Capítulo 7.


El reloj sobre la mesita de noche marcaba las cinco de la tarde; Kurt estaba perfectamente vestido y peinado para la cena en casa de Sebastian, pero definitivamente no se sentía listo. Habían sido pocas las ocasiones en que cruzó palabras con sus suegros, y nunca sintió un poco de simpatía por ellos, aunque estaba demasiado seguro que ellos tampoco la sintieron por él. Eran un matrimonio materialista, que vivía de guardar las apariencias. Kurt entendía que en el medio que se desenvolvían, no podían pregonar que tenían un hijo gay, como si hablaran del clima, pero tampoco tratarlo como un enfermo cuando no están más que ellos solos en casa. A Kurt desde la primera vez le dieron a entender que no era bienvenido en su casa, y que no apoyaban su relación con Sebastian, porque él sólo estaba pasando por una etapa y que no querían que el ojiazul lo confundiera más. Tal vez no habían utilizado las mismas palabras, pero a buen entendedor…

El timbre resonó por la casa, y Kurt se paralizó, conservando unos segundos más, su posición sobre la cama. No quería, no podía… pero tenía que hacerlo, porque ya le había dicho que sí a Seb y él se merecía ese sacrificio y mucho más.

- Te ves más hermoso que de costumbre – lo aduló Sebastian, al abrir la puerta.

- Vámonos… - musitó el aludido – Antes de que cambie de opinión.

- Será genial – prometió su novio, riendo a su espalda.

Durante las dos horas que duraba el viaje en auto a Westerville, Kurt y Sebastian se enfrascaron en una conversación detallada de la última visita al obstetra. El castaño le había comentado algo por teléfono, pero Seb quería detalles.

- Es bueno que sólo te queden seis meses, entonces – determinó el mayor.

- Prácticamente cinco, pero sí – corrigió Kurt – Aun así, esto asusta como la mierda.

- Me imagino.

La conversación murió en cuanto llegaron a la mansión Smythe; un imponente enrejado se abrió, dando paso al carro de Sebastian, quien recorrió la pequeña callejuela hasta la casa, deteniéndose frente a una artística fuente del siglo XVIII. Era la segunda vez que Kurt estaba allí, pero se sentía como si aquella fría casa lo intimidara por vez primera.

Caminó, tratando de no tropezar con los nervios que le invadían, tomando respiraciones profundas, mentalizándose en que si las cosas se ponían complicadas, siempre podía inventarse un dolor de cabeza y salir como alma que lleva el diablo de allí. Con eso en mente, entró.

El vestíbulo estaba en silencio, sólo se oía el chisporroteo del fuego en la chimenea de la sala. Colgaron sus chaquetas, y se acomodaron frente al calor del leño. Hicieron conversación casual, casi en susurros. De la segunda planta, unos tacones resonaron con propiedad. La madre de Sebastian apareció en la sala, cambiando su sonrisa, en una mueca de profundo desagrado.

- Oh, ya están aquí – soltó, sin preocuparle sonar grosera.

- Buenas noches, señora Smythe – saludó Kurt, forzándose a ser amable. Le tendió la mano a la mujer, pero esta negó con un gesto de sus manos.

- No te molestes, niño – lo cortó, dejándolo con el brazo a medio camino – Le diré a tu padre que baje a cenar – se dirigió a su hijo, ignorando completamente al menor.

- Okay – respondió Sebastian, dándole una mirada de disculpa a su novio, quien se sentía profundamente irritado.

- Te dije que me odiaban – le susurró con molestia.

- Seguro está molesta por otras cosas – lo envolvió en un abrazo meloso – No te tomes todo tan personal.

- Ignoró mi maldita mano en el aire – continuó siseando, para no ser oído - ¿Cómo pretendes que no lo tome a personal?

Sebastian negó con la cabeza y Kurt prefirió dejarlo pasar. La fría invitación del padre de su novio para pasar al comedor, le bastó al ojiazul para perder el apetito.

