Summary: Theodore Nott se salvó de Azkaban por un milagro, pero no se ha salvado de Caterina Zabini. Ya había liquidado a su padre, su último marido. ¿Qué le impide liquidarlo a él? (Adaptación de Blancanieves).
Pairing: Harry P. / Theodore N. (EWE).
Este fic participa en el reto #34 "Adaptando un clásico" del foro "Hogwarts a través de los años"
Wentworth
«I am a stranger,
I am an alien inside a structure,
are you really gonna love me when I'm gone?
With all my thoughts
and all my faults»
I of the Storm, Of Monsters And Men
1998.
—Kingsley… no…, no creo que pueda hacerlo. No creo que pueda ser parte de un ministerio que permite esta barbarie.
Apenas si escuchaba. Reconoció la voz del estúpido Harry Potter, porque todos conocían la voz del estúpido Harry Potter. Era el mago más famoso de todo el Reino Unido. Y los había salvado a todos. A todos los que no eran como él.
—Harry…
—No, Kingsley, no voy a ser parte de este nuevo orden. No puedo creer que estés intentando ocultarlo.
Todavía sentía que le dolían las entrañas, a pesar de todas las pociones curativas que le habían dado. Tres costillas rotas. Quizá cuatro. La espalda y el abdomen lleno de moretones, una herida bastante fea en el hombro. Los dos ojos morados y un diente caído. Ese había sido el saldo de Azkaban para Theodore Nott.
—Harry, por favor, considéralo. Podrías evitar que esto ocurriera, podrías mostrar el buen ejemplo.
Estaba fingiendo estar dormido.
—No puedo, Kingsley. De verdad.
—Cancelamos su juicio…
—Porque no pueden permitirse que hable, que cuente lo que le hicieron en Azkaban en el mes que estuvo allí, a la espera de una fecha para una vista.
Theodore no se movió en lo más mínimo cuando los sintió acercarse a él. Había pasado los días anteriores dormitando e ignorando a todas las personas que se acercaban a su habitación privada en San Mungo. La única vez que se había despertado había sido cuando lo habían obligado a firmar un montón de papeles que decían que el ministerio no seguiría con los cargos en su contra y quedaría completamente absuelto de todos sus crímenes si nunca hablaba de lo que había ocurrido.
Y lo había firmado porque sabía que si lo juzgaban, iba a pudrirse en Azkaban aunque no hubiera hecho absolutamente nada.
—No volverá a pasar…
—Volverá a pasar, Kingsley, volverá a pasar. Y lo voy a averiguar y me encargaré que no vuelva a pasar nunca más.
El rastro de unos pasos se alejó de la habitación de Theodore Nott. Momentos más tarde, también los pasos del ministro de magia se alejaron. Theodore se quedó allí, fingiendo aun dormir, cuando oyó el sonido de unos tacones entrar. La mujer que había entrado le puso una mano en el hombro y prácticamente la pudo reconocer por el perfume.
—¿Theodore? —llamó.
Él fingió seguir dormido. Por qué había tenido que venir ella.
Oyó otros pasos que entraban.
—Se la pasa dormido. —Era una de las sanadoras de planta. La reconocía por la voz—. ¿Ha venido usted a firmar la baja? Ya casi está listo para irse a casa…
—Sí.
—Vuelvo en un momento, señora Nott…
—Zabini, querida, Zabini —respondió ella—. Aun uso el apellido de mi primer marido. —Hubo una pausa y Theodore pudo jurar que veía su sonrisa—. Que en paz descanse.
—Ah… —Los pasos de la enfermera se alejaron.
Theodore siguió con los ojos cerrados. No quería verla, no quería enfrentarse a nadie.
—Creí que no volverías a reclamar tu herencia —musitó ella.
1995.
—No pareces muy conforme con esto.
—Papá…
—Hace falta una mujer en esta casa, Theodore —dijo él. Emmanuel Nott siempre tenía una mirada melancólica y triste—. Hace falta, no sé, vitalidad. —Se miró al espejo y se acomodó la corbata de la túnica de gala—. ¿Quieres ayuda?
Era la cuarta vez que Theodore intentaba hacer el nudo. Simplemente se rindió y dejó que su padre lo hiciera.
»De todos modos, te juro que no me caso sólo porque crea que necesitas una madre o algo… —le dijo—. Aunque definitivamente necesitas una, quizá así nos hubieras ahorrado todos los disgustos a tu abuela y a mí. —Theodore miró hacia otro lado. Ya sabía que estaba lejos de ser el hijo perfecto—. Pero no es por eso. Estoy enamorado, Theodore.
Theodore siguió mirando hacia otro lado.
Ella no le gustaba. Nunca le había gustado.
1995.
—No te lo tomes a mal, pero tu casa es una puta mierda —comentó Blaise, dejándose caer en la cama de Theodore, con una botella robada de whisky de fuego en las manos—. Es tétrico, cabrón, todo esto es tétrico. Casi tan tétrico como la obsesión de mi madre con los pisos y las paredes blancas…
—Dame. —Theodore extendió la mano y casi le arrebató la botella de whisky de fuego; le dio un trago largo y luego se la devolvió—. Puedes quedarte con la recámara de invitados. Supongo.
—Ahora tendrás que aguantarme todos los días. Vacaciones incluidas.
Theodore soltó un quejido. Habían sido amigos desde el primer momento en que se habían subido al expreso de Hogwarts, pero eso no significara que quisiera a Blaise Zabini siempre en su vida. Blaise solía abrumar a cualquiera, incluida a Pansy, que le tenía más paciencia que el resto. Si iba a vivir con alguien, prefería que fuera Draco, que al menos tenía un instinto de a decencia.
—Te odio —le dijo Theodore.
