.Vals.

Dio un par de pasos y procuró no tambalearse, pero tuvo que apoyarse en las barras de acero que había a cada lado de su cuerpo a la altura de la cadera, que ya le habían salvado un par de veces de estrellarse contra el piso.

Yamato bufó molesto pero no se quejó en voz alta. Las enfermeras a su alrededor lo incentivaban a que continuara con sus intentos. Llevaba una semana recuperandose poco a poco y todos le decían que ya se estaba esforzando bastante como para enojarse con sus piernas en recuperación.

El accidente le había enseñado muchas cosas. Aunque maldijera cada una de sus heridas, aunque detestara cada demora que le hacía permanecer aún en ese hospital, no podía negar que a pesar del dolor su vida había hecho un gran giro y las cosas que antes solían preocuparle parecían estupideces ahora.

Los chicos de su banda, que pese al éxito en el que se movían habían presentado muchas diferencias con él en los últimos tiempos -incluso habían considerado seriamente separarse como grupo e iniciar sus carreras solistas- estaban muy diferentes ante la nueva situación. Como muchas veces ocurre, la posibilidad de que Yamato muriera había generado un cambio sumamente positivo en el grupo, porque ahora entendían que los problemas que pudieran presentarse era por no haber hablado sinceramente de sus diferencias. Todos habían madurado y era notorio como la relación había mutado hacia algo sumamente positivo, donde hablaban abiertamete de sus miedos, sus dudas y sus enojos. Había aparecido una clase de respeto muy diferente, en la que la opinión del otro era muy escuchada y tenida en cuenta. En definitiva todo marchaba genial, solo hacía falta que Yamato se recuperara totalmente para volver a las giras.

O no.

Porque otra carta había aparecido en juego. Sora estaba de visita por allí casi a diario, solía ir por las mañanas a hacerle compañía dado que a esa hora sus padres trabajaban y su hermano descansaba en su departamento por haberse quedado con él durante la noche en el hospital. Ella a veces llevaba su cello y tocaba algo a pedido de él, no en vano ambos amaban las notas graves. Yamato había echado mucho de menos a la pelirroja y a su vez ahora veía con otros ojos su propia estupidez y el orgullo que le habían hecho mucho daño a la joven. Era hora de plantearse otras cosas, ya no era un adolescente encandilado por un éxito rápidamente alcanzado, ya debía dejar de hacer el tonto consigo mismo y con ella, porque era eso lo que le había llevado a la ruina.

Ahora, mientras se esforzaba por estimular los músculos de sus piernas que ya estaban casi recuperadas, pensaba en todas las veces que había deseado terminar las giras para volver a Japón y verla. Su visión por aquel entonces era bien distinta. Sora era su capricho personal y se había empeñado todos esos años en retenerla a su lado, de un modo infantil y muy egoísta, sin llegar a ver todo el sufrimiento que le ocasionaba a ella o a sí mismo, porque eso era algo que hacía poco comenzaba a comprender.

Ese dolor, que venía arrastrando de su infancia, de los largos años en los que sus padres estuvieron divorciados, habían creado en él un sentimiento de culpa y una necesidad de autodestrucción.

En todas esas heridas no sanadas residía esa necesidad de seducir y dejar ir una y otra vez a Sora, y por supuesto algo había en ella que permitía que él actuara así. Por eso cuando ese último año se encontró con la negativa directa de la pelirroja no había sabido sobrellevarlo. Por primera vez se había sentido inmensamente solo. Por primera vez había entendido que solo quería hacerse daño a sí mismo, y a su vez ella no estaría dispuesta a volver a soportarlo. Fue una respuesta tajante e intentó de mil formas que ella se retractara, pero la chica no cedía. Aunque lloraba de tristeza ella seguía rechazándolo.

No se arrepentía de lo que había sucedido luego cuando tuvieron el accidente con el coche que los atropelló. Por supuesto que habría muerto por ella, porque sentía que nada en su vida estaría bien sintièndose tan solo.

Recordaba aquellas palabras de su hermano, pocos días después de haber salido del profundo estado de coma en el que había estado.

"Ella se merece vivir feliz, y también tú, pero quizás esa felicidad no sea posible estando juntos"

Takeru tenía mucha razón. Además le había comentado todo lo que ella había hecho luego de ser asistida por primera vez en el hospital, disculpándose con su familia por el problema causado.

Era tan típico de ella. Casi podía ver la escena ante sus ojos.

Luego estaba el hecho de que había despertado del coma cuando ella fue a hablarle por primera vez.

Uno de los médicos que lo trataban le había dicho que muchas veces las personas salían de ese estado cuando escuchaban algo que necesitaban oír, lo cual era muy cierto en el caso de Yamato, pues todo lo que había querido en los instantes previos al accidente había sido conseguir hablar con ella.

Así que con esos pensamientos pudo sentirse un poco mejor. Quizás no estaba todo tan perdido como pensaba.

