¡Hola! Aquí dejo el capítulo final de esta historia :D Como ya habrán notado en el capítulo anterior no puse ni el "Continuará" ni tampoco el "Fin de la Transmisión" que pongo cuando finalizo una historia. Lo hice así ya que deseaba darle mas angst al capítulo anterior haciendo pensar que era el último, pero no era así realmente :P Este es el final que tenía pensado desde un principio y espero que lo disfruten (o lo sufran xD). También quiero agradecerles de todo corazón su apoyo a través de reviews a PamPotterEvans, Natsume, Annasaotome83, Sparksfly98, Guest (se te olvidó poner tu nombre xD), V Unknow, Anonymus 3.0, San. uskh y Sara Verset. También agradezco mucho los favs y follows. Siempre es una motivación extra ver que hay gente a la que le gusta y le interesa lo que escribes, así que muchísimas gracias por eso ^^
Capítulo Final
Después de varios días agradablemente soleados, una inesperada y enorme nube continua apareció para conquistar el cielo, desatando su furibundo desahogo a partir de horas de la tarde. Y no tenía ninguna intención de claudicar su reinado; al contrario, arribada ya la noche lo estaba intensificando. De hecho, la lluvia hacía castañetear los vidrios de los hogares como si quisiera abrirse paso a través de ellos.
Eren, desesperanzado a la par de melancólico, la veía caer mientras añoraba aquellos lejanos momentos en que la felicidad todavía no le había dado la espalda.
Habían pasado treinta y cuatro días desde que habló con Mikasa por última vez. Sin embargo, una vez más daba la genuina impresión de que las riendas del tiempo se habían trastocado. Como si fueran semanas enteras, los días se alargaban monocordes y grises. Y lo que era todavía peor... dolorosos.
Luchar por ella definitivamente no rindió frutos y sus esperanzas se fueron convirtiendo en simple y desechable morralla. No había vuelta atrás posible: la había perdido para siempre. Por ello, sombras de tristeza colosal lo torturaban a través de inevitables marejadas de recuerdos. Todos las vivencias forjadas con ella emergían cada día.
Aún podía sentirla por cada rincón de la casa que alguna vez compartieron. Aún podía verla en cada sitio y esquina de su reconstruido hogar. Todavía podía sentirla como si estuviera allí, junto a él... Como siempre debió ser...
Una y otra vez, Mikasa aparecía siempre en su corazón. Por todos los lugares y por todos sus recuerdos. Cerró los ojos y suspiró afectado. Si seguía viviendo en la misma casa de la niñez, la nostalgia acabaría comiéndoselo vivo. Este hogar le traía demasiados recuerdos de ella. Sencillamente no la podía olvidar; nunca podría. Recordarla sería su eterna condena y dolor. El pecado que que debería sufrir y pagar durante toda su vida.
La tristeza brota en sus ojos, mas no a través del llanto. Se trataba de algo peor: la lágrima seca. Aquella que desgarra el corazón y que duele más, puesto que no se derrama ni emerge buscando consuelo. Aquella lágrima invisible que guarda el pecho y acalla el orgullo, lacerando el corazón en silencio y sin desahogo posible.
Tenía que irse de aquí. No tenía otra más alternativa que esa. De permanecer en este lúgubre lugar, sólo se hundiría por siempre en el pozo más profundo de la compunción. No valía la pena seguir del mismo modo.
Esta tormentosa noche iría a buscar solaz fundiéndose con la naturaleza; que fuera la lluvia quien le recordara que si existía algo más que dolor en este mundo. Que, a pesar de todo, seguir vivo no era una sempiterna maldición. Que fuera ella quien lavara sus pecados y expiara su dolor. Tal vez de esa manera, la madre naturaleza podría ayudarlo a calmar el maldito sufrimiento que carcomía su pecho.
Seguiría esperando a Mikasa, puesto que eso le había dicho: que la esperaría hasta que su matrimonio fuera una realidad. Sin embargo, las ganas de irse muy lejos pulsaban muy fuerte en su interior. Apenas ella contrajera nupcias, se marcharía definitivamente del distrito hacia rumbo totalmente desconocido. Quizás en alguna otra zona de isla Paradis; quizás recorriendo el mundo exterior. Aquello no lo sabía, pero lo que si sabía con total certeza es que permanecer en este lugar no tendría ningún sentido ya. Necesitaba un sitio en el cual poder comenzar desde cero. Un sitio en el cual reiniciar su vida...
