Hola Gente! Démosle la bienvenida a este 2018, con un bello capítulo...
Capítulo 3.
Kurt agradecía con toda su alma que ya fuera sábado de nuevo. Entre las clases, el coro, los ensayos, su novio y las diarias discusiones con Blaine, se sentía fatal.
Estaba muerto de cansancio y sólo deseaba dormir una vida entera.
Su teléfono sonó estridentemente y supo que no podría seguir durmiendo si no contestaba.
- ¿Diga? – balbuceó con la cabeza pegada a la almohada.
- ¿Kurt? Bebé, ¿dónde estás? – el ojiazul miró su celular, tratando de saber qué hora era. Las 16:34 pm. – Te estoy esperando desde hace media hora, ¿ya vienes?
- ¡Seb! – chilló, poniéndose de pie como un rayo – Sólo… me retrasé un poco… ya… ya voy – se precipitó hacia el baño – Espera un poco más, ¿sí?
- Por ti esperaría toda la vida, bebé – Kurt sonrió algo más calmado – No tardes demasiado.
- No lo haré – tomó su cepillo de dientes – Nos vemos allá. Bye.
Mientras corría del baño a su cuarto y viceversa, en un vano intento por estar listo para salir lo antes posible, se maldecía internamente.
No sabía dónde tenía metida la cabeza, ni cómo había podido dormir hasta tan tarde. Había olvidado la cita con Sebastian y no era la primera vez, considerando que el lunes no se acordó de que cumplían cinco meses juntos.
Con algo de brusquedad, tomó la lata de fijador agitándola y presionando para aplicarla en su cabello. Nada salió.
- ¡Mierda! – bufó.
En mal momento se le agotaba el fijador. ¿Ahora como acomodaría su cabello? Ni modo, tendría que dejarlo así, lacio contra su frente. Tampoco era que luciera mal, sólo que no era de su preferencia.
Sin más que hacer, corrió escaleras abajo, despidiéndose a gritos de todo mundo y saliendo por la puerta como alma que lleva el diablo.
-o-
- ¡Vamos chicos! – vociferó el señor Schue - ¡Cinco, seis, siete, ocho! – la música resonó y todos comenzaron a realizar la coreografía que estaba memorizada.
Kurt dio dos pasos al frente, luego un giro, alzó los brazos y caminó hasta el otro extremo, cruzándose con los chicos, después dos pasos atrás y tomó la mano de Tina, haciéndola girar y apoyándola en su brazo luego.
Hasta el momento iba todo bien. Cada vez mejoraban más en el baile, pero aún les faltaba mucho para estar a la altura de los demás coros.
Tomaron un pequeño descanso y el castaño se vio en la obligación de sentarse, ya que lo atacó un incómodo dolor al costado derecho. No era la primera vez que lo sentía, pues lo había estado fastidiando toda la semana, aunque descartó que fuera su apéndice, ya que se alternaba. A veces era a la derecha, otras veces a la izquierda, pero siempre al costado.
- Podría dormir una siesta ahora mismo – comentó Kurt, apoyándose en la asiática, mientras se sentaban en las butacas del auditorio.
- Creo que yo también – se quedaron allí, relajándose en los asientos.
- ¡Se acabó el descanso! – informó Schuester. Ambos soltaron un quejido - ¡Vamos, muévanse! ¡Regresen a sus lugares!
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Kurt se vio forzado a cenar. No era que no tuviera apetito, sino que estaba demasiado cansado como para pensar en comer. Lo único que ocupaba enteramente sus pensamientos, era el deseo de recostarse en su cama y olvidarse del mundo.
- Cariño, se te va a enfriar la cena – murmuró Carole, dándole un mirada maternal. El castaño sonrió apenas y se llevó una cucharada a la boca.
- Deberías tomar algún energizante – propuso Finn, quien ya iba por el segundo plato – Tal vez así podrías permanecer despierto en los ensayos.
- Ugh – bufó el ojiazul, tomando otro bocado – Sólo estoy bajo mucha presión. No es fácil lidiar con un novio a distancia, las clases, los exámenes, los ensayos… Es mucho – explicó.
- Apenas están iniciando el año – se sumó su padre a la conversación – Ya verás que luego de la competencia, las cosas estarán más relajadas.
- Eso espero – murmuró, bebiendo un poco de agua.
