Capítulo IV


Saludó a Javier que, sentado en la barra, conversaba coquetamente con una rubia.

Él, por su parte, estaba atendiendo a una mujer que llegó pidiendo un margarita, mirándolo con una sonrisa coqueta. Yuuri intentó ser lo más amable que pudo, rechazando su número telefónico, y despachándola con una sonrisa diplomática.

―Sí que estás hecho todo un rompecorazones, ¿eh? He visto desfilar por aquí a bastantes mujeres guapas, y a todas las rechazas caballerosamente. Cualquier otro hombre estaría encantado de estar en tu lugar.

Yuuri suspiró, mientras pasaba una mano por sus cabellos, peinados hacia atrás.

―Puedo decir lo mismo de ti ―comentó haciendo un sutil gesto hacia la rubia que también había sido despachada, tal como las dos que habían estado antes que ella―, pero al menos yo nos les doy esperanzas.

El otro hombre rio, mientras mantenía su vista en la rubia que se alejaba con un contoneo de caderas, bastante tentador dado el vestido corto y ajustado que portaba.

Había sido así con todas. Contrario a la actitud cerrada y hermética que había mostrado Yuuri, Javier se había mostrado bastante accesible a las mujeres, incluso atento a las señales que ellas parecían mandarle. Hasta que proponían llevar la charla a otro lugar. Ahí el hombre de ojos azules sonreía amablemente, mientras negaba con la cabeza. Había visto aquello varias veces durante los últimos días.

―Tengo que portarme bien ―musitó mientras tocaba distraídamente su antebrazo izquierdo, donde unas palabras resaltaban en tinta negra.

Yuuri solo alzó ambas cejas, entendiendo la implicancia tras aquello.

―¿Qué haces aquí entonces? ―musitó mientras limpiaba un vaso, llamando la atención de Javier, quien alzó una ceja, esperando que continuara―. Es catorce de febrero.

El hombre de ojos azules soltó una risotada, mientras le pedía su infaltable copa de vino. Antes de servírsela, Yuuri le preguntó si iba a terminar mezclado con bebida, a lo que el otro soltó la segunda carcajada de la noche.

―En realidad… ―comentó mientras veía el líquido oscuro― te puedo preguntar lo mismo a ti.

Yuuri, que estaba limpiando la mesa con un paño, detuvo sus movimientos.

―¿Eh?

―¿Qué demonios haces trabajando un catorce de febrero, cuando deben estarte esperando en tu hogar?

Fue el turno de Yuuri de reír, aunque esta risa carecía completamente de humor.

―Vivo solo. Te aseguro que no tengo a nadie que me espere hoy, ni ningún otro día.

El de ojos azules frunció el ceño.

―Pensé que tenías pareja… ―Dudó un momento―. ¿Cómo te llamas?

―Yuuri. Y no, no tengo pareja.

―El anillo en tu dedo me dice lo contrario, compadre. ―La vista de Javier estaba fija en la mano derecha de Yuuri.

Yuuri ocultó su mano de la vista del otro hombre, mientras rehuía su mirada.

―Esto ya no significa nada.

Javier parpadeó.

―¿Divorciado?

―Ni a eso alcancé a llegar. ―Y eso quizás era lo más triste de todo.

―¿Te dejó plantado en el altar?

―Se casó con alguien más.

Javier, que estaba bebiendo de su copa en ese momento, se atragantó.

―Vaya, eso sí que es jodido. Ahora entiendo tu cara larga de la otra vez.

Yuuri asintió, removiéndose incómodo, pero sintiendo que necesitaba comentarlo con alguien; una persona desconocida que pudiera ver las cosas desde un punto de vista externo.

Así que Yuuri contó los aspectos más importantes, omitiendo algunos detalles, pero permitiendo que Javier tuviera una idea general sobre la situación.

Cuando terminó de relatar todo, el chileno suspiró, mientras bebía un trago de vino.

―De verdad soportaste demasiado, ¿eh? ―Apartó la copa a un lado y lo miró directamente con sus ojos azules.

―Es por eso por lo que evito a las mujeres que se me acercan, no quiero volver a involucrarme sentimentalmente en una relación.

Javier rio.

―No es como se te acerquen del género de tu interés, de todos modos. Quizás si atendieras un bar gay aparecería alguien que te haga cambiar de opinión.

Yuuri frunció el ceño.

―Aquello no tiene nada que ver. Estuve en una relación sentimental con un hombre, sí, pero aquello no significa que no me sienta atraído por las mujeres de igual manera.

Javier alzó las cejas, mientras volvía a reír.

―Entonces deberías salir con alguien, Yuuri. Por lo que me has contado, tu historia con aquel tipo ya está bastante muerta. Deberías darte la oportunidad de conocer a alguien. Aunque suene idiota, a veces funciona lo del clavo que saca otro clavo.

Yuuri alzó una ceja, incrédulo.

―¿Acaso lo has puesto en práctica?

Javier sonrió, sin parecer muy avergonzado.

―Varias veces.

Yuuri no abandonó su expresión incrédula.

―¿Te ha funcionado?

El hombre de ojos azules se encogió de hombros.

―Tengo la esperanza de que a ti te pueda resultar.

Yuuri rodó los ojos, mientras atendía a un hombre que pidió un vaso de whiskey.

Cinco minutos después, Javier volvió a hablar.

―Sé que no quieres conocer a nadie más, pero hay una mujer que no ha parado de observarte durante el último rato ―cuchicheó mientras miraba disimuladamente a un costado―. Serías muy idiota si al menos no consideras llevártela a la cama.

Yuuri suspiró.

―Javier, ya te dije que… ―Pero no pudo seguir, porque inconscientemente miró hacia donde el hombre señalaba, y al ver quien estaba ahí, sintió que de pronto le fallaba la voz.

La mujer rubia, al notar su mirada sobre ella, sonrió con sus ojos azules resplandecientes, y se acercó de forma desenfadada, captando la atención de varios de los presentes.

―No la cagues ―le dijo Javier en un susurro, pero él poca atención le puso; estaba más interesado en intentar huir de la situación que se le presentaría a continuación.

Fue un completo fracaso, por cierto.

―¡Yuuri! Qué sorpresa verte por acá.

Yuuri gimió interiormente, y solo atinó a sonreír.

―Hola, Natasha.

Su voz había salido tan estrangulada, que Javier quiso golpearle la cabeza contra una pared.

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Notas de autora:

¡Hola! Pues nada, espero que les haya gustado el capítulo. Yo ahora me voy a seguir estudiando.

Si hay algún error, por favor no duden en notificármelo.

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