El Heredero

Capítulo Veintitrés: Epílogo

Habían transcurrido cuatro años y la pequeña Lorna estaba pintando con acuarelas un dibujo para regalárselo a sus padres cuando regresaran de Londres. Charles y Erik habían tenido que viajar por un mes a Gran Bretaña porque la empresa se había expandido hasta el Imperio Británico y había convertido al barón en uno de los hombres más ricos de Europa.

La niña había quedado al cuidado de sus dos hermanos mayores, Peter y David, porque su hermana Wanda ya no vivía más con ellos. Hacía tres meses que se había casado profundamente enamorada de un príncipe prusiano al que Lorna apodaba cariñosamente Vision y se había mudado al otro extremo de Alemania. Lo que no significaba que hubiera perdido contacto con su familia.

Recostada boca abajo sobre el piso de parqué, con la lengua hacia afuera, con los ojos azules concentrados en el trabajo y su extenso cabello ondulado entre verdoso y cobrizo recogido en una coleta, Lorna mezclaba los colores con el dedo y los plasmaba con el pincel en la hoja gigante. Puso por aquí un sol, por allí una flor y junto a ella un árbol cargado de frutos coloridos, después llenó el paisaje de animalitos. No eran trazados claros sino garabatos, círculos y líneas a los que ella les daba vida con su imaginación.

David entró en la sala y la encontró concentradísima en su quehacer artístico. El joven sonrió con ternura hasta que reconoció la hoja en la que su hermanita estaba pintando.

-Pete – llamó al amor de su vida con toda la suavidad y calma de las que fue capaz.

Peter se presentó en el umbral vistiendo una camisa holgada para que no le molestara el vientre hinchado de seis meses.

-¿Qué pasa? – preguntó, desperezándose. Es que a él, tan activo normalmente, el embarazo le daba sueño.

Lorna lo vio y dejó de pintar para correr a sus brazos. Extrañaba que Peter no pudiera utilizar su mutación como antes y llevarla veloz por los jardines. Charles se sorprendía de que el movimiento no la mareara y de lo bien que se llevaban los dos. La pequeña extendió las manitas y, a pesar de la barriga, su hermano la cargó y rio con ella. Lorna era liviana como una pluma y no lo incomodaba tenerla en brazos.

David comúnmente se acercaría el dúo para hacerle morisquetas a la niña, acariciarle el vientre a Peter y plantarle un beso en la boca pero ahora estaba preocupado.

-¿Tú le diste a Lorna esta hoja? – preguntó alzando la pintura todavía fresca -. ¿Te diste cuenta qué es?

Peter sacudió la cabeza y Lorna le besó la mejilla.

-No presté atención, Dave.

-Es la escritura de la compra del terreno donde nuestro padre quiere construir la nueva fábrica – soltó David casi desesperado -. Erik va a matarte.

Peter le restó importancia al asunto.

-Su escribano tiene el documento original, David – rio -. Eso es una copia. Lo sé porque lo acompañé a Dusseldorf cuando se la entregó y el escribano guardó la escritura original dentro de la caja fuerte en su despacho – suspiró -. Me equivoqué. Lo siento. No me di cuenta de que era esa copia y no tuve que habérsela dado a Lorna. Pensé que era un simple papel sin importancia por no leerlo, pero te aseguro que no hay problema.

-Igual, espero que no se enfade contigo – suspiró David, preocupado.

-No pienses en eso, amor – le sonrió Peter -. Está acostumbrado a mis travesuras desde que gateo. Si me perdonó hasta ahora, no va a enfadarse por una copia. Si frunce el ceño cuando lo descubra, voy a prometerle que viajaré a hablar con el escribano para que le haga otra.

-Y todos te miman por tu bebé – recordó Lorna y le palpó la barriga con la manita -. ¡Ay! – rio y se cubrió la boca -. ¡Se movió el bebé!

David no resistió más y se les acercó. Abrazó a Peter de la cintura con Lorna en brazos, y le plantó un beso en la boca. Peter cerró los ojos. Adoraba sentir los labios de su amor contra los suyos.

