El Heredero
Capítulo Siete
Esa noche, en plena madrugada, llegó un mensajero de Berlín para avisar que la fábrica metalúrgica del barón en esa ciudad se había incendiado y necesitaban su presencia. Erik partió con el mensajero antes del alba y apenas tuvo tiempo de redactar una esquela para excusarse con el conde.
Estuvo ausente por una semana hasta que pudo solucionar el asunto y regresar.
Durante ese tiempo, Peter tomó el papel de anfitrión y llevó a los invitados a cabalgar o de paseo por Dusseldorf. David hacía buenas migas con él y Wanda no se disculpó pero debió tragarse su orgullo y participar de las salidas con buena cara.
Charles estaba decepcionado con la joven pero le gustaba ver a su hijo alegre con un amigo. Peter era una buena persona, Charles podía leerlo. Le costaba relacionarse con la gente por su mutación porque la realidad le parecía lenta y aburrida pero tenía un corazón noble. Cuando al cuarto día David quedó sin trajes ya que había traído poca ropa, Peter se ofreció a prestarle los suyos y los dos descubrieron que tenían el mismo talle. Reían diciendo que se veían como hermanos, a lo que Wanda suspiraba con arrogancia. Charles se entretenía al ver divertirse así a su hijo.
A la semana, Erik regresó hacia la tarde. Cenó con su familia e invitados y se retiró a sus aposentos, cansado del viaje. A la mañana siguiente, después del desayuno, invitó al conde a cabalgar.
Charles quedó maravillado porque su anfitrión demostró ser un jinete experto y Erik le explicó que había crecido en la granja de sus abuelos, no lejos de allí.
El campo abierto de verano se abría con su calidez y gama de colores para ser explorado. Los caballos cabalgaban firmes y seguros. Eran corceles de pura sangre.
Erik guio a Charles hasta un riachuelo y desmontaron. Ataron los animales a unos troncos y se dispusieron a caminar por la orilla. Erik alzaba las piedritas del suelo y las arrojaba al agua. Charles lo acompañaba caminando con las manos unidas en la espalda.
-Quiero disculparme por el comportamiento de mi hija – soltó Erik y es que tenía el asunto atragantado desde esa noche.
Charles se detuvo.
-Acepto tus disculpas, Erik. Pero no eres tú quien debería darlas ni soy yo quien debería recibirlas.
-Lo sé – contestó el barón y arrojó otra piedra, que repicó en el agua -. Sabes, Charles. No tengo suerte con las mujeres últimamente. Tuve una relación complicada con una que se marchó antes de que llegases y está mi hija, bueno, soy consciente de que no puedo lidiar con ella.
Charles recordó la confesión de su hijo con respecto a Wanda y a su madre. Al igual que el barón, los dos sentían que no entendían al sexo opuesto, y debía aceptar que él también tenía problemas.
-Yo tampoco soy un experto – admitió con simpatía -. Está mi esposa, perdón, mi exesposa. Con la relación que tuve con ella resumo todo – suspiró -. Me dejó cuando David tenía apenas un año. De no ser por mi hermana y mi cuñado, no sé en qué me hubiera convertido ni qué sería de mi hijo hoy.
Erik lo miró con indulgencia.
-Tal vez ni tú ni yo estemos hechos para comprenderlas, ¿no crees?
-¿Quién lo está?
Erik pensó en su esposa. Con ella sí había congeniado. A veces se planteaba cómo serían sus hijos si ella estuviera viva y lo hubiese acompañado en la crianza durante los últimos seis años. Quizás lo habría ayudado a comprender a Peter y hubiese sabido ponerle límites a Wanda. Pero ella ya no estaba más y él la extrañaba.
Charles sintió su dolor y bajó la cabeza. Era difícil convivir con su mutación, empatizando con la angustia de los otros, y dolía más cuando se trataba de gente que quería.
Erik sacó el reloj del bolsillo para pensar en otro tema.
-Son las once y cuarto. Deberíamos regresar para el almuerzo.
Charles se mostró de acuerdo, aunque en el fondo, deseaba seguir cabalgando un rato más. Se dirigieron a desatar los caballos.
Erik brincó primero al suyo.
-Tengo que trabajar después del almuerzo pero por la tarde, me gustaría que disputáramos partidas. ¿Qué dices?