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Hikari caminaba por la acera bastante tranquila. A su lado iba Ken, el esposo de Miyako, sargento policía en la prefectura de Tokio y que ya desde hacía un par de semanas era su "guardaespaldas".

Takeru solo había realizado una llamada aquella noche del concierto de Koushiro, luego de que Hikari se quedara dormida había conversado brevemente con su amiga y al día siguiente el oficial ya había tomado el caso, ocupándose personalmente de vigilar a la chica castaña mientras que todo el equipo bajo su mando había intervenido teléfonos y analizaba todos los datos para dar con el paradero de Kobayashi.

Ella no llegaba a sentirse del todo cómoda con la situación pero era lo mejor que podían hacer.

Kyo había hecho un par de amenazas telefónicas y luego de enviar algunas cartas llenas de violencia habían conseguido que le cerraran las fronteras del país, de modo que no podría salir de Japón.

La carrera era contra el tiempo para hallarlo cuanto antes y tenerlo más controlado.

Muy pronto Hikari viajaría a Berlín a hacer ese concierto que tenía pactado con la orquesta sinfónica de aquella ciudad y manejaba la idea de establecerse allí durante un tiempo.

La Waseda estaba al tanto de la situación y amablemente había logrado posponer por tiempo indefinido los conciertos con ella hasta que estuviera a salvo, no estaban dispuestos a poner en riesgo a todos los músicos y el público por aquel demente. Aunque sí quedaba pendiente un concierto para el cual ya habían ensayado y Hikari se rehusó a cancelarlo, era lo mínimo que podía hacer por todas esas personas que tanta felicidad le habían traído ese último año.

El único que no estaba muy conforme con todo eso era Takeru.

Hikari no podía culparlo, había salido con chicos que se habían esfumado tras conocer el turbio pasado de ella, sin embargo él había hecho muchísimo por la joven. Solo que no sabía cuanto podría soportarlo. Las amenazas de Kyo también le involucraban a él e incluso habían descubierto al ex novio de la chica husmeando por el vecindario del rubio, por lo que también el violinista era escoltado desde lejos.

Con estos pensamientos entró al auditorio para el ensayo general del último concierto que tocaría con la Waseda antes de partir hacia Berlín.

Ingresó al lugar y allí vio a la Orquesta reducida. Es que se trataba del concierto número cinco de Mozart para violín y orquesta, que contiene menos instrumentos de los que utilizan otros compositores, quizás porque ese genio musical contaba con menos recursos en aquella época en la que componía sus obras maestras.

Dos oboes, dos trompas y muchos instrumentos de cuerda, eran los grandes protagonistas.

Se ubicó junto a Sora y comenzaron con el ensayo general. Se notaba cierta tensión en el ambiente, pero cuando se giró unos instantes para mirar hacia la orquesta, ver a Takeru la tranquilizó, más aún cuando sus miradas se encontraron y él le sonrió cariñosamente.

Todo iba a estar bien.

Cuando el ensayo finalizó, ella comenzó a guardar su instrumento con cuidado sin prestar mucha atención a su alrededor. Mozart siempre lograba un repentino cambio positivo de su humor automáticamente.

Takeru la esperaba a unos metros de distancia mientras conversaba con Sora. Hikari lo observó en silencio con una sonrisa. Él era tan atento con ella que a veces se sentía culpable de no poder ser una chica sin esa vida tan agitada. Sentía que él merecía alguien sin tantas complicaciones. Pero él aún así no se alejaba de su lado. Se volvió a repetir esa frase que ya era como un rezo diario para ella. "Todo va a estar bien".

Ken se le acercó en ese momento.

-Iré a buscar el coche y te dejaré en casa de Takeru, ¿si?

Ella asintió. Eran los planes para aquel día.

Se encontró con la pelirroja y el rubio, que seguían ajenos a ella, charlando alegremente.

Había que ver lo bien que ellos se llevaban. Hikari se sentía muy feliz por su amiga, hacía tanto tiempo que no la veía sonreír así. Sabía que estaba reconectándose con ella misma y que Yamato estaba demasiado cambiado para con ella como para que ambos desaprovecharan la oportunidad de dejar en claro las cosas entre ellos, soltando el pasado y viviendo lo que tuviera que llegar.

Le dio pena interrumpirlos pero Sora simplemente se excusó diciendo que tenía que ir al hospital.

Así que se dirigieron a la puerta del auditorio y aguardaron a que llegara Ken en su coche, hecho que no tardó en suceder.

El viaje transcurrió en silencio hasta que Ken habló.

-Las cámaras externas del teatro han registrado la presencia de Kobayashi algunas noches. Las autoridades estuvieron de acuerdo en que este sea tu último ensayo aquí antes del concierto de la próxima semana.

Hikari asintió. Por experiencia había aprendido a obedecer lo que la policía decidiera para ella.

Llegaron en silencio al complejo de edificios en los que vivía Takeru, que por ese entonces estaba muy callado y simplemente se despidió de Ken cuando descendió del coche.

