—¡Vamos, Kagome! ¡Nos lo pasaremos bien!
La aludida suspiró, indecisa aún, mientras jugueteaba con un hilo que sobresalía de la colcha de su cama.
—No lo sé, Yuka, tendría que preguntarle a mi madre a ver que le parece...
—Oh, vamos— Kagome se la imaginó poniendo los ojos en blanco al otro lado de la linea— Solo serán dos día y no nos volveremos muy tarde, lo prometo. Además, nos lo debes. Últimamente apenas tienes tiempo para que salgamos juntas.
—Sí, bueno, pero...
—¿Por favor?— le rogó poniendo vocecita de niña buena, esa que sabía que ella no podía resistir— Venga, Kagome, mi madre nos las ha regalado, ¡no puedes hacerle ahora el feo! ¡Ven con nosotras!
Los labios de la muchacha se curvaron y sacudió la cabeza divertida cuando supo que no podía decirle que no. Además, honestamente tenía ganas de quedar con sus amigas, pues hacía tiempo que no las veía. Ya vería como se las arreglaría...
Dejó que pasaran unos segundos en silencio para darle más dramatismo al asunto y casi la escuchó saltar al otro lado de la desesperación.
—Bueeeno, vale. Iré— terminó claudicando escondiendo una carcajada.
La escuchó festejar y ya sí, rió, contagiada de su entusiasmo. Intercambiaron un par de palabras más, quedando en la estación la mañana del sábado y finalmente Kagome colgó el móvil.
—¿Quién era?— escuchó una voz en el umbral de su puerta.
Alzó ligeramente la cabeza de la almohada y mirando por encima del hombro, se encontró a su madre que venía a traerle la ropa limpia que había sido lavada.
—Yuka. Me ha invitado este fin de semana a ir a unas aguas termales con las chicas.
—Ah, qué bien— le dejó el montón de ropa en su escritorio— Le habrás dicho que sí, ¿no?
—Sí, mamá— intentó no rodar los ojos mientras se ponía de pie y se acercaba a la mujer— ¿Tantas ganas tienes de perderme de vista?— le preguntó bromeando.
Sonomi rió y abrazó a su hija. La chica, un poco sorprendida, se dejó hacer y le correspondió. La verdad es que su madre nunca había sido mucho de muestras cariñosas, si bien tenía que decir que estas nunca habían faltado a pesar de todo.
—No, claro que no, pero sé como eres y te mereces divertirte con tus amigas. Sé que no puedes seguir su ritmo en cuanto a dinero se trata pero...
—Mamá— la hizo callar cuando advirtió la vergüenza en sus palabras— ¿Qué dices? Jamás me he sentido menos por no poder "despilfarrar" el dinero. Te quiero mucho y estoy muy orgullosa de ti y de ser tu hija, así que te prohíbo que digas esas cosas.
La mujer aceptó sus palabras con una sonrisa y el abrazo se prolongó por casi un minuto más. En algún momento, cuando Kagome alzó la mirada se encontró con InuYasha parado en su puerta, mirándolas con un extraño brillo en sus orbes doradas. Se sonrojó, sobretodo cuando sus miradas conectaron, y por un instante la joven fue capaz de leer muchas cosas en ella.
—Bueno, voy a ir a vestirme, que pronto entro a trabajar— exclamó su madre, con el ánimo que le caracterizaba— Ah, hola, InuYasha, no me había dado cuenta de que estabas aquí— le sonrió cálidamente.
Como contestación obtuvo un encogimiento de hombros y Kagome rió. InuYasha, como siempre, tan simple y escueto respecto a su forma de expresarse.
Su madre se marchó de la habitación tarareando alguna canción e InuYasha entró en ella en el momento en el que la joven se disponía a guardar su ropa. Estaba nerviosa, muy nerviosa, por su simple presencia y odiaba que InuYasha se diera cuenta de ello, porque no importaba lo que intentara, siempre lo hacía.
Después de cerrar su armario, inspiró profundamente y al girarse se encontró al albino mirándola fijamente, sin penderse ningún detalle, en el centro de la habitación parado y con los brazos cruzados. Sintió el familiar cosquilleo en su estómago y lentamente se fue acercando a él. Este instintivamente le abrió los brazos y Kagome se acurrucó en ellos, suspirando, muy feliz.
