Rasumparare Dulce ch. 5
-Esta vez estuvo muy cerca-
-Si yo también así lo sentí-
-Este no es el primer demonio al que se enfrenta Marcela, no logro entender porque pudo llegar a tanto siendo ella una "besada por la luna"-
-Por supuesto que no lo es, pero ya sabemos lo que una bella distracción puede hacer en la concentración de una hechicera-
-Es verdad, cuando el corazón está a cargo, no se puede prestar atención a nada más, ya vez así fue como nos metimos en este embrollo con Sofía-
-¿Ahora qué pasará?-
-A todos se nos da la elección, ella tendrá que tomar su decisión, no nos queda más que apoyarla y esperar que su corazón no salga herido de gravedad-
Platicaban entre sí los espíritus de las almas del cuadro espiritual de Marcela. Hasta que la abuela había intervenido obligándoles a callar.
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La gitana Luna abrió sus ojos y lo vio con la preocupación reflejada en su rostro.
-¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?- Le preguntó lleno de incertidumbre mientras sostenía un pañuelo con emplasto de yerbas contra su rostro donde había sido golpeada por el demonio.
Ella quiso incorporarse, pero él se lo impidió posando su mano sobre el pecho de la gitana, haciéndola que se recostara de nueva cuenta. El calor de la fogata le transmitía tranquilidad, pero la presencia de Terry la hacía sentirse protegida y en paz.
-No te muevas, la abuela me ha dicho que debes descansar, has tenido demasiada agitación.- le indico con un movimiento negativo de su cabeza al ver que ella hacía caso omiso de sus palabras.
Marcela lo veía extrañada. -¿Ahora vendréis a decidme qué la escucháis?- le pregunto incrédula.
-Sí, la escucho y la veo, a ella y a las demás. Al fin entiendo con quién platicabas todo el tiempo. Ellas me indicaron como curarte, bueno, una vez que se pusieron de acuerdo en la receta correcta- Le dijo en voz baja, dirigiendo una mirada de asombro a las hermosas damas que parloteaban incesantes entre ellas. Pareciera que él no quisiera llamar su atención.- Dime una cosa, que ¿Nunca se callan?- Le preguntó casi susurrando exasperado.
Marcela sonrió débilmente sabiendo de primera mano a lo que Terry se refería. Cerró sus ojos y se permitió descansar bajo la mirada de ese hombre ante quien había perdido su corazón.
El la cargó en sus brazos llevándola dentro del carruaje. Ella apenas consciente de que se movían, hundió su rostro en el fuerte pecho aspirando su reconfortante aroma de cedro y lavanda. Lentamente la depositó en la cama y se acomodó a su lado. Marcela instintivamente se le acurrucó, Terry le acomodó la cabeza en su regazo y comenzó a recorrerle la espalda con sus dedos en un movimiento rítmico y tranquilizador ocasionando un efecto relajante.
Ahora fue su turno de dormir. Cayó en un profundo sueño. La mayor parte de este fue reparador, excepto por un extraño episodio al final que no lograba recordar por completo donde una risa malévola se burlaba de ella.
Marcela despertó algo exaltada, había dormido todo el día. Los últimos destellos del ocaso se asomaban por entre las coloridas cortinas de la pequeña ventana. Parpadeando levantó su rostro y descubrió que Terry la observaba con su profunda mirada de cobalto que la hacía sentir única en el universo.
Él retiró un travieso rizo que caía sobre su frente apenas rosando con sus dedos la piel sobre sus cejas trazando el camino hasta su oreja al acomodarlo detrás de esta.
La corriente energética no se hizo esperar, ambos cerraron los ojos para deleitarse en esa sublime sensación.
Marcela se acercó a él y sin decir más le empezó a desabotonar la camisa para descubrirle el pecho.
-¿Estas segura?- Le preguntó un tanto preocupado al recordar las palabras de la abuela.
