Título: Eternity.
Resumen: Para Kagome Higurashi, InuYasha era todo un misterio. Sin embargo, no le importaba lo que él fuera, por qué diablos había estado atado a un árbol o qué sería lo que el futuro les depararía. Si había algo de lo que estaba absolutamente segura es que nadie podría separarlos, aún si tenía que aferrarse con uñas y dientes a este hombre con unas extrañas —pero fascinantes— orejas de perro. [AU].
Disclaimer: Ninguno de los personajes que encontraréis aquí me pertenecen. La trama, por otro lado, sí es enteramente mía.
¡Espero que os guste!
Nota antes de empezar: Esta historia empecé a publicarle entre el 10-21-18 y el 02-09-19. Debidos a problemas de inspiración (y tiempo) tuve que dejarla en pausa, pero mi intención es volver a retomarla (soy una chica de palabra), editando los capítulos ya escritos (no cambiaré mucho con respecto a la trama argumental, más bien me centraré en la ortografía y estilo), y una vez llegue a donde me quedé, continuaré publicando.
Prólogo.
Kagome, 14 años.
·
—¡Kagome! ¡Kagome, ven, mira, corre!
Resoplando, la mencionada cerró la botella de agua que había estado llenado en el río que discurría en la montaña cercana al templo de su abuelo y se incorporó. La guardó en la mochila amarilla que llevaba mientras buscaba a su hermano pequeño con la mirada pero siendo él tan escurridizo y con tantos árboles a su alrededor, no podía verlo.
—¿Dónde estás, Souta?— alzó la voz.
—¡Aquí! ¡Ven, date prisa!
Su voz se escuchaba por la derecha, detrás de unas enormes rocas, así que se dirigió hacia allí, bordeándolas por el camino. Tan solo tuvo que andar unos pasos más antes de que entre los árboles se encontrara al niño, que estaba mirando un punto fijo delante suya como si hubiera visto un ovni o un extraterrestre aterrizara pocos pasos de él. Curiosa, siguió la dirección de su mirada y…
Oh, Dios, era… eso era…
¡Imposible!
Los ojos castaños de la joven se abrieron como platos por la incredulidad, con la mandíbula siguiendo el mismo camino, prácticamente desencajada.
Pero es que…
No podía ser posible que… no podía estar viendo a un hombre atado a un árbol con una ramas.
Sus pupilas recorrieron la escena, todavía con la mente trabajando a gran velocidad para poder asimilarla, y estas se detuvieron momentáneamente en la espesa melena albina del individuo... y en las dos orejitas perrunas que las coronaba. No, no, no podía estar viendo eso.
Era una simple ilusión. Debía ser por todo el tiempo que habían estado los dos expuesto al sol de esa cálida mañana de verano.
Tenía que ser eso.
—¿Tú crees que está...?
Souta no terminó la frase, ni tampoco hizo falta que lo hiciera porque su tono hablaba por sí solo. Kagome sintió los vellos ponérsele de punta y su cuerpo actuó solo cuando dio un paso hacia delante, como si algo la estuvieran llamando.
—Debemos irnos...— susurró, no obstante.
¡Por Dios, su hermano tenía 8 años! Si a ella le resultaba escalofriante esa imagen, ¿cómo sería para él?
—Pero ¿vamos a dejarlo ahí? ¿No vamos a ayudarlo?
No supo cómo fue posible, pero consiguió apartar la mirada del desconocido para observar a Souta con la expresión desencajada, preguntándose qué tornillo debía habérsele caído para hacer semejante proposición.
—¡¿Cómo podríamos ayudarlo?!— ...si está muerto, quiso terminar la frase, pero esta se quedó atascada en su garganta.
En realidad, pensó fríamente, lo que tenían que hacer era avisar a su madre y llamar a la policía para que recogieran el cuerpo.
El cuerpo.
Se estremeció de los pies a la cabeza ante ese pensamiento.
—¡No está muerto!— sacudió la cabeza el pequeño y entonces lo señaló— ¡Mira! ¿Es que no lo ves? ¡Sus orejas se mueven!
