Nota: las citas en cursiva pertenecen a Danza de Dragones.
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3
Las ceremonias norteñas eran tan solemnes como aburridas. No había septón, ni coro, ni promesas esperanzadoras; tan solo un cambio de manos, del padre al esposo, y eso era todo. Wyman Manderly se dijo que al menos el Bosque de Dioses había sobrevivido a la destrucción de Invernalia. No eran sus dioses, pero los árboles corazón y sus rostros tallados en savia sanguinolenta siempre le habían infundido un extraño respeto, casi sobrenatural, de una sapiencia primitiva que él no lograría comprender.
Claro está, no fue Ned Stark el que llevó a la novia hasta el bosque de dioses. Le habían dicho que lo haría el hijo de Balon Greyjoy, el que los Stark habían acogido y criado bajo su techo, el mismo que había pasado por la espada a niños, mujeres y ancianos en cuanto el Joven Lobo se había dado la vuelta. Luego, había destrozado Invernalia. Era una historia curiosa, que a Manderly no dejaba de sorprenderle. La fuerza de los hijos del hierro en tierra firme era despreciable, por lo que ocupar Invernalia y defenderla habría sido una pérdida de tiempo y recursos. Lo que no alcanzaba a entender era por qué había matado a los pequeños lobos, que habrían sido unos rehenes magníficos.
El hijo de Balon Greyjoy le pareció un anciano con medio pie en la tumba. Larguirucho y demacrado, se acercó cojeando con una muchachita vestida de blanco y gris, temblorosa, con la mirada perdida en la nieve. Desde luego, no era el día más feliz de su vida. Se dijeron unas palabras que no importaron a nadie, y de un momento a otro el bastardo de Roose Bolton había añadido otro señorío a su cuenta personal. «Por ahora», pensó lord Manderly.
La calidez reconfortante del salón se convirtió pronto en un calor opresivo que lo hizo sentirse como si caminase sobre brasas. No eran los fuegos que ardían débilmente contra el frío invernal lo que provocaba el calor, sino la muchedumbre que se apelotonaba en los bancos, tan juntos que resultaba incómodo comer; era el calor que desprendía la humanidad, un bochorno miserable, en su opinión, el que irradiaba ese hato de ratas traidoras. Se dijo así mismo que lamentaría la muerte de pocos.
Recorrió con la mirada el salón, hasta toparse con los ojos azules de Roose Bolton. Esos ojos emanaban frialdad y violencia, y por supuesto, su bastardo los había heredado. Lord Wyman levantó una copa de vino ―una reserva de vino del Rejo que estaba desperdiciando con esos infelices― y se obligó a beber, y a sonreír, y se descubrió pidiendo un brindis por los señores de Invernalia. Se fijó en la menuda Arya Stark, y también vio frío en sus ojos (y vio otras cosas, vio miedo, vio nervios, vio su plato intacto, y la vio cruzando las manos sobre el vestido, encogiéndose).
¿Alguna vez había reparado en esa niña, en alguna de sus escasas visitas a Invernalia? Se había fijado en el Joven Lobo, claro, y en el bastardo de Ned Stark, pues en su historia había algo que no encajaba, como no le encajaba que Theon Greyjoy hubiese matado a los lobeznos. Pero ese chico no robó mucho su atención: era la viva imagen de su padre. No recordaba a los otros, las niñas eran demasiado pequeñas para Wendel, y los niños demasiado pequeños para sus nietas.
Bien pensado, esa chiquilla podría ser cualquiera. Aquel que la había entregado, jurando que era Arya Stark de Invernalia, era el mismo que había metido en brea a sus hermanos. La chica solo tenía que parecer lo que debía parecer. «Sea o no sea ―pensó―, aún quedan otros dos de la camada. Puede que sea cierto que lady Lannister haya huido a las Ciudades Libres con el Gnomo, pero el más pequeño está mucho más cerca, cerca de mí.»
Sonrió entre sorbo y sorbo, apurando la copa, y enseguida se sirvió otra. Era una boda, debía haber caras felices, contentas, esperanzadas. La hija pródiga, el comienzo de algo nuevo, el fin de la guerra; toda esa mierda por la que decían que se congratulaban.
