Capítulo VIII
―Agustina es mi hija.
Luego de aquellas palabras, el silencio se hizo presente en el interior del auto.
Natalya manejaba con presteza, mientras que Yuuri, sentado en el asiento del copiloto, miraba hacia atrás como si al hombre chileno de pronto le hubiera crecido una segunda cabeza.
Es que era increíble.
De todas las posibilidades que pasaron por su mente, Yuuri nunca se hubiera planteado que Javier fuera padre, ni menos de una niña pequeña.
No parecía una persona muy responsable, y por supuesto, tampoco parecía muy proclive a poder cuidar a alguien aparte de sí mismo.
Aunque, ¿qué sabía él?
Lo conocía bastante poco, la verdad. Y era en ese momento en que caía en cuenta de que, de hecho, Javier conocía muchas cosas de su pasado, mientras que él con suerte sabía su nombre. Javier era bueno escuchando, pero a la vez era bastante hermético respecto a su vida privada. O, quizás, pensó con cierta vergüenza, Yuuri no había puesto el suficiente esfuerzo por conocerlo, en su afán por encerrarse en su propio sufrimiento.
¿Estaría casado?, se preguntó entonces, mientras lo observaba contestar su móvil. ¿Viviría junto a la madre de la niña, o, por el contrario, era solo un padre de fines de semana?
Javier, ajeno a su escrutinio, seguía con la oreja pegada al móvil. Hablaba de manera conciliadora, como si intentara calmar a la otra persona y a la vez calmarse a sí mismo.
Natalya, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, parecía mantenerse atenta a la conversación.
―¿Alguna novedad? ―preguntó ella en inglés cuando el hombre cortó.
Javier asintió.
―Ya llegaron a urgencias y pasaron por triage. Ahora solo queda esperar que la llamen ―explicó, y añadió que, por el tipo de consulta, no creía que tardaran mucho en hacerlo.
Al oírlo, Yuuri se relajó en su asiento. Javier también estaba ya menos tenso, o al menos eso aparentaba.
Por eso se sorprendieron cuando Javier abandonó el auto antes de que este fuera estacionado del todo. El hombre de cabellos oscuros ya estaba en la entrada del servicio de urgencias cuando Natalya logró salir de su estupor.
—¿Es que quiere ingresar también como paciente? ―refunfuñó ella mientras intentaba estacionarse lo más rápido posible.
Yuuri también había sufrido un mini infarto, pero de cierta manera también lo entendía. Era su hija la que estaba en ese hospital. Era esperable que se comportara de forma impulsiva; Yuuri lo sabía, aunque quizás nunca tuviera que pasar por la experiencia de la paternidad.
Cuando ambos atravesaron las puertas del hospital, Javier estaba junto a una mujer que mantenía a una bebé en brazos. A su lado dos mujeres más se mantenían en silencio, aunque con expresiones preocupadas.
Javier se desordenada el cabello en un gesto de nerviosismo, expresión parecida a la de la mujer, su pareja probablemente, y que parecía estar respondiendo a las demandantes preguntas del otro.
—Agustina Subercaseaux, dirigir-se a sector de pediatría —llamó una voz por alto parlante—. Agustina Subercaseaux, pediatría.
La mujer le entregó la niña a Javier mientras tomaba un bolso que estaba en uno de los asientos. Luego ambos se dirigieron al sector que se les solicitaba.
Natalya y Yuuri se miraron y se acercaron a las dos mujeres que habían quedado sentadas. Una de ellas ―de cabello oscuro y ojos grises― los miró con curiosidad. Yuuri supuso que lo había reconocido, y agradeció que no hiciera ningún comentario.
Con el pasar de las horas, Sam y Erika (así se llamaban) se mostraron más accesibles, dando origen a una interesante charla que ayudó a hacer más amena la espera.
Las mujeres le contaron que habían sido compañeras de universidad ―y amigas muy cercanas― de Javier, y que ahora estaban en unas pequeñas vacaciones antes de volver a su país de origen y comenzar a buscar trabajo.
Fue ahí que se enteró de que Javier era un enfermero ya egresado que, mientras preparaba su tesis de magister, trabajaba en la unidad de cuidados intensivos de aquel mismo hospital. Supo además que cada vez que lo veía llegar al bar era porque había tenido un turno particularmente complicado (lo cual, dado el nivel de complejidad era bastante frecuente), y que buscaba deshacerse del estrés de este antes de llegar donde su pequeña familia y poder estar con su hija; era la manera que tenía de separar su vida profesional de la privada.
También le comentaron que lo de la pequeña no era tan grave, al menos por ahora. Ya le habían dado un antipirético antes de que la convulsión ocurriera camino al hospital, además que esta había durado menos de diez minutos y no se había repetido. Tenían la esperanza de que no tuvieran que hospitalizarla y que solo la dejaran en observación durante unas horas.
Eran las cuatro de la madrugada cuando Javier salió con la mujer a su lado, quien llevaba a la bebé en brazos. Iban conversando con un médico que parecía estarles dando las últimas indicaciones de manera bastante amigable. El hombre se despidió de Javier con un apretón de manos y, luego de dar un beso en la mejilla a la mujer, volvió al interior del servicio.
Cuando llegó junto a ellos, Javier ya lucía mucho más relajado, y la bebé miraba todo con curiosidad, mordiendo el chupete de su mamadera ya vacía.
Las dos mujeres preguntaron qué había dicho el médico y mientras Javier lo explicaba, los ojos de Yuuri entraron en contacto con los verdes de la niña, que le sonrió y luego escondió su cabeza en el cuello de su madre, quedando parcialmente oculta por sus cabellos de tono caoba.
La mujer rio y luego miró hacia abajo, murmurándole algo a la bebé en español, que solo lo miraba y sonreía.
Sonrió en respuesta.
De pronto, Yuuri se sintió presa de otros verdes, los de la mujer que llevaba a la bebé en brazos. Ella lo miraba con curiosidad, aunque de manera amistosa. Murmuró algo en español a la pequeña, lo que provocó que soltara un pequeño grito de júbilo y se escondiera más. Javier dejó su explicación y miró a su hija con curiosidad. La niña al verse observada salió de su escondite y extendió los brazos para que su padre la tomara.
―Papá, upa papá ―murmuraba la niña en su jerigonza.
Y Yuuri podía jurar que nunca pensó en ver aquella expresión en Javier; una cara de completa adoración por la pequeña que se acurrucaba en sus brazos. Sí, pensó, aquello era algo fuera de lo común, o al menos algo que él no se esperaba.
Sonrió.
Javier carraspeó un poco al mirarlo y pareció ligeramente avergonzado. Yuuri supuso que recién notaba su presencia.
―Gracias por quedarte, Yuuri ―comentó el hombre de ojos azules con una sonrisa, haciendo que la mirada de los demás se centrara en él.
Titubeó. Se sentía incómodo al darse cuenta de que era el centro de atención. Se rascó la parte posterior de su cabeza y asintió.
―Me alegro de que tu hija esté bien.
Javier soltó una carcajada.
―Es una Subercaseaux, ¿qué esperabas?
Sintió el deseo irrefrenable de voltear los ojos, y no fue el único.
―Ya, ya ―musitó la mujer de ojos verdes mientras volvía a tomar a la bebé de los brazos de Javier―, será mejor que pagues la consulta para poder volver a casa. Siento que muero de…
No alcanzó a terminar la frase.
―¿Vos? ¿Qué hacés acá? ―La voz incrédula de Natalya se dejó escuchar en el lugar.
Espero que les haya gustado. Lamento la grosera demora. Saludos!
