Durante un momento, Kagome sintió como si estuviera en un sueño. Mas bien en una horrible pesadilla de la cual no podía despertar por más que lo intentase.
Y es que le estaba pasando a ella, en la realidad, y no había forma de escapar.
Alguien la tenía agarrada, que aunque estaba por completo tapado juraría que era un hombre por la forma y fuerza en sus manos, y se la estaba llevando a rastras hasta el final del callejón. Kagome chilló, pero los sonidos eran a amortiguados por la mano que le tapaba la boca.
¿Quién era? ¿Qué quería de ella? ¿Por qué estaba pasando esto? Se preguntaba una y otra vez mientras sentía las lágrimas acumulándose en sus ojos.
En su mente, inevitablemente, apareció el rostro de InuYasha y pensó lo mucho que lo necesitaba ahora mismo y lo estúpida que fue al decirle que se fuera él adelantando.
Pero, ¿qué sabía ella que pasaría esto? Nunca en su vida le había ocurrido algo parecido, por mucho que se preocupara InuYasha por su seguridad, y ahora...
¿Por qué se la estaban llevando?
No, no, eso no podía ocurrir. Si se la llevaban, lo más seguro es que la matarían o le darían un futuro muchísimo peor, como había visto ciento de veces en las noticias o documentales. No volvería a ver ni a su hermano ni a su madre, ni tampoco a InuYasha...
No. Debo hacer lo posible por escapar, susurró una voz en su cabeza, una que le decía que si hiciera falta se dejara la piel luchando.
Sacando fuerzas de donde no creía posible, soltó la bolsa que apenas se había dado cuenta que todavía llevaba y levantando ambas manos, clavó las uñas lo más fuerte posible en la mano que le amordazaba. Su captor gritó de dolor y soltó una lista de juramentos. Sin embargo, lo pensado ocurrió y al no habérselo esperado, el agarre que tenía en ella se debilitó, por lo que Kagome pudo aprovecharlo. Se revolvió con el corazón martilleándole con fuerzas, y su codo impactó con el rostro del hombre. Cuando finalmente se vio liberada de su agarre, no lo vaciló ni un instante. Echó a correr sin mirar atrás.
Escuchó a su espalda la voz rasposa del individuo, aunque no pudo distinguir nada de lo que decía, y sintió el miedo conquistar su cuerpo. Sin embargo, no se detuvo, sobre todo cuando le pareció oír pasos tras ella. Apretó aún más el ritmo y en medio de la frenética huida, creyó notar las lágrimas descendiendo por sus mejillas.
Vamos, vamos, vamos.
Salió a la calle, con la respiración errática y casi hace caer a una mujer con la que chocó. Y porque la sostuvo gracias a sus rápidos reflejos, sino hubieran terminado ambas en el suelo y es entonces cuando la hubiera alcanzado con facilidad.
Kagome creyó oír que le reñía, pero no le dio tiempo a detenerse para pedir perdón. Reanudó la carrera, pensando que su casa se encontraba demasiado lejos y que sentía las piernas temblar, insegura de si aguantaría todo el camino.
En ningún momento miró atrás buscando si la seguían. Estaba segura que si lo hacía perdería un tiempo muy valioso, así que siguió y siguió corriendo.
Casi rió de alivio al ver su casa a lo lejos y dio un último sprint. Cuando llegó por poco no choca con la superficie de madera. Respirando con agitación, golpeó la puerta con más fuerza de la necesaria mientras el nombre de InuYasha no dejaba de salir de sus labios en una plegaria. Echó un par de vistazos por encima de su hombro, pero todo parecía despejado.
¿Lo había dejado atrás? ¿Había escapado?
Entonces, la mano que no había dejado de dar en la puerta golpeó en el aire y un sollozo escapó de sus labios cuando vio ante ella la impotente figura de InuYasha, que la miraba con sobresalto.
—¿Qué diab...?
Se tiró a sus brazos, rodeando la cintura del chico como si en cualquier momento fueran a separarlos, llevándosela muy lejos.
—¡Cierra, cierra, cierra! ¡Cierra la puerta!
—Pero...
—¡Cierra la puerta, InuYasha!
No dudó más. Rápidamente le hizo caso, sin soltarla (o más bien sin hacerlo ella) y sintió un nudo en el pecho al ver el manojo de nervios en el que se había convertido la chica. Joder, estaba incluso temblando.
¿Qué mierda había pasado?
—Shhh, ya, ya— musitó por encima de su cabello azabache. Una de sus manos rodeó la pequeña cintura de ella mientras que la otra, no hacía más que subir y bajar por su espalda. Cada sollozo que salía de los labios de ella lo desgarraba aún más— Tranquila, pequeña, estás a salvo. Shhh, estás aquí, conmigo. No te va a pasar nada.
Tuvieron que pasar varios minutos antes de que el llanto de la muchacha fuera mermando, pero a pesar de todo el miedo no desapareció de su cuerpo, y supo que tendría que pasar mucho tiempo antes de olvidar lo que había vivido. Poco a poco su respiración fue volviendo a la normalidad e incluso poder percibir agradable aroma de InuYasha entrar por sus fosas nasales ayudaba bastante, sobre todo si le añadíamos que no dejaba de susurrarle que estaba con ella y la sostenía como si no deseara soltarla jamás.
Al final, Kagome terminó suspirando y cuando "el subidón de adrenalina" había pasado, se sintió sin fuerzas. Sus temblorosas piernas no dieron más de sí y si no fuera porque InuYasha la tenía sujeta, habría caído al suelo.
La acomodó en sus brazos con cariño y lentamente subió las escaleras hasta llegar a la habitación de ella. Tenía la respiración constante y el muchacho juraría que tenía los ojos cerrados, así que pensando que se había quedado dormida después del susto, decidió que la acostaría en su cama para que descansara. Aunque todavía la preocupación y la inquietud no le dejaba tranquilo, deseando saber que le había ocurrido a la chica, no quiso molestarla, menos ahora que estaba tan apacible.
No sin un poco de esfuerzos, consiguió destapar la cama y con mucho cuidado, la dejó sobre el colchón. Sin embargo, cuando estaba por retirarse, Kagome abrió los ojos y le lanzó tal mirada llena de temor que lo dejó momentáneamente paralizado. Ella le cogió la mano y su mirada volvió a cristalizarse.
—No, no te vayas. No me dejes sola— murmuró en un hilo de voz, lo máximo que podría proferir.
Sintiendo como su corazón se rompía ante semejante escena, InuYasha entrelazó sus dedos con los de ella y se sentó a su lado. La pequeña sonrisa de agradecimiento que le dedicó ella le dio una patada en el pecho.
—Nunca, pequeña. Jamás me separaré de ti.
Las comisuras de sus labios se alzaron aún más y se llevó la unión de sus manos a sus labios, donde después le dio un dulce beso en la mano de él. InuYasha se dejó hacer, con el corazón latiéndole estúpidamente fuerte en el pecho, y sintió un nudo en la garganta.
Esa muchachita era su perdición...
—No dejes que esos hombres me lleven— susurró casi sin darse cuenta, segundos antes de quedarse dormida.
InuYasha, por supuesto, lo escuchó y sintió como un rugido nacía del interior de su pecho. Quiso despertarla, saber quién diablos eran esos hombres y qué era lo que le había ocurrido, pero era tal el rostro de paz que tenía que fue incapaz de hacerlo.
Se quedó todo el tiempo a su lado observándola dormir, velándola en sueños, y sus manos permanecieron en todo momento unidas.
Tenso la cuerda y me detengo un par de segundos para calibrar el tiro. Cuando estoy segura, la suelto y la saeta vuela hasta incrustarse en medio de la manzana.
Sonrío, orgullosa de mi misma.
Había mejorado considerablemente.
—Maravilloso—escucho una voz a mi espalda y cuando me doy la vuelta descubro a Kaede, con una cesta llena de plantas medicinales en sus brazos— Eres ya toda una experta, muchacha.
Mi sonrisa se amplía y encogiéndome de hombros, camino hasta donde he dejado la manzana para coger la flecha. La guardo en el carcaj con las demás y después de coger mi arco, me encamino hasta donde me está esperando Kaede.
—Parece que se me da bien.
Kaede me lanza una mirada incrédula y ríe, ambas encaminándonos al templo.
—¿Solo bien? A mi me costó años conseguir hacer la mitad que tú.
—Pero porque a cada una se le da bien una cosa— le replico, recordando cuando me lo dijeron por primera vez—Cada ser vivo tiene su sino en la vida y hay gente en la que se le da bien las armas y otras la defensa. Tú por ejemplo sabes curar como nadie— hago una mueca— A mi jamás se me quedarán las miles de plantas que hay y sus poderes curativos.
La escucho volver a reír, sin embargo, soy capaz de sentir el peso de su mirada. Ladeo la cabeza y me la encuentro mirándome con las comisura de sus labios alzadas en una nostálgica sonrisa. Cuando sabe que la descubierto, suspira y pasando el cesto a un solo brazo y apoyándolo en su cadera, con el otro brazo rodea mis hombros.
—Has crecido y hasta ahora creo que no me he dado cuenta. Te has convertido en una jovencita muy inteligente y diestra.
Siento mis mejillas colorearse y aunque la pena inunda mi corazón, no puedo evitar decir estas palabras:
—Todo gracias a vosotras, que me acogisteis aquel día.
Ella intuye el tono de mis palabras y me revuelve el pelo, como hacía cuando era chica. Me quejo, acomodándolo y ella ríe.
—No seas tonta. Eres una más de nosotras.
—¿Sí?— mi mirada se ilumina y me adelanto un par de pasos, lo justo para poder mirarla de frente mientras ando hacia atrás— ¿Significa eso que puedo ir con vosotras? ¿Ya ha llegado mi momento?
Kaede hace una mueca y veo la vacilación en el ojo que tiene descubierto.
—¡Oh, vamos! Tú misma la has dicho: soy una de vosotras y ya manejo bien el arco— le recuerdo frustrada. Estaba harta de quedarme día tras día, porque según ellas todavía era muy pequeña. ¡Yo también quería ayudar a la gente!
—Sabes que eso es muy peligroso...
—Claro que sí— pongo los ojos en blanco— Y por eso mismo. Mi ayuda os vendría muy bien, lo sabes tan bien como yo. ¡Sabes que no hay nadie que maneje el arco como lo hago yo, ni que tenga mi puntería!
Todavía hay reticencia ante mis palabras, pero veo que poco a poco la voy convenciendo. Ya casi puedo saborear mi victoria...
—Vamos, Kaede, ¡por favor! ¡Quiero ayudaros! ¡Es estado preparándome para este momento desde que me acogisteis!
Reflexiona por unos minutos, sin embargo, por la mueca que pone, sé que he ganado. Lanzando un gritito de entusiasmo, me tiró a sus brazos, rodando su cuello mientras le agradezco una y otra vez.
—¡Hey, cuidado con las plantas!— se queja Kaede, pero está riendo conmigo. Corresponde mi abrazo como puede y siento un beso en la sien—Mi pequeña ha crecido...
—Esta "pequeña" ya es grande— me separo de ella y sé que es capaz de leer la determinación en mi mirada— Y está preparada para destruir a los demonios.
Por los aldeanos, por mi antiguo hogar y por mis padres.
—¿InuYasha?
Esa voz le suena a Kagome familiar.
Saliendo del estupor del sueño con un poco de dificultad, intentó prestar atención a lo que pasaba. Escuchó unos pasos y como alguien le tocaba la frente.
—¿Qué le ocurre a Kagome? ¿Está enferma?
—Ehh, sí— respondió esa voz grave que tanto le gustaba. Se recreó en ella y tuvo que contener un suspiro que quería escaparse— Hoy se ha encontrado mal y ha estado en la cama. Pero ya está mejor.
—Vaya... ¿Y por qué no me habéis llamado? Podríamos haber vuelto antes.
—No ha sido muy grave, Sonomi.
—Bueno...
Se quedó callada y entonces Kagome sintió frío en una de sus manos. Mas tarde se dio cuenta de que InuYasha había disuelto el agarre. Creyó oír reír a su madre por lo bajo antes de comenzar a andar.
—Voy a preparar la cena. A Kagome le haré una sopa de verduras, a ver si le sienta bien. Avísame cuando despierte, ¿vale?
—Muy bien.
La puerta se cerró y el silencio se instauró en la habitación.
—Sé que estás despierta.
La voz de él la sobresaltó y escondiendo una sonrisa, lentamente abrió sus ojos. La habitación estaba algo oscura, así que suponía que ya era tarde. InuYasha se encontraba mirándola fijamente con sus orbes dorados y los brazos apoyados en las rodillas.
—Hola— susurró, sin saber muy bien que decir.
—¿Cómo estás?
Kagome tuvo que pensar bien la pregunta. En esos momentos, podría decir que en la gloria, pero recordaba lo que había pasado horas atrás y aún se sentía inquieta, aunque sabía que ahora estaba a salvo.
Terminó por encogerse de hombros y acurrucarse aún más bajo las sábanas.
—Creo que bien.
InuYasha esperó a ver si continuaba, pero al ver que se quedaba callada, su ceño se pobló de arrugas.
—¿Vas a decirme que pasó antes?— la pregunta salió más brusca de lo que pretendía.
Kagome apartó la mirada y la dejó en el techó. Intentando parecer casual, su mano se movió por encima del colchón y cuando la él la encontró, sus dedos se entrelazaron, las mejillas de ambos se colorearon.
—No lo sé— respondió al fin. Supo que InuYasha le saltaría, así que se apresuró a continuar— Estaba caminando de vuelta con la carne ya comprada, cuando mientras pasaba por enfrente de un callejón, sentí como me cogían del brazo. Tiraron de mi e impidiéndome gritar... me llevaron con él...— lo último no fue más que un susurro.
—¿Él?— respondió él en el mismo tono.
—No pude verle, pero así lo sentí. Era grande y fuerte— se estremeció, recordando el momento en el que la tenían sujeta.
Escucho a InuYasha maldecir por lo bajo y el agarre de sus manos se hizo más fuerte. Kagome desvió la atención del techo al muchacho y se lo encontró mirando con firmeza al infinito, seguramente pensando en ese desgraciado, con el mentón rígido y su mano libre formando un puño.
—¿Sabes que querían?
No. Y eso es lo que más le preocupaba.
—No.
InuYasha inspiró con fuerzas y su mandíbula se puso aún más rígida. Un poco más y se destrozaría los dientes, pensó tontamente Kagome.
Entonces, inspiró profundamente y clavó sus orbes dorados en ella. La muchacha sintió como la respiración se le atragantaba y los latidos de su corazón se multiplicaban.
—No dejaré que jamás te toquen, Kagome. Es una promesa. Antes tendrán que pasar por mi cadáver.
Y Kagome no pudo hacer otra cosa que creerle.
Uy, uy, la cosa se está poniendo tensa...
¿Qué pensáis de los sueños? Lo bueno se está acercando, ya lo veréis jejeje
