El Heredero
Capítulo Veintidós
Charles ya había entrado en el octavo mes y el canal tenía que formarse de un momento al otro. Azazel les había dejado en claro que si no se creaba en las próximas dos semanas, le realizaría en una cesárea programada en su laboratorio en Viena.
Charles estaba tranquilo. Se encontraba saludable y fuerte después de haber seguido la dieta estrictamente. Tenía el apoyo incondicional de Erik y había recibido los masajes diarios y continuos. No tenía de qué preocuparse. Sin embargo, los fantasmas lo acechaban a veces ahora que se acercaba la fecha. Estaban en pleno junio y al mes siguiente, junto con la venida del bebé se cumpliría el primer aniversario de su llegada a Alemania con David. Sonrió y pensó en cuánto habían cambiado las cosas. Ya no era más un borracho deprimido que lloraba el pasado y sentía que había sacrificado a su amado hijo para salvar Westchester. David también había madurado gracias a Peter y se había convertido en un joven más sociable e independiente, mientras que Peter se había vuelto responsable y tenía ideas claras sobre lo que quería. Wanda se había transformado en una joven amigable y dulce. Continuaba siendo la luz de los ojos de Erik y Charles pensaba que con su comportamiento sobraban motivos para que así lo fuera.
También estaba Erik, que un año atrás era una persona severa y devorada por el trabajo. Sufría la influencia nociva de Emma y le costaba horrores entender a sus hijos. Hoy la situación era diferente.
Charles estaba de pie junto a un ventanal observando el jardín de primavera en una de las salas con él. Habían cerrado la puerta con llave para estar tranquilos. Se acomodó la camisa holgada que le cubría el vientre completamente y volteó hacia el sofá donde el barón leía un cuaderno con las rendiciones de cuentas de las operaciones de la fábrica berlinesa reconstruida.
Al sentir su mirada, Erik dejó de leer para observarlo y le sonrió.
-Solo pídeme que me quede y no viajaré mañana.
Charles rio. El barón se levantó y lo abrazó por la espalda. Apoyó una mano sobre el hombro del conde y la otra en la punta del ombligo.
-Es necesario que viajes mañana con nuestros hijos – admitió Charles aunque la idea no le agradaba en absoluto -. Además ellos están ansiosos por acompañarte y aprender.
-Son cuatro días en Berlín – murmuró Erik a su oído, aspirándole el pelo.
-Azazel vendrá a quedarse.
-Azazel, no yo.
Charles le masajeó la mano que sostenía sobre el vientre. Erik seguía siendo devoto de su trabajo pero con la fecha del parto aproximándose se había vuelto devoto exclusivamente de Charles. Todo estaba en orden, sin embargo, lo adoraba tanto que no podía hacerse la idea de dejarlo por cuatro días. Pero ya había pospuesto el viaje a la fábrica en Berlín la semana anterior y sabía que tenía que visitarla. Además les había prometido a Peter y David que los llevaría con él y los jóvenes estaban entusiasmados con conocer la ciudad y la fábrica con su guía.
-Con los cuidados que recibo, no me siento más un hombre sino una copa de cristal a punto de quebrarse – bromeó el conde, mitad divirtiéndose y mitad quejándose -. En realidad más que una copa parezco una vasija con lo hinchado que estoy – sintió un dolor agudo en la parte baja del abdomen y se dobló con un gemido.
-¡Charles! ¿Qué pasa? – se asustó Erik.
Charles recargó la mano en el vidrio de la ventana mientras que con la otra se masajeaba el vientre.
-Que Peter busque a Azazel – pidió, tratando de conservar la calma.
…
Cuando David oyó que el barón le ordenaba a su hijo que fuera a traer al médico de inmediato, corrió a buscar a su padre. Charles se retiró a sus aposentos para guardar cama. Su hijo se sentó en la punta del colchón y le apretó la mano.
El conde le sonreía, las contracciones no eran todavía intensas y no quería que se asustara.
Azazel llegó con una maleta más grande que otras veces y se dispuso a inspeccionarlo. Erik le pidió a Peter que llevara a David a cabalgar para que se calmara y Charles se sintiera tranquilo.
Al joven escocés le costó dejar a su padre y Peter lo tomó de la mano y empujó con suavidad para que saliera.
Azazel auscultó el vientre del conde y examinó su cuerpo. Charles estaba acostado de lado y gimió ligeramente cuando le inspeccionó las partes íntimas. El médico encontró el orificio que se había formado para el canal y empezaba a expandirse para el alumbramiento.
-Es el canal – anunció Azazel, sonriendo -. Se formó y ahora se está dilatando.