—Hola— susurró, ignorando el calor en sus mejillas, con sus narices rozándose.
—Hola, tú— respondió él, desviando la atención a sus labios.
Y como si fuera algo ensayado, ambos se inclinaron al otro, haciendo que sus labios chocaran.
Kagome adoraba besar a InuYasha, sentir sus labios, su calidez y sus brazos en torno a ella. Era algo que estaba segura que jamás se cansaría de sentir por mucho tiempo que pasase.
Cuando se separaron, la muchacha tiró de él hasta sentarlo en la cama antes de cerrar la puerta de su habitación. Todavía estaban esa rara etapa en la que no sabían que diablos eran, así que ambos preferían que los demás habitantes de casa no supieran de esta nueva relación que estaba surgiendo.
Un suspiro salió de sus labios cuando al intentar sentarse a su lado en el colchón, InuYasha tiró de ella para que lo hiciera en su regazo. Kagome sonrió ampliamente, con los brazos de él rodeando su cintura, estrechándola cariñosamente.
—Las chicas me han invitado a ir con ellas el sábado y el domingo— comentó, con el rostro escondido en el hueco de su cuello.
—Mmhhm— tarareó, haciéndole ver que estaba escuchándole.
—Mamá me ha dicho que no puedo negarme.
—¿Pensabas hacerlo?
—Sí, bueno, no sé— hizo una mueca cuando InuYasha la obligó a separarse lo justo para que se pudieran ver a los ojos. La ceja arqueada de él habló por si sola— Sería ir a unas aguas termales, que están en un pueblo cercano. La madre de Yuka nos ha regalado las entradas.
—Ya. ¿Y qué tiene de malo eso?— había verdadera confusión en su voz.
—Pues que entre los billetes, la noche allí y las comidas...— frunció los labios, no queriendo decirlo en voz alta— Bueno, sé que últimamente no estamos muy bien dinero y derrocharlo así...
—Kagome— la detuvo, poniendo una mano en su mejilla— Joder, eres demasiado buena, pequeña.
Kagome lo miró, desconcertada por su comentario pero también terriblemente avergonzada, e ignoró el cosquilleo en su estómago.
—¿Por qué no te olvidas por un momento de todo el mundo y te centras en ti? ¿Tú quieres ir?
—Si, pe...
—Pues no hay "pero" que valgan— la calló con una mirada. Tuvo que retener la sonrisa que quiso formarse en sus labios cuando la vio hacer un mohín demasiado adorable para su propio bien— Te lo mereces, pequeña, y si tú quieres ir, irás.
—Pero el dinero...
InuYasha puso los ojos en blanco. Era una pequeña cabezota... Se levantó, dejando a la muchacha en la cama con cuidado, y salió por un momento de la habitación. Kagome, esperó, realmente perdida, y unos minutos después él volvió a aparecer.
—Toma.
La joven abrió los ojos, observando lo que le tendía. Eso era... ¿dinero?
El ceño del muchacho se frunció cuando vio que no se movía, sino que se limitaba a mirarlo, así que cogiéndole él mismo la mano le puso los billetes en la palma y la cerró en torno a ellos.
—Pero... pero...— no sabía que decir.
—Como veo que te preocupa tanto ese tema, ahí tienes el dichoso dinero. Si necesitas más, pídemelo— habló de forma tosca pero sin dejar lugar a réplica alguna.
Tuvieron que pasar un par de segundos más antes de Kagome despertara de su letargo. Levándose de la cama, se encaró al chico y lo miró fijamente con la sorpresa e incredulidad acampando en su mirada.
—¿Es tuyo?
—Sí—más arrugas aparecieron en su rostro—No lo he robado ni nada de eso.
—¿Qué? ¡No insinuaba eso!— exclamó, aún intentando procesarlo todo— Es solo... me has sorprendido. ¿En qué momento lo has ganado?
¿Para qué quería InuYasha dinero suyo...?
El mencionado apartó la mirada por un momento, sus orejas moviéndose nerviosamente, y Kagome sintió como dejaba de respirar. ¿Y si quería el dinero para marcharse lejos...? ¿Para dejarles... dejarla?