-Sí lo estoy. Quiero vivir mi vida, sin tener que preocuparme por todas las consecuencias que las equivocaciones de los demás puedan acarrearme. Si tengo que pagar por algo, prefiero que sea por cometer mis propios errores - Le dijo harta de la situaciones que le había tocado vivir a lo largo de su vida.
- ¿Ya no hay más maldiciones por romper o demonios que quieran interponerse en nuestro camino?- le preguntaba seriamente, aunque jamás en su vida hubiera imaginado estar hablando de demonios y maldiciones a menos que se tratara del dialogo de alguna obra. Ella estaba envuelta en un mundo de magia, de fuerzas poderosas que hasta ese momento él desconocía que existieran. Terry ignoraba como es que lograría protegerla de cosas que no terminaba de comprender. Todo lo que había escuchado proveniente de las parlanchinas damas gitanas, solo había logrado llenarlo de incertidumbre.
No sabía a ciencia cierta cómo se acomodarían las cosas, excepto que tendrían que hacerlo pues ya no vislumbraba una vida sin ella.
La gitana se hincó en la cama, él copió su movimiento. Marcela le tomó el bello rostro entre sus manos deleitándose en la textura rasposa de su incipiente barba.
-Ya no podrán hacernos daño. Ven, hacedme tuya no me importa lo demás. La noche nos pertenece.- le dijo liberando el último botón y bajando la camisa por los largos brazos descubriendo su torso de Adonis.
El la atrajo hacia su cuerpo y se fundieron en un abrazo cálido que les entibió el corazón a ambos.
Tomó el borde de la femenina blusa y haciéndola levantar los brazos la despojó de esta, para luego deshacerse de la camisola dejando su cuerpo desnudo de la cintura para arriba al igual que él.
Terry extendió sus palmas por la espalda de Marcela, envolviéndola, recorriéndola y transmitiéndole su calor con su tacto.
Ella se derritió en sus brazos y echó la cabeza hacia atrás exponiendo el largo cuello.
Sin perder tiempo él, la cubrió de besos lentos cargados de pasión y ternura desde la parte posterior de su oreja, hasta su mandíbula bajando por su cuello, garganta y en medio de sus pechos. Bajaba lentamente, sin prisas recostándola en la cama.
Besó su vientre ella estuvo a punto de llorar tras esa caricia.
El arrastró sus labios sobre la piel humedeciéndola con su lengua. Marcela curvaba su espalda pidiendo más. Terry respondió hundiéndole la lengua en el ombligo.
Introdujo sus dedos en la pretina de la falda desanudando las tiras que la mantenían en su lugar y la bajó junto con su prenda íntima deslizándolas por las caderas. Besó el bajo vientre justo por encima de la línea de vellos rojizos. Se dirigió hacia la parte alta del lado derecho de la cadera, allí su boca besaba el costado, obligándola a girarse. Sus labios continuaron marcando un cinturón con sus caricias mientras su rasposa barba se arrastraba sobre el borde de las nalgas, hasta dejarla boca abajo completamente desnuda.
Se apartó de ella por unos instantes. Marcela lo sintió recostarse sobre ella, cubriéndola con su cuerpo. Sintió su erección en pleno presionando la suave carne de su derriere. Terry deslizó sus manos por debajo de ella hasta sus pechos y la jaló, levantándola, pegándola más hacia él para quedar hincados. La pelirroja cascada de chinos era lo único que se interponía entre la piel de su pecho y la espalda de ella. Grandchester se despegó solo lo suficiente para apartarle el cabello hacia un lado con una mano, mientras que con el antebrazo le rodeaba su cintura.