-Te dije que el ajedrez me encanta – contestó Charles y subió a su corcel.
Erik alzó las riendas para emprender la marcha pero se detuvo.
-Charles – suspiró -. Sé que me habrás leído cuando pensaba en mi esposa– Charles asintió -. Quiero que sepas que no suelo pensar a menudo en ella porque la extraño y me siento mal, y menos cuando estoy con otros. Ni siquiera pienso en ella cuando estoy con mis hijos, pero tú tienes algo que me alivia, tu carácter, tu manera de ser, tal vez sea tu poder que hace que las personas se sientan bien contigo. Por eso me agradó recordarla solo porque tú me estabas acompañando.
-Gracias, Erik.
-Me gusta pasar el tiempo contigo – confesó y jaló las riendas para ponerse en camino.
Charles le sonrió agradecido. Erik no era la primera persona que le decía que su presencia lo reconfortaba y se sintió feliz de saber lo bien que le hacía al barón.
….
Por la tarde jugaron tres partidas. Las primeras dos terminaron en tablas y Charles ganó la tercera aunque no le fue sencillo. Erik bromeó diciendo que se había valido de su mutación y el conde solo le sonrió enigmático. Después tocaron el tema de la boda. Le gustara a Wanda o no, se iba a concretar el enlace y Erik le recordó que quería que David aprendiera las costumbres germanas y que su sastre personal le confeccionara trajes. También le preguntó si Charles deseaba alguno, a lo que el conde se negó. Erik insistió tanto que tuvo que terminar por aceptarlo como obsequio.
Charles pensaba que el barón estaba gastando demasiado dinero en él y en su hijo, pero lo leía y se daba cuenta de que no lo hacía para impresionarlos y saberse superior, sino por lo generoso que era y el afecto que le tenía.
Esa noche, ya en su cama, Charles siguió pensando en Erik.
"Me gusta pasar el tiempo contigo."
Charles sonrió. A él también le agradaba estar con él. Sentía que congeniaban, que tenían una química especial que los hacía comprenderse y sentirse a gusto. Erik lo seguía fascinando. Charles recordó que en su juventud, cuando era un par de años mayor que David, se enamoró de un noble inglés. Nunca pudo decírselo ni supo si el joven sentía lo mismo por él. Ahora que lo recordaba se daba cuenta de que Erik guardaba un parecido físico con ese muchacho. Tal vez era la clase de persona que le gustaba.
Con su férrea educación, Charles pensaba horrorizado que no podía amar a alguien de su mismo sexo, pero los sentimientos que Erik le provocaba lo desafiaban. Esa noche no pudo dormir y cuando llegó la hora de levantarse, se aseó y preparó pensando que desayunaría con el barón.
…..
En esa semana se estableció la fecha de la boda para dentro de cuatro meses y se iniciaron los preparativos. Wanda se dio cuenta de que no podía evitarla pero sacó provecho exigiendo a su padre la mejor fiesta y el vestido más distinguido con sastres traídos de París. Erik prefirió complacerla antes de tener que apagar otro incendio con algún berrinche.
Charles le preguntó varias veces a David si estaba de acuerdo con continuar y el joven le respondía que era su deber y que estaba convencido de lo que hacía.
El barón cumplió su promesa y trajo a su sastre personal para que les confeccionara nuevos atuendos al conde y a su hijo. Tampoco escatimó en gastos para las telas y accesorios. Seguía jugando al ajedrez con Charles e invitándolo a cabalgar o caminar por el campo. Buscaba su compañía porque Charles lo hacía sentirse cómodo y, poco a poco, fue descubriendo la necesidad de estar más tiempo con él.
Charles disfrutaba de los momentos con Erik y fue encontrando la manera de bloquear sus sentimientos para no delatar lo que sentía. No solo le parecía inaudito enamorarse de él, sino que no quería arruinar el vínculo amistoso que habían construido.
Un mes después de su llegada al palacio, Charles no podía dormir y, en medio de la madrugada, decidió salir al jardín a dar un paseo. Afuera estaba poco iluminado, solo había algunas antorchas que seguían ardiendo desde la tarde, las suficientes para saber dónde pisar, y la poca luz permitía ver el cielo. Era una noche diáfana y Charles quedó obnubilado con la cantidad de estrellas sobre su cabeza. La zona donde vivía en Escocia estaba nublada la mayor parte del tiempo y no tenía oportunidad de disfrutar de semejante visión.
