¿Hola?

Silencio.

Sé que mamá me ha dicho que no debería haber salido de noche, pero papá no ha vuelto. Y estoy preocupada.

Me dijo que iría al mercado, que como mucho serían dos días... pero ya han pasado cinco. Y mamá no quería decirme que pasaba.

¿Dónde estás, papá?

Mamá ya no es como antes. Ya no sonríe, ya no juega conmigo, a veces se le olvida hacer la comida... y yo paso hambre, mucha hambre, porque no quiero molestarla. Ella llora. Mucho. Y a mi me duele verla así.

Ha cambiado desde que te fuiste. ¿Por qué no has venido? Tengo miedo de que te haya pasado algo. Sé que me dijiste que tengo que ser una niña fuera y valiente. Así que eso voy a ser.

Me he escapado de casa y he ido a buscarte.

Aunque ahora no soy valiente. Tengo miedo, mucho miedo. El bosque de noche es muy oscuro y hay ruidos que me ponen nerviosa. Quiero volver a casa, lo siento papá, pero tengo miedo.

Pero no sé donde estoy.

Estoy perdida.

Lloro.

¡Papá! ¡Papá!

Escucho a las hojas moverse. Me pego aún más al tronco del árbol. ¿Quién es? ¿Qué es? Quiero estar en mi casa. Mamá, ven, sálvame. Papá, vuelve.

Entonces algo aparece y yo chillo. Porque sé que viene a por mi. Porque sé que quiere comerme.

¡NOOO!

Ya no veo nada.

Sintiendo como el corazón estaba a punto de salirse del pecho, Kagome abrió los ojos mientras se despertaba de sopetón. Se llevó una mano al pecho con las lágrimas acumulándose en los ojos y tuvo que hacer uso de todo su fuerza para no terminar sollozando.

Ese sueño había sido tan... real.

¿Quién es esa niña? ¿Por qué sueña con eso? Ella no podía ser. Desde siempre había vivido en la ciudad, sin ningún bosque a su alrededor salvo cuando iba a visitar a sus abuelos, y su padre murió por un accidente automovilísticos dos años después de que naciera Souta. Ella lo recuerda.

¿Por qué no deja de soñar con eso? Desde unas semanas atrás, parecía que cada vez que cerraba los ojos, su mente se teletransportaba a la mente de esa niña, haciéndola vivir su vida.

¿Por qué? ¿Qué significaba?

No lo sabía. Pero una parte de ella estaba asustada, muy asustada.

¿Es que se estaba volviendo loca?

·

—¡Acabamos!

Un suspiro generalizado salió de los labios del grupo de amigas justo antes de que llegaran a traerles su pedido. Después, entusiasmadas, se dispusieron a coger sus hamburguesas y su ración de patatas fritas. Toda una delicia.

—Y pensar que ahora vienen las vacaciones de verano— sonrió Yuka antes de darle un mordisco.

—Nos lo merecemos. Tres meses por delante para no hacer nada— asintió entusiasmada Eri.

¿Nada?— rió Ayumi— ¿No tenéis pensado hacer nada? Yo creo que me apuntaré a un curso por Internet de idioma.

—Ayumi, cielo, ¿sabes el significado de la palabra vacaciones?— puso los ojos en blanco Eri— ¡Disfrútalas un poco!

—¡Pues claro! Mi familia y yo nos vamos a ir tres semanas de crucero por las Islas Griegas— presumió Yuka con las consecuentes exclamaciones de envidia de sus amigas.

—¡Qué guay!— refunfuñó Eri— Yo creo que iré a visitar a mis abuelos del pueblo. Por lo menos tienen una casa grande y una piscina porque sino...

—¿Y tú, Kagome? ¿Qué piensas hacer?

Sin embargo, no obtuvieron contestación. La mencionada se encontraba mordisqueando la punta de una patata, con la mirada perdida en otra parte y el ceño ligeramente fruncido. Sus amigas se miraron entre ellas.