—No es cierto. —Blaise le dio un trago a la botella de whisky de fuego y luego se la pasó—. ¿Crees que oiremos su cómo… ya sabes…? —Hizo varios gestos obscenos con las manos. Theodore rodó los ojos—. La casa es muy grande, pero si gritan…
—No sé —dijo Theodore. Le dio un trago a la botella—. Oye, Blaise… —hizo una pausa antes de formular la pregunta que tenía atorada en la punta de la lengua—, lo de tu madre… sobre… sus maridos… ¿es cierto?
Blaise se quedó callado un momento.
—Joder. No me hagas preguntas que no quiero responder.
La respuesta lo hizo cagarse de miedo. Hubo una pausa.
»Sólo… nunca te metas con ella.
1997.
—Es una pena, de verdad…
—Y su hijo es tan joven aún…
Theodore intentó bloquear todos los comentarios que alcanzaba a oír, sentado justo al lado del ataúd, completamente cerrado, con la barbilla apoyada en él. No sabía qué sentir. No sabía cómo se suponía que debía sentirse. Volvería a Hogwarts apenas pasando año nuevo y todo el mundo había cambiado. Su padre estaba en ese estúpido ataúd y él tenía una marca tenebrosa negra y reluciente en el antebrazo, porque alguien tenía que llenar el espacio de su padre. Los mortífagos no le habían dado mucha opción. Aceptar o morir. Al final, Draco le había dicho que no dolía demasiado y que él le cubriría las espaldas.
Caterina Zabini se acercó hasta él. Llevaba una taza de té en la mano.
—¿Quieres té, Theodore? —preguntó.
Le daba mala espina aquella mujer. Siempre le había dado mala espina, siempre había tenido un mal presentimiento.
—Gracias —respondió.
—Lo siento, Theodore, de verdad —musitó la señora Zabini—. Lo siento. Nunca quise que pasara esto.
Todo sonaba a mentiras.
1998.
Volvió a casa aun con un cabestrillo y el abdomen vendado. Los moretones de la cara prácticamente habían desaparecido, pero el torso todavía estaba lleno de ellos. Le dolía el alma, incluso. Se había ganado todo aquello por la guerra. Porque por más que Draco hubiera prometido cubrirle la espalda, por más que Draco hubiera hecho todo lo que se suponía que él debía hacer, seguía teniendo la marca, seguía siendo un mortífago, seguía siendo culpable de atrocidades. En Azkaban, los guardias se lo habían recordado bastante bien. La mayoría había perdido familiares en la guerra y se lo cobraban con los presos. Theodore sabía que no había sido sólo él, había oído los gritos en las celdas. Pero sí sabía que él se les había salido de las manos. Que estaría muerto si no lo hubieran llevado a San Mungo. Y, cuando había amenazado con contárselo al mundo, simplemente le habían ofrecido una absolución en la que ni él ni el ministerio creían. Habían metido todo el asunto debajo de la alfombra.
Cuando entró en casa, se sintió momentáneamente aliviado de respirar un aire conocido, de encontrarse en un lugar donde prácticamente siempre se había sentido a salvo. Se dirigió a la sala. Todo estaba prácticamente como lo recordaba. Una enorme fotografía de su madre aún estaba colgada encima de la chimenea. Se acercó a ella.
Theodore Nott era prácticamente idéntico a su madre. Tenían los mismos pómulos y el mismo cabello oscuro, casi tan negro como el ébano. Su madre lo peinaba hacia atrás, en un chongo medio suelto, pero él dejaba que le cayera rebelde por los hombros. La piel clara, casi translúcida. Lo había heredado todo de ella. En la fotografía de encima de la chimenea apenas tenía veinte años, poco menos. Era una foto muy vieja. Sería de entre diez o quince años antes de que Theodore naciera. Su padre nunca había hablado demasiado de Liberty Nott.
«Era muy guapa, Theodore, por eso me casé con ella».
«Ella…, estaba desesperada por tener un hijo. Hizo todos los rituales mágicos antiguos que pudo».
«Su salud siempre fue débil, incluso antes de que nacieras».
Mientras veía la fotografía, Theodore notó algo en el borde. Había restos del yeso de la pared de la chimenea, como si hubieran intentado quitar la fotografía. Frunció el ceño y, detrás de él, escuchó los pasos inconfundibles de Caterina Zabini.
—Ah, ya estás aquí —oyó su voz y se dio la vuelta, para encararla—. Bienvenido de nuevo, Theodore. —Siempre era demasiado cuidada con sus gestos, sus expresiones—. Espero que vuelvas a sentirte como… en casa. —Sonrió y la sonrisa se le vio falsa en los labios—. Cambiaron algunas cosas mientras no estabas. Espero que no te moleste.
Theodore negó con la cabeza. Apuesto a que había intentado quitar la fotografía de su madre de la pared.
—No, nada.
Caterina amplió su sonrisa.
—Blaise está arriba —indicó. Y después sus pasos se perdieron en dirección a la cocina.
1999.
—No puedo creer que me convencieras de esto —se quejó, mientras caminaba tras ella. Pansy Parkinson iba dejando tras de sí el ruido de sus tacones al chocar contra el suelo mientras él intentaba mantenerle el paso—. Es lugar va a estar lleno de Gryffindors, Pansy, no puedo creerlo, no puedo…
—Me invitó Tracey —dijo ella— y a Tracey no puedo fallarle.
—Pero lleno de Gryffindors, de verdad —se quejó Theodore—; si alguno sabe hacer mal de ojo de verdad estamos completamente jodidos. Vamos a tener mala suerte hasta el fin de nuestros días…
Pansy se detuvo.
—Theodore, ya sé que ese lugar va a estar lleno de gente inaguantable —espetó—. Créeme, lo sé. Me miran mal cada que aparezco en una reunión, pero no pueden decir nada porque Tracey me defiende y porque nadie se atreve meterse con Tracey porque nadie quiere que Finnigan se moleste, aunque realmente a nadie le guste su nueva novia y… —Se detuvo para tomar aire—. El caso es que me da exactamente igual. Acabamos de salir de Hogwarts. O lo que sea. Que superen las casas y las divisiones estúpidas.