- Y, ¿qué planes tienes para cuando termines el instituto? – preguntó con voz autoritaria el señor Smythe.

- No… no me he preocupado de eso, porque aún me queda un año más – respondió, tratando de disimular su molestia. Sus suegros no tenían idea de nada referente a Kurt.

- Hmm… Si sabes que en cuanto Sebastian sea mayor de edad, ustedes no podrán ser… pareja – la última palabra estaba cargada de veneno y Kurt se mordió el labio, frustrado – Lo más seguro es que irá a Princeton, o alguna universidad similar, lejos de aquí.

- Papá… - Seb trató de intervenir, siendo silenciado con una severa mirada de parte de su progenitor.

- La distancia entre nosotros no ha sido un impedimento para seguir juntos – soltó Kurt, tratando de sonar amable, a pesar de su rabia – Además, Sebastian no me ha dicho nada con respecto a salir de Ohio.

- Lo hará – aseguró el mayor.

- No, papá… De hecho, yo estaba pensando en quedarme aquí – se arriesgó a decir Seb, a sabiendas que su padre se enojaría – No quiero estar lejos de Kurt, mucho menos ahora.

- ¿De qué estás hablando? – Kurt le lanzó una mirada suplicante a Sebastian para que mantuviera la boca cerrada – Ahora ya están en dos escuelas distintas, qué más da que te vayas a Nueva Jersey… ¿Acaso no piensas en tu futuro? No vas a despreciar la oportunidad que yo y tu madre te estamos dando de ser un profesional, por un noviazgo de instituto.

- No es sólo un noviazgo de instituto, papá – Seb se comenzó a indignar con la forma de referirse hacia Kurt – Yo estoy enamorado de Kurt, y él de mí.

- Sebastian, no digas que ya te lavó el cerebro este muchachito – interrumpió su madre – Ya hemos hablado de esto, cariño… Estamos siendo muy flexibles con la etapa que estás atravesando, pero no abuses de nuestra paciencia.

- Mamá, Kurt y yo vamos a ser padres – el ojiazul sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua fría sobre a cabeza. No podía creer el giro que había tomado la conversación, y quería morirse.

- ¡Dios mío! ¡Tienes que estar bromeando! – soltó su madre, al borde de la histeria.

- ¿De qué demonios estás hablando? – soltó el señor Smythe, rojo de ira.

- Eso, tal como lo oyen… Kurt tiene el gen portador – explicó, con un evidente temblor en la voz.

Kurt guardó silencio, rogando porque su alarma lo despertara de esta pesadilla tan horrible. Nada pasó, y la cena se hundió en un peligroso mutismo. La madre de Seb soltaba exclamaciones susurradas y el padre respiraba sonoramente por la nariz, conteniendo las ganas de golpear a su hijo.

- ¿Estás seguro que es tuyo? – preguntó la madre, lanzándole una mirada letal a Kurt - ¿O que siquiera esté realmente embarazado?

- Por supuesto que sí, mamá – se indignó Seb.

- Eso no es suficiente, yo no confío – decretó – Lo mínimo que puedes exigir es una prueba de paternidad.

- Mamá… - Seb estaba incrédulo de lo que oía.

- No me contradigas – le advirtió la mujer con severidad – Puede ser un simple truco para amarrarte a él, hijo – Kurt estaba al límite de su paciencia – Es cosa de saber en qué barrio vive para darse cuenta que no tienen donde caerse muertos, y que tu aparecieras, con tu posición social… Le solucionaste la vida.