Acariciando con sus yemas una fotografía de la mujer que amaba, palabras emocionadas surgieron desde el corazón. —Nunca podré olvidarte y siempre atesoraré en mi corazón los bellos recuerdos que vivimos juntos. Espero que seas muy feliz, Mikasa —dijo al aire como si ella pudiera escucharlo a través de él. La resignación, evidentemente, había escalado muchos niveles en su alma.
Colocó el retrato encima del velador y fue por zapatos para iniciar su travesía bajo la ardiente lluvia. Fue entonces que, de súbito, el lejano chapaleo de un par de caballos interrumpió el silencio callejero. Avanzaron más segundos y el característico sonido se detuvo casi en frente de su hogar. Luego de varios segundos, el carruaje reanudó su viaje.
Pasos se escucharon aproximándose a su puerta y segundos después los golpes en ella anunciaban una visita inesperada.
Eren por un momento, ansió que se tratara de ella; que la mujer de su vida viniera a decirle que también lo amaba y que estarían juntos contra viento y marea. Pero un triste suspiro hizo ver que dejara de lado aquella inútil ilusión. Seguramente cuando abriera la puerta sólo se llevaría otra decepción, como tantas otras que ya había tenido en su vida.
Se dirigió hacia la entrada con sus expectativas anuladas del todo y, precisamente por ello, expandió sus esmeraldas de par en par por el asombro recibido. Esta vez era él quien se llevaba la sorpresa de su vida.
—Mikasa...
Su alma vibró y las vértebras que conformaban su columna danzaron frenéticamente. Cada uno de sus cimientos corpóreos e incorpóreos se estremeció. La abismal sorpresa le impidió reaccionar por un prolongado momento. Treinta y cuatro días después, ahora era él quien estaba sintiendo el mismo asombro que ella.
La faz femenina no demostraba ninguna emoción inteligible. Sin embargo, aunque ella no estuviera expresando nada, el hecho de estar allí parada frente a su puerta lo expresaba todo. A Eren le tomó tiempo asimilar que realmente Mikasa estaba en frente suyo. Sólo cuando, impulsadas por el viento, las salvajes gotas de lluvia le tocaron el rostro, se dio cuenta que ni siquiera la había invitado a pasar.
—Pasa, si sigues ahí terminarás pescando un resfrío. —Su tono de voz delató una preocupación tan auténtica e, inclusive tierna, que sorprendió de lleno a la joven.
Preocupado... ella estuvo casi dos años sin sentir su cariño ni su preocupación. Y sentirla después de tanto tiempo fue como si su alma renaciera cual fénix desde las cenizas. La emoción desplegó alas en su pecho y elevó su corazón al cielo. Su faz carente de emociones fue reemplazada por una que si las exhibió sin reprensión ni renuencias. No podía evadir la emoción de estar frente a él. No podía evitar la conexión mágica que lo unía a él todavía. Y precisamente gracias a ello, ahora estaba frente a su puerta.
—No te preocupes, quiero mojarme. Hace mucho que no disfruto a la lluvia tocando mi piel —el tono frío y distante de tantos días atrás se había extinguido. Esta vez Eren si escuchó a la Mikasa que siempre conoció. Aquella Mikasa que lo había terminado enamorando. No obstante, el cambio ocurrido con ella había sido tan drástico que dudó que estuviera sucediendo realmente. ¿Estaría soñando acaso? Tenía la seguridad de que la respuesta era negativa, pero si se trataba de lo contrario no le importaría nunca despertar.
—Es una curiosa coincidencia, pero justamente yo quería lo mismo. Disfrutar de la tempestuosa lluvia.
Hay casualidades que resultan sorprendentes y esta fue una de aquellas. Fue como si, viajando por algún camino intangible, sus deseos se hubieran contactado mágicamente.
—¿Te gustaría ir al viejo manzano al que íbamos cuando éramos niños? —propuso ella.
