¡Primer capítulo! Espero que lo disfruten. Notas al final.

¡Nos leemos!


El primer día, antes de que la muerte tocara a la puerta de todos y aun se creía que se seguirían el mismo horario de siempre la próxima semana, fue soleado, con pocas nubes invadiendo el claro del cielo. Cuando el amanecer apenas empezaba a tocar los suelos del pequeño pueblo y las personas en este se empezaban a levantar para enfrentar una nueva jornada, ya se escuchaba los gritos de joven atleta, del boxeador que solo luego aprendería a usar sus conocimientos para sobrevivir. (Unos gritos molestos, que despertaban a todos antes de tiempo. Y sin embargo…Cuanto desearían los sobrevivientes devolver el ruido a sus calles.)

Tsuna, normalmente, llegaba tarde al colegio, púes su cuerpo insistía en el descanso extra que el sueño le proporcionaba. Pero esa mañana, el pequeño castaño estaba parado junto a su ventana, viendo como el oscuro cielo se volvía claro, una sensación incomoda en su pecho. Una sensación que no lo había dejado dormir y se hacía más fuerte con cada segundo.

Aprovecho la peculiaridad de su horario ese día para organizarse con tiempo, por primera vez en el año empacando todos los cuadernos correctos. Su uniforme no estaba en perfecto estado, pero suponía que sería suficiente para que el demonio de Namimori no le diera una nueva tanda de moretones.

Por un segundo, considero no ir. No sería la primera vez que se saltaría la escuela sin razón alguna. Pero el imaginarse la resignada sonrisa de su madre al saber que ni siquiera daba el más mínimo esfuerzo por pasar le rompería el corazón. (Y solo para sus adentros se admitiría a si mismo que el insistente cosquilleo en la cabeza que le exigía ir tuvo gran parte en la decisión.)

Bajó la escalera con cuidado y aun así al tercer escalón, cayó. Gruño desde el suelo, levantándose para masajearse el nuevo golpe en la cabeza.

- ¿Tsu-kun? - Nana salió de la cocina al escuchar la conmoción, su voz sorprendida, pues estaba acostumbrada a no oírlo hasta tarde en la mañana.

Tsuna le dio una pequeña sonrisa, agitando la mano que no sostenía su cabeza a forma de saludo. Nana suspiro, negando la cabeza con diversión, antes de volver a la cocina.

Y, como hace mucho no hacían, desayunaron como una familia relativamente normal.

(Sería la última vez.)


El día había sido normal, excepto por la emoción que se sentía en los pasillos por un nuevo video en la red, subido desde algún país en Asía cuyo nombre Tsuna no podía pronunciar. Eso, y el pequeño luto que lo seguía al saber del accidente de avión que había ocurrido esa misma mañana. Al parecer un pasajero había enloquecido y atacado al personal, de alguna forma había logrado entrar a la cabina del capitán, y sin piloto, el avión había caído.

Estaba en matemáticas, la tercera clase del día, cuando su celular sonó. Nunca nadie lo llamaba, por lo que tenía el sonido activado. Todas las miradas se centraron en él, algunas estudiantes con la risa en la punta de la lengua, el profesor, por su parte, lo miraba con irritación.

Tsuna enrojeció, sacando el aparato del bolsillo con manos resbalosas, casi dejándolo caer en el proceso. Estaba a punto de negar la llamada cuando noto el número. Internacional. Frunció el ceño, sintiendo el celular vibrar por unos segundos. Solo había una persona que se le venía a la mente cuando veía el numero internacional. Pero ¿Por qué su padre lo estaba llamando? No había escuchado su voz en más de siete años. Estuvo tentado a colgar, pero sabía que su madre se deleitaría de cualquier palabra que pudiese escuchar del hombre. No le podía negar esa pequeña felicidad.

Sin decir palabra, se levantó de su escritorio, empacando todo y saliendo del salón, preparándose mentalmente para la golpiza que Hibari le daría como castigo. Ignoro los llamados de su profesor y las caras sorprendidas de sus compañeros de clase, poniéndose el celular en el oído.