Se sentó en un banco de madera y permaneció en silencio y soledad, contemplando el exquisito paisaje nocturno.
Charles no lo sabía pero esa noche se cumplía el vigésimo primer aniversario del fallecimiento de Nina y Erik no podía olvidar esa fecha.
Nadie en el palacio recordaba el aniversario, ni aun la servidumbre más antigua de la casa. Erik se acostó en su cama pero sabía que no iba a poder dormir. Sin embargo, la boda inminente de Wanda y el ajetreo de sus negocios, lograron que cayera en un sueño ligero. Soñó con su hija y despertó llorando. Habían pasado veintiún años y todavía la sufría mucho. Se acercó a la ventana y vio el jardín bajo el cielo estrellado. Decidió salir para calmarse con un paseo.
Charles estaba concentrado disfrutando, cuando lo interrumpió la presencia de la mente de Erik. Enseguida volteó y lo encontró caminando cerca de allí. También percibió su dolor y el motivo. Primero no supo si intervenir o no por lo íntimo del tema, pero se dio cuenta de que su amigo necesitaba la compañía de alguien.
-¡Erik! – lo llamó, poniéndose de pie.
Erik lo vio y, a pesar de querer estar solo, se alegró de que fuera Charles. Con una sonrisa triste se le acercó.
-Es un alivio encontrarte – reconoció Erik y en su mirada se veía su corazón dolorido. Se sentó en el banco -. No esperaba cruzarme con nadie a esta hora pero necesito a alguien como tú.
Charles volvió a sentarse. No sabía qué decirle para consolarlo y pensaba que transmitirle paz mentalmente tampoco era buena idea porque Erik necesitaba lidiar con su dolor. Por eso prefirió permanecer callado.
-Es impresionante cómo hay hechos en la vida que nos marcan para siempre – opinó el barón, mirándose las manos -. Cuando la perdí, supe que no iba a olvidarla jamás pero no puedo creer que me afecte tanto después de veintiún años.
Charles lo miró sin decirle nada. Erik suspiró, observando el firmamento. Era una noche digna de ser contemplada.
-Todavía me afecta – continuó -. Soy una persona fría para los negocios, pero Nina ocupa ese lugar sentimental en mi corazón. Los años pasaron, tuve otros hijos, pero cada aniversario, pienso en ella y sufro. Es absurdo porque vivió apenas unas horas.
-Pero era tu hija – replicó Charles suavemente -. No hay nada de absurdo en llorarla y extrañarla. Pero . . .
-¿Sí? – insistió Erik, mirándolo.
-No, lo siento – recapacitó Charles y sacudió la cabeza -. No es un asunto mío.
-Sí lo es, si te pido que sigas – reclamó el barón.
-Pienso que te afecta demasiado. Esta noche está bien que la recuerdes, pero no todo el tiempo.
-No la recuerdo todo el tiempo – negó Erik.
Charles suspiró. Notaba cuánto le costaba a Erik aceptar las observaciones de los otros. Sin embargo, si el barón quería que fuera franco y dijera lo que pensaba, él lo iba a hacer.
-La recuerdas todo el tiempo porque se nota cómo te afecta en la relación con tus otros hijos.
Erik quiso negar de cuenta nueva pero Charles continuó antes de que hablara.
-Lo que haces con Wanda no es beneficioso para ella ni para ti. La conscientes, no puedes decirle que no y eso la hace sufrir porque no aprende a enfrentar las frustraciones. También su actitud lastima a los demás.
-Charles, de veras siento lo que le hizo a tu hijo. Yo quise que se disculpara y no pude conseguirlo.
-No pudiste porque ella te supera y eso no es bueno para su educación. Tiene que saber que la amas porque es tu hija, pero que no puede apoyarse en ti para conseguir lo que desee. La estás convirtiendo en una joven vanidosa y egoísta.
-No sabes lo que es educar a estos dos jóvenes – contestó Erik, frustrado -. Tu hijo es un encanto y no te da el trabajo de los míos.
Charles sonrió con orgullo.