La mesa se mantuvo en silencio, hasta que se oyó un golpe en la segunda planta, como si se hubiese caído algo.
- ¿Qué fue eso? – preguntó Burt en un susurro.
- No lo sé – respondió el castaño en el mismo tono de voz – Algo se debe haber caído – se encogió de hombros, restándole importancia.
-o-
Esto era una estupidez, y él lo sabía. Jamás había hecho una cosa como esa y ahora estaba arrepintiéndose… Pero ya se encontraba en el bordillo de la ventana, así que no le quedaba más remedio que entrar, o soportar la caída de cuatro metros hasta el suelo.
Agitó la cabeza, espantando la segunda opción.
Gracias al cielo, no tenía el seguro puesto, por lo que se le hizo muy fácil abrirla. En el interior, todo estaba en penumbra; o el castaño dormía, o no estaba.
Sin hacer un solo ruido, entró en el cuarto, cerrando la ventana tras de sí. Anduvo a tientas, hasta que se le ocurrió iluminar el suelo con su celular. Al sacarlo del bolsillo trasero de su pantalón, éste se le resbaló y fue a dar al suelo, con un golpe seco, que retumbó por la habitación.
- Mierda – siseó, arrodillándose en busca de su móvil. Si alguien subía a averiguar el origen del ruido, estaba muerto.
Apuntó alrededor del cuarto con su teléfono, identificando una puerta a su lado. Giró el pomo y agradeció silenciosamente que fuera un baño. Se ocultaría allí hasta que Kurt entrara al cuarto.
Recordó las muchas veces que había tenido que venir durante la semana para saber con exactitud cuál era la habitación del ojiazul. Siempre se trepaba al árbol del patio trasero y esperaba.
Lo había visto desvestirse un par de veces frente al cristal, pero sólo podía observar su silueta, ya que el visillo no le permitía ver más detalles.
-o-
Acabaron de cenar y Kurt se fue arrastrando los pies hasta las escaleras. Sabía que aquella fatiga no podía provenir de la nada, aunque había tenido un semana dura, últimamente sólo pensaba en dormir.
Entró a su cuarto, encendió la lámpara de su mesita de noche y soltó un suspiro apesadumbrado. Se sentó sobre el acolchado, cuando sintió que una nueva punzada le atacaba el costado izquierdo.
Se esforzaba en ignorar aquel malestar, al menos hasta que tuviera tiempo de enfermarse de algo. No quería ir al médico y perder el tiempo que no tenía en guardar reposo.
Una vez que el dolor amainó, se volvió a poner de pie y se quitó la camiseta, para ponerse el pijama y dormirse de una buena vez.
Caminó hacia el baño, con intención de lavarse los dientes, pero al abrir la puerta, alguien lo silenció con una mano, antes de que pudiera emitir sonido alguno.
- Hola, cariño – Kurt identificó de inmediato la arrogancia en la voz del chico que lo mantenía firmemente pegado a su cuerpo, con una mano en su boca - ¿Te sorprende verme?
El castaño manoteó para que le quitara las manos de encima y el moreno lo libero, ya que ahora sabía que el menor no gritaría alertando a los demás ocupantes de la casa.
- ¿Qué demonios haces acá, Blaine? – bufó Kurt, conteniéndose de hablar demasiado alto.
- Woah, creo que es la primera vez que me dices por mi nombre y no un insulto como "idiota" – hizo comillas con sus dedos – O "estúpido", "ligón", "pedazo de mierda"…
- Nunca te he dicho "pedazo de mierda" – dijo el castaño – Aunque debería hacerlo… ¿Cómo se te ocurre entrar a mi casa? Y ¿cómo supiste que este era mi cuarto? Pero principalmente, ¿qué haces aquí?
- Hey, dame un respiro, ¿no? – puso las manos al frente para detenerlo – Esto parece un interrogatorio, y hace mucho que no me hacen uno.
Kurt recordó de dónde venía Blaine. Había salido hace muy poco de la correccional de menores, por lo que no debería sorprenderse de su habilidad para entrar en casas ajenas. Aquel pensamiento le produjo un atisbo de pánico. Estaba con un completo extraño, potencialmente peligroso, encerrado en el baño de su habitación, y él sin camiseta. Eso no pintaba nada bien.
- ¿Vas a responder o qué? – insistió el menor.
