Después de años de ausencia, he regresado. Espero sepan disculparme, sólo... mi vida se ha convertido en un auténtico desastre, y finalmente pude reencontrarme con la parte de mí misma que podía escribir.
Ojalá les guste. Espero no haber perdido el toque después de cuatro años que no escribo nada.
Caminó con toda la rapidez que podía, su pecho palpitando tan fuerte que podía sentir el ruido en sus oídos. A su lado, Harry lucía una expresión de tal tormento que Hermione sintió pena por él. Tener que soportar tantas cosas y sentirse responsable por cada mal acto cometido por Voldemort, no debía ser lo más gratificante del mundo. Menos si también se le añadía el vínculo a través de su cicatriz con él.
Intentó mantener alejado de su mente el pensamiento de Harry y Draco besándose pero, mientras caminaban no pudo evitar divagar con ese recuerdo en su mente. Sonrió un poco nostálgica.
Harry merecía ser feliz, eso era un hecho. Aunque no sabía si eso vendría de la mano de Draco Malfoy, futuro mortífago.
–¡Allí están!–exclamó Ginny, señalando el aula en la que se encontraban Cho y sus amigas. La asiática lucía más pálida de lo usual, su expresión era una de espanto.
Harry tomó asiento en frente de ella, su rostro de gravedad anunciaba lo muy seriamente que se tomaba el asunto.
Carraspeó, su voz un poco ronca. –Ginny nos dijo que nos buscabas–dijo Harry, sus manos en puños sobre su muslo.
Cho lo miró con preocupación, antes de hablar. –La señorita Trelawney estaba dando clases normalmente, cuando de repente sus ojos se pusieron muy blancos y comenzó a hablar con una voz que parecía que no tenía ni emoción ni nada–habló atropelladamente, las palabras saliendo sin mucho orden al principio. –Dijo un par de palabras que para nosotras no tenían ningún sentido, pero pensamos que tal vez podría servirte a ti, porque ya sabes… –inmediatamente se calló, su rostro con miedo de tal vez haber hablado de más.
Le dio un papel a Harry, quien lo tomó enseguida pero después de leerlo, la miró a ella y se lo mostró.
El arma para derrotar al Señor Oscuro vendrá del lugar menos esperado, de la unión de dos partes conformando una sola.
De sus siervos dependerá su destrucción o su gloria, del amor resurgirá la esperanza y por el odio y la traición caerá la luz.
Un camino se tomará.
Sus siervos le darán el poder o el fracaso...
Leyó una y otra vez, las palabras no teniendo mucho sentido al principio. Memorizó las palabras en su mente para meditarlo después, y le dio el papel nuevamente a Harry, para poder levantarse e irse.
–¡Hermione! ¿Dónde vas?–la voz de Ron fue lo último que escuchó antes de desaparecer por el pasillo.
Fue a la biblioteca, su santuario compartido. Se sentó en una mesa bien alejada de los demás, y puso hechizos de privacidad a su alrededor. Rápidamente tomó un bolígrafo y un cuaderno, para comenzar a anotar frenéticamente todas las ideas que le iban surgiendo en la cabeza.
Tan ensimismada estaba en su labor que simplemente ella no sintió la mano posarse en su hombro de repente, sobresaltándola y distrayéndola inmediatamente de sus labores.
Cuando se dio la vuelta y vio unos ojos verdes maliciosos y llenos de ideas seguramente horripilantes, Hermione casi gritó. Casi, porque era una Gryffindor y jamás quedaría como una cobarde en frente de esa cruel Slytherin.
La fulminó con la mirada, intentando demostrar solo con sus ojos lo suficiente de sus pensamientos para que se diera cuenta que, realmente no le caía ni le sentaba nada bien su visita repentina en la biblioteca, su lugar especial.
Entonces, mientras tomaba sus apuntes y los escondía debajo de la túnica, Hermione se levantó.
–¿Qué crees que haces? –preguntó, su voz afilada como cuchillas y la tensión sintiéndose en el ambiente.
–¿Qué crees tú que hago?–sonrió, mordiéndose los labios coquetamente. La miró con una ceja alzada, preguntándose el porqué de su actitud tan extraña.
–No lo sé, ¿los Slytherin como tú saben hacer algo más que molestar a las personas de su alrededor? –le muestra una sonrisa odiosa, y se da la vuelta para finalmente irse y librarse de su presencia.
–Las sangre sucias como tú deberían respetar a las personas superiores, pero el Mundo Mágico es un desastre desde que los dejan entrar como si fuesen iguales a nosotros–dice a sus espaldas, sus palabras solo intentan hacerle daño y ella lo sabe.
–Mira Parkinson, no sé qué es lo que quieres conmigo, solo te diré que no te haré caso absoluto en nada de lo que me digas–espetó, caminando rápidamente hacia la salida, ignorándola.
No terminó de entrar al baño de mujeres, que sintió la puerta cerrarse detrás de si fuertemente. Parkinson, otra vez. –¡Vete, estúpida Hufflepuff!–espetó a una niña, haciéndola llorar mientras la corría del baño.
–¿No puedes dejarme en paz?–preguntó, la molestia notándose en su voz.
–Pero, ¿acaso no nos habíamos comenzado a llevar mejor? Sobre todo después de que te ayudé con tu poción–dijo, mirándose las uñas y apoyándose en la pared, obviamente creyéndose la dueña de todo.
Entonces, Hermione se cansó. Sacó su varita rápidamente, lanzándole un expelliarmus. Los reflejos de la serpiente eran rápidos, pues lanzó inmediatamente un protego, aunque Hermione ya lo tenía previsto y le tiró un hechizo zancadillas.
Cuando Parkinson estuvo en el suelo, aprovechó para salir del baño riéndose a carcajadas. –Muy sangre sucia y todo, pero perdiste ante mí–se mofó, su mirada llena de resentimiento fue lo último que vio antes de salir rápidamente de allí.
Lamentablemente al ver la hora se dio cuenta que, nuevamente Parkinson la había retrasado.
Suspiró algo molesta mientras entraba a su Sala Común, de repente siendo bombardeada por Harry y Ron que, desesperados, le preguntaban si había descubierto algo. Tuvo que negarles, y luego irse a dormir. Había sido un largo día.
No podía ver a Harry a los ojos sin recordar su beso con Malfoy, y no sabía cómo tomárselo realmente.
Además… ¿De sus siervos dependerá su destrucción o su gloria, del amor resurgirá la esperanza y por el odio y la traición caerá la luz?
Merlín, ¿Qué diablos significaba todo eso? Por un momento una sospecha hizo mella en ella, haciéndole doler el estómago. ¿No se referiría a Harry y Malfoy, verdad…?
¡Ah! Sintiendo que no aguantaba más, Hermione sólo saltó de su cama y bajó a su Sala Común. Comenzó a caminar de lado a lado frenéticamente, incapaz de dormir, incapaz de nada más que pensar en qué quería decir esa profecía. Y, solo de vez en cuando, unos ojos verdes aparecían en su memoria. ¡Oh, diablos! Parkinson está probablemente planeando su muerte.
Hermione, sin poder evitarlo, lanzó una risa histérica. Esa estúpida niña la hacía enfadar a niveles desproporcionados, incluso más que Malfoy.
Pensó y pensó… y no pudo aguantarse más, solo salió de su Sala Común y se dirigió a la Biblioteca. Se lanzó un hechizo para que sus pisadas no hicieran ruido y, finalmente llegó a la su santuario.
Madam Pince no estaba, así que Hermione pudo buscar entre los libros el que más le pudiera servir para su propósito. Finalmente lo encontró, demasiado cercano a la Sección Prohibida. Con un lumus, se encargó de leer brevemente y sonrió, satisfecha. Anotó el nombre y dejó el libro en su lugar. Ya sólo quedaba que fuera de día y podría venir a buscarlo.
Salió despacio rumbo a su Sala Común, vigilando que no anduviera nadie cerca. Caminó silenciosamente por los pasillos, el camino de regreso pareciéndole más largo de repente. Gritó cuando una mano apretó firmemente su muñeca, piel blanca y un brazo delgado y femenino estuvo a su vista en ese instante, y, temiéndose lo peor, Hermione alzó la vista solo para encontrarse con esa estúpida sonrisa burlona.
–Así que quebrantando las reglas, ¿eh, sangre sucia? –se burló Parkinson, mirándola despectivamente.
Odiaba la capacidad que tenía de hacerla sentir como escoria solo con mirarla.
–Oh, déjame en paz de una vez–musitó enojada, tirando de su brazo para liberarse de la prisión en su muñeca. Comenzó a caminar precipitadamente, cuando la Slytherin le volvió a agarrar la muñeca. –¿Qué quieres?–espetó.
–20 puntos menos para Gryffindor por andar después del toque de queda–le lanzó un beso, sarcástica, y se rió. –Además, una semana de detención con Filch a las seis–se encogió de hombros.
–Oh, Parkinson, cuidado, porque no eres la única Prefecta aquí–amenazó, apuntándola con el dedo. Sólo recibió una mirada retadora de su parte. –¡Deja de hacer eso!–espetó, molesta.
Ella le devolvió una mirada inocente. –¿Qué deje de hacer qué, exactamente?
–Esos gestos que haces. Son irritantes–bufó, dándole vuelta la cara. –¿Sabes qué? Da igual. Si eso es todo, me voy–la empujó, aunque la serpiente no se movió de donde estaba.
–Oh, la gatita saca sus garras. Y no soy yo quien está violando las reglas, pero comprendo que tal vez la sangre muggle afecte un poco tu cerebro–se burló. –No importa qué hagas, no serás de este mundo nunca–dijo de repente, mirándola más seria.
A Hermione eso si le dolió.
–Pues tú y yo vivimos en el mismo mundo, maldita racista–suspiró entonces, finalmente dándose por vencida. –¿Sabes qué? Piensa lo que quieras, dí lo que quieres, si con eso te sientes mejor. –Se encogió de hombros, afianzó su agarre sobre su mochila, y se fue de allí, dejando a la serpiente con una mala sensación en el estómago.
Cuando Hermione despertó la mañana siguiente, lo hizo sintiéndose de lo peor. La cabeza le dolía a horrores, probablemente debido a la falta de sueño y la preocupación de no saber qué diablos quería decir esa profecía.
Toda la mañana se la pasó pensando y haciendo anotaciones en sus libros, su cabeza dando vueltas pero sin poder encaminar realmente hacia la profecía. Eran ya cerca de las once cuando decidió darse un respiro e ir al Gran Comedor. No había desayunado, pero sí almorzaría. Un estómago lleno hace que su cabeza piense mejor.
Al llegar al Gran Comedor ubicó a sus amigos y se dirigió hacia ellos a paso lento, casi perezoso. Pudo vislumbrar a la serpiente que la incordiaba tanto, pero la ignoró cuando ésta le alzó una ceja de forma despectiva. Apretó los labios, en una línea firme, y continuó su camino.
Así eran como debían ser las cosas, se dijo a sí misma.
–Hermione, no te hemos visto en todo el día–se quejó Ron, ayudándola a sentarse. Eso a Hermione la extrañó en sobremanera. Harry se hizo el desentendido cuando ella le envió una mirada interrogante.
–¿Qué quieres, Ron? –preguntó, mirándolo de forma desconfiada.
–Solo… como sabrás, hoy debemos entregar el trabajo para Encantamientos y me preguntaba si podía ver cómo lo habías hecho tú, para comparar.
–No–le cortó de inmediato, mientras se servía la comida. –Honestamente, Ron. ¿Eres incapaz de hacer tus propias tareas?–bufó, algo hastiada de su actitud.
–Te lo pedí bien, ¿sabes?–se puso colorado y, tomando sus cosas, se levantó y se fue. Hermione solo se encogió de hombros.
–Hermione, Ron sólo quería sacarte conversación– lo excusó torpemente Harry, acomodándose sus gafas. – ¿Sabes? Deberías ser más cuidadosa con cómo te diriges a la gente que te quiere–espetó entonces, aunque Hermione no se enojó porque realmente sintió que él no se dirigía expresamente a ella. Vio sus sospechas confirmadas cuando lo vio lanzar una mirada llena de resentimiento a la mesa de Slytherin. De allí, Draco Malfoy le enviaba una mirada para nada agradable.
–Deberían arreglar sus asuntos ustedes dos–dijo de repente entonces, casi arrepintiéndose cuando vio el sobresalto de su amigo. Casi. Pero no. Porque era demasiado gracioso verlo ponerse tan nervioso. –Digo, eso de ser enemigos tanto tiempo debe ser agotador, ¿no crees? –levantó una ceja, mirándolo fijamente.
–¡Hola chicos!–Seamus se había acercado de repente, y se sentó entre ambos, salvando a Harry y arruinando la diversión de Hermione.
De allí sólo se desconectó, pues la conversación comenzó a ir de Quidditch, y la verdad… bueno, la verdad es que a ella eso no le podía importar menos.
Podría reclamar a Harry el hecho de meterle más responsabilidad al tema de la profecía, pero las profundas ojeras que se marcaban debajo de sus ojos le decían muy bien que él tampoco había podido dormir la noche anterior.
Rápidamente se excusó, y salió del Gran Comedor, pues tenía inmediatamente clases de Artimancia.
La profesora Vector ya estaba allí, así que pronto comenzó la clase y ella se perdió en el mundo de los números de inmediato.
Cuando sacó la derivada del seno, y Hermione logró predecir el movimiento de una pelota perfectamente, fue que algo en su cabeza hizo click. ¡La Artimancia podría ayudarla a crear una línea que la ayudara a predecir los futuros posibles en base a la profecía!
Eso significaba que, ¡podría averiguar si esa profecía trataba sobre Harry o no!
Casi lanzó un grito de júbilo, pero se contuvo.
No cabía en sí de emoción cuando salió de clases, su cabeza dándole miles de vueltas al asunto, y casi le dijo a su profesora Séptima Vector, pero se dijo que lo haría solo cuando tuviera algo concreto que decir. Así que, eso quería decir que debía ir… ¡A la Biblioteca!
Se pasó toda esa tarde yendo y viniendo entre los números, a ver si alguno le servía para que fuese Harry, pero no encontraba el adecuado.
Los libros se encontraban desparramados sobre la mesa, todos de Artimancia e incluso algunos de las Matemáticas que utilizaban los muggles.
Así fue como se decidió a combinar los números fraccionarios e irreales con la numerología mágica. Tan ensimismada estaba, que no se dio cuenta que alguien se apoderó de uno de sus libros, hasta que escuchó esa maldita voz irritante.
–Así que aquí estabas, el término de rata de biblioteca realmente te pega, ¿eh?–dijo burlista la otra muchacha. Se sentó junto a ella, probablemente porque Madam Pince comenzó a mirarla mal, y cruzó sus piernas, revelando así su corta falda debajo de la túnica del colegio.
No supo porqué se había fijado precisamente en eso. Probablemente porque no quería verla a los ojos y descubrirla mirándola de esa forma. Tan… despreciativa hacia su persona.
–¿Acaso debo preocuparme ante el hecho de que continúes acosándome?–le quiso quitar el libro que ella tenía en su mano, pero sus intentos no dieron frutos cuando ella sólo alargó su mano hacia atrás. Hermione NO iba a continuar acercándose así.
Maldita odiosa.
–¿Yo, acosarte a ti? Ya quisieras, asquerosa sangre sucia–escupió, mirándola con rabia. Hermione la miró sin comprender el porqué de su exabrupto. –En realidad venía porque…
–¡Hermione, te estaba buscando! Oh, no, malditas serpientes, ¿Por qué no se encuentran otro nido? Pareciera que están continuamente molestando–refunfuñó Ron de repente, sentándose al otro lado de Hermione y lanzándole dagas con los ojos a Pansy Parkinson.
La misma endureció su gesto y lo miró despectivamente. –Como siempre la comadreja arrastrándose, sino, ¿por qué más lo reconocerían? Maldito fracasado, te arrastras para tomar las migajas que te dejan el cara–rajada y la sangre sucia–insultó, levantándose y limpiándose polvo inexistente de sus ropas.
–Y tú eres una asquerosa mortífaga–espetó Ron entonces, apretando sus puños.
–Ron, basta–interrumpió Hermione, algo agotada del drama.
–Oh, lo defiende su noviecita… que horror, una sangre sucia y un asqueroso Weasley. Háganle un favor al mundo y usen protección, después de todo esta sociedad tiene suficientes Weasley para toda la historia. Se reproducen como conejos–se burló. –Y tú, rata de biblioteca, tenemos algo pendiente–amenazó, y parecía ser capaz de decir algo más, pero finalmente se dio la vuelta y se fue.
Hermione suspiró, agotada mental y físicamente para todo ese teatrito.
–¿Qué hacía ella sentada en tu mesa?–cuestionó finalmente Ron, después de unos pocos segundos en silencio.
–Nada, sólo vino a molestar–dijo Hermione, preguntándose internamente por qué debía darle explicaciones. –¿Y tú? ¿Necesitabas algo?
–Quería recordarte que es hora de cenar, Hermione, no puedes seguir así. Has estado todo este tiempo encerrada aquí y…
–Mira Ron, hay que descubrir algo sobre esa profecía, y debe ser pronto. Así que por favor, sólo déjamelo a mí. –Entonces, ella se levantó de su silla, acomodó sus cosas en su mochila, y se fue, con Ron detrás de ella.
–Sé eso, pero nos preocupa que estés sobreexigiéndote… me preocupas, Hermione–dijo finalmente, poniéndose rojo hasta en las orejas. Hermione suspiró, sintiéndose mal de repente.
–Disculpen, intentaré cuidar más de mí misma–dijo finalmente.
–Bien–el pelirrojo le lanzó una sonrisa y Hermione se la devolvió, aunque la misma no le llegó a los ojos.
Cuando finalmente los tres se sentaron en la Sala Común esa noche, a debatir, no habían muchas ideas que aportar. Hermione tenía algunas, pero no podía decirlas sin dejar en evidencia a Harry y el hecho de que lo había visto besándose con Malfoy.
Lo que sí les dijo, fue sobre la posible participación de la Artimancia para poder descifrar la profecía. Ambos, Harry y Ron, estuvieron satisfechos con la idea.
–Lo que no entiendo, Harry, es por qué no se lo decimos de una vez a Dumbledore–se quejó otra vez la Gryffindor, incapaz de comprender a Harry. Entendía que ni Ginny ni los demás debían estar al tanto de sus especulaciones ni avances, pero… ¿Dumbledore? Dumbledore debería saberlo.
–Hermione, si Dumbledore realmente se preocupara por nosotros, por mí, me habría dicho lo de la profecía con Voldemort. Me habría dicho todo eso–nuevamente, la misma excusa de Harry. Hermione comenzaba a sospechar que había algo más detrás de toda esa actitud extraña. Pero, cuando iba a atosigar a Harry para que le dijera, éste se excusó y se fue.
Así que, resignándose a que no obtendría nada más ese día, se fue a dormir.
Sorprendentemente, esa noche no pudo dejar de pensar en unos ojos verdes mirándola intensamente.
