Mientras caminaba al encuentro con el Winchester, Chuck se preguntaba de qué modo podría haber reaccionado si Dean y Castiel le hubieran pedido permiso para salir a pasear; estaba seguro que habría dicho que no, probablemente habría sentido el mismo pánico que sintió al ver que no estaban, porque luego que Dean se fuera, luego de su primer café con un chorrito de brandy a escondidas de la pelirroja, todos parecían un poco más tranquilos que cuando Dean se había marchado. Aunque él tampoco estaba seguro cuando había sido eso, Anna lo sabía, y sería ella quien se lo diría después: que Dean se había ido justo en el momento en que Castiel perdió control de sí mismo, o que quizás, Castiel perdió el control de sí mismo cuando Dean se fue. Afortunadamente no habían tenido que llevarlo adentro a rastras; había forcejeado con él tan solo un momento antes de que Castiel detuviera toda resistencia y se dejara llevar adentro con docilidad, aunque su cuerpo temblaba y su atención parecía demasiado lejos de este planeta. Esperaba que apenas se repusiera un poco se encerrara en su habitación una temporada, pero no lo hizo, se quedó con ellos y acepto de buena gana el té que le preparo su hermana.
-Haz que Dean vuelva mañana.
Castiel le había pedido algo, y eso era nuevo. Chuck era la clase de padre que remediaba todo tipo de carencias con algún soborno; había pasado toda una vida siguiendo el gran plan que tenía para sí mismo y para cada uno de sus hijos, pero un día, se derrama un café sobre una barra y el líquido caliente sobre su regazo le hace despertar, de algún modo, a una sonrisa apenada de aquella joven barista; y se encontró en una aventura que quería volver rutina, y así fue como la historia que trajo al mundo a Castiel dio inicio, llegando a este mundo sin llorar y observándolos a todos como si conociera un gran secreto que no pensaba revelarle a nadie. Fue desde el principio inalienable, nunca pedía nada y siempre miraba con desinterés cualquier clase regalo o atención, desde la más simple hasta la más especial… bueno, el soborno había funcionado una vez: dejarlo dar cuerda a los relojes si terminaba toda su comida, pero aquel trato lo habían hecho madre e hijo. Chuck solo había dado su visto bueno.
-Eso no va a pasar Castiel, Casi me matan de un susto ustedes dos, ¿tienes idea de lo que hay ahí afuera?
-El cementerio, arboles llenos de aves, un estanque, la feria y la rueda de la fortuna.
Chuck no recordaba haberlo visto sonreír en no sabía cuánto tiempo, pero simplemente no podía dejar de imaginar escenarios catastróficos.
Eso no es una feria, son un puñado de drogadictos en casas rodantes llenas de lucecitas; eso ni siquiera parece una rueda de la fortuna de verdad; esos juegos mecánicos más bien parecen picadoras de carne. Si quieres ir a una feria de verdad, podría llevarte a Disney, ¿no quieres ir a Disney?
Pero lo único que Castiel quería era que invitara a Dean de nuevo mañana, por eso no le puso atención a su discurso; se dedicó a terminar su bebida en silencio y aun con esa casi imperceptible sonrisa en los labios. Una parte de Chuck se alegraba de no tener que acercarse a nada mecánico que lo separara del suelo, o rodearse de multitudes, pero la otra se aferraba a profetizar una tragedia.
No era la primera vez que lo perdía, ni la segunda.
El primer verano de vida de Castiel, cuando pensó que sería una buena idea pasarlo en compañía de todos sus hijos, Anna no fue un problema; a ella le fascinaba la idea de tener cerca un bebe que nunca lloraba; Miguel lo aceptó como aceptaba todas las ordenes de su padre, pero no podía disimular su desprecio cada vez que dirigía al pequeño la mirada; por eso casi nunca lo hacía y se cuidaba de mencionarlo, como si fuera invisible o no existiera; Gabriel era quizás todo lo contrario a lo que era Castiel, demasiado inquieto y ruidoso, cruel como lo son los niños que aún no comprenden que pueden hacer daño, pero totalmente dominado por su hermano menor: Nick, que, con una sonrisa, se proclamaba Lucifer después de cada una de sus victorias; sus juegos no eran tal en realidad, siempre había malicia en cada una de sus acciones, una sincera y aterradora felicidad en aplicar su crueldad. No se podía decir que Gabriel era el único dominado por el carácter de Nick, aparentemente todos lo hacían; siempre encontraba una coartada, un modo de cubrir su maldad innata con un halo de inocencia, y mientras era pequeño, su malicia se limitaba a cosas pequeñas, venganzas minúsculas, incluso despertaba ternura, pero a medida que el niño se volvía más consiente del mundo también lo hacía de su talento.