-Como dije siempre – murmuró David a su oído -. Admiro tu optimismo perenne y cómo te las ingenias para estar de buen humor y tranquilizarme. No sé qué haría sin ti.

Lorna aplaudió.

-¡No veo la hora de conocer al bebé!

-Todos estamos como tú, Lorna – le sonrió Peter. Ella le volcó otro beso húmedo de la mejilla -. Tengo sueño otra vez.

David cargó a su hermanita para que Peter se relaja. El joven se desperezó con un bostezo.

-Iré a recostarme un rato, Dave. Avisen si llegan nuestros padres.

El escocés lo despidió con otro beso y permaneció sosteniendo a la niña.

-¿Qué quieres hacer, Lorna?

-Correr con Pete pero no puede – hizo un puchero.

-¿Qué te parece cabalgar conmigo? – Lorna asintió, entusiasmada, mordiéndose los labios -. Tú elegirás en qué caballo montaremos, ¿de acuerdo? Me ayudarás a prepararlo pero antes vamos a ponerte ropa más cómoda para que puedas sentarte en la montura – y mientras hablaba, la fue llevando en brazos hacia el interior del pasillo.

…..

Charles suspiró recargado en el pecho de Erik, mientras el carruaje recorría la campiña soleada. Después de un mes, se reencontrarían con tres de sus hijos. Ambos los extrañaban mucho así como al sol que volvían a ver a través de las ventanas del coche después del brumoso paisaje británico. El viaje había resultado un éxito para los negocios de Erik y había cerrado acuerdos con importantes miembros de la nobleza, que conocían a los Xavier desde centurias. Erik no quería ilusionarse demasiado pero más adelante podía presentarse la oportunidad de llegar hasta América.

Después de firmar los convenios y visitar las fábricas en Londres y en Edimburgo, la pareja se había instalado en Westchester una semana para visitar a Hank, a Raven y al pequeño Kurt. Ya conocían al bebé cuando había viajado un año atrás con sus padres a Alemania. Charles se había vuelto a sentir joven en su antigua casa y fue un placer enseñarle a Erik los espacios de su infancia feliz. Hubiera deseado que David lo acompañara también con Peter, Lorna y Wanda, pero el embarazo los había retenido en Alemania, aunque, de cualquier manera, no faltarían oportunidades más adelante para que viajaran todos juntos.

Charles estaba entusiasmado con regresar con sus hijos pero el viaje extenso le estaba dando sueño y se acurrucó contra el pecho de Erik. El barón lo envolvió con ambos brazos y le besó la cabeza. El conde cerró los ojos. Erik le masajeó el cuerpo y, al hacerlo, posó la mirada en su anillo. Recordó cuando se lo entregó después del nacimiento de Lorna. No pasaba un día sin que disfrutara a su familia y a cada instante se enorgullecía de haber concertado la alianza de David con Wanda, ya casi cinco años atrás, porque ese acuerdo había transformado la vida de todos por completo.

-Erik – murmuró Charles, con los ojos cerrados y en medio de un bostezo -. ¿Crees que Lorna esté lo suficientemente cansada? Digo, ¿esperas que tal vez tenga ganas de que la llevemos a la cama y yo me duerma una larga siesta a su lado?

Erik rio.

-Charles, pareces Peter – bromeó y al poco rato suspiró, echando la cabeza hacia atrás -. No puedo creerlo. Peter tranquilo, sin correr, andando pausado, durmiendo todo el día y con un hijo en camino. Me parece que fue ayer cuando me sacaba de quicio con sus travesuras.

-¿Tan travieso era?

-Imagínate un niño ya de por sí inquieto, que a los nueve años descubre que tiene semejante mutación – recordó Erik con nostalgia -. Ahora que lo veo a través de los años, descubro que no era un niño incontrolable, sino que yo tenía un miedo atroz de que algo le ocurriera.

