—Entonces, ¿nos vemos después?— comentó Eri mientras se colocaba el primer zapato.

Yuka, siempre la primera en terminar, resopló asintiendo varias veces.

—Sí, sí, lo hacemos todos los viernes, no hay nada nuevo. Ahora... ¿puedes darte prisa, por favor?— le instó— Mamá me ha dicho que tengo que llegar rápido a casa.

—Vale, vale, mandona— rió Eri por la mueca de enfado que puso la joven. Se acomodó los zapatos por última vez, dándole golpes con la puntera al suelo, y finalmente se despidió de las dos chicas restantes— Hasta la tarde, chicas. Será mejor que me vaya si no quiero que el dragón empiece a echar fuego por la boca.

—Ja, ja— puso Yuka los ojos en blanco— ¡Hasta luego, Ayumi, Kagome!

—¡Adiós!— respondieron las mencionadas escondiendo las sonrisas divertidas que querían salir de sus labios.

—Estas dos nunca cambiarán— comentó Ayumi cerrando su casillero, ya sí, con una curvatura en sus labios.

—Entonces dejarían de ser ellas.

Junto a los demás adolescentes, ambas chicas salieron del enorme edificio del instituto solo que a un paso más tranquilo. Iban charlando sobre los exámenes que aún les quedaban por hacer y no dejaban de darse ánimo mutuamente. La vida del estudiante podía ser difícil y pesada.

—¡Higurashi!

La mencionada se detuvo, cuestionándose quién la estaba llamando, y lanzándole una mirada confundida a Ayumi, se dio la vuelta. Un chico de pelo castaño y unos bonitos ojos marrones se estaba acercando a ella. En sus labios, se encontraba la sonrisa por la que la mayor parte del sector estudiantil se sentía atraída.

—Vaya, Hojo, ¿qué ocurre?— le sonrió con cortesía.

Aún le incomodaba un poco su presencia, pues desde un tiempo atrás, el chico se estaba mostrando más abierto con las muestras de afecto respecto a ella. Y Kagome no era tonta. Sabía que a ese chico le gustaba, sin embargo, ese sentimiento no era correspondido por lo que, aunque no le gustaba comportarse mal con él porque era un buen chico, tampoco quería darle falsas esperanzas.

—Toma, el profesor Kimoto me dio esto para que lo repartiera entre las distintas clases— de su mochila sacó un par de folios.

Kagome los cogió, un poco contrariada.

—Vale, uhm, Hojo, pero yo no soy la delegada de mi clases...

—Sí, bueno, pero me dijo que cuanto antes lo repartiera mejor. Y como has sido tú la primera a la que he visto...— frunció el ceño ligeramente— No te importa, ¿no? Si es así, me espero y...

—No, no, no pasa nada— se apresuró a sonreírle para quitarle importancia. Agradeció en ese momento que Yuka y Eri se hubieran ido antes, porque sino sabía que tendría que estar aguantándolas más tarde. Aunque la mirada de Ayumi puesta en ella tampoco es que fuera de mucha ayuda— No te preocupes, yo se lo daré a Momiji.

—Genial. Por cierto, ya que estoy... Mi padre me ha dado dos entradas para...

¡Oh, no, otra vez!, gimió en su cabeza, lanzándole un rápido vistazo a su amiga para que la ayudara.

—Kagome, ¿no crees que deberías irte ya?— inquirió, de pronto, Ayumi, cortando lo que estaba diciendo el chico— Oh, lo siento, Hojo, no quería ser irrespetuosa, pero están esperando a Kagome y parece ser importante. ¿Estabas diciendo algo?— De las cuatro, Ayumi siempre era la más reservada y tímida a la hora de relacionarse, pero cuando se necesitaba estaba ahí para que hiciera falta. Y es que la mirada de inocencia que le lanzaba al joven mientras este abría y cerraba la boca sin saber que decir, era de lo más creíble.

—Uhm, no, bueno sí... pero...

Kagome le lanzó una fugaz sonrisa a su amiga y dándole un rápido abrazo, se despidió después con un movimiento de manos del chico.

—Tranquilo, yo me encargo de esto— alzó los papeles que todavía sostenía en la mano— ¡Nos vemos, Hojo!

Y sin esperar a más, se dio la vuelta, no vaya a ser que el chico empezara a hablarle otra vez y esta vez no tuviera una escusa para terminar de oír esa frase que llevaba posponiendo durante mucho tiempo. Hojo era un buen chico, a ella le caía bien, sin embargo, no llegaba a imaginar que su relación pasara a algo más que compañeros de instituto, incluso si se apuraba, amigos. Y eso era algo que no sabía muy bien como hacérselo bien sin ser mala.