No escatimó con el banquete. Había traído de Puerto Blanco comida suficiente como para atrincherarse dentro de esos muros durante varios meses: atunes, sardinas, bacalaos y salmones, zanahorias, puerros y nabos, patatas, barriles de aceite de foca, calamares, pulpos, pasteles de calabaza, coles y espinacas, quesos como ruedas, carnero, buey, unas vacas y unas cuantas gallinas. Los cocineros habían elaborado platos apetitosos, aunque carentes de imaginación, y todos a su alrededor comían y bebían como si fuese la última comida de sus vidas. Había un bardo aceptable cantando canciones populares, al que pidió una tras otra.
―¡Venga, bardo, «La noche que terminó»! ―Gritó―. Seguro que a la novia le va a gustar. O cántanos la del valiente Danny Flint y haznos llorar.
Lejos de protagonizar una escena lacrimógena, se paseó entre las mesas charlando con otros señores, hizo algún chiste y derribó alguna copa. Se encargó de parecer feliz, de parecer seguro. Se unió a Bael, cantando una estrofa, y después se excusó porque había olvidado la letra. Escuchó a sus espaldas algunas risas desganadas y volvió a tomar asiento. Y se sirvió otra copa, porque de veras necesitaba esa copa.
Lord Lamprea era un borracho gordo y feliz.
Entonces llegaron los postres.
Le había dicho a su cocinero que se encargase exclusivamente de ellos. Ric y Harlon le habían ayudado con el despiece, pero él había aceptado incluso antes de darle un merecido saquito de dragones dorados. La carne se había conservado de forma fantástica y había decidido cocinarla como solomillo de cerdo en hojaldre, ricamente condimentado con especias y zanahoria, cebollas y setas. Le aseguró que estaría delicioso, que todos repetirían.
Ramsay Nieve cortó las tartas. Eran tan grandes ("no vamos a desaprovechar ni el cuello") que demoró un buen rato.
―Permitidme que haga los honores ―dijo, con la lengua un poco trabada. Se movió con torpeza entre los pasteles hasta llegar a la mesa principal―. Es una receta antiquísima que ha estado en la familia Manderly durante generaciones, nos ha acompañado desde el exilio. Jamás habréis probado una tarta mejor, mis señores ―les aseguró.
Sirvió primero a Roose Bolton y a la obesa chica Frey («Vaya, esta chica sí que habría sido digna del pastel de cerdo») y luego dedicó su mejor sonrisa a Hosteen y a Aenys, junto a porciones gruesas y humeantes que dejó cuidadosamente en sus platos. La salsa se desparramó cuando hundieron los tenedores. Era tan oscura que parecía sangre.
―Regadla con dorado del Rejo y saboread hasta la ultima miga, como voy a hacer yo.
Los criados llegaron con más jarras, sirvieron las copas y bañaron las tartas.
«Que os aproveche ―pensó, dándoles la espalda a los Frey―. Espero que rebañéis el plato y me deis las gracias por una comida tan espléndida. Sí, hijos de puta, yo maté a vuestros parientes. Los vi retorcerse en la nieve y ahogarse en dolor. Los veo cada noche.»
Tomó asiento ante su propio trozo de Frey hojaldrado. No sabía cuál de ellos era, pero los iba a probar todos. Se dijo que, si uno estaba más dulce, debía ser Rhaegar. Se rio de su propio chiste.
Y comió.
Comió dos trozos de Rhaegar, dos de Symond y dos de Jared. Y mientras comía decía a todos lo deliciosa que estaba la tarta. Sus propios hombres comieron y asintieron ante sus palabras. Harlon había rechazado su porción, alegando que estaba demasiado lleno, pero Ric había comido un buen trozo del pastel de la izquierda (Wyman creía que era Symond, porque le dejaba un leve regusto amargo).
Lo cierto era que el cocinero no le había mentido: le supieron tan bien, como a gloria bendita. Y cuanto más comía, mejor le sabía. La barba se le cubrió de migas y la salsa oscura, roja (sangrienta), le salpicó el jubón.
Su mirada volvió a cruzarse con la de Roose Bolton. El señor de Fuerte Terror también tenía apetito, a juzgar por lo limpio que había quedado su plato. Wyman Manderly pidió otro brindis, se aflojó el cinturón, levantó la copa y bebió. Y Roose Bolton bebió con él.
