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Claveles de terciopelo
—Baile—
Prompt #1
La señorita Granger llamó la atención en todo el lugar. Incluso en la mujer del día, Marleen. Theodore la vio enarcar una ceja con curiosidad cuando se plantó frente a ella junto a su padre. La joven le ofreció una reverencia en señal de respeto, mientras su padre tomaba la mano de la mujer y se dedicaba a tomar la palabra.
—Madame, los años en definitiva no pasan para usted. Desde que la conozco ha conservado su belleza intacta —Besó sus nudillos con suavidad—. Hoy nos presentamos en señal de respeto y aprecio, por todos estos años en que ha sido clienta de nuestra familia. Incluso a mi esposa siempre le encargó adornos florales. Quiero que sepa que Hermione aprendió la habilidad de su madre, y que si desea pedir algo estaremos siempre para usted.
Junto a Marleen, oía lo que el señor Granger decía. Su hija se limitaba a mirar a algún lugar en el vestido de la madre de Blaise, y lo comprendía. Marleen era intimidante y mirar a alguien fijamente a los ojos podía considerarse un acto de rebeldía o desafío.
—En esta ocasión, trajimos para usted unos finos zapatos de terciopelo con diamantes y un bello arreglo floral con rosas, que la representan a la perfección, Madame.
Theodore oyó una risa encantadora salir de los labios de Marleen. Una risa que sabía recrear a la perfección, sin ser en absoluto amigable por naturaleza. Sintió a su lado a Blaise estremecerse y hacer una mueca.
Theodore notó la mirada de la joven sobre él cuando decidió dejar de ver y escuchar al señor Granger. De pronto sintió un bufido cercano y volteó hacia Blaise, que estaba del otro lado de Marleen. Su madre le dedicó una breve mirada de reproche, y el señor Granger decidió ignorar el asunto porque de cualquier forma su estatus no le permitía ir más allá de los halagos.
—Madame —dijo cuando ella volvió a mirarlo—. Si su hijo gusta podría bailar una pieza con mi hija.
Theodore esta vez se dedicó a mirar a cualquier cosa menos a alguna de las personas que tenía cerca. Marleen miró a su hijo nuevamente, esperando una respuesta.
Blaise sonrió.
—Disculpe mucho, señor Granger, pero mayor parte de la tarde me la he pasado bailando. Si le soy franco, a estas alturas ya me siento un poco agotado —Antes de que el hombre pudiera decir algo, Blaise siguió—. Pero tal vez no le importe bailar con mi amigo aquí presente.
Disimuló mostrarse indiferente. La realidad es que su primera reacción fue girarse de golpe y sentirse descubierto. Obviamente sería mostrarse demasiado interesado, lo cual no era bueno en absoluto. No cuando la mujer no lo conocía y estaban frente a su padre y la madre de su amigo.
Por eso Blaise había reído, se había fijado en que la miraba.
—¿Qué dice?, ¿le gustaría bailar con él?
Ella miró con indecisión a su padre, luego de oír con atención a Blaise y mirarlo a él. Cuando nadie lo estaba mirando a excepción de su amigo, endureció el gesto. Si eso acababa en desastre la iba a pasar muy mal, no tenía por qué meterse donde no lo llamaban.
—Si al joven no le importa.
Theodore se enderezó en su lugar, olvidando a Blaise e intentando mostrarse lo más relajado posible.
—Theodore es casi como un hijo para mí —Estaba dispuesto a aceptar solo si le heredaba las pinturas y libros históricos tan valiosos. Marleen era la única mujer con gusto por la historia y el arte, eso la hacía una mujer a quien podía pretender agradar—, estoy segura de que le encantará bailar con su hija, señor Granger. Mientras tanto, puede venir conmigo. Estoy interesada en ver esos zapatos con mis propios ojos de inmediato, estoy segura de que son maravillosos.
—Oh, por supuesto.
El hombre pasó a su lado para adelantarse a ofrecerle el brazo a Marleen, dirigiéndole la mirada y una escueta sonrisa. Theodore había tenido claro que desde el primer momento había llevado a su hija para encontrarle marido. Era demasiado obvio, pero pocos hombres estarían dispuestos a casarse con ella a esa edad. Pero a muchos les daba igual mientras fueran puras, se encargaran de la casa y fueran buenas madres.
No se dio ni cuenta cuando Blaise también los había dejado, ni siquiera pudo ver por dónde se dio a la fuga.