Ahogó un suspiro que quería salir de sus labios.

—Niña.

Notando su corazón aumentar de velocidad, sus ojos se alzaron y una sonrisa se escapó de sus labios cuando se encontró a la ya familiar figura recostada en el muro que bordeaba al instituto. Tenía las manos escondida en los bolsillos de sus vaqueros, sus músculos estaban bien marcados por la apretada camiseta blanca y debajo de la visera de la gorra que siempre llevaba asomaban los iris dorados más impresionante que nunca antes había visto. Aquellos que la habían hipnotizado desde la primera vez que los vio.

—Hola, InuYasha— las comisuras de sus labios se alzaron un poco más, encaminándose a él.

—Tardaste.

Advirtió la mirada que le echaba de arriba a abajo, minuciosamente, asegurándose de que estuviera bien, algo a lo que estaba ya familiarizada cuando se reencontraban después de un tiempo separados, como podía ser las clases. Intentó ignorar con fuerzas el cosquilleo que asoló su estómago.

—Lo siento, me entretuve un poco— llegó a su altura y suspirando, guardó los papeles en la mochila con cuidado de no doblarlos. Parecían ser algo de dirección e importantes— Bueno, ¿no vamos?

—Tu madre me ha pedido algo antes de que saliera— comentó mientras andaban uno al lado del otro. Kagome retuvo el impulso de acercarse a su costado. Sabía lo poco que le gustaba el contacto humano.

—¿Mmm?

—Quiere que vayamos al mercado. Me ha dado el dinero y la lista— sacó el papelito de su bolsillo y se lo tendió a ella. Kagome observó divertida la mueca que hacía con sus labios.

—Pues habrá que ir. No te preocupes, no es mucho. En menos de una hora estaremos en casa— le echó una ojeada a las cosas apuntadas.

De pronto, sintió un tirón en el hombro y cuando alzó la mirada sorprendida se encontró con que le habían quitado la mochila, y que además, en su común postura de indiferencia, miraba a todos lados menos a ella.

Una sonrisa floreció en sus labios.

—Vamos, anda.

·

—¡Mamá, llegamos!— exclamó abriendo las puertas del apartamento y dejando pasar al chico cargado de bolsas y su mochila, que aún no la había dejado coger de vuelta.

—¡Bienvenidos, chicos!— se oyó su voz lejana, por lo que Kagome supuso que se encontraba en la cocina, su lugar favorito de la casa.

Después de cerrar la puerta, dejó que InuYasha siguiera hasta la cocina mientras ella se dirigía a su habitación para dejar la mochila (por fin en sus manos). Por el camino pasó por el salón y se encontró a un entusiasmado Souta jugando a la consola, quien no dejaba de hablar solo y moverse de un lado para otro.

—¡Ahí, ahí, ahí! ¡Muere, zombie! ¡Já, no podéis contra mi! ¡Hola, Kago...! ¡Cuidado! ¡¿Qué?! ¡¿Creías que podías conmigo?! ¡Pues toma esto!

Sacudiendo la cabeza ante tan familiar escena, lo saludó de vuelta, aunque supo que no había sido oída.

—¡Ay, que bien!— comentó su madre, en voz alta y seguramente para ella, mientras la joven caminaba hacia la cocina— La carne estaba en oferta y estos pimientos parecen estar frescos... mmm, que buena pinta...

—Toma, aquí tienes la vuelta, mamá— le metió el dinero en el bolsillo del delantal, pasando por su lado, pues sabía que si intentaba dárselo en la mano no lo cogería.

Se dirigió hacia el grifo y echándose agua en un vaso, se apoyó posteriormente en la encimera y empezó a beber. Por encima del vaso, vio a InuYasha sentado en una de las sillas que rodeaban la mesa donde comían, con su gorra de béisbol favorita descansando frente a él en la superficie de la mesa. Se estaba pasando una mano por el pelo albino que se encontraba en la parte superior de la cabeza, acomodándolo bien... y sus ojos achocolatados ya no pudieron alejarse de aquella parte de su cuerpo que tanto le atraía y fascinaba.

Sus dos orejitas de perro que no dejaban de moverse.

—...gome!

Parpadeó para salir de su estupor y cuando los penetrantes ojos de él se desviaron para mirarla, curioso, sintió sus mejillas arder.

—¿Sí, mamá?— se dio la vuelta y dejó el recipiente en el fregadero.

—¿Saldrás esta tarde?

