Teniendo mucho cuidado de no hacer ningún ruido, cruzó el pasillo casi conteniendo la respiración y caminando de puntillas, y se detuvo justo enfrente de la habitación de su hermano. El lugar estaba a oscuras, pero ella se sabía su casa de memoria, así que no necesitaba nada para que le alumbrara el camino.

Ni si quiera sabía que era hora. No le importaba.

En realidad, no podía posponerlo más.

Su corazón bombeaba con fuerza en el pecho y en la cabeza le daban vueltas de los miles de pensamientos que se acumulaban en su mente sin dejarla descansar. Por eso, ella no reculó.

Necesitaba malditas respuestas. Y ya.

Llenando de aire sus pulmones para intentar tranquilizarse (que honestamente no sirvió de mucho), llevó una de las manos al pomo de la puerta y durante un segundo, se quedó en esa posición, incapaz de moverse. Su mente gritó un par de veces la orden de que hiciera algo, pero su cuerpo simplemente no se movía.

¿Por qué no podía?

¿Por qué era incapaz de borrar su último sueño?

De pronto, la puerta se abrió y Kagome tuvo que ahogar un grito que quiso pugnar de sus labios cuando la impotente figura de InuYasha apareció al otro lado de ella. Antes de poder evitarlo, sus ojos viajaron solos y cuando se quiso dar cuenta había observado de arriba a abajo la escasa indumentaria del chico.

Debería estar acostumbrada a la imagen, es decir, era normal que el chico durmiera con tan solo un pantalón de pijama ancho y con el pecho al descubierto, y en numerosas ocasiones ambos se habían encontrado en la cocina cuando no podían dormir... pero había algo en ella que últimamente la hacía sentir muy rara y bastante más receptiva a detalles como estos.

Sintió sus mejillas calentarse y dio un paso inconsciente hacia atrás.

—¿Kagome?

Había sorpresa en su voz, y eso la hizo avergonzarse aún más. Miró sus zapatillas de pelitos como si fuera lo más interesante del mundo e intentó decir cualquier cosa.

—Hum, buenas... noches...

¿Buenas noches? ¿En serio? ¿Por qué no mejor le cerraba las puertas en las narices y volvía corriendo a mi habitación?

—Kagome, ¿qué haces aquí? Es muy tarde.

Sí, yo debería estar durmiendo... y tú también.

—¿Que haces despierto?— cuando se quiso dar cuenta, la pregunta se había escapado de sus labios, y aunque no lo veía, supo que su ceño se había fruncido.

—¿No debería hacerte la misma pregunta?— gruñó entre dientes, en un tono que consiguió ponerle los vellos de puntas— ¿Qué ocurre?

Creyó verlo mover los brazos, acercarlos a ella, pero estos se detuvieron a mitad de camino y volvieron a su anterior posición, a ambos lados del cuerpo del muchacho. Kagome sintió un tirón en el estómago ante eso y recordó las palabras que le había dicho su madre esa tarde, como se habían distanciado... y todo por su culpa.

Notando las lágrimas acumulándose en sus ojos, inspiró con fuerzas. Había venido a por respuestas, no a llorar como una tonta.

—¿Puedo... hablar contigo?

Los segundos pasaron y él no contestó. Notaba su mirada perforándola, intentando averiguar lo que estaba pasando por su cabeza, pero supo que era misión imposible cuando lo escucho resoplar.

—Claro.

InuYasha empezó a andar, cerrando la puerta de la habitación a sus espaldas, y se encaminó hacia la de la muchacha, lugar donde usualmente estaban y más si era una charla tan... importante como parecía ser esa. Sin embargo, se sobresaltó cuando notó como le cogían de un brazo, deteniéndolo instantáneamente.

—Espera, InuYasha. Va-vayamos a la co-cocina, quiero un... uhm, chocolate caliente.

¿Por qué estaba temblando? ¿Por qué tartamudeaba de pronto? ¡Si se trataba de InuYasha! Además, ¿en la cocina? ¿En serio? ¿Por qué rayos lo dijo si en ningún momento había pasado por su cabeza? ¿Por qué de pronto rechazó la idea de estar con él en su habitación? ¡Si lo habían estado miles de veces antes!

El nudo de su pecho se hizo más grande, sobretodo cuando su mirada se cruzó con la de él y advirtió como el desconcierto reinaba en su semblante. Rápidamente desvió sus pupilas y emprendió el camino, sabiendo que él la seguiría, cosa que hizo en un tenso silencio.

Cuando llegaron, abrió la puerta, encendió la luz y lo dejó pasar antes de cerrar tras él. Entonces, se puso a trastear para preparar la bebida mientras sentía la mirada de InuYasha clavada en ella, seguramente sentado en su lugar de siempre.

De pronto, era como si la voz y las ideas le fallaran. Antes al menos, cuando fue a la habitación, tenía una ligera idea de lo que le preguntaría/diría, pero ahora era como si estas se las hubiera llevado el viento. Y ella odiaba improvisar.