Aquella primera vez, fue sólo una advertencia que no supo escuchar, cuando Castiel desapareció de la cuna en aquella casona de campo a mitad de ningún lado que rento para ellos aquel verano; con la ventana abierta y la cortina transparente se balanceaba atada a su sitio como un silencioso fantasma acariciando el borde de la cuna vacía. No quería siquiera recordar todas las cosas que pasaron por su cabeza aquel día, registrando cada rincón de la casa en busca del niño o alguna pista que los llevara a encontrarlo, hasta que escuchó a Gabriel susurrar débilmente y persuadido por el llanto de su madrastra: "…diles donde está, ya no es divertido…", y cuando lo tomo por los hombros para sacarle la verdad, Nick sólo le dijo que lo había guardado en un cajón de una habitación vacía, pero como todas eran tan parecidas había olvidado cual; que tan sólo quería ayudar, que estaba seguro que Castiel lloraría al tener hambre y dejaría de ser "esa tétrica muñeca que respira".
Aquella confesión facilitó la búsqueda, aunque la cantidad de alimañas que encontraron antes de, aun le ponían los pelos de punta. Nunca dejaría de preguntarse si Castiel, que no tenía aun ni medio año de vida y estaba famélico y sucio, dormía cuando de un tirón ansioso abrió el cajón correcto, o sí pasó todo ese tiempo observando la obscuridad con la misma intensidad con la que observaba a todos los que rodeaban el sucio cajón.
La segunda vez fue cuando se reunieron para navidad. Castiel caminaba un poco, sostenido de la mano de alguien. Lo encontraron en la parte boscosa detrás de la casa, ya entrada la noche, cerca de un arroyo y sentado en la tierra húmeda, observando al frente con una gravedad que no iba de acuerdo a su edad. Aquel día no pudo culpar a Nick; era obvio que no había llegado hasta ahí gateando, sus rodillas estaban limpias, siempre se preguntaría una y otra vez si no era ésa la razón por la que Castiel no quería salir de casa. Anna le dijo después que Nick no dejaba de repetir que la próxima vez no fallaría en deshacerse del bastardo. Castiel nunca volvió a quedarse solo si el otro estaba cerca, y aun así se las ingeniaba para hacérselo pasar mal. Aquella amenaza infantil nunca se fue, creció con ambos, la diferencia era que Nick ya no era un niño, y sus acciones ya no eran un juego.
Nick estaba en la ciudad, hacía un par de semanas que lo estaba; no había ido a la tienda porque no era bienvenido ahí… No, después de su último "experimento", aunque esa vez no había sido Castiel su víctima, sino Anna. Lucifer se había hecho de un amigo psiquiatra, y con su guía y complicidad, escondiendo cintas en su habitación, logró trastornarla, haciéndole creer que escuchaba voces donde no las había; convenciéndola, o mejor dicho obligándola a internarse. Una vez adentro consiguió el diagnostico de varios psiquiatras; todos reconocían los síntomas que había prefabricado en ella; aunque claro, aquel "castigo" que había escogido para ella luego de avergonzarlo a él y a toda su familia con su activismo político, que para él era lo mismo que la locura, y nadie lo había indexado aun, no tendría sentido si no le revelaba todo lo ocurrido. Asegurando que le hubiera gustado llevar una cámara para congelar en el tiempo la expresión de la pelirroja cuando, de pie al lado de la puerta, reprodujo las voces que durante semanas la atormentaron desde su pequeña grabadora de bolsillo, que para colmo, le pertenecía a ella y él pidió prestada para ese propósito. Anna no estaba contenta y sus reclamos fueron confundidos con otro de sus inexistentes ataques sicóticos; Nick decidió que guardarse esa versión y las semanas de aislamiento se volvieron meses, hasta que las vacaciones de primavera de Gabriel llegaron y comenzó a preguntar por su hermana mientras planeaba la más épica y titánica fiesta que no parecía haberse planeado hasta ahora.
Cuando llamó a su padre y le hizo saber que su hermana no estaba internada bajo su propia voluntad, ni en el sitio más agradable del mundo, esa fue la última vez que Gabriel se apareció por ahí en alguna de sus vacaciones tras haberse autoexiliado a estudiar en Europa; tampoco hubo fiesta aquella primavera, ni planes de algún tipo reunión familiar, que al final de cuentas no eran más una pesadilla cada vez más espaciadas la una de la otra.