—¡Eh, Kagome!

Nada.

Yuka, cruzando su mirado con Eri, curvó sus labios y antes de pensarlo, cogió un par de patatas de su paquete y con gran puntería, se las tiró al rostro de su despistada amiga. Esta, parpadeando al volver en sí, las miró frunciendo el ceño.

—Pero, ¿qué haces, Yuka?

—Una manera eficaz de hacerte bajar de tu nube, soñadora— respondió esta, con las risitas de las demás de fondo— ¿En qué estabas pensando?

Los labios de la joven se apretaron en una fina linea. Nunca le había dicho a nadie de sus escalofriantes sueños, ni si quiera a InuYasha, y ahora no pensaba romperlo. Además, no quería que sus amigas la miraran como si necesitara encerrarse en un psiquiátrico.

Sin embargo, durante un segundo, su determinación flaqueó cuando vio el brillo que apareció de pronto en los ojos de dos de sus amigas. Oh, no...

—¿No será, tal vez, en un apuesto chico de nuestro año?— inquirió alzando sus cejas Eri.

—Claro, uno al cual llaman Hojo— secundó Yuka.

Ayumi puso los ojos en blanco cuando observó la mueca que se formó en los labios de Kagome.

—Hoy estaba muy apesadumbrado cuando se ha despedido, Kagome. ¿Has pensado en llamarlo este verano? Lo harías muy feliz.

—Yuka, ¿cuántas veces tengo que decirlo? No quiero nada con Hojo— resopló, dándole un mordisco a su hamburguesa.

—Pero hacéis muy buena pareja— insistió la chica— Es el mejor de la promoción de los chicos y tú de las chicas. Seríais como los reyes de las series americanas, solo que en vez de popularidad, intelectualmente hablando. Y todo el mundo sabe que esos dos terminan juntos. ¡Es ley de vida!

—No todas— musitó Ayumi en voz no muy alta, como quien no quiere la cosa. Sintió la mirada de sus amigas en ella y cuando alzó la suya se encontró con las dagas visuales de parte de Yuka y Eri y la clemencia por parte de Kagome. Sonrió levemente y se encogió de hombros— En otras, la chica queda con su mejor amigo, aquel siempre la ha cuidado y apoyado.

Eri desechó esa idea con la mano como si fuera ridícula.

—Ayumi, es igual que la comparación chico malo y chico bueno. Todo el mundo sabe con quién acaba la chica.

—Pero Hojo no es precisamente el chico malo— replicó esta.

—Da igual. La cuestión era que se entendiera el punto.

Y entonces, frente a sus narices, se formó una disputa.

Desde el primer momento que Yuka y Eri descubrieron los sentimientos del joven, no había día en el que no lanzaran insinuaciones hacia ella, por más que ella insistiera una y otra vez que no pasaría nada. Ayumi, por otro lado, parecía escucharla y era la única que la defendía en esas conversaciones.

Sin embargo, Kagome ya se había cansado de siempre repetir lo mismo, así que terminó dejando que sus amigas dijeran lo que quisieran. Total, la que tenía la última palabra después de todo para decidir era ella, ¿no?

Ella no es que renegara de amor ni nada de eso. Es más, siempre soñó con la idea de encontrar a una persona que la quisiera igual que sus padres o sus abuelos se quisieron. Pero le parecía absurda la idea que simplemente por ser los mejores de su promoción sus amigas pensaran que hubiera un estúpido hilo del destino que "les ordenaba" estar juntos. ¿Qué rayos significaba eso? Además, puestos a elegir, prefería mil veces lo propuesto por Ayumi: el mejor amigo que siempre la ha cuidado y apoyado.

Y a ella tan solo se le ocurría una persona que encajaba con esa descripción.