Llenó la palma de su mano con la redondez de uno de sus senos, y la otra se extendía furtivamente palpando hacia el sur, sobrepasando las fronteras del monte de venus hasta llegar a la humedad de su vórtice. Los labios estaban hinchados, entreabiertos, dispuestos para él. Terry jugó con el erecto botón, provocando que Marcela se encorvara hacia adelante y el disfrutó la sensación de las abundantes caderas restregarse ansiosas contra su virilidad. Le permitió apoyar sus manos sobre la cama para que quedara en cuatro. El joven bajó su mano al pubis y empezó a acariciarla por entre sus piernas deleitándose en su natural lubricación. Ella meneaba su pélvis al ritmo que le dictaban sus caricias. Terry introdujo su pulgar en la añorante vagina masajeando, presionando la pared interna del clítoris y sus dedos se extendían acariciando la mata rojiza, como un mimo previo a lo que vendría. Los movimientos de las caderas se volvieron más frenéticos y Marcela soltó un gemido de liberación absoluta.
Terry sentía su pene inflamarse al observar el intenso orgasmo de la mujer que se estremecía frente a él.
Acarició los palpitantes labios superficialmente con su duro miembro humedeciéndolo con su miel, saboreando el preámbulo de su embestida. Ella estaba caliente, dilatada más que lista para él y fue entonces que la penetró llenándola por dentro. Se inclinó sobre la femenina espalda y de nueva cuenta la atrajo hacia él, sentándola sobre su regazo haciendo sus movimientos más profundos.
Marcela volteó la cabeza de lado, para ver la zafírea llama de sus ojos. Terry atrapó con sus labios el gemido que estaba por escapar de la gitana boca. La rodeaba con sus largos brazos musculosos, uno por encima de los senos y el otro alrededor de su vientre. La abrazaba fuerte, posesivamente apretándola a la piel desnuda y sudorosa de su torso. Los brazos de Marcela se elevaron entrelazándose en la nuca, enredando sus dedos en la seda oscura de su espeso cabello.
Las manos del inglés subían y bajaban erizando la piel a su paso. La de los senos, la del vientre, a momentos pellizcaba ambos pezones y a otros abandonaba uno para acariciar el clítoris. El baile de sus cuerpos amándose seguía la melodía que les dictaban sus corazones.
Él le comía la clavícula y mordía cada una de las exaltadas venas del cuello.
Las pieles se deslizaban arriba y abajo friccionándose. Los crespos vellos del masculino pecho y vientre cosquilleaban la espalda femenina. Cóncavo y convexo acoplándose, complementándose, nutriéndose el uno del otro, elevándose cada vez más hasta explotar en luz. Marcela se soltó dándole la bienvenida al universo. Terry se dejó ir vaciándose dentro de ella en éxtasis total.
Ambos cuerpos, sudados y extasiados se derrumbaron en la cama.
Terry le extendió su brazo y Marcela se acurrucó sobre su reconfortante pecho paseando sus dedos sobre el huracán de vellos en el vientre masculino.
-Yo os confieso que vos sois el dueño de mi corazón.- decía Marcela en un susurro entrecortado.
-Loca gitanilla, yo jamás había sentido esto por otra mujer.- le dijo pasando el dorso de su mano sobre la inflamada piel de su mejilla.
Se le endureció la mirada- Ese desgraciado- Dijo llenándose de ira. -Yo mismo lo habría llevado al infierno de haber podido- aseguró recordando la desesperación que lo había embargado al sentirse impotente ante una situación completamente desconocida.
-Callad de una buena vez, ya está donde pertenece- le dijo queriendo restarle importancia al asunto.
-Quisiera entender, aprender de tu mundo-
-¿Mi mundo? Es el mundo de todos, solo que no todos están despiertos para percibir lo que sucede a su alrededor- Sabía que había llegado el momento de aclarar varias cosas así que aún entre sus brazos, lo volteó a ver indicándole que resolvería sus dudas.
