—¡Nos vamos, Kagome! ¡Tened cuidado!
—¡Adiós!
La puerta principal del apartamento se cerró y en la entrada, Kagome se estirazó, destensando sus músculos.
—¿Qué dices, entonces, InuYasha?— se encaminó hacia el salón, donde se encontraba el mencionado. Cuando llegó lo vio mirando la tele, que en ese momento estaban poniendo las noticias, con expresión aburrida. Desvió la vista hasta ella— ¿Preparo palomitas?
Por la simple mirada que le echó, Kagome ya supo la respuesta que le daría. Sonriendo, se encaminó hacia la cocina y después de encender el microondas con el paquete dentro, el sonidos de los pequeños estallidos y el apetitoso olor de las palomitas aparecieron en la sala.
Cuando estuvo, las echó en un cuenco grande para que no se quemaran agarrando el paquete y se encaminó al salón. Nada más dejar el delicioso manjar en la mesa, no pasó ni un segundo, que una de las manos de InuYasha ya había cogido un buen puñado. Preparó el aparato y cuando empezó la película, se acomodó junto al peli plateado.
Estuvieron uno al lado del otro y Kagome aunque le entretenía la película, no pudo evitar mirar de vez en cuando el rostro lleno de sorpresa e ilusión que tenía InuYasha mirando la tele. A pesar de los años que llevaba con ellos, aún parecía ser algo completamente nuevo para ella.
—¿Y cómo dices que se llama eso entonces?— le sorprendió la voz del medio demonio.
Su pegó un pequeño salto y sintiendo sus mejillas ruborizarse, dio gracias a que InuYasha había hablando sin mirarla, sino la habría pillado observándolo como una tonta.
Intentó concentrarse en lo que salía en la pantalla.
—Eso son dinosaurios.
—¿Y me estás diciendo que esos bichejos de verdad existieron?
—Claro— le lanzó una rápida mirada, pensando que la pregunta había sido una broma, pero él lo preguntaba totalmente en serio. ¿Nunca había escuchado de ellos?— Vivieron hace miles y miles de años.
—¿Y ya no hay? ¿No existe ninguno?
¿Quién eres, InuYasha?, se preguntó por millonésima vez, ¿de dónde has venido?
—Se extinguieron mucho antes de que apareciéramos los humanos— eso pareció conseguir la suficiente atención del chico como para apartar por un momento su atención hacia ella— Con la caída de un meteorito, murieron todos.
InuYasha frunció el ceño, como si tuviera un montón de preguntas en la cabeza, pero no soltó nada. Se limitó a asentir y volver a ver la película. Kagome se felicitó en su interior porque al parecer, había elegido bien la película.
No había nada mejor que un poco de acción, suspense y bichos grandes y peligrosos como para tener a un hombre contento y Jurassic World parecía la opción indicada. Además, el protagonista alegraba mucho la vista a Kagome, quién tenía un pequeño enamoramiento por el actor.
A mitad de película, Kagome se sentía casada de estar en la misma posición, así que se tumbó y para estar más cómoda, se colocó de lado y con la cabeza apoyada en las piernas de él. Notó el cuerpo de él tensarse, como cada vez que lo tocaba, pero tan solo fue un momento. Después, se relajó e incluso en algún momento descruzó sus brazos y una de sus manos se posó sobre su cabello.
Kagome se estremeció y una sonrisa apareció en sus labios cuando percibió los dedos de él enredándose entre su cabello, al igual que si fuera un acto inconsciente.
Nunca antes había estado tan a gusto con una persona y con InuYasha era como si hubieran convivido durante toda su vida, hechos el uno para el otro.
Era tanta la tranquilidad y relajación, con ellos dos solos en la casa, la caricia en el pelo y la calidez del chico junto a ella... que cuando se quiso dar cuenta se había quedado dormida.
—Todo está bien, cariño, estás a salvo.
Estoy entre unos brazos cálidos. Me aprietan con ternura y mimo y por un momento recuerdo a mi madre.
Echo de menos a mi madre. Quiero volver con mamá. Lloro porque quiero que estos sean sus brazos.
—Sssshhh, tranquila, no llores, ese monstruo no vendrá a por ti. Está muerto.
¿Monstruo? Yo no lloro por el monstruo. Lo hago por mi mamá, quiero ir con ella.
—Kaede, han llegado las demás. Es como nos temíamos: la aldea ha sido devastada, no queda nadie con vida.
—Nadie no— habla la persona que me sujeta mientras me acaricia el cabello— Estaba merodeando por el bosque, la he salvado de un demonio por poco.
No sé de lo que hablan y eso me asusta aún más, pero no quiero alejarme de esa mujer. El bosque era muy grande y oscuro mientras buscaba a mi padre y ahora que hay alguien conmigo, ya no parece tan malo.
