2. Secreto
Chat Noir se desplazaba sigilosamente sobre los techos de París. Aunque no era tarde, la noche ya había caído sobre la ciudad y él lo aprovechaba a la perfección para pasar completamente desapercibido. Llegando a un oscuro y vacío callejón, aterrizó tras unos cubos de basura; un resplandor verde iluminó brevemente el lugar y Adrien Agreste salió rápidamente para entrar enseguida al edificio contiguo.
Enfundado en un conjunto deportivo, con la gorra de la sudadera cubriendo sus dorados cabellos y lentes oscuros a pesar de la hora, difícilmente alguien podría saber de quien se trataba. En la entrada deslizó una tarjeta magnética, al instante las puertas se abrieron y él se puso en marcha de inmediato, accediendo al ascensor para llegar al último piso.
—¿Ahora si me vas a decir de qué se trata todo esto chico? — Plagg se asomó desde el interior de la maleta deportiva que llevaba en la mano. —¿Por qué tanto secretismo? —
—Ehhhh… bueno, pero no te vayas a reír— la mirada del kwami le confirmó que no prometía nada. Con un suspiro, añadió —¿Recuerdas aquella vez que nos atacó Sandboy?
—Ajá—.
Ese día, las peores pesadillas de Adrien y Chat Noir se habían vuelto realidad juntó con las de todas las personas de París. Dinosaurios, monstruos, explosiones, cubos de basura, había visto de todo… Incluso una versión bastante terrorífica de sí mismo -aún seguía preguntándose quién podría ser la persona que tuviera pesadillas con él-.
Cuando todo terminó no pudo volver a dormir tan fácilmente, su cerebro estaba bastante excitado con todo el alboroto. Así que, cuando su alarma sonó esa mañana, ni siquiera la escuchó. Para cuando una nerviosa Nathalie había entrado a su habitación a despertarlo, ya iba muy retrasado, apenas si tuvo tiempo de arreglarse, tomar un café y salir corriendo.
A la hora del almuerzo, se dio cuenta que había olvidado el suyo en su apuro por llegar a tiempo. Cualquier otra ocasión no hubiera tenido problema, pero ese día moría de hambre. Pensó en pedirle un poco a Nino para aguantar hasta la hora de la comida, pero su mejor amigo había decidido no despegarse de su novia en toda la mañana y Adrien consideró que no sería muy amable de su parte interrumpirlos.
Con el estómago rugiendo, se sentó en una banca a pensar en sus opciones. Realmente no tenía tanta confianza con sus demás compañeros como para pedirles compartir su comida. Y a pesar de que tenía en su poder una tarjeta de crédito - con un límite demasiado alto - en ese momento le era tan inservible como incomible. Llevaba un poco de camembert para Plagg pero no creía poder comérselo, tanto tiempo soportando el aroma le había provocado una fuerte aversión al dichoso queso. Suspirando, dejó caer la cabeza sobre sus manos y cerró los ojos.
—Adrien, ¿estás bien? — la voz de Marinette lo sacó de sus cavilaciones.
—Hola Marinette. Claro, ¿por qué lo preguntas?—
—Oh, es que, no te ves muy animado que digamos. — Los ojos azules de su compañera reflejaban un poco de preocupación. El sonrió para mostrarle que no pasaba nada.
—No te preocupes, estoy muy b…— no pudo completar la oración porque, justo en ese momento, su estómago le recordó ruidosamente que definitivamente no estaba bien. Un enorme sonrojo cubrió sus mejillas mientras Marinette trataba – infructuosamente – de no reírse.
—Olvidé el almuerzo. Y con todo el alboroto de anoche no dormí bien, se me hizo tarde y no pude desayunar. — Le contó a su amiga sintiéndose cada vez más miserable, cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¿Tú tampoco dormiste bien? — preguntó Marinette mientras un delicioso aroma inundaba sus fosas nasales. Abrió los ojos al sentir que ella ponía algo sobre su regazo. Ella le extendió un par de cubiertos, con una sonrisa.
—Marinette, no te molestes, no podría dejarte sin comer. —
Ella le sonrió dulcemente, invitándolo a probar.
—No es molestia, siempre preparó un poco más para compartir con Alya, pero como puedes ver, hoy está muy ocupada. — señaló hacia donde el par de tórtolos.
—¿Tú preparaste esto, Marinette? ¡Es delicioso! — Adrien rápidamente terminó con todo, realmente tenía hambre. Además, la comida de su amiga era muy diferente a lo que él habitualmente comía. Preguntándose cuáles serían las pesadillas de ella, le contó las suyas mientras compartían el almuerzo. Al terminar, le agradeció una y otra vez mientras ella se abochornaba un poco.
Después de ese día, ella siempre llevaba algo extra para él. Siempre. Cada día. Y él era feliz comiendo todo lo que ella preparaba. Ya tenía sus platillos favoritos y descuidadamente dejaba caer comentarios sobre lo que se le antojaba para que ella lo llevara al día siguiente. A veces se sentía mal pensando que se aprovechaba de la amistad de Marinette, pero entonces ella intentaba alguna nueva receta y se ponía tan feliz cuando él le daba su aprobación…
Pero no todo podía ser miel como hojuelas. Unos días antes había tenido sesión de fotos. Tenía que modelar un conjunto aprobado algunas semanas atrás que por un motivo u otro no habían podido utilizar. El terror se apoderó de Adrien cuando notó que los botones de la camisa no cerraban.
—No, no, no, esto está muy mal— el pantalón tampoco quería cooperar.
Aguantando la respiración, logró abrochar el pantalón, pero no pudo hacer nada con la camisa. Estaba muerto. Salió a explicar lo sucedido tratando de fingir un poco, mientras se le ocurría alguna explicación medianamente creíble. Afortunadamente Nathalie había salido en su ayuda sin querer.
—Estás creciendo Adrien, obviamente no podemos esperar casi un mes sin usar prendas que están confeccionadas a la medida. Informaré a tu padre para que lo ajusten —.
Ufff, se había salvado. Sin embargo, tenía que encontrar una solución al problema. Al parecer todo el ejercicio que hacía combatiendo akumas no era suficiente, así que tendría que hacer un esfuerzo extra equilibrando su ya apretada agenda. Y mantenerlo lo más lejos posible del conocimiento de su padre. Total, que más daba un secreto más a su larga lista.
—¿Y no sería más fácil que le dijeras a Marinette que ya no te lleve nada? — Preguntó el pequeño ser de la destrucción, con la solución más lógica para él.
—¿Qué? ¿Y dejar de comer las delicias que Marinette prepara? Por supuesto que no, Plagg.—
Justo en ese instante, las puertas de le elevador se abrieron, Plagg se volvió a ocultar en la maleta y Adrien salió rumbo al gimnasio en el que se había inscrito. Porque hay cosas por las que vale la pena hacer ciertos sacrificios.
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Mientras tanto, en la casa de los Dupain-Cheng.
—Mira Tikki esta nueva receta. Estoy segura de que le gustará a Adrien— una sonriente Marinette le enseñaba unas fotos a su kwami.
—Marinette, ¿si conoces ese dicho que dice "el amor entra por el estómago"?—
—¿Qué dices Tikki?—
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Notas de la autora.
Una pequeña historia más. Hice algunas correcciones con los enormes errores del capítulo anterior. Creo que quedó más decente.
Necesito que ya sea sábado jejeje.
Muchas gracias por leer, por el follow y el fav ^_^
Hasta la próxima!