-David es un encanto, pero Wanda también puede serlo. Es una joven culta, educada y te quiere mucho. Pero tienes que revertir su conducta.
-No voy a poder – replicó Erik, cerrándose -. No puedo con ella, Charles. Wanda me supera, justamente hoy me planteó que quiere volver a cambiar de sastre porque la última prueba que hizo de su vestido, no la convenció. Ya van tres – suspiró, vencido -. Si solo su madre viviera y me ayudara. ¡Cuánto necesito la ayuda de alguien!
Charles sintió el impulso de ofrecerse pero se dio cuenta de que no le correspondía y calló.
Erik lo miró como si hubiese podido leerlo.
-¿Por qué no me ayudas?
-No – respondió Charles y rio nervioso.
-Por favor – insistió Erik serio -. Si hay alguien en quien confío es en ti. Además la puedes leer y eso me ayudaría a entenderla. Necesito que alguien me ayude con Wanda. ¡Dios! – volvió a suspirar, derrotado -. Es increíble que yo, justamente yo, pida ayuda para educar a una muchachita.
-Está bien, te ayudaré – aceptó Charles. No quería que se siguiera sintiendo así -. Pero si vas a seguir mis consejos para educar a Wanda, también debes revisar tu relación con Peter.
-¿Qué hay de Peter? – preguntó el barón confundido.
-Peter tiene un corazón de oro.
-Sí, lo tiene – afirmó Erik convencido -. Es desobediente e inquieto hasta exasperar al más paciente, pero también es una persona noble, que piensa y ayuda a los demás, me recuerda mucho a su madre.
-¿Alguna vez se lo dijiste? – inquirió Charles -. ¿Peter sabe que piensas que es noble y solidario, y que se parece a su madre?
-No se lo he dicho directamente pero estoy seguro que él debe saberlo.
-¿Cómo va a saberlo si no tiene mi poder y no puede leerte?
Erik rio, pensando que bromeaba. Pero Charles hablaba en serio.
-Peter necesita saber lo que piensas de él porque te ama y respeta, Erik. Lo tratas como si fuera un niño desobediente y, sin embargo, te sorprendería la manera en que nos trató cuando tuviste que viajar. Se comportó como el señor de la casa con David y conmigo. Hace travesuras, cierto, pero son picardías que no necesariamente deberías reprender de la manera en que lo haces.
-Un día antes de que llegaras, se presentó tarde al almuerzo y usó su poder delante de todos para llegar rápidamente. Luego se mofó de haberlo hecho.
-Lo hace justamente para llamar tu atención – explicó Charles -. Le prestas tanta a su hermana, que se siente relegado y actúa así para que te fijes en él. Lo reprendes y aunque le duela el castigo, sabe que al menos de esa manera estás pendiente de él.
-¡Es una tontería lo que hace!
-Puede ser una tontería para nosotros pero es la única manera que encontró de que le hagas caso – contestó Charles honestamente.
Dio en el clavo porque Erik quedó pensativo.
Charles se dio cuenta de que el sol comenzaba a despuntar desde el este.
-Ya está amaneciendo y será mejor que entremos – miró hacia arriba y sintió la escarcha humedeciendo su rostro -. ¿Vamos, Erik?
-Espera – lo detuvo Erik con expresión reflexiva -. Digamos que aceptas ayudarme y darme consejos para Wanda con la condición de que yo revise mi relación con Peter – lo miró de frente -. ¿Estás de acuerdo con cerrar el trato?
-Sí, Erik – sonrió y se puso de pie.
-Charles.
-¿Sí?
-Es la plática más sincera y profunda que tuve en mucho tiempo. Con mi posición me cuesta que me digan lo que piensan y tú lo hiciste para ayudarme. Te agradezco. Ya no sé cuántas gracias te he dado – rio -. Mis hijos son lo más importante que tengo y que hayas querido ayudarme con ellos significa mucho para mí. Eres un gran amigo.
-Tú eres una excelente persona, Erik. Desde que te conocí vi bondad en ti y no me equivoqué.
Erik se levantó, sentido con el cumplido.
-¿Volvemos a la casa?
-Volvamos.
Y regresaron caminando por el sendero del jardín. En el cielo, las últimas estrellas de la noche diáfana, desaparecían.
….
