—Kagome, hija.

La mencionada dejó de leer su lectura de la semana y alzó la mirada, encontrándose a su madre junto a la puerta de su habitación. El brillo de su mirada, una mezcla entre curiosidad y preocupación, la puso en alerta.

—¿Qué pasa, mamá?

Sonomi aceptó eso como invitación para entrar y se sentó en el borde de la cama, con el cuerpo en dirección a donde estaba tumbada su hija. Meditó por unos segundos sus palabras y eso la inquietó aún más.

—¿Va todo bien?

—¿Eh?— cuestionó, parpadeando.

La mujer se acercó un poco a la joven y le cogió una mano.

—Bueno, cariño... ¿te pasa algo?

—¿Por qué preguntas eso? Yo estoy bien— inquirió intentando que no se notara la tirantez de su cuerpo.

—No podría decir lo mismo— suspiró su madre— Es que no sé si es impresión mía o no, cielo, pero creo que... ¿Ha hecho InuYasha algo malo?

Y lo dijo.

Kagome permaneció por un momento callada, mirando su colcha como si fuera lo más interesante del universo, y usó todo su autocontrol para no morderse el labio inferior, un gesto que sabría que su madre achacaría a que estaba nerviosa.

—Para nada, mamá. Todo está bien con él— respondió cuando supo que podría controlarse. Alzó la mirada y la conectó con su madre, mostrando inocencia— ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, parece como sí... como si no estuvierais juntos. Es decir, siento como si vuestra relación se haya... enfriado— hizo una mueca, al no saber muy bien cómo expresarse— Tú siempre has sido muy cercana a él y...

—No te preocupes, mamá— mostró su mejor sonrisa— No ha pasado nada malo, se nos pasará en unos días.

—¿De verdad?— frunció el ceño ligeramente— Puede que no lo parezca, pero me he dado cuenta como os comportáis y... como te mira él.

Kagome sintió su corazón bombear frenéticamente.

—¿Cómo me mira?

Su madre supo leer su reacción y escondiendo una pequeña sonrisa que quería formarse en sus labios, asintió.

—Sí, cielo. Cuando estáis en la misma habitación, no puede apartar la mirada de ti y no soy tonta, soy capaz de ver la tristeza en ella. Además, también veo los intentos para acercarse a ti o hablarte, en donde tú huyes lo más rápido posible— cogió un mechón rebelde de su cabello y lo pasó por detrás de su oreja— Por eso te lo digo. Estoy preocupada.

—Mamá...— tuvo que tragar saliva para diluir el nudo que se había formado en su garganta— Tan solo son tonterías nuestras, no tienes que preocuparte— se obligó a sonreír.

Sí, bueno, "tonterías".

Supo perfectamente que su madre no le había creído, pero no le insistió con el tema, cosa que agradeció la joven. Se despidió de ella, recordándole que podía hablar con ella de cualquier cosa, y cerró tras de sí con delicadeza.

Cuando Kagome se encontró a solas en la habitación, con el libro olvidado completamente, volvió a tirarse a la cama, tapándose el rostro con sus brazos.

Tonterías...

No eran exactamente eso, no para la azabache.

Ella sabía perfectamente como se estaba comportando. Es decir, a ella misma le dolía el enorme abismo que había colocando entre InuYasha y ella. Echaba de menos a morir la cercanía y confianza que habían tenido desde siempre, no esta relación... fría y superficial que se había auto impuesto.

Y es que no podía olvidarlo. Su mente era una carrera frenética al pasado y al futuro, en donde no dejaba de cuestionarse millones de cosas. Todas con InuYasha como el núcleo de la cuestión.

Desde la primera vez que lo encontró, encadenado a ese árbol, hasta el misterio de sus orejas caninas, lo perdido que estaba con la tecnología de la época... y esas palabras:

"—Es un amuleto que repele a los demonios y te protege de cualquier mal que te pueda pasar."

Nunca le había dado importancia al misterio que rodeaba la figura de InuYasha. Le daba curiosidad, claro, y no podía evitar querer saber más de él, pero ella era feliz con el simple hecho de que él estaba en su vida. A pesar de que tuviera unas extrañas orejas de perros y su desconocido pasado, InuYasha era InuYasha y eso no podía cambiarlo nadie.

Sabía que no era normal, por supuesto, y que si el mundo se enteraba de sus... "rarezas", podría estar en grave peligro, pues sin darle opción a nada, sería apresado y usado como sujeto de pruebas para conocer sus secretos. Pero a esas "rarezas", ella jamás le había dado importancia alguna, ni ella ni su familia, que había acogido al chico como si fuera uno más de su familia.

Sin embargo, ahora la cosa había cambiado.

Porque frente a Kagome se había abierto una puerta a un mundo, el cual la chica no estaba segura si quería entrar o no.

¿Por qué la piedra había reaccionado así ante InuYasha? ¿Por qué lo había... repelido? ¿Cómo había sido eso posible?

"—Es un amuleto que repele a los demonios y te protege de cualquier mal que te pueda pasar."