Theodore suspiró y siguió caminando. Al menos Pansy no tenía una marca en el antebrazo, pero igual había cometido un pecado imperdonable que la hacía ser una paria en las fiestas: había señalado a Potter con el dedo y había sugerido que debían entregarlo para salvarse.
—¿Y por qué me invitaste a mí? —le preguntó—. Blaise suele caerle mucho mejor a la gente.
—Porque Blaise está muy ocupado revolcándose con su nueva novia —espetó Pansy y juntó los labios.
—¿Qué tiene una nueva novia…?
—¿No lo sabes? —Pansy lo miró con suspicacia—. Vives bajo el mismo techo que él.
—Casi nunca está —espetó Theodore—. No es que le guste mi casa. Últimamente discute mucho con la viuda negra, pero no sé sobre qué discuten porque nadie me informa —le contó a Pansy—. Así que siempre se larga y me quedo yo allí con la viuda…
—¿Sabe que le dices así?
Theodore se encogió de hombros.
—No.
—¿Y que la detestas?
—Creo que puede adivinarlo.
—¿Y sabe las ideas que tienes sobre las circunstancias de la muerte de tu padre?
—Por supuesto que no.
Había pensado demasiadas veces en las casualidades que habían resultado en la muerte de su padre, pero sólo Pansy conocía sus sospechas. No se las había contado a nadie más. Ni siquiera a Daphne, que solía ser a quien le contaba todos sus secretos. Pero aquello siempre le había parecido una de las cosas que tenían escrito en todas partes «cuéntaselo a Pansy», porque Pansy era capaz de gritarle si estaba diciendo tonterías y decirle que dejara de ser un idiota. Pero con lo referente a la muerte de su padre nunca le había dicho nada de eso.
—Pues que no se entere —dijo Pansy—. Ya llegamos. —Estaban frente a un bar que había abierto hacía no mucho—. Evita el contacto humano, por favor —le suplicó—, no quiero que nos corran.
—No puedo hacer milagros.
—Por favor —le dijo—. Hubiera traído a Blaise, pero claro, como está muy ocupado con su nueva novia… —Entró al bar.
Al principio no parecieron notarlos, lo que fue un alivio para Theodore. Pansy lo llevo hasta una de las mesas de una de las esquinas y después fue a conseguir dos vasos de whisky de fuego. Volvió con mala cara.
—Medio Hogwarts está aquí —dijo, al dejar los vasos sobre la mesa—. El medio que no nos cae bien.
—¿Y cuál es la ocasión?
—El cumpleaños de Tracey —dijo Pansy.
—¿A quién más invitó?
—A Millicent, pero no creo que venga, porque no le gustan las fiestas —dijo Pansy—. También a Moon, que sinceramente me cae terrible, pero supongo que llegará en algún momento. Me dijo que le dijera a Blaise pero…
—… está ocupado revolcándose con su nueva novia —completó Theodore. Se quedó mirando su rostro ceñudo—. ¿Celosa?
—No, claro que no… —Pansy sacudió la cabeza—. Es sólo que… creí… que…
—¿Qué?
—Nada, tonterías románticas —contestó Pansy—. Yo siempre me las creo, ¿no? Igual con Draco. Joder. —Le dio un trago largo al whisky de fuego—. Me encantan las historias de los príncipes azules.
—Tus palabras, no las mías.
Se quedaron allí, bebiendo y platicando. Tracey se acercó a saludarlos con su nuevo cabello pelirrojo muy obviamente teñido, con su novio del brazo, que les dedicó apenas un asentimiento y que Theodore recordaba como el idiota —o el genio, dependiendo de la perspectiva— de los fuegos artificiales. Se veía feliz. Al final Blaise apareció del brazo de su nueva novia, los dos ya bastante borrachos e incapaces de mantenerse apartados si quiera dos segundos el uno del otro. Pelirroja natural. A Theodore le sonaba su cara, pero no su nombre —«Susan Bones», se había presentado—. Antes de irse, Blaise le había dicho que le dijera a su madre que no llegaría a casa y le había guiñado un ojo.
—Pues yo no le pienso decir nada a la viuda negra —espetó Theodore. Notó que empezaba a arrastrar las palabras, pero todavía estaba bastante lúcido—. Voy a ir por otra ronda.
Se puso en pie antes de que Pansy pudiera decirle que no y se dirigió hasta la barra. Para entonces el lugar se estaba atascando de gente. Intentó que le hicieran caso en la barra, pero no tuvo mucha suerte y de repente sintió que alguien le tocaba el hombro.
—¿Theodore Nott? —dijo una voz.
Al darse la vuelta, reconoció al dueño de esa voz.
—¿Potter? —No pudo disimular su sorpresa, porque no tenía ni idea de que Potter conocía su nombre, mucho menos su cara. Pensó que no tenía mucho sentido que estuviera allí porque la fiesta era de Tracey, pero luego recordó que era amigo del novio de la chica.
—Eh… sí —dijo Potter.
Carajo, no era nada brillante. Theodore alzó una ceja.
—¿Quieres algo?
—Nada, sólo… —dudó—. ¿Estás bien?
Theodore alzó ambas cejas.
—Eh, sí…
Se dio la vuelta para irse.
—¡Espera! —dijo Potter, estirando su mano para ponérsela en el hombro—. Yo sólo… —Carraspeó—. Lo siento por lo de Azkaban y… eso.
Theodore no estaba acostumbrado a que le recordaran que unos cuantos guardias de Azkaban lo habían dejado hecho trizas. Pero ese era Potter. Sabía que había tenido algo que ver para que lo liberaran, sabía que después de eso se había negado a trabajar para el ministerio, diciendo que «los buenos» no podían ser esa clase de personas. Nunca le había puesto atención pero lo sabía.