Eren sintió que un relámpago lo atravesaba de arriba a abajo. Una intensa emoción le nació.
—Por supuesto que me gustaría —dicho esto, un recuerdo llegó a su mente— ¿Te parece que hagamos una carrera como cuando éramos niños? Aunque obviamente me terminarás ganando, como siempre —sonrió con divertida resignación. Ella correspondió curvando sus labios al igual que él.
Como si fueran niños nuevamente, corrieron bajo la lluvia sin decir palabra alguna. A pesar de la vehemencia que desplegaba el inhóspito clima, ambos disfrutaron el trayecto con corazones que cabalgaban a través del cálido sendero de sus pechos. En poco tiempo llegaron al frondoso árbol que tenían como meta. Ahora, aquel que los cobijó durante la niñez, también los guarecería durante su adultez.
Mikasa fue hacia el tronco y respaldó su espalda en la rugosa corteza. Eren hizo exactamente lo mismo, a la vez que se encargaba de regular su agitada respiración. Ambos, uno al lado del otro, miraron hacia el horizonte mientras algunas ráfagas de lluvia lograban sortear las espesas ramas cubiertas de hojas.
Ella bajó su cabeza un momento, buscando como iniciar de la mejor manera lo que tanto deseaba expresar. Cuando por fin halló las palabras precisas, su mirada viajó hacia la de Eren.
—Desde nuestro último encuentro he estado cada día y cada noche reflexionando sobre lo que pasó aquella noche —sus labios emprenderían el periplo definitivo hacia el corazón masculino.
—Continúa.
—Tenía muchas dudas, pero hablar con Armin me ayudó a resolverlas.
Los ojos de Eren parpadearon enorme sorpresa.
—Sí, fue él quien me aconsejó y ayudó a ver la realidad —confirmó ante el asombro de Eren —. Vas a tener que hablar con él también.
Después de todo lo que había pasado, Armin lo había ayudado a estar con Mikasa igualmente. A pesar de sus feroces desaveniencias, tantos años de amistad no quedaron marchitados ni olvidados.
—Lo haré, créeme —dijo emocionado recordando al hombre de cabellos áureos.
Ella, esbozando felicidad a través de su azabache mirada, asintió con un movimiento de cabeza. Luego prosiguió con lo que la había traído hasta aquí.
—¿Recuerdas que te dije que por ti ya no sentía ningún agradecimiento y que, en cambio, con Jean sí?
—Sí. Lo recuerdo muy bien.
—Armin me ayudó a darme cuenta que yo misma estaba imponiéndome otro tipo de ackerbond artificial. El agradecimiento que sentía por ti por haberme salvado la vida, ahora lo sentía hacia Jean por haber consolado mi corazón. Ya no existía un ackerbond en mí que me volviera una esclava, pero de todos modos yo misma me estaba esclavizando a Jean por una razón equivocada. Esclavizándome por agradecimiento. Y eso no está bien.
—Mikasa...
Ella cerró sus ojos por un largo momento. Luego, cuando los volvió a abrir, los inundó de conmovedora afección.
—Lo que sentía por Jean era mayormente agradecimiento. En cambio por ti ya no siento ningún tipo de agradecimiento. No hay nada que me conecte a ti de esa forma —sus ojos comenzaron a temblar y los respiros mutaron a intensos suspiros—. Y a pesar de no tener el ackerbond; a pesar de no sentir lealtad por haberme salvado la vida; a pesar de no sentir ningún tipo de agradecimiento hacia ti; seguía queriendo estar contigo. Aunque intenté con todas mis fuerzas no admitirlo, sólo existe una ineludible verdad en mi corazón: Lo que siento por ti es amor. Sí, el más puro amor. Sin condimentos, sin deudas pendientes, obligaciones o compromisos —una lágrima cayó a través de su mejilla, uniéndose con el agua de la lluvia que todavía cubría su piel—. Te amo Eren y no es por agradecimiento. Te amo por el hombre que eres. Con tus virtudes y defectos, con tu luz y oscuridad, simplemente te amo. No puedo seguirlo negando —el bombardeo de emociones hizo temblar su voz a la par de sus perlas negras—. Eren... Te amo y siempre te amaré. Esa es la única verdad existente en mi corazón.
