Bajo el cielo de París
La luna brillaba en lo alto.
Ella llegó a su habitación, deshaciendo rápidamente la transformación mientras intentaba sacar ese sentimiento de lo más profundo de su corazón. A su lado, la pequeña kwami comía en silencio mientras la observaba discretamente, sabía que no era prudente interrumpir en este momento.
Si tan sólo pudiera decirle.
La mirada de Marinette se concentró en una fotografía, la única que seguía pegada en su pared de él. Porque todo sería más sencillo si fuera él, ¿verdad?
Él, con su radiante sonrisa que hacía palpitar su corazón. Él, con esa mirada que hacía estremecer su ser cada vez que la atravesaba. Él, cuya voz provocaba suspiros cuando se dirigía a ella. Él, con esa piel tan suave que ya había podido acariciar con sus labios, aunque solo fuera una vez. Él, que parecía iluminar su mundo entero tan solo con su presencia.
Ella sabía que no había nada entre ellos, lo sabía tan bien que a veces incluso dolía respirar; sin embargo, no podía sacarlo de su corazón. Lo había intentado. Muchas veces. Pero bastaba una sola de esas sonrisas acompañada de su nombre en sus labios y su corazón volvía a saltar por él.
Y le dolía saber que, por más que quisiera, no podía corresponder a ese amor tan sincero que su compañero sentía por ella. En verdad le dolía. Porque ella sabía muy bien lo que era un amor no correspondido.
La luna brillaba en lo alto.
En su habitación, él dejaba escapar todo su dolor en las lágrimas que se escapan sin control. Encerrado en el baño, sentado en el suelo, sintiendo cómo se hundía en su miseria mientras escondía la cabeza entre sus brazos, intentando apaciguar los sonidos de agonía que se escapan de su corazón.
Porque antes había una llama de esperanza. Antes de esa noche se había permitido creer, creer que alguna vez lo lograría y sus sentimientos serían correspondidos. Poco a poco la conquistaría. Pero esa noche toda esperanza se había extinguido. Ella no sentía nada por él. Nunca lo haría.
Del otro lado de la puerta, el kwami de la destrucción no podía dejar de sentirse inquieto, conociendo perfectamente lo frágil que era su corazón. Incluso podría jurar que había escuchado el momento exacto en que se había roto en mil pedazos.
Si tan sólo pudiera decirle.
La luna brilla en lo alto.
Bajo el cielo de París, dos corazones latían con fuerza al unísono sin saber que sus latidos se dirigían en la misma dirección.