Un amuleto que repele a los demonios.

Un amuleto que repele a los demonios.

Demonios.

Lo demonios no existían. Estos tan solo formaban parte de historias y leyendas de su cultura.

InuYasha no podía ser un demonio... ¿verdad?

Su cuerpo se estremeció por completo.

InuYasha siempre había estado ahí para ella. Desde el primer momento, a pesar de su comportamiento frío y tosco, fue amable con él, protegiéndola, sonriéndole, charlando con ella...

Un demonio.

La imagen del chico vino a ella, imponente e imperturbable. Pero otra se superpuso y recordó el momento en el que lo encontró. Solo, en medio del bosque, atado a un árbol. Recordó como creyó que estaba muerto, como descubrió que no porque las orejas se me movían (una orejas físicamente imposibles), como se acercó a él para tocarla...

Y la fuerza con la que la miraron sus ojos.

Un demonio...

Se acurrucó contra la almohada, deseando que él la abrazara y le hiciera saber que todo estaba bien. Que nunca se iría de su lado.

Pero ahora no podía mirarlo ni estar cerca de él. Porque en esos momentos todas sus dudas venían a ellas y no dejaba de pensar en el momento en el que se le cayó el amuleto al suelo.

Sabía que le estaba haciendo daño, ella misma se lo hacía, pero era algo irracional. Algo superior a sus fuerzas. Y, a pesar de todo, tenía miedo de que InuYasha se fuera de su lado.

InuYasha... un demonio...

·

Esperad.

Me detengo y junto a mis "hermanas", escuchamos a nuestro alrededor. El bosque está tranquilo y tan solo se oye el sonido de los pájaros y como las hojas son movidas por el viento.

Parece que no hay nadie cerca.

¿Se habrán marchado?— pregunta Elina en un murmullo.

No lo creo— es Kaede la que habla— Debemos buscar su madriguera y encontrarla antes de que los huevos eclosionen.

¿Nos dará tiempo?— no puedo evitar preguntar.

Kaede me lanzá una mirada rápida antes de cabecear.

Sí. Podremos. Tan solo estad atentas e intentad no separaros mucho.

Todas aceptamos sus palabras y volvemos a andar, mirando a nuestro alrededor buscando alguna anomalía. Salimos del bosque y llegamos hasta la ladera de una montaña. No es una cuesta muy pronunciada, pero sí se necesitaba un poco para llegar a las cuevas donde los aldeanos nos dijeron que se encontraban los nidos de los demonios.

Kaede nos lanza una rápida mirada y no hacen falta palabras que todas sabemos que hacer. Nos preparamos para la subida y yo me cuelgo el arco junto al carcaj en el hombro.

Sin embargo, siento un estremecimiento que me recorre de arriba a bajo. Oh, mierda.

Están aquí.

Kae...—no me da tiempo a decir su nombre que ella se ha llevado el dedo a los labios.

Tanto ella, como Elina, Yura y Kana, sacan sus espadas y dagas, mientras yo tenso el arco, apuntando a la maleza que nos rodea.

Hemos estado equivocadas. Los demonios no están en sus nidos. Ahora mismo nos tienen rodeados... y son un número considerable.

Es el momento de pelear.

Como si hubieran invocados, todos a una, un montón de siluetas aparecieron entre la espesura, directas a nosotros. Apenas me da tiempo a distinguirlos, lo único que sé es que coinciden con la descripción que nos habían dado los aldeanos: seres pequeños, ágiles y con afilados dientes.

El combate comienza y durante un primer momento podemos fácilmente con ellos. Aunque ellos son ágiles, nosotras lo somos mucho más, después de nuestros años de entrenamiento y no nos cuesta acabar con ellos.

Tiro flechas una a una, acabando a veces con dos a la vez. Sin embargo, una pequeña parte de mi está en tensión porque en cualquier momento se me acabarán las fechas, y en el combate cuerpo a cuerpo no soy tan diestra.

¡Cuidado, Kana!— exclamo al ver uno de los demonios tirarse a su espalda. Rápidamente apunto a este y entre alaridos de dolor se convierte en polvo cuando consigo darle—¡¿Cuando dejarán de venir?!— apunto a otro que viene a por mi, matándolo.

¡No lo sé! ¡Jamás esperaría que fueran tan numeroso!— responde Kaede entre dientes.

Alzo mi mano para coger otra saeta, pero mi corazón se detiene cuando tan solo me encuentro el vacío. Oh, no, lo que me esperaba...

El demonio se tira a mi entre chillidos y con mis buenos reflejos puedo apartarme, pero mi espalda choca con la pared. Con la sangre viajando a gran velocidad por mis venas, cojo de mis cadera el puñal que siempre llevo conmigo y consigo matarlo cuando está a punto de rozarme.

Siento la mirada de Kaede sobre mi, preocupada e histérica, y eso me motiva a dar lo mejor de mi. Porque no importa lo mucho que le diga que yo puedo cuidar de mi misma, ella siempre se preocupará, y aunque me gusta, por otra parte me molesta. Yo ya no soy una niña.

