2
El cadáver de ser Jared Frey comenzaba a oler mal. Había sido muy claro con sus órdenes —quería verles antes de morir—, pero ser Jared había desenvainado la espada y el plan amenazaba con irse al garete, por lo que Harlon Fenn se vio obligado a clavarle un puñal en el pecho.
El lacustre y Elric Nieve, a quienes todos llamaban Ric, apuntaban con los picudos tridentes de plata las nucas de Symond y Rhaegar, de rodillas en la nieve frente al señor de Puerto Blanco. Habían acampado en un valle, siguiendo el recorrido del Cuchillo Blanco, cerca de un pueblo sin nombre. Las hogueras ardían tímidamente aquí y allá, pero las noches ya eran muy frías y las nevadas se acercaban a paso veloz. Bajo los mantos de piel, los guantes de cuero y las botas altas, los Frey temblaban como cachorritos abandonados.
—Os dije que haría frío —suspiró—. Os dije que los caminos son traicioneros, que las alimañas se vuelven valientes cuando se alza la luna. Tendríais que haber cogido un barco, volver a casa, mas insististeis en desviaros del camino…
—Y habríais encontrado la forma de hundirlo —replicó Rhaegar, sin rastro de las palabras aduladoras y edulcoradas que solía ofrecerle en el pasado—. Habría sido mucho mejor para vos, desde luego. La única forma de que tres hombres mueran en la nieve es por congelación, pero el frío no clava puñales. Vais a tener que dar muchas explicaciones, Manderly.
—¿A quién voy a tener que dárselas? ¿A Walder Frey? —Rio entre dientes—. No creo ni que distinga a unos hijos de otros. Es posible que apenas recuerde vuestros nombres ni a qué os ha enviado al Norte.
—Mi pa-padre no es ningún viejo se-senil —respondió Symond esbozando una ruidosa sonrisa, castañeteándole los dientes—, no le fallaron las fa-fa-facultades cuando planeamos la Boda Roja.
—Vaya, tenía entendido que en la boda de lord Edmure, el Joven Lobo había perdido la razón y se había transformado en una bestia que atacaba a sus propios hombres —Manderly fingió sorprenderse—. ¿O acaso mis comadrejas favoritas han estado contando mentiras?
—Stark nos engañó —se excusó Rhaegar—. Dijo que se casaría con una de nuestras hermanas, pero fue corriendo a por una puta del Risco. No íbamos a permitir que nos escupiese en la cara. Nos estábamos jugando la vida por él.
—La guerra tiene esas cosas, a veces los soldados se mueren en campo de batalla —Manderly se encogió de hombros—. Una reina Frey era un precio muy alto por un maldito puente. Y aun así podríais haber tenido Aguasdulces.
—Su madre liberó al Matarreyes —continuó Rhaegar—, los Karstark se fueron. Era un puto crío que había tenido suerte, se le agotaría. No podíamos permitir que Tywin Lannister llegase a Los Gemelos y decidiese cantar Las lluvias de Castamere.
—Tywin Lannister ha muerto y ninguno de sus hijos ha heredado su seso —Manderly se envolvió con la capa—. Me temo que lord Walder ha querido volar demasiado alto. Pagaréis el precio, os lo aseguro.
—A vuestro Wendel se le salieron las tripas —escupió Symond— y otro norteño se resbaló con ellas cuando trataba de escapar.
Ric movió el tridente tan rápido que apenas pudo verlo. Las puntas mordieron el brazo de Symond y lo hicieron caer de bruces contra el suelo. El hueso cedió con un crujido espantoso y los aullidos de dolor reverberaron entre las colinas, como los de un animal al que alcanza un virote.
—Cierra la puta boca —masculló el guardia, hundiéndole la cabeza en la nieve con la bota.
Symond se revolvió para zafarse del agarre, pero solo consiguió que el tridente se le clavase más en la carne.
—Basta —Rhaegar había tenido la inteligencia de no hacer nada estúpido—. Basta, basta, es suficiente. ¡Parad ahora mismo!