Sintiendo sus mejillas de pronto ardiendo, rápidamente sacudió la cabeza. ¡No! Esos pensamientos eran tontos e inútiles. InuYasha jamás pensaría en ella de esa manera. La veía como una niña, algo que no dejaba de repetírselo constantemente con ese dichoso apodo. Y tampoco debían olvidar ese enorme interrogante que había sobre la figura del chico. Miles de preguntas que formular y aún encontraba las respuestas muy lejanas...

—¡Pero, Ayumi, tiene sentido!— exclamó Eri, alzando la voz un poco más de la cuenta.

Viendo que su tranquila comida podía convertirse en un campo de batalla, Kagome decidió intervenir.

—¡Chicas, vale!— las fulminó con la mirada. Ayumi apretó los labios en una linea mientras las otras dos apartaban la mirada— No le veo ningún sentido a que estéis discutiendo por mi vida amorosa, ¿no creéis?

—Somos tus amigas— refunfuñó Yuka.

—Y os quiero como tal, pero no podéis obligarme a algo que no quiero, ¿verdad?

Ambas hicieron una mueca. Tenía razón y no podían rebatirlo.

—Solo nos preocupamos por ti, Kagome. Nunca has salido con ningún chico...

Uhm, bien, denme en la cara con mi nula lista de novios, amigas, replicó sarcástica en su mente.

Suspiró.

—Prometo que si un chico me gusta, vosotras seréis las primera en saberlo, ¿vale?

Tarde supo que esa promesa tal vez no podría cumplirse porque sus amigas no conocían la existencia de InuYasha.

·

—¿Dónde está...?— tarareó la joven perdida en sus pensamientos. Sus ojos se deslizaron por los frigoríficos con puertas transparentes y una sonrisa se formó en sus labios cuando divisó lo que quería—¡Aquí! Y justo hay cuatro, ¡qué suerte!

Rápidamente cogió los cuatro helados que quedaban y se dirigió a la caja para pagarlos.

Ya se había despedido de sus amigas, prometiéndose que volverían a verse antes de que cada una se fuera con su familia por ahí, y por el camino de vuelta, pensando que le había sobrado parte del dinero que le había dado su madre, decidió pararse en el supermercado que quedaba de camino a su casa para comprar helados para todos. Su hermano llevaba tiempo diciendo que ya era época de comerlos y no dejaba de quejarse de forma insoportable.

Giró uno de los pasillos y sus ojos se abrieron cuando vio toda la gente que había en la cola. ¡Pero si cuando llegó apenas había gente!

Resopló para ella poniéndose detrás del último y su mirada se desvió hacia el exterior. Ya estaba anocheciendo...

Le había dicho a InuYasha que tampoco hacía falta que fuera a buscarla ese día porque no volvería tarde. Estaba cansada después de varias semanas estudiando sin parar, que lo único que deseaba ella era coger su cama y no soltarla en años. Ahora, si se retrasaba más de la cuenta, él se preocuparía y se enfadaría mucho.

Maldijo por lo bajo mientras en su mente instaba a los demás clientes darse prisa. Algo que no sirvió de nada, para su desgracia.

¡20 minutos!

¡Casi 20 minutos había tardado en comprar los dichosos helados! Aunque sabía que no era precisamente su culpa, el hecho de que una mujer mayor (con sonrisa amable y dulce) se había equivocado tres veces y había tenido que volver a descambiar los alimentos la había retrasado bastante.

Después de pagar los yenes necesarios, le lanzó una sonrisa de agradecimiento a la cajera y con la bolsa en la mano salió del supermercado.

Genial, como se temía, ya se había hecho de noche.

InuYasha iba a matarla.

Menos mal que había pocas calles hasta su apartamento.

Suspirando, emprendió el camino. Apenas había gente en la calle y eso consiguió ponerle un poco nerviosa. Sabía que no le pasaría nada, nunca había ocurrido en sus 17 años, pero acostumbrada como estaba a la presencia de InuYasha junto a ella, ahora que estaba sola una extrañan sensación de incomodidad se había adueñado de su ser.

Apresuró el paso inconscientemente y sus pupilas escanearon la calle por la que pasaba.