-La gitana que lanzó la maldición ¿Cómo es que.. hizo lo que hizo, quisiera saber?-
-Se llamaba Sofía, estaba destinada a ser la siguiente sacerdotisa de su tribu. Por su amor, fue en contra de todo y de todos los de su pueblo, para casarse con vuestro ancestro. Logró que la sacerdotisa..-volteo a ver a la abuela y la anciana asintió dando su permiso para que continuara.- Logró que la apoyara en su relación convenciéndola que se trataba de amor verdadero y era cierto, el amor verdadero no se puede ocultar, o fingir. La abuela Lucia los casó bajo la religión de la madre para protegerlos, creando un vínculo indestructible. Él- Se sentía incomoda pronunciando el nombre de quien había traicionado.
-Cutberth- le dijo Terry percibiendo su renuencia.
-Sí, vuestro ancestro Cutberth se fue a la semana de haberse casado, iría a preparar terreno para poderse llevar a Sofía con él. Regresaría en tres días para iniciar su vida juntos, lejos, donde nadie los conociera. El no regresó. Sofía ya estaba esperando y se volvió loca de desesperación pensando que la familia de él podría haber tomado represalias en su contra. Su familia la repudió y fue desterrada de la caravana. Solo Lucía la apoyó. Sofía lo busco por todos lados. Incluso fue al castillo Grandchester, pero le dijeron que había muerto. Fue tanta su tristeza que casi pierde a su bebé. Ella estaba delicada y esto le impidió seguir buscando a su amado, porque si de algo estaba segura era que Cutberth seguía con vida- Le dijo apartándose de él para sentarse en la cama y continuar con su relato.
-¿Entonces lo que yo vi?- dijo el con asombro.
-Lo que vos habéis visto, fue el momento en que ella después de buscarlo por meses al fin dio con él. Lanzó su maldición que calló sobre los hijos de Cutberth incluyendo al que llevaba en su vientre. Apenas regresó a tiempo con La abuela Lucía para dar a luz a su nena y perder la vida en el parto.- Silenciosas lágrimas surcaban sus mejillas, para cuando Marcela llegó a ese punto de su relato.
-Ahora entiendo, la magnitud de la traición que debió sentir Sofía- Sus cobaltos brillaban con la luz del entendimiento.
-Para ella, era amor verdadero, él también la amaba, solo que no fue lo suficientemente fuerte como para honrar su palabra- El terminar su relato la había dejado con un sentimiento de profunda tristeza. Percibió la fatiga que a través de los años había cargado el su ancestral espíritu y accedió a la silenciosa petición.
-Fue lo mismo que le pasó a mi padre- dijo habiendo descifrado un poco el hermetismo que siempre había caracterizado a Richard duque de Grandchester. Observó a Luna que cerraba los ojos al tiempo que unía sus dedos índice y pulgar, un temblor recorrió su cuerpo desnudo antes de que volviera abrir sus grises ojos.
-Así es, mi maldición se arrastró a las generaciones. Solo el amor puede contrarrestar al odio. Te pido perdón por el daño que ocasioné- Al escuchar esto Terry observó más fijamente su mirada y se dio cuenta que no era ella. Había alguien más en el cuerpo de Marcela, pero no percibió maldad, sino todo lo contrario.
-Soy Sofía, Necesito que me des permiso de terminar lo que empecé- Terry estaba a punto de preguntar cómo es que haría eso, cuando escuchó una voz parecida a la de su padre susurrarle al oído.
-Terruce Graham Grandchester, necesito tu permiso para reunirme con el amor de mi vida- Era Cutberth, Terry no estaba seguro, pero entonces vio a la abuela Lucía hacerle un movimiento afirmativo con la cabeza y él accedió.
Cutberth y Sofía se abrazaron comiéndose a besos, reconociendo sus errores, pidiendo perdón y perdonándose. Se hicieron el amor y juntos abrieron un portal de luz que les permitió romper la gruesa cadena y avanzar al siguiente nivel evolutivo.
Terry y Luna, cobraron consciencia uno entre los brazos del otro.
-¿Es todo? ¿Está hecho?- preguntaba Terry sintiendo todavía en su cuerpo el sensual impulso de la energía por el momento compartido.
-Sí, está hecho, pero no es todo- Le sonrió Marcela pícara, con la libido al tope. Terry la aprisionó bajo su cuerpo y llevó su boca hacia su aureola, allí saboreó la canela de sus pezones. Marcela elevaba su cadera para restregarse contra él.
Ella lo atraía a su pecho abrazándolo, disfrutando como la devoraba mientras revolvía sus cabellos.
El inglés volvió a subir para mordisquear su cuello. Bajó una mano a su entrepierna para sentir el elixir que ya emanaba de su feminidad. La española bajaba las manos hacia los redondos y firmes glúteos extendiendo sus palmas sobre ellos atrayéndolo más hacia ella.
Terry se introdujo lentamente en la carne palpitante. Los gemidos de placer no se hicieron esperar por parte de ambos. A Marcela el rugido gutural proveniente de la garganta de Terry la excitaba aún más. Él la acarició bajando por su pierna izquierda y en un movimiento se la flexionó, ella instintivamente la acomodó sobre la masculina cadera sintiéndolo más adentro.
Los movimientos del actor se hicieron más rápidos al sentir más de ella. La pierna derecha imitó a la otra entrelazándose por los tobillos sobre las caderas. Se acoplaron en una danza frenética y deliciosa no sabían en donde empezaba el cuerpo de uno y hasta donde terminaba el del otro. Se lo debían después de tantos años de haber estado en soledad. Se elevaron de nueva cuenta, primero Marcela que con sus suspiros entrecortados que iban en aumento de intensidad los cuales eran música para los masculinos oídos. Saber que ella estaba perdiendo el control gracias a sus caricias era el mejor afrodisiaco. Terminó dando gracias de poder estar ahí finalmente en la compañía de esa bella mujer que le había entregado más que su virtud, su corazón.
Se exploraron cada poro de su ser, lentamente, sin prisas. Se Palparon, estrujaron y lamieron mutuamente. Se perdieron en el aroma de sus cuerpos sudorosos, entrelazados. Atrapando sus labios, suspirando, gimiendo, gritando de placer. La noche era joven y ambos tenían la convicción de que la harían durar lo más que pudieran.
El sueño finalmente los venció con los primeros rayos del alba.
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-Esperemos que vuestro hijo herede el sazón de la madre, porque de no ser así correrá el riesgo de morir de hambre- decían los espíritus burlándose del intento de Terry por cocinar.
Terminaban de almorzar entre bromas y risas provenientes de ellos y de las inseparables compañeras de Marcela, hasta que de pronto Terry juntó sus manos en movimiento teatral mirando hacia el cielo.
-¡Vaya! Gracias, al fin algo de paz, digo no es que no valore el escucharlas señoras, pero toma algo de tiempo acostumbrarse a su algarabía-
-¿A que os referís?- Decía Marcela todavía carcajeándose ante la burla de los espíritus por su falta de experiencia en el fogón.
-Que al fin le dieron un descanso a mis oídos-
Marcela soltó su plato mientras escuchaba el revuelo que había causado el hecho de que Terry no pudiera escucharlas más. Eso no era una buena señal. Se suponía que una vez que se abrían los canales para escuchar o ver a otro plano de existencia, no podían volver a ser cerrados a menos que no estuvieras destinado a despertar esos sentidos en esta vida.
-No quiero pecar de impertinente o que lo tomes como interrogatorio y si no quieres, no me contestes, es solo que todavía tengo algunas dudas.-
Marcela que se había quedado muy seria, le daba la espalda mientras recogía los trastos. Asintió para que continuara tratando de no mostrar su tribulación.
-¿Qué quiere decir Besada por la Luna?-
-Cuando eres besada por la Luna, debéis cumplir con dos tareas esenciales. Eres destinada a encarcelar demonios. En la cara oculta de la Luna se resguardan las más terribles abominaciones. Aquellas que han hecho mucho daño al punto de estar completamente desfiguradas, por eso ellas mismas huyen de la luz. Les toma muchos siglos el empezar a reconocer que han ocasionado grandes daños que aún resuenan en el universo. Lo segundo y de igual importancia es ayudar a restablecer a las almas que han sido dañadas y que al buscar venganza han lastimado a alguien más. Hay que hacer trato con las almas infractoras a que ayuden a proteger a otras almas que sufren para ir limpiando su record de karma. A veces las más negras resultan ser las aliadas más poderosas.- concluyó aun sin poder reponerse a la repentina perdida de los canales de Terry. Evidentemente no escuchaba más el parloteo de los muertos. Eso solo quería decir una cosa. Sintió que su labio le temblaba amenazando con soltar un sollozo en cualquier momento. Lo atrapó con sus dientes para impedirlo.
-Solo hay algo más que quería preguntarte. ¿A que se refería el demonio cuando te dijo que reemplazaría la semilla con la suya?- Esto era demasiado, solo había una solución. Casi podía escuchar a su corazón romperse.
-Vamos, te lo diré pero es hora de un baño- Le dijo extendiéndole su mano. Terry la tomó felizmente poniéndose de pie. Se alejaron caminando juntos hacia el río. Marcela se detuvo a medio camino lo vio a los ojos con el brillo del mediodía reflejado en ellos. Se veía insoportablemente bello con su torso desnudo, su chocolata cabellera agitándose rebelde con el viento y sus expresivos cobaltos llenos de felicidad. Terry frunció el ceño al ver las lágrimas que salían de sus gitanos ojos.
-¿Qué sucede? ¿Por qué lloras?- preguntó sintiéndose desconcertado.
-Por lo inmensamente feliz que soy a vuestro lado. Abrázame- le dijo acurrucándose en su pecho. El la rodeo con sus fuertes brazos transmitiéndole su calor mientras la sentía estremecerse contra su cuerpo. Algo estaba mal, pero antes de que le pudiera preguntar ella se soltó y poniéndose de puntitas le dio un beso, un dulcísimo beso con apenas una probada de su lengua.
-Deseadme suerte chaval- le dijo limpiándose las lágrimas al tiempo que echaba a correr.
-¿Suerte porque?-
-Para que no me atrapes- le gritó.
Terry emprendió la carrera sonriendo de la travesura, seguro que la atraparía en cualquier momento con sus largas zancadas. El viento empezó a soplar más fuerte como si fuera un presagio, el sol se ocultó de repente. Le parecía escuchar una voz "Ven a mí" lo llamaban desde muy lejos. Imágenes de una bella chiquilla que trepaba árboles con gran pericia empezaron a inundar su mente. La chiquilla estaba muy triste. Un paseo en caballo, ella lloraba con desesperación. Él se sentía confundido, quería partirse en dos. No soportaba verla sola en un oscuro y frio cuarto. Abrumado por esas imágenes seguía su camino por entre los árboles para encontrarse con Marcela.
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Marcela caminaba lentamente de regreso al campamento mientras pesadas lágrimas surcaban sus mejillas.
Ella había visto que el amaría de nuevo. Amaría de verdad así como ella lo amaba a él. Jamás permitiría que se quedara con ella por agradecimiento, por obligación. La realidad era que ellos se habían conocido en un universo alterno. Ella lo sabía, él tenía su destino marcado, solo a causa de las maldiciones era que había sido interrumpido, se había descarrilado al igual que ella.
-¿Hija que harás?-
-Lo que siempre he sabido que haría abuela, tener a mi hija.-
-Tú sabes lo que eso significa.-
-Si lo sé, ella tendrá que elegir así como lo hicieron mi madre, mi abuela y las Lunas antes que yo. Así como lo hago yo en este momento, elijo la vida por sobre todas las cosas. La vida con el amor en plenitud, aunque solo sea por un instante. Prefiero esto, a una eternidad sin haberlo conocido.- Decía y aunque en ese momento su corazón se desgarraba por dentro, no había cabida para la pesadumbre. Su trabajo aún no había terminado debía dar todo de sí para el ultimo estirón.