Antes de poder articular palabra, su padre ya estaba hablando.

-Tsuna. Ve a casa, ahora. No importa lo que estés haciendo, ve. Cierra todas las puertas y ventanas y asegúrate de que tu madre no salga. Quédense adentro. Iré por ustedes. – El castaño se detuvo en medio del pasillo al oír la urgencia en la voz del hombre y aquel cosquilleo constante se estaba convirtiendo en un dolor de cabeza.

- Papá ¿Qué? – Empezó a caminar nuevamente, acelerando su pasó. Aun no corría, pero en cuanto saliera del territorio principal de Hibari, usaría todas sus habilidades huyendo de abusadores para llegar a su casa.

- Tsuna, escúchame. Solo ve a casa. No tenemos mucho tiempo, la señal se va a…- El silencio en su oído le pareció aterrador. Agarró su maleta con fuerza, mirando el circulo con una línea lateral en su celular que le indicaba que ahora era inservible.

Se lo metió en el bolsillo del pantalón sin delicadeza, arrancando a correr por los pasillos. Lo ultimo que le importaba eran las reglas de la escuela, su mente centrada en un solo propósito. Su madre.

- Herbívoro. – Una voz gruño. Su mente le gritaba a su sangre que se congelara, le pedía a su garganta que gritara de terror, les rogaba a sus piernas que se detuvieran por puro temor. En vez de obedecer, Tsuna solo le dio una mirada al azabache antes de seguir corriendo, demasiado concentrado para estar asustado.

Hibari sonrió. Una sonrisa llena de dientes y promesas de dolor. Sacó sus tonfas para seguir al castaño, ansioso a morderlo hasta la muerte. El vibrar de su celular familiar lo detuvo. Una secuencia poco conocida para sus manos, pero bien inscrita en su cabeza. La señal de emergencia. ¿Qué estaba pasando?


Abrió de golpe la puerta, no molestándose en quitarse los zapatos antes de entrar corriendo en el piso de madera.

- ¿Mamá? ¡¿Mamá?!- Revisó cada habitación, cada esquina, cada pedazo de la casa, pero su madre no se encontraba en ninguna parte. Maldijo con soltura, caminando de un lado a otro de la sala, partiendo su cerebro en dos para averiguar si la mujer le había contado de sus planes de hoy.

Nada se le venía a la cabeza, pero no había muchos lugares a los que Nana iría. La tienda de flores, el mercado, la pescadería y muchas otras tiendas eran todas posibles opciones. Y cada una de ellas se encontraba en el mercado central. Tsuna se preparo para salir, pero la urgencia en la voz de su padre le hizo detenerse. Algo andaba mal, su instinto le gritaba que ir al mercado seria la peor decisión, pero no podía abandonar a su madre. (Mucho tiempo después, descubriría que aquel instinto era llamado intuición Vongola y que había sido en gran parte por esa intuición la única razón por lo que seguía vivo.)

Cogió la sombrilla junto a la puerta, respirando profundo antes de abrir la puerta. No podía perder su concentración, su adrenalina, porque si lo hacía no estaba muy seguro de que sería capaz de poner un pie fuera de la casa, mucho menos de salvar a su madre.

Abrió la puerta con fuerza y el silencio absoluto le dio la bienvenida. Dio otro profundo respiro antes de apretar su agarre con determinación y sin cuestionárselo más, salió corriendo.

No le tomo más de quince minutos llegar al mercado, sin encontrarse ni un alma en el camino. Por lo que, al escuchar ruido proveniente de su destino, no supo si alegrarse o aterrorizarse. Aun así, con todas las posibilidades que su mente creaba, nada lo preparo para el caos que se encontró.

