Los personajes no me pertenecen. Son propiedad de CAPCOM y sus respectivos creadores. Únicamente la trama (Junto con Mara Kennedy) me pertenece.


20 momentos Leon & Ada.

Capítulo 17: Un día con Mara Kennedy.

[Viviendo la paternidad.]


Leon resopló con indignación al ver el reloj que reposaba en la pared de cocina. Era el primer día libre en el trabajo después de varios meses y por lo tanto, le tocaba ser cuidara de su hija, pues Ada estaba de viaje capacitando nuevos reclinas ya que no habían amenazas biológicas por el momento. Y ella, quien siempre atacaba las órdenes había ido sin rechistar

Miró el cielo tras el ventanal. Eran las seis de la mañana, Mara cursaba el primer año de primaria así que entraba antes al colegio y necesitaba apresurarse si quería llegar a tiempo. Con cautela subió los escalones hasta ver una puerta blanca, correspondiente al dormitorio de la menor y abrió, encontrándose la habitación a obscuras, cosa que no le sorprendió. Mara no era fan de la luz

Corrió las cortinas y ella protestó.

–Hey, despierta –La tomó del hombro suavemente, ejerciendo presión e intentó despertarla sin mucho éxito. –. Mara…

La rubia gruñó, algo que al mayor se le antojo poco natural para una niña de cinco años en crecimiento. La vio cubrirse nuevamente con las sábanas amarillas del edredón y la cargó en brazos hasta la cocina, donde la dejó sentada en su respectiva silla mientras ella frotaba sus ojos. Parpadeó repetidas veces hasta dejar expuesto el color verde de éstos. Penetrantes, aun cuando intentaba no quedarse dormida.

–Lo lamento, pero debes ir a la escuela. Órdenes de tu madre. –se disculpó. Ella meneó la cabeza, moviendo su largo cabello cenizo de un lado a otro.

– Pero tengo sueño, padre. – protestó, bostezando. Leon la miró desde donde estaba incrédulo. Él como figura paterna se había levantado a tiempo para hacerle un desayuno decente ¿Y ahora no quería convivir con él? Para ser la primera vez en dos años que Ada la dejaba a su cuidado no lo estaba haciendo tan mal. Era algo normal y pensándolo mejor, tal vez no debía dejar tanto tiempo solo a Wong con la niña. Le estaba pegando sus manías pesadas.

– Yo también, pero la responsabilidad es primero. – Le dijo, tomando una nota de la encimera. La leyó para después sacar del refrigerador una leche y un tazón de cereal. Por dios, ¿Cómo podían creer no sabía hacer algo tan simple? Era estúpido que tuviera esa ridícula lista para cuidar de su propia hija.

Patético.

–Está bien. –Mara suspiró rendida, comenzando a comer su desayuno. Leon dejó sobre la silla libre el uniforme escolar, junto con el resto de los artículos y se encaminó nuevamente al dormitorio, buscando en el tocador algún peine, ya que eso también entraba dentro del paquete: El peinarla.

– Cuándo termines ve al baño a bañarte. Si necesitas ayuda con el cepillado de tus dientes no dudes en llamarme ¿De acuerdo? – le dijo a su primogénita. Ella asintió ausente sin apartar la mirada del tazón, tratando de entender por qué su figura paterna todavía seguía de pie.

No dijo nada al respecto, cosa que Leon agradeció

El peinarla se volvió un desafío perturbador tras el baño.

– Padre, me lastimas. – se quejó la mejor, aferrando la camisa azul paterna con fuerza. Finamente desistió, amarrando el cabello cenizo en dos coletas, semi rectas pero estaba demasiado irritado para sentarse otra media hora para arreglarlo. Le colocó el uniforme limpio, las calcetas, los zapatos negros, su mochila escolar y abrió la puerta para subirse a su automóvil.

Revisó el reloj una vez más. Siete cincuenta de la mañana.

Demonios. Llegarían tarde.

Barry Burton contuvo una mueca al ver la figura infantil de Mara Kennedy ingresar hasta el portón de la escuela privada, donde ella y Alexander asistían debido al trabajo de sus padres. Ambos progenitores eran figuras públicas reconocidas a nivel mundial en la lucha contra el bioterrorismo y aunque vivía dentro de un mundo estable, algún día el parentesco los pondría desventaja. No obstante, verla cinco minutos fuera de tiempo, con dos coletas mal hechas y un padre igual de molesto, le dejaba en claro quien de la familia Kennedy llevaba el control. .

– Cállate. –Le advirtió. Soltó a Mara y ella se ajustó la mochila ajena al tenso ambiente entre los mayores. –. No, no sé nada sobre peinados.

–Tienes razón. Has usado el mismo desde que te conozco. – el pelirrojo llevó la mano su barbilla, pensativo. Luego miró a su hija. –. Eres verdaderamente un idiota Kennedy. Suéltalo e intenta alisarlo, si ella entra así y logra verse en el espejo terminará odiándote.

–Tiene cinco años Burton, no puede odiarme por algo tan estúpido. – respondió fastidiado y sin embargo obedeció a regañadientes, quitándole la estorbosa liga para soltarle el cabello e intentar componerlo con los dedos, cosa que ella agradeció al dejar de sentir la excesiva presión de su cuero cabelludo y le sonrió, tensa.

– Gracias. – la menor dio un paso al interior y extendió la mano. – Adiós, padre.

Sin efusividad, llantos o sonidos de ningún tipo. Únicamente cortesía abrumadora.

– Es una niña bastante peculiar. – habló Barry nuevamente. Lo tomó del hombro, apretándolo juguetonamente. Si bien los Kennedy odiaban ese tipo de afecto, era Leon quien solía ser el más flexible de los tres. – y pensar que estuvo a punto de odiarte.

–Burton….

Él rió.

– No te preocupes, ya tendrás tiempo para hacer las cosas bien.

Leon asintió antes de escuchar la sonora carcajada del pelirrojo.

– Debí tomar una fotografía. ¡Un solo día y mira que le hiciste!

– Voy a balacearte si no te callas de una maldita vez.

El pelirrojo calló. Apreciaba su vida, además quería estar vivo para criar al retoño de Chris, quien estaba atravesando la misma faceta del rubio. No obstante los dos parecían ser felices con ello y estaba bien.

Nadie dijo que ser padre fuera fácil.


– Parece que ya es hora de comer. ¿Tienes hambre? – le preguntó Leon. Escuchó el sonido del estómago de la rubia reclamar alimentos y volvió a ver la hora por tercera vez en el día. Cuatro de la tarde, si no hubiera sido por Hunnigan quien los había encontrado al salir del colegio y lo había mandado en su día libre a la oficina para buscar unos papeles posiblemente estaría satisfecha, comiendo en algún lugar de comida rápida. No, se corrigió, ella detestaba ese tipo de alimentación basura y ahora él debía preparar comida casera.

Leon leyó por segunda vez el papel, en la sección de alimentos que comía con frecuencia, mientras ella jugaba distraídamente.

– ¿Cuál prefieres? – Le extendió la nota. Los ojos de mara revisaron la lista y escogió una. Leon maldijo, si lo pensaba detenidamente él tampoco sabía algo de cocina, había dependido quince años de la comida rápida cuando era soltero. Y darle alimentos calentados del microondas solo pondría a Mara de mal humor.

Al parecer, batallar contra armas biológicas, locos ansiosos de poder y personas infectadas era más fácil que complacer el paladar de una niña de cinco años.

–De acuerdo. – le revolvió el cabello antes de alzarse las mangas de la camisa, cogiendo los ingredientes restantes, ante los ojos curiosos de ella, quien se detuvo cautelosa ¿Su padre cocinaría?

– ¿Madre no lo hará? –Leon apretó los puños. ¿Ahora desconfiaría de él?

– Lo siento, tu madre llamó para decirme que llegará más tarde. – se disculpó, procediendo a encender la estufa, mirándola como si fuera lo más terrible del mundo.

Y lo era. Terriblemente humillante.

– Entonces comeré cuando ella regrese. –sentenció. Leon vació el contenido sobre una charola con medida fuerza. Parte del contendido terminó en su camisa. Mara tenía todos los motivos para enfadarse aquel día, pero estaba haciendo el intento, lo mínimo que esperaba era una respuesta amable.

– Comerás ahora, aunque sea solo un Sándwich. – Mara afirmó, cualquier comida básica sonaba mejor a que su padre le envenenara el estómago.

Leon le preparó el emparedado y se lo dio. Los dos comieron en silencio, después él le quitó el uniforme. Le puso un vestido casual de color amarillo, mientras ella tomaba asiento en la mesa, dejando sobre ella varias libretas, algunos dibujos sin colorear y varias estrellas que según la maestra, destacaban la inteligencia de la niña.

Era una Kennedy ¿Qué esperaba esa mujer?

El rubio cerró los ojos e intentó descansar. Sin embargo el timbre de la puerta resonó en toda la casa, se levantó y caminó hacia la puerta para abrirla. Al hacerlo toda determinación de descanso murió cuando vio el rostro sonriente del pelirrojo entrar, acompañado con otras tres personas más. Burton era un desquiciado, concedido, pero que el mismo matrimonio Redfield le siguiera el juego era incluso más descabellado.

– Hola Leon. Ha pasado un tiempo. – saludó Valentine cortés ¿Cuánto tiempo tenía sin verlos? Quizá meses, a comparación del DSO, la BSAA tenía demasiadas cedes alrededor del mundo y ellos solían viajar cuando los requerían.

Chris lo miró, enojado por alguna razón previa a su visita. Bueno, al menos no tendría que soportar el malestar solo

–Es raro verlos por aquí últimamente. – Claro, sin Ada cuidando la casa de visitas molestas cualesquiera podía ir libremente, pensó el agente. – ¿Necesitan algo?

– Alexander quería pasar tiempo de calidad con tu hija. –Vio a Barry sentarse en el sillón marrón de la sala. Él suspiró, finalmente su paciencia había llegado al límite. –si la bestia se encuentra ausente, debemos tomar la oportunidad.

