The deal.
– Trato hecho -

—¡Hola, Nathaniel!—

Esa mañana no podía ir peor.

—Ehhh… hola Marinette.— Cuando el pelirrojo volteó, la hermosa sonrisa de la chica lo sacó de balance. Cualquier otro día no hubiese tenido ningún problema con verla, pero justo hoy…

—Te veo en la clase— añadió ella saludándolo con la mano para después encaminarse al salón.

Él sintió que el alma regresaba a su cuerpo, ella sólo estaba siendo amable. ¿Por qué justo ese día tenía que encontrársela tan cerca? Regresó a su casillero de nuevo, pero no había caso. Lo había sacado todo, lo había vuelto a meter, y eso no aparecía por ningún lado.

El saludo de Marinette lo había puesto en tensión. Definitivamente no quería que fuera ella quien lo encontrara.

Siempre se decía a sí mismo que lo de Marinette había pasado ya, que ahora Ladybug ocupaba el espacio en su corazón en dónde antes había estado su compañera de clases. Y las pocas personas cercanas a él tenían esa idea. Sus dibujos ahora estaban totalmente dedicados a la heroína de traje rojo.

Un clavo saca a otro clavo, dicen.

Además, era más fácil manejar en su cabeza la idea de que alguien como Ladybug no podría fijarse en él. Pensar en Marinette rechazándolo era algo que no podía soportar, y esa era justo la realidad.

Porque era obvio que ella estaba totalmente perdida por Adrien Agreste; algo que todo el mundo sabía. Bueno, todo el mundo menos el aludido. Sus compañeros se reían constantemente de lo despistado que podía ser a veces el rubio. Era demasiado inocente, por no decirle de otro modo.

Sin embargo, Nathaniel no estaba de acuerdo con sus compañeros; observador como era, no había tardado mucho en darse cuenta. Agreste siempre estaba cerca de Marinette. Siempre. Atrás de ella, al lado de ella, enfrente de ella. Admirándola. Justo como él. Sólo que el modelo no se conformaba simplemente con verla y había ido más allá de lo que Nathaniel se hubiera atrevido jamás.

Y se sorprendía bastante de que Marinette no hubiera caído en cuenta del modo en que Agreste siempre buscaba contacto con ella; de forma disimulada o de manera más abierta. A veces pensaba que tal vez ni siquiera el mismo rubio lo había notado.

Por eso había decidido retirarse de una batalla que sabía perdida de antemano y se había enfocado en la chica de rojo. Pero cuando era sincero consigo mismo llegaba a la conclusión de que estaba totalmente perdido, porque ahora había dos clavos enterrados en el mismo sitio. Y eso que no podía encontrar era la única prueba de su tormento.

—¿Buscabas esto, Kurtzberg?— una voz lo sacó de sus pensamientos.

Genial. Frente a él estaba la otra persona que no quería que se enterara de sus secretos.

—¿Dónde lo encontraste, Agreste?— Preguntó de vuelta, tomándolo ansiosamente en sus manos.

—Literalmente cayó sobre mi cabeza en el receso.—

Por supuesto. Había tropezado con Kim en el pasillo y las cosas de ambos habían salido volando.

—¿Cuánto quieres por él?—

La pregunta del rubio lo sorprendió.

—¿Lo viste? No está a la venta. — Un intenso sonrojo había cubierto sus mejillas. Él odiaba cuando eso pasaba porque Alix decía que así lucía igual que un tomate.

—Tenía que verlo para saber quién era el dueño. Debo admitir que me sorprendió bastante. Eres una gran artista.—

Realmente era una situación extraña. Ellos no se llevaban bien, definitivamente no eran amigos y dudaba mucho que algún día lo fueran, pero al parecer tenían más de una cosa en común. Qué él alabara su talento hacía las cosas aún más raras.

—Gracias.— Dijo revisando rápidamente que todo en su cuaderno de bocetos estuviera en orden.

Porque ese elegante cuaderno negro era en donde plasmaba las ideas que luego convertía en pinturas. Y cuando alguna salía justo como quería, anexaba una fotografía al lado para llevar una especie de registro. Y aunque había dibujos de todo, un par de temas se repetían constantemente y las protagonistas eran las musas que llevaba clavadas en el corazón.

Por ese motivo nunca le había enseñado ese cuaderno a nadie, esa era la razón por la cual nunca sacaba ese cuaderno de su casa. Y justo el día que se le ocurría llevarlo con él…

— En verdad es una lástima que no esté a la venta. Pero entonces, ¿podrías hacer trabajos por comisión?—

Nathaniel abrió los ojos con sorpresa, nunca la habían pedido hacer pinturas por encargo. Definitivamente las cosas se estaban poniendo muy raras.

— Tendrías que esperar. Agoté todo mi material y mis fondos en el cómic que hice con Marc.— Eso era cierto, y no creía que hubiera una ganancia pronto; dedicarse al arte nunca había sido una actividad muy redituable. Suspiró tristemente.

—Bueno, creo que tengo una idea que nos podría beneficiar a los dos. — Los ojos de Agreste brillaron con decisión. —Yo podría ser tu mecenas—.

Era oficial. El día de hoy había caído en un universo paralelo y surreal. Justo frente a él tenía la oportunidad con la que todo artista soñaba alguna vez.

—Yo… —

—Piénsalo bien Kurtzberg, no tendrías que volver a sufrir por la falta de material y podrías enfocarte totalmente en tu creatividad, sólo tengo algunas condiciones. Para empezar nadie, absolutamente nadie, debe saber quién te patrocina. Quiero elegir dos pinturas para mí, una de cada modelo, tú decides cuales puedo escoger. La tercera es que me tienes que mostrar las nuevas obras que vayas haciendo. Y la última, pero la más importante, ellas no pueden saber nada sobre este acuerdo. —

—Vaya, ¿te da miedo que Ladybug nos pateé el trasero?—

Una sonrisa de suficiencia surgió en los labios del rubio antes de contestarle.

—Oh, estimado amigo, te aseguro que en verdad no te gustaría ver a Ladybug enojada. Pero no, eso no me preocupa, ella puede patearnos el trasero tanto como desee sin que ninguno pueda hacer nada para evitarlo. En realidad, creo que estarás de acuerdo conmigo en que Marinette no debe verse involucrada en esto por ningún motivo; ella no debe salir afectada por culpa de dos idiotas que no pueden controlarse. —

La sonrisa de Adrien se ensancho aún más. Nathaniel pensó que lucía justo como un gato relamiéndose antes de devorar a su presa.

—¿Entonces es un trato? — el rubio le extendió una mano.

No, definitivamente no tenía nada de inocente, o idiota, como los demás creían.

—Es un trato— contestó al fin.

Esperando no arrepentirse en un futuro, estrechó su mano para cerrar el acuerdo, dio media vuelta y emprendió el camino rumbo al salón de clases.