- ¡Basta! – el ojiazul se puso en pie, haciendo rechinar la silla contra el suelo al correrse - ¡No pretendo soportarlo más! – el castaño miró a sus suegros directo a la cara – Sólo para que lo sepan, me enamoré de su hijo mucho antes de saber si tenía o no dinero, eso jamás me ha importado – miró a Sebastian – Y sí, tal vez mi padre sea mecánico y mi barrio sea sencillo, pero no me falta nada, porque tengo el amor de mi familia, que jamás han tratado a su hijo, como ustedes me han tratado a mí – regresó la vista a los padres de su novio – Ni siquiera han tenido consideración por mi embarazo, pero no pierdan la cabeza, yo no le he pedido, ni le pediré nada a Sebastian, porque pretendo hacerme cargo de mi hijo por mi cuenta – lanzó la servilleta sobre su plato sin terminar y se dispuso a marcharse – Espero no volver a pisar su casa jamás – finalizó, caminando rápidamente hacia la salida, dejando a unos muy callados padres.

Sebastian tardó medio minuto en estar en la puerta, tratando de alcanzar a Kurt.

- ¿Por qué has hecho eso? – preguntó, tomándolo del brazo.

- ¿Qué? – Kurt se sentía confundido por el tono molesto en su novio.

- Les has gritado a mis padres – le reprochó.

- Disculpa, pero ¿acaso no escuchaste todas las horribles cosas que me dijeron a mí?

- Kurt, ellos lo hacen porque se preocupan por mí – los justificó y Kurt perdió los nervios.

- Tienes que estar de broma – se rió sin humor – Han dicho que estoy contigo por tu dinero y que me embaracé para tenderte una trampa.

- Lo sé, pero aun así, son mis padres – negó con la cabeza – Es mi familia y no puedo ir contra ellos.

- Okay, Sebastian – Kurt puso sus manos al frente – Está muy claro lo que pasa aquí, pero te diré lo siguiente, tú tienes que ver que es más importante para ti… Si nuestra relación y lo mucho que supuestamente me amas, o la frivolidad y materialismo de tus padres.

- ¿Me estás haciendo elegir? – dudó, con una expresión descompuesta en el rostro.

- Tómalo como quieras – soltó Kurt alzando sus manos al aire y abriendo la puerta para salir – Yo me largo.

Caminó al frescor de la noche, andando a paso firme por la callejuela que había recorrido en el carro de su novio hacía una hora atrás. Cuando llegó al enorme portón, notó que Sebastian no lo seguía. Estaba completamente sólo.

Salió a la calle y miró a su alrededor, con las lágrimas picando sus ojos. No tenía idea de cómo rayos volvería a casa, puesto que su novio, ahora ex novio, lo había traído. Con rapidez rebuscó en su celular hasta que halló lo que buscaba.

Al segundo tono, su llamada fue contestada.

- ¿Puedes venir por mí? – dijo, sin molestarse en saludar – Realmente te necesito aquí.

- ¿Dónde estás? – su voz preocupada le hizo derramar la primera lágrima de esa noche. Kurt le indicó el lugar y luego finalizó la llamada, dejando que el llanto lo abordara.

En la oscuridad nadie podría verlo ni juzgarlo, por lo que se acuclilló en la vereda, abrazando sus piernas, a la espera de su rescate.

En tiempo record, un par de luces altas doblaron la esquina, iluminando la pequeña figura de Kurt. Sus ojos grandes, enrojecidos con su tristeza y las mejillas sonrosadas. El conductor salió a su encuentro y lo abrazó con fuerza.

- Gracias por venir – susurró contra la tela de su sudadera – Finn, llévame a casa.

- Claro – dijo su hermano y se montaron en el carro.

Kurt no sabía cómo respondería a las inevitables preguntas de Finn, porque no era simplemente que la cena había sido un desastre, sino que también Sebastian y él habían cortado, y ninguna mentira sería lo suficientemente buena para justificar algo como eso. Su hermano conocía muy bien los sentimientos de Kurt hacia su ex novio; además de caracterizarse por ser de esas personas que no dejan ir sin dar la batalla antes. No bastaría con decirle que sus padres lo trataron mal y que por eso él puso fin a su relación. Todo mundo sabía que él y los padres de Sebastian se detestaban.