Si tan solo tuviera a mamá conmigo...
—¿Qué haremos con ella?
—¿Tú que crees? Nos la llevaremos con nosotras, no podemos dejarla sola. Es tan solo una niña.
¿Llevarme a dónde? ¿Por qué no me llevan con mi mamá? A lo mejor no saben donde está mi madre. Tengo que decírselo.
—N-no— balbuceo— M-mamá. Qui-quiero ir con m-mi ma-mamá.
Los brazos de la mujer se aprietan a mi alrededor y creo que me da un beso en la cabeza, igual que hacía mi padre antes de irse a trabajar.
—Tranquila, pequeña, todo irá bien.
Pero yo no quiero ese "bien", yo quiero a mi mamá.
—No— sacudo la cabeza. Me separo de ella y descubro a una mujer muy bonita pero que tiene uno de sus ojos tapados— Qui-quiero ir con mi m-mamá.
También me doy cuenta de que hay otra mujer, más joven y un largo pelo rizado. Ambas se miran y entonces no hacen falta que digan nada, porque sus rostros lo dicen todo.
Algo malo le ha pasado a mi mamá.
No. No. Mamá...
—¿Dónde está mi mamá? ¡Lléveme con ella, quiero ir con mi mamá!— lloro.
Mis pies andan hacia atrás y sin esperar a más, me doy la vuelta y echo a correr. Tengo que llegar a ella y ver que está bien. Que esas mujeres están mintiendo, porque mi mamá está viva. Muy preocupada porque me he ido, pero cuando me vuelva y me vea me abrazará muy muy fuerte.
Pero no puedo dar más de dos pasos que siento como me agarran.
—No puedes ir, cielo, no puedes— me dice la mujer sin un ojo.
Me retuerzo para que me suelte.
—¡Déjame! ¡Suéltame, quiero ir ver a mi mamá!
—Cariño, lo siento mucho...— ella me mira, pero yo aparto la mirada porque no soy capaz de aguantar todo el dolor y la pena que hay en su ojo. Porque no quiero creerme lo que me dice sin palabras. Porque es imposible.
—Mamá—balbuceo una y otra vez—, mamá, quiero a mamá, mamá...
—Tú mamá ya no está...
—¡No! ¡No, es mentira! ¡Mi mamá está esperándome en casa!
—Ha habido un ataque de demonios, lo siento mucho...
—¡No! ¡Mamá no puede haberse ido tampoco! ¡Papá me prometió que volvería y mamá que jamás se iría de mi lado!
No puedo respirar. Me cuesta llenar los pulmones y tampoco puedo ver por culpa de las lágrimas. Las piernas me tiemblan y siento un enorme peso en el pecho.
No, no, no...
—Tranquila, pequeña, no estás sola... Nosotras cuidaremos de ti.
Pero ya no puedo oír nada más, pues la oscuridad me rodeó.
—¡Kagome!
La chica se despertó de la pesadilla sintiendo las mejillas húmedas. Rápidamente se incorporó y buscó a su alrededor frenéticamente la presencia de las dos mujeres y del bosque que parecía engullirla.
Sintió una mano tocarla y pegando un grito por la sorpresa, se echó hacia atrás. Tiempo más tarde, se dio cuenta de que se trataba de InuYasha, quién estaba a su lado mirándola con la preocupación brillando en sus orbes dorados.
Le faltó tiempo antes de tirarse a sus brazos y esconderse en su pecho, mientras de nuevo las lágrimas volvían a descender por su rostro. Y es que el dolor que se había instalado en su pecho le impedía respirar.
—Pequeña...— musitó el muchacho, impotente. Odiaba ver llorar a las mujeres, pero sobre todo a su pequeña, quién no merecía más que felicidad en su vida. ¿Qué era lo que ha la había hecho comportarse así? ¿Qué había pasado?— Tranquila, ya pasó.
Kagome sintió las manos enredarse en su pelo, acariciándolo, e inconscientemente le recordó a aquella mujer, la que tenía un solo ojo, y eso la entristeció aún más. No sabía por qué, no sabía si quiera quién era, pero sentía como si ella era alguien muy importante.
¿Su madre? ¿Por que había soñado que había muerto? Si su madre se acababa de ir con su hermano a casa del abuelo...
¿Y demonios? ¿Qué quería decir eso de los demonios? ¿Como es que los demonios habían "atacado" una aldea?
¡Si no existían!
¿Se estaría volviendo loca?
Porque no es la primera vez que soñó desde el punto de vista de esa niña, que supo todo lo que la niña siente y vive.
El tiempo pasó y poco a poco Kagome iba calmándose. No sabía si era por al calor o los dedos mágicos del chico, pero consiguió entrar en un estado de estupor que podía ser perfectamente reconocible como felicidad. InuYasha la hacía sentir como nadie.
—¿Estás mejor?— preguntó entonces en un tono suave y comedido. Sus dedos en ningún momento se detuvieron.
Ella asintió, acurrucándose aún más contra su cuerpo.
—¿Quieres contarme lo que pasó?
Silencio. Titubeo.
—Solo ha sido un sueño— terminó por responder, sin saber muy bien por qué lo hizo.
En todos los años que han estado juntos, InuYusha es quién más la entiende y comprende. Él lo sabe todo de ella y la chica nunca temió ser ella misma a su lado. Sin embargo, ahora... hay algo en su interior que le impide hablar de esto.
¿Creerá que su locura es real cuando vea la mirada de desconcierto que le lanzará? ¿Le dolerá saber que la cree una demente?
No lo sabe, y eso la asustó aún más de lo que estaba.
Porque jamás pensó que habría algo que tendría que ocultarle a la persona más importante de su vida.
InuYasha no responde.
Se limita a apretar el cuerpo de la joven, demostrándole sin palabras que él estará ahí pase lo que pase, y el silencio los envuelve.
Lo único que se oye de fondo es la música que suena mientras aparecen los créditos finales de la película.
Una película que pasó a segundo plano desde el mismo momento que supo que Kagome lo necesita.
·
—¡Ah, se me olvidaba!
Kagome detuvo sus pasos y se llevó las manos a la cabeza. InuYasha, un par de pasos más adelante, se dio la vuelta para mirarla con una ceja arqueada.
—La carne— fue lo que dio como explicación.
El joven entendió y gruñó por lo bajo. Estaba a punto de empezar su programa favorito y se lo perdería, y todo por la cabeza de ella. Porque la tenía pegada al cuerpo, sino a InuYasha le parecería una sorpresa verla cada mañana con esta sobre sus hombros.
Kagome entendió su reacción y sonrió, sacudiendo la cabeza.
—Anda, adelantate tú. Yo iré nada más que compre.
Vio el rechazo a su idea nada más la soltó y no pudo evitar poner los ojos en blanco. Tan protector...
—InuYasha, vamos. Solo es la carne para la cena de esta noche, que volverán mamá y Souta.
—Vamos los dos.
La muchacha resopló. Avanzó hasta donde estaba él, le dio la vuelta (más bien, él le siguió la corriente) y lo instó, empujándolo por la espalda, a que siguiera caminando.
—Ve, anda. Sé que es la hora de tu programa. Solo será un momento. No seas tan gruñón.
—Bien— claudicó, después de un instante— Pero compras y vienes, ¿eh?
—Por favor, ni que me fueran a secuestrar— soltó una risita. Entonces se acercó a él y antes de que se diera cuenta le había dado un beso en la mejilla.
Por un segundo, ambos se paralizaron.
No sabía que era lo que le había impulsado a hacer ese movimiento, porque no le había dado tiempo a pensarlo antes de que ocurriera. Sintió su corazón aumentar de velocidad y ninguno de los dos pudo apartar la mirada, mientras ella notaba el rubor aparecer en sus mejillas.
Finalmente, InuYasha carraspeó y cruzó los brazos.
—Entonces, nos vemos en casa.
—Sí— musitó Kagome y no dejó de mirarlo mientras se alejaba.
Un suspiro escapó de sus labios.
¿Por qué era tan difícil...?
·
Pasó la bolsa con la carne de una mano a otra y pensó qué sería lo que cocinaría esta noche. Quería hacer algo que estuviera muy rico, pues en pocas horas volverían su madre y su hermano de visitar a su abuelo, quién había sufrido una caída y se había echo daño en una pierna. Menos mal que no había sido algo grave, aunque su madre puso el grito en el cielo cuando se enteró, y no necesitaba mucho ayuda. Porque su abuelo, a pesar de que ya tenía sus años, se comportaba como si fuera un jovenzuelo, con su misma energía y entusiasmo.
Además, su madre no podía pedir más días en su trabajo, que con un poco de esfuerzo se lo habían dado.
Como llevaba ya tiempo dándole vueltas, Kagome jugueteó con la idea de buscarse algún trabajo de medio tiempo para así ayudar su madre con la economía del hogar. Podían mantenerse bien con lo que ganaba su madre, pero algo más nunca vendría mal.
Estaba la joven pensando la reacción de InuYasha ante su idea, cuando sintió como le tiraban del brazo.
Al girarse, unas manos le taparon la boca y la escondieron en un callejón.
Oh, oh, creo que se acercan nenes malos... No, más que se acercan, me da a mi que han llegado.
¿Qué es lo querrán?