– Barry…

– Ada Wong no se merece el respeto de nadie. Es desagradable.

El comentario de Chris era entendible pues la relación entre ellos carecía los fundamentos necesarios para siquiera llevarse bien y eso nada lo cambiaría.

– Chris... – reprendió Jill. El mayor cerró los ojos.

–Yo no quería estar aquí. – La gruesa voz de Christopher resonó. – Quiero irme a mi casa y descansar.

Leon también quería lo mismo. Pero Barry parecía tener otros planes.

–No, dejemos a los chicos llevarse mejor. – El Burton sentó al pequeño Alexander a un lado de Mara y esperó su reacción. Ella al verlo lo ayudó a sentarse en una de las sillas, le dio varias horas blancas junto con varios colores y él los aferró entre las manos sonriente.

Jill admiró la escena en silencio fijándose en el rubio padre de Mara. Estaba vestido con una camisa azul obscura de botones negros y pantalones del mismo color. Todo normal de no ser por la gran mancha amarilla alrededor de su pecho. Sin mencionar el olor a comida flotando en el ambiente, así como migajas de pan todavía en la mesa.

Era un buen padre a su manera.

Leon ojeó por cuarta vez el reloj. Dos horas trascurridas desde la llegada de los Redfield. Si Ada llegaba antes de tiempo y los descubría en esa escena, donde su hija demostraba el afecto que tenía hacia Alexander como si nada, ignorando deliberadamente que era el hijo de alguien a quien odiaba…

Demonios.

– Aquí parece que hay algo. – Burló el pelirrojo pero al sentir un arma en su nuca calló y no habló hasta terminada la visita.

– No frente a mí Burton.

Sí. Agradecía el odio de Christopher en esos momentos.


– Hora de dormir. – Susurró acariciando el rostro infantil de su hija. Mara entreabrió los ojos, notoriamente exhausta. Él sabía que no era costumbre recibir demasiadas visitas al día cuando su madre las evitaba.

– ¿Dormir?

– Si Mara, son las doce.

Ada se pondría de mal humor si la encontraba despierta y no era que le tuviera miedo, pero encontraba odioso que estando enfadado todo el día Ada también le molestara.

– Buenas noches. – por primera vez en la noche la menor besó la mejilla paterna.

Se fijó en el pijama amarilla clara y las comisuras de sus labios se alzaron. Si bien ella odiaba el rosa le encantaba ese color en particular. Mara era diferente a cualquier niña de su edad y eso le agrada. Y si, había sido el día más agotador en su vida donde había convivido un día entero con ella soportando acosos, insinuaciones y burlas, un así valían la pena.

Ella era su orgullo.

– Descansa. – Cerró la puerta.

A medio camino del dormitorio una figura delgada lo esperaba. Vestía una blusa roja con mangas en conjunto con unos pantalones negros entallados. Dejó su ballesta y el maletín entreabriendo los labios para exigir una explicación. Sus ojos verdes, más penetrantes que los de su hija lo miraban como si ella supiera que había ocurrido ahí.

Por el camino al cuarto buscó una mancha de comida en la cocina, el peine junto a unas ligas no tocadas dentro del baño. El uniforme escolar de Mara Kennedy junto al sofá y los cuadernos sin guardar. También varios dibujos regados en el suelo donde reconoció la caligrafía inexacta de Alexander Redfield, lo cual le tenía molesta.

– Qué… – No pudo continuar al sentir los labios masculinos chocar contra los suyos bruscamente. Ada acarició el contorno del pecho masculino desabrochando la camisa.

Al diablo con lo que le reclamaría.

Leon la tomó en brazos.

– ¿Te divertiste jugando a la casita? –preguntó sarcástica. Él asintió distraído.

–Es bastante interesante. Deberíamos tener otro hijo. – propuso, abriendo la puerta del cuarto que compartían juntos. – y la próxima vez tiene que parecerse a mí.

Mara estaba creciendo así que entre más rápido, mejor.

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¡Hola! Pueden bajar sus antorchas que no he muerto, pero si he desparecido bastante, que decirles chicos, he estado muy ocupada todos estos meses que no me dado tiempo para nada pero no se preocupen, no voy a dejar de escribir e intentaré hacerlo más seguido pero no les prometo nada.

Ahora bien ¡Se acaban los momentos! ¿Quieren que estos terminen o les continuamos? Ustedes saben si quieren que con este solo faltaran tres y si tienen alguna idea no duden en hacérmela saber. Este capítulo fue gracias a la amiga Nelida que le encanta la familia Kennedy y ahora que regreso al FF vine con ganas de mostrar más sobre ellos.

Ahora bien si quieren saber de dónde vienen Mara y Alexander pueden visitar Sorority Row que por cierto pronto les traeré la secuela por fin.

¿Ahora bien que opinan de este capítulo? Estoy algo oxidada con la comedia así que quise revivirla y Leon cumple un buen papel xD. No me lo imagino cuidando de su hija sin ser un desastre andante, anda que es muy serio pero los hombres así son n.n

En fin siento la nota de autor larga. Nos vemos en el siguiente.

Se me cuidan.

Fatty Rose Malfoy.