—De trabajitos que me conseguía tu madre algunas mañana, cuando tú ibas al instituto— respondió encogiéndose de hombros.
La pregunta que se había hecho antes la tenía atascada en la garganta, pero era incapaz de soltarla. Porque tenía miedo de la respuesta.
—Cuando me pagaban, yo le intentaba dar el dinero a tu madre, pero ella se negaba en rotundo a cogerlo todo, así que siempre me quedaba con una parte. La he ido guardando este tiempo y... bueno, quiero que lo uses— añadió, ajeno al cacao mental que tenía en esos momentos la chica.
El alivio que la recorrió de arriba a abajo casi hace que se caiga. Sin embargo, sus piernas fueron lo suficientemente fuertes para sostenerla, así que InuYasha no se dio cuenta de su estupidez.
Ay, qué tonta había sido...
—Pero InuYasha es tu dinero, yo no puedo...
—Kagome— él la miró, con las orejas tensas y una mueca en sus labios, y Kagome supo que no podría hacerlo cambiar de opinión— Como bien has dicho es mi dinero, pero quiero dártelo a ti. Es tuyo. Y, de verdad, si necesitas más tan solo pídemelo— sus rasgos se suavizaron y se acercó a ella, atraiéndola a su cuerpo— Todo lo mío es tuyo, pequeña, no lo dudes. Ya que no estaré contigo, déjame cuidarte así al menos...
La emoción que ella estaba sintiendo en el pecho se desbordó, causando que las lágrimas se le escaparan. ¿Cómo pudo dudar de él...? ¿Cómo, después de la forma en la que él la miraba...?
—Vosotros me acogisteis desde el primer momento y creo que nunca os lo he agradecido propiamente dicho— siguió diciendo en un tono dulce— Sabes que no soy muy bueno con las palabras, por eso... déjame hacerlo de la única forma que sé...
—Oh, InuYasha, no sé que decir...— musitó a pesar del nudo en su garganta.
Lo vio esbozar una pequeña sonrisa y le pasó los pulgares por sus mejillas, teniendo cuidado de sus garras, para limpiar las lágrimas.
—No tienes que decir nada, tan solo acéptalo, pequeña...
Sus labios se juntaron. Kagome rodeó el cuello del él y haciendo presión, le indicó lo que quería. Él con mucho gusto siguió las órdenes y la apretó contra sí cuando se besaron. Como siempre que pasaba, sintió hormigueo en todo su cuerpo y todo su alrededor pasó a un segundo plano. Ahora solamente veía, sentía y pensaba en la pequeña figura que estaba entre sus brazos. Su Kagome. Ah, que delicia era...
Tiempo más tarde, InuYasha salió de la habitación (con la respiración un poco anormal y con un suave color en sus mejillas) y ella se sentó en su cama, sin poder apartar la mirada del dinero que este finalmente le había obligado a llevarse. Recordó el miedo que sintió cuando pensó que él se marcharía de su lado, aunque había sido todo algo de su mente, y no pudo evitar pensar en que todavía no le había dicho nada de sus otros miedos, de sus otras preguntas. Desde esa noche en la que todo cambió, él no le había preguntado lo que había pasado (aunque notaba sus ganas de querer saberlo) y ella tampoco se había atrevido a decirle nada.
Quería saber quién era, sus secretos, sí, pero Kagome sabía que cuando eso pasara, sería como abrir una puerta a un mundo nuevo. Un mundo donde la palabra "demonio" adquiría un significado tangible, donde ella soñaba con el pasado y aparecía InuYasha, donde esas orejas caninas y las garras parecían algo importante...
Un mundo donde InuYasha sería algo más que simplemente su InuYasha.
·
—Buenos días, hija.
—Mamá, ¿qué haces levantada tan temprano? Para un día que puedes descansar y dormir hasta tarde...— le medio regañó dejando la mochila que pensaba llevarse sobre la cocina de la mesa.
Sonomi se encogió de hombros y volvió a lo que estaba haciendo en el fuego.
—Quería despedirme de ti ya que no me dejas acompañarte, y de paso os he preparado el desayuno y algo para que os llevéis para el camino.
