—Pequeños omegas la mayor bendición de Madre para los omegas no son los dones, no lo es poder tomar la forma de su espíritu del bosque, ni la longeva vida, Madre a destinado para sus amados hijos un protector, un alfa, una criatura del bosque que bendijo con alma humana, para ser su compañero, su guardián, su amor. Solo con el formaran un vínculo y en sus vientres albergaran vida fruto de los dos.
Souichi escuchaba a su Maestra mientras su corazón se iba encogiendo, el no entendía todos su compañeros omegas parecían tan ilusionados mientras el apenas podía contener las ganas de llorar. No quería, él no quería estar destinado a ningún alfa.
A su lado el pequeño Morinaga sollozaba, sus orejitas redondas agachadas, su nariz goteando tanto como sus ojos, que reflejaban tanta desesperación mientras con su voz rota decía
—¡Lo odio! odio ser un omega, quiero ser un alfa, quiero ser un alfa fuerte y poderoso.
—Morinaga idiota que de bueno tienen los alfa, son arrogantes y feos, a mí me gusta tu rostro, tus manos, me gusta correr junto a tu oso por el bosque y jugar bajo los sauces, me gusta tu sonrisa, no llores que me duele aquí en el corazón.
—Pero... ¡pero si fuera un alfa podría ser tu compañero! ¡No quiero que nadie te aleje de mí!
—¡Tonto! quien dijo que quiero un compañero, me quedare aquí para siempre contigo! son muy pocos omegas los que consiguen a su alfa destino y se van, sabes que los demás se quedan aquí como sensei que ya es muy mayor.
—Senpai ¿lo prometes? ¿Te quedas conmigo para siempre?
—¡Ya te dije que sí! y tú también, promete que no te vas a ir con ningún alfa, que te quedaras conmigo para siempre!
—¡Lo prometo Senpai!
Dijo el niño más pequeño recuperando la sonrisa y al pequeño lobo se le aligero el corazón.
Los pequeños omegas crecían juntos bajo el cálido cielo, con una promesa irrompible, tan jóvenes, que no comprendían aun el vínculo, solo sabían de esa necesidad de estar juntos, solo el anhelo por otro, solo la felicidad de estar juntos.