Aunque en las pocas postales –usualmente fotos suyas- que enviaba desde lugares inauditos, impronunciables y difícilmente localizables en los mapas, -cada una con un nombre distinto-, se le veía más contento de lo que había sido nunca, también era el responsable de más de la mitad de las cajas de embalaje que habían llenado la tienda de antigüedades, que dudaba consiguiera con los métodos más legales y decorosos.
Había pasado un café con Brandy y una charla con Anna, y otra taza a solas desde que Dean dejara la tienda; revisó su reloj de muñeca, una hora y nueve minutos, casi exactos, cuando estuvo frente a la puerta de los Winchester.
Dean sostuvo una sonrisa forzada, sin poder quitarse de la cabeza la sensación de tener a Castiel contra su cuerpo; era tiempo de pedir disculpas o arruinar las cosas un poco más. Chuck se veía serio, un poco más cansado que de costumbre. Era mejor si todo terminaba lo más rápido posible y, aunque en el carro patrulla había ensayado un discurso sobre haber llevado a Castiel a un nido de traficantes de órganos, el jodido karma inmediato del mini infarto de haber perdido a Sam lo hizo recapitular.
-Escucha… Chuck… yo… - suspiró y soltó su discurso todo de una sola vez, tal y cual venía a su cabeza, sin que el otro lo interrumpiera o rompiera el silencio en el que lo había encontrado al abrir la puerta. – Quisiera decirte que lo lamento, pero la verdad es que no; sé que quizás crees que el mundo ahí afuera está lleno de peligros y que probablemente Castiel no sobreviva quince minutos solo, y probablemente tengas razón, pero no es una de tus antigüedades que se va a secar y destruir con el aire, y está pálido como papel; quizás te cueste mucho trabajo verlo de otro modo, porque es demasiado torpe, y sí, rodó un poco en la mugre, pero estoy seguro de que hay cosas más podridas, oxidas y afiladas en tu tienda, y se veía bastante contento atrapando moscas y pensando en lo que sea que piense.
Chuck continuaba inmutable. A Dean le daba la sensación de que aquel hombre sabía que había tratado de besar al pobre e incauto Castiel. El Winchester parecía caer en cuenta de lo terribles que eran sus acciones.
-¿Sabe tu padre que andas paseando en la feria en tu estado?
Eso era lo que Dean se temía.
-Pues… no está… y no pensaba decirle nada.
Chuck parpadeó un par de veces.
-Quizás deberías invitarme a pasar a esperarlo y hablar al respecto. Creo que entendería un paseo por el vecindario, pero la feria con, ¿Cuántos puntos?, ¿veintitrés?; ¿de verdad, Dean?; sabes que eso no está bien, pero desde que John y yo no estamos en las mejores de las relaciones, podríamos esperarlo, o podrías acompañarnos mañana a almorzar y portarte mejor de ahora en adelanta.
A Dean le encantaría que su padre no se enterara que andaba fuera de la cama paseando por la ciudad, secuestrando personas, pero no era tonto, y sus luces de alarma internas se encendieron; sabía reconocer un chantaje y ése era demasiado obvio. Además, parecía que de verdad Chuck no quería que John fuera parte de la ecuación; no tenía entendido que no se llevaran bien, pensaba que sus relaciones eran buenas, tomando en cuenta que ambos eran bastante antisociales.
-¿Estás seguro?
-No, no lo estoy; tampoco estoy muy contento con la idea, ni quiero que este tipo de paseos clandestinos se repitan, pero Castiel no tiene muchos amigos.
Chuck consultó su reloj de muñeca; Dean asintió, porque cuando su alarma de peligro sonaba tenía la costumbre de continuar caminando. Desentrañar el misterio de Castiel y aquella tienda de antigüedades era su nuevo proyecto, desde que no podía hacer nada más. Cuando Sam llegó lo encontró en silencio, con muchas páginas abiertas en el explorador de su laptop y una expresión extraña en la cara.
Chuck volvió al interior de su tienda, la cerró por dentro; Castiel se había quedado dormido vestido en el diván de la trastienda, aun con la taza de té vacía entre las mano. La recogió para llevarla al fregadero; al regresar ya no estaba ahí, silencioso como un fantasma se había ido a su habitación, dejándolo a solas con el sonido de la calefacción como único acompañante.
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Saludos luego de unas entregas retrasadas, este capitulo lo subo y borre porque no había pasado por las manitas de mi quería Edy que es la persona para la que escribí este fic en primer lugar. Ya no les diré: omg subiré el otro capitulo en lunes, solo que habrá un capi semanal, espero que les haya gustado este capi y me hagan saber lo que piensan de él, se lo pasen a todos los que crean que les puede gustar y me digan si les interesaría la idea de un fic con Fem! Dean y Castiel. :) un beso y un abrazo a todos.