-Creo que deberías decírselo – opinó Charles ya casi dormido -. La relación entre ustedes mejoró mucho y sería bueno que supiera que te preocupabas tanto por él.

-¿De veras lo crees, Charles? – preguntó Erik.

El conde asintió ya casi dormido. Él le besó de cuenta nueva la cabeza y se entretuvo en observar el paisaje. Era increíble cuánto había extrañado el sol.

Media hora después, el coche atravesaba la avenida. David estaba cabalgando con Lorna y desde el caballo, reconocieron el carruaje. El joven jaló las riendas apurado para dejar al animal en la caballeriza y le pidió a su hermanita que entrara corriendo a despertar a Peter.

….

Tanto los hijos como los padres se alegraron de verse. Lorna no estaba cansada en absoluto pero afortunadamente a Charles se le quitó la modorra apenas vio a sus tres hijos y más tarde se retiraría a jugar con ella. Erik se conmovió al ver que su hija los esperaba con un obsequio y de inmediato reconoció el papel. Miró en dirección a Peter porque su intuición le decía que David no cometería error semejante y el joven le sonrió comprador.

-Mañana a primera hora viajaré a Dusseldorf para que el escribano redacte otra, papá.

-Así lo espero – murmuró Erik.

Charles abrazó a David y a Peter al mismo tiempo, mientras los interrogaba sobre cómo llevaban adelante el embarazo. Erik cargó a Lorna y entraron todos a la casa. Habían llegado a las doce y cuarto, justo a tiempo para disfrutar juntos del almuerzo.

…..

Una semana después, David acompañó a Charles a Dusseldorf y Erik se encerró en el despacho a trabajar. Peter se suponía que los acompañaría pero a última hora desistió y prefirió quedarse a dormir. Charles solía preocuparse de que descansara tanto pero Azazel les había asegurado que era algo natural. A algunos la preñez les daba sueño y a Peter le daba demasiado, algo normal por la cantidad de energía que su cuerpo consumía para la criatura.

Erik estaba escribiendo cuando oyó pasitos inquietos detrás de la puerta y la vocecita de su hija.

-¡Papi! – sonaba ansiosa y preocupada -. ¡Peter está llorando!

Erik guardó los papeles desordenadamente en el cajón y salió a buscarlo. Lorna lo guio hasta la terraza, donde el joven estaba sentado en el piso con la espalda apoyada contra una de las columnas de la baranda, llorando desconsoladamente. Al notar a su padre y a su hermana, sintió vergüenza porque había salido y se había refugiado allí para que nadie lo encontrase.

Erik envió a la niña adentro y se acercó a su hijo. Se agachó y quedó de cuclillas para estar a su altura.

-No me pasa nada – avisó Peter entre hipidos y secándose los ojos con los puños -. El bebé está bien y yo no estoy bien, pero estoy bien. . . No te preocupes. . . vuelve a trabajar.

-Algo te sucede, Peter – respondió su padre seriamente -. Si no te duele nada y sientes que todo está en orden, ¿por qué estás llorando? Te recuerdo que soy insistente y no me marcharé hasta que me lo digas.

-Tengo miedo – soltó y se restregó los ojos otra vez.

-Comprensible, miedo al parto – reconoció Erik y se dio cuenta de que no era mucho en lo que podía ayudar -. Charles no va a tardar en regresar. Él te quitará los miedos si ya pasó por esto. Solo quiero que sepas que – hizo silencio sin saber cómo continuar y le palmeó el hombro -. Quiero que sepas que es algo natural que sientas miedo, Peter. Es entendible.

-No le tengo miedo al parto – cortó el joven y apoyó la mano en la columna para incorporarse. Erik se aprestó a ayudarlo -. Tengo veintidós años y lloro como un chiquillo, me siento miserable.

Erik suspiró, mientras lo empujaba y sostenía hasta que el joven recobró el equilibrio. Cuando lo sintió estable recién lo soltó.

-¿No vas a decirme a qué le temes?