Fue entonces cuando de refilón le pareció ver una sombra en una de las bocacalles y su corazón dejó de latir por un segundo. Ladeó el rostro inconscientemente, asegurándose de si lo que había visto era verdad o no, pero cuando miró en esa dirección no había nadie.

¿Se lo había imaginado o realmente habría allí alguien?

—Niña.

Kagome chilló por la sorpresa cuando escuchó la voz cercana a ella, pues no había oído ruido alguno de aproximación. Llevándose una mano al pecho se giró para encontrarse con un ceñudo InuYasha mirándola con los brazos cruzados. Ante la reacción de la muchacha se formaron aún más arrugas y dio un paso hacia ella, extendido tentativamente las manos.

—Oye, ¿qué...?

—¡InuYasha!

Sin pensarlo siquiera, corrió hacia el cuerpo del chico y su rostro se estrelló contra el cuerpo de él. Se aferró a su ropa como si fuera su salvavidas en medio de una tormenta.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?— oyó preguntarle, sus brazos enrollándose en su cintura.

Cuando el aroma de él entró por sus fosas nasales, cuando sus brazos la rodearon, sintió como el miedo en ella iba disminuyendo paulatinamente. Con él, nada podría pasarle. Estaba segura. Estaba a salvo. Todo había sido su imaginación.

—No... no es nada— musitó después de un tiempo en silencio.

—¿De verdad?— insistió no muy conforme.

—Sí— no quería, se estaba demasiado bien en aquella postura, pero se separó de él para mirarlo a los ojos y esbozar una pequeña sonrisa.

—Tú corazón no dice lo mismo— habló él, en voz muy baja, seguramente diciéndoselo a él mismo. Pero Kagome lo escuchó.

¿Cómo lo sabía? Ya no estaban tocándose. ¿Es qué... estaba oyéndolo? Era imposible...

Aunque... ahora que lo pensaba... a lo mejor era un rasgo de él por poseer esas orejas de perro. ¿Significaba que tenía el sentido del oído más desarrollado? ¿Cómo el de los caninos? Siempre había pensado que a pesar de su apariencia... uuhm... rara, era igual que a ella, a los humanos.

Pero... ¿y si InuYasha escondía mucho más de lo que ella creía?

—¿Por qué tardabas tanto, muchacha?— la sacó de sus cavilaciones InuYasha.

—Me detuve a comprar esto— levantó la mano en la que llevaba la bolsa de plástico con los helados dentro. Decidió apartar la reflexión para esa noche, cuando ella estuviera tranquila en la habitación. Sin embargo, sentía como todos los pelos se le habían puesto de punta— Podemos comerlos después de cenar.

—¡Keh!— apartó la mirada y comenzó a andar. Kagome se acopló a su paso perfectamente, pues a pesar de todo InuYasha sabía su ritmo. No por ello le sacaba casi una cabeza, y su zancada era más larga— La próxima vez avisa, o si sabes que no llegarás a tiempo no lo hagas.

—InuYasha, te preocupas demasiado— rió, sintiendo sus mejillas ruborizarse— Todo está bien, no va a pasarme nada.

Pero aunque esas palabras salieron de su boca, la imagen de la sombra apareció en su mente, traicionándola. Se mordió el labio inferior y discretamente su mirada viajó hasta su espalda, sin embargo, esta fue pillada por el joven. Así que, antes de que abriera la boca, ella cambió de tema.

Curvando sus labios en una sonrisa que le salía sola cuando estaba junto a él, ignoró el hecho de que no le gustaba el contacto humano y acercándose a él, su brazo se entrelazó con el suyo, el cual se encontraba cruzado en el pecho. Sintió su cuerpo tensarse, pero contra todo pronóstico, no se separó y eso la hizo inmensamente feliz.

Poquito a poquito...


Uhhhmmm, ¿será verdad que allí había alguien? ¿O tan solo había sido su imaginación?

¿Que creéis que podrá ser?

¡Nos leemos pronto!