Brillantes lágrimas se reunieron en las esmeraldas. Pero sólo una logró recorrer la suave piel de su mejilla.
—¿Eso significa que...?
Ella cerró sus ojos con emoción. Luego los abrió con la misma explotando a través de ellos.
—Sí, Eren. Terminé con Jean.
Él vivió una oleada de sentires que se sucedieron vertiginosamente uno tras otro. Era lo que el amor provocaba, un huracán de incontables emociones que se anexaban en una sola. Una fusión de sentimientos que se originaban en el corazón y se expandían a través de todas las células tanto tangibles como intangibles. La impresionante química del amor se convirtió en una esplendorosa nebulosa.
—Me costó mucho terminar —continuó ella—, pero tenías razón. No podía seguir viviendo una mentira junto a él. Jean se merece vivir un amor de verdad, alguien que le corresponda de la forma en que realmente se merece. Sería muy injusto que viviera una mentira junto a mí.
—Mikasa... —musitó absorbido por otra dimensión. Una en que la felicidad total si existía.
Eren estuvo a punto de brincar de alegría. A pesar de las mil cosas dañosas y los enfrentamientos de ideas, el verdadero amor había terminado triunfando. Sin embargo, no pudo evitar preocuparse por el damnificado que había dejado esta otra clase de guerra.
—¿Y Jean como reaccionó?
Ella bajó su cabeza un momento. Luego la alzó.
—Sinceramente se lo tomó mejor de lo que esperaba. Sé muy bien que es impulsivo, pero me dijo que lo entendía y que él también tenía dudas acerca de nosotros; que lo del matrimonio había sido muy apresurado. Incluso me deseó lo mejor junto a ti. Fue muy noble —se emocionó recordando la comprensión que Jean le había dado.
Eren asintió conforme, desechando la preocupación que lo estaba abordando. —Jean es muy fuerte —dijo muy seguro de ello—. Sé que saldrá adelante. Creo que en el fondo él también sabía que tú no lo amabas realmente y es lo suficientemente fuerte como para aceptarlo sin reproches.
—Jean es un gran hombre y, si me permites decirlo, alguien mejor que tú —Eren recibió aquella verdad con una mueca de inconformidad. No obstante, tal como Jean había aceptado la realidad, él también debía admitir que su rival amoroso había tratado mejor a Mikasa que él—. Pero —continuó ella— a quien amo es a ti, Eren —bañada en refulgentes destellos de amor, tomó las manos de su hombre entre las suyas—. Simplemente te amo como si fuera un designio escrito en las estrellas. Te amo y quiero estar contigo el resto de nuestras vidas. No me importa nada más. Solamente quiero estar contigo y vivir mi amor junto a ti.
—Mikasa... vas a ver que no te arrepentirás nunca de esta decisión. Yo seré mejor que Jean. Por ti seré el mejor hombre que puedo ser; el que realmente te mereces a tu lado. Eso te lo prometo.
Ella se impresionó con la fuerza de su amor. Una vez más admiró el temple y la tenacidad de aquel hombre que había robado su corazón completamente. Lo amaba demasiado.
La lluvia, sin ganas de ser sólo una testigo, los acarició queriendo disfrutar del amor que ambos irradiaban. Los cabellos y cuerpos mojados de ambos provocó una sensualidad visual imposible de rechazar. La blusa de ella, por el peso del agua, se había ajustado a su silueta, sugiriendo la forma y tamaño de sus adorables pechos. Su cintura resaltó y sus bien proporcionadas caderas también lo hicieron. Aquellos abdominales que desde el término de la guerra se habían reducido, también lucieron. Aunque en todo caso, aún si los poseyera como antes, a Eren no le habrían molestado en lo más mínimo. Toda la figura de la mitad asiática, todo su bello cuerpo de mujer, se realzó de una manera que cautivaba cual hechizo. Toda su belleza sobresalió de una forma en que Eren nunca se dio el tiempo de apreciar. Sin embargo, ahora si tenía la oportunidad de hacerlo y no la desaprovecharía: se deleitó con cada una de sus curvas y, atraído por la más llamativa de todas, posó sus manos en la cintura de su amada.