Pero, para sorpresa del menor, Finn se mantuvo en silencio, pasando de vez en cuando una mano consoladora por su brazo, y dándole una sonrisa. Cuando el carro se detuvo, Kurt se sentía horriblemente cansado, su cabeza dolía y sus ojos estaban irritados con el llanto.

Se cobijó en su abrigo y salió del vehículo. La noche estaba fría, aprontándose al invierno que llegaba. Kurt agradeció que sus padres no estuvieran a la vista, ahorrándose las explicaciones que no podía dar. Se encerró en su cuarto y lloró hasta dormirse. Si antes sentía que estaba solo, ahora se sentía como una paria.

-o-

Despertó ese lunes con un dolor de los mil demonios; sumándole las ganas de vomitar, su cabeza quería explotar. Se dio una ducha para tratar de relajarse, pero fue inútil.

- Llegarás tarde, Kurt – su padre asomó el rostro por la puerta, comprobando que su hijo ya se había levantado.

- Sí, ya voy – dijo a regañadientes.

El castaño se miró al espejo y casi soltó un grito. Se veía demacrado, unas enormes ojeras estaban tatuadas bajo sus ojos ligeramente hinchados; los huesos en sus pómulos resaltaban demasiado y los labios se veían resecos. La imagen de él mismo lo shockeó, nunca se había visto como ahora. Entendía que las náuseas matutinas habían hecho estragos con su piel y su peso, pero el mal dormir y el hecho de que últimamente se la pasaba llorando, no ayudaba en nada.

Trató de disimular todas las imperfecciones con cremas y productos de cuidado de la piel. Llevaba semanas ignorando sus estrictos y rigurosos tratamientos, porque simplemente estaba muy cansado y sólo quería dormir.

Llegó al instituto junto con su hermano, luciendo un poco más compuesto que a primera hora, pero no logró entrar a clases, cuando las náuseas lo arrastraron directo al baño. Su cuerpo se sacudió violentamente, devolviendo sólo lo poco que había alcanzado a picar de su desayuno.

Respiró profundo y salió del cubículo del baño. Se detuvo en seco al ver a Blaine con una expresión preocupada en el rostro. Sus ojos avellana lo penetraron, estudiándolo de arriba abajo. Sintiéndose desnudo ante la potencia de su mirada, caminó lentamente hacia el grifo, enjuagándose la boca y escupiendo luego.

- Te ves como la mierda – soltó Blaine, quien no dejaba de mirarlo. Kurt dio un respingo y le lanzó una mirada de soslayo.

- Gracias – masculló, tomando su bolso, que había tirado al entrar. Intentó salir pero el moreno lo detuvo.

- Te lo digo enserio – Blaine suspiró – Cariño, ¿has hablado con el médico? ¿Es normal que estés así? – Kurt dio pequeños golpecitos con su pie, cruzando los brazos a la altura del pecho, esperando – Digo… ¡Mírate!

La boca del castaño cayó abierta en indignación y sus traicioneros ojos picaban por llorar.

- Discúlpame por afectar tus ojos con mi apariencia – dijo con sarcasmo – Pero soy yo quien carga con un bebé y todo lo que eso incluye – quitó con violencia una furtiva lágrima que cayó sin su permiso – Ahora, si me permites…

- ¿Por qué siempre te comportas como una perra? – se quejó el mayor – Sólo quise saber si podía ayudarte en algo, no te pases.

- Pues no, no puedes ayudarme – declaró el ojiazul con rabia contenida – Nadie puede ayudarme, estoy sólo en esto.

- ¿Solo? ¿Y qué hay del estirado de tu novio? – indagó. Kurt se mordió el labio, arrepintiéndose por hablar de más.

- Eso no es asunto tuyo – hablar de Sebastian le dolía demasiado, y no caería en la estupidez de mostrarle su debilidad a su némesis.

- No me digas que ha cortado contigo… - una pequeña sonrisa lo abordó y no pudo ocultarla - ¿Se ha enterado del bebé?

- Te dije que no es tu asunto – insistió – ¿Puedes quitarte ahora?

- Apuesto que le contaron lo que hicimos en la fiesta – continuó inventando teorías en su cabeza – Debe haberse cabreado mucho.

- ¡Basta! – sus ojos se llenaron de las lágrimas que tanto había retenido, acabando en un llanto absurdamente potente. Blaine se asustó al verlo así - ¿No puedes simplemente dejarme en paz? Es mi vida personal – se quejó.

- Cariño, yo… ¡Mierda! No llores – pasó sus pulgares por las mejillas de Kurt. El castaño se dejó hacer, porque estaba devastado – No quería…

- Pero, lo hiciste – el menor negó con la cabeza – El embarazo me tiene ridículamente sensible… Últimamente es lo único que sé hacer – sorbió su llanto, e intentó componerse un poco. Cuando se sintió seguro, volvió a hablar otra vez – Y para tu información, yo corté con él.

Kurt salió del baño, sin saber exactamente porqué había añadido esa aclaración final. No es que le importe hacerle saber eso a Blaine porque él no tiene ningún interés en el moreno de todos modos. Por él, como si se muriera.

-o-

Al día siguiente, Kurt pegó un brinco cuando oyó la voz de Blaine, mientras metía sus libros al casillero.

- Buenos días, cariño – la sonrisa arrogante estaba de vuelta en sus labios y el ojiazul no pudo hacer nada más que negar con la cabeza - ¿Te sientes mejor hoy?

- No, realmente – respondió, sin ánimos de discutir con él.

- Ten – le tendió un pequeño sobre de color azul brillante – Leí que ayudaban con las náuseas.

- ¿Galletas saladas? – a pesar del escepticismo, Kurt las aceptó - ¿En serio, Blaine?

- ¿Qué? – lo miró como si fuera lo más normal del mundo.

- Nada… - el castaño no logró disimular la sonrisa que se formó en su rostro – Gracias, supongo.

- Cualquier cosa por el chico que lleva a mi bebé…

- Ya te he dicho que no es tuyo… - Blaine lo detuvo con un dedo sobre sus labios.

- Tú puedes decir lo que quieras, si eso te permite dormir tranquilo por las noches – acarició los labios de Kurt con el dedo que lo silenciaba – Pero eso no quita que ese bebé es tan mío como tuyo.

- Eres un idiota – masculló, quitando su mano.

- Lo soy – afirmó con una sonrisa más amplia – Y aun así dormiste conmigo.

Kurt abrió la boca, sorprendido de su atrevimiento, viendo cómo Blaine se alejaba por el pasillo, riendo divertido.

El día que siguió a ese, Blaine lo esperó en su casillero, entregándole nuevamente un paquete de galletas saladas, y aunque Kurt se negara a reconocerlo, el gesto lo sentía muy dulce, además que las galletas realmente le habían ayudado bastante a sobrevivir las mañanas en el instituto.

-o-

- Y… ¡Cinco, seis, siete y ocho! – dijo el señor Schue, mientras marcaba el ritmo, chasqueando sus dedos - ¡Paso, paso, giro, arriba, abajo, paso, paso! ¡Vamos! – todo el glee seguía la coreografía como si la conocieran de memoria. Las locales estaban a la vuelta de la esquina y no podían cometer ningún error.

Kurt miraba atentamente cada paso, manteniéndose a distancia, sin hacer ningún esfuerzo innecesario. Nada de saltos, ni giros, ni algún movimiento que lo mandara directo al suelo. Sus compañeros de equipo aun no comprendían porque el castaño no se unía a la coreografía con todo lo que eso incluía, pero el señor Schuester había confiado en él, y lo excusó con los demás. Kurt lo agradecía profundamente, porque que él adoraba ser parte del glee, amaba cantar y se sentía especial en este pequeño grupo de jóvenes tan únicos y particulares como él.

- Mercedes, Tina… Dejen los chismes para luego, estén atentas a la coreografía – advirtió el maestro, sin perder el ritmo con sus dedos - ¡Vamos, Finn! Ya casi lo tienes – el más alto, se cuadró con los demás y dio el giro correctamente, sacando una sonrisa en el profesor – Muy bien.

Kurt, de improviso comenzó a sentir que todo giraba. Se apoyó sobre una barra paralela, tratando de mantener el equilibrio, pero de un segundo a otro, su vista se fue a negro.

Todos voltearon asustados al oír al chico desplomarse. Finn corrió y lo levantó en sus brazos. Las chicas gritaban histéricas, Sam trataba de llamar a una ambulancia, siendo detenido por Puck, quien argumentaba que había que llevarlo a la enfermería. El profesor los calmó a todos, guiando a Finn con Kurt en sus brazos hacia la salida del auditorio.

- Ponlo sobre la camilla – le indicó Schuester a su alumno. Finn obedeció; estaba aterrado mirando a su hermano menor completamente inconsciente. Si algo le pasaba, no sabía cómo decirle a Burt.

- ¿Se desmayó? – consultó la enfermera, sin impresionarse en lo más mínimo. El chico asintió – Okay – la mujer le tomó el pulso, revisó su respiración y luego regresó a su escritorio, revisando el expediente de Kurt – Bastará con poner algo de alcohol en su nariz – dijo – No hay de qué preocuparse.

La mujer tomó una bola de algodón y la mojó en alcohol de una gran botella, paseándola sobre la nariz de Kurt, esperando su reacción. Medio minuto después, el castaño volvía en sí, poniendo una mano sobre su cabeza, por el dolor que le provocó el golpe al caer al suelo.

- Kurt, gracias a Dios – comentó Finn, ayudándolo a sentarse.

- ¿Qué me pasó? – balbuceó confundido – Siento como si me hubieran arrollado.

- Te desmayaste en el auditorio – explicó – Tuve que traerte a la enfermería.

- Oh… - los ojos asustados de Kurt observaron a la enfermera, haciendo una pregunta silenciosa, que fue respondida con una negación de la mujer.

- Creí que te habías muerto – el mayor paso una mano por su desordenado pelo.

- Que exagerado eres – se rió el ojiazul – Sólo he estado comiendo mal… durmiendo poco… ya sabes…

- ¿Es por lo que pasó en casa de Sebastian? – se aventuró a preguntar su hermano.

- Si… supongo que si – el castaño bajó despacio de la camilla, agradeciendo a la mujer y caminando del brazo de su hermano.

- No he querido preguntar, porque no sé si quieras hablar – murmuró Finn, mirando a todas partes – A veces eres muy reservado con esas cosas.

- Lo sé… - Kurt aclaró su garganta – Tal vez si fuera más abierto con esas cosas, no sufriría en silencio – una sonrisa triste se pintó en su rostro – Lo cierto es, que Sebastian y yo rompimos…

- ¿Hablas en serio? – Finn lo miró sorprendido – Pero, si ustedes se veían increíbles juntos, creí que llegarían muy lejos… De verdad, lo siento hermano.

- No, no lo sientas… - Kurt pasó una mano por el brazo que lo sostenía – De todos modos, yo corté con él, porque por mucho que lo amara… las razones que nos separaban eran mucho más fuertes.

El menor se encogió de hombros y le dio una mirada resignada al más alto.

- Aunque él era genial… Estoy seguro que encontrarás un chico que te valore por lo que eres – lo animó él – Y que sus padres no quieran matarte.

Kurt rió divertido y Finn le dio un abrazo a su hermano, regresando a paso tranquilo al auditorio.