Las personas gritaban y corrían, muchas de ellas con sangre en sus ropas y piel. Algunos se lanzaban contra otros, mordiéndolos como si fueran un buen pedazo de carne. Tsuna retrocedió, ahogando el grito que quería salir de su alma. Su pie piso algo resbaladizo y al bajar la mirada e encontró con una viscosa sustancia roja. (¿Sangre? No no no. ¿¡Qué estaba pasando?! ¡¿Por qué había tanta sangre?!)

Sus manos temblaban con fuerza y su respiración se había vuelto entre cortada. Su cuerpo estaba completamente congelado y de pronto tuvo el histérico pensamiento de que su sobrilla no serviría mucho contra eso.

- ¡Tsuna! – Una voz familiar se distinguió entre los otros gritos de terror. Forzó a su cabeza a moverse, encontrándose con la horrorizada mirada de Nana, quién abrazaba su canasta de comida con fuerza. Ni una gota de sangre había encontrado lugar en el delantal de la mujer.

Y de pronto, el terror abandono el cuerpo de Tsuna, siendo remplazado por una extraña calma. Alzo su sombrilla y corrió hacía su madre, quien se había empezado a mover también en su dirección.

Y en mitad del caos, la sangre y la muerte que había devorado al pequeño cuerpo de Namimori, a Tsuna le pareció que quizás el abrazo entre ellos estaba un fuera poco de lugar. Y le importaba un carajo. Disfrutaría de ese mínimo momento de paz antes de volver al terror que se había vuelto su mundo.


- Cierra todo con llave, cubriré las ventanas. – Le ordeno el joven a la mujer en cuanto llegaron a su hogar. La ropa de ambos se había llenado de sangre y la sombrilla corría un mismo destino. En algún momento mientras escapaban, la canasta de Nana se había perdido.

La mayor asintió, cerrándose la puerta tras de si y poniendo el seguro. Se recostó contra la madera unos segundos, observando a su hijo correr de un lado a otro de la casa, poniendo estantes y mesas contra las ventanas. (Y por esos pequeños segundos, su mente de devolvió a los últimos minutos donde Tsuna había atravesado la cabeza de un hombre con la sombrilla, convirtiendo el suave azul de la tela en un fuerte rojo.) Sacudió la cabeza con fuerza, tratando de borrar las imágenes de su cabeza. (Su pobre niño había sido forzado a matar. Oh Kami, Oh Kami. Su pequeño bebe.)

No le tomo más de unos segundos levantarse, yendo a cada puerta que diera a la calle y cerrándola con llave, poniendo una silla para bloquearla, solo por si acaso.

Cuando acabaron, ambos terminaron en medio de la sala, observándose uno al otro. El silencio parecía sofocante, pues ni el viento de afuera pasaba por las ahora bloqueadas ventanas.

Y de pronto, un sollozo rompió del menor, mientras este caía, abrazándose a si mismo.

-Lo siento, lo siento. – Murmura, meciéndose un poco. Nana reacciono al instante, corriendo a su lado y rodeándolo con sus brazos.

-Shh Tsuna-kun, shhh. Está todo bien, está todo bien. – Abrazó con fuerza al menor, dejando caer en beso en la coronilla de su despeinado cabello.

(Y juro que haría lo que fuera necesario para proteger a su niño. No dejaría que la oscuridad lo consumiera antes de tiempo.)

(¿Tsuna? Tsuna lamentaba la muerte del hombre. Pero lo haría una y otra y otra vez si eso implicaba que su madre seguiría viva.)

Y en una pequeña casa de un pueblo perdido entre las montañas, una llama naranja e índigo brillaron con fuerza con la voluntad de las dos almas.


Es relativamente corto, lo sé. Pero aun así espero que lo hayan disfrutado. Puede que me demore un poco en actualizarla, pues quiero subir otras historias, pero eventualmente le subiré un nuevo capitulo a esta.

¡Espero que les haya gustado! Cualquier critica o comentario es más que bienvenido . (;-; Alimenten a su escritora y sho les dare galletas (e historias e.e) c; )

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Ciao Ciao