Kagome tarareó una canción que estaba en esos momentos de moda, que ni siquiera sabía el título, y siguió tendiendo la ropa. El día había amanecido frío, así que tenía puesta una sudadera de una de sus sagas favoritas, y el cielo parecía estar encapotado.
La chica le echó el décimo vistazo a las nubes grises desde que se levantó y volvió a rezar porque no decidiera llover esa tarde. Había quedado con InuYasha con que irían a un festival que tenía lugar en un templo cercano y sorprendetemente estaba muy entusiasmada con la idea.
Fue ella la que se tuvo que obligar a ir, porque desde que le ocurrió lo de ese hombre, sentía el cuerpo temblar cada vez que salía de su casa. Era algo irracional, pues InuYasha no la dejó salir sin él a su lado las pocas veces en las que lo hacía (o estando cerca, en los momentos que iba con su amiga), pero inevitablemente su mirada se escapaba a cada rincón de la calle, esperando que en cualquier momento volvieran a asaltarla. Es por eso, que cuando su madre le comentó lo del festival, pensó que sería un buen momento para seguir avanzando en "su propio tratamiento".
Terminó con toda la ropa y entró al salón. En él se encontró con InuYasha y Souta viendo la tele y una sonrisa se formó en sus labios cuando advirtió que el muchacho le lanzaba una mirada distraída cuando entró antes de centrarse en el programa.
Fue con su madre y juntas prepararon la comida. Cuando terminó de comer, se fue a su habitación a leer mientras hacía tiempo y cuando la hora llegó, fue a ducharse. Al salir, se encontró en su cama el kimono que había preparado su madre. Se lo puso y una sonrisa se colocó en sus labios cuando vio que estaba preparado.
Salió de la habitación, pensando en si InuYasha habría terminado, y se sobresaltó cuando la puerta de la habitación de su hermano e InuYasha se abrió, mostrando al último mencionado. Kagome sintió su corazón saltarse un par de latidos, al verlo.
Estaba muy guapo, increíblemente guapo. Sus ojos de forma involuntaria lo contemplaron por completo y notó como su boca se le secaba. Portaba unos vaqueros negros, zapatillas del mismo color y en la parte de arriba una camisa blanca, que se le ajustaban al cuerpo como una segunda piel y le favorecía gratamente. Además, su inseparable gorra le tapaban sus orejas de perro.
Kagome sintió toda la sangre acumularse en las mejillas.
¿Desde cuanto InuYasha era tan...? ¿Guapo? ¿Sexy? ¡Oh, dios, ¿qué estoy pensando?!
—Estás... hermosa— le oyó decir en un murmullo.
Parpadeó, intentando salir de su embobamiento mental, y se mordió el labio inferior.
—Gracias. Tú también estás muy bien.
Y eso era quedarse corto.
Ninguno de los dos se movió, sin apartar la mirada el uno del otro.
—Kagome, hija...— la voz de su madre se calló, cuando se detuvo en medio del pasillo al ver semejante estampa. Tuvo que esconder una sonrisa cuando advirtió como apartaban la mirada, igualmente ruborizados— ¿Ya estáis?— intentó hacer como si nada.
Su hija le sonrió mientras InuYasha carraspeaba.
—Sí. Ya nos vamos, ¿verdad?
—Eh, sí.
—¡Dejadme haceros una foto!— se sacó de la espalda la cámara de foto y Kagome no pudo hacer otra cosa que poner los ojos en blanco. Su madre amaba hacer fotos, sobretodo a ellos. Siempre tenía una excusa— ¡Estáis los dos muy guapos! Venga, venga, poneos juntitos.
InuYasha y Kagome compartieron una mirada divertida y decidieron que no era buena idea quejarse, así que hicieron lo pedido. Se colocaron uno al lado del otro y la muchacha sintió un estremecimiento en el cuerpo cuando sintió el brazo de él rodeando su cintura.
—Uno... dos... tres.
Clic.
Una amplia sonrisa surcó los labios de la mujer ante semejante escena. Se veían muy bien juntos. Además, estaban demasiado lindos con el color en las mejillas de ambos.
—Listo.
—Muy bien, pues nosotros nos vamos— empezó a tirar del brazo del chico. Si se quedaban más tiempo, su madre sería capaz de hacerles una sesión de fotografía. Al pasar por su lado, se detuvo lo suficiente para darle un beso en la mejilla— No volveremos muy tarde, mami.
—¡Qué os divirtáis, cariño!