—Si no tienes nada más que decir…
De nuevo hizo además de irse.
—¡Nott, espera!
—¿Qué?
—¿Quieres tomar algo?
Theodore sintió el impulso de rodar los ojos, pero no lo hizo.
—Pansy y yo estamos al fondo —dijo y se fue, dejando a Potter sólo, allí parado.
Volvió a la mesa con Pansy, que estaba hablando con un rubio insoportable que a Theodore le costó trabajo reconocer —«Smith», pensé, después de cinco minutos—. Acabó dejándolo solo para irse a bailar con el rubio imbécil. Aunque, siendo justo, se dijo, Pansy le había preguntado si no le importaba, y si él hubiera puesto cara de tortura no lo hubiera dejado sólo, pero en vez de eso le hizo un gesto de que se divirtiera. Se quedó sólo viéndolos a lo lejos bailar un par de canciones hasta que alguien se paró enfrente de la mesa y dejó un vaso.
—Te traje más whisky de fuego —oyó la voz de Potter—. ¿Puedo? —señaló la silla vacía.
Theodore se encogió de hombros.
—Mientras tu lástima no me salpique…
—No es lástima —se apresuró a decir Potter, pero había enrojecido. Era obvio que si le tenía al menos algo de lástima—. Sólo…
—¿Sólo qué? —preguntó Nott—. Tienes una irritante costumbre de dejar las oraciones a la mitad, Potter. —Potter no respondió—. Bueno, supongo que hablaré sólo mientras estás aquí.
—No, no es eso, es sólo que…
—Otra vez dejas las oraciones a la mitad.
—No sabía que iba a encontrarte en el bar de Seamus. —Bueno, al menos era capaz de terminar una frase, se dijo Theodore. No estaba acostumbrado a ver a Potter nervioso. Bueno, no estaba acostumbrado a verlo. Punto.
—¿Seamus? —preguntó, pero se respondió él solo segundos después—: Ah, Finnigan. Bueno, Tracey invitó a Pansy y Pansy me invitó a mí porque nadie más estaba disponible. Y Tracey es… una amiga. Supongo. Es más amiga de Pansy que mía.
—Ah —dijo Potter—. Sí, sé que Pansy suele estar aquí.
—Supongo que se acostumbraron a su presencia.
—Algo así —dijo Potter—. No vengo demasiado por aquí.
—Bueno, ¿por qué estás aquí? —preguntó Nott—. Y por aquí, quiero decir… ahí, en esa silla. Enfrente.
—No sé, te ves en necesidad de amigos.
—¿Caridad?
—No dije eso. —La voz de Potter salió entre dientes—. No dije eso.
—Bueno, puede quedarte ahí —dijo Nott—. Sólo bebe. A mí me da igual. Y sólo para que lo sepas: no necesito tu lástima ni tu caridad. Lo de Azkaban fue hace un año, ya lo superé. Y por si acaso, me mantengo en el camino recto. Demasiado dolor de cabeza lo de ser criminal sin sueldo. —Le dio un trago al whisky de fuego.
—No soy auror, Nott. —Otra vez entre dientes.
—Ya sé —respondió Theodore—, pero sigues siendo un maldito héroe. Es irresistible para ti no hacer el bien, ¿no?
Dos horas después, estaban mucho más borrachos. Theodore descubrió que Harry Potter no le caía especialmente «mal», pero sí lo desesperaba. En su opinión tenía tendencias suicidas, demasiadas opiniones sobre el «bien» y el «mal» y lo «correcto» y esas mierdas, y cierta tendencia a contar parte de su vida privada cuando estuvo borracho. No le sacó ni dos palabras mientras aun estuvo sobrio, pero después se enteró que él y la Weasley ya no salían —según palabras de Potter: «ella empacó y se largó a recorrer el mundo, al parecer yo sólo la… detenía»—, que no tenía trabajo fijo —«soy un héroe de guerra con crisis laboral…»—, pero que bajo ningún concepto volvería al ministerio —«ni siquiera sé para que entré a trabajar allí, si siempre han sido una mierda…»— y que tenía un enorme complejo de héroe. También le preguntó cosas a Theodore, que se mantuvo un poco más callado. Cosas como que si tenía novia —«no me gustan las chicas, Potter»—, familia —«si cuentas a Blaise Zabini y a su madre como familia…»— o que pensaba hacer de su vida —«nadar en mi herencia, supongo».
Después Harry dijo que tenía que ir al baño y se largó. Theodore empezó a pensar que se había ahogado allí cuando no regresó y fue a buscarlo. Lo encontró en los lavabos.
—¿Potter?
—Creo… que… estoy… más borracho… de lo que… pensaba. —Arrastraba las palabras y parecía haber perdido todo el equilibro.
—No me digas —espetó Theodore.
Se acercó.
—Oye…, Nott… —dijo Harry—. No iba a decírtelo pero… —Hubo una pausa demasiado larga y Theodore estuvo a punto de decirle que dejara todas las oraciones a la mitad—. Pero… creo que estás… guapo.
—Gracias por remarcar obviedades —espetó Nott—. Vamos, necesitas caminar, no puedes acampar en el baño de…
Pero no acabó la frase porque Potter —Harry Potter, el héroe del mundo mágico, el jodido niño que vivió— lo besó. Y Theodore, inicialmente sorprendido, acabó devolviéndole el beso porque sospechó que después sería una buena historia que contar.
1999.
Estaba crudo. Estaba excepcionalmente crudo. Le dolía la cabeza, le ardían los ojos, sentía una sensación horrible en el estómago y estaba a punto de jurar que nunca volvería a ponerse borracho en su vida cuando alguien abrió su recámara de un portazo. Se dio una vuelta en la cama y puso la cabeza contra la almohada, nada dispuesto a lidiar con lo que fuera que estuviera pasando afuera.
—¡Buenos días, bella durmiente!