- De acuerdo… ¡Ugh! Siempre tan malhumorado – se burló – Vine aquí… porque… - alzó la vista al techo un segundo y luego la regresó a los ojos azules de Kurt – Sinceramente no lo sé… se me ocurrió hacerlo… y lo hice.
- No eres bueno pensando, ¿no? – ironizó el castaño – No puedes hacer lo que te venga en gana, ¿me oyes?
- ¿Por qué no? No estoy haciendo nada malo, y en la escuela jamás hubiera podido verte sin camiseta – se encogió de hombros con sinceridad y una sonrisa bailando en sus labios – Además, era obvio que este es tu cuarto… Finn jamás tendría una cortina color crema con bordado de flores doradas.
- Eso es cierto… - murmuró Kurt, internamente sorprendido de que Blaine reparara en algo como el bordado de sus cortinas.
Se miraron un rato en silencio, antes de que el ojiazul negara con la cabeza.
- Yo… muero de sueño, así que creo que es mejor que te marches – sugirió, notando una mirada extraña en el moreno.
- Hmm… fue fácil subir hasta aquí… Pero dudo que bajar vaya a ser una tarea sencilla – caminó de regreso a la ventana y echó las cortinas a un lado, echando un vistazo afuera – Un caída desde aquí… Y estaré muerto – el aire dramático, no pasó desapercibido para Kurt.
- Lo siento, pero no voy a invitarte a una fiesta de pijamas – se mofó, poniendo dentífrico en su cepillo de dientes – Tendrás que solucionar tu problema por ti mismo.
Sin ningún atisbo de compasión, Kurt cerró la puerta del lavabo y se dedicó a su tarea de lavar sus dientes.
Al salir, Blaine aún no se había marchado. El ojiazul se cruzó de brazos y lo miró con reproche.
- Sólo iba a decir… buenas noches – murmuró el pelinegro, dándole una de sus sonrisas arrogantes.
- Oh, que tierno… - fingió una voz dulce – Ahora largo de aquí – espetó.
- Ya voy – pasó un pie afuera, seguido por el otro y se apoyó en el alfeizar con intención de brincar al árbol.
Blaine ya había salido por completo del cuarto, pero volvió a meter la cabeza para hablar por última vez al castaño.
- ¿Ni siquiera me he ganado un beso por arriesgar mi vida al venir a verte? – se esforzó en poner sus ojos de cachorro, mientras se sostenía fuertemente para no caer.
- ¡No te daré nada! – bufó el ojiazul – ¡Y no me mires así! – Le señaló con su dedo.
- Pesará en tu consciencia – declaró y con eso, se lanzó hacia el árbol junto a él.
Tuvo un aterrizaje certero, meciendo un poco las ramas. No deseaba llamar la atención de nadie, por lo que se deslizó hacia abajo, cayendo con gracia sobre el césped. Corrió a su moto y se fue de la casa de los Hummel-Hudson.
-o-
- ¡Lo que hiciste ayer fue estúpido, Blaine! – exclamó el castaño, cuando se lo topó en el aparcamiento. Se había acostumbrado a que siempre estuviera esperándolo, recargado en su moto, para saludarlo e iniciar una discusión.
- Hola, cariño – respondió él, sonriendo con altanería – Yo también me alegro de verte.
- ¡Te he dicho mil veces que no me llames así! – se quejó – ¡Y como vuelvas a meterte por mi ventana, le diré a mi padre para que le ponga barrotes!
- Me encanta el humor que tienes por las mañanas – comentó, sin inmutarse por las vociferaciones del menor – Y eso que hoy no es lunes.
- ¿Me estás escuchando? – chilló Kurt, dándole un empujón con su mano libre. El otro retrocedió un paso y soltó una risita - ¡No quiero que vuelvas a hacerlo! La invasión de la propiedad ajena es un delito.
- Lo sé, pero existen cosas peores – respondió.
Al castaño se le revolvió el estómago de tan sólo oírlo. Él ni siquiera conocía a Blaine, ni los motivos que lo llevaron a la correccional de menores. Tal vez, robo con intimidación, o porte ilegal de armas o… algo peor.
- Oye, quita esa cara – le reprendió y el ojiazul compuso una mueca de desagrado. No quería demostrar su temor, ni mucho menos delante de él.
- ¡Sólo, ya no lo hagas! – dijo finalmente y caminó hacia el interior del edificio.