Mientras que calentaba la leche, el silencio se hizo demasiado largo e incómodo, que ella tuvo que romperlo de alguna forma. Apoyada en la encimera, con su mirada puesta en la olla al fuego, habló:

—¿Te desperté antes? Realmente no pensé que...

—No estaba durmiendo, tranquila— lo escuchó decir.

—Ah.

Silencio.

¡¿Puedo dejar ya de ser tan estúpida?!, se reprochó mentalmente. Tuvo que parpadear repetidas veces para que no cayeran las lágrimas de lo mal que se sentía.

InuYasha desde el primer momento ha sido un gran pilar en su vida y en estos momentos, sentía como si este estuviera temblando, a un suspiro de destruirse, a convertirse en meros escombros y ruinas. Y no sabía que sería de ella de ser así.

Echaba de menos su compañía, sus charlas, sus gruñidos, el observar el movimiento casual de sus lindas orejitas... simplemente estar con él, y para ella era como si hubiera aparecido un enorme precipicio que los separara el uno del otro. Uno, que había creado ella.

—Hey.

Unas manos rodearon su cintura y Kagome se sobresaltó por un momento, pues no se lo esperaba. Pero no pasaron ni dos segundos que supo a quienes pertenecían y sentir su calidez tan cerca, rodeándola, fue como un bálsamo de tranquilidad para su alma. Hacía mucho tiempo que no lo sentía y reconoció ser la persona más idiota y despreciable del universo. Porque ella fue la se separó de él, la que puso las distancia.

—InuYasha...—sus brazos tocaron los de él, los que la estrechaban contra su cuerpo y toda ella se estremeció— No puedo más...

Su cuerpo parecía encajar con el de él perfectamente, hechos el uno para el otro, como dos piezas de un rompecabezas. ¿Cómo no había podido darse cuenta de eso antes? ¿Cómo había podido estar tan ciega?

—¿Por qué, pequeña?

Ella no necesitó explicación alguna para saber a lo que se refería. El nudo de su garganta se apretó aún más, amenazando con estallar en cualquier momento. Porque había sido capaz de notar el dolor en sus palabras, en su voz, rogándole que le contestara e implorándole que no se volviera a marchar. Él, siempre impertérrito e indiferente a todo, ahora mismo la estaba abrazado como si no hubiera un mañana y le exigiendo respuestas del por qué se habían distanciado, de por qué ella se alejaba de él.

—Yo... yo... n-no...

Imposible de retenerlo más, una lágrima descendió por su mejilla, exteriorizando una pequeña parte del dolor que la estaba consumiendo. Sin embargo, no le dio tiempo a nada más antes de que le hubieran dado la vuelta y su rostro se hubiera enterrado en el hueco de su cuello. Su aroma la rodeó, la acunó, y ella entonces no lo detuvo. Todos los malos pensamientos y sentimientos volvieron a ella y estos fueron sacados al exterior en forma de sollozos y lágrimas.

Porque estaba harta de este absurdo temor, de huir de la persona más importante de su vida, de infligirle dolor por su estupidez, de estás más tiempo lejos de sus brazos...

¿Qué más daba lo que fuera InuYasha? ¿Lo que ella creyera? ¿O inclusos sus ridículos sueños? Él era InuYasha, el hombre que había estado junto a ella apoyándola, cuidándola y preocupándose por ella en todo momento, y eso no lo cambaría nadie. A pesar de todas las cosas, ella siempre estaría junto a él.

Y ya había sido lo suficiente imbécil para unos años en estos pocos días anteriores.

Los dedos de él pasando por su cabello parecían hacer milagros, pero aún así, la horrible sensación de su pecho no desaparecía.

Todo había empezado desde que empezó a tener secretos con él.

Era absurdo, lo sabía, pero algo en ella le decía que si hubiera ido de cara desde el primer momento con él las cosas hubieran sido diferentes. Y todo porque ella no quería que la viera como una loca. Y contra todo pronóstico, ella misma esta empezando a pensarlo, pues solo una demente tantearía siquiera la posibilidad de estar separada de él.

—Lo siento— balbuceó, sus brazos apretándose en todo al cuello de él— Lo siento, lo siento mucho, lo siento, InuYasha, he sido una tonta, perdóname...

—Ssshhh— la acalló él, susurrándole al oído. Kagome sintió como el vello se le ponía de punta y casi jadeó— No pasa nada, no tienes que disculparte.

—Pero... yo... la forma en la que te he tratado...

—Kagome, no— sacudió la cabeza enérgicamente—Yo no tengo nada que perdonarte. Y ahora, por favor, deja de llorar. Me pone muy nervioso no poder hacer nada para ayudarte y detesto verte así.

Los labios de la chica se curvaron notando, efectivamente, que estaba intranquilo por el simple hecho de que ella estaba mal. Oh, InuYasha... Sin embargo, tuvo que pasar casi un par de minutos antes de que finalmente dejara de llorar. En todo ese tiempo, no se separaron y Kagome por poco no entra en una especie de trance sintiendo las manos de InuYasha en su pelo y espalda, la piel de su pecho contra su mejilla y la calidez de él rodeándola.

—¿Ya estás mejor?— la sacó de su estupor, en un tono suave.

—Sí—cabeceó lentamente.

Se separaron aunque las manos de él en ningún momento abandonaron el cuerpo de ella, y sus ojos se conectaron. Kagome nunca había visto sus ojos tan brillantes como lo estaban en ese momento. Parecían querer decirle tantas cosas...

Entonces, su ceño se frunció y su nariz empezó a moverse de forma graciosa.

—Huele a...

—¡La leche!— jadeó acordándose. Con todo, había olvidado completamente la olla en el fuego.

Rápidamente se separó, añorando sus brazos, y corrió hacia el fuego y un suspiro de alivio surgió de su pecho cuando vio que la leche estaba tan solo empezando a hervir. Se podía salvar. Ya un poco más tranquila y ligera, preparó el chocolate y cuando terminó, al dar la vuelta se encontró a InuYasha que estaba en su silla del extremo de la mesa.

Sonriéndole levemente, se acercó a él y dejó las dos tazas encima de la mesa. Iba a sacar la suya para sentarse cuando una mano tiró de ella. Ahogando un grito, se encontró entre las piernas de InuYasha y con el rostro de este a poca distancia.

Se sintió como una colegiala a la cual el pulso se le disparaba y no podía dejar de mirar embobada el atractivo rostro frente a ella. Creyó verlo sonreír y se ruborizó aún más, pues este había pasado las manos por su cintura, impidiendo cualquier posibilidad de escape.

Como si quisiera hacerlo, pensó furtivamente.

—¿Estamos bien?— preguntó en un hilillo mirándola fijamente con sus ojos ambarinos.

El verlo tan frágil y vulnerable, activó algo en su interior. Notó un fuerte cosquilleo en el estómago y no fue capaz de apartar la mirada de él.

—Lo sien...

—Kagome— subió una de sus manos hasta el rostro de ella, haciéndola callar— Te he preguntado si todo está bien entre nosotros, no he pedido ni quiero una maldita disculpa.

Ella tuvo que esconder la sonrisa que quiso formarse en sus labios.

—Sí, InuYasha, lo estamos.

—Bien— había alivio en su voz.

Y lo que pasó a continuación no se lo habría esperado jamás.

En un segundo estaba mirando los fascinantes ojos del muchacho y al siguiente sus ojos se habían abierto de la impresión.

Porque InuYasha la estaba besando.

Be-san-don.

Fue como si cientos de fuegos artificiales hubieran explotado en su pecho. La sensación, aunque al principio rara, no tardó en pasar a ser algo increíble. Había besado antes, sí, a un chico en la escuela que no recordaba como se llamaba pero ese torpe e incómodo beso, no tenía nada que ver con lo que ella estaba viviendo en esos momentos.

Y es que la sensación de los labios de InuYasha sobre los suyos, su lengua pidiéndole paso... era algo que no se sentía capaz de describir, porque no existía palabra que fuera capaz de agrupar todo.

Cuando el oxígeno fue algo necesario, se separaron, pero ella tuvo que permanecer con los ojos cerrados mientras intentaba normalizar la respiración. Más tarde, se dio cuenta de que en algún momento del beso sus piernas habían fallado y había acabado sentada sobre el regazo del muchacho. Menos mal que su madre no había entrado en ese momento en la cocina, sino hubiera puesto el grito en el cielo.

—Kagome...

—InuYasha...

Ambos habían hablado a la vez y cuando se dieron cuenta, Kagome sintió como sus mejillas se ruborizaban. Escondió el rostro en el cuello de él, lugar que se estaba convirtiendo en su favorito, e ignoró el cosquilleo de su estómago cuando él le rodeó la cintura con sus brazos, atraiéndola lo máximo posible a él.

Se sentía en el paraíso...

¿Por qué no habían hecho esto antes?

—Pequeña...

No continuó, no hizo falta. Cogió su mentón con una de sus manos, instándola a que se miraran a los ojos, y había tanta emoción, ternura y deseo en ella que Kagome sintió como su corazón daba un vuelco.

Esta vez fue ella la comenzó el beso, correspondiendo todos y cada uno de sus deseos, siendo los suyos propios, y por un segundo se olvidó del mundo. Se olvidó de los problemas, de sus preocupaciones y miedo, para simplemente estar junto al chico que quería, al más importante de su vida.

Sin embargo, a pesar de todo, en el fondo de su memoria, como un martilleo contante había una pregunta que era imposible de ignorar. Una que anhelaba pero a la vez temía, porque sentía que su vida entera, su corazón y alma, estaban a merced de ella.

Una a la que sabía que se tenía que enfrentar:

¿Quién eres, InuYasha?


He traído (uno de mis capítulos favoritos de toda la historia) como regalo de Navidad este capítulo, aunque un poco triste la verdad...

¿No os gustó el anterior? ¿O no os gusta como está yendo la historia en general? Porque no recibí ni un comentario diciendo aunque sea "me gustó" o "no me gustó"... Y eso que dije que podría haber en juego un jugoso adelanto...

En fin, ayudad un poco a esta pobre escritoria (o al menos el intento de) y alegrarles estas fechas con un reviews :)

¡Felices fiestas a todos!