—¿Qué carajos es una bella durmiente!
—Una princesa, Theodore —espetó Blaise—. Muggle. Sinceramente eres muy selectivo para lo que lees. No te gustan las historias que acaban bien…
—No leo libros muggles —espetó Theodore.
—Claro que sí, ese con el que te traumaste cuando teníamos quince años…
—No leo libros muggles —repitió Theodore, enterrándose en las cobijas—. Y lárgate, ¿no que no ibas a llegar?
—No, efectivamente, planeaba no llegar y coger con Susan hasta que cayéramos rendidos en su cama pero gracias a que tuviste la amabilidad de no decirle a mi madre…
—Siempre.
—… recibí un montón de vociferadoras a las cinco de la mañana porque tenía que hablar conmigo de algo muy urgente. Repito, muy urgente. —Blaise quitó todas las cobijas de encima de Theodore—. Que es la razón por la que tenemos que pararnos e ir a dar un paseo. Ahora. —Lo jaló y Theodore sólo se quejó—. Vístete. —Theodore iba a volver a dejarse caer en el colchón, pero no lo hizo cuando vio el semblante exageradamente serio de Zabini—. Es importante. En serio. Vámonos.
Quince minutos más tarde estaba vestido y aún con dolor de cabeza. Pero dejó que Blaise lo arrastrara escaleras abajo y salieran hasta la puerta exterior de la casa, donde lo tomó del hombro para desaparecerse con él.
Aparecieron en medio de la nada.
—¿En dónde demonios estamos? —preguntó Theodore.
—En la nada —dijo Blaise—. Un muy buen lugar para hablar de… cosas. —Se veía nervioso. Otra emoción que no le quedaba demasiado bien a Blaise—. Theodre… —respiró hondo.
—Joder, carajo, Blaise —interrumpió Theodore—. Me está estallando la cabeza y siento que voy a vomitar todo lo que no he vomitado en años y tuve una noche muy larga ayer y besé a alguien y…
—¡¿Besaste a alguien?!
—Sólo dime por qué estamos aquí. —Theodore ignoró la pregunta de Blaise.
—Muy bien… ehm… bueno… —Blaise volteó para todos lados—. ¿Recuerdas cómo cuando tu padre se casó con mi madre me preguntaste si los rumores eran ciertos y te dije que no preguntaras cosas que yo no quería contestar?
—No sé a qué viene esto, pero…
—¿Lo recuerdas o no?
—Claro que lo recuerdo —dijo Theodore.
—Bueno, pues lo son.
—Ya lo sabía —dijo. Su voz salió mucho más amarga de lo que planeaba, pero no le importó. Aquel era Blaise confirmándole que, efectivamente, en la muerte de su padre no había habido nada natural y mucho menos accidental—. ¿Y? ¿Estamos aquí sólo porque me vas a decir que tu madre mató a mi…?
—No es eso —dijo Blaise. Seguía nervioso—. Mi madre lo hace porque… bueno… la herencia. Ya sabes. Esas cosas.
Theodore alzó las cejas.
»Theodore, tú eres el heredero de tu padre, no ella —dijo Blaise, finalmente—. Tú.
Tardó en procesar lo que significaba.
—¿Y eso quiere decir que…?
—Sí, mi madre va a ir tras de ti —le dijo Blaise—. Le dije que yo me encargaría, así que… —se pasó una mano por el cabello—. Necesitamos un plan. Para ayer. No tengo ninguno.
—¡¿Qué?!
—Necesito fingir tu muerte. Al menos ante mi madre —siguió Blaise—. O tu desaparición. Serviría con tu desaparición, la verdad… En lo que pienso como arreglar esto y…
Theodore rodó los ojos. No podía creer que estuvieran allí, en medio de la nada, hablando de como la madre de Blaise Zabini planeaba matarlo. Que él estuviera crudo y que hubiera besado a Potter la noche anterior. No podía creerlo.
—Creo que tengo una idea —dijo.
—¿En serio? —Blaise parecía un poco aliviado—. Que involucre viva a mi madre, por el momento, no quiero solucionar esto con muertos…
—Sólo porque eres tú —espetó Theodore, de mal humor, había estado en lo correcto sobre la señora Zabini todo aquel tiempo—. ¿Sabes dónde encontrar a Potter?
1999.
No estaba seguro de que le gustara el arreglo de Potter, pero tampoco tenía otra opción. Ahora estaba en una casa llena de pelirrojos que lo miraban con algo entre la curiosidad y el desagrado. Los padres se movían alrededor de él con cautela: sólo sabían lo que Harry les había dicho, que no necesitaba protección y la División de Aurores no se la daría. Los tres hijos mayores ya no vivían ahí —pero dos aparecían, sin falta, cada domingo—. Después estaba le gemelo que quedaba vivo. Le habían dado a Theodore un lugar en su recamara. No hablaba demasiado y, cuando no estaba trabajado, estaba solo. Después el mejor amigo de Potter, que no disimulaba el desagrado y sólo lo aguantaba porque Harry lo había llevado. Y la chica, que lo miraba con curiosidad, pero lo ignoraba.
Estaba viviendo con Weasleys.
Al principio le había costado la idea. No le caían bien, no se sentía a gusto en su casa, donde todo era siempre un desorden y odiaba a los gnomos del jardín. Pero no podía hacer nada. Era la única solución que le había dado Potter. «No vivo solo pero la prensa acampa prácticamente enfrente de mi casa, no es un buen lugar, Caterina Zabini te encontraría en un santiamén». Al menos no le había sugerido que fuera al ministerio. Nunca harían nada para ayudarlo.
Desde entonces, pasaba sus días leyendo en la sala, intentando pasar lo más desapercibido posible.
—¿Juegas al Quidditch? —oyó que le preguntaba la chica.
Bajó el libro.
—No.