Erik estaba recargado contra la puerta, tratando de no demostrar lo alterado que se encontraba, y rio de alegría. Charles se alivió pero los nervios no lo dejaban alegrarse demasiado.
Azazel se dirigió a su paciente.
-No tengas miedo porque está progresando adecuadamente – le aseguró para tranquilizarlo. Charles asintió seriamente -. Camina por la habitación, bebe líquido y date un baño caliente, eso te aliviará. Erik, abre las ventanas para que entre aire fresco hasta que se bañe – el barón se acercó al ventanal y quitó el pestillo -. Charles – lo miró sonriente -. Todo está bien, hoy tendrás a tu bebé en brazos.
Charles volvió a asentir y esta vez sonrió levemente. Azazel le inspiraba confianza, además, lo había leído y el médico estaba convencido de que no había peligro ni para él ni para la criatura.
Erik se sentó a su lado en el colchón y le apretó la mano. El conde leyó que estaba tranquilo y demasiado feliz. Eso le dio más seguridad.
-¿Quieres dar un paseo por la habitación conmigo? Tenemos que levantarnos para hacerlo – ordenó el barón, estirándole el brazo con cuidado -. Vamos, Charles. Yo estoy aquí y no me apartaré de tu lado.
Azazel se retiró para darles intimidad y Charles salió de la cama ayudado por Erik. No necesitaba ayuda para hacerlo pero le encantaba que lo consintiera en este momento tan especial. Estuvieron andando de un extremo al otro de la larga recámara tomados de la mano. El conde, a veces, se recargaba contra su hombro para buscar su calor y Erik lo abrazaba. Las contracciones iban y venían pero todavía no eran intensas ni continuas.
Un paje llegó con líquido para que bebiera y Erik se ofreció a servirle para que se retirara y los dos quedaran solos. Charles se sentó en un sillón con la mano reposando sobre su ombligo.
-Creo que es conveniente que te des el baño ahora – sugirió el barón y le pasó la mano por la frente mojada. Charles estaba bañado en sudor por la tensión -. Avisaré para que te preparen uno.
-De acuerdo – contestó el conde y gimió con fuerza por primera vez. Se masajeó la parte baja del vientre con una mueca. Esa contracción se había sentido más dolorosa que las demás -. Espera, Erik. Prefiero acostarme.
Erik le extendió la mano.
-Vamos a la cama – le sonrió para tranquilizarlo -. ¿Te sentirías más cómodo quedándote solo con la camisa? Ven, amor – le estiró el brazo y Charles se incorporó -. Te ayudaré a desvestirte.
En las horas siguientes, los dolores aumentaron y Erik se mantuvo tan cerca de su amante que hasta parecía adherido a él. Los tres jóvenes sabían lo que estaba ocurriendo y Peter se encargó de tranquilizarlos. Al ser el mayor se sintió con la responsabilidad de contenerlos y les propuso que salieran los tres a cabalgar. Wanda declinó y prefirió encerrarse a leer, mientras que David aceptó como una forma de aliviarse. Azazel les aseguró que no había nada de qué preocuparse y los dos muchachos salieron a cabalgar un rato.
Regresaron a la tarde y se encontraron con la feliz noticia de que Charles se estaba preparando para pujar. Peter retuvo a David en la sala principal para que no escuchara gritar a su padre, lo abrazó y acompañó hasta un sofá cerca de la escalera. Se sentaron juntos y el mayor lo envolvió con los brazos y le besó la cabeza. David estaba tranquilo, tanto como podía estarlo ante la situación de tener a su adorado padre pariendo, pero el apoyo de Peter le quitaba la angustia.
…..
Ni en el sueño más desopilante Charles hubiera imaginado vivir una situación parecida pero ahí estaba. Afortunadamente su cuerpo se había adaptado con los músculos flexibles para poder pujar. Era una sensación maravillosa y extraña. Podía haberla llamado absurda quizás, aunque él no la sentía de esa manera. Estaba debatiéndose entre un dolor que lo partía en dos y la ansiedad y alegría de traer al mundo a la criatura engendrada con el más puro y genuino amor. Oía las órdenes de Azazel, olía el aroma a sangre y sudor, y sentía su cuerpo dolorido luchando por dar a luz a una nueva vida. Respiraba la presencia de Erik, sintiendo la mano del barón firme sobre el hombro y su brazo debajo del pecho, ejerciendo presión contra su vientre. Gritaba y lloraba de dolor pero hacía fuerza. Sabía que con cada movimiento ayudaba a su hijo a venir al mundo. Dependía de él y solo de él que su bebé naciera, todos los demás solo lo acompañaban.