Mikasa, entretanto, observó tímidamente como el cuerpo de Eren ya presumía de ser el de todo un hombre. La ajustada y húmeda camiseta insinuó lo pronunciado de sus abdominales y sus brazos descubiertos mostraron abiertamente lo fornidos que eran. Su pecho ya no era aquel delgado de la inmadura niñez; ahora era vigoroso e ideal para usarlo como almohada. Al pensarlo, una pequeña sonrisa traviesa emergió en su rostro sin poder evitarla. Deshaciéndose de la estorbosa timidez, entrelazó sus manos por detrás del cuello de su amado, dispuesta a no dejarlo escapar nunca más. Se volvería su dueña eternamente y lo marcaría con besos para dejar claro que él era de su propiedad. Y que siempre lo sería.
De súbito, el tiempo se ralentizó completamente. El mundo entero dejó de existir. Durante ese instante eterno, sólo dos miradas tuvieron significado. La abrumadora emoción que sólo el amor podía provocar dominó cada rincón. Parecía que hasta la misma naturaleza, conmovida hasta las entrañas, mermó la intensidad de su tormenta debido a ellos. El mundo físico y el metafísico mostraron de esa forma la expectación por la epifanía que muy pronto se produciría.
El amor los rodeaba e impregnaba sus auras en deseo y ternura mezcladas, haciendo destellar sus corazones como una estrella en su máximo esplendor. Sus respiraciones agitadas y efusivas daban prueba de las ansias que los consumía de pies a cabeza y viceversa. Deseaban entregarse el uno al otro, calcar en sus memorias para siempre este único y bello momento en que ambos se unirían bajo el precioso alero del amor. Sin límites, ni fronteras. Sin maldita cosa que los detuviera. El deseo perenne de hacer feliz a la persona amada estallaba por cada centímetro de sus pieles ardientes. Querían deshacerse de cualquier atavío que significara raciocinio; solo vivir sus sentimientos a flor de piel tenía cabida en ambos. Nada más y nada menos.
Eren posó su frente en la de ella y la movió cariñosamente de un lado a otro. Sus narices hicieron tierno contacto y sus labios quedaron a escasos centímetros, devorando cada jadeo y bebiendo cada aliento como un delicioso néctar. Mikasa no podía contener la fuerza intempestiva de sus emociones. El sueño que había anhelado durante tanto tiempo, aquella fantasía que estuvo oculta dentro de su corazón por incontables años, estaba a punto de realizarse definitivamente. Reemplazando a la timidez por la pasión, fue ella quien tomó las mejillas de su amado entre sus manos temblorosas. Disfrutó por muchos segundos aquella mirada esmeralda que la alucinaba y su alma no tuvo reparos en estallar de emoción cual supernova.
El fascinante momento finalmente había llegado. A un centímetro el uno del otro, se desearon intensamente; queriendo fusionar sus labios en el significado más excitante y bello del amor. Por fin podían dejar atrás los sufrimientos y sacrificios. Por fin olvidarían los rencores, los reconcomios y los pecados. Desde ahora, podrían dedicar el resto de sus vidas a vivir el amor en centelleante plenitud.
La tentación terminó por incendiarlos como un cometa al rojo vivo. Y la perfección escrita en el firmamento finalmente sucedió: el amor germinó desde sus corazones y escaló hacia sus labios. Un beso que unió sus almas definitivamente. Un beso con sabor a dulce y refrescante lluvia. Un beso que significaba más que cualquier otra cosa en sus vidas.
Tal como deseaba Eren, fue un beso en completo albedrío. Uno logrado gracias a la sublime libertad que Mikasa alcanzó.
Empapados totalmente por la lluvia, siguieron besándose como dementes de amor. Empapados de pasiones y sensaciones incontrolables. Absolutamente nada importaba ya; nada excepto el amor que se profesaban.
Y dando rienda suelta a la libertad total, se amaron sin tapujos cobijados bajo el manzano y con la lluvia como especial testigo.
Ya nunca más tendrían que estar separados. Ya nunca más habría compunción.
Nunca más.
Fin de la Transmisión