—Sí. He quedado con las chicas en el Wacdonal. No llegaré muy tarde, tengo que estudiar para la semana que viene.

Su mirada se encontró con la de su madre y al leer el orgullo que sentía por ella, la emocionó mucho.

—Te esfuerzas demasiado, cariño. No importa que por un día...

—¡Ah, ah!— subió las manos, en un claro gesto de que no debía continuar hablando— Mamá, ya lo hemos hablado. Quedan poco para los exámenes finales, después, cuando acabe, podré divertirme todo lo que quiera.

Entonces, se fijó en el reloj analógico que descansaba por encima de la puerta.

—Y me voy yendo ya que llego tarde. Vendré a cenar, ¿vale?— le dio un beso en la mejilla a su madre y después se acercó a InuYasha para darle otro, sus dedos perdiéndose momentáneamente en su cabellera— No hace falta que vengas luego a buscarme, ¿sí? Prometo no llegar tarde.

—¡Keh!— creyó ver sus mejillas sonrosarse, lo que hizo que su sonrisa aumentara.

InuYasha podía comportarse como si no le importara nada, de forma hosca respecto al contacto o incluso a una cercanía emocional mayor de lo que él había establecido, pero ella sabía, después de tanto tiempo conviviendo con él, que en el fondo le gustaban esa alegría y comodidad que ella llegaba a proporcionarle.

Y Kagome estaba más que dispuesta a dársela. Sin importar las millones de preguntas que asaltaban su mente desde la primera vez que lo vio, porque sabía que algún día, él estaría preparado a contarle todo lo que deseaba saber.

·

Llevándose una mano a la boca, escondió el bostezo que acabó por salir. Se restregó los ojos y su cansada mente agradeció el pequeño descanso que obtuvo.

—Deberías ir a dormir.

No se sorprendió por la voz que se escuchó en el silencio de la habitación. Aunque InuYasha dormía en su propio futón junto a la cama de su hermano Souta, muchas noches se las pasaba en su habitación haciéndole compañía mientras ella se quedaba hasta las tantas de la madrugada estudiando. Era un buen compañero pues este no hacía mucho ruido y cuando ella se tomaba sus descansos podían charlar de forma amena, ayudándola a despejar su cabeza. Sin embargo, había también momentos como aquellos no dejaba de incordiarla.

—Solo un poco más— repitió por décima vez en la noche.

Tan solo le quedaban 3 páginas para acabar el tema. Ella también deseaba acabar ya, no necesitaba que él estuviera diciéndoselo una y otra vez, pero el deber estaba primero. Y si había tenido tiempo de ir a divertirse con sus amigas, también lo tendría para estudiar.

—Kagome...

—Tan solo 15 minutos más, por favor, InuYasha.

—Pero ¿no ves que estás reventada, niña? Son casi las 3 de la mañana, lo que tienes que hacer es dormir y mañana será otro día.

—Y también sería un día menos para el examen— replicó ella, volviendo a coger el subrayador amarillo— No pasa nada, InuYasha, ahora mismo acabo.

Como contestación obtuvo un bufido seguido de su particular "¡keh!". Sonriendo en su interior, siguió con renovados ánimos. Le encantaba ver como él se preocupaba por ella.

—¡Terminé!— celebró, intentando modular la voz para no despertar a los demás de la casa. Levantó los brazos por encima de su cabeza y estiró el cuerpo, intentando destensar así sus rígidos músculos después de tanto tiempo en una misma posición—Ah, por fin...

Cerró los libros y cuadernos, le puso el capuchón a los bolígrafos y subrayadores usados, y ya sí, se levantó de la silla giratoria. Caminó hacia su cama y se sentó junto a un enfurruñado InuYasha, el cual no dejaba de mirarla ceño fruncido.

—Oh, venga, InuYasha...— apoyó la espalda en la pared, imitando la posición de él, solo que él tenía las piernas y brazos cruzados mientras que ella no— Pronto pasará.

—Algún día de estos te caerás del sueño. No es posible dormir tan poco, te hace mal.

Tranquiiilo— curvó sus labios mirándolo— Nunca he sido muy dormilona, esto no es nada. Para el fin de semana que viene me pasaré todo el día durmiendo, ¿vale?

El ceño de él se pobló aún más de arrugas y sus orejitas de movieron en su dirección.

Sus ojos las siguieron e imposible de retener las ganas, una mano de la joven se subió hasta rozar levemente una de ellas.