-No estaréis sola mi Marcela- Le decía al momento que Las Lunas aparecían una a una tomándose de las manos en un círculo de luz alrededor de ella. Tan solo un lugar quedaba vacío, Ella, Sofía la Luna que había iniciado todo, al fin se les unía habiéndose perdonado a sí misma. Sus tatuajes que asemejaban el infinito las identificaban como hijas de la luna y viajeras de dimensiones empezaron a despedir brillos plateados conectándose entre sí. Una vez más Marcela servía como un puente, un recipiente viviente de la luz que convergía atravesándola por completo. Ella la canalizó abriendo la puerta de luz para que Terrence Grandchester pudiera continuar con su vida como siempre debió haber sido, en el momento en que se había truncado su destino.
Terry sentía una gran desesperación en su corazón. La impotencia se apoderaba de él al no encontrarla. -LUNA, LUNA- Le gritaba con angustia ante la incertidumbre de lo que vendría. No podía respirar. Sentía que dejaba un pedazo de su corazón, de su alma en aquel bosque. Su esperanza era encontrarla en el río. Se sintió como en un trance al entrar en el agua que amenazaba con arrastrarlo con su poderoso cause. Él tenía la necesidad de seguir caminando pero cada paso que daba le costaba un gran esfuerzo. Su cuerpo le dolía en todos lados en especial las extremidades. Sus huesos crujían reacomodándose dentro de su piel. Ya no había vuelta atrás. La bruma lo rodeaba. El frío a punto de congelación le golpeaba el rostro, pero él seguía su andar sin detenerse ni un momento. Escuchaba unas olas que rugían furiosas estrellándose contra algo. Así tenía él ganas de azotar su puño contra lo que fuera en señal de protesta. Sus músculos se tensaron mientas seguía avanzando con el ceño fruncido y unas incontrolables ganas de llorar, solo que no recordaba por qué.
El aroma a mar se apoderaba de sus sentidos. Se encontró a si mismo tomando el barandal del barco con ambas manos que le parecían más pequeñas. Era mucho su dolor, un hueco en su pecho, alguien más había decidido por él, había hecho un viaje para comenzar una nueva vida y el rechazo le había azotado la puerta en la cara. Se sentía abandonado, desorientado la soledad lo aplastaria en cualquier momento. Miraba el fondo del mar y parecía atraerlo, se quería perder en esa oscuridad para dejar de sentir. Seguramente en el fondo del mar encontraría el pedazo de su corazón que le había sido extirpado.
Las lágrimas al fin brotaron incontenibles.
–Vos seréis amado como os lo mereces- Le decía una voz extrañamente familiar.
De repente escuchó el ruido de unos pasos mientras una fragancia a rosas se apoderaba de sus sentidos haciéndolo disipar la bruma de su corazón.
– ¿Quien anda ahí?- preguntó y aunque se había olvidado de sus anteriores pensamientos su voz sonó más cortante de lo que en realidad habría querido.
-Perdón no te quise molestar, es solo que te veías tan triste- le dijo una pequeña chica pecosa con hermosos rizos dorados que se movían con el viento. Él se perdió en los verdes ojos que le recordaban un hermoso bosque de coníferas que sin saber por qué lo llenaba de paz haciéndolo olvidar su dolor.
-Finalmente estáis listo para encontraros con vuestro destino- Se escuchó un susurro.
FIN
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Se que se quedaron algunas cosas en el tintero así que les aviso que habrá epílogo.
Espero que hayan disfrutado de esta historia con la loca y muy atrevida gitana Marcela Luna.
En lo personal le tomé mucho cariño a este personaje que nació en el bello grupo de Amazonas de Terry.
¡Haremos Arder el cosmos por Terry!
¡Nos seguimos leyendo!
Elby8a ;-)