—Pues que mal —dijo ella—. Somos cuatro. Harry, yo, Ron y Bill. Percy no sirve para las escobas y George no quiere jugar. Necesitamos dos más.
—No juego.
—Una lástima —repitió ella. Se hundió en el sillón frente a él—. ¿Qué lees?
—Un libro.
—De qué es, me refiero.
—Encantamientos avanzados —dijo él—. Se lo agarré a tu hermano. —El gemelo que quedaba lo había dejado olvidado en la mesilla de noche aquella mañana y a Theodore le había parecido tan buen material de lectura como cualquier otro: ayudaba a pasar el tiempo.
—¿Y está bueno? —La chica tenía una ceja alzada, bastante incrédula.
—No —dijo Theodore—. Pero… —se encogió de hombros—. Tengo que hacer algo o moriré aquí de aburrimiento.
—Puedes jugar al quidditch.
Theodore apoyó los codos en las rodillas y se inclinó en dirección a ella.
—Créeme: no quieres verme sobre una escoba.
—No puedes ser peor que Hermione —repuso ella.
—No seré mejor.
Las clases de vuelo habían sido un suplicio para él en primer año y, después de ellas, se había alegrado de no tener que volver a tocar una escoba nunca más. Que Draco fuera el que volara bien: a él no le interesaba en lo más mínimo.
—Puedes venir a vernos —acabó por sugerir Ginny—, somos más divertidos que los encantamientos avanzados. Hermione ya hace de árbitro, pero… no sé… podría darte el aire. Eres demasiado pálido.
—Son los genes —espetó él, pero se puso de pie.
Ella sonrió e hizo lo mismo.
—No tiene mucho sentido jugar un partido de cuatro, pero jugamos a anotar tantos —dijo, guiándolo hasta el patio de atrás—. Yo soy la mejor anotando, pero Ron es quien mejor los para. Cuando no lo molestan, claro. —Vio que Theodore aún llevaba el libro en la mano—. Joder. Le diré a Hermione que te traiga libros más divertidos que los encantamientos avanzados de no sé qué.
1999.
Harry apareció con una caja en la recámara de George, donde él estaba leyendo otro de los libros de hechizos avanzados que el gemelo —que quedaba vivo— solía dejar allí abandonados.
—Te traje esto —dijo—. Lo manda Hermione.
Theodore se puso en pie y sonrió al ver que eran al menos diez libros. Por supuesto, Granger no había podido simplemente elegir un par y había mandado todos aquellos. Theodore los revisó por encima y acabó levantando uno cualquiera.
—Persuasión —leyó en la portada—. Suena como a…
—No sé de qué se tratan, yo no leo —se apresuró a decir Harry.
—Te pierdes de mucho, Potter —dijo Theodore—, por ejemplo, el último libro describía a la perfección los experimentos de un mago que había trabajado con cucarachas toda su vida…
Harry alzó las cejas.
—Ya.
—En serio. Interesantísimo.
En realidad, los dos capítulos más aburridos de su vida.
—Nott…
—¿Qué?
—Sé que te aburres y odias estar aquí —le dijo Harry—, pero no se me ocurre otra solución como para que puedas pasar desapercibido, el ministerio no va a ayudarte. Han estado ignorando los crímenes de Caterina Zabini demasiado tiempo y, además, tú eres… —hubo una pausa incómoda para ambos—, eras, digo… —Theodore se había fijado en cómo se había movido la mirada de Harry hasta dirigirse a su antebrazo izquierdo, cubierto por las mangas de su camisa.
—Un mortífago, Potter, dilo.
Theodore Nott sonrió cuando vio la turbación de Harry Potter frente a él. Era un fenómeno curioso.
—De todos modos…
—Lo fui —dijo Theodore Nott—. Y creo que, antes de hacer lo que voy a hacer, tengo que dejarte algo en claro: no me arrepiento de nada. Era lo que tenía que hacer. Era el lugar de mi padre y alguien tenía que tomarlo o morir por ello. Todos hacemos lo que podemos para sobrevivir. —Ladeó la cabeza—. ¿Está claro?
—Theodore…
—Sé que juegas a imaginarte que soy un pobre diablo indefenso —dijo Theodore, dejando caer el libro en la caja que Harry había dejado en el suelo—, pero no lo soy. No me arrepiento de nada. —Dio un paso hacia adelante, haciendo que Harry retrocediera—. Fui un mortífago. —Dio otro y vio como la espalda de Harry se pegaba contra la pared—. Hice lo que tenía que hacer, todos lo hicimos.
—Ya lo dijiste —dijo Harry.
—Sólo para que quede claro.
—De todos modos no te merecías… ya sabes… lo de Azkaban.
—Eso está en el pasado —dijo Theodore. Puso una mano en la pared, al lado de Harry—. Me alegro que me hablaras en esa estúpida fiesta de Tracey, Potter. —Sonrió—. Y sé que debí de haber dicho algo antes…
—¿Qué…?
—… cuando te pedí ayuda para que mi madrastra no me matara, por ejemplo, pero… —Se acercó hasta quedar a milímetros de Harry—. Pero no había podido porque ningún momento parecía adecuado y, sinceramente, esta casa siempre está atascada de gente…
—Theodore…
No lo dejó acabar la frase: estampó sus labios contra los de Harry y él no lo rechazo. En cambio, le pasó un brazo por el cuello y lo acercó todavía más a él.
1999.
—¡BLAISE ZABINI, VEN AQUÍ!
Usualmente no le gustaba la voz de su madre cuando tenía ese tono. Aunque llevaba tiempo evitándola. No le había importado que matara a su padre porque nunca lo había conocido y tampoco le había importado que hubiera matado a todos sus padrastros porque prácticamente los había aborrecido a todos. Pero Theodore era otro asunto. Era lo más cercano que tenía a un hermano y a alguien que escuchaba todas sus estupideces.
Subió las escaleras hasta el dormitorio que su madre había ocupado en la mansión de los Nott y se quedó parado en la puerta.