Cerraron la puerta detrás de ellos y un suspiro salió de sus bocas al unísono. Ante la coincidencia, sus miradas se encontraron y rieron por lo bajo. Emprendieron el camino, en un tranquilo silencio, sin embargo, no llevaban ni cincuenta metros recorridos que Kagome buscó su mano. Era un gesto tonto, lo sabía, pero se sentía muchísimo más tranquila si notaba la calidez de InuYasha a su lado. Como respuesta, obtuvo una apretón de mano.
En algún momento del camino comenzaron una agradable charla. Hablaron de todo y de nada, y por un instante, Kagome olvidó el hecho de que estaban en la calle. Era tal la tranquilidad que le daba la presencia del muchacho, porque sabía que junto a él, nada malo le podría pasar.
Llegaron al templo con decenas de personas más que también se dirigían al festival. Subieron las escaleras y una exclamación de asombro salió de los labios de la chica cuando se encontró con aquel lugar lleno de risas, luces y puestos. El rico olor a diferentes comidas se encontraba en el ambiente y a ambos se le hicieron la boca agua, sobretodo el chico que no perdió tiempo en tirar de Kagome para que se adentraran en el lugar.
—¡Mira, tokoyaki!— le señaló el lugar InuYasha.
Kagome rió, sabiendo lo que quería, y compró un par de raciones para cada uno.
—Esto está delicioso— alabó él chico cuando estaban comiéndolo.
—¿Más que el ramen?
La pregunta había sido una simple broma, pero InuYasha frunció el ceño, reflexionando la respuesta. No por nada, siempre había dicho que el ramen era su comida favorita y no lo cambiaba por nada del mundo.
—Tranquilo, InuYasha, sé la respuesta— aceptó la muchacha riendo.
Después de comer y que el joven saciara así un poco su apetito, se dedicaron a ver los diferentes puestos que había. Cerca de allí había se encontraba la pesca de peces dorados y tras la insistencia de Kagome, InuYasha aceptó el probarlo.
Tras cuatro intentos, finalmente consiguió el pez, después las risas y burlas por parte de ella.
—¿Higurashi?
Ante al llamado, la mencionada se detuvo de caminar y con ella, InuYasha. Miró por encima del hombro y cual fue su sorpresa cuando se encontró con su compañero de clase Hojo, a quién no veía desde que terminaron las clases. Éste la observaba alternando su mirada de ella a su acompañante.
Mierda.
—Hojo, qué sorpresa verte por aquí— impuso una amble sonrisa en su rostro.
Realmente no es que le hiciera mucha gracia encontrarse al chico allí, pero tampoco podía ser descortés. Por el rabio del ojo, advirtió que InuYasha observaba fijamente a Hojo, mirándolo de arriba a abajo. Parecía que estaba evaluándolo.
Supo que Hojo también se había dado cuenta por como se removió incómodo sobre sus pies.
—Sí. Te vi a lo lejos y quise venir a saludarte. Es una suerte que pudiera hacerlo entre tanta gente— se acercó con una amplia sonrisa.
Kagome retuvo el impulso de darse la vuelta e irse sin mirar atrás. Sería muy maleducado.
—¿Cómo estás? Hace tiempo que no hablamos. ¿Por qué no quedamos alg...?
—Hojo— se apresuró a cortarle. Oh, dios, tierra, trágame— Te presento a InuYasha. Él es... un amigo.
Bueno, "amigo" era una palabra muy ambigua para todo lo que significaba InuYasha para ella sin embargo Hojo tampoco es que debiera saberlo, así que con eso bastaría.
Hojo parpadeó, perdido durante un instante, aunque rápidamente se repuso. Desvió su mirada hacia el mencionado e imperceptiblemente tragó saliva. En realidad, InuYasha sí se dio cuenta y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no romper el rostro serio e intimidante para sonreír socarrón. Le estaba cogiendo el gusto a intimidar a ese niñato.
—E-encantado— extendió una mano.
—InuYasha, él es Hojo. Va a mi instituto.
El peli plateado no respondió verbalmente, ni tampoco correspondió el saludo, por lo que Hojo doblemente incómodo, retiró la mano y la escondió a su espalda mientras soltaba una risa débil.
—Bueno, pues como te iba diciendo, Kogome, algún día...
—Heiji— habló por primera vez InuYasha y su voz grave consiguió sobresaltarlo.
—Uhm, mi nombre es Hojo. Akitoki Hojo.
InuYasha hizo como si no lo hubiera escuchado y Kagome tuvo que acercarse hacia su costado para esconder la sonrisa que se formó en sus labios. Sin embargo, esta se paralizó cuando sintió una mano rodear su cintura.
Toda la sangre viajó hasta sus mejillas.
InuYasha nunca había hecho eso en público.
—Tenemos que irnos, niño.
Y sin darle tiempo a decir nada más, instó a la chica a andar frente a un conmocionado Hojo, perdiéndose entre la gente.
Ella no opuso ninguna resistencia, pues se encontraba todavía digiriendo el comportamiento de InuYasha (tan... ¿posesivo?) e intentaba mantener a raya las cientos de mariposas que habían aparecido en su estómago. Porque no quería dejar su mente volar y que la idea de que InuYasha estuviera celoso fuera una realidad. Es decir, él solamente la vea como "una hermanita menor" a la proteger.
Jamás se fijaría en ella con otros ojos, eso lo sabía muy bien ella...
—Has sido un maleducado— comentó en tono ligero, queriendo quitarse esos pensamientos de su cabeza.
—¡Keh!
Creo verlo ruborizarse, pero pensó que había sido su imaginación.
Sí, debía ser eso.
Kagome intentó hacer como si nada hubiera pasado y comenzó una anima charla de cualquier cosa que se le ocurriera. InuYasha le siguió el rollo y rápidamente ambos se habían olvidado de lo que había pasado tan solo un momento, y tan solo disfrutaban del hecho de que estaban juntos en aquel lugar.
A InuYasha volvió a entrarle hambre, así que fue él el que esta vez fue a un puesto donde vendían helados para comprar uno para cada uno. Mientras, Kagome descubrió un tenderete cercano que vendía una gran variedad de amuletos y se acercó a curiosidad.
Eran todos muy bonitos y estaban muy bien hechos.
—Buenas noches, jovencita— le sonrió la dueña, una dulce viejecita.
—Buenas noches— la saludó de vuelta.
—¿Ves algo que te guste?
—En realidad son muchas— rió pasando la mirada por el lugar— Me parece todo bellísimo y muy bien trabajado. Ojalá pudiera llevármelo todo, pero no tengo tanto dinero.
La mujer se contagió de su entusiasmo y soltó una carcajada enternecida. Esa jovencita era muy dulce.
—Por esas palabras tan bonitas, dejame darte esto entonces— le tendió una mano y en ella descubrió una piedra de color esmeralda— Es un amuleto que repele a los demonios y te protege de cualquier mal que te pueda pasar. Te lo regalo.
—¿Demonios?— le sorprendió sus palabras.
Kagome sabía de las miles de leyendas y tradiciones que se decían, pero ella no era de las que creía en cosas como "demonios", "fantasmas", "más allá" o alguna cosa así. Sin embargo, no quiso hacerle algún feo a esa encantadora mujer.
—Muchas gracias, pero no puedo aceptarlo...
—Nada, nada— detuvo sus palabras alzando una mano— Te lo doy y no quiero queja alguna.
—Pero déjeme al menos pagarlo...— se calló cuando vio la determinada mirada que echaba. Sonrió y asintió agradecida— Muchas gracias, señora. Lo cuidaré muy bien.
—Anda, vete ahora con tu chico, que parece estar buscándote.
Ante las palabras, Kagome se giró y encontrándose con un InuYasha entre la muchedumbre buscándolo como loco. Quiso despedirse de la buena mujer y además preguntarle como había sabido que estaba con él, pero cuando se dio la vuelta ya estaba ella hablando con otro cliente, así que no quiso molestarla.
Sacudiendo la cabeza, ante lo extraño del momento, se encaminó hasta donde estaba InuYasha, quién cuando la vio, el alivio tiñó sus orbes doradas.
—Niña, ¿dónde estabas?— se acercó a ella y como siempre pasaba, la miró de arriba a abajo, asegurándose de que no le había pasado nada.
—Allí— le señaló el lugar, encogiéndose hombros.— Estaba viendo algunas cosas que estaba vendiendo. ¡Mira!— mostró su amuleto con una sonrisa.
InuYasha lo observó, mientras le pasaba su cucurucho de nata, y algo se revolvió en su interior, aunque Kagome no llegó a notarlo.
—Toma, cógelo.
No le dio tiempo a negarse y antes de darse cuenta, la chica le había dejado la piedra sobre sobre la palma de su mano.
Entonces ocurrió.
Fue algo que hubiera pasado casi imperceptible si no fuera porque Kagome estaba pendiente. Sin embargo, ella fue capaz de advertir el momento en el que... ¿chispas? saltaron de ahí y como el rostro de InuYasha se contrajo en una mueca de dolor.
El joven saltó por la conmoción, su rostro palideciendo, y la piedra se precipitó al vacío.
Baia, baia, ¿qué habrá pasado? ¿Será verdad que los amuletos funcionan? ¿Es InuYasha...?
¡En el siguiente capítulo descubriremos la verdad detrás de los sueños! ¿Estáis emocionados?