—¿Qué dices, Symond? —Manderly le dio un golpecito en el hombro con el pie—. Saca la cabeza de la nieve, hijo, no podemos escuchar lo que dices.
Ric le dio la vuelta con el mango del tridente. Tiritaba de forma incontrolable, con la boca paralizada en una mueca tormentosa y las lágrimas deslizándose por sus mejillas. Cogió un puñado de nieve con la mano, y otro, y luego otro, y los llevó al brazo malherido. Harlon se echó a reír.
Ric movió el tridente en el aire y lo colocó sobre el vientre del Frey.
—Su señoría te ha hecho una pregunta, rata. Respóndele, o te voy a sacar las tripas, y luego me las voy a comer.
—Los Bo-Bolton lo van a saber —dijo—. E-e-ellos no s-se fían… cuando no aparezcamos… ve-vendrán a por vosotros…
—Los Bolton van a morir, igual que vosotros. Compráis a vuestros amigos con miedo, pero el rencor es un sentimiento mucho más poderoso —aseguró Manderly—. Creo recordar, Symond, que fuiste tú el que sobornó a Harlon y a Ric… bajo mi propio techo —las papadas de lord Wyman temblaron—. Compraste a mis caballeros, a mis criados y, no contento con eso, también a mi bufón. Querías mis secretos, los susurros del castillo. Bueno, ¿te gusta lo que has comprado?
«Me creísteis lento y estúpido por ser un viejo gordo, ¿eh?»
Cuando los tres Frey se percataron de que la litera de Wyman Manderly tardaría cuarenta jornadas en hacer un camino de quince, pidieron permiso para desviarse hasta Fuerte Túmulo y reencontrarse con sus parientes. El señor de Puerto Blanco les ofreció escolta, y ellos mismos habían elegido a Elric Nieve y Harlon Fenn.
—Tu hijo chi-chillaba como un cerdo… y lo pa-parecía…
Rhaegar vio el destello del tridente y trató de apartarlo, pero Fenn lo empujó hacia un lado. Las puntas volvieron a hundirse y atravesaron la capa, el jubón y la ropa interior. Symond escupió sangre, los ojos se le abrieron de par en par, y se quedó boqueando incapaz de respirar.
—¡No! —Logró articular—. No… por f-f-favor…
—¿A eso llamas suplicar? Puedes suplicar mucho mejor.
Antes de que los guardias pusiesen fin a la vida de Symond Frey, la nieve se había teñido de rojo. Manderly se dirigió hacia un silencioso Rhaegar, que le miraba con la ira y el odio trasluciéndose en sus pupilas.
—Si pensáis que vais a vencer a los Bolton, a los Lannister, a los Tyrell… sois más necio que Robb Stark. En el mejor de los casos, Ramsay os dará caza con sus chicas y las perras se darán un banquete con vos, seboso de mierda.
—Te voy a decir lo que va a suceder —dijo—. Voy a llegar a Invernalia y voy a lamentar terriblemente que mis buenos amigos Rhaegar, Symond y Jared se hayan perdido por el camino. Tengo muchísimos testigos, y todos asegurarán que yo os quería bien, ¡si hasta os regalé tres hermosos palafrenes! Me temo que los caballos también han de desaparecer o eso generaría sospechas, no sabes cuánto me apena tener que dejarlos ir. Luego, Stannis llegará a Invernalia y pasará a los Bolton y a sus simpatizantes por la espada. No tendrá que esforzarse mucho, porque yo mismo le voy a abrir la puerta. Y si no, lo hará Mors Mataputas. Oh, quita esa cara de sorpresa, Rhaegar. Los Frey no sois los únicos mentirosos cambiacapas. La nieve volverá a teñirse de sangre y caminaremos sobre vuestros huesos. Pero no te preocupes, te prometo que me aseguraré de que te reúnas con tus parientes. ¿Lo ves? No soy tan malo. Y ahora… Fenn, córtale el cuello. Y luego llamad al cocinero. Ric, vas a reírte con la idea que me has dado.