Kagome sonrió ante las atenciones de su madre y se acercó a ella para plantarle un beso en su mejilla.
—Gracias, mami.
—De nada, cielo— pasó una mano por su pelo, peinandole el flequillo, como cuando era chica.
Ese fue el momento en el que entró InuYasha en la habitación, encontrándose aquella escena, y a Kagome no se le pasó desapercibido la mirada que le echó a ambas. No llegó a captar bien, pero era... ¿nostalgia?
Ambas miradas se encontraron y Kagome le lanzó una pregunta muda, pero fue como si InuYasha colocara un muro a su alrededor, que todo lo que creyó ver desapareció en cuestión de segundos. Se encogió de hombros y fue a sentarse en su lugar.
Kagome decidió que le preguntaría más tarde, cuando ambos fueran a la estación.
Aunque su madre no desayunó, los acompañó mientras los otros dos lo hacían y tuvieron una agradable charla, aunque bueno, fue más bien una entre madre e hija, pues InuYasha apenas aportó algo más que alguna interjección o gruñido.
Cuando terminaron, Kagome se despidió de su madre con un fuerte abrazo (de su hermano lo había hecho la noche anterior) y cogiendo InuYasha la mochila, juntos salieron de la casa. Apenas estaba a amaneciendo en esos momentos, pero las chicas habían decidido irse temprano para aprovechar el día la máximo pues al día siguiente volverían antes del almuerzo.
Durante la primera mitad, el camino transcurrió en un apacible silencio. Aunque el interior de la cabeza de Kagome era un hervidero de ideas y preguntas. Finalmente, después de mucho darle vueltas, se atrevió a preguntar:
—InuYasha...
—¿Mmhhm?
—Quiero preguntarte algo...
El tono de su voz, vacilante y débil, consiguió atraer su atención lo suficiente como para que se detuviera y la mirara arqueando una ceja.
—¿Qué ocurre, pequeña?
Ella abrió la boca, pero nada salió de ahí. Al fina, terminó sacudiendo la cabeza y se acercó a él para rodear su cuello.
—Ya estamos cerca, no hace falta que me acompañes a la puerta— sonrió, sintiendo como él colocaba las manos en sus caderas— Nos vemos mañana, ¿vale? ¿Vendrás a por mi?
—Claro, ¿acaso lo dudabas?— le respondió él curvando los labios ligeramente. Sin embargo, Kagome supo que se había quedado intranquilo y curioso por lo de antes, así que juntó sus labios para hacerlo olvidar, cosa que realmente funcionó.
—Adiós...— susurró cuando se separaron.
Kagome se colgó su mochila y después de un último beso, se separó de él. Su cuerpo extrañó el contacto de él desde el primer momento y se preguntó si podría aguantar todo este tiempo alejada. Desde que todo había cambiado, tampoco es que se hubieran separado durante mucho tiempo.
Sintiendo la penetrante mirada en su nuca, Kagome se encaminó hacia la puerta de la estación. Sabía que hasta que ella no estuviera con sus amigas no se marcharía, así que intentó ignorar las sensaciones que le causaban.
Tonto y protecto InuYasha...
Vio a sus amigas a lo lejos. Tuvo el impulso de alzar una mano para hacerse notar, pero supo rápido que no hacía falta. Porque sus amigas ya la estaba mirando, y lo que Kagome fue capaz de leer en sus miradas hizo saltar todas las alarmas de su cuerpo.
La habían visto, sí, pero también lo que había hecho con InuYasha.
¡Lamento muchísmo la tardanza! Sé que hace siglos que no actualizo, pero he estado en época de exámenes y apenas he tenido tiempo para respirar. Sin embargo, he vuelto y con las pilas cargadas. No pienso abandonar la historia y prometo que tardaré menos en actualizar para la próxima vez.
Y ahora, hablando del capítulo, ¿qué os ha parecido?
Hay muchas interrogantes en la cabeza de Kagome y estoy segura que en las vuestras también, je je, pero estad tranquilas, queda poco para que algunos secretos salgan a la luz y no solamente para la propia Kagome me refiero. Y, por supuesto, han sido pillados por las chicas... ¿Qué creéis que pasará?
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