Ella le dirigió la mirada, en un comienzo fue fija y sin una pizca de recato, pero pronto pareció reaccionar y bajó ligeramente la barbilla, mirando sus manos. Theodore se dio cuenta al momento que no parecía acostumbrar comportarse como lo que normalmente se consideraría "una señorita". Mientras que todas las mujeres solían ser dóciles y evitaban mirar demasiado a un hombre a los ojos, ella pudo hacerlo perfectamente por veinte o una hora más, intentando descifrar qué pensaba él. Se lo decía el fuego que iluminaba sus ojos.
Lo único que le permitía decir eso era lo que había visto, pero quizás sus conclusiones estaban equivocadas. Eso daba igual, porque pronto descubriría si estaba en lo correcto.
Theodore se acercó a ella en completo silencio y le ofreció su mano, esperando que realmente la tomara. Tampoco sabía si ella en verdad quería bailar, aunque haya dicho que sí en frente de los demás.
—Si me permite —Ella levantó la vista luego de detenerse un momento en su mano— sería un gran honor bailar con usted.
—No debe sentirse obligado a bailar conmigo.
—Está equivocada —respondió sin dudar—. Puedo decir con solo mirar sus ojos que es más interesante que cualquier otra mujer que pueda haber aquí. Créame que si no quisiera bailar con usted me habría dado media vuelta en la primera oportunidad.
Ella lo observó con gesto serio. En ningún segundo dio señal de querer decir algo. Pronto Theodore sintió la piel suave de su mano sobre la suya y la apretó con delicadeza. Entonces la guió hacia donde un par de parejas bailaban, en el centro del salón.
Posicionó la mano derecha sobre su omóplato y extendió el brazo izquierdo, a la espera de que pusiera la mano sobre la suya.
—Suena muy seguro, Theodore.
—Sí... Creo que no corresponde que solo usted sepa mi nombre.
Mientras acomodaba la mano en la del hombre y tocaba su otro brazo por encima, muy a penas, ella sonrió levemente.
—Hermione.
Theodore se mostró sorprendido.
—Es un gran nombre.
—¿Usted cree? —Cuando asintió, la incitó a comenzar a moverse en círculos— Pero no es un vals.
—Debió mencionarlo a penas toqué su espalda —dijo—. Ahora no creeré que no quiere bailar un vals.
Hermione sonrió de nuevo, esta vez con más soltura.
—Oí que hace arreglos florales —comentó sin dejar de mirarla a los ojos y de bailar.
—Así es, ¿le gustaría hacer un pedido? —preguntó con humor.
—Tal vez.
—Oh, ¿una prometida?
Theodore sonrió, haciéndola girar y con ella a su vestido. Se dio cuenta de que a penas los músicos acabaron con Händel, empezaron con Strauss.
—Alguien escuchó sus plegarias, señorita Hermione.
—Acéptelo, han sido las suyas.
Después de unos segundos mirándola, él asintió, asumiendo la culpa. El tono y el ingenio que usó se le habían hecho también llamativos, aunque la mayoría los consideraran atrevidos.
Theodore pudo ver la expresión de suficiencia en su rostro juvenil, y sus labios, tan rosas y tan adorables, se le hicieron inmensamente apetecibles. Cuando sonrió pudieron verse sus dientes. Una sonrisa encantadora y verdadera que lo hizo sentir eufórico, una sonrisa que nada tenía que ver con las muecas forzadas de una mujer desesperada por casarse. Tal vez su euforia era a causa del baile y sus giros, pero él prefirió atribuirlo a su magnifica belleza, por una vez permitiéndose ser irracional.
Entre vuelta y vuelta, Theodore podía jurar que el ondear del vals hacía parecer su falda un auténtico clavel.
—¿La magia de su vestido tiene algo que ver con su trabajo?
Hermione al parecer sintió curiosidad y confusión por su pregunta. Theodore notó que en realidad podría haber sonado mucho mejor en su cabeza y que era posible que se estuviera esforzando demasiado por llamar su atención. Aún cuando solía ser al revés, las mujeres buscaban la atención de los hombres, Theodore no tenía reparo alguno en cambiar los papeles.
—Tiene una gran imaginación... —comentó, entendiendo un poco el sentido de sus palabras—. Las flores también pueden ser afrodisíacas, Theodore.
Estaba decidido y admirado.
Theodore estaba dispuesto a seguir intentando cortejar a la señorita Granger. Con el debido permiso de su padre, claro, y el de ella.
