Capítulo II


Un mes había pasado desde navidades. Durante aquel tiempo no había sabido cosa alguna sobre Viktor, aparte de que había participado en las nacionales y vencido con éxito, y que por esos días debía estar compitiendo en el campeonato europeo. Había escuchado los rumores de su retiro al término de la temporada, y él no se había sorprendido. Ambos habían planeado retirarse al mismo tiempo, de todos modos, aunque finalmente él lo había hecho meses antes de lo acordado, luego del grand Prix final.

Vagamente se preguntó qué haría Viktor ahora, cuando se despidiera de las competencias, pero no quiso ahondar mucho en ello. Él no volvería a ver a Viktor en quizás mucho tiempo, así que no debería importarle lo que sucediera con él a partir de ese momento.

Tampoco había estado muy presente en las redes sociales. No se había comunicado con sus conocidos desde que hubo abandonado Rusia, ya casi mes y medio atrás. Había ignorado tanto las llamadas de Phichit como las de Yurio; ambos le preguntarían cosas que él no quería responder ni recordar. Los llamaría eventualmente, claro, pero por el momento, solo quería ser Yuuri, aquel chico que había llegado pidiendo trabajo a un bar de Barcelona y que había sido puesto a servir tragos; aquel hombre que no hablaba ni una pizca de catalán al llegar, y que ahora podía por lo menos entender los pedidos que le hacían.

Què vols?

Y preguntar algo de vez en cuando, también.

El teu nom, i una bona follada ―le dijo una mujer ese día, mirándolo de manera seductora―. T´agradaría?

No hacía falta ser un experto en la lengua para saber de qué iba aquello, así que solo negó con la cabeza, intentando que aquello no molestara a la mujer que estaba delante de él.

Què vols? ―preguntó nuevamente.

Una cervesa, sisplau ―musitó ella desanimada. El asintió y le entregó el pedido rápidamente―. Gràcies. ―Y se fue de ahí, mientras él esbozaba una sonrisa de culpabilidad. Quizás se habría ido con ella, eventualmente, pero no en ese momento, en que había pasado tan poco tiempo desde que había dejado a Viktor y recién se estaba acostumbrando a aquella nueva vida.

―Your catalan is getting much better.

Se sobresaltó al oír esa voz a su costado y vio que unos ojos azules lo miraban con simpatía. Para Yuuri no fue difícil reconocerlo; era el tipo con el que había chocado hace ya unas semanas. No era tanta coincidencia encontrárselo tampoco. El bar donde trabajaba quedaba en uno de los lugares más céntricos de la ciudad, así que era lógico que circulara por ahí una gran diversidad de gente.

El hombre al notar su mutismo solo sonrió, y siguió hablando en inglés.

―Siento haberte botado aquella vez, pero iba distraído, y al parecer tú también.

Yuuri asintió, aunque no queriendo recordar mucho de aquella vez, ni de los sentimientos que lo rodeaban en aquel momento. Se enorgullecía de haber mejorado su estado anímico durante esas semanas, pero sabía que esa convicción era frágil, y que cualquier suceso podría hacerlo caer nuevamente.

―¿Vas a beber algo? ―cuestionó Yuuri, viendo que aquel hombre no tenía bebida alguna.

―Vino chileno ―respondió de manera automática―, ¿tienes? Una copa de Cabernet Sauvignon, si no es mucha molestia.

Yuuri asintió, tomando una botella y leyendo la etiqueta, asegurándose que era chileno. Sirvió una copa, y se la tendió al, según suponía, chileno, avisándole que tendría que comprar la botella entera, por política del bar.

El hombre tomó la copa y comenzó a moverla, para luego ubicar su nariz en uno de los bordes, e inspirar. Estaba cateando el vino, como todo un experto, o al menos como alguien que guardaba algo de conocimientos respecto al tema.

―¿Sabías tú que el vino chileno es uno de los mejores catalogados a nivel mundial?

―Al igual que el español ―murmuró Yuuri de vuelta, mientras servía a un hombre que llegó tambaleándose a la barra, pidiendo su quinta copa de ron.

―Sí ―concedió el otro―, pero yo soy chileno. Y no sabes lo mucho que echo de menos mi país.

Yuuri asintió nuevamente, pensando en que lo comprendía. Él mismo no visitaba su país desde hace ya más de un año.

―¿Y por qué no regresas, si lo extrañas tanto?

El hombre de ojos azules hizo una mueca, mientras bebía un sorbo de vino. Parecía querer beberlo de manera pausada, disfrutando de cada matiz.

―Lo haré cuando termine mi tesis de magíster. ―Miró la copa por un momento―. ¿Tienes coca-cola?

Yuuri parpadeó ante la sorpresiva petición, pero él no estaba ahí para hacer preguntar, sino que para facilitar lo que se le pedía. Extendió una botella de vidrio con la célebre gaseosa.

―Gracias ―musitó el chileno recibiéndola―. De todos modos ―añadió―, ¿de dónde eres tú? Porque español no eres. ―Lo último fue dicho en tono de broma, claramente.

―Japón… ¿Qué demonios estás haciendo? ―cuestionó escandalizado al ver como el hombre echaba la gaseosa dentro de la copa, mezclándola con el vino.

El aludido elevó la vista, sorprendido ante la reacción de Yuuri.

―Me preparo un jote. No tienes idea del tiempo que llevo buscando vino chileno acá en España ―musitó mientras bebía de la mezcla―. Usualmente cuando lo pido me dicen que el vi català és millor. Supongo que tuve suerte que esta vez me tocara un japonés.

―Acabas de echarle coca-cola a un vino de trescientos euros. ―Y eso, a su ver, era sacrilegio.

Los ojos azules del hombre se ampliaron, dirigiendo nuevamente su vista a la copa y luego a la botella, leyendo la etiqueta.

―Viñedo Chadwick, Chile, dos mil diez. ―Lanzó un silbido―. ¿No tenías un vino más caro acaso?

Yuuri dejó pasar el sarcasmo y se defendió diciendo que solo había especificado que fuera cabernet Sauvignon, y que, en cuanto a ese vino, era el único puro, sin trazas de alguna otra cepa, como merlot o carménère.

―Si hubiera sabido que iba a terminar mezclado con gaseosa, te habría dado uno menos exclusivo.

El hombre se encogió de hombros.

―Terminó siendo el jote más caro de la historia. Si mi mejor amigo se enterara de esto, me mataría por destruir un buen vino. Pero no está acá, así que ¡salud!

La réplica que Yuuri tenía preparada fue callada por un ruido sordo, provocado por dos borrachos que había comenzado a crear desmanes al interior del bar. Yuuri suspiró, disculpándose con el hombre para ir a ayudar a separar a ambos ebrios.

Cuando volvió, solo encontró en la barra trescientos euros en efectivo, con la botella de vino a un costado, sobre una hoja blanca, con unas palabras escritas en inglés.

«El alcohol no es muy bueno para ahogar las penas, pero beberse un buen vino siempre ayuda. Este es uno de los mejores vinos chilenos que tendrás la dicha de probar. Bébetelo a mi salud».

Yuuri tomó la botella de vino y la guardó bajo el mostrador. Dio vuelta la hoja, donde se volvía a leer algo, esta vez en catalán.

«Que tinguis una bona nit y visca Catalunya lliure».

Más abajo, dos palabras formaban un nombre.

―Javier Subercaseaux.

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Notas de autora:

Espero no haber cometido una falta imperdonable respecto a gramática en cuanto a catalán. Si es así, mis disculpas, es solo que estoy media oxidada con mi catalán.

Jote, como se dice, es simplemente la mezcla de vino con coca-cola.