Capítulo VII
El escenario era bastante usual a las veces anteriores: él en la barra, realizando el pedido de alguna mujer que, aparte, no parecía tener reparos en realizarle alguna proposición que tenía involucrado el sexo.
―Son así ―le había comentado Javier cuando él se había quejado de lo diferente que eran a las mujeres japonesas―. Son europeas. Saben lo que quieren y van a por ello.
Yuuri mentiría si dijera que no se había sentido tentado, o que en cierto momento sus ojos no se iban hacia el pronunciado escote; pero aquello no pasaba de una apreciación. Estaba seguro de que ni siquiera podría rendir bien en la cama. Su deseo sexual parecía haberse quedado en Rusia junto a su ex pareja.
―Gràcies ―musitó una mujer desanimada mientras él por enésima vez rechazaba alguna de esas propuestas de la forma más caballerosa posible. Aunque puede que ya no fuera tan amable como antes, y sus respuestas pasaran a ser un poco tajantes, mientras un hombre de ojos azules se burlaba de él silenciosamente.
—Como que ya estás listo para el sacerdocio, ¿eh?
O a veces, no tan silencioso. Javier, desde la aparición de Natalya, había abandonado la costumbre de intentar aconsejarlo, para en cambio, pasarla en grande con las expresiones de bochorno que solía poner su japonés amigo.
―Cállate ―pidió entre dientes mientras otra mujer se acercaba. Ya era costumbre que las féminas solo se dirigieran a él. Parecía que mientras más las rechazaba, más atractivo resultaba Yuuri para ellas.
Atendió a la mujer de la manera más seria posible, sin siquiera darle tiempo de intentar comenzar alguna conversación.
―Hey, príncep de gel, hi ha una noia que et busca ―avisó Sebastià, uno de sus compañeros de trabajo.
Príncipe de hielo era el apodo que le habían puesto luego de que el resto de los hombres se dieran cuenta de lo reacio que era ante los coqueteos de las chicas. Llegaba a ser irónico que le llamaran de esa forma.
―Quí es? ―preguntó extrañado. No recordaba a ninguna mujer aparte de Natalya, y ella no se presentaría de aquella forma.
Sebastià se encogió de hombros.
―Va dir que és la teva xicota. ―Aquello último hizo que Javier soltara una carcajada, y que algunas mujeres hicieran sonidos de decepción.
―No sabía que tenías novia, Yuuri ―dijo Javier entre risas.
Lo ignoró, buscando con la mirada la cabellera rubia. Natalya era la única con la suficiente confianza para auto proclamarse su novia. Sonrió cuando vio a mujer sentada un poco más allá, con una copa de vino y sonriéndole sin una pizca de arrepentimiento.
―No quise acercarme antes. Te creía capaz de mandarme al demonio antes de que te dieras cuenta de que era yo ―le explicó ella cuando llegó a su lado, saludando a Javier también en el proceso.
Y estaba en lo correcto. A esas alturas de la noche ya ni siquiera establecía contacto visual con sus clientes.
Sonrió, feliz de tenerla a su lado.
Durante esos días había quedado con Natalya durante casi todas las noches. La mujer estaba realizando un trabajo en Barcelona, y durante ese tiempo, no perdía oportunidad de ir a verlo a la salida del trabajo.
―¿Qué fue eso de decir que eres mi novia?
Ante la pregunta, Natalya sonrió de manera traviesa.
—Supuse que ayudaría a que disminuyera el acoso. ―Se encogió de hombros―. Si quieres puedo simular ser tu pareja por estos días. Así te dejan de molestar.
Pues no era mala idea. Natalya era hermosa, y al ver que ella era su novia, puede que las demás mujeres se sintieran intimidadas y lo dejaran en paz.
—O podrías ser su novia de verdad y quizás así lo alegras un poco.
Natalya solo sonrió, ignorando la sugerencia del chileno.
―¿Qué harás hoy a la salida?
Esa noche tocaba entrenamiento con Jorge, pero el niño le había mandado un mensaje avisándole que le había surgido un compromiso, así que Yuuri había quedado repentinamente con la noche libre, y sin saber qué hacer. Se había acostumbrado de cierta forma a acompañar a aquel adolescente, y, de pronto, el estar en su casa solo, o patinando en la pista ya no parecía ser una alternativa atractiva.
―¿Se te ocurre algo?
Natalya sonrió animada ante la disposición de Yuuri.
―Podríamos quedarnos acá. ―Hizo un gesto abarcando el lugar―. Puede que no se note desde la barra, pero es bastante agradable.
Y él estuvo de acuerdo. Cualquier lugar le servía con tal de no estar solo.
―¿Te animas? ―preguntó a Javier.
Y este, para su sorpresa, negó con la cabeza mientras se terminaba su infaltable copa de vino.
―Máximo media hora. Me esperan en casa.
Claro, pensó Yuuri, él tenía un lugar al que llegar. Pero entonces ¿por qué siempre llegaba por allá?
Era costumbre ver a Javier en ese bar dos a tres veces a la semana. Llegaba, pedía su copa de vino, conversaba un rato con él y luego se marchaba. ¿Pero por qué? Podría ocupar ese tiempo para pasarlo con quién fuera que lo esperara en su casa; que al menos tenía a alguien.
Javier sonrió cuando él hizo la pregunta, aunque no pudo responder, por su celular comenzó a sonar. El hombre se apartó un poco para contestar, hablando en un rápido español que era incomprensible para Yuuri.
Al finalizar la llamada, Javier estaba pálido, hasta el punto de que Yuuri se preocupó por su integridad.
—¿Pasó algo?
Javier asintió mientras tomaba su chaqueta y se la ponía rápidamente, haciendo que tanto Natalya como Yuuri se miraran preocupados.
—Debo ir al hospital.
Aquello solo alarmó más a los dos.
—¿Qué sucedió?
—Agustina... ―Ninguno sabía quién era esa persona, pero Javier parecía realmente angustiado mientras murmuraba aquel nombre―. Debo ir con Agustina.
La primera en reaccionar fue Natalya.
―Te llevo. Tengo el auto estacionado afuera.
Yuuri, por su parte, avisó a Sebastià que había surgido algo urgente, y que luego recuperaba aquella media hora. Ni siquiera dio tiempo a que el otro hombre respondiera cuando él ya había abandonado su lugar en la barra.
Cinco minutos después, el auto de Natalya serpenteaba por las calles de Barcelona.
―¿A qué hospital?
―Sant Joan de Déu ―contestó Javier con el móvil pegado a la oreja.
De todo lo que Javier hablaba con la persona al otro lado de la línea, Yuuri pudo identificar una palabra por sobre las demás: convulsiones.
―¿Epilepsia?
―¿Qué? ―preguntó Javier aún un poco ido, con la vista fija en la carretera, impaciente―. No, no tiene epilepsia. Por ahora es solo una convulsión febril.
Yuuri frunció el ceño, confundido.
―Pensé que las convulsiones febriles daban solo en niños. ―Al menos desde su pobre conocimiento del tema.
―Y así es, Yuuri ―contestó Javier con una tenue sonrisa―. Agustina es mi hija.