Desde el primer momento que sus ojos se clavaron en él, Kagome supo que InuYasha no era una persona normal, un humano. Ya fuera por lo que se podía apreciar a simple vista: sus orejas caninas o las afiladas garras en sus manos, como también su forma de comportarse: tan terco, huraño y... antiguo. Es decir, ni si quiera sabía lo que era una televisión, un teléfono, ¡un coche! la primera vez que los vio. Parecía como si ante él había un mundo completamente nuevo y diferente, el cual iba explorando. Después de casi tres año, se había llegado a acostumbrar a ese mundo y más o menos parecía entenderlo, pero aun así muchas veces lo sentía: como se crispaba cuando un coche pasaba a su lado, la tensión en su cuerpo cuando viajaban en el metro, la fascinación al ver la tele, su curiosidad cuando el teléfono empezaba a vibrar y a sonar encima de la mesa...

Y es por eso que Kagome se hacía preguntas: ¿Quién era él? ¿Qué hacía amarrado a un árbol? ¿Por qué tenía... esas orejas? ¿Qué era?

Sin embargo, estas no parecían tener respuesta. O más bien, InuYasha no quería dárselas.

Cada vez que le preguntaba lo más mínimo, este rehuía como si el mismísimo Diablo se hubiera presentado ante él. Así que Kagome había aprendido a esconder su curiosidad, a evitar que InuYasha se sintiera incómodo... pero había veces como esas, que no podía evitarlo. Su cuerpo actuaba solo.

Cuando sus dedos rozaron la suave textura, sintió como el cuerpo de él se estremecía. Oh, cielos, era tan suavito... Realmente tenía el mismo tacto que la de un perrito. ¡Y ella amaba tanto esos animales!

—¿Qué... h-haces?— musitó InuYasha en voz baja y la joven se paralizó momentáneamente de la sorpresa al ver que él no se alejara como si quemara. Aunque su cuerpo estaba rígido, no perecía haber movido ni un músculo.

—Desde que las vi he querido tocarlas— respondió y cuando se quiso dar cuenta, se había apoyado en sus rodillas con el cuerpo en dirección al muchacho para llegar a ellas mejor— Son muy suaves...

Lo escuchó mascullar algo por lo bajo que no llegó a comprender.

—¿Te molesta?

Obtuvo la misma respuesta.

Sonriendo para ella, se obligó a dejarlas (con la firme promesa que ya tendía otra oportunidad para explorarlas mejor) para rodear el cuello de él con sus brazos. Lo sintió tensarse más de lo que estaba y de nuevo, temió que huyera de ella.

—No sé por qué no dejas que te toquemos— empezó a decir en un murmullo— No debes temer o huir de nosotros, InuYasha, no vamos a hacerte nada. ¿Que tus orejas son raras? Un poco, no te lo voy negar, pero, ¿y qué? No me importa lo que seas, y a mamá y a Souta tampoco, lo sabes. Eres parte de nuestra familia desde que te encontramos en aquel momento— sus dedos se metieron en su cabellera albina, otro rasgo que también le llamaba la atención pues era demasiado joven para tener ese color y encima tan largo— Tan solo tienes que tener cuidado de que los demás no vean tus... peculiaridades. Aunque si eso llega a pasar, no dejaré que nadie te haga daño, te lo juro. Te protegeré.

—¿Tú? ¿A mi?— replicó él pero aunque quiso que sus palabras se tiñeran de burla, esta fue ahogada por una ronquera en la voz. Ella supo que sus palabras le habían llegado y eso la hizo profundamente feliz.

Después de muchísimo tiempo intentándolo, sentía a InuYasha más cerca que nunca.

—Claro. Tú lo haces conmigo, ¿no? ¿Por qué no puedo hacerlo yo contigo?

Una mano serpenteó por su cintura y Kagome sintió un retortijón en el estómago cuando el chico pegó su cuerpo al de ella.

—Qué tonta eres, niña.

Kagome pudo leer entre lineas. A ella se le daba bien, sobre todo con él que decía una de cada cuatro palabras que en realidad quería expresar.

InuYasha era todo un misterio para ella, pero también una de las personas más importante de su vida. Y daba igual lo que él fuera, de dónde viniera o cuál sería el futuro que les depararía. Si había algo de lo que estaba absolutamente segura es que nadie podría separarlos, aún si tenía que aferrarse con uñas y dientes a este hombre.


Pues aquí está el primer capítulo, donde vemos un poco como es la relación y vivencia de nuestros personajes.

¿Qué os ha parecido esta primera toma de contacto?

Me gustaría deciros que estoy muy muy ilusionada con la historia y espero que os guste tanto como me gusta a mi mientras la voy escribiendo, enamorándome y maldiciendo a la misma vez que los personajes.

¡Nos leemos pronto!