-o-
Era viernes, el último día de la semana y Kurt no podía estar más feliz de que se acabara. Tendría el fin de semana para dormir como nunca.
Se encontraba en el ensayo, pero no se sentía nada bien. Le había estado doliendo el costado derecho y no dejaba de equivocarse en la coreografía, por lo que tenía al sr. Schue pegado a su oído, diciéndole que lo estaba haciendo mal.
Ya estaba harto. Un sudor frío le cubría el rostro y sentía la habitación dando vueltas, hasta que cayó al suelo.
Lo último que oyó, fue el grito de Tina.
Despertó, sin tener idea de en dónde estaba, ni cuánto tiempo había estado desmayado. Una señora mayor, voluminosa y con cara de pocos amigos, se acercó a la camilla donde él estaba recostado.
- Que bueno que despertaste, porque tengo a un chico con una pierna torcida – habló la mujer, con un deje de cansancio en sus palabras.
- ¿Qué me pasó? – balbuceó Kurt, poniéndose una mano en la cabeza, que le dolía horriblemente.
- Te desmayaste y te trajeron a la enfermería – explicó - ¿Comiste hoy?
- Sí – dijo el menor.
- ¿Consumiste alguna sustancia, droga o alcohol? – volvió a preguntar.
- No – el castaño arrugó el rostro, negando.
- ¿Te había pasado antes? – inquirió, tomando un expediente, con el nombre de Kurt.
- Sí, hace como… una semana – contestó, recordando su caída en el aparcamiento – Pero ese día no había comido nada.
- Dime, ¿algún otro malestar estos últimos días? – interrogó con un peculiar interés.
- Puede ser… - el ojiazul comenzó a preocuparse. Quizá tenía algo grave – Me han dado dolores en los costados, a veces el derecho y otras, el izquierdo.
La mujer se sentó detrás del escritorio y hojeó atentamente la ficha de Kurt. Éste se enderezó en la camilla, acomodándose un poco la ropa y el cabello.
- Tengo una teoría, pero sería bueno que lo consultaras con tu médico – murmuró, luego de un rato.
- ¿Cuál teoría? – consultó, aunque no quisiera oír la respuesta realmente.
- Tal vez… estás embarazado – respondió la mujer, mirándolo con una rara expresión en el rostro.
- ¿Qué ha dicho? – Kurt no estaba seguro de haber oído bien - ¿Es eso posible? – dudó.
- Por supuesto que sí, aunque es muy poco común – explicó la enfermera – Pero si posees el gen portador, puedes.
- ¿Y… yo lo tengo? – el ojiazul quería taparse los oídos y no escuchar nada.
- Según tu expediente médico… lo tienes – el castaño sintió que se iba a morir.
- Dios mío – susurró – Mi padre nunca me dijo nada… - sus ojos se aguaron – Y… ¿cómo pudo pasar?
- Eso puedes respondértelo tú mismo – dijo ella con un asentimiento de cabeza – Mucho más si no usas preservativos con tu chico.
- Pero nosotros siempre…
"Oh, mierda… Blaine"
Las imágenes de la fiesta golpearon a Kurt en la cara, haciendo que se enrojeciera de vergüenza y rabia. Había estado tan bebido, que la protección fue lo último en lo que pensó. Aquel muchacho, con ropa de cuero negra, adornada con incontables pinchos metálicos, logró convertirlo en alguien que ahora desconocía. ¿Cómo pudo caer tan bajo? Y no sólo eso… ¿Cómo se quedó embarazado?
Las ganas de vomitar, lo embargaron, mientras que las lágrimas caían silenciosamente.
- ¿Qué se supone que me pasará ahora? – preguntó con un hilo de voz.
- Sentirás nauseas, mareos, ganas de vomitar, cambios de humor, aumento de peso, ganas de comer, ganas de morirte, más nauseas, mareos… Lo normal – recitó la mujer.
- ¿Qué puede aconsejarme usted como enfermera? – le lanzó una mirada a la mujer. Estaba aterrado.
- Que busques al que te preñó y le cortes los huevos… - declaró – Pero, como no puedes tomar ese consejo, te diré que te prepares, porque lo que se te viene… es sólo para valientes.
- ¿Okay? Gracias – el menor bajó de la camilla y se dispuso a salir, deteniéndose antes, para acotar una última cosa – Y… am… Por favor, no se lo comente a nadie, ¿sí?
- Tranquilo, tengo mejores cosas que hacer, que andar chismoseando – dijo ella, regresando al tono de voz monótono. Se notaba que odiaba su trabajo.
- Vale.
Kurt salió de la enfermería con los nervios destrozados. Si la teoría de la mujer era cierta, estaba más que sólo jodido. No entendía por qué Burt jamás le había comentado el asunto, aún más sabiendo que era gay y que tiene novio. Entonces, el pensamiento de que su padre cree que aún es virgen, atravesó su cabeza. No podía encararlo y pedir explicaciones, porque se vería en la obligación de decirle que ya había tenido relaciones sexuales con su novio y también con Blaine.
Tendría que aclararlo de todos modos, por lo que esa misma tarde pasaría por la consulta de su médico, para que le explicara aquello del gen portador, y verificara si realmente estaba embarazado o no.
-o-
Hace tres semanas, su vida era relativamente tranquila, pero desde la fiesta, todo se fue al carajo. Se maldecía una y otra vez, mientras conducía su Navigator hacia la clínica. Seguía cuestionándose el cómo pudo ser tan descuidado y estúpido. Con Sebastian nunca habían tenido sexo sin preservativo. Su novio estaba obsesionado con ellos, y compraba cajas y cajas. Siempre tenía uno en el bolsillo o en su bolso, por lo que Kurt nunca tenía que preocuparse de ello, y ese fue su error.
- ¿Kurt? – la voz del hombre lo apartó de su línea de pensamiento - ¿Qué haces acá?
- Necesito hablar con usted, doctor – pidió el menor, conteniendo las ganas de echarse a llorar delante de él.
- De acuerdo, pasa.
Entró en la oficina y tomó asiento.
- Cuéntame, soy todo oídos – la sonrisa amable del mayor, le infundió algo del valor que le faltaba.
- ¿Qué es eso del gen portador? – soltó sin más.
- Oh, vaya… Veo que tu padre ya te lo dijo – el doctor se vio sorprendido, pero Kurt negó con la cabeza.
- Él no me ha dicho nada – susurró el menor – Me he enterado yo solo.
- Muy bien… am… - el hombre se aclaró la garganta – El gen portador, es el que le permite a un hombre realizar el mismo proceso que la mujer, de quedar en cinta. Es algo poco común y se determina si un hombre lo posee, en el momento de nacer. Por lo que, luego de que nacieras, te realizamos un examen de sangre y supimos inmediatamente que lo tenías – Kurt asintió en comprensión – El asunto es que eres un caso aislado. Y en general, los hombres que lo poseen. Las estadísticas revelan que uno de cada diez mil hombres, nace con el gen portador. De ellos, la gran mayoría son heterosexuales, por lo que poseerlo no les afecta en nada, e incluso, algunos jamás se enteran. Aquí en Norteamérica no hay más de tres casos como el tuyo… Tú eres el tercero – la cabeza del menor dolía por la información que estaba recibiendo, y por el miedo de que todo fuera real – Por tu expresión, puedo especular que no te enteraste de la mejor forma – el hombre lo miró ladeando la cabeza, analizándolo.
- Yo… - la voz se le quebró al tratar de decir media palabra.
- ¿Crees que…? – el castaño asintió, apartando las lágrimas de su rostro con el puño – Vamos a revisarte, ¿sí? – el chico volvió a confirmar con la cabeza, siendo incapaz de hablar, con lo acongojado que estaba.
Se recostó en la camilla, concentrando su vista en el techo. No quería ver la pantalla junto a él, ni oír la respuesta del médico, ni siquiera sabía qué estaba haciendo allí, tendido, si no iba a ser capaz de sobrellevarlo.
El gel que el hombre puso sobre su vientre, estaba demasiado frío. Paseó un pequeño aparato por la piel de su estómago, cambiándolo de posición cada dos por tres.
La respiración de Kurt estaba agitada, comenzaba a hiperventilar y eso no era bueno. Sus ojos eran dos cataratas, que no paraban de llorar y el doctor todavía no decía nada. Empezaba a desesperarse.
El hombre, viendo que el pobre chico estaba aterrorizado, con la cara hinchada por el llanto, no fue capaz de decirle directamente su situación, por lo que creyó que sería mejor si el menor lo oía por sí mismo.
Lo siguiente que Kurt oyó, lo paralizó. Parecía el ruido de una locomotora, era rápido y fuerte, llenando la habitación. Inevitablemente, el ojiazul ladeó la cabeza para ver al médico y preguntar silenciosamente qué rayos era ese ruido.
- Eso que oyes, Kurt… - comenzó a decir el mayor, buscando las palabras con cuidado – Es el latido del corazón…
- ¿De mí corazón? – quiso saber el menor. El doctor negó.
- El corazón de tu hijo – Kurt contuvo la respiración y fijó la vista en la pequeña pantalla en blanco y negro, mientras que el incesante ruido, lo envolvía.
Estaba shockeado. No tenía palabras, ni nada que pudiera decir en ese momento. No distinguía nada en la imagen frente a él, pero sabía que estaba ahí. Su hijo… ¡UN HIJO! Un pequeño bebé que él jamás creyó poder tener. Siempre pensó que recurriría a la adopción o a un vientre de alquiler para cumplir su sueño de ser padre, sin embargo… aquí estaba, oyendo el latir de su corazón.
No supo cuánto tiempo pasó, hasta que el médico lo trajo de regreso a la realidad, cuando habló.
- Te grabaré un DVD y te entregaré las fotografías, ¿de acuerdo? – sugirió y Kurt asintió entusiasmado.
Le entregó un par de toallas de papel para que se quitara el gel y el menor descendió de la camilla.
- Kurt, necesito que pongas atención en esto – pidió el hombre, cuando volvieron a sentarse – ¿Estás dispuesto a traer al mundo a este bebé, o prefieres…?
- ¡No! – vociferó, antes de que el doctor acabara la frase – Jamás pensaría en atentar contra él… Su corazón estaba latiendo, es una persona… Yo sería incapaz de acabar con su vida – la angustia se vio reflejada en su voz.
- De acuerdo, me parece sensato – afirmó el hombre – Entonces, lo primero que diré es que tienes tres semanas de embarazo y, como vas a atravesar por el proceso que significa ser padre, quiero que tengas claro que no va a ser nada fácil. A penas tienes dieciséis años, eres prácticamente un niño todavía, por lo que tu cuerpo se verá muy afectado si no te cuidas – el castaño asintió – Te recomiendo que te veas con un obstetra, quien te dirá todo lo que tienes que hacer, y seguirlo al pie de la letra. No te expongas a mucho estrés, ni hagas ninguna clase de esfuerzo. El primer trimestre del embarazo es donde, el riesgo de aborto natural, es muy alto.
- Lo haré, me cuidaré – prometió el ojiazul, pensando en todo lo que se le venía a futuro.
- Y lo más importante… - añadió – Dile a tu padre por lo que estás pasando. El apoyo de la familia, en este proceso, el de vital importancia.
- Okay – confirmó, no muy seguro de ello.
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- ¿Kurt? ¿Dónde demonios te habías metido? – exclamó Finn, en cuanto Kurt entró a la casa - ¡Te fui a buscar a la enfermería y no estabas! Luego llegué aquí y tampoco…
- Shhh… - lo silenció el menor - ¿Quieres callarte? Sólo fui a dar una vuelta – mintió, sentándose en el sofá.
- ¿Con Sebastian? – consultó. Kurt negó con la cabeza.
- No, estuve solo… necesitaba pensar – soltó un suspiro cansado.
- ¿Te sientes bien? – Finn se sentó a su lado y lo miró con curiosidad. El castaño estuvo tentado de echarse a llorar en el hombro de su hermano, pero se contuvo. Aún no se sentía listo para soltar una noticia como esa.
- Sí, lo estoy – forzó una sonrisa, para sonar creíble.
Cuando el castaño pudo por fin estar en su cama, dejó caer sus lágrimas libremente, sin fuerzas para retenerlas. Si antes se había sentido culpable con su novio, ahora estaba devastado. ¿Cómo se supone que le cuente la verdad? ¿De dónde sacaría el valor para hacerlo?
Miró la fotografía que le dio el doctor y suspiró acongojado. Un hijo. Un pequeño ser que ahora crecía dentro de él, y por lo que había oído, podía sentir absolutamente todo lo que él sentía. Se permitiría llorar por esta noche, pero desde mañana buscaría ser feliz, por su bebé. Por su pequeño milagro.
Espero sus reviews! Besos!