—Qué quieres.
Lo dijo recargado contra el marco, sin molestarse en entrar o en imprimirle tono de pregunta a lo que acababa de decir.
Su madre se dio la vuelta y le hizo una seña para que se acercara.
—Ven, ven, ven aquí —le dijo.
Blaise se acercó. Su madre tenía un espejo en la mano.
—Qué.
—Ve en él.
En él, aparecía Theodore Nott, bastante vivo, en una habitación horrible con dos camas y demasiadas cosas. Besando a Harry Potter. Blaise alzó las cejas.
—Qué.
—¡Cabrón desagradecido! —espetó su madre—. Al parecer hice bien en desconfiar de ti porque no hiciste lo que dijiste que ibas a hacer. —Le puso el espejo a centímetros de la cara—. ¡Está vivo! ¡Vivo y coleando!
Le dio una bofetada que lo hizo voltear la cabeza. La marca de la mano de su madre se quedó en su mejilla. Cuando ella se levantó, Blaise retrocedió instintivamente.
—Mamá…
—¡Mamá qué, cabrón! —espetó ella—. Di que al menos tenía un poco de su sangre de cuando estuvo en el hospital para hacer este conjuro o no me entero de tu traición. —Le cruzó la cara con otra bofetada—. ¡Largo de aquí! ¡LARGO! Al parecer yo me voy a encargar de esto.
Blaise salió corriendo, no necesitó que su madre se lo repitiera dos veces. Fue corriendo hasta el estudio que usaba y donde guardaba una reserva de venenos, su método favorito para matar a la gente. Tenía un plan. Aunque suponía que Caterina Zabini no iba a estar demasiado feliz cuando se enterara de lo que planeaba hacer.
1999.
Theodore cerró el libro cuando Harry entró en la sala.
—Me gusta Wentworth —le dijo, sin mayor anuncio. Había dejado un dedo adentro del libro, marcando las páginas que le faltaba leer, que ya eran menos de diez—. Escribe buenas cartas.
—No tengo ni idea de qué me hablas.
—El capitán Wentworth —dijo Theodore, alzando el libro—. Le escribió una carta a la mujer que amaba enfrente de ella. Buena carta, por cierto.
—Ah.
—Y después se fue. Por si ella lo rechazaba.
—Theodore…
—Bueno, el caso es que ella la lee y…
—¡Theodore! —Harry se sentó al lado de él—. Tengo que irme unos días. Voy de viaje. A Estados Unidos. No sé que quiere su gobierno mágico conmigo, al parecer ayuda en un caso… —Se pasó la mano por el cabello—. Les dejé en claro que no trabajo para el departamento de Seguridad Mágica del gobierno de aquí, pero insistieron. —Le pasó una mano por la espalda—. Volveré en unos días.
—Vale —dijo Theodore, volviendo la cabeza hacia Harry. Lo beso—. En unos días.
—Sí.
Theodore sonrió.
—Te contaré si la chica rechaza a Wentworth o no entonces.
Harry sacudió la cabeza.
—Lo que quieras, Wentworth.
Theodore volvió a besarlo. Aquella relación que tenían era extraña, porque no se parecía a ninguna que Theodore hubiera tenido en el momento, pero a la vez, parecía la más satisfactoria. Harry era un Gryffindor idiota capaz de darlo todo cuando quería a alguien y Theodore tenía una sonrisa torcida y una adicción a sus labios que no podía controlar. Funcionaban.
De alguna manera.
A Theodore le gustaba.
1999.
Se había quedado sólo en La Madriguera por primera vez y se le hacía extraño. Sólo se escuchaba al ghoul en el ático. Por lo demás, no había ruido en el jardín porque no había nadie corriendo a los gnomos ni jugando al quidditch, ni había nadie en la cocina, entonces no se oía la voz de Celestina Warbeck a todo volumen, ni las ollas chocado cuando se lavaban solas, ni se oía en la sala el sonido de las agujas que tejían solas. Theodore se dio cuenta de que se había acostumbrado al ruido que hacían los Weasley y a su presencia. A sus gritos. A la señora Weasley dándole más de comer y al señor Weasley mostrándoles a todos cacharros muggles que para Theodore no tenían el menor uso. En el fondo, lo lamentaría cuando tuviera que largarse, aunque no sabía cuándo sería eso. No había hablado con Blaise en todo aquel tiempo, por seguridad, y no sabía si había solucionado algo —aunque no lo creía, Caterina Zabini no se iba a rendir por nada del mundo.
Se quedó sentado leyendo otra de las novelas muggles que le había prestado Hermione Granger: Cumbres Borrascosas. Le estaba gustando. Tenía por protagonistas a un montón de gente horrible que, secretamente, le recordaban a algunos de sus amigos. Catherine era como Draco y a veces como Pansy. Definitivamente. Se entretenía leyendo sobre todo cuando Harry no se aparecía por allí. Aunque no entendía realmente la selección de Granger.
Entonces escuchó ruido afuera y se puso en pie. Se acercó a la ventana. Estaba a punto de darse la vuelta cuando se le apareció una figura encapuchada enfrente. Por instinto se hizo hacia atrás, unos pasos, dejó caer el libro en el piso y sonó con un golpe seco.
—Theodore. —Era una voz de mujer, al chico le pareció muy conocida. Se buscó la varita en los pantalones cuando ella se bajó la capucha y la reconoció: Caterina Zabini—. Hola.
—¡Expelliarmus!
Caterina desvió el hechizo desde donde estaba.
—¡Inarcerous! ¡Expelliarmus!
Theodore ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando sus piernas quedaron inmovilizadas por cuerda mágica y perdió el equilibrio; su varita salió volando y aterrizó en las manos de la mujer. Después de eso, Caterina Zabini abrió la puerta y entró.
—¿Qué demonios quiere…?