Subieron en silencio las escaleras y entraron al departamento del chico, que observó cómo ella se quitaba los zapatos y lo miraba expectante con sus hermosos ojos castaños.

Takeru respiró hondo unos instantes y dio un paso hacia ella para rodearla con sus brazos y hundir su rostro en el perfumado cabello de la joven. Hikari, sin saber mucho cómo reaccionar debido a lo repentino del gesto, simplemente le rodeó la cintura con sus brazos.

-¿Cómo estás? -Takeru se lo preguntó al oído, aún sin soltarla. Se le escuchaba angustiado.

-Yo… bien. Dentro de lo que se puede estar bien. Pero es gracias a ti, me has dado mucha tranquilidad.

Él se separó un poco de ella, soltando lentamente el abrazo para simplemente apoyar sus manos en los hombros de Hikari sin dejar de mirarla con intensidad.

-¿Sabes que me gustas demasiado y no pienso dejarte sola?

Ella se ruborizó y asintió con sus ojos llenos de lágrimas.

-Te quiero. - Takeru abrió mucho los ojos ante las palabras de ella, porque eran dichas con seguridad y no cabía ni un atisbo de duda en aquellos labios que las pronunciaron. Ahora fue él quien se ruborizó lentamente y le sonrió.

-¿Cuando se te ocurrió pensar que yo no te quiero a tí también?

Ella echó sus brazos alrededor del cuello de él y le besó con intensidad, con todo su amor y agradecimiento contenidos durante días.

Takeru respondió aquel beso con la misma intensidad. ¿Qué podía resultar mal de aquello? Ese amor era tan sincero y puro que le hacía sentir invencible.

Ambos estaban con un deseo creciente y sus cuerpos ya comenzaban a expresar todo lo que no habían podido decir durante ese tiempo.

Ella se separó con suavidad y lo observó con sus mejillas encendidas por la cercanía. Takeru se sonrió encantado por la situación y tomó la mano de la chica para guiarla hasta su habitación.

A diferencia de otras veces, el contacto fue suave y muy cuidado. Takeru se tomó el tiempo para besar cada centímetro del rostro de la chica, a la vez que sus manos acariciaban con delicadeza las curvas de la castaña. Ella, con los ojos cerrados se deleitaba recorriendo el cuerpo del chico disftutando del contacto de ambas pieles, a la vez que sus delicadas manos rozaban la espalda de él.

A medida que la temperatura de la escena subía, las prendas de vestir comenzaron a estorbar. Hikari se incorporó con dificultad porque Takeru estaba sobre ella y le quitó la camisa sin dejar de besarlo, mientras él simplemente la observaba y la dejaba hacer. Le encantaba que fuera ella quien tomara la iniciativa.

Él se ocupo de darle un suave empujón para dejarla acostada y comenzó a desabrochar la camisa rosa que vestía, a la vez que besaba sus labios y descendía por el cuello hacia su pecho. Todo el recorrido con besos suaves y certeros, que hacían que ella suspirara de a ratos. Era hermoso estar juntos así, simplemente brindándose el uno al otro sin restricciones. Allí ningún miedo se interponía entre ellos y ningún pasado traumático tenía sentido, pues allí estaban a salvo.

Hicieron el amor con delicadeza, explorándose mutuamente con besos y caricias, redescubriendo la sensibilidad de sus pieles y conociendo nuevos estímulos.

Hikari nunca se había sentido tan protegida, usualmente se sentía muy insegura con su cuerpo, prefería la intimidad a oscuras porque no soportaba la mirada de los hombres sobre su cuerpo delgado, sobre sus costillas y clavículas marcadas, ni sobre sus pechos pequeños, y lo que quizás más la traumatizaba: sus cicatrices.

Con Takeru todo era diferente. Él era benevolente y dulce, y no dejaba de besar cada centímetro de piel de la castaña. No dejaba de observarla seductoramente mientras ella por fin lograba brindarse en todo su esplendor, sin estúpidos juicios hacia su cuerpo.

Cuando sus respiraciones comenzaron a agitarse más, los cuerpos respondieron con mayor intensidad. El ritmo se aceleró y ya no hubo delicadeza, necesitaban más de esa creciente fuerza que les enviaban sus respectivos corazones acelerados.

Fue como alcanzar el cielo a la vez, ya con las pieles empapadas, y con sonrisas iguales y llenas de picardía y satisfacción. Takeru se dejó caer al lado de la chica mientras escuchaba las dos respiraciones acompasándose poco a poco. La miró de reojo y descubrió sorprendido que ella se limpiaba unas pocas lágrimas, que provocaron en él la necesidad de incorporarse y apoyarse sobre un costado y el codo para observarla mejor.

-¿Te sientes bien?

Ella asintió en silencio mientras borraba aquel surco húmedo sobre sus mejillas.

-Si. Es que… es la primera vez que de verdad me hacen sentir amada y respetada. No me hagas caso.

Takeru le acarició la mejilla con la mano libre y le sonrió.

-Acostúmbrate. Así es como sé amar yo.

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