Y voy a demostrárselo.

Consigo acabar con todos los demonios que vienen hacia mi, pero cuanto más matamos, más aparecen. Aprieto los dientes, frustradas y con las primeras señales de cansancio en el cuerpo. ¿Cómo podemos acabar con ellos?

Es entonces cuando lo veo, o más bien lo siento.

Se trata de una figura que se encuentra en el linde del bosque, que no se mueve para nada. Este no tiene que ver con los otros demonios: es grande y peludo, pero por la forma en la que parece estar observando, me doy cuenta de que es el "jefe". Y que si lo destruyo, podré acabar con todo esto.

Viendo finalmente una luz al final del túnel, mato al otro demonio, antes de echar a correr. Tengo que llegar a él.

¡Kagome, ¿qué haces?!— creo oír a Kaede a mis espaldas.

Pero no le echo cuenta. No desvío mi atención, porque el "jefe" en cuestión parece haberse dado cuenta de mi presencia. Podría fácilmente ser un oso si no fuera por sus ojos rojos y su enorme dentadura, capaz de arrancarte alguna extremidad de cuajo.

Me estremezco por mis propios pensamientos, pero no me da tiempo a nada más, antes de que, para mi sorpresa, el "jefe" se diera la vuelta y huyera. Me sobrepongo a la confusión y sin mirar atrás, consigo dejar atrás a unos cuantos demonios que querían venir a por mi e, ignorando las llamadas de Kaede, me adentro en el bosque tras él.

Corro hasta que mis piernas no dan más de si, siguiendo su aura demoníaca, y cuando creo que no voy a poder alcanzarlo, este se detiene. Yo lo hago a unos pasos con la respiración errática y me aferro con fuerzas a mi daga.

El oso gruñe, enfurecido, clavando su mirada en mi y es entonces cuando me doy cuenta que ha escapado, no por miedo, sino porque soy su presa y planea disfrutar cazándome.

Ignoro el nudo de mi estómago y lo rápido que va mi corazón. Esto no es nada. Puedo ganarle.

Estoy entrenada para ello.

No me deja mucho tiempo para prepararme. El demonio se levanta sobre sus patas traseras y puedo ver las afiladas garras. Ruge con todas sus fuerzas y finalmente se tira a por mi.

Consigo esquivarlo, con alguna dificultad, pero no me roza. Preparo mi arma y me doy la vuelta justo en el momento en el que vuelve a por mi. Tengo que fintarle otra vez, pero mi arma da con su costado y mi mano se vuelve pegajosa cuando su sangre me salpica.

Ag, qué asco.

El demonio ruge y parece aún más enfurecido conmigo. Debo darle rápido el golpe final o terminará haciéndome daño y será más difícil acabar con él.

La pelea continúa y en algún momento, me tiro hacia la derecha, pero para mi sorpresa, el demonio parece anticiparse a mis movimientos porque siento un profundo dolor en mi pecho mientras salgo volando. Choco contra el tronco de un árbol y el aire se queda atascado en mi garganta. Un profundo dolor se extiende por mi cuerpo, tanto que la visión se me nubla por las lágrimas.

Quiero moverme. Sé que tengo que seguir luchando, pero mi cuerpo no responde.

¿Será este el fin?

Mamá, papá, Kaede...

Escucho el grito de victoria que proclama el demonio y sé que se acerca a mi. Con las últimas fuerzas que me quedan, abro los ojos. No moriré con los ojos cerrados.

Sin embargo, algo ocurre.

En un segundo, el demonio se dirigía a mi sin contemplaciones y al siguiente ha sido empujado por algo. Escucho gruñidos, zarpazos y golpes, hasta que finalmente un alarido de dolor inunda el ambiente. Entonces, llega el silencio.

Me obligo a levantarme, saber qué ha pasado, pero me siento como si mi mente fuera a la deriva. Por mucho que lo intento, no puedo mover las manos, ni las piernas. ¿Así es como moriré?

El sonido de unas pisadas acercándose me alertan. Escucho el propio latido de mi corazón y noto un nudo en el estómago.

¿Es el demonio? ¿Finalmente vendrá a por mi?

Como me dije, no cierro los ojos.

Y es por eso algo explota en mi interior cuando una figura, un chico de pelo plateado y mirada ambarina, aparece en mi campo de visión.


UUUUUUHHHHH YA SE ESTÁ ACERCANDO LO BUENO, CHICOS/AS.

Sip. La chica de los sueños es Kagome, como estoy segura de que much s de vosotr s habréis imaginado, pero... ¿quién es la misteriosa persona que le ha salvado la vida? ¿Será quién todos creemos que es? ¿Podría ser este el comienzo de todo?

Y en el presente, ¿qué creéis que hará Kagome? ¿Plantará cara o seguirá huyendo? ¿InuYasha es un demonio?

Vamos, decidme vuestras hipóteis que prometo un jugoso adelanto para quién acierte jejejeje

En fin, ¿qué os ha parecido?

¡Contadme!