—Supongo que no esperabas verme —dijo—. Blaise dijo que habías muerto. Que podríamos reclamar lo que era nuestro…, que no tendríamos ningún problema. Pero mintió. Y henos aquí, Theodore Nott. Tienes que morir.
Movió de nuevo la varita y aparecieron unas esposas en sus muñecas. Como pudo, Theodore se incorporó hasta quedar sentado. Estaba extrañamente calmado para estar en esa situación. Pero estaba solo y le parecía inevitable lo que estaba a punto de suceder.
—Siempre supe que usted había matado a mi padre.
—Sí —dijo Caterina—, nunca dudé que lo supieras. Nunca te gusté. —Hizo una pausa, lo vio desde arriba—. ¿Quieres saber por qué?
—Quiere el dinero —respondió Theodore.
—La cantidad de riquezas que viene con tu apellido… —Caterina sonrió—. Es casi lo que me dejaron mis últimos siete maridos. Así que, Theodore Nott, tienes que morir. —Caterina Zabini sacó un vial de su túnica y se lo mostró. Después, sacó una manzana y vertió la poción sobre ella y se la extendió—. Muérdela.
—Más le vale que me obligue.
Tampoco iba a dejarse ir tan fácil. No era un pendejo, se dijo. Pero la sonrisa de la señora Zabini le dio escalofríos. La vio sacar un muñeco de a túnica y se lo mostró. Theodore frunció el ceño, aquello era magia que no conocía. Después, la vio sacar un alfiler.
—No conseguí sangre de alguien que te importe más, como Potter —dijo ella—. No lo niegues, los he visto, puedo verlo todo. Pero siempre he tenido sangre de Blaise, querido. Siempre ha estado allí, a mi disposición. No querrías que le pasara algo, ¿no? Todo lo que le ocurra a este muñeco le ocurrirá a él…
Theodore palideció.
—No le haría eso a su propio hijo.
—No me suelen gustar los traidores.
El alfiler se acercó hasta el muñeco. Theodore palideció un poco más, le temblaron las manos. La manzana estaba en su mano. ¿Qué clase de monstruo era la señora Zabini si estaba dispuesta a hacerle daño a su propio hijo? Theodore cerró los ojos. Pensó en Blaise. Siempre había sido su mejor amigo, casi como un hermano.
Y lo había salvado.
Mordió la manzana.
1999.
Ginny lo encontró tirado en la sala, aún con las cadenas en las manos, pero sin las cuerdas de las piernas. El libro tirado en el piso. La manzana mordida a un lado. No pudo evitarlo. Gritó.
1999.
Lo habían llevado a la cama donde había dormido cuando Harry llegó. Parecía muerto, pero Hermione era la que se había dado cuenta de que era sólo un Filtro de los Muertos en Vida, no realmente un veneno. Pero no era uno común. Había algo modificado en la receta, había dicho cuando había analizado los rastros que le habían quedado a la manzana mordida.
Harry llegó y subió corriendo las escaleras. Entró en la habitación de los gemelos —aunque no se acostumbraba a pensar que ya no era de los gemelos, sino sólo de George— y lo vio allí, con los brazos en el pecho y los ojos cerrados. Se quedó sin respiración por un momento y después se acercó lentamente a la cama y se dejó caer de rodillas. Buscó la mano de Theodore. Apenas si escuchó como los demás lo dejaban solo —se habían dado cuenta de lo suyo y Theodore, que no era que lo mantuvieran en secreto porque en La Madriguera era imposible mantener algo en secreto.
—¿Y la chica rechazó a Wentworth? ¿O lo quiso?
Se sintió estúpido porque no sabía de qué estaba hablando. Ni siquiera sabía de qué se trataba el resto del libro del que le había hablado Theodore. Sólo recordaba lo de la carta y aquel nombre que se le había quedado grabado.
No tenían ni idea de cómo preparar un antídoto para aquella variante del Filtro de los Muertos en Vida. Les tomaría meses averiguar los cambios. Harry suspiró y acercó sus labios hasta los de Theodore. Aquella era la promesa de que iba a buscar el antídoto por todo el mundo.
Cuando se separó de él, sintió una lágrima que amenazaba con salir.
Pero entonces la mano de Theodore apretó la suya y volvió a latir su corazón. Abrió los ojos. Sonrió.
—Hola, Potter.
Harry no se contuvo y lo abrazó.
—Joder, creí que…
—Sólo para que lo sepas, la chica se quedó con Wentworth.
Harry volvió a besarlo.
1999.
—¡TRAIDOR!
Blaise vio venir el golpe, pero eso no lo preparó para el dolor. Al final, su madre había descubierto el engaño, aunque él había destrozado el espejo y se había asegurado de dejarlo inservible.
—Diría que lo siento, mamá —dijo él—, pero fue un placer arruinar tus planes.
Otra bofetada le cruzó la cara.
—¡¿Qué hiciste?!
—Una variante del filtro de los muertos en vida, seguro la conoces: hace que despiertes con un beso de amor —dijo Blaise—. Magia antigua. Que quizá no entiendes. —Suspiró—. Y ahora, ¿qué vamos a hacer tú y yo? ¿Vas a matarme? ¿A mí?
»Porque yo… porque yo no puedo matarte…
»Pero sí le hablé a los aurores. —Sacó la varita—. Que tengas una buena estancia en Azkaban.
—¡CABRÓN TRAIDOR!
—¡Inarcerous!
Palabras: 7292.
Notas de este one:
1) Bueno, los elementos de Blancanieves allí están: la piel blanca como la nieve, el cabello negro como el ébano. Hasta la manzana.
2) Caterina Zabini es la madrastra, Blaise es el cazador. Nott la princesa y Harry el príncipe encantador. La verdad es que el papel les queda que ni pintados. Y los Weasley los siete enanitos, aunque por cuestión de espacio no salen demasiado.
Andrea Poulain
a 6 de febrero de 2019