A Kagome le costó girarse para mirarlo una segunda vez, pero cuando lo hizo, tuvo que parpadear un par de veces antes de descubrir que era cierto y que no solo era un producto de su mente. Esas orejas (unas que deberían de haber sido un mero adorno, pues no podían ser físicamente posibles) sufrían de un ligero temblor, como si estuvieran captando todo el sonido posible a su alrededor.
Un extraño sentimiento empezó a tomar forma en su pecho, algo cálido y tenebroso, que conseguía ponerla de los nervios, pero a la vez le causaba una cierta quietud, y, de nuevo, sus pies se movieron solos al dar otro paso.
¿Estaba vivo?
¿Qué le había pasado? ¿Quién era? ¿Estaba soñando?
—Kagome, ¿qué...?
Cuando se quiso dar cuenta, sus piernas la habían llevado hacia las raíces del enorme árbol. Levantó la mirada para poder verlo y se quedó sin aliento.
De cerca, podía definir perfectamente cada uno de sus rasgos.
Era un chico, de unos 19 o 20 años. Llevaba un holgado traje de color rojo fuego divido en pantalones y camisa. Aunque no se ceñía al cuerpo, Kagome podía apreciar los músculos de los brazos bajo la ropa y estaba segura de que algo así tan solo se podía conseguir por el trabajo diario. Tenía el cabello largo y blanco, llegándole por la mitad de su espalda. Su mentón estaba bien perfilado, con unos labios gruesos y una nariz ligeramente ladeada, al igual que si hubiera sido golpeada y recolocada muchas veces. No podía ver sus ojos, pues estaban cerrados, pero algo en ella se los imaginaba brillantes e intensos. No podía ser de otra manera para un hombre como él.
Con solo eso, el… desconocido podía hacerse pasar por un ser humano normal y corriente... pero esas orejas -¡sí, esas orejas perrunas!- se encontraban ahí, moviéndose incansablemente. Y eso sí que no era algo normal.
—¡Kagome, no subas!— oyó la voz de su hermano acercándose.
—Espera ahí, Souta. No te acerques. Necesito comprobar una cosa— le indicó frunciendo el ceño.
Aunque una parte de ella deseaba dar media vuelta y salir huyendo de allí con su hermano a como diera lugar, había otra, una vocecilla muy, muy pequeñita en su cabeza, que le pedía que investigara solo un poco más, pues lo que tenía delante de sus ojos no podía ser cierto. Seguro que era un disfraz muy bien hecho, y sus orejas verdaderas estaban bien escondidas entre los mechones de cabello albino.
—¡Pero Kagome...!
Ignoró la voz, subiéndose a las enormes raíces y la muchacha sintió como sus pulmones dejaban de funcionar por un instante al verlo tan de cerca. Era un hombre apuesto e imponente, tenía que reconocerlo; casi parecía que venía de otro mundo...
Lentamente extendió una de sus manos, tragando saliva por el nerviosismo, y creyó que el corazón iba a salirse por la boca cuando tocó esa textura peluda, tierna y cálida con la yema de sus dedos.
No, no, no podía ser...
Eran muy reales.
De pronto, unos ojos dorados se abrieron al mundo. Como si hubiera sabido en todo momento dónde se encontraba ella, estos la miraron intensamente y, entonces, Kagome, de nuevo, esa voz en su cabeza:
«Te encontraré».
Importante de mi nota anterior:
En caso de cualquier duda, ellos se encuentran en la época actual, donde se desarrollará en general la trama. Kagome no ha viajado al pasado ni tampoco vive con su abuelos en el templo familiar. Sin embargo, no os preocupéis, a pesar de todo, llegaremos a ver a nuestro medio demonio en plena acción. I promise.
/
Ahora: Sí, lo sé, he tardado mil años en volver pero ya avisé que pasaría un tiempo lejos, ya que estoy (sobreviviendo) en mi último año de universidad, y hasta ahora no me he sentido lo suficiente tranquila como para sentir que puedo tener una cierta estabilidad en actualizaciones.
¡Espero que siga habiendo gente esperándome! D:
