendo un dialogo con alguien que no era él. Estaba empezando a acostumbrarse a ese comportamiento por parte de ella. Decidió darle su espacio. Él más que nadie entendía y sabía lo invaluable que era tener espacio para uno mismo, para ordenar sus pensamientos, para respirar silenciosamente y tomar decisiones importantes.
Había tenido un momento así cuando -contrario a su naturaleza huraña-, asistió a la fiesta de año nuevo en el barco Mauretania. Ahí más que en cualquier otro momento había deseado estar solo para pensar, para renegar y aullarle a la luna su dolor al haber sido rechazado por su madre. Sentía que encontraría algo importante en la soledad de la cubierta. Sin embargo decidió quedarse a ahogar sus penas entre el alcohol y el bullicio de la gente. Le tuvo miedo a estar solo. Le tuvo miedo a enfrentar esos pensamientos que le pedían ser liberados. Se tuvo miedo a sí mismo, y a lo que hubiera sido capaz de hacer, al verse frente a la inmensidad del mar sin nadie que lo detuviera. Alguien susurraba en su oído que esperara, que no tenía caso salir.
Ya entrada la madrugada había salido al fin, completamente tomado, dispuesto a encontrarse con su destino en el fondo del mar, pero había sido gracias a aquel joven hombre el que no cayera resbalándose por la borda en un movimiento abrupto del barco, al chocar con una ola alta. Ese hombre de cabello rubio y barba tupida, que se le figuraba a un vagabundo. Obviamente no lo era, ya que iba muy bien vestido y se encontraba junto con él en primera clase. El hombre lo había tomado por el brazo para ayudarlo a ponerse de pie, y nunca olvidaría las palabras que le dedico.
-Ten cuidado, de seguro alguien te extrañaría si algo te pasara- Le dijo como si supiera lo que había estado a punto de hacer de no haber sido por la ola.
-Lo dudo mucho. No a mí- Le contestó riendo sarcástico.
-No digas eso, quizás en este momento no lo sepas, pero tu destino debe estar ahí esperándote a que te decidas a seguirlo, esperando que finalmente estés listo para encontrarte con él- Le había dicho, al tiempo que le dio una palmada en la espalda. En esos breves instantes Terry había sentido el contacto de lo que se le antojaba como un verdadero amigo. No recordaba cuando había sido que recibiera tal gentileza de alguien, mucho menos por parte de un extraño. Nunca antes, y nunca después, hasta ahora con esa gitana extrañamente familiar. ¿A caso era Marcela Luna ese destino con el que se debía encontrar? Era una joven enigmática, muy hermosa. Definitivamente algo loca, pero apasionada, decidida, fuerte y pícara con un toque de traviesa que le fascinaba.
Empezó a escuchar una melodía que se repetía en su mente veía el violín y sentía que lo llamaba que sus manos le dolían desesperadas por reencontrarse con un viejo amigo. Decidido tomó el arco y Terry empezó a tocar el violín. Era una melodía suave, tierna casi como una canción de cuna. Haciendo evidente su maestría en el dominio de aquél instrumento. Vio como de repente, La gitana Luna se detuvo en su andar. Marcela llevó sus manos a sus oídos con el dolor reflejado en su rostro. Sentía que algo se resquebarajaba como si le arrancaran una costra astral largamente adherida.
-Parad, por piedad, parad- le suplicaba mientras se agachaba hincándose en el piso doblándose presa de un insoportable dolor. Sus manos cubriendo sus oídos y el rojo cabello cubriéndole el rostro.
Terry quiso detenerse al ver la reacción de La Luna, pero algo se lo impedía, algo o alguien, lo instaba a tocar con mayor fervor. Cerró los ojos concentrándose en la melodía. Empezó a tener visiones de nuevo, se vio a sí mismo tocando el instrumento, no, no era él, era un gitano de ojos grises que estaba en sus veintes y tocaba apasionado para una gitana con cabellera de fuego que danzaba con un pandero a su alrdedor.
La música iba en crescendo y al fin abrió los ojos. Marcela ya no estaba más en el piso. Ella había empezado a bailar. A danzar alrededor de las llamas que se elevaban imponentes en la oscuridad de la noche. La bella gitana movía manos y caderas al compás de la música. Terry le sonrió del otro lado, a través de las flamas. Esos ojos grises brillaron coquetos y sin perderlo de vista se le acercó bailando apasionadamente, inclinándose hacia atrás. Moviendo sus faldas de manera sugerente como si la melodía la acariciara como si las llamas le transmitieran su fuego incandescente. Marcela sentía el fuego corriéndole por la sangre llenándola de vida, de ímpetu. Su danza era un ritual de despojo del dolor y la soledad, del abandono y el desprecio. Un baile de renovación del espíritu y reconocimiento del alma, del camino antes andado y que había sido perdido. Del conjunto de todos sus viajes a través del tiempo. Algo era seguro, el velo de las dimensiones había sido definitivamente rasgado.
Terry por su parte estaba atrapado por los movimientos de la falda gitana. Los pies que pisaban fuerte y las manos que hacían elegantes figurillas en el aire. Pero sobretodo en esos bellos ojos gitanos que en ese momento brillaban bajo la luz del entendimiento. Se perdió en ellos y no supo cuando fue que dejó de tocar para tomarla entre sus brazos y probar ese fuego que percibía le llenaba el cuerpo a Marcela.
Quiso probar el elixir de sus carnosos labios carmesí. Marcela se sorprendió, sabía que no debía, sin embargo se sentía extasiada, embriagada de aquella sensación de bienestar. Tenía una gran necesidad de sentirse viva. Sentirse dueña de su propio destino por primera vez en su vida. Toda su vida se había sentido como una hoja al viento, volando a la deriva a la voluntad de aquello a lo que no podía ver, pero que indudablemente se encontraba allí.
Los labios de Terry se apoderaron de su cuello y sentía su lengua recorrerla aún más candente que el fuego de la hoguera que iluminaba la fría noche. El joven sintió una extraña fuerza recorrerlo por su cuerpo apoderándose de su voluntad. Le acarició la suave y rizada cabellera y en un rápido movimiento la recostó sobre la yerba cubierta de rocío de la madrugada.
El joven sintió una loca ansiedad por recorrerla por completo. Explorarla, besarla, chuparla y morderla desde el dedo meñique del pie izquierdo, hasta el último cabello de su rizada mata de fuego. El calor que despedían era tal, que apenas y sentían las gotas de agua mojando sus cuerpos. Le tomó uno de sus senos dejándolo expuesto por encima del sostén y la blusa de la chica. Extasiado lo acarició viendo como el pezón se endurecía bajo su tacto. Hincado a horcajadas sobre ella, se enderezó echando su cabellera hacia atrás, como dándole la bienvenida a un viejo amigo que dormía dentro de él y que victorioso admiraba al objeto de su deseo. La volteó a ver y se relamió los labios antes de sacar el otro seno de sus cubiertas protectoras, para luego entonces devorarlos ávidamente.
Marcela sentía aquellas pequeñas y deliciosas mordidas recorrerla como por un hilo de corriente invisible que se conectaba directamente con un punto específico entre sus muslos humedeciéndola por dentro. El joven pudo percibir el aroma de su esencia de mujer volviéndo locos a ambos espíritus masculinos dentro de él. Si es que antes poseía algún grado de cordura, este se disolvió por completo al llenarse del almizcle especiado que brotaba de la dama entre sus brazos. Se separó de ella para despojarse de su camisa blanca revelando los músculos de sus brazos, de sus pechos con sus pezones erectos cubiertos de vellos, formando un perfecto camino el cual la gitana seguía con sus ojos maravillada. Ese incitante y bien marcado surco que definía los músculos del abdomen del inglés y que estaba cubierto de crespos vellos marrones formando un remolino en su ombligo, para extenderse y perderse bajo sus pantalones. Ahí se detuvo abruptamente la mirada de la acalorada pelirroja, en la protuberancia entre las piernas de Terry.
Marcela se mordió su carnoso labio inferior y curiosa extendió una mano hacia él. De momento dudó, pero al voltear a verlo a los ojos revelando sus intenciones, Terry le regaló una sonrisa retadora levantando una de sus cejas lanzándole un desafío silencioso que La Luna no dudó en aceptar. Posando su mano sobre la protuberancia, acarició el bulto haciendo que el joven Grandchester inclinara sus caderas para acercarse más a la caricia que le propinaba la mano de Marcela. Él apretó la quijada, succionando aire por entre los dientes al tiempo que cerraba los ojos deleitándose en aquella exquisita sensación. Por su parte Marcela disfrutaba palpar la firmeza y el tamaño de ese bulto que no alcanzaba a cubrir con su pequeña mano y sentía que se le entrecortaba la respiración de solo recordar la delicia de tenerlo dentro de ella. El fuego de la fogata era transmitido por la palma de Marcela al miembro del joven que le parecía estar ardiendo en ese justo punto de su masculina anatomía. Sin pensarlo, bajó su mano y la introdujo en su pantalón para exponer su dureza desnuda ante la gitana. Ella al ver un líquido transparente salir de la punta, lo tomó sin dudarlo entre sus labios queriendo probar su sabor.- Como buena hechicera, sabía que todos los fluidos corporales eran sagrados y no quiso desaprovechar la oportunidad de llenarse un poco de su magia succionando tan solo un poquito probando su salado sabor.
-Mujer me estas matando- le dijo con la voz unos grados más graves del tono usual. La apartó de él tan solo lo suficiente para terminar de desnudarse. Después procedió a hacer lo mismo con Marcela. Tenía una desesperación casi incontrolable de sentirla sometida debajo de él. Ahora era su turno de probarla a ella. Recostada sobre la yerba se hincó él ante sus piernas, para separarle las rodillas.
-Ahora, te mataré yo a ti como pretendías hacerlo conmigo- le dijo Terry, con su voz incitante y rasposa, cargada de una fatal promesa. Habiendo dicho eso empezó a saborearla con su lengua. Marcela gritaba de placer, de asombro. Había escuchado hablar de lo fácil que era perder la cabeza ante el arte de un amante experimentado y desinhibido como evidentemente lo era Terruce Grandchester, pero no era hasta este momento de desquiciante placer, que verdaderamente entendía el "cómo" detrás de esas aseveraciones. La experta lengua arremetía primero suave y despacio, después más intempestiva, invasiva probando más adentro. Marcela estrujaba el pasto entre sus manos para intentar calmar la creciente ansiedad.
-Por favor- Le decía suplicante.
-¿Por favor que?- Le preguntaba algo sádico.
-Por favor, hacedlo ya- Le decía con desesperación. Entonces él introdujo uno de sus elegantes dedos de músico dentro de ella, al tiempo que seguía degustando de su botón de terminales nerviosas. Marcela se aferraba ahora a la rebelde cabellera del joven enredando sus dedos entre sus lacios, pesados y sensuales cabellos.
-Oh por mi madre- gritó la gitana estallando, fragmentándose, deshaciéndose en el firmamento y regresando habiendo alcanzando el orgasmo.
Lo vio sentarse, sobre sus piernas, acomodándose entre las de ella. Su imagen con el cabello revuelto pero sin verse despeinado, tan solo le añadía un toque salvaje, con algunos traviesos mechones cayéndole irresistiblemente sobre la frente. Los bien definidos y suculentos labios, le brillaban bajo la luz de la luna, humedecidos con los restos de su esencia. Apenas podía creer que no hubiese muerto después de experimentar tal éxtasis de placer. Tenía los sentidos entumecidos, adormecidos. Toda ella era piel expuesta y extremadamente sensible al tacto. Después de haber percibido la totalidad de su existencia, no era capaz de pensar claramente. Así pues lo volteó a ver y le pareció ver una chispa en los cobaltos ojos que no había visto antes. Quiso recostarse de lado, recoger sus piernas junto a su pecho por un momento, para tratar de recuperarse, pero él no la dejó.
-Oh no gitana, todavía no termino contigo, te hice una promesa, y un Grandchester siempre cumple sus promesas- Le dijo sonriéndole de lado, pero esta vez la sonrisa no llegó a sus bellos ojos.
Terry le tomó los tobillos y la jaló hacia él. Le acomodó las rodillas sobre sus hombros elevándole la cadera para posicionar su virilidad sobre la entrada cálida, húmeda y añorante. En un rápido movimiento ya estaba dentro de ella. Marcela soltó un grito de sorpresa ante la rapidez de aquél movimiento. Terry no se movió para permitirle acostumbrarse, al tiempo que él se deleitaba en la estrechez que lo envolvía. La sintió relajarse y entonces prosiguió con sus movimientos. Se retiró casi hasta salirse, tan solo para volverse a hundir lentamente continuó con su vaivén acompasado tortuosamente lento al inicio, deliciosamente lento. Después más apasionado, más rudo, Luna lo sentía muy cerca, muy dentro.
Sentía sus pieles chocar una con la otra.
Las manos de Terry una en sus caderas elevándolas para tener mejor ángulo y la otra acariciando su vientre en movimientos rítmicos, como para extender algo por debajo de su piel. Subía y bajaba su mano acompasadamente, a veces llegaba a un seno y pellizcaba un pezón otras iba más arriba por su esternón, hacia su cuello posando sus dedos índice y pulgar alrededor de este.
Marcela Luna se sentía desfallecer encorvado más la espalda. La única parte de su anatomía que aún tocaba el piso eran sus hombros y cabeza. Sus brazos como trapos desprovistos de su fuerza yacían a los lados de su cabeza.
Tan cerca estaba del precipicio que no se dio cuenta cuando al echarse hacia atrás el joven aprovechó para despojarla de su pañoleta y deslizarle su amuleto por su cuello.
Marcela reaccionó en el justo momento en que empezó a escuchar voces que le gritaban desesperadas desde otro plano. Al no contar con su usual protección, los escuchaba a todos al mismo tiempo, se empezó a sentir mareada.
Vio a Terry con su rostro iluminado parcialmente por las llamas de la fogata y alcanzó a ver a la sigilosa sombra del "embaucador" bajo su piel. Se llenó de temor y tomando una pequeña piedra que fue lo primero que alcanzaron sus manos, se la lanzó a la cabeza. El joven la soltó en un acto reflejo tocándose la sien que comenzaba a sangrarle.
Lo vio dispersar la sangre entre sus dedos mientras la observaba con cierta actitud de curiosidad y una sonrisa de burla se esbozaba en sus labios.
- Nunca me ha dejado de asombrar la fragilidad de sus pequeños sacos de carne- le dijo viendo a la gitana que rápidamente cubría su cuerpo con sus ropas.
A Marcela se le heló la sangre. Pero intentó disimular lo mejor que pudo.
-¿Quien sois y que es lo que queréis? Mostraos ante mí os lo ordeno por el poder de la Luna y mis ancestros que me respaldan- le dijo con voz de mando aunque bien sabía a lo que se enfrentaba.
Una carcajada maquiavélica fue su respuesta.
-Tu me invocaste, hace años me regalaste la raíz a la que pertenece esta semilla y he venido a reclamarla-
Marcela sabía que después de la limpieza provocada por la sexualidad sagrada compartida y los recuerdos a los que había sido expuesto el cuerpo de Terry en el río lo habían dejado más susceptible.
Sabía que había una posibilidad de que el demonio se manifestara, ya que al encontrarse con algún ser que reunía el poder para poderlo erradicar no se resistiría a la tentación de retarla.
Cómo es arriba es abajo, como es adentro es afuera y las fuerzas cósmicas se alinean. Cada sombra con su luz, cada luz con su oscuridad.
Por su parte, el demonio sabía que sí Marcela jugaba buen sus cartas lo podría relegar. La gitana junto con los seres que la acompañaban poseían la fuerza suficiente para hacerlo. Pero también sabía que la chica tenía debilidad por esa carne, ese cuerpo que poseía y si él jugaba bien sus "cartas" podría encadenar a un alma más a su colección en el inframundo y esa hechicera gitana sería una valiosa adición. Se le antojaba para convertirla en súcubo y hacerla atormentar por medio de la sexualidad a sus masculinas víctimas robándoles su energía sagrada hasta dejarlos secos.
-No fui yo quien os habéis invocado, pero tenéis por seguro que si seré yo la causante de regresarte a donde perteneces- Le dijo cubriéndose de valor. No era su primera ronda con un demonio.
- ¿Ah en serio, y como planeas hacerlo? Recuerdas cuando mojabas la cama de pequeña y Amelia te golpeaba? Era a mi a quien veías entre la oscuridad de tu cuarto.-
Marcela sintió un escalofrío estremecerla por dentro. Se vio perfectamente en ese recuerdo y tuvo ganas de llorar.
-Por las benditas almas de los maestros de luz que me acompañan hoy siempre ya que nunca he estado sola. Por la Saeta de Estrella Morente yo os invoco luz del universo venid a mí, que….-
El demonio como era su deber la interrumpió y la distraía con sus relatos mezclados con los recuerdos de Marcela que tenían como propósito infundir temor.
-Tienes razón gitana nunca has estado sola. Por las noches te he acompañado. Estaba presente aquella vez en el callejón ¿A caso no me viste en los ojos de los hombres que te arrinconaron? ¿Ya olvidaste sus manos sobre tí?- Marcela perdió el hilo de sus rezos y trataba de concentrarse empezando una y otra vez mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.
El espíritu de Terry era testigo de las imagines que presentaba el demonio. Veía a Marcela una jovencita de apenas quince años siendo acorralada y ultrajada por unos maleantes que se burlaban de sus orígenes gitanos. Terry se llenó de rabia por dentro, no sabía que hacer se sentía atado, impotente. De repente escuchó claramente una voz que sutilmente lo guiaba.
–Si os enojáis vos lo alimentaréis mas. No debéis tener miedo, tranquilizaros y pide a la madre que os ayude.- Era la voz de una vieja con acento extranjero. No sabía porque pero la reconocía como la misma que se burlara de él al preguntarle por su bola de cristal.
-No sé cómo hacerlo- Le decía a la anciana.
-De la única manera que existe, de la única manera que en verdad surte efecto, con el corazón. Hacedlo pronto ella necesita vuestra ayuda-
Sus palabras solo lograron que Terry se enojara aún más, como iba a rogarle a un dios que nunca había sentido presente en su vida. Temía que si Marcela dependía de sus rezos para lograr vencer al enemigo entonces la batalla estaba perdida.
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Hasta aquí por lo pronto. Ya saben que soy muy mala. Espero lo hayan disfrutado.
Nos seguimos leyendo!
Elby8a ;-)