-A ser un pésimo padre – contestó Peter, lanzando su miedo -. Ya está, no sirvo.

Erik quiso reír pero dada la situación, entendió que no era conveniente hacerlo.

-Peter, es lo más normal creerse inadecuado para el rol de padre. A mí me pasó igual y eso que pasé cuatro veces por la misma situación: primero con Nina, luego contigo y con Wanda, después con David cuando decidí adoptarlo y no imaginas cómo me sentía cuando Lorna venía en camino – sonrió -. Es lo más normal del mundo y habla de lo responsable que eres.

-Tú no fuiste un pésimo hijo así que sabías cómo ser un buen padre – exclamó el joven.

Erik quedó inmóvil por la sorpresa y Peter aprovechó para entrar en la casa. Ya no lloraría más, se sentía patético de haber dado semejante espectáculo ante su padre y ante su pobre hermanita.

-¡Peter! – lo llamó el barón y entró detrás. Lo alcanzó en el pasillo. Peter lo vio pero no dejaba de caminar y de restregarse los párpados -. Peter, detente. ¿De dónde sacaste esa idea?

-Deja de seguirme.

-Ahora sí estás comportándote de manera inmadura – lo amonestó Erik con autoridad. El joven se sintió tocado y se detuvo -. Peter, quiero que me acompañes a mi despacho y nos encerremos allí a conversar.

-Vas a decirme que soy un hijo excelente para que me sienta mejor – protestó el muchacho. Después, suspiró, realmente no se sentía él mismo y no sabía si era por el embarazo o porque David se había marchado o por miedo a la responsabilidad paternal que lo aguardaba en pocos meses -. No sé qué me pasa. Olvídalo, padre.

-Peter – ahora Erik lo llamó con suavidad -. Te prometo que no te diré que eres un hijo excelente para que te sientas mejor, sino que quiero platicar contigo y desahogarme. Sí – le sonrió al ver su expresión de asombro -. Necesito desahogarme. ¿Me acompañarías si te pido que lo hagas por mí, para que yo me sienta mejor?

-Está bien – congenió el joven sin muchas ganas y se frotó el vientre -. Ya di un espectáculo y creo que espanté a Lorna.

Erik le sonrió y fueron juntos a encerrarse en el despacho. Se sentaron frente a la mesita donde estaba depositado el tablero de ajedrez con las piezas ubicadas de la última partida que el barón y el conde habían disputado la noche anterior.

Erik recordó lo que Charles le había aconsejado en el carruaje y se frotó la frente. Peter seguía alterado después de llorar, no era una persona a quien el llanto acosara fácilmente y se sentía aturdido. Para tranquilizarse, comenzó a jugar con las piezas que estaban junto al tablero y eran las que Charles le había quitado a Erik en el último juego.

-Nuestra relación no fue fácil, Peter, lo reconozco – inició Erik y suspiró -. Te reprochaba ser irresponsable y cometí muchas veces el error de compararte con Wanda, que es menos inquieta que tú y no me daba tantos problemas . . .

Peter hizo además de levantarse.

-Papá, realmente no tengo ganas . . .

-Peter, quiero conversar contigo en serio – el tono de su padre no era de orden sino de súplica y esto hizo que el joven permaneciera en su lugar -. Sabes que la pérdida de Nina me lastimó mucho y que aunque no se lo dijera a tu madre cuando los esperaba, yo aguardaba ansioso por otra hija. Eso no fue bueno para Wanda ni tampoco para ti – Peter pasó saliva, recordando su infancia llena de escenas de favoritismos para su hermana -. Cometí muchísimos errores y el peor fue querer que te convirtieras en un calco de quién había sido yo porque saliste demasiado parecido a tu madre, no solo en el aspecto físico sino en el corazón de oro que tienes – ahora el joven volvió a tragar pero esta vez conmovido -. Yo deseaba inculcarte mi carácter, que fueras una persona centrada en los negocios y de mente analítica, que estudiara cada situación hasta el mínimo detalle. Tú no eres así y fue una lucha interna darme cuenta de que tenías que ser tú mismo y no lo que yo proyectara en ti.

-Papá, desde hace tiempo me lo demuestras – admitió Peter -. Me das mi lugar, valoras mi opinión y estás menos severo.

-¿Por qué te consideras un pésimo hijo?

El joven sacudió la cabeza, realmente no lo tenía claro.

Erik continuó.

-A los nueve años manifestaste tu poder que era una velocidad inalcanzable. Eras un niño que tenía que manejar semejante fuerza y hacías tu mejor esfuerzo. No te lo dije nunca pero me daba cuenta cuánto luchabas por contenerte y escapar, el terror que te invadió esa vez que llegaste a Dusseldorf en cuestión de segundos y un amigo te devolvió a casa.

Peter suspiró.

-Ustedes estaban más aterrorizados que yo.

-Es cierto, tu madre quedó al borde un ataque cuando desapareciste y yo estuve a punto de abandonarlo todo, familia, empresa, todo, para salir a buscarte por el mundo.

Peter rio.

-Papá, eres un exagerado.

-¿No me crees capaz de hacerlo? – interrogó Erik y enarcó una ceja. Otra vez recordó el consejo de Charles. Cruzó las manos en las rodillas y se inclinó -. Peter, por ti hubiera dado mi vida y no estoy exagerando. Te amaba y te amo ahora tal como eres – el joven pasó saliva nuevamente y sintió un nudo atravesado en la garganta. Su padre lo notó y siguió después de un breve silencio -. Fui muy severo contigo cuando eras niño porque quería moldear tu carácter, fui estricto cuando eras adolescente porque te hacía inmaduro e irresponsable pero hay otra razón más importante, una que nunca expresé porque me la guardé para mí del miedo que tenía: estaba aterrorizado ante la idea de que algo te sucediera, Wanda era tranquila, sin ninguna mutación pero tú tenías una que podía hacerte daño.

-¿Estás diciendo que eras tan estricto por miedo a que me pasara algo malo? – preguntó el joven sin entender.

-Dijiste que tienes miedo de ser padre, imagina mi miedo al no poder cuidarte. Sentía terror de que te lastimaras, de que alguien descubriera tu mutación e intentara hacerte daño, o de que corrieras tanto y te perdieras para siempre – Erik se apretó los dedos de las manos enlazadas y bajó la cabeza -. Me sentía un inútil porque no sabía cómo protegerte. Me sentía un inútil como padre y me volvía más severo contigo porque me era severo conmigo mismo por no poder ayudarte.

-Eso quiere decir que eras tan estricto conmigo porque querías serlo contigo o no entendí – dedujo Peter tratando de comprender.

Erik se daba cuenta de que no estaba siendo claro porque no abría su corazón por completo. ¿Tanto le costaba expresarle lo que sentía? Tomó aire y levantó la cabeza para enfrentar sus ojos negros y vivaces. Su hijo lo miraba demandando una respuesta.

-Junto con Charles eres la persona más buena que he conocido: generosa, solidaria, noble y también inteligente. Pienso que no podría haber tenido un mejor hijo que tú, Peter. Adoro lo optimista que eres, me encanta cómo siempre tienes una salida para divertirnos, la forma en que te las ingenias para verle el lado luminoso a todo y nadie mejor que tú me enseñó cómo se puede respirar alegría aun en los momentos más oscuros. ¿Crees que olvidé cuando cabalgamos juntos aquella vez hace ya cinco años y me demostraste cuánto te importaba Nina? Recuerdo que te ofreciste a acompañarme a visitar su tumba y eso me hizo demasiado bien.

Peter sonrió con esa mirada fresca y pícara. Erik se alegró al notarlo y continuó.

-Yo me jacto de saber juzgar a las personas pero tú eres una de las pocas que me han sorprendido. ¿Cómo puedes dudar de ti cuando supiste plantarte y defender a David, cuando te contuviste por un tiempo para no traicionar a Wanda y esperaste mi respuesta? Peter, te amo con todo mi corazón, me llenas de orgullo cada día y si te confieso esto: el miedo que sentía por ti y mi inseguridad como padre, es porque necesito contártelo solo a ti, con nadie más me he abierto de esta manera.

-Contármelo, ¿para qué? – rio Peter -.¿Para que te consuele?

Erik lo sorprendió asintiendo con completa sinceridad.

-Vaya – suspiró el joven. No se esperaba eso -. Ahora soy yo el que no sabe qué hacer para calmarte, digo, tengo que consolarte a ti, ya lo he hecho antes pero no era por esto. ¿Me estás pidiendo que te consuele por ser inseguro como padre?

-¿Qué me dices si me das un abrazo fuerte? – propuso el barón y le extendió los brazos.

Riendo de entusiasmo, el joven se levantó y lo abrazó. Justo su barriga chocó contra la mejilla de su padre y la criatura se sacudió. Al sentirla, Peter rio con más ganas.

-Eres el mejor hijo que pudiera haber tenido – confesó Erik -. Lo digo desde el corazón.

-Lo sé – sonrió el joven y se restregó los ojos porque estaba muy emocionado -. Ahora lo sé.

Oyeron unos pasitos y brinquitos detrás de la puerta. Indefectiblemente tenía que tratarse de Lorna.

-¡Papi y Pete! – exclamó con su vocecita -. Papá y Dave ya están casa.

….

Seis meses después, Charles se movía en la cama sin poder dormir. No es que no tuviera sueño, sino que su instinto paternal le indicaba que sus hijos necesitaban su ayuda esa noche con la pequeña Luna. Sí, David y Peter habían decidido llamar Luna a su hija, el nombre en latín para el satélite terrestre. Charles no pudo más de la ansiedad y se sentó para abandonar el lecho. Sin embargo, el brazo de Erik lo retuvo y devolvió a la cama.

-Erik, siento que los niños. . .

No pudo seguir porque el barón lo acostó boca arriba y se le ubicó encima, reteniéndolo de las muñecas. Antes de que Charles protestara, comenzó a besarle el cuello y el mentón. El conde gimió, después de tantos años Erik sabía a la perfección cómo complacerlo.

-Erik – suspiró entre gemidos -. En serio, Peter y David me necesitan.

-Yo te necesito más – ronroneó Erik y le deslizó la boca a través de la piel nívea hasta atraparle el pezón izquierdo. Charles se arqueó de placer -. ¿Ves? – sonrió maliciosamente -. Nos necesitamos el uno al otro, Charles.

El conde no pudo contestar porque el barón aplastó las caderas contra las suyas y sintió su erección. Era el incentivo adecuado para que la suya comenzara a crecer. Como un relámpago recordó que estaban en la recámara de Erik y no tenían condones allí, o, al menos, eso creía.

Erik no perdió el tiempo y se incorporó rápido para sacar un preservativo del cajón de la mesa de luz. Era precavido por excelencia y ya esa tarde había conseguido uno. En medio de la oscuridad tanteó dentro del cajón hasta dar con él. Se lo colocó velozmente y regresó a ubicarse otra vez sobre su amor. Charles estaba respirando profundo, aguardando ansioso lo que seguía. Ya no se acordaba más de sus hijos ni de la criatura, solo del momento pasional que se acercaba.

Como tantas otras veces, el barón lo preparó con el ungüento y lo llenó de besos y caricias. Charles se ubicó de lado y abrazó la almohada con ambos brazos para contenerse. Erik entró lento y pausado, usando los movimientos adecuados para brindarle más placer. El conde lo tomó de la espalda y empujó para besarlo. Entre chasquidos húmedos y acariciándose con frenesí, Erik quedó ubicado en su interior y comenzó a moverse. Después de haberse amado cientos de veces, era increíble cómo aun sus cuerpos palpitaban y se excitaban en medio del acto sexual. Se conocían demasiado. Charles sabía qué posición tomar para complacerlo mientras se sacudía adentro y Erik conocía de memoria la forma adecuada de penetrarlo para llevarlo al éxtasis. Envueltos en las sensaciones desbordantes que se regalaban, los dos alcanzaron el clímax. El barón liberó su simiente dentro del condón, mientras que el conde bañaba el colchón como otras tantas veces. Erik retiró su miembro y se quitó el preservativo. Luego volvió a ubicarse sobre Charles para que se siguieran repartiendo besos y caricias.

Más tarde, se levantaron y se dieron un baño juntos. Cambiaron las sábanas y se acostaron para dormir finalmente. Charles se acurrucó sobre su amor y cerró los ojos. Erik suspiró profundo para dormir. De pronto, oyeron golpes a la puerta.

-Es Lorna – leyó Charles con un bostezo, y se levantó cansado -. Tuvo un mal sueño y necesita quedarse aquí.

Erik se vistió con un camisón largo que tenía junto a la cama, mientras que el conde recogió el suyo de una silla y se lo colocó antes de abrir la puerta.

-Ven, mi pequeño angelito – la cargó en brazos y, adormilado como estaba, cerró la puerta con el pie para volver al lecho con la niña.

Ya Erik les había hecho espacio suficiente en la cama para que la pequeña se ubicara en el medio de los dos. Charles acostó a Lorna y se acostó él, dispuesto a dormirse al fin.

No pasaron ni diez minutos y la pareja ya estaba atravesando el puente entre el sueño y la vigilia. Lorna dormía plácida y tranquila. Los despertó a los dos el llanto de un bebé.

-Te aseguro que papá sabrá cómo calmarla.

-Pero son las cuatro de la mañana, Dave. ¿No crees que vayan a querer matarnos?

-¿Y dejar huérfana a su nieta? – bromeó David.

La risa fresca de Peter inundó el espacio.

-Adelante – autorizó Erik antes de que golpearan.

La pareja de jóvenes entró, vestida con sus holgados camisones. David traía a Luna envuelta en una manta. La criatura lloraba y se sacudía y Charles se incorporó para cargarla y tranquilizarla también.

-No sabemos qué tiene – explicó David, trataba de conservar la calma para no angustiarla más. Peter estaba a su lado y comenzó a morderse la uña del pulgar, algo que había empezado a hacer cuando estaba demasiado ansioso -. Le dimos de comer y tratamos de que se durmiera pero solo llora. Quise entrar en su cabecita pero es muy pequeña aun.

-No, no trates de entrar todavía en su mente – pidió Charles, mientras la observaba y acunaba en brazos -. ¿Qué te pasa, pequeña Luna?

-Es que no lo sabemos – contestó David, frustrado -. Si ya comió y está limpia, tiene que dormirse pero llora.

Charles miró a su hijo con una sonrisa.

-Comer y dormir no es todo lo que necesita una criatura de tres meses – volteó hacia Peter -. Ven, siéntate en la punta del colchón – el joven obedeció y dejó de morderse el dedo -. Te está reclamando a ti, Peter. Solo quiere que la arrulles un rato.

Peter recibió a su hija y la meció con cariño. La pequeña se acurrucó contra su pecho y, poco a poco, se fue sosegando. Eso era todo lo que necesitaba, un poco de mimos por parte de él. Peter sonrió y después rio, enternecido. David se sentó junto a ellos y acarició el puente diminuto de la nariz de Luna.

Charles se volvió hacia Erik. Se miraron y se sonrieron. Luego bajaron la vista hacia la dormida Lorna, Charles la arropó, mientras su otro padre le quitaba mechones de la frente. Volvieron a observarse los dos y se regalaron un efusivo beso.

….

¡Hola a todos! Aquí llegamos al final de la historia. Espero que les haya gustado. Muchas gracias por su apoyo al leerla.

Un agradecimiento especial a KiKaLoBe por leer un fragmento y darme su opinión.

Muchos besos. ¡Arriba el Cherik!

Midhiel