Tom
—Vámonos— dijo en un tono un tanto apagado mientras subía al auto. A pesar de que no dijo nada como era su costumbre, la mirada de su guardaespaldas mostraba claramente la pregunta.
—Estoy muy cansado y en los vestidores hay mucha gente. Me cambiaré en mi habitación. —
Adrien se acomodó en el asiento con el uniforme de esgrima aún puesto, sin importarle si el hombre parecido a un gorila había creído en sus palabras o no. Pero, mientras su ánimo se iba en picada con cada segundo que pasaba, sólo pudo reconocer que la verdad es que había salido huyendo del lugar.
Se estaba celebrando un importante torneo en el cual estaba participando como uno de los mejores en su categoría. Por supuesto que había informado a su padre y lo había invitado a asistir. Y aunque se esperaba la respuesta, realmente le había dolido bastante.
—No tengo tiempo para ir a ver cosas sin importancia. Estaré ahí en la final. Y sabes que es lo menos que puedo esperar de ti — había dicho con el mismo tono frio y desinteresado de costumbre.
—Si, padre—.
Llevaba ya varios encuentros en los que había ganado realmente sin hacer mucho esfuerzo, pero en vez de sentirse satisfecho lo que cada vez lo llenaba más era la soledad. Mientras veía como todos aquellos a los que iba dejando atrás en las preliminares eran recibidos con abrazos, sonrisas, una felicitación y palabras de aliento a pesar del fracaso; él estaba solo. Las lágrimas amenazaban con empezar a salir.
Y entonces la vio.
—Detente un momento, por favor — pidió.
Salió del auto y entró a la panadería de los padres de su mejor amiga. Pensando que, tal vez en ese momento, algo dulce podría eliminar el amargo sabor que se iba acumulando en sus entrañas.
—¡Hola, muchacho! — El vozarrón afectuoso del padre de Marinette lo recibió alegremente. —Pasa, pasa, ¿qué quieres llevar hoy? ¡Marinette, Marinette! Ven a ver quien está aquí— unas cuantas palabras y su animo se empezaba a levantar.
—¡Adrien! ¿Cómo estás? ¿Por qué traes el uniforme de esgrima? ¿Quieres comer algo? — Una sonrojada Marinette se había acercado a saludar.
—Hola, Marinette, madame Dupain–Cheng, Monsieur Dupain— saludó más animado.
—Oh, dime Tom nada más muchacho. Pero anda, come algo. —
Y así, entre pregunta y pregunta, comiendo un poco de esto y de aquello, les había contado del torneo y como había pasado clasificado en el primer lugar a las rondas finales. De algún extraño modo, Tom Dupain se había auto invitado a acompañarlo en los siguientes encuentros y Madam Dupain–Cheng lo había mandado de vuelta a casa con un delicioso pastel para celebrar.
De esta manera los siguientes encuentros del torneo estuvieron acompañados de los animados gritos de Tom y las tímidas sonrisas de Marinette que trataba de controlar el entusiasmo de su padre sin éxito alguno. Adrien no podía negar que eso lo había ayudado subiendo sus ánimos nuevamente; y lo habían empujado a llegar a la ronda final. No quería decepcionar a Tom sabiendo que, cada vez que estaba ahí para apoyarlo, madame Sabine se quedaba sola a cargo de la panadería. Sólo una vez había faltado a un encuentro por un pedido urgente, pero había enviado a Marinette y, al terminar el encuentro, lo había recibido con gran alboroto pidiéndole cada detalle de lo que había pasado.
Había llegado a la final sin demasiado problema, al día siguiente tendría que enfrentarse a Kagami como había esperado desde el inicio del torneo. Tocó la puerta del despacho de su padre pidiendo permiso para entrar.
—¿Es algo urgente? En este momento estoy muy ocupado, Adrien — ni siquiera había despegado los ojos de la pantalla para verlo.
—N... no es nada padre, perdón — antes de salir, dejó la invitación para la final sobre el escritorio y salió sin decir una palabra más.
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Al día siguiente, muy temprano, Nathalie entró al despacho de Monsieur Agreste y se sorprendió de encontrarlo ahí.
—Señor, ¿no iba a acompañar hoy a Adrien a la final del torneo de esgrima? — preguntó, confundida.
—¿Qué? Él no me dijo nada al respecto — empezó a decir cuando sus ojos encontraron la invitación sobre su escritorio. —¿Él ya salió? — la respuesta de su asistente fue afirmativa.
Cuando llegaron al lugar la mayoría de los asientos estaban ocupados. El barullo era bastante alto, pero sobresalían los animados comentarios de un hombretón sentado en primera fila.
—Nuestro muchacho no tendrá ningún problema en ganar, ya los verás Marinette. —
Gabriel Agreste alcanzó a distinguir la menuda figura de la compañera de Adrien, Marinette Dupain-Cheng. Se sorprendió bastante, no sabía que ella tuviera un hermano; pero estaba seguro de que no estaría a la altura de su hijo.
—Nathalie, ¿quién es el oponente de Adrien?—
—Es Kagami Tsurugi— la respuesta de su asistente lo confundió.
—¿La heredera de los Tsurugi? Pero entonces de quién…—
En ese momento, los finalistas salieron para enfrentarse y las dudas de Monsieur Agreste quedaron resueltas al escuchar los alegres gritos del hombre mientras Adrien se sonrojaba y sonreía tímidamente.
—¡Adrieeeenn, tu puedes!—
—Papá, contrólate un poco—.
El combate fue bastante intenso y emocionante, pero Adrien poco a poco fue dejando atrás a Kagami hasta que dio la estocada definitiva.
—¡Lo lograste! ¡Te dije que lo harías bien! ¡Vamos a la casa a celebrar! — Tom, Marinette y madame Dupain–Cheng se acercaron para felicitarlo mientras Tom lo levantaba en brazos lleno de alegría.
Adrien se notaba un poco abochornado pero feliz, no se veía incómodo para nada ante las muestras de afecto. Gabriel Agreste se levantó del asiento.
—Nathalie, es hora de irnos.—
—Pero señor, ¿no va a…? —
—Tenemos trabajo que hacer— cortó rápidamente. Ni una sola vez la mirada de Adrien lo había buscado en la multitud.
Esa noche, Hawk Moth envió un terrible akuma que fue muy difícil vencer.