Charles puaba y pujaba. Una mezcla de extrañeza y alivio lo recorrió entero cuando sintió el cuerpecito abandonando el suyo. Cerró los ojos con un último y largo grito y se echó hacia atrás. Cayó sobre el pecho de Erik que lo envolvió entre sus brazos y le besó la cabeza. Podía oír su risa. También pudo oír el llanto del bebé y abrió los ojos.
-Es una niña – declaró Azazel. Acto seguido, le cortó el cordón que aun la unía a su padre y se aprestó a revisarla y envolverla con una manta de seda.
Charles rio en medio del llanto y volteó la cabeza para mirar a Erik. Se besaron los dos riendo y llorando. Charles sintió un dolor menos intenso pero que le exigía volver a pujar. Azazel depositó a la criatura en una cuna que habían dejado junto al lecho, y lo ayudó a deshacerse de la placenta. Luego lo limpió para que no se le infectase el canal antes de cerrarse definitivamente.
El conde se recostó contra las almohadas, agotado y feliz. Erik recogió a la niña de la cuna y se le acercó con ella. Le quitaron entre los dos la manta para contemplarla. Era simplemente perfecta y, aunque chillaba y estaba arrugada como una pasa de uva, la vieron preciosa. Le contaron los dedos y le estudiaron las facciones. Estaba completa de punta a punta. Tenía mucha vitalidad porque lloraba como si su mutación fueran pulmones superdotados. Por instinto, Charles la apretó contra su pecho y la pequeña se calmó con los latidos que había escuchado cada instante de su corta vida. Erik le acarició la pelusita de la cabeza, que estaba mojada y tenía un tono castaño verdoso. Después besó la mejilla de su amante. Charles alzó la cabeza y lo miró a los ojos. Ambos seguían riendo en medio de las lágrimas.
-Iré a avisar a sus hijos que todo salió bien – comentó Azazel para retirarse y darles intimidad.
-Sí, gracias – concordó Erik -. Pero diles que no entren. Les avisaremos más adelante para que puedan pasar.
-Erik – reclamó Charles con sus pocas fuerzas -. Están enloquecidos por conocerla. Que entren ahora.
-No – replicó el barón y por su tono, el conde advirtió que se traía algo entre manos -. Pídeles que aguarden, por favor, Azazel, pero explícales que Charles y su hermana se encuentran bien.
El médico se retiró. Charles acomodó a la criatura con cuidado y se volvió hacia Erik, expectante.
Erik hincó una rodilla en el piso junto a la cama y sacó un cofrecito de su bolsillo. Lo abrió y Charles se encontró con una alianza de oro exquisita. El barón carraspeó antes de soltar el discurso que ya llevaba preparado con tres meses de anticipación. Era un alivio que el conde respetara su intimidad y no lo hubiera leído y descubierto esta sorpresa.
-Cuando nos conocimos los dos teníamos un pasado con alegrías y tristeza, no esperábamos descubrir nuevamente el amor y nos encontramos – comenzó Erik con la voz trémula -. Nos entendimos desde el primer momento, congeniamos y a medida que el tiempo pasaba nos dimos cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. Nos amamos, Charles, e intimar y convivir contigo como pareja solo hizo que mi amor hacia ti se acrecentara. Eres una persona especial y para mí eres mi mitad perfecta. Te admiro además de quererte y a tu lado me siento seguro y contenido, aprendo de ti día a día, eres mi sostén para cuidar a mis hijos y el consejero fiel que necesito en mi trabajo. Me convertiste en mejor persona, me convertiste en un mejor padre y en una persona más compasiva y generosa. Por ti cierro los ojos cada noche feliz y los abro más feliz al despertar contigo a mi lado. Pero por encima de todo, te amo, simplemente te amo, Charles. Construimos una familia entre los dos ensamblando a nuestros hijos y ahora trajimos una al mundo, fruto y prueba del amor que nos tenemos. Después de lo que hemos vivido juntos, después de todo lo que cambiamos porque nos transformamos el uno al otro haciéndonos más felices y mejores personas, quiero que aceptes este anillo. No puedo convertirte en mi cónyuge ante las leyes, pero puede jurarte amor y fidelidad eternos, y que serás mi esposo hasta que la muerte nos separe. ¿Aceptas, Charles Francis Xavier?
Charles rio de emoción y quiso abrazarlo pero tenía a su hija contra su pecho. Erik se irguió y lo abrazó y besó con efusión.
Oyeron pasos y ruidos detrás de la puerta. Tenían que ser los jóvenes ansiosos aguardándolos en la sala. Charles separó sus labios pero apartó la cara apenas para mirarlo a los ojos. Erik le sujetó la mano izquierda que tenía libre, para colocarle el anillo. Luego le besó el dedo con ternura.
-Aquí está el otro anillo – continuó el barón y sacó de su bolsillo otro cofre con otra alianza idéntica -. Ahora debes ponérmelo tú. ¿Quieres que te ayude con la niña?
Emocionado, Charles le entregó la criatura para ubicarle la sortija en el dedo anular izquierdo. Se miraron y se sonrieron. Sellaron lo que sentían con un beso suave, acariciándose apenas los labios. Se observaron y rieron otra vez, más emocionados. Erik lo rodeó del cuello y le sujetó la nuca con la mano para besarlo con más fuerza. Ahora se saborearon la textura de los labios y Erik dejó que Charles le recorriera la cavidad de la boca con su lengua. Su hija se movió un tanto molesta en los brazos del barón y tuvieron que separarse entre risas para que el conde volviera a cargarla.
Charles envolvió a su pequeña con la manta y la apretó contra el pecho.
-¿Dejo entrar a los niños? – sugirió Erik.
Charles asintió y bajó la mirada hacia su hija. Le hizo una morisqueta pero la niña permanecía con los ojos cerrados.
Erik abrió la puerta. Wanda y David ingresaron rápidamente y cada uno se sentó en un extremo del colchón para observar a su nueva hermana. David abrazó llorando a su padre. Había estado muy ansioso y con miedo. Charles le besó la cabeza para tranquilizarlo.
Peter moría de la ansiedad pero cariñoso como era, primero abrazó a su progenitor. Conmovido, Erik le masajeó el pelo platinado y el muchacho corrió a ubicarse junto a David.
Charles le entregó la niña a Wanda. Peter y David se estiraron por encima de las piernas del conde para contemplarla.
Erik llegó a la cabecera y permaneció de pie allí. Intercambió miradas con Charles, cómplices y felices.
Los gemelos discutían porque Wanda decía que la niña era el calco de Charles y Peter sostenía con autoridad que era idéntica a Erik, todo esto mientras sus padres les aseguraban que con lo arrugadita que estaba no se podían deducir las facciones todavía. David optó por opinar sabiamente que había que esperar.
-¿Y el nombre? – quiso saber Peter. Le hizo un gesto a su hermana para que le pasara la criatura y la acomodó riendo en sus brazos. David le tocó la punta de la nariz y rio -. ¿Cómo van a llamarla?
-Catherine como Catherine Earnshaw, la protagonista de "Cumbres Borrascosas" – opinó Wanda resuelta.
A David no le gustó. Su padre tenía en Escocia una tía lejana que se llamaba Catherine y le parecía gruñona y soberbia, no quería una hermana así.
-Decidimos llamarla Lorna – contestó Charles.
-Como la heroína de tu novela favorita – dedujo David -. Lorna Doone.
-Al segundo nombre lo decidirán entre ustedes tres – lanzó Erik la propuesta y Charles lo miró con expresión de ¿cómo se te ocurre? -. Pienso que son lo suficientemente maduros para elegir con sabiduría.
"Harás que se maten entre los tres," le objetó Charles mentalmente.
Erik rio, divertido.
Lorna comenzó a llorar y Peter quedó asustado y sorprendido porque no había hecho nada que pudiera molestarla. David la retiró de sus brazos y se la pasó a Charles.
-Charles y su hermana necesitan descansar – anunció Erik con autoridad -. Más tarde volverán a visitarla, ¿de acuerdo?
Los jóvenes asintieron. Erik se di cuenta de que Wanda luchaba consigo misma pero no podía evitar los celos y la abrazó y acompañó afuera un rato. Entró más tarde. Charles estaba bostezando exhausto pero no dejaba de cargar y observar a su hijita.
-Tienes que descansar, amor – le explicó Erik con suavidad.
Charles iba a negarse pero los ojos ya se le cerraban. Erik le retiró la niña con cuidado y la depositó en la cuna. La envolvió con las sábanas y Lorna se arrellanó con un pequeño bostezo y refregándose los puñitos contra la cara. Erik sonrió enternecido.
Charles se ubicó de lado y cerró los ojos. Quedó dormido al instante. Erik lo arropó cariñosamente y se sentó en la punta del colchón, mientras le sostenía la mano y acariciaba los dedos.
No existían palabras para que el barón pudiera expresar lo feliz que estaba. Solo sentía que amaba a Charles con todo su corazón y adoraba a cada uno de sus cinco hijos.
…..
¡Hola! Disculpen la demora en actualizar. Ahora resta un epílogo donde Peter tendrá una sorpresa.
Saludos a todos y